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33 Razones para volver a verte – Alice Kellen

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Rachel se acomodó entre los cojines del sofá mientras presionaba con insistencia el botón de «siguiente» del mando a distancia, tratando de
encontrar algún programa decente que amenizase aquel aburrido jueves. Su padre acababa de marcharse a la ciudad, donde trabajaba como
vigilante nocturno en un edificio de oficinas, después de haber cenado juntos una pizza.
Estaba palmeándose el estómago con gesto ausente, cuando llamaron al timbre. Algo sorprendida, dado que ya había anochecido, se puso en
pie y se calzó las zapatillas.


En cuanto abrió la puerta, emitió un gemido ahogado al encontrarse con el rostro magullado y ensangrentado de Mike.
—¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios! Mike, ¿estás bien? —Se hizo a un lado para dejarlo pasar—. Mike, ¡di algo, por favor!
Él dio un paso al frente con la mirada clavada en el suelo de madera. La puerta se cerró a su espalda con un golpe seco que retumbó en el
silencio de la noche. Todavía sin mirarla, extendió los brazos buscando el calor de su cuerpo y la estrechó con desesperación contra su pecho.
—Estoy bien —le susurró al oído—. Tranquila…
Se hubiese quedado así para siempre; pegado a ella, unidos en cierto modo, sin decir nada, sin más preguntas ni más respuestas. Solo
silencio… y la calidez y el agradable aroma a frambuesas que Rachel emanaba.
Suspiró hondo cuando ella se apartó para evaluar su rostro con atención. Y de inmediato sintió el peso de la culpabilidad al ver que se
enjugaba una lágrima con el dorso de la mano. No tendría que haber ido allí. Justo ahora.
—Siento haber venido…
—Mike, ¡deja de decir tonterías! Ven, túmbate en el sofá. —Cogió su brazo y lo acompañó hasta el comedor—. Quédate aquí, ¿de acuerdo?
Voy a por algunas cosas para curarte. No te muevas.
—No me muevo.
Regresó del baño llevando un cuenco con agua, gasas, desinfectante y un antiséptico. Tras dejar todos aquellos utensilios sobre la mesita, se
sentó junto a él en el sofá. Temblaba cuando se inclinó sobre su rostro para inspeccionarlo.
Tenía un corte en el labio inferior y la sangre, ya seca, formaba un reguero rojizo que se perdía bajo su barbilla. Por lo demás, se entreveían
algunos rasguños superficiales en la mejilla derecha y la piel que cubría el pómulo izquierdo empezaba a mostrar un color amarillento.
—¿Cómo puede hacerte esto? —preguntó.
Él no respondió. Rachel sintió las lágrimas agolparse de nuevo en las los párpados y su mirada se tornó borrosa. Respiró hondo, tratando de
contener la angustia.
—No te preocupes. —Pasó la mano por su frente con ternura, apartándole el cabello castaño hacia atrás. Mike se estremeció ante el contacto
—. Yo cuidaré de ti.
Después, todavía trémula, se apresuró a coger el trapo, meterlo en el cuenco y escurrir el agua sobrante. Lo deslizó con cuidado por su
barbilla, las mejillas, los labios… Limpió todas las heridas; las que podían verse y las que Mike se callaba. Cuando terminó, aplicó el desinfectante y
antes de coger el antiséptico, rompió aquel prolongado silencio.
—¿Qué ha pasado?
Él rehuyó su mirada. Odiaba mentirle, y esa noche tenía que hacerlo.
—Lo de siempre.
—¿Y qué es exactamente «lo de siempre»? —Presionó la herida de la mejilla con un algodón y él gruñó, molesto por el escozor—. ¿Por qué
tienes que defenderla? ¡Ella quiere seguir con ese monstruo, es su decisión! —exclamó consternada—. ¿Por qué dejas que te hagan esto? ¡Jim ni
siquiera es tu padre…! ¡No deberías…! ¡No tienes que aguantarlo más! —gritó, e hizo una pausa para inspirar hondo porque le faltaba el aire y su
voz sonaba entrecortada.
Mike se concentró en el gesto enfadado de Rachel, no sabía qué decir.
Hubiese podido denunciar a su padrastro un millón de veces, pero sabía que, si lo hacía, su madre le daría la espalda. No quería estar solo, más
solo. Cuando era un crío, había albergado la esperanza de que, en caso de que ella tuviese que escoger entre uno de los dos, lo habría elegido a
él. Ahora, ese pensamiento era solo una ridícula utopía. Ya no se engañaba a sí mismo. Su madre aseguraba querer a ese hombre. Incluso cuando
la pegaba y la vejaba con insultos, incluso cuando regresaba a casa oliendo a una desagradable mezcla de alcohol y tabaco, o incluso cuando (por
suerte) desaparecía durante varios meses sin previo aviso y acababa regresando e irrumpiendo de nuevo en sus vidas.
A Mike le daba igual que ella no quisiera que la defendiese. Era incapaz de quedarse de brazos cruzados. Sabía que cada vez que se enfrentaba
a Jim, ambos salían mal parados, pero no podía evitarlo. Ese era su papel dentro de aquel caos en el que había crecido. Y ahora, ahora todo se
había descontrolado demasiado…
Después de la pelea de aquella noche y de lo que Mike estaba obligado a hacer, ya nada volvería a ser igual. Ni siquiera él. Sabía que una parte
de sí mismo se rompería para siempre, pero no tenía otra opción. No la tenía.
—Mike, ¿por qué no puedes responderme? Dime algo. Lo que sea… —suplicó.
—Es mi madre —contestó.
Apartó la mirada de ella cuando vio la decepción en sus ojos castaños. Eso era peor que un par de puñetazos. Le hubiese gustado poder
ofrecerle un argumento elaborado y lógico, pero ya le había mentido demasiado. Esa era la auténtica razón. Aunque a veces le costaba
reconocerla como tal, ella seguía siendo su madre y él le debía lealtad; tenía que cuidarla. ¿Quién lo haría si no? Él la quería. De algún modo
retorcido e incomprensible, la quería. Era su única familia.
—¿Vas a defenderla siempre? ¡Tú ya has sufrido demasiado por culpa de sus malas decisiones! Y lo peor es que ella no quiere una vida
diferente ni remediar la situación, ¿no te das cuenta, Mike?
Rachel tiró de mala gana el algodón sobre la mesa auxiliar del comedor, donde estaban los demás utensilios, y sollozó antes de esconder el
rostro entre sus manos. Él se incorporó en el sofá, sintiéndose más culpable que nunca. La abrazó, preguntándose por qué no lo había hecho
antes, por qué no la había abrazado cada día… Descansó la barbilla sobre el tembloroso hombro de la joven y le acarició el cabello y la espalda con
la mano que tenía libre.
—No llores, Rachel, por favor. —La retenía con tanta fuerza que aflojó por temor a hacerle daño—. Lamento… no sabes cuánto lamento que
no puedas entenderlo, pero necesito que estés a mi lado —suplicó—. Algún día todo esto quedará atrás. Si tú me das la espalda, no sé cómo
podría…
—Sabes que siempre estaré para ti —lo cortó—. Incluso aunque no te entienda. No importa. Supongo que puedo entender que a veces no
consiga entenderte.
Mike curvó las comisuras de sus labios al tiempo que hundía una mano en el cabello pelirrojo de Rachel, sujetando su nuca con delicadeza.
—Solo me he quedado con lo de que siempre estarás para mí —se burló—, pero con eso me es más que suficiente.
Ella sorbió por la nariz, sin ser consciente de que en aquel mismo instante Mike se concentraba en contar las pecas de su nariz. Una a una.
Tranquilizándose.
—Pecosa, ¿nunca te he dicho que eres preciosa? —Rachel tomó aire cuando sus miradas se enredaron y negó lentamente con la cabeza—.
Pues debería haberlo hecho. Eres preciosa, Rachel —repitió.
Él dejó de sonreír y deslizó los dedos por la palma de su mano; la mantuvo abierta sobre la suya y recorrió con la yema del índice las líneas que
surcaban aquella superficie aterciopelada. Quería meterse bajo su piel. Esa mano era tan perfecta, tan pequeña y delicada…
—¿Qué estás haciendo?
—No lo sé. Te toco. —Ascendió por el mentón y las mejillas, despacio, disfrutando del recorrido, como si estuviese dibujándola con los dedos
en su memoria. Limpió las lágrimas que todavía brillaban sobre su piel, eliminando aquel rastro de dolor—. Y creo que voy a besarte.
—Mike…
—¿Te apartarás si lo hago?
—Tendrás que arriesgarte.
Lo hizo. Arriesgó.
Fue un beso tierno, húmedo, lento. Mike atrapó aquellos labios entre los suyos y mordisqueó con cuidado la piel suave y deliciosa mientras
Rachel gemía en su boca.
Estaba perdiendo el control. Tenía la certeza de que aquello no era lo correcto; no para ella, al menos, pero la deseaba más que nada en el
mundo. Y, por eso mismo, temía arrastrarla a su infierno. Ella merecía algo mejor, más estable.
Mike desechó la llamada de su conciencia y profundizó el beso ignorando el intenso dolor que sentía en el labio a causa de la reciente herida, y
acunó su rostro con ambas manos, trazando pequeños círculos con el pulgar sobre su mejilla. No quería perderla. Todavía no.
—Espera… —murmulló Rachel.
Ambos respiraban agitados. Él rozó sus labios una última vez, conteniéndose, y se separó de ella despacio, contemplando hipnotizado el rubor
que le cubría las mejillas.
—¿Qué ocurre?
—Solo… Solo necesito asimilar… lo que acaba de ocurrir.
—Emitió una risa dulce y Mike sonrió travieso y se inclinó sobre ella hasta que ambos estuvieron tumbados sobre el sofá. La miró desde arriba y
le apartó con la mano el cabello suelto, despejando su rostro.
—De acuerdo. Puedes ir asimilándolo mientras sigo besándote, ¿no?
Deslizó la boca por su cuello y dejó un reguero de besos que desembocaba en la barbilla de la joven y se desviaba después por el pómulo, la
punta de la nariz y sus labios entreabiertos.
Rachel cerró los ojos, todavía aturdida. Era como estar flotando a muchos, muchos metros de altura. Sentía vértigo. Las manos de Mike se
movían por su cuerpo con soltura y cierta familiaridad, como si conociese de antemano cada tramo de su piel.
Ella hundió los dedos en su cabello y le acarició la espalda con la otra mano. Cuando pensaba que era imposible estremecerse más, Mike
inventaba nuevas caricias, nuevos besos y nuevas palabras que le susurraba al oído. Deseando tocarlo, deslizó la camiseta por su torso y se la quitó.
Se miraron en silencio. No huyó de aquellos ojos grises al despojarse también de la suya; permaneció quieta mientras él devoraba con la vista el
sujetador azul oscuro que vestía. Mike inclinó la cabeza y depositó un beso suave en su estómago, al lado del ombligo, que le erizó la piel.
—Estás temblando.
—Estoy nerviosa.
Mike apoyó las manos a ambos lados de su cuerpo. Tenía el ceño fruncido y una mirada culpable que ella no supo descifrar.
—¿Por qué estás nerviosa?
—Porque sí. Porque eres tú y soy yo. Por eso mismo. Si fueses cualquier otra persona no sentiría nada, no temblaría. Te quiero, Mike. Siempre
te he querido. Lo sabes.
Él tragó saliva con cierta dificultad. Temía mover un solo dedo más, tocarla de nuevo, no poder escapar de aquellas palabras. Escondió la
cabeza en el hueco del hombro de Rachel, la pegó a su cuerpo y la retuvo con desesperación. Piel con piel. Y solo el latir de sus corazones. No
supo cuánto tiempo estuvieron en silencio, pero fue una eternidad y, al mismo tiempo, un suspiro. No quería soltarla.
—¿He dicho algo malo? —La voz insegura de Rachel inundó la estancia.
—No, claro que no. —Él la estrechó con más fuerza, clavando la yema de sus dedos en la línea de su cintura—. Solo quiero quedarme así para
siempre. Abrazarte. Sentirte. Solo eso.
No hubo más besos. Rachel se entretuvo acariciando el cabello de Mike y él continuó con el rostro escondido en su cuello; cada vez que ella
notaba su aliento cálido soplando contra su piel, sentía un cosquilleo raro, como si le pellizcasen el corazón.
—¿Vas a quedarte a dormir? —preguntó en un susurro.
—¿Quieres que me quede?
—Sí.
—Entonces lo haré.
—Pero mañana…
—No te preocupes, me iré antes de que llegue Robin.
Mike alzó la cabeza y después se movió para coger del suelo su camiseta y la de Rachel.
—Levanta los brazos —pidió, y cuando ella lo hizo le pasó la prenda de ropa por encima de la cabeza y la bajó suavemente por su cuerpo,
rozándole la cintura con los nudillos.
—He hecho algo malo —confirmó la joven, incapaz de apartar la vista de la expresión contrariada de Mike mientras terminaba de vestirse.
—No. Te juro que no. Tú nunca podrías hacer nada malo. —Le sujetó la barbilla con los dedos e hizo un esfuerzo por sonreír—. ¿Sabes por
qué me encantan tus pecas?
Se mantuvo callada mientras él se tumbaba de nuevo en el sofá y la acomodaba sobre su pecho. Ella le rodeó el torso con un brazo, cerró los
ojos e inspiró hondo.
—¿Por qué?
—Porque son como estrellas sobre el lienzo más bonito del mundo, tu rostro… —confesó—. Cuando era pequeño, antes de que mi padre
trabajase en la empresa de transportes, solía volver a casa a las seis y entonces se desataba el infierno. Yo siempre estaba allí, pero nunca entraba
dentro. Me quedaba en el jardín, detrás del abeto que talaron hace dos años, escuchando los gritos, los llantos y… —Tomó aire, no estaba
acostumbrado a hablar de aquello con tanta franqueza—. Y contaba lo que fuera, las piedras del jardín, las hojas, las estrellas. Aquello era lo único
que me tranquilizaba. Igual que tus pecas. Me calman, las necesito. Te necesito.
Deslizó la mano por el rostro de Rachel, acariciando sus mejillas suaves y se contuvo como nunca antes para no besarla. No volvería a hacerlo.
No la besaría. Eso sería injusto y egoísta. No quería arrastrarla hacia la abrumadora oscuridad que, tarde o temprano, lo atraparía. Estaba destinado
a ello.
En cuanto despertó, Rachel notó la ausencia del cuerpo de Mike. Si no hubiese sido porque todavía olía a él, a aquel aroma a jabón mentolado y
fresco, hubiese pensado que todo había sido un sueño.
—Te he preparado el desayuno, cariño. —Su padre apareció en el umbral del comedor y le tendió una taza de café con leche antes de
depositar sobre la mesita de cristal el plato que llevaba en la otra mano. Ella le sonrió, todavía rememorando la noche pasada—. Tortitas. Muy
hechas, como a ti te gustan.
—No era necesario. Gracias, papá.
—¿Desde cuándo las tortitas son algo innecesario, hija? —rio y se sentó en el silloncito que había enfrente, también con una taza de café en
las manos—. Te quedaste dormida en el sofá —bostezó—. Hacías lo mismo cuando eras pequeña, ¿recuerdas? No había forma de que conciliases el
sueño en la cama.
Rachel le dio un sorbo a su desayuno, deleitándose con el delicioso aroma y el sabor algo amargo del café recién hecho. Asintió con la cabeza,
distraída. Distraída porque no dejaba de pensar en sus ojos claros, en sus labios, en el tacto algo áspero de sus manos y el modo en que la había
mirado, como si fuese lo más valioso para él en ese instante.
Suspiró y se giró hacia su padre, que la miraba como si ella fuese transparente y él pudiese ver todos los secretos que escondía. Ignoró el calor
que se apoderó de sus mejillas y contempló las marcadas ojeras que destacaban bajo sus ojos verdosos. ¿Cuándo habían empezado a aparecer las
primeras canas en su cabello castaño y esas arruguitas cerca de las sienes…?
—Deberías acostarte ya —le aconsejó—. ¿Cuándo van a cambiarte el turno de noche? No es justo que siempre te toque a ti.
—¡Si todo en esta vida tuviese que ser justo…! —emitió una risita vivaracha. Así era su padre, conformista y desenfadado, sabía amoldarse a los
diferentes escenarios que la vida iba colocando frente a él—. No te preocupes por mí. —Se frotó el mentón—. ¿Qué tienes pensado hacer hoy?
¿Has quedado con los chicos?
—Sí, tenemos que cuadrar los horarios de la universidad, los míos no coinciden con los de Jason y Mike. Y Luke va por libre, tiene tantos
partidos y entrenamientos que será casi como si estuviese en otra ciudad. No creo que podamos verlo mucho…
Permaneció pensativa durante unos instantes, contemplando los rayos de sol que parecían resbalar por el ventanal el comedor. Ahora que
todos iban a ir a la universidad temía que las cosas entre ellos cambiasen.
Jason, Mike y Luke estudiarían Publicidad y Marketing. El único que sabía desde hacía tiempo qué quería hacer era Jason. Mike nunca tuvo claro
a qué deseaba dedicarse, así que siguió los pasos de su amigo, lo que no era un mal plan porque, a pesar de no ser muy constante y metódico,
tenía buenas ideas y podía ser muy creativo sin ni siquiera proponérselo. Y a Luke no le importaba demasiado qué estudiar con tal de poder jugar
al fútbol. Todavía era pronto para saberlo, pero le habían dado una beca deportiva y apuntaba maneras para convertirse en una promesa más
pronto que tarde.
¿Y ella? Bueno, ella siempre supo que su futuro estaba lleno de palabras y páginas garabateadas. Cualquier trabajo relacionado con eso le
resultaba atrayente, así que había conseguido que la admitiesen en la misma universidad que los chicos para cursar literatura, aunque estaría en un
campus diferente. Por eso llevaba días intentando cuadrar sus horarios para que pudiesen coincidir y verse durante los ratos libres. No concebía
cómo podría ser su vida sin esos tres chicos a su alrededor. Había crecido con ellos. Era quien era por ellos.
—Será mejor que me vaya ya a la cama. —Su padre se levantó del sillón y, antes de marcharse, le dio un cariñoso beso en la frente.
—Descansa, papá.
Nadie volvió a ver a Mike durante los siguientes dos días.
Fue como si se hubiese desvanecido de la noche a la mañana. Le llamaron, lo buscaron, preguntaron a otros amigos del instituto…
Nada. Ni rastro.
Rachel no podía apartar de su cabeza el estado en que se encontraba la noche del jueves, ¿le habría hecho algo su padrastro?
Se había acercado a su casa un montón de veces, pero no se había atrevido a volver a cruzar la verja… ¿y si en realidad se había ido por algo
de lo que había sucedido con ella? Jason y Luke estaban preocupados, pero no les dijo nada de lo que había pasado entre ellos. Y aunque estaba
segura de que Jason imaginaba algo, porque era increíblemente intuitivo, no se sintió con fuerzas para contarle los detalles. Que la había besado.
Que se había quedado a dormir a su lado. Y que después había desaparecido del mapa. ¿Era por ella? ¿Se había ido por eso? No conseguía encajar
las piezas del rompecabezas. Mike jamás se había ausentado así sin más, y mucho menos sin decírselo a alguno de los tres. Se sentía desencantada.
Pero luego… Luego recordaba que era él. Y todo lo demás dejaba de preocuparla. Porque Mike nunca le haría daño, nunca.
No podía ser por ella, tenía que haberle pasado algo. Algo grave que explicase que no pudiese contactar con ellos. Tenía que hablar con los
chicos y tenían que ir a su casa a pesar de todas las prohibiciones.
El sábado por la noche iba a llamar a Jason cuando este se le adelantó y le contó que Luke acababa de ver a Mike en una fiesta de la
urbanización.
—Dice que está raro —añadió—. Que no parece el mismo.
—¿Qué quieres decir? —Rachel empezó a vestirse de inmediato, todavía con el teléfono apoyado sobre el hombro derecho.
—No lo sé.
—¿Y dónde dices que es esa fiesta?
—En casa de Jack. El del equipo de Luke, el defensa derecho —aclaró. Quedaba a solo tres

 

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