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11,4 sueños luz – Nicholas Avedon

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11,4 sueños luz – Nicholas Avedon

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Resumen y Sinopsis De 

Lo que hace adicto a un adicto varía en cada persona, pero todos teníamos una cosa en común: huíamos de algo. Mis compañeros del programa de reeducación
sonreían, ya habían estado varias veces allí. Yo también, aunque me juré que esta vez sería la definitiva. Sabía que seguiría tomando trank hasta que me muriera, como lo
sabíamos todos los que allí estábamos. Lo importante era conseguir de nuevo la rehabilitación, para poder comprar de manera legal.
El trank fue la droga que cambió el mundo. Desde entonces, solo los mugrosos utilizaban otras sustancias que no fueran trank. El trank era una droga inteligente.
Se podía combinar para provocar el efecto de cualquier otra droga del pasado: NDRI, GHB, THC, MDMA, LSD, NMDA, PAM, DCI y un largo etcétera. A mí no me
la habían enseñado, pero hoy día la historia del trank era obligatoria en la escuela, y con frecuencia emitían informativos divulgativos en los holos de los canales
públicos. En las farmacias, donde la vendían a cualquier ciudadano que tuviera los papeles en regla, disponían de toda la información que precisaras. Desde su desarrollo,
a principios del siglo XXII, había supuesto el fin de la lucha contra el narcotráfico: una droga fácil de producir, sin dependencia física y sin efectos secundarios a largo
plazo. Una droga de uso social, limpia y controlada por el estado. El trank podía hacerte sentir bien o hacer que no sintieras nada. Todo dependía de cómo la tomaras.
Todos los que asistíamos a aquel curso lo sabíamos, de hecho, se podría decir que sabíamos bastante más que los funcionarios que daban las charlas. Llevábamos años
abusando y probando combinaciones que no estaban en ningún manual.
Así que allí estaba yo, mirando cara a cara a las otras siete personas que habían podido pagar para poner sus papeles en regla. Nos mirábamos con curiosidad. Por
el aspecto de mis compañeros, estaba seguro de que ninguno de ellos era un mugroso, sino más bien lo contrario. Conocía a algunos, coincidencias en algún evento social.
En París todos los que están arriba se conocen. Y yo, a pesar de todo, estaba bien arriba. En el pasado aquellos programas estaban orientados a desintoxicar adictos. En
teoría para lograr su reinserción en un mundo sin drogas. En nuestro caso era un programa de reeducación para drogarnos mejor, de forma más eficiente. Era la única
manera de volver a tener permiso para comprar trank en las farmacias. En el mercado negro era algo prohibitivo. Todos los que estábamos allí éramos ricos y famosos
de una u otra manera, sin embargo todos teníamos el mismo problema: Se nos había ido de las manos y habíamos perdido el derecho a comprar trank. Yo había estado
casi medio año sin licencia, el período más largo en los casi veinte que llevaba en París. Nunca pensé que sería capaz de hacer los disparates que hice por una dosis.
El cabrón de Singleton no hacía más que sonreír cada vez que le miraba. Seguro que recordaba lo mismo que yo, a pesar de todo el trank ilegal que nos metimos. El
trank ilegal no estaba alineado con el ADN, de forma que muchas veces no ocasionaba el efecto que uno buscaba. Era como intentar correr sobre una pista de hielo. Aun
así yo inflaba mi deuda sin compasión. Había pasado de acostarme con mis modelos a hacer de proxeneta con ellas.
Sin trank no hay diversión. En cualquier local, en cualquier evento social, todo el mundo comparte estados de ánimo gracias a él. Sin él, estás fuera. En los últimos
seis meses, perdí casi todos mis proyectos profesionales y la mayoría de mis modelos dejaron de hablarme. Algunas con más de un motivo para hacerlo. El alcohol y el
sexo eran pobres sustitutos de algo tan poderoso como el trank. Sin el trank, para aliviar mi ansiedad, me transformé en un ser insoportable, especialmente para mí
mismo. Me había costado mucho lograr reunir el dinero necesario para aquel programa de reenganche al trank. Para casi todos los presentes, estas jornadas eran parte de
una rutina por la que pasaban una o dos veces al año. Singleton era el personaje más conocido de todos. Sus fiestas eran un desfase colosal. Se podía permitir transgredir
casi cualquier norma. En la última fiesta a la que fui invitado acabé metido de lleno en una de sus orgías legendarias. Decían que siempre descubrías algo de ti mismo que
no conocías acerca del sexo. Por desgracia, en mi caso, ya había probado todo lo que me podían ofrecer. Mi acompañante no. Perdí a una modelo y gané a un amigo.
Singleton era un personaje digno de conocer, sobre todo si lograbas que te recordara después de la fiesta. Él se acordaba de mí, entre sesión y sesión me preguntó por
mis últimos sueños vívidos y todo eso. Todo un caballero, aunque el último recuerdo que tenía de él, algo difuso, era mucho menos caballeroso. Tuve el buen juicio de
no hacer preguntas sobre la modelo que nunca me volvió a llamar.
Lo mejor del programa era la parte práctica. Era obligatorio elaborar y probar cada una de las combinaciones principales y explorar cada uno de los efectos del
trank. Odiaba los viajes psicodélicos, por suerte tenía trank de sobra para compensar la ansiedad que me generaban. Aunque éramos ocho participantes, cuatro hombres
y cuatro mujeres, daba igual: el sexo que acompañaba a los efectos sociales de la droga siempre terminaba degenerando en una mezcla, donde era indiferente la paridad y
el género. Gracias al trank todo se veía de otra manera. Fue una semana, una semana intensa.
Una vez conseguida la autorización del gobierno para volver a consumir trank pude volver a mi vida normal. Deseaba trabajar de nuevo. Dejé la clínica y tomé un
taxi hasta mi apartamento. Pensando en los primeros pasos que iba a dar como el adicto habilitado que era ya. La mayoría de mis modelos ya tenían otros planes, así
que pensé que debería rascar mi agenda y llamar a aquellas chicas que todavía estaban por explorar. Volver a los orígenes. Volver a lo que me había hecho ser Ariel de
Santos. Sin mi trabajo, yo no existía. No tuve más que encender mi pad para que la realidad volviera a mí sin piedad. Decenas de llamadas perdidas y mensajes de todos
los colores. Los acreedores llamaban a mi puerta. Me bajé del taxi y saludé a los porteros de mi edificio. Crucé el gigantesco vestíbulo de mármol y, sin hacer caso a
ninguna de las personas que me miraban o señalaban, tomé el ascensor de servicio. Me gustaba subir en el más lento, ese que paraba en todos los pisos, el que tardaba
casi diez minutos en llegar a mi planta. Subí hacia mi apartamento. Con el rabillo del ojo veía incrementarse el número que indicaba el piso, mientras leía los mensajes
que tenía pendientes desde hacía días. La gente del servicio ya me conocía y me dejaba en paz. Estaba arruinado y demasiado lúcido para evitar ignorar lo obvio. Al
llegar a la planta trescientos dos recorrí las docenas de metros que separaban mi puerta del ascensor deseando no encontrarme con nadie en la puerta. No había nadie.
Abrí la puerta, rezando por no encontrarme lo que cada mes, durante los últimos cuatro años de mi vida, me había encontrado. Allí estaba. El sobre negro. Esperándome
como cada mes. Llegaba tarde al pago, era doce de julio. La carta solía llegar al principio de la segunda semana. Ni siquiera era puntual el muy hijo de puta. Abrí el sobre.
Esta no la había visto, en ella se veía a la chica de frente y a mí, algo desdibujado, detrás. La nota escrita a mano, con una cantidad de dinero, una cuenta y la misma
ironía de siempre: “Un poco joven, ¿no cree, señor de Santos?”. Asqueado, estrujé la nota y la fotografía y las tiré al suelo. El apartamento estaba tal como lo había
dejado. En la oscuridad, solo mi reflejo en el cristal del inmenso mirador del salón interrumpía la ilusión de estar flotando sobre la ciudad. Mis pensamientos iban delante
de mí en caída libre. Nunca se gana de verdad. Por mucho que lo parezca, por mucho que tú mismo te lo expliques todas las mañanas delante del espejo, la gente no sabe
cuál es el amargo precio de la victoria. Triunfar no era más que otro paso en falso, un paso más al abismo. Ese abismo de la realidad inapelable, del que provienen todas
las imágenes y los sonidos que componen nuestras pesadillas. Esos reflejos que a veces creemos ver en el espejo y que, cuando volvemos a mirar con atención, ya no
están ahí. El triunfo era la metáfora definitiva de la nada, siempre habrá una meta nueva que alcanzar, hasta caer en el abismo definitivo. Me afeité buscando ese brillo
oculto. El tipo que veía enfrente de mí sonreía irónico, como todas las mañanas cuando de forma insistente buscaba al desconocido dentro del espejo. Era día de pago:
mis acreedores me habían dado apenas un día como fecha límite. Había agotado mis promesas y mis sonrisas. Ya solo me quedaban los huesos y la carne. Mi sangre no
valía demasiado. Tenía que hacer frente a deudas inimaginables y lo único que podía ofrecerles era un compromiso de pago, un proyecto a cuenta, promesas con mi
firma. Mi vida sería, durante unos años más, enteramente suya.
Una nueva sesión. Una chica nueva. Un proyecto nuevo. ¿Qué más podía pedir?

Título: 11,4 sueños luz (Spanish Edition)
Autores: Avedon, Nicholas
Formatos: PDF
Orden de autor: Avedon, Nicholas
Orden de título: 11,4 sueños luz (Spanish Edition)
Fecha: 11 sep 2016
uuid: 44157eb9-ad7f-488f-b6ef-04e1b28ddd79
id: 357
Modificado: 11 sep 2016
Tamaño: 0.98MB

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