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Libro PDF A sangre fría Truman Capote

A sangre fría Truman Capote

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El pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas,
una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman «allá». A más de cien
kilómetros al este de la frontera de Colorado, el campo, con sus nítidos cielos
azules y su aire puro como el del desierto, tiene una atmósfera que se parece más
al Lejano Oeste que al Medio Oeste. El acento local tiene un aroma de praderas, un
dejo nasal de peón, y los hombres, muchos de ellos, llevan pantalones ajustados,
sombreros de ala ancha y botas de tacones altos y punta afilada. La tierra es llana
y las vistas enormemente grandes; caballos, rebaños de ganado, racimos de
blancos silos que se alzan con tanta gracia como templos griegos son visibles
mucho antes de que el viajero llegue hasta ellos.
Holcomb también es visible desde lejos. No es que haya mucho que ver allí… es
simplemente un conjunto de edificios sin objeto, divididos en el centro por las vías
del ferrocarril de Santa Fe, una aldea azarosa limitada al sur por un trozo del río
Arkansas, al norte por la carretera número 50 y al este y al oeste por praderas y
campos de trigo. Después de las lluvias, o cuando se derrite la nieve, las calles sin
nombre, sin árboles, sin pavimento, pasan del exceso de polvo al exceso de lodo.
En un extremo del pueblo se levanta una antigua estructura de estuco en cuyo
techo hay un cartel luminoso —BAILE—, pero ya nadie baila y hace varios años que
el cartel no se enciende. Cerca, hay otro edificio con un cartel irrelevante, dorado,
colocado sobre una ventana sucia: BANCO DE HOLCOMB. El banco quebró en 1933
y sus antiguas oficinas han sido transformadas en apartamentos. Es una de las dos
«casas de apartamentos» del pueblo; la segunda es una mansión decadente,
conocida como «el colegio» porque buena parte de los profesores del liceo local
viven allí. Pero la mayor parte de las casas de Holcomb son de una sola planta, con
una galería en el frente.
Cerca de la estación del ferrocarril, una mujer delgada que lleva una chaqueta de
cuero, pantalones vaqueros y botas, preside una destartalada sucursal de correos.
La estación misma, pintada de amarillo desconchado, es igualmente melancólica: El
Jefe, El Superjefe y El Capitán pasan por allí todos los días, pero estos famosos
expresos nunca se detienen. Ningún tren de pasajeros lo hace… sólo algún tren de
mercancías. Arriba, en la carretera, hay dos gasolineras, una de las cuales es,
además, una poco surtida tienda de comestibles, mientras la otra funciona también
como café… el Café Hartman donde la señora Hartman, la propietaria, sirve
bocadillos, café, bebidas sin alcohol y cerveza de baja graduación (Holcomb, como
el resto de Texas, es «seco»).
Y, en realidad, eso es todo. A menos que se considere, como es debido, el Colegio
Holcomb, un edificio de buen aspecto que revela un detalle que la apariencia de la
comunidad, por otro lado, esconde: que los padres que envían a sus hijos a esta
moderna y eficaz escuela (abarca desde jardinería hasta ingreso a la universidad y
una flota de autobuses transporta a los estudiantes —unos trescientos sesenta— a
distancias de hasta veinticinco kilómetros) son, en general, gente próspera.
Rancheros en su mayoría, proceden de orígenes muy diferentes: alemanes,
irlandeses, noruegos, mexicanos, japoneses. Crían vacas y ovejas, plantan trigo,
sorgo, pienso y remolacha. La labranza es siempre un trabajo arriesgado pero al
oeste de Kansas los labradores se consideran «jugadores natos», ya que cuentan
con lluvias muy escasas (el promedio anual es de treinta centímetros) y terribles
problemas de riego. Sin embargo, los últimos siete años no han incluido sequías.
Los labradores del condado de Finney, del que forma parte Holcomb, han logrado
buenas ganancias; el dinero no ha surgido sólo de sus granjas sino de la
explotación del abundante gas natural, y la prosperidad se refleja en el nuevo
colegio, en los confortables interiores de las granjas, en los elevados silos llenos de
grano.
Hasta una mañana de mediados de noviembre de 1959, pocos americanos —en
realidad pocos habitantes de Kansas— habían oído hablar de Holcomb. Como la
corriente del río, como los conductores que pasaban por la carretera, como los
trenes amarillos que bajaban por los raíles de Santa Fe, el drama, los
acontecimientos excepcionales nunca se habían detenido allí. Los habitantes del
pueblo —doscientos setenta— estaban satisfechos de que así fuera, contentos de
existir de forma ordinaria… trabajar, cazar, ver la televisión, ir a los actos de la
escuela, a los ensayos del coro y a las reuniones del club 4-H. Pero entonces, en las
primeras horas de esa mañana de noviembre, un domingo por la mañana, algunos
sonidos sorprendentes interfirieron con los ruidos nocturnos normales de
Holcomb… con la activa histeria de los coyotes, el chasquido seco de las plantas
arrastradas por el viento, los quejidos lejanos del silbido de las locomotoras. En ese
momento, ni un alma los oyó en el pueblo dormido… cuatro disparos que, en total,
terminaron con seis vidas humanas. Pero después, la gente del pueblo, hasta
entonces suficientemente confiada como para no echar llave por la noche,
descubrió que su imaginación los recreaba una y otra vez… esas sombrías
explosiones que encendieron hogueras de desconfianza, a cuyo resplandor muchos
viejos vecinos se miraron extrañamente, como si no se conocieran.
El amo de la granja de River Valley, Herbert William Clutter, tenía cuarenta y ocho
años y, como resultado de un reciente examen médico para su póliza de seguros,
sabía que estaba en excelentes condiciones físicas. Aunque llevaba gafas sin
montura y era de estatura mediana —algo menos de un metro setenta y cinco— el
señor Clutter tenía un aspecto muy masculino. Sus hombros eran anchos, sus
cabellos conservaban el color oscuro, su cara, de mandíbula cuadrada, había
guardado un color juvenil y sus dientes, blancos y tan fuertes como para partir
nueces, estaban intactos. Pesaba setenta y seis kilos… lo mismo que el día en que
se había licenciado en la Universidad Estatal de Kansas terminando sus estudios de
agricultura. No era tan rico como el hombre más rico de Holcomb… el señor Taylor
Jones, propietario de la finca vecina. Pero era el ciudadano más conocido de la
comunidad, prominente allí y en Garden City, capital del condado, donde había
encabezado el comité para construir la nueva iglesia metodista, un edificio que
había costado ochocientos mil dólares. En ese momento era presidente de la
Confederación de Organizaciones Granjeras de Kansas y su nombre se citaba con
respeto entre los labradores del Medio Oeste, así como en ciertos despachos de
Washington, donde había sido miembro del Comité de Créditos Agrícolas durante la
administración de Eisenhower.
Seguro de lo que quería de la vida, el señor Clutter lo había obtenido, en buena
medida. En la mano izquierda, en lo que quedaba de un dedo aplastado por una
máquina, llevaba un anillo de oro, símbolo, desde hacía un cuarto de siglo, de su
boda con la mujer con quien había deseado casarse: la hermana de un compañero
de estudios, una chica tímida, piadosa y delicada llamada Bonnie Fox, tres años
menor que él. Bonnie le había dado cuatro hijos: tres niñas y después un varón. La
hija mayor, Eveanna, casada y madre de un niño de diez meses, vivía al norte de
Illinois, pero iba con mucha frecuencia a Holcomb. Precisamente, estaban
esperando que llegara con su familia dentro de la quincena que faltaba para el Día
de Acción de Gracias, ya que sus padres estaban planeando reunir a todo el clan
Clutter (originario de Alemania; el primer emigrante Clutter —o Klotter como lo
escribían entonces— había llegado en 1880). Habían invitado a unos cincuenta
parientes, algunos de los cuales vendrían de lugares tan lejanos como Palatka,
Florida. Tampoco Beverly, la segunda hija, vivía ya en la granja; estaba en Kansas
City, Kansas, cursando estudios de enfermería. Beverly estaba prometida con un
joven estudiante de biología, que su padre apreciaba mucho; las invitaciones para
la boda, que se realizaría en Navidad, ya estaban impresas. Eso dejaba en casa al
varón, Kenyon, que a los quince años ya era más alto que su padre y a una
hermana un año mayor… la mimada del pueblo, Nancy.
Con respecto a su familia, Clutter sólo tenía un motivo de preocupación; la salud de
su mujer. Era «nerviosa», tenía sus «rachas»; ésos eran los términos en que la
describían quienes la querían. Y no es que «los problemas de la pobre Bonnie»
fueran un secreto; todos sabían que hacía más de seis años que estaba en manos
de psiquiatras. Sin embargo, aun en esas zonas oscuras había brillado últimamente
un rayo de sol. El miércoles pasado, al volver del Centro Médico de Wesley, lugar
donde se internaba habitualmente, tras dos semanas de tratamiento, la señora
Clutter trajo a su marido noticias casi increíbles: le había dicho jubilosamente que
la raíz de sus males, según habían decretado finalmente los médicos, no estaba en
su cabeza sino en su columna… era física, un problema de vértebras desplazadas.
Por supuesto, tendrían que operarla, y después… bueno, volvería a ser como antes.
¿Sería posible? La tensión, las fugas, los sollozos ahogados por la almohada tras
una puerta cerrada con llave, todo debido a una vértebra desplazada… Si era así, el
señor Clutter podría rezar una plegaria de gratitud sin reservas ante la familia, en
la sobremesa del Día de Acción de Gracias.
Habitualmente, la mañana del señor Clutter empezaba a las seis y media, cuando lo
despertaba el ruido de los bidones de leche y la charla de los muchachos que los
llevaban, los dos hijos del peón Vic Irsik. Pero hoy se había quedado en la cama,
dejando que los hijos de Vic Irsik fueran y vinieran, porque el día anterior —un
viernes trece— había sido un día agitado, aunque agradable. Bonnie había vuelto a
ser «la de antes»; como preludio a la normalidad, a las fuerzas que recuperaría tan
pronto, se había pintado los labios, se había peinado y, con un vestido nuevo, lo
había acompañado al Colegio Holcomb donde ambos habían aplaudido una
representación estudiantil de Tom Sawyer en la que Nancy había interpretado a
Becky Thatcher. Había disfrutado viendo como Nancy actuaba en público, nerviosa
pero sonriente, y los dos se enorgullecieron por la actuación de Nancy, que había
desempeñado muy bien su papel, sin olvidar ni una coma, y que, como le dijo él
después en el camerino, «estaba preciosa; una verdadera belleza del Sur».
Después, Nancy, comportándose como si verdaderamente lo fuera, hizo una
encantadora reverencia y pidió permiso para ir a Garden City donde en sesión
especial a las once y media, en el State Theatre, daban una película de horror que
todos sus amigos querían ver. En otras circunstancias, el señor Clutter hubiese
negado el permiso. Sus normas eran leyes y una de ellas era que Nancy —y Kenyon
— tenían que estar en casa a las diez; sólo los sábados podían llegar a las doce.
Pero había pasado tan bien la velada que dio su consentimiento. Nancy no volvió a
casa hasta las dos. El la oyó llegar y la llamó; aunque no era dado a levantar la
voz, en aquella ocasión quiso decirle cuatro cosas, no tanto a propósito de la obra
sino de Bobby Rupp, el muchacho que la había acompañado a casa, héroe del
baloncesto estudiantil.
Al señor Clutter le gustaba el chico y consideraba que para su edad —diecisiete
años— era digno de confianza y todo un caballero. Sin embargo, desde que tres
años antes le había dado permiso para salir con chicos, Nancy, bonita y admirada
como era, no había salido con ningún otro y aunque el señor Clutter aceptaba las
costumbres modernas de los adolescentes de todo el país que tenían un amigo fijo,
«iban en serio» y usaban anillo, no las aprobaba, sobre todo desde que, por
casualidad, había sorprendido al chico Rupp y a su hija besándose. No hacía mucho
de eso y había aconsejado a Nancy que dejara de ver tanto a Bobby, tratando de
explicarle que era mejor distanciarse gradualmente de él ahora que romper
bruscamente más tarde, cosa que no podría menos que suceder pues la familia
Rupp era católica y los Clutter metodistas, razón suficiente para que las ilusiones
que ambos podían tener de casarse algún día no fueran más que eso, ilusiones.
Nancy se había mostrado razonable —por lo menos no discutió— y ahora, antes de
darle las buenas noches, Clutter le hizo prometer que comenzaría a distanciarse de
Bobby.
El incidente retrasó mucho su hora de acostarse, cosa que solía hacer a las once.
Como consecuencia, eran más de las siete cuando se levantó el sábado 14 de
noviembre de 1959. Su mujer se quedaba en cama hasta más tarde, pero el señor
Clutter cuando se afeitaba, se duchaba y se ponía los pantalones de sarga, la
chaqueta de cuero de los ganaderos y las botas de montar no temía despertarla,
pues no compartían la misma habitación. Hacía años que dormía solo en el
dormitorio principal de la planta baja de la casa de madera y ladrillo, que constaba
de catorce habitaciones distribuidas en dos plantas. La señora Clutter, a pesar de
que guardaba su ropa en el armario de ese dormitorio y tenía sus pocos cosméticos
y sus mil medicamentos en el baño contiguo de azulejos y cristal, ocupaba siempre
el cuarto que había sido de Eveanna, que como el de Nancy y el de Kenyon estaba
en la planta alta.
La casa había sido casi totalmente diseñada por el señor Clutter, que había
demostrado ser un arquitecto razonable y juicioso, aunque no muy imaginativo.
Había sido construida en 1948 y había costado cuarenta mil dólares (actualmente
su valor era de sesenta mil). Situada al fondo de un largo camino asfaltado que
corría entre dos hileras de olmos de China, aquella hermosa casa blanca que se
alzaba rodeada por un amplio y cuidado césped de Bermuda, causaba la admiración
de Holcomb; era la casa que la gente ponía como ejemplo. En el interior, una serie
de gruesas alfombras color malva interrumpían el brillo del suelo encerado y
silenciaban el crujido de la madera. En el salón había un inmenso diván modernista,
tapizado en una tela nudosa con filamentos plateados entretejidos, y, en un rincón,
una barra para el desayuno, forrada de plástico blanco y azul. Este era el tipo de
cosas que gustaba al matrimonio Clutter y que gustaba también a la mayoría de
sus amistades, cuyas casas, por lo general, estaban amuebladas de forma similar.
Aparte de una asistenta que venía los días laborables, los Clutter no tenían servicio
y por lo tanto, como la esposa estaba enferma y las dos hijas mayores ya no vivían
allí, el señor Clutter tuvo que aprender a cocinar y él y Nancy —Nancy más que él—
preparaban las comidas. Al señor Clutter le encantaba la tarea y era un cocinero
excelente: en todo Kansas no había una mujer que amasara pan mejor que él y sus
pastelitos de coco eran lo primero que se vendía en las fiestas de beneficencia. Pero
no era comilón y, a diferencia de sus vecinos, prefería un desayuno espartano.
Aquella mañana, una manzana y un vaso de leche fueron suficientes; como nunca
tomaba té ni café empezaba la jornada sin nada caliente en el estómago. La verdad
es que era contrario a los estimulantes, por suaves que fueran. No fumaba y, por
supuesto, no bebía; nunca había probado el alcohol y tendía a evitar el trato con
quienes lo consumían, una circunstancia que no restringía tanto su círculo de
amistades como podría pensarse, ya que el núcleo de ese círculo estaba constituido
por los integrantes de la Primera Iglesia Metodista de Garden City, una
congregación de unas mil setecientas personas, casi todas tan abstemias como el
señor Clutter podía desear. Y aunque se cuidaba de no imponer sus opiniones y de
adoptar, fuera de su casa, una actitud abierta y exenta de censuras, la hacía
respetar a rajatabla dentro de su familia y a los empleados de su granja.
—¿Usted bebe? —era la primera pregunta que hacía a cualquiera que llegara
pidiendo trabajo, y aunque el hombre respondiera negativamente, debía, con todo,
firmar un contrato de trabajo que contenía una cláusula que lo anulaba
automáticamente si el empleado era sorprendido «con alcohol en su poder». Un
amigo suyo, uno de los primeros terratenientes del lugar le había dicho una vez:
—No tienes compasión; lo juro, Herb, si un día encuentras a uno de tus hombres
bebiendo lo despedirás. Y no te importará que su familia se muera de hambre.
Quizás ése haya sido el único reproche que se le hizo al señor Clutter como
patrono. Por lo demás, era conocido por su ecuanimidad, su espíritu caritativo y el
hecho de que pagaba buenos sueldos y distribuía frecuentemente gratificaciones;
los hombres que trabajaban para él —que a veces eran hasta dieciocho— tenían
pocos motivos para quejarse.
Después de beber la leche y ponerse una gorra forrada de piel, el señor Clutter
salió fuera, con una manzana en la mano, para ver cómo estaba la mañana. El
tiempo era ideal para comer manzanas: la más blanca de las luces bajaba del más
puro de los cielos y un viento del este hacía murmurar, sin desprenderlas, las hojas
de los olmos de China. El otoño compensaba a Kansas por todas las otras
estaciones y los males que le imponían: el invierno con los fuertes vientos de
Colorado y las nevadas hasta la cintura que liquidaban al ganado; los chubascos y
las extrañas nieblas de la primavera y el verano, cuando hasta los cuervos
buscaban las exiguas sombras y la dorada inmensidad de los trigales parecía
erizarse y arder. Finalmente, después de septiembre, el tiempo cambiaba y había
un veranillo que, a veces, duraba hasta la Navidad. Mientras contemplaba la
maravillosa estación, el señor Clutter se reunió con un perro mestizo, con algo de
pastor irlandés, y juntos se dirigieron hacia el corral del ganado que estaba junto a
uno de los tres graneros de la finca.
Uno de ellos era una enorme estructura metálica prefabricada, rebosante de cereal
—sorgo de Westland— y otro, albergaba una colina de grano que valía mucho
dinero: cien mil dólares. Esa cantidad representaba un incremento del cuatro mil
por ciento en los ingresos del señor Clutter en el año 1934, año en que se había
casado con Bonnie Fox y se había trasladado con ella desde su pueblo natal de
Rozel, Kansas, a Garden City, donde había encontrado trabajo como ayudante del
consejero agrícola del condado de Finney. Era típico de él que hubiese tardado sólo
siete meses en ser ascendido, o sea en ocupar el cargo de su superior. Los años en
que ocupó ese puesto -de 1935 a 1939— fueron los más polvorientos, los más
angustiosos que había conocido la región desde la llegada del hombre blanco y el
joven Herb Clutter, dotado de un cerebro capaz de mantenerse al día con las más
modernas prácticas agrícolas, poseía las cualidades necesarias para hacer de
intermediario entre el gobierno y los alicaídos agricultores. Estos necesitaban del
optimismo y la preparación técnica de ese simpático joven que parecía saber
perfectamente lo que llevaba entre manos. Al mismo tiempo, no estaba haciendo lo
que quería hacer; hijo de granjero, siempre había querido trabajar su propia tierra.
Por esta razón, al cabo de cuatro años renunció a su puesto, pidió un préstamo que
invirtió en arrendar tierras y creó el embrión de la granja de River Valley (un
nombre justificado por la presencia de los meandros del río Arkansas, pero no,
ciertamente, por la presencia de un valle). Fue una decisión que varios granjeros
conservadores del condado de Finney contemplaron con algo de ironía; eran los
veteranos a quienes les gustaba dirigir pullas al joven consejero sobre el tema de
sus conocimientos universitarios.
—Desde luego, Herb. Siempre sabes qué es lo mejor que se puede hacer con la
tierra de los demás. Plante esto. Nivele aquello. Pero quizá dirías otras cosas si la
tierra fuera tuya.
Se equivocaban. Los experimentos del recién llegado tuvieron éxito, sobre todo
porque, durante los primeros años, trabajó dieciocho horas diarias. No faltaron las
contrariedades: dos veces fracasó la cosecha de cereales y un invierno perdió
varios cientos de cabezas de ganado en una ventisca, pero diez años después los
dominios del señor Clutter abarcaban casi cuatrocientas hectáreas de su propiedad
y mil trescientas más arrendadas. Y eso, como reconocían sus colegas, «no estaba
nada mal». Trigo, maíz, semillas de césped seleccionadas… ésas eran las cosechas
de las que dependía la prosperidad de la granja. Los animales también eran
importantes: ovejas y, sobre todo, ganado vacuno. Un rebaño de varios centenares
de Hereford llevaba la marca de Clutter, aunque nadie lo hubiera creído juzgando
por los escasos pobladores de los establos, que se reservaban para los animales
enfermos, unas pocas vacas lecheras, los gatos de Nancy y Babe, el favorito de la
familia, un caballo de trabajo viejo y gordo que nunca se opuso a pasear con tres o
cuatro niños trepados en su ancho lomo.
El señor Clutter dio a Babe el corazón de su manzana y saludó al hombre que
estaba limpiando el corral… Alfred Stoecklein, el único empleado que vivía en la
finca. Los Stoecklein y sus tres hijos vivían en una casita que estaba a menos de
cien metros de la casa principal; aparte de ellos, los Clutter no tenían vecinos a
menos de un kilómetro de distancia. Stoecklein, hombre de cara larga y dientes
manchados, le preguntó:
—¿Necesita algo especial para hoy? Porque la niña pequeña se ha puesto mala. Mi
mujer y yo nos hemos pasado toda la noche detrás de ella. Me parece que la llevaré
al doctor.
Y el señor Clutter, expresando su solidaridad, le dijo que se tomara la mañana libre
y que si él o su esposa podían hacer algo, que se lo comunicara. Luego, precedido
por el perro que correteaba se dirigió al sur, hacia los campos ahora leonados,
luminosos y dorados por los rastrojos.
El río también estaba en aquella dirección. En sus márgenes se alzaba una arboleda
de frutales: melocotoneros, perales, cerezos y manzanos. Según dicen en la región,
cincuenta años antes un leñador no hubiera tardado ni diez minutos en cortar todos
los árboles de Kansas occidental. E incluso hoy, sólo se pueden plantar olmos de
China y chopos, perennes e indiferentes a la sed como el cacto. Sin embargo, como
decía el señor Clutter, «otros dos centímetros más de lluvia y esta tierra sería el
paraíso». Aquella pequeña colección de frutales que crecía junto al río era un
intento, con lluvia o sin ella, de procurarse ese pedacito de paraíso, ese pedacito de
verdoso Edén con olor a manzana que él soñaba. Su mujer dijo una vez:
—Mi marido cuida más de esos árboles que de sus hijos.
Y todo Holcomb recordaba el día en que un pequeño avión averiado cayó sobre los
melocotoneros.
—Herb estaba fuera de sí. Antes de que la hélice dejara de dar vueltas, ya le había
puesto un pleito al piloto.
Atravesando los frutales, Clutter siguió andando junto al río, aquí muy poco
profundo y salpicado de pequeños islotes como minúsculas playas de arena blanca
en medio del agua, a los que la familia, en domingos que ya no volverían, cálidos
días de fiesta cuando Bonnie todavía «estaba dispuesta», había llevado buenas
cestas de provisiones para pasarse la tarde pendientes de la caña de pescar. El
señor Clutter raramente tropezaba con extraños dentro de su vasta finca, pues
como sólo se llegaba a ella por carreteras de quinto orden y estaba a dos
kilómetros de la autopista, nadie aparecía por allí por simple casualidad. Pero aquel
día vio de pronto un grupo de gente y Teddy, el perro, se lanzó hacia ellos ladrando
amenazador. Teddy era un animal extraño. Aunque era un buen centinela, siempre
alerta, dispuesto a despertar a un regimiento con sus ladridos, su valor tenía un
fallo: bastaba que entreviera un arma (como ocurrió entonces, pues los intrusos
iban armados) para que agachase la cabeza y metiera el rabo entre piernas. Nadie
sabía la razón porque nadie conocía su historia: era un perro vagabundo que
Kenyon había adoptado años atrás. Los intrusos resultaron ser cinco cazadores de
faisanes procedentes de Oklahoma. En Kansas, la temporada del faisán, célebre
acontecimiento de noviembre, atrae hordas de aficionados de los estados vecinos,
y, durante la última semana, regimientos de boinas escocesas habían desfilado por
la tierra otoñal, haciendo levantar el vuelo y luego caer de una perdigonada
bandadas cobrizas de aquellas aves cebadas de grano. Si los cazadores no han sido
invitados por el dueño de la finca, es costumbre que le paguen a aquél cierta
cantidad por el derecho a cazar en sus tierras, pero cuando los hombres de
Oklahoma ofrecieron abonar a Clutter la cantidad acostumbrada, el granjero sonrió.
—No soy tan pobre como parezco. Adelante, cacen cuanto puedan —les dijo.
A continuación, llevándose la mano al borde de la gorra, se volvió a casa y comenzó
su jornada de trabajo, sin saber que sería la última.
Como el señor Clutter, el jovenzuelo que desayunaba en un café llamado Joyita, no
tomaba nunca café. Prefería root beer1. Tres aspirinas, una root beer helada y un
cigarrillo Pall Mall tras otro, era lo que él consideraba un desayuno «como Dios
manda». Mientras bebía y fumaba, estudiaba un mapa desplegado sobre el
mostrador, un mapa «Phillips 66» de México, sin lograr concentrarse porque
esperaba a un amigo y el amigo no llegaba. Lanzó una ojeada a la silenciosa calle
de aquel pueblo que hasta el día anterior jamás había pisado. De Dick, ni rastro.
Pero seguro que vendría. Al fin y al cabo, el motivo de la cita era idea suya, un
«golpe» planeado por Dick. Y cuando la cosa hubiera concluido… México. El mapa
estaba todo roto y de tan manoseado se había vuelto suave como la gamuza. A la
vuelta de la esquina, en la habitación que había tomado en el hotel, tenía
centenares de mapas como aquél: gastados mapas de todos los estados que
forman los Estados Unidos, de todas y cada una de las provincias del Canadá, de
todos y cada uno de los países de América del Sur. Porque aquel jovenzuelo era un
infatigable soñador

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