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Libro PDF A través del tiempo – Shawna Delacorte

A través del tiempo - Shawna Delacorte

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hablar más detenidamente de este asunto del placer —rió—. ¿Bailas?
La agarró de la mano, la condujo a la pista de baile y la tomó entre sus brazos. No había dado muestras de conocerlo, pero Ry estaba seguro de que sus caminos se habían cruzado en algún momento.
Claro que si hubiera conocido a una mujer tan bella jamás la habría olvidado. ¿Cómo olvidar aquella melena castaña, aquellos ojos color miel y una figura que el amplio traje de chaqueta que llevaba no podía esconder?
Al instante, sintió una punzada en el pecho y supo que aquella mujer era mucho más que una mujer para pasar el rato. Sabía que la conocía de algo, pero no era capaz de recordar de qué.
Lo que sí estaba claro era que había despertado su libido.
Cuando percibió su delicado perfume, no pudo evitar quedarse prendado. Bailar con ella le había subido la tensión arterial por las nubes, seguro.
Había algo en Jean que le había llamado poderosamente la atención y le había hecho desear mucho más que bailar con ella en una fiesta.
—Se supone que la novia tiene que ser el centro de atención, pero deja que te diga que la mujer más guapa de esta fiesta eres tú —susurró abrazándola un poco más.
Jean miró a su alrededor completamente turbada y sonrojada.
Qué va —contestó—. Susan es guapísima. Con esa melena rubia que tiene y sus preciosos ojos azules… va a ser una novia espectacular.
—Me gusta más la madrina —insistió Ry dándose cuenta de que estaba avergonzada de verdad.
¿No se daba cuenta de lo guapa que era? ¿Sería que no estaba acostumbrada a que se lo dijeran? Nada que ver con las mujeres que solía conocer, muy preocupadas por su apariencia externa pero en absoluto de la interna.
Mientras bailaban, su mente retrocedió quince años. En el colegio, había una chica que le gustaba mucho. Tenía una belleza interna difícil de igualar y con ella Ry se sentía muy a gusto porque podían hablar de todo.
Sin querer, había acabado con aquella bonita amistad de forma tan rotunda como si le hubiera dicho que no quería volver a verla. Había pasado mucho tiempo, pero la angustia y la culpa seguían vivas dentro de él.
Ry apartó aquellos recuerdos negativos y concentró su atención en la preciosidad con la que estaba bailando.
—Es una idea buenísima, ¿verdad? —comentó—. Me refiero a dar una fiesta para que todos los invitados de la boda se conozcan antes de la ceremonia. ¿Hace mucho que conoces a Susan y a Bill?
—A Bill no porque llegó a Seattle hace cuatro años, pero Susan y yo somos las dos de aquí y nos conocemos hace más de ocho.
Somos del mismo grupo de teatro. ¿Y Bill y tú?
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Fuimos compañeros de universidad en la UCLA. Compartimos habitación el primer año y nos hicimos inseparables. Sin embargo, cuando terminé, me fui a vivir a Los Ángeles porque allí es donde tengo mi empresa.
¿A qué te dedicas?
—Analizo los procedimientos y los sistemas de gestión de las empresas, localizo las pérdidas de tiempo y activos y, según los datos de la operación, aconsejo cómo mejorar el negocio. Acabo de firmar un contrato para quedarme cuatro semanas aquí, en Seattle, a partir del lunes siguiente a la boda. ¿Y tú? ¿Qué haces aparte de dedicarte al teatro y a dejar con la boca abierta a los hombres?
Jean volvió a sonrojarse.
Por favor, para ya. Me estás desconcertando —contestó intentando mantener la calma—. Soy directora de personal en una empresa de manufacturación —le explicó preguntándose qué la molestaba más, la facilidad con la que le soltaba los cumplidos o el hecho de que fuera él, Ry Collier, el que se los dijera.
Ry la apretó todavía un poquito más contra él de manera que sus cuerpos estuvieran pegados mientras bailaban.
Lo último que le apetecía era ponerse a hablar de trabajo con ella. Le pareció que las curvas de aquel cuerpo eran perfectas. Debía de ser su perfume lo que lo estaba volviendo loco porque estaba empezando a tener todo tipo de deseos sexuales.
Se moría por besarla, tomarla en brazos, depositarla en la cama más cercana y pasarse toda la noche haciéndole el amor de manera desaforada.
Tuvo que hacer un esfuerzo tremendo para volver a la conversación. Cuanto más tiempo pasaba, más convencido estaba que se conocían de algo.
—Yo también soy de aquí —dijo buscando alguna reacción en ella.
Le pareció que se tensaba un poco, pero seguramente habían sido imaginaciones suyas.
Jean dejó que su mente divagara mientras bailaban.
Habían pasado quince años, pero por fin había conseguido bailar con Ry Collier. Tenerlo tan cerca resultaba intoxicante. Su magnetismo sensual era tan fuerte que la confundía. Todas las fantasías que había tenido sobre él se estaban cumpliendo, pero no era suficiente para borrar el dolor y la humillación de aquella noche de hacía tantos años.
Sintió una punzada en el corazón mientras volvía a la conversación.
¿Quieres cenar conmigo? —le estaba preguntando Ry.
¿Cómo? —contestó ella frunciendo el ceño.
¿Por qué no nos despedimos de Bill y de Susan y nos vamos a cenar a un restaurante pequeño donde podamos conocernos mejor? —le propuso Ry—. O, mejor todavía, podríamos subir a mi suite y pedir al servicio de habitaciones que nos llevara la cena
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—añadió, acercándose tanto a su oído que a Jean le pareció sentir sus labios en el pelo.
Al instante, sintió una energía desconocida seguida de una oleada de recelo.
¿Estás en este hotel? —consiguió decir—. Te debe de salir muy caro para tanto tiempo
—comentó.
Teniendo en cuenta que todas las celebraciones del enlace, incluida esta fiesta, la pedida y el banquete, se celebran aquí me pareció el mejor hotel para hospedarme. Además, he decidido quedarme también durante las cuatro semanas que voy a estar en la ciudad trabajando.
¿Cinco semanas en total? El recelo de Jean se tornó angustia. ¿Cómo iba a estar cinco semanas en contacto con él sin que el dolor y la humillación afloraran por algún sitio? Intentó tomar aire para calmarse.
Se dijo que el hecho de que él fuera a estar en la ciudad cinco semanas no quería decir que fueran a verse después de la celebración de la boda de sus respectivos amigos.
Al terminar la canción, salieron de la pista de baile.
— ¿Qué me dices de la cena? —insistió Ry.
Jean no se había sentido tan confusa jamás. ¿Debía decirle quién era o disfrutar de sus atenciones como si no se conocieran? —Acabo de llegar, así que me parece de mala educación irme ya. Soy la madrina de Susan y tengo que estar aquí. Dado que tú eres el padrino, lo mismo te digo. —Tienes razón —sonrió Ry conduciéndola a una mesa apartada—. ¿Qué quieres que te traiga de beber? —Una copa de vino blánco, por favor. —Ahora mismo vuelvo. Mientras iba hacia la barra, volvió a pensar que, definitivamente, se conocían de algo. Su sonrisa, sus ojos, su voz… Sabía que era algo lejano y, aunque lo excitaba sobremanera, la asociaba con algo profundo y especial. Al volver a la mesa, se sentó, le dio su copa de vino blanco y se quedó mirándola un momento. Jean se sintió incómoda bajo su escrutinio. — ¿Pasa algo? —preguntó intentando sonar natural—. ¿Tengo algo en la cara? —rió tocándosela. —No —contestó él acariciándole la mejilla—. Tienes una cara preciosa. — ¿Por qué me miras fijamente? —preguntó Jean un tanto irritada. —Te parecerá una tontería, pero tengo la sensación de que te conozco de algo.
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Hay algo en ti que se me hace familiar. ¿Nos hemos visto antes? —Nunca he estado en Los Ángeles ni en Chicago —contestó Jean tras sopesar la pregunta. —Menuda respuesta —sonrió Ry mirándola con curiosidad—. Yo viví en Seattle hasta que me fui a la universidad. A lo mejor nos conocemos de entonces. —A lo mejor —contestó Jean. En serio, nos conocemos, ¿verdad? Si tú lo dices —contestó Jean sintiendo que le faltaba el aliento. Era obvio que Ry no iba a dejar el tema, quería una contestación. ¿Y si le decía que no, que no se conocían de nada? ¿Se enfadaría cuando descubriera la verdad? ¿Y qué? ¿Qué derecho tenía a enfadarse con ella? Lo malo era que ella nunca mentía… —Estoy seguro de que nos conocemos —insistió Ry—. Como dices que nunca has estado ni en Chicago ni Los Ángeles, doy por hecho que fue cuando vivía aquí. La miró a los ojos y vio que estaba incómoda. Aquello demostraba que estaba en lo cierto ¿por qué no le quería decir de qué se conocían? Qué situación tan extraña. Ry no sabía cómo actuar. —Veo que no me lo quieres decir —comentó tocándole el pelo— así que te propongo que volvamos a la pista de baile, a ver si me acuerdo yo. Jean se volvió a encontrar entre sus brazos. Ryland Collier había sido su sueño durante dos ños, antes del vergonzoso incidente del baile, en la fiesta de graduación del último año de colegio. Sabía que era una tontería por su parte no haber olvidado aquella vergüenza, pero no podía evitarlo.
Había conseguido olvidar muchas otras cosas de aquella época, desde la frialdad de la abuela que la había criado hasta la inseguridad de tener sobrepeso, pasando por los aparatos dentales y las gafas.
Se había sobrepuesto a la timidez y a la dificultad para relacionarse con los demás, pero no a aquella noche.
Ry la sacó de sus divagaciones rozándole la boca con los labios.
Como ya nos conocíamos, he pensado que un beso de «hola, ¿qué tal?» venía a cuento —susurró apretándola contra sí muy sonriente—. No serás mi vecinita de seis años con la que jugaba a los médicos, ¿verdad?
Jean no pudo evitar reírse.
No —contestó—. Cuando era pequeña, no jugaba a los médicos.
¿Y ahora que eres mayor? —bromeó Ry. Jean intentó no excitarse con sus palabras. —Nunca he jugado a los médicos —contestó.
—Todavía estás a tiempo de aprender —sonrió Ry—. Si quieres, yo te enseño.
Susan tenía razón. Desde luego, aquel hombre sabía cómo encandilar a una
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mujer. Jean sintió un escalofrío por todo el cuerpo. Jugar a los médicos con Ry Collier podría ser una experiencia impresionante.
Cuando terminó la canción que estaban bailando, volvieron a su mesa, donde los esperaban las copas de vino.
¿Qué tal os lo estáis pasando? —les preguntó Bill Todd—. Ya sabéis que la madrina y el padrino se tienen que llevar bien —añadió poniéndole las manos a Ry en los hombros y dándole un beso a Jean en la mejilla.
Hasta ahora, sé que Jean baila de maravilla —contestó Ry—lleva un perfume delicioso y nunca ha jugado a los médicos —sonrió pasándole el brazo por los hombros—. Me he ofrecido a enseñarle a jugar hoy, pero me ha ignorado. Aparte de eso, nos lo estamos pasando muy bien.
Susan se unió al grupo y tomó de la mano a su prometido.
— ¿Qué pasa? —preguntó mirando a Ry y a su amiga—. ¿Va todo bien?
Jean se dio cuenta de que su amiga estaba preocupada y se sintió en la obligación de asegurarle que todo iba estupendamente.
—Todo bien por aquí —contestó mirando sonriente a su alrededor—. Todo el mundo se lo está pasando fenomenal.
Susan y Bill se quedaron con ellos un rato, pero tuvieron que ir a saludar a los demás invitados.
—Como no deje de preocuparse por todo, va a llegar histérica a la boda
—comentó Jean observándola.
— ¿Habla la voz de la experiencia? —preguntó Ry.
¿Me estás preguntando si estoy casada?
Ry desvió la mirada.
Eh… sí, supongo que sí —admitió.
No lo estoy, pero lo estuve durante dos años —contestó—. Desde luego, para lo que resultó ser, no mereció la pena.
Ry detectó la amargura de sus palabras.
—No parece que fuera un cuento con final feliz —apuntó.
No —contestó Jean—. ¿Y tú?
— ¿Yo? No, yo soy un soltero empedernido —rió Ry en tono agridulce—Me da alergia incluso el arroz.
¿No has estado casado?
—Sí, bueno… hace mucho tiempo —contestó con cierta ira contenida.
Era algo de lo que Ry no quería hablar. Lo habían engañado, mentido, manipulado y convencido para casarse, algo que nunca debería haber hecho. Se había jurado que no iba a repetir la experiencia.
Intentó apartar de su cabeza los recuerdos de aquellos dos horribles meses de matrimonio que le habían parecido dos siglos.
Tenía cosas mejores en las que pensar. Se había propuesto tener veinte
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millones de dólares para cuando cumpliera treinta y cinco años. Trabajando mucho y haciendo cuantiosas inversiones, estaba a punto de conseguirlo y todavía tenía treinta y dos.
Decidido a no hablar de su matrimonio, acarició el rostro de Jean y descansó la mano sobre la suya.
— ¿Por qué no me dices de qué nos conocemos y me ahorras la frustración de devanarme los sesos? —le dijo.
Jean tomó aire. Tenía dos opciones: crear una situación un tanto extraña exigiéndole que dejara el tema o confesar la verdad. Notó que se había hecho un nudo en la garganta y tragó saliva con nerviosismo.
— ¿Te dice algo el nombre de Sally Jean Potter? —le preguntó por fin.
Ry se quedó como si lo hubiera abofeteado y miró con los ojos muy abiertos.
—¿Sally Jean? ¿Eres Sally Jean Potter? —murmuró—. Sally Jean… yo… eh… tú y yo…
No acertaba a decir nada coherente.
La horrible culpa que había vivido con él dunte quince años explotó en su conciencia. Le había hecho algo terrible a aquella chica, pero en aquel momento había creído que no tenía otra opción. Lo peor había sido que jamás le había explicado la situación, nunca le había dicho por qué había cancelado su invitación para ir al baile de graduación en el último minuto.
¿Cancelar? Más bien, la había dejado plantada.
Su cerebro le dijo que se fuera de allí antes de que las cosas se pusieran peor, pero su cuerpo no reaccionaba. Además, no tenía dieciete años, no podía huir. Era un adulto que debía afrontar su pasado, así que intentó mantener la compostura.
Empezó por obligarse a sonreír.
Sally Jean… —dijo—. No te había reconocido, has cambiado mucho… Ya no llevas aparatos dentales ni gafas…
Y también he adelgazado, no te olvides de eso —dijo ella en tono sarcástico.
Desde luego, has cambiado mucho en estos quince años.
Jean sintió que tenía que protegerse para que los dolorosos recuerdos no la hundieran.
—Sí, desde luego. Entonces, era una chica más bien fea.
Ry entendió por la amargura de sus palabras lo mucho que la había herido. La miró a los ojos, se inclinó sobre ella y la besó.
—Yo no he dicho eso —dijo en un susurro—. Nunca me lo pareciste. Me parecías una chica con unas cualidades internas, que casi nadie tenía y que muy pocos entendían.
No era lo que Jean esperaba que dijera. ¿La estaba intentando salvar de un momento humillante o estaba siendo sincero?
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Quería creerlo, pero no podía fiarse de él. Ry tomó su copa de vino.
¿Cuándo dejaste de llamarte Sally Jean?
Inmediatamente después de divorciarme. En el mismo instante en el que decidí utilizar lentillas y perder quince kilos.
Bueno Sally Jean…
—Jean a secas, si no te importa —lo interrumpió, dándose cuenta de que lo estaba tratando con mucha dureza.
Ry no había mencionado lo que ocurrió entre ellos. ¿Lo habría olvidado? Tal vez, el destino estaba de su parte y había hecho que se volvieran a encontrar para acabar con aquel enamoramiento adolescente, para poder pasar página.
—Sí, Jean —contestó Ry intentando controlar la angustia que sentía dentro de él.
¿Para qué iban a hablar de aquel desastre de hacía quince años? Tenía suficiente culpabilidad dentro de sí para dos vidas, así que, ¿para qué añadir más leña al fuego?
Cerró los ojos un momento y recordó a Sally Jean, con dieciséis años, mirándolo en el supermercado con inmenso dolor porque hacía apenas dos horas él la había llamado por teléfono para decirle que no la iba a poder llevar al baile porque estaba gravemente enfermo.
Notó que se le formaba un nudo en la garganta y sintió que se le agolpaba la sangre en las sienes, así que intentó apartar aquel recuerdo de su cabeza.
Intentó sonreír y mostrarse encantador.
— ¿Qué has hecho desde el colegio? ¿Qué ha sido de tu vida? —le preguntó dándole vueltas a la copa—. Vaya, veo que tú también te has terminado el vino —advirtió—. Voy a por un par de copas más y luego hablamos.
—No quiero otra copa…
Ry tomó ambas copas y se alejó.
Jean lo observó ir hacia la barra, cerró los ojos e intentó calmarse. Ry Collier era lo que toda mujer desearía. Por lo menos, era el hombre que ella siempre había deseado. No se había olvidado de él durante la universidad ni durante su corto matrimonio ni durante la desastrosa relación que había tenido después ni durante todos los demás años.
Ry volvió a los pocos minutos con dos copas más.
—Por los viejos amigos y por habernos vuelto encontrar —brindó sentándose.
Jean bebió y dejó su copa en la mesa.
Viejos amigos… reencontrarse… muchas cosas sin hablar, sin embargo… —dijo perdida en sus pensamientos.
Ry sintió que se le tensaba todo el cuerpo. No quería hablar de sus años de colegio. Lo habían llamado para la reunión yde los cinco, los diez y los quince años y nunca había ido. No le interesaba.
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Le había costado mucho sobreponerse a su infancia y a su adolescencia y no quería recordar aquella época.
Entonces, Sally Jean había sido su único refugio. Con ella, podía ser como era de verdad, no tenía que molestarse en fingir. Su amistad era la mejor, pero él había acabado con ella.
Ahora, el destino le daba la oportunidad de arreglar lo que había roto, pero no estaba preparado. Había sido tan de repente…
Siempre había estado seguro de sus palabras y de sus actos, pero ahora le costaba hablar, no sabía qué decir, así que le acarició la mano.
Jean sintió que se le aceleraba el corazón. Quería mantenerse alejada de él emocionalmente, pero le resultaba imposible. Tenía que soltarse de su imán como fuera, pero primero tenía que saber qué había sucedido hacía quince años.
Necesitaba saberlo para poder dejar de sufrir.
Ry se dio cuenta de que estaba nerviosa. Miró la hora y se dio cuenta de que debía atender ciertos asuntos profesionales. No quería dejarla en un momento así, pero los negocios no podían esperar.
—No me había dado cuenta de que fuera tan tarde —comentó—. Tengo que llamar a un cliente sin falta, así que me tengo que ir.
¿Ah, sí? —Contestó Jean entre escéptica y decepcionada por su cobardía—. Entonces, ¿lo de cenar juntos no era más que un farol? Claro, lo has dicho antes de saber quién era, ¿verdad? Ahora que lo sabes, te ha surgido algo muy importante
—apuntó con ironía.
Una vez más, sus palabras hicieron que Ry se sintiera culpable.
—En absoluto —contestó sinceramente—. Si hubieras aceptado mi invitación, habría cambiado mi agenda, pero ya no puedo, es demasiado tarde —le explicó tomándole la cara entre las manos y besándola de nuevo. ¿Qué te parece mañana?
—le propuso—. Podríamos ir a algún restaurante cerca del río.
Vio que Jean dudaba y decidió ir a por todas. —Te pasaré a buscar a las seis. ¿Dónde vives?
No… No puedo cenar contigo.
¿No? ¿Por qué no?
No hasta que sepa… —se interrumpió deseando no haber llegado hasta aquel momento, pero ya no había marcha atrás.
Los acontecimientos se habían precipitado y tenía que seguir adelante.
Necesito saberlo, Ry —continuó nerviosa—. Necesito saber qué pasó hace quince años. ¿Por qué me dijiste que estabas enfermo cuando no era verdad? ¿Por qué me dejaste plantada para ir al baile de graduación? ¿Por qué me hiciste algo tan horrible? —le preguntó revolviéndose incómoda en la silla.
Ry parecía estar mirándola,

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