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Libro PDF A tu lado – Elena López

A tu lado - Elena López

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Respiré profundamente, le tenía pánico a los aviones, nunca me había subido a uno y el hecho de hacerlo con dos desconocidos aumentaba mis nervios.
Subí al jet, todo dentro de él gritaba lujo. Me senté en uno de los asientos y después subieron los mismos hombres. Se sentaron frente a mí, uno de ellos colocó mi cinturón y sus manos al rozarme estaban heladas, me sorprendió.
—¿Cuáles son sus nombres?— Pregunté.
—Yo soy Ezequiel. — Dijo el de cabello rubio.
—Y yo Marco. — Dijo ahora el de cabello oscuro.
Ambos me observaban detenidamente. Sus ojos negros me daban un poco de miedo.
—¿Me pueden decir por qué estoy aquí?
—Lo siento señorita, no podemos decírselo.
—¿Van a matarme, torturarme o alguna otra cosa peor?— Marco sonrió un poco.
—Con las personas que puede estar más segura en este momento, es con nosotros. Tranquilícese.
Quise reír ¿cómo podía tranquilizarme cuando dos desconocidos me secuestraban llevándome a Pennsylvania sin decirme el motivo? Sacudí mi cabeza negando y me aferré al asiento cuando el jet se elevó, sentía mi estómago en los pies, era una sensación horrible.
Momentos después dejé de pensar en donde estaba. Mis ojos pesaban, ya que fue un día de largo trabajo. En minutos me quedé profundamente dormida, sin saber con certeza si iba a llegar a despertar.
Capítulo 2
Hace media hora que habíamos aterrizado en Pennsylvania. Ahora íbamos en un auto hacia no sé dónde. Yo sólo me dedicaba a mirar por la ventanilla del auto.
Poco a poco nos alejábamos de la ciudad. Entramos a un camino que no estaba demasiado transitado, no podía ver nada, todo era bosque por ambos lados; minutos después vislumbre luces de lo que parecía ser una mansión. Cada vez que nos acercábamos podía notar que no era una mansión, era un castillo. Abrí mi boca sorprendida, nunca había visto o visitado uno.
—¿Allí es a dónde vamos?— Pregunté.
—Sí— Respondió Ezequiel.
No dije nada más. Llegamos y Marco abrió mi puerta. Bajé del auto y me indicaron que los siguiera, Luz estaba inquieta en mis manos, no entendía por qué.
El castillo era enorme, estaba rodeado de más hombres que vestían igual que Marco y Ezequiel. Me llevaron por las escaleras; yo los seguía
observando maravillada todo a mí alrededor por lo que mis nervios desaparecieron por un momento.
—Está será su habitación. — Miré a Ezequiel saliendo de mis pensamientos.
Abrió una puerta y me indicó que entrará. La habitación era amplia, sin decoración, aunque desde las cortinas hasta el suelo todo era en colores oscuros.
—Nosotros llegamos hasta aquí. En un momento más vendrá alguien a hablar con usted.
Asentí. No me quedaba más opción que esperar aquí. La puerta se cerró, encendí la luz y me senté sobre la cama. Momentos después alguien entró a la habitación. Me quedé paralizada al ver a la persona que estaba frente a mí; reaccioné y en cuestión de segundos corrí hacia ella y me lancé a sus brazos.
—Tía Margaret. — Susurré sin dejar de abrazarla.
—Gabrielle. — Murmuró dejando sus brazos a mí alrededor.
Me separé de ella y la observé. Usaba un vestido negro que cubría sus pies. Su cabello castaño ondulado caía sobre sus hombros; lo que más me sorprendió es que ella lucía igual, no tenía arruga alguna, el tiempo no había pasado por ella.
—¿Tú los mandaste por mí? — Pregunté con una pequeña sonrisa.
—No. — Contestó.
—¿Entonces quién?
—Ven. — Dijo tomando mi mano. La suya estaba helada.
Me senté junto a ella en la cama. Tomó mi mano entre las suyas y me sonrió un poco.
—Antes que nada, tienes que saber lo que soy. Entre más rápido asimiles lo que será tu nueva vida, será mejor para ti. — La miré más confundida aún.
—No entiendo…
Ella soltó mi mano y respiró profundamente. Tomó una daga que hasta ese momento no había visto, era grande y filosa; levantó su mano y pasó la daga por su muñeca provocando un corte con profundidad. Ahogué un grito y rápidamente tomé su mano para revisarla, pero la herida ya no estaba. Su muñeca volvía a estar como antes… completamente sanada.
—¿Cómo…?— Susurré incrédula.
—Soy un vampiro. — Dijo mirándome.
Abrí mucho los ojos. No podía creer las palabras que acababa de pronunciar; me era imposible creer que la persona que me crio durante mi infancia no fuera humano. Me puse de pie mientras negaba repetidamente con la cabeza.
—No… No puede ser verdad.
—Lo es Gabrielle.
—Los vampiros no existen. — Susurré tratando de convencerme más a mí que a ella.
—Yo soy la prueba de que eso es mentira.
—¿Por qué estoy aquí? — Susurré sin acercarme a ella. —¿Por qué te fuiste y me dejaste?
—Me obligaron a hacerlo… y estás aquí porque serás la esposa del gobernador de mi especie.
La miré como si le hubiese salido una segunda cabeza ¿Casarme con un desconocido? No, eso nunca iba a suceder y si era verdad que era un vampiro, mucho menos lo haría.
—No. No pienso hacer tal cosa.
—No tienes opción Gabrielle. — Dijo poniéndose de pie —Él te eligió.
La miré negándome a creer una sola palabra. Yo no… no quería casarme.
—¿Por qué a mí? Hay miles de mujeres en este mundo ¿Por qué yo? — Pregunté con mi voz llena de desesperación. Quería irme de aquí
—Él te ha observado desde que eras una niña. Tu aroma lo atrae, le fascina y por eso a decidió hacerte su esposa…
—No sé de qué demonios me hablas… pero no me casaré con ese ser.
—Debes de hacerlo Gabrielle… no hay manera de que escapes de él.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Sácame de aquí… por favor. — Ella se acercó y limpió mis mejillas. Su piel tan fría y ahora sabía el porqué.
—Si pienso siquiera en sacarte de aquí, me matarán— Susurró triste.
—Puede buscar otra esposa… yo no…— Cerré mis ojos sin saber que decir.
—Estuvo esperando por ti…
—No entiendo…— murmuré tomando mi cabeza entre mis manos.
—Nunca permitió que ningún hombre se acercara a ti… me alejó de tu lado y sólo él se encargó de cuidarte.
—¿Qué?— Susurré.
Un vampiro estuvo detrás de mí todos estos años. Ahora entendía porque ningún hombre se me acercaba, ese ser debió de alejarlos. También despejaba una duda que tenía en mi cabeza sobre lo sucedido hace unas noches, ya que podía jurar que había visto a un hombre de pie mirándome a un lado de mi cama. Debió ser él, no lo había imaginado. Mi tía iba a decir algo cuando la puerta se abrió nuevamente y Ezequiel apareció tras ella.
—El Gobernador quiere verla. — Miré nerviosa a mi tía.
—No… por favor— Supliqué.
—Vamos… — Dijo tomando mi mano. —No te hará daño si lo obedeces… — Apreté mi agarre en su mano.
Ezequiel nos guió por diferentes pasillos. Se detuvo frente a una gran puerta, la abrió y me indicó que entrará. Mi tía soltó mi mano.
—No, no me dejes sola por favor.
—No puedo entrar. Estarás bien, no va a dañarte. — Dijo besando mi frente. No sabía cuán equivocada estaba mi tía al decir aquellas palabras.
No quería entrar. Tenía el presentimiento de que todo esto acabaría mal, además, tenía mucho miedo de lo que me podría encontrar dentro de esa habitación.
—Ve… no se caracteriza por ser un hombre paciente. — Murmuró mi tía incitándome a entrar.
La miré por una última vez y entré a la habitación. La puerta se cerró tras de mí y tragué saliva nerviosa. Observé la habitación; era lo que parecía ser un despacho. Un hombre estaba de pie frente a la ventana dándome la espalda.
Era alto, su cabello corto y castaño, su cuerpo algo musculoso. Vestía completamente de negro. Mi respiración se aceleró cuando dio la vuelta. No había sonido alguno en aquella habitación más que el del martilleo de mi corazón que amenazaba con salirse mi pecho al ver el rostro de aquel hombre; me paralicé del miedo.
Él transmitía miedo; su mirada era dura y fría al igual que sus facciones. Tenía el rostro de un hombre joven, pero sus ojos negros decían algo muy diferente. Una pequeña sonrisa siniestra apareció en su rostro pálido, debía admitir que era realmente hermoso, pero me causaba escalofríos el mirarlo.
—Gabrielle…— Susurró con voz suave, acariciando cada sílaba de mí nombre.
En menos de un segundo lo tenía frente a mí. Un jadeo escapó de mis labios por la sorpresa poco pude observarlo, ya que sin previo aviso, me besó.
Capítulo 3
Abrí mucho los ojos sorprendida. No me moví. Sus labios fríos acariciaban los míos como si necesitará de ellos, podía sentir la urgencia en cada roce de su boca, sin embargo, momentos después se separó de mí. Yo no había correspondido a su beso y al parecer eso le molestó un poco.
—¿Sabes para lo que estás aquí? — Preguntó separándose unos centímetros de mí.
—Sí y quiero que sepa que no estoy de acuerdo. Yo no quiero ser su esposa. — La comisura de su boca se elevó hacia un lado.
—Es una lástima que no tengas opción.
Caminó colocándose detrás de mí, no me giré. Sentí su aliento en mi nuca. Cerré los ojos un momento y tragué saliva sintiendo un estremecimiento en cada parte de mi ser. Su respiración cerca de mi cuello me erizaba la piel.
—Déjeme ir, por favor… hay más mujeres que estarían encantadas de estar a su lado.
—No me interesa otra humana que no seas tú… ninguna posee tu aroma. — Dijo regresando a su posición frente a mí.
Tomó mi mentón con sus dedos y me miró. Contuve la respiración cuando acercó su nariz a mi cuello, lo recorrió de arriba a abajo con suavidad. Su piel era tan fría y suave, pero se sentía extrañamente bien. Lo escuché soltar un sonido de satisfacción.
—No puede obligarme. No lo conozco. — Se separó de mí.
—Ya tendrás tiempo para hacerlo. — Murmuró con desdén.
—Las personas se casan por amor y yo a usted no lo amo. — Repliqué mirándolo desafiante.
—El amor no tiene cavida aquí. — Dijo serio. —Serás mi esposa y no hay nada que puedas hacer al respecto.
Lo miré con odio. No iba a ser su esposa, primero muerta.
—No. — Sentencié con dureza.
No sé qué demonios sucedió, pero ahora estaba pegada a la pared con su mano sujetando mi cuello fuertemente. Sus ojos ahora eran de un color carmesí que me hicieron temblar.
—No me desobedezcas. Harás mi voluntad… siempre.
Después de decir aquello llevó su boca a mi garganta y sin piedad me mordió.
—¡No! — Grité tratando de empujarlo.
Todo mis intentos fueron inútiles, entre más luchaba, él más me lastimaba. Era un dolor horrible y peor aún el escuchar claramente los sonidos de satisfacción que escapaban de su boca mientras bebía mi sangre. Grité más fuerte cuando sus colmillos se clavaron con más rudeza en mi cuello, gemí de dolor.
Cerré mis ojos sin poder hacer nada. Poco a poco dejé de sentir cada extremidad de mi cuerpo. Me dejé ir, deseando no volver a abrirlos nunca más.
La luz iluminando mi rostro me hizo despertar. Me sentía algo mareada y débil, aunque no era para menos, después de que ese vampiro me sacará tanta sangre.
Me senté con cuidado sobre la cama. Alguien había abierto mis cortinas, llamó mi atención un ramo de rosas rosas que se encontraba en una mesa que adornaba la habitación. Anoche no estaban ahí.
La puerta de mi habitación se abrió y una mujer traía una bandeja con comida en sus manos, me sonrió y dejó la bandeja en una mesa que estaba situada cerca de la ventana, había solamente una silla en ella. Salió y segundos después regresó con un plato de comida para Luz, que se encontraba recostada a mi lado.
Me deslicé fuera de la cama, tenía demasiada hambre. Por primera vez observé mi cuerpo; usaba un pequeño camisón de seda en color azul. Lo miré extrañada, no sabía quién me había cambiado de ropa.
Me senté en la única silla y me dispuse a desayunar mientras Luz hacía lo mismo, todo se veía muy bien.
—Hola querida. — Llevé mi mano al pecho al escuchar la voz de mi tía.
—Tía Margaret, me asustaste. — Dije haciendo mi plato vacío a un lado.
—Lo siento… solemos ser muy sigilosos. — Se quedó de pie mirándome.
—Él me mordió y dolió mucho… — Susurré triste.
—No debiste hacerlo enfadar.
—Es que yo no quiero casarme con él… me da miedo. — Admití.
—No te lastimará si lo obedeces… — Me puse de pie molesta y cansada de escuchar esa misma frase.
—Ni siquiera sé su nombre. — Mi tía sonrió un poco.
—Su nombre es Hadrien Van der Vart.
—Hadrien… — Susurré. Ese nombre le quedaba.
—Sí, ese es mi nombre.
Miré hacia la puerta y ahí estaba él. Vestía sólo una camiseta azul marino y unos jeans ajustados. Era guapo, pero aun así no quería casarme con él.
—Sal, Margaret.
—No… tía no te vayas. — Hadrien frunció el ceño visiblemente molesto.
—Calla…— Ordenó mirándome. —Tranquila… recuerda lo que te dije. — Murmuró mi tía para después salir.
Me quedé de pie mirando a Hadrien. Se acercó lentamente a mí. Yo retrocedí alejándome cada vez más de él en un intento en vano por escapar, hasta que mi cuerpo chocó contra la pared y el suyo me acorraló.
—Déjame. — Pedí sobre sus labios.
—¿Crees qué puedes ordenarle a tu Gobernador? — Preguntó arrogante.
—Tú no eres nada mío. — Exclamé con odio.
—Lo seré… serás mi esposa y una de mi especie. — Mi corazón latió con rapidez en mi pecho al escucharlo.
—No… yo no quiero ser un vampiro.
Lo empujé tratando inútilmente de alejarlo de mí. Su cuerpo se pegó más al mío, presionándome contra la pared para después dejar sus manos a
cada lado de mi cabeza. Lo observé detenidamente. Tenía unos labios rojos perfectos y unos ojos negros profundos, cubiertos por unas pestañas espesas. Él era hermoso y también peligroso; sus ojos reflejaban la edad que en realidad tenía y me sorprendí al darme cuenta que era muy viejo. Podía ver lo frío, dominante y malvado que era, no sabía qué demonios me iba a esperar a lado de este hombre.
—Tendrás que hacerte a la idea. — Dijo como si nada.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, ¿Por qué me sucedía todo esto a mí?
Una de sus manos viajó a mi cintura. Me estremecí por su contacto frío. Su rostro fue a mi cuello, depositó un beso en él con suavidad, provocando que mi respiración se volviera dificultosa.
—Me gusta ver la marca de mis colmillos sobre tu cuello. — Murmuró de manera posesiva
Llevé mi mano por instinto a mi cuello. Hice una mueca al sentir una herida en el. Tenía razón, la marca de sus colmillos estaba ahí.
—Eres un psicópata. — Espeté. —Yo no quiero estar contigo… no te amo. Tal vez había un hombre para mí ahí afuera y tú lo alejaste de mí.
Su mano fue a mi cuello y me miró furioso. Sus ojos habían pasado de negro a rojo de nuevo. Entendí que eso sucedía cuando estaba furioso o sediento.
—Eres mía y nadie puede tocarte… mataré a quien ose poner sus ojos sobre ti.
—¡Suéltame! — Grité empujándolo. Levanté mi rodilla y lo golpeé, aunque me dolió más a mí. Su cuerpo era muy duro.
Lo que me gané por hacer eso fue un sonoro golpe en mi rostro que me mando de bruces al suelo. Lo miré con odio mientras acariciaba mi mejilla enrojecida y caliente.
—Nunca, escúchame bien, — Dijo tomando mi mentón con fuerza. —nunca vuelvas a golpearme. Hoy fui bueno, la próxima vez acabarás con un hueso roto. — Murmuró para después soltarme con brusquedad.
Las lágrimas caían por mis mejillas en una forma de sacar la ira y frustración de mi cuerpo. Odiaba a Hadrien. Quería escapar de aquí y volver a mi antigua vida y lo haría aun si me costará la vida.
Capítulo 4
Me deslicé fuera de la cama y me dirigí al baño. Me miré en el espejo; bajo mis ojos tenía unas pronunciadas ojeras, mi mejilla estaba roja y en mi cuello se encontraban dos pequeños orificios rodeados por un hematoma, esa era la marca de los colmillos

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