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Libro PDF Agua y aceite (Los secretos de Boira 1) – Gina Peral

Agua y aceite (Los secretos de Boira 1) – Gina Peral

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Estoy de mal humor, típico en mí, al menos por la mañana. Soy una persona nocturna, a la que no le gusta irse a dormir pronto y mucho menos madrugar. Anoche
estuve hasta las tantas jugando al “The last of us” y cuando Nayara, viene a despertarme, no hay manera. No deja de repetir una y otra vez con voz alegre: “Vamos
Sarah, es la graduación”. Es cierto, lo es. Por fin se acabaron las clases, tengo un proyecto de futuro que llevar a buen puerto, pero primero hay que pasar por este
suplicio.
Todo el mundo estará con sus familias y sé, que me sentiré sola. A pesar de eso, no he invitado a mi padre. ¿Para qué? Mejor sola que mal acompañada, llevo casi año
y medio sin hablarme con él y, no tengo intención de que eso cambie.
Finalmente casi a rastras consigue levantarme de la cama y meterme debajo de la ducha. Mientras estoy allí, no puedo dejar de darle vueltas a la cabeza, de pensar en
mi madre y en mi padre. Se me hace un nudo en el estómago, sólo de pensar que mi padre se haya enterado y se presente con sus buenas intenciones.
Cuando salgo de la ducha todo es un caos, cuatro chicas que quieren estar perfectas y sólo un cuarto de baño, caos total. Todas revolotean: Nayara la estricta, Laura
la madrugadora, Carla la perfeccionista. Después estoy yo: ¿Sarah la desastre? ¿Sarah la dormilona? ¿Sarah la pasota?
El piso es de Nayara, un regalo de sus padres para cuando acabara la carrera, se lo regalaron antes de que la empezara. Me parece perfecto, ellos pueden permitirse
eso y muchísimo más.
Nayara y yo somos amigas de toda la vida. Mi padre trabaja para el de ella, nos hemos criado juntas. Al acabar la ESO dejamos el instituto atrás y fuimos juntas a un
internado donde cursamos bachillerato. Cuando acabamos y vi el panorama que me esperaba en casa, decidí irme a una casona de la familia de mi madre, pero mi padre
no dejaba de agobiarme y decidí cambiar de aires totalmente, poner la mayor distancia posible. Así que me vine con ella a Barcelona.
Nayara conoció a Laura en una fiesta, poco tiempo después se instaló en casa. Laura es de clase media como yo, tiene un carácter risueño y fiestero que adoramos. A
pesar de que le gusta tanto la fiesta es un cerebrito, sin duda es la persona más inteligente que he conocido. Ha estudiado matemáticas puras y aunque no le pone mucho
empeño, los resultados son inmejorables. Su aspecto, es algo excéntrico, lleva el pelo de color caoba casi rojo estilo cabaret, cortado por la barbilla, con un flequillo recto
sobre unos enormes ojos azules, muy expresivos y bonitos. Parece que quiere ser una muñeca, con su tez nívea y sus mejillas sonrojadas, siempre con vestidos y faldas,
excepto cuando hace deporte, cosa que le encanta. Casi un año después llegó Carla, ella no se gradúa hoy como nosotras, ni siquiera hace carrera. Nayara y yo ya la
conocíamos, aunque es un par de años mayor que nosotras, viene del mismo pueblo y allí se conoce todo el mundo. Nayara y ella se encontraron en un bar, estaba
destrozada porque acababa de romper con su novio, así que también se acopló en casa, a pesar de que tenía un pisazo para ella sola. Se tomó un año sabático para
superar la ruptura de una relación de poco más de medio año, y después dejó la carrera para hacer un ciclo de diseño y confección. Esa es Carla, sofisticada y siempre a
la última moda. Es muy vanguardista, excepto con su pelo, lleva una rubia melena interminable y a pesar que es mayor que nosotras, parece más joven. Es cariñosa y
algo dependiente, a veces me siento mal por ella. Trata a Nayara como a una líder, sin darse cuenta, que con Nayara menos es siempre más.
Nayara decide planchar mi indomable melena castaña. Dice que tengo que estar perfecta un día tan importante como este. Deseo preguntarle si su padre le ha dicho al
mío que hoy nos graduamos, pero no lo hago, tengo miedo de su respuesta.
Al salir de casa nos espera una limusina, es ostentoso. Miro a Laura y pone los ojos en blanco, sé que está pensando lo mismo que yo y se me escapa la risa. La
limusina es un regalo de los padres de Nayara, yo nunca lo hubiera elegido para mí, no me gusta llamar la atención, pero tanto ella como Carla están encantadas.
Me paso el trayecto callada, mirando por la ventana las calles de Barcelona. A pesar de lo poco que me gustaba al llegar, creo que cuando me marche con mi madre a
un sitio más tranquilo, echaré de menos la Ciudad Condal. Las otras tres no dejan de parlotear y reír, están eufóricas pero yo no lo estoy, deseaba acabar tanto como
ellas, pero la idea de que no habrá nadie allí por mí me entristece.
La graduación es un éxito, la mía es al aire libre y el sol brilla con fuerza, a pesar de ello y que estamos a principios de Julio, no hace un calor sofocante. Me siento
feliz, no solo no ha venido mi padre, sino que además ha venido Aleix, un compañero de trabajo que se ha convertido en un buen amigo.
―Estoy orgulloso de ti —me dice de manera teatral cuando me acerco para saludarlo.
―No sabía que ibas a venir —digo abrazándolo con fuerza.
Me reconforto entre sus brazos, no sé si tiene idea de lo feliz que me ha hecho al venir a verme.
—¿Cómo no iba a venir? ―dice separándose de mí sin llegar a soltarme― Tengo que hacerte la pelota para que me hagas las consultas de Dona gratis —añade
guiñándome un ojo.
Me echo a reír. Dona es su perra, una preciosa pastor catalán de color gris y negro, tan cariñosa y simpática como su dueño, aunque mucho más obediente. Los dos,
trabajamos como camareros en un restaurante en Paseo de Gracia, yo a diferencia de mis amigas no tengo el apoyo económico de mis padres. No porque mi padre no
pueda dármelo, sino porque no quiero nada de él. Aunque Nayara no me deja pagar un alquiler como a las demás, de algo tengo que vivir. Cuando llegué a Barcelona
empecé a servir copas allí y desde entonces estoy compaginando mi carrera, con las prácticas y mi trabajo, no se me da mal, no tengo tiempo para aburrirme y ahora que
viene el verano, con el turismo las propinas son muy generosas.
—Esto es para ti —dice tendiéndome una bolsa de regalo.
No había visto la bolsa, estoy muy sorprendida de que se haya tomado la molestia de regalarme algo, creo que es el primer regalo que me hace en más de cuatro años
que nos conocemos. Le sonrío y cojo la bolsa, con miedo a lo que pueda contener. Aleix es muy bromista y no sé qué esperar. Pero cuando abro la bolsa me encuentro
con una bata azul marino llena de perros y huesos, incluso está el gorro a juego en el fondo.
―¡Es genial! —digo ampliando mi sonrisa. Sorprendida de que recuerde que detesto el color rosa— Gracias —lo abrazo de nuevo, sin saber cómo agradecerle que
haya tenido la deferencia no solo de venir, sino de traer un regalo tan perfecto para mí.
―Pensé que te gustaría —dice devolviéndome el abrazo.
Miro sus ojos azules sin separarme de él. Es un chico encantador, siempre nos hace reír a todos en el trabajo, es gracioso e ingenioso, no sé a qué espera para echarse
novia. Tiene veinticinco años, sólo uno más que yo y es desgarbado y guapo, pero de una manera sutil, como si no se lo propusiera.
―Es perfecto —digo soltándolo al fin—. Esta noche damos una fiesta en casa, podrías pasarte cuando acabe tu turno.
No pensaba invitarlo. Sé que a Nayara le gusta, aunque ella lo niegue y después de verlo, siempre está rara conmigo. Eso me incomoda, por eso procuro mantener las
distancias entre ellos.
―¡Claro! —dice animado cogiéndome de la mano— Si no acabo muy reventado, me paso.
―Sería genial, esta noche te serviré yo a ti las copas —digo riéndome.
Veo como se acercan Nayara, sus padres y Carla. Le suelto la mano a Aleix y doy un paso atrás. Si Nayara me dijera que le gusta Aleix, haría lo que estuviera en mi
mano para que hubiera algo entre ellos, pero ella siempre dice que son cosas mías. Aun así, delante de ella mantengo la distancia con él, no quiero que se enfade y a mi
Aleix a pesar de que es guapo y encantador no me atrae, no puedo verlo más que como un colega, como estoy segura me ve él.
―¿Por qué aún no te has quitado la toga? —dice Nayara en tono crítico mientras se acerca. Un tono, que no tiene nada que ver con lo cariñosa y atenta, que se ha
mostrado toda la mañana.
Me encojo de hombros, no me había dado cuenta, la ceremonia sólo acaba de terminar.
Los padres de Nayara me felicitan, su madre incluso me abraza. Estoy segura de que se compadece de mi situación familiar. Vivimos en un pueblo pequeño, en el que
todo el mundo se conoce y todo se acaba sabiendo, no hay secretos en Boira y lo detesto.
―Tu madre estará orgullosa de ti —me dice la madre de Nayara, después de besarme las mejillas.
Siento un nudo en la garganta, pero no pienso llorar a pesar de notar como mis ojos se humedecen de emoción. Extraño muchísimo a mi madre, apenas tengo tiempo
para ir a verla y creo que es mejor así, no me gusta ver como está ahora. Cuando pueda permitírmelo, la sacaré del horrible sitio donde mi padre la metió y volveremos a
vivir juntas. Estoy segura de que se recuperará y volverá a ser la de antes, todo el trabajo y esfuerzo que estoy haciendo, no lo hago sólo por mí, lo hago por las dos.
El padre de Nayara me habla de mi padre y siento ganas de decirle que se meta en sus asuntos, pero en Boira la gente es así, siempre se meten donde no les llaman.
Carla y Nayara saludan a Aleix, oigo como Nayara lo invita a la fiesta de esta noche, parece sorprendida de que ya lo haya hecho yo, incluso molesta. Cuando la miro a
los ojos de ese extraño marrón verdoso veo el reproche, la conozco muy bien, puede que demasiado, y sé que está cabreada. Supongo que porque he invitado a Aleix a la
fiesta, tendré que a hablar con ella y no me apetece volver a discutir sobre ese tema.
―Nos vemos en casa —dice cogiendo a su madre del brazo.
―Vale —contesto confusa.
El plan era comer juntas, con sus padres y Carla, pero con cuatro palabras acaba de dejarme fuera. No me gusta pensar en ella como una líder, pero en momentos
como éste, me doy cuenta de que tiene dotes para serlo, puede que lo sea. No voy a dejar que sus niñerías me arruinen el día. Me quito la toga y los observo alejarse,
Aleix y yo les seguimos al exterior del recinto, caminando con calma.
―¿Comes conmigo? —le pregunto a Aleix cuando se han ido.
―Tengo que ir a trabajar ―mira la hora―, pensaba que irías con ellos.
―Yo también, pero al final va a ser que no, y no me importa —digo con sinceridad mirándolo a los ojos—. Si su padre vuelve al tema del mío, acabaré cabreándome,
así que mejor así.
Cuando salimos a la calle, nos encontramos con Laura y sus padres. Al final acabo yéndome a comer con ellos y con el hermano mayor de Laura que está cañón. Sé
que Nayara se va a picar, pero estoy cansada de ir con pies de plomo con ella.
Pasamos la tarde paseando por el centro de Barcelona, perdiendo el tiempo en el Triangle, mirando los puestecitos de Paseo de Gracia, adentrándonos en Portal del
Ángel, hasta llegar a una tienda esotérica, que a mí me da mal rollo pero por la que Laura siente curiosidad. Allí compra a saber que porquería, mientras yo voy a por
unos helados y seguimos hasta Ramblas.
Me lo paso genial con Laura, le explico lo sucedido con Nayara, está de acuerdo conmigo en que le gusta Aleix. Pero en lugar de hacer un drama, empieza a hacer leña
del árbol caído, y aunque no quiero, no puedo dejar de reír con sus comentarios mal intencionados.
Me gusta el carácter de Laura, con ella puedo hablar de cualquier cosa y si algo le molesta o le ofende te lo dice sin tapujos, sin rencores, me gustaría ser como ella.
Yo, soy más de úlcera, trago y trago hasta que exploto. Desde hace tiempo Laura se convirtió en mi mejor amiga, siempre he estado muy unida a Nayara, pero creo que
llevamos demasiado tiempo juntas, la quiero, la quiero mucho, pero tiene cosas que me sacan de quicio, y creo que es recíproco. Como lo que ha pasado hoy, sin duda lo
ha hecho a mala idea. Su comportamiento empieza a cansarme.
Antes de ir a casa, paramos en el súper de al lado y compramos bebida para la noche. Laura como siempre tiene ganas de fiesta y su entusiasmo es contagioso. En el
súper coquetea con uno de los cajeros, que está coladito por ella y le pasa un par de botellas de extranjis.
Llegamos a casa riéndonos por lo sucedido. Laura no para de reírse, no sé qué tenían los helados, pero las dos estamos con ganas de cachondeo y nos reímos por
cualquier tontería.
Vamos de camino a la cocina, cuando Nayara sale del comedor y se cruza de brazos mirándonos con cara de auténtico cabreo, me pregunto qué le molestará ahora.
―¿Dónde estabais? —demanda con un tono de voz chillón.
―¿Ha pasado algo? —le pregunta Laura de camino a la cocina— Hemos comprado bebida para esta noche —dice mostrando las bolsas.
―¿Por qué? ―sigue en el mismo tono crítico― Sabes que ya compré yo.
―Me quiero pillar un buen ciego. ¿Qué más te da? —dice Laura sin perder la sonrisa.
Laura entra en la cocina y empieza a meter todo en el congelador, un congelador que se puede venir abajo en cualquier momento de lleno que está. La sigo y dejo las
bolsas sobre la mesa. Vuelvo al pasillo, con intención de hablar con Nayara, pero ella ya está en el umbral de la puerta.
―¿Cómo ha ido la comida? —le pregunto para entrar en materia.
―Si quieres saberlo haber venido —me contesta molesta.
Eso ya es el colmo, el buen humor se me pasa de golpe y me cabreo. Laura cierra el congelador dispuesta a ver el espectáculo, sé que en su interior hay una animadora
coreando “movida, movida”. Odio mis cambios de humor, como en un momento estoy arriba y al siguiente abajo, siempre intento calmarme y controlarme, pero Nayara
hoy se lo está ganando a pulso.
―Esa era la idea, pero tú me has excluido. Nos vemos en casa —la imito con bastante poco acierto—. ¿Qué querías que hiciera? ¿Qué fuera detrás de ti, suplicándote
que me dejaras ir contigo?
―¿Pero qué dices? Estás de la olla, espero que no hayas empezado a fumar lo que ésta —dice señalando a Laura que arquea una ceja—, porque a ti no te sienta igual.
―¿Esa es tu defensa? ¿Qué estoy fumada? —pregunto incrédula.
Miro sus ojos, sabe que no tiene razón pero quiere tenerla, Nayara siempre quiere que su verdad sea única y absoluta.
―Pensaba que te ibas a comer con Aleix —dice con gesto desafiante.
Siento ganas de reír de nuevo, la cojo de los hombros para que me preste toda su atención.
―Nayara, por favor, si te gusta Aleix, ves a por él ―le pido―, es mi amigo y no quiero nada con él. Nunca podría enamorarme de alguien que se lo toma todo en
broma ―le aseguro―, no me interesa, te lo he dicho por activa y por pasiva, no me gusta.
―A mí tampoco me gusta ―me contesta ella cabezota.
Miro al cielo negando con la cabeza, pero las carcajadas de Laura hacen que me gire para mirarla.
―Venga Nayara, pero que mentira más grande —dice sin dejar de reírse Laura―. Estás coladita.
Nayara nos mira a una y otra, después se va toda ofendida. Laura sigue llenando el congelador sin dejar de reírse. Me pregunto a cuánta gente ha invitado para haber
comprado esa cantidad de bebida.
La respuesta llega a las diez de la noche, en oleadas de gente de todo tipo. El noventa por ciento, vienen de parte de Laura. Carla a pesar de que no se ha graduado,
también ha invitado a unas pocas personas. Me alegra saber que está haciendo amigos, en su nueva travesía estudiantil. Nayara lleva un séquito que va tras ella a cada
paso que da, como una líder y la anfitriona perfecta.
Mi invitada me ha fallado y mi invitado no está confirmado, así que me quedo en un rincón desde dónde lo veo todo. Observando como la gente se agrupa, bebiendo
mi copa con calma, no sé de donde ha sacado Laura a toda esa gente, pero estoy segura de que no son estudiantes de matemáticas. Aunque quien sabe, tampoco nadie lo
diría de ella.
De vez en cuando viene alguien a hablarme y me distraigo, después observo mi alrededor, mientras las cervezas corren, la noche va pasando, el calor va subiendo al
igual que los decibelios. El piso a pesar de sólo tener un cuarto de baño es grande, más de 150 m cuadrados sin contar la terraza privada que tenemos arriba, con un gran
comedor, donde hemos apartado los muebles y ahora, debe haber como sesenta o setenta personas apiñadas.
Laura me rescata y empieza a presentarme gente. Acabo en la cocina con ella y tres de sus amigos, bebiendo chupitos. Carla se une con sus amigos, uno de sus amigos
gais se pega a mí como una lapa, es andaluz y muy simpático. No deja de tocarme la cara y decir que le gusta la simetría. No sé qué quiere decir con eso, pero no puedo
dejar de reírme. Tengo la impresión que está tomando medidas de mi cuerpo, para hacer un vestidito, pero no me quejo, me estoy riendo mucho con él.
Suena el timbre, pienso que es Aleix, no estoy borracha ni mucho menos, pero llevo un punto de alegría en el cuerpo. Estoy cansada de fingir que no soy su amiga,
para no molestar a Nayara. Es mi único invitado y me apetece pasar el rato con él. Abro la puerta pero no es Aleix, sino la vecina de abajo con los rulos y en camisón.
Me pregunto dónde se ha dejado a Felipe, el terrier que siempre la acompaña. Pero me fijo en su aspecto y sólo tengo ganas de reírme en su cara, aguanto como puedo.
Discutimos durante un par de minutos, yo intento ser educada y respetuosa, le explico la situación pero ella no quiere entenderla y lo comprendo. La que está
montada en casa no es pequeña. Nayara que me ve en la puerta del recibidor, viene a socorrerme. Sin ninguna sensibilidad, le dice que si no le gusta que llame a los
Mossos, acto seguido le cierra la puerta en las narices.
―Tienes razón —me dice con voz perjudicada, pasando un brazo por mi hombro.
―¿Sobre qué? —quiero saber.
―Aleix me gusta un poco —me dice, tengo ganas de cantar aleluya ¡Por fin! —. Pero no es eso lo que me molesta ―arrastra las palabras―, me molesta que lo
prefieras a él como amigo que a mí.
Levanto la cabeza y la miro a los ojos. Mi fuerte y decidida amiga, sus barreras han caída a causa del alcohol, muestra sus inseguridades sin avergonzarse y me siento
mal por ella. Está un poco pálida, con las mejillas sonrojadas y vuelve a parecerme esa niña que fue una vez, excepto por su aliento a vodka y sus ojos brillantes.
―Eres tú la que me aleja con tu comportamiento —le digo con sinceridad.
―¿Le hablaras de mí?
―¿A Aleix? —afirma con la cabeza y yo le sonrió— Claro que sí ―me encojo de hombros.
Volvemos a la cocina, creo que la música cada vez está más y más alta. El piso está bien insonorizado, pero me da la sensación que los cristales tiemblan al ritmo de
Don’t stop the music de Rihanna, no digo nada. Estoy segura que la vecina ya ha llamado a la Policía, es cuestión de tiempo que la fiesta se acabe, así que intento
disfrutar de ella.
El amigo andaluz de Carla y yo estamos bailando en el comedor, cuando el timbre vuelve a sonar. Está sonando When love takes over de David Guetta y Kelly
Rowland, me gusta esta canción, así que paso de la puerta, que abra otra. Antes de que la canción acabe entran los Mossos d’Esquadra y la gente, empieza a irse en
oleadas, tal y como llegaron. El comedor atestado de gente, se vacía en apenas unos minutos y bajo el volumen de la música.
Me siento en el sofá sofocada, mientras Nayara y Laura, que para mi sorpresa parece serena, discuten con ellos en el pasillo, junto al comedor. En ese momento llega
Aleix, mira a las chicas hablando con los mossos, pasa junto a ellos y se acerca hasta mí.
―¿Llego tarde? —me pregunta sentándose en el sofá a mi lado.
―Llegas en el mejor momento, justo para recoger —le contesto mirando a mi alrededor.
Lo cierto, es que con la cantidad de gente que había aquí hace un momento, podría ser cien veces peor. A simple vista no veo nada roto.
―¿Ha valido la pena?
―Supongo —contesto indiferente—. ¿Por qué has tardado tanto? ―pregunto en tono acusatorio.
―He ido a casa a ducharme y después la moto no arrancaba.
―Excusas, excusas —canturreo.
Me fijo en que Nayara ha dejado de prestarle atención a los mossos, nos mira a nosotros desde el pasillo.
―¿Si te digo que le gustas a una de mis amigas, cuál querrías que fuera? —le pregunto como el que pide la hora.
Aleix me mira y se pone a reír.
―¿A quién le gusto? ―me sonríe.
―Yo he preguntado primera.
Lo piensa un minuto mirando al pasillo, donde Carla se ha unido a las otras dos hablando con la policía.
―Laura es atlética, se nota que hace deporte y eso me pone. Tiene unos ojos bonitos, pero es una listilla. Carla es muy guapa, pero creo que le falta personalidad, me
aburriría con ella. Y Nayara, Nayara tiene esas curvas de escándalo, pero es demasiado coqueta.
―Vaya —digo sorprendida por esa contestación, sólo quería un nombre—. ¿Qué opinión tienes de mí?
―Creo que deberías cambiar de amigas o nunca te comerás un rosco.
Le miro un momento sorprendida y después no puedo dejar de reír. Me está diciendo que soy la que menos le gusta o la más fea. ¿Debería ofenderme? La verdad es
que no. Me siento agradecida por ello, él a mí tampoco me interesa, a pesar de lo que piense Nayara.
―Sin embargo ―sigue hablando―, también creo que eres inteligente, nada frívola y con mucha personalidad —dice chocando nuestro hombros amistosamente—.
¿Vas a decirme a quién le gusto?
―¿Tú que crees listillo? ―enarco una ceja retándolo.
―Nayara.
―No es coqueta ―le explico―, coquetea contigo porque está interesada, pero te advierto ―le amenazo señalándolo con el dedo índice― que es mi mejor amiga.
Como le hagas daño te partiré las piernas. Te di una paliza al Call of Duty y puedo apalizarte en la vida real.
―Tenía la gripe, Al Capone ―se defiende con una sonrisa incrédula―, pero lo tendré en cuenta.
Quiero preguntarle si a él le gusta Nayara, pero la susodicha y Carla vienen hacia nosotros.
―¿Cómo ha ido chicas? —pregunta Aleix alegre.
―Una multa—contesta Carla―, Laura ha ido a por bebida para celebrarlo ―sigue sentándose en el sofá a mi lado.
Laura vuelve cargada con una olla, llena de sangría casera, hecha por ella misma. No sé dónde la habrá escondido, pero se arrodilla en el suelo y empieza a llenar vasos
de plástico. Con satisfacción compruebo que está buenísima, además de fresquita. Entra de muerte.
―¿Te ha gustado la fiesta Aleix? —le pregunta Laura dándole un vaso de sangría.
―Me han dicho que he llegado en el mejor momento, justo para recoger.
―Pasa de ella ―le contesta Laura peinándose el flequillo con los dedos―, ahora es momento de paz y relax.
―¿Qué te has fumado ya? —le pregunta Carla, que está tan sorprendida como yo por lo serena que parece.
―No me he fumado nada, pero creo que ha llegado el momento, os veo muy apalancados.
Se levanta del suelo, donde estaba arrodillada pasando los vasos de sangría. Sale por el pasillo.
―No vas a fumar eso en el comedor —salta Nayara que parecía dormida en el suelo. Me fijo en ella. Tiene la cabeza apoyada sobre las piernas de Carla, mientras
ésta acariciaba su melena negra.
―No lo hará, sabe que te molesta —le digo levantándome—. Anda siéntate aquí, mañana te dolerá el cuello.
Le sonrió con complicidad y le cambio el sitio. Espero que le quede claro que no me interesa Aleix. Veo a Laura volver por el pasillo, viene con la bolsa de la tienda
esotérica de esta tarde, me temo lo peor.
―¿Por qué no jugamos? —dice sacando una tabla de ouija de la bolsa.
Miro la tabla. No puedo creer que Laura haya comprado eso, y que lo haya metido en casa.
Hace años, cuando mi familia aún era normal, una noche recibí la visita de mi abuela. Yo dormía y ella me despertó. Dijo que venía a despedirse, que sólo podía hablar
conmigo, pero que le dijera a mi madre que estaba orgullosa de ella, como aseguró lo estaba de mí. Yo no entendí por qué se despedía y ella no me dijo más, sólo que se
iba con el abuelo. Al día siguiente, descubrí que había muerto. No hablé de ello hasta pasados años, con Nayara y Mariona. Nunca se lo dije a mi madre.
Ahora, quince diez años después, echando la vista atrás, no estoy segura si fue un sueño, o algo que imaginé y he ido alimentando con el tiempo, hasta al punto que
parezca real. Pero si tengo algo claro, es que no me gustan esas cosas, sólo tener esa tabla en casa ya me da mal rollo.
―¿De dónde has sacado eso? —pregunta Carla con los ojos como platos.
―La compré esta tarde con Sarah —dice tan tranquila sentándose en el suelo a mi lado.
―A mí no me metas en esto, yo paso de esas cosas. ¿Acaso no has visto el exorcista? —le digo intentando no mostrar el miedo que sólo la tabla ya me provoca.
―Eso es sólo una película, yo no creo en estas cosas y tenía curiosidad, podríamos probarlo.
―Yo cuando era un adolescente la hice en un par de ocasiones —interviene Aleix.
―¿Funcionó? —le pregunta Nayara demasiado interesada.
―Sí ―contesta él centrándose por un momento sólo en ella―, entonces éramos unos críos ―explica―. Estábamos jugando, no estaba seguro si funcionó o alguien la
hizo funcionar —dice poniéndose serio y mirando a las demás.
―¿Quién salió? —pregunto yo con aprensión.
―El abuelo de uno de mis colegas.
Se me pone el vello de punta. No quiero jugar con esa mierda, no quiero creer en estas cosas. Supongo que después de la muerte hay algo, pero que los muertos se
comuniquen me da escalofríos.
―¿Qué os dijo? —pregunta Laura con curiosidad.
―Que le echaba de menos y que vigilara con la moto —niega con la cabeza e inconscientemente mis ojos se agrandan mirándolo, mientras mi vello se eriza de nuevo,
él sigue con su historia—. Recuerdo que acababan de regalarle la moto, después de aquello nadie quería subirse con él, él también le cogió miedo y dejo de usarla —dice
en tono de misterio mirándonos a todas una por una—. Pasaron los años y empezó a salir con una fanática de las motos, así que se compró una.
―¿Y qué pasó? —me roba la pregunta Nayara de los labios.
―Años después, se casó con esa chica. Habían planeado ir a Zaragoza, a ver a la abuela de su mujer que estaba muy enferma. Antes de irse me llamó, me dijo que la
abuela le había dicho por teléfono, que tuviera cuidado con la moto y se acordó de aquello, por eso me llamó, le había dado un mal presentimiento y cuando me lo
explicaba yo también lo tuve —todo mi vello vuelve a ponerse en guardia temiendo lo peor, por favor sólo quiero que acabe—. El día que tenían que salir estaba
cayendo un aguacero así que cogieron el coche —suspiro pensando que no pasará nada—, por lo visto no se veía nada en la carretera, cuando de repente y saliendo de la
nada apareció una moto. Frenó de golpe y dio un volantazo para no darle al motorista, perdió el control del coche y cayó por un acantilado, su mujer milagrosamente
sobrevivió, él no.
Mi corazón se acelera, mientras los escalofríos recorren mi columna vertebral, tengo más miedo que cuando vi por primera vez The ring y ese día casi me meo encima
del miedo. Esto es verdad y peor, Aleix que siempre está de cachondeo por una vez habla en serio y, a pesar de las veces que me he quejado que con él nunca se puede
hablar en serio, prefiero al bromista.
―Estás de coña —dice Laura restándole importancia a su historia.
La miro sorprendida de esa afirmación, pensando en cómo puede ser tan insensible, después de lo que Aleix acaba de explicar. Pero Aleix se hecha a reír y vuelvo a
mirarlo.
―Solo al final, no sé qué fue de él, después del instituto no lo volví a ver —dice riéndose—. Pero te aseguro que nunca nos montamos en su moto ―vuelve a reírse.
Tengo ganas de levantarme del suelo y estrangularlo, no puedo creer que se haya inventado toda esa historia y tonta de mí, me la he tragado enterita. Cuidado con la
moto, me repite una voz siniestra en la cabeza. A pesar de saber que es una broma, no se me pasa el miedo.
―¿Quieres jugar entonces? —le pregunta Laura a Aleix.
Miro a Laura que está en el suelo a mi lado acusándola con la mirada. La muy lista, si Aleix dice que sí, Nayara también lo hará y por consiguiente Carla. Estoy
perdida, no me hace ninguna gracia que jueguen a eso en la casa donde tengo que vivir.
―Claro, será divertido —contesta Aleix.
―¿Qué decís chicas? —nos pregunta a las demás.
―¿Estáis locos o qué os pasa? —exclamo viendo como Carla espera la respuesta de Nayara— No se debe jugar con estas cosas.
―No pasará nada Sarah —dice Aleix.
―Eso no lo sabes —le contesto molesta.
Aleix frunce el ceño mirándome, yo le devuelvo la mirada, empezamos una guerra de miradas y ceños fruncidos que no estoy dispuesta a perder.
―Yo siempre he querido hacerlo —dice Carla para mi sorpresa y consternación.
―Pues hagámoslo —accede Nayara mirándome—. Venga Sarah, no pasará nada, quizás ni funcione.
―No se debe jugar con estas cosas, a los muertos hay que dejarlos tranquilos.
―No tienes que tener miedo —me dice Aleix como si se compadeciera de mí, cuando en realidad sólo quiere picarme.
―No tengo miedo —miento desafiándolo con la mirada a que vuelva a contradecirme.
―Decidido, voy a por unas velas ―interviene Laura.
Miro a Laura que se levanta del suelo y va a su habitación, que después de la de Nayara es la más cercana al comedor, la mía está al final del pasillo, apartada de las
demás, delante del cuarto de baño y al lado de un trastero. En un momento ella y Carla lo llenan todo de velas, apagan las luces y la música, mientras Nayara y Aleix
intentan convencerme.
No quiero parecer una cobarde pero tengo un mal presentimiento, no quiero hacerlo, me sudan las manos y como ha dicho Aleix tengo miedo, aunque no lo admita
estoy asustada.
Todo queda en penumbra, las velas crean sombras y no me dejan ver más que lo que tengo justo delante. El comedor es demasiado grande, quedan muchos rincones
oscuros, eso hace que mi cobardía aumente. Ahora no parece mi comedor, parece otro lugar, algún lugar frío y oscuro que no tiene nada que ver con el cálido hogar que
es.
Alguien deja la tabla en el suelo, delante de mí, todos se sientan en torno a ella. Agacho la cabeza y por primera vez me fijo en ella. Al menos no se parece a la del
exorcista, es cuadrada, de madera, hay un círculo con todo el abecedario de color negro, en el centro de la tabla el dibujo de un sol, a cada lado de éste las palabras “SI” y
“NO”, arriba un semicírculo con los números del 0 al 9, debajo del sol “HOLA” y ”ADIÓS” y entre esas palabras más abajo “NO LO SÉ”. Eso es todo, Laura deja el
puntero que sí que es igual que el de la dichosa película en el centro. Puedo ver el sol a través del agujero redondo que tiene.
―Cogeros de las manos —dice Laura como si supiera lo que está haciendo—. Hagamos un minuto de meditación y después dejemos la mente en blanco, cerrar los
ojos.
Laura coge mi mano derecha con decisión y Carla la izquierda con suavidad, miro a la segunda y me sonríe para después cerrar los ojos. Todos cierran los ojos y yo
les miro, dejar la mente en blanco, nunca he sabido hacerlo, mucho menos en un momento como éste. Intento convencerme que no funcionará, recordarme que yo no
creo en estas cosas. Cierro los ojos e intento relajarme, no pasará nada. Me concentro en mi respiración, como me ha enseñado Laura cuando practicamos yoga en la
terraza, suele decir que estoy muy estresada, ¿cómo no voy a estarlo con la agenda que llevo?
Respiro por la nariz y sólo siento el olor de la colonia de Carla, a fresa y coco, una mezcla agradable sin llegar a ser empalagosa. Poco a poco siento el latir de mi
corazón, cada vez puedo oírlo más alto, me concentro en ese sonido, no puedo oír nada nada más que eso y las respiraciones de los que están a mi lado. Ahora que se ha
ido todo el mundo se nota el fresco del aire acondicionado, cada vez me siento mejor, más relajada.
―Ahora poner el dedo índice en el indicador —dice Laura haciendo estallar mi burbuja de tranquilidad.
Miro sus enormes ojos azules que están clavados en el suelo. Carla suelta mi mano y miro, como todos ponen el dedo en el indicador triangular. Vuelvo a mirar a
Laura sin soltar su mano.
―Si no quieres hacerlo, puedes sólo mirar Sarah —me dice Laura con voz serena.
Todos me miran y yo no sé qué hacer, no creo en estas cosas, o al menos no quiero creer, pero me da muy mal rollo. Las manos empiezan a sudarme de nuevo, no
quiero parecer una cobarde pero tengo miedo y todos lo saben. Suelto la mano de Laura y arrastro mi culo hasta apoyar la espalda en el sofá. Estoy fuera. Laura y Carla
se juntan un poco y entre los cuatro hacen un círculo alrededor de la tabla. Cojo mi vaso de sangría y bebo, está dulce y fresca, sienta de maravilla. A mi alrededor todo
me sigue pareciendo tétrico y siniestro, pero no digo nada.
―Volvamos a relajarnos, dejar la mente en blanco, alejad todos los pensamientos negativos, el miedo y las dudas —dice Laura, que no entiendo desde cuando es una
experta en el tema.
Ahora que estoy fuera, a pesar de que ellos siguen, me siento mejor al no participar, me da igual ser la cobarde del grupo. Cierro los ojos y vuelvo a concentrarme en
mi propia respiración, ajena a lo que ellos están haciendo, el ambiente es frío gracias al aire acondicionado, demasiado frío, no se oye un solo ruido, sólo mi respiración y
los latidos de mi corazón.
—Estamos aquí reunidos de forma respetuosa —oigo que dice Laura—. Si hay algún espíritu que quiera comunicarse con nosotros, nos sentiríamos honrados de
hablar con él.
Sigo con los ojos cerrados, esto es una estupidez, no sé porqué tenía tanto miedo, no va a ocurrir nada. Yo no creo en estas cosas, ya no siento la aprensión que sentía
antes, ni siquiera me siento tentada a abrir los ojos, sé que no va a pasar nada.
Pasado un rato largo, Laura vuelve a repetir la misma retahíla de mística profesional, la ignoro. Estoy tan relajada que empiezo a sentirme cansada, mi cuerpo pesa y
siento como mi mente se separa de la realidad, estoy a punto de dormirme. Debería levantarme e irme a la cama, pero extrañamente siento que no puedo hacerlo, debo
estar aquí.
Oigo una exclamación silenciosa de alguien, el raspado de algo moviéndose, pero no sé si es producto de mi imaginación, si mi subconsciente me está jugando una mala
pasada.
―¿Quién eres? —dice Laura.
¿Ha funcionado? Me alarmo. Abro los ojos y alargo el cuello mirando el tablero, el indicar se pone sobre la C, nada más. Aleix debería tener más imaginación, eso no
hay quien se lo crea.
―¿Cuánto llevas muerto? —demanda Laura.
Alguno de ellos está moviendo el indicador, en un principio había pensado en Aleix pero me fijo en su dedo y es el que menos presión parece ejercer, así que lo
descarto. Miro a Aleix y Nayara, el primero tiene cara de sorpresa y la segunda de terror. Miro hacia la tabla y el indicador señala el 8 y después, una por una con
mucha lentitud marca las letras hasta formar la palabra AÑOS. Mi tranquilidad se ha volatilizado, miro a Nayara y ella me mira mí. Ocho años, sé que está pensando lo
mismo que yo y mi corazón se encoge dolorosamente.
―¿Conoces a alguno de nosotros? —pregunta Nayara mirándome.
Dejamos de mirarnos y el indicador va a la palabra no. Con un dolor de estómago debido a la tensión, expulso el aire que he mantenido en mis pulmones desde que he
abierto los ojos.
―¿Quién lo está moviendo? —pregunto incapaz de creer que esto sea real.
Ellos se miran unos a otros, yo les miro a todos. El indicador vuelve a moverse, a medida que se va poniendo sobre las letras, mi corazón se va acelerando cada vez
más. Siento que me cuesta respirar a medida que el indicador pone mi nombre: Sarah.
―¡Esto no tiene ni puta gracia! —exclamo levantándome del suelo y mirándolos uno a uno.
Cuando me molesto me sale una vena macarra, que no sé de quién he heredado, no puedo evitarlo.
―Yo no soy Sarah —se defiende Aleix con mirada suplicante―, de verdad, te lo juro.
―Con estas cosas no se juega Sarah, nadie lo está moviendo —me dice Carla.
No sé qué pensar. Laura no creo que sea, ella ha visto el miedo que me da, como apretaba su mano con la mía sudada a causa de la tensión, no puedo creer que me
haga esto. La cara de Nayara es un poema, la conozco de toda la vida y sé que no es tan buena actriz.
―¿Conoces a Sarah? —pregunta Laura.
Miro la tabla aterrorizada, hago respiraciones cortas y rápidas como si acabara de correr un maratón, mientras siento que mi corazón va a salírseme del pecho. El
indicador rápidamente va al no, después al hola. ¿Me está saludando? ¿De verdad voy a creer que un espíritu me está saludando? Debo estar volviéndome loca si pienso
que esto es real.
Que no me conozca no me hace sentir más tranquila o más segura, no estoy segura de si alguien lo está moviendo, si alguno de ellos quiere jugar a “veamos cuánto
tarda Sarah en tener un infarto”, pero no me hace gracia. Quiero que lo dejen, quiero que esa cosa salga de mi casa en este momento.
―¿Cómo moriste? —pregunta Carla para mi consternación.
Me quedo estática, de pie, todos están en el suelo y esa cosa cada vez tiene más velocidad deletreando la palabra ASESINATO. ¡Genial! Un escalofrió que sube por
mi columna vertebral me congela la sangre y todo el vello se me pone en guardia, es peor que cuando Aleix explicaba su historia. De repente empiezo a tener frío, mucho
frío, Nayara quita el dedo y veo su cara de terror, todos se miran unos a otros, y eso se pone en marcha otra vez, ahora va muy deprisa deletreando: SARAH BUSCA
A ERIC 41G23M47SN2G08M46SE.
No sé quién es Eric, no conozco a nadie que se llame así, ni que quieren decir esos números y letras, me da igual, estoy aterrorizada, y ya no lo aguanto más.
Con decisión y sin pensarlo me agacho, cojo la tabla y el puntero, todos me miran con terror, alguien me habla, incluso creo que me cogen. Pero necesito deshacerme
de eso, lo he aguantado demasiado rato. Yo ni siquiera estaba jugando, no entiendo porque tiene que ser mi nombre, porque tiene que referirse a mí. Sin pensar en mis
actos, abro las ventanas y lo tiro todo por ella.
―¿Estás loca? —dice Carla soltándome el brazo y asomándose a la ventana.
Un golpe de aire procedente de la ventana abierta apaga las velas y nos quedamos completamente a oscuras. Alguien grita, un grito agudo y penetrante que me hace
dar un salto del susto, creo que es Nayara, yo cojo la muñeca de Carla que está a mi lado, no quiero quedarme sola y a oscuras después de lo que ha pasado. Por la
ventana apenas penetra la luz al interior del comedor.
―Que alguien encienda la luz —dice Aleix con calma.
Segundos después se enciende la luz. Laura está al lado del interruptor casi en el pasillo, creo ver una sombra que se mueve detrás de ella. Una sombra que me
provoca tal escalofrío, que tiemblo. Mi corazón está a punto de salir del pecho cuando la bombilla literalmente explota y todas damos gritos. Carla y yo nos abrazamos
muertas de miedo y Aleix enciende un mechero, su cara se deforma con la luz y cierro los ojos abrazándome a Carla que es la más bajita de todas. Creo que nunca he
sentido tanto pánico como en este momento, estoy completamente aterrorizada.
―No debería haber hecho eso, ahora el espíritu ha podido quedar anclado a esta casa ―dice Laura.
Abro los ojos, Laura ha encendido la luz del pasillo y va en dirección el sofá. Enciende la lamparita que hay al lado del sofá, parece tranquila, y yo estoy temblando
en los brazos de Carla. Aleix rodea los hombros de Nayara con un brazo y veo que está llorando, todos me miran a mí. Parece que todos piensan que esto es culpa mía,
cuando han sido ellos los que quería jugar, no yo.
―¿Qué? —exclama Nayara con voz chillona.
―¡La culpa es tuya! —le digo a Laura— Tú no deberías haber traído esa mierda a casa.
―Lo mejor sería que bajáramos a buscar la tabla y cerráramos la sesión —interviene Aleix.
―¡No! —exclama Nayara— Se acabó, no quiero eso de nuevo aquí, se acabó.
―¿Quién es Eric? —dice Carla mirándome sin soltarme.
Niego con la cabeza, no tengo ni idea, no conozco a nadie que se llame así.
―¿Por qué Sarah? —dice Aleix— Ella ni siquiera estaba jugando, además ha dicho que no la conocía. ¿Por qué ha dicho Sarah busca a Eric? Si era una broma, creo que
es un buen momento para decirlo y que todos nos riamos.
―¿Lo ha sido? —le pregunta Nayara mirándolo.
―No ―niego en rotundo―, yo no lo he movido.
―¿Habéis sido vosotras? —pregunta a Carla y Laura.
Carla niega con la cabeza y miro a Laura que está sonriendo. Agrando los ojos pensando que ha sido ella, la muy cabrona nos ha tomado el pelo a todos y casi hace
que me dé un infarto.
―Impresionante ―dice satisfecha―, no pensé que fuera a funcionar.
―¿Has sido tú? —la acuso con la mirada.
―¡Claro que no! ―exclama indignada, ¡encima!― Ha sido muy raro, tenemos que averiguar que eran esos números y letras, yo te ayudaré Sarah —me dice muy
convencida.
¿Está de coña? No pienso averiguar que son esos números y letras, no voy a buscar al tal Eric.
―Si esto va en serio, ese tío murió asesinado y quizás, Eric fuera quien lo hizo —dice Nayara serenándose —. Sarah no buscará a nadie, olvidemos que esto ha
pasado.
―¿Qué dices? Nos ha pedido ayuda y nosotros debemos ayudarle —dice Laura que parece emocionada con la situación.
―Yo no quiero saber nada, he pasado mucho miedo —dice Carla con la que estoy completamente de acuerdo—. Me voy a la cama y deberíais hacer lo mismo.
―¿Puedo dormir contigo? —le pregunto sin pensarlo.
No quiero ir a mi habitación, es la que está más alejada del resto, es la segunda más grande por eso la elegí, pero ahora no quiero estar sola en la otra punta de este
piso tan grande. Si pasa algo. la habitación más cercana es la de Carla que cuando duerme es como si estuviera inconsciente, no se entera de nada y aunque se enterara,
nos separan un trastero y el recibidor, eso sin contar lo gordas que son las paredes.
Carla no contesta y la miro, no quiere que duerma con ella, pero es compasiva y accede, ella tampoco quiere estar sola. Me coge de la mano y nos vamos a la cama.
Me paso toda la noche en vela. Cuando al fin me duermo, sueño con bosques espesos, alguien me sigue y me cerca, yo corro, huyo, intento escapar, pero mis piernas
no van lo suficiente rápido. Me está acechando como una presa, me duelen los pulmones pero sigo corriendo, debo esconderme o me hará daño.
De pronto lo veo, sólo puedo ver unos ojos brillantes y azules en la oscuridad. A pesar de ser de un color claro son oscuros y siniestros. Están enfadados,
desprenden odio e ira hacia mi persona. Huyo sin poder escapar de esa mirada de hielo.
2
Secretos
Los días pasan y cada día me siento más agotada, ahora que no estoy haciendo prácticas y he acabado la universidad, tengo más tiempo que nunca para estar en casa.
Pero en casa no me siento cómoda desde la graduación.
Allí pasan cosas raras, pero parece que soy la única que se da cuenta. Las demás actúan como si nada y yo cada día me siento peor, más incómoda, agotada, inquieta
y exaltada. Laura dice que estoy sugestionada, que esas cosas sólo pasan en mi cabeza y yo las proyecto. No dejo se soñar con ese bosque, con esos ojos fríos como el
hielo que me acechan y persiguen.
Le he pedido a mi jefe que me dé jornadas dobles en el restaurante, no quiero estar en casa, quiero estar ocupada y no pensar en ruidos raros, en sensaciones de frío y
de ser observada, en escalofríos. Aleix y yo llevábamos una semana sin hablarnos, él tiene una gran responsabilidad de lo que pasó, si él no hubiera querido jugar con
eso, seguramente no lo habrían hecho y no estaría en la situación en la que me encuentro. Los primeros días intentó arreglarlo, pero ahora ya pasa de mí, se hace el
ofendido, como si fuera culpa mía que no nos hablásemos, tremendo hipócrita.
Espero el metro para ir a casa y de nuevo me siento observada, creo que me estoy volviendo loca. Miro a mi alrededor y no hay nada. Mi nuca está erizada de forma
constante, cada vez que estoy sola, me siento inquieta. Vuelvo a mirar alrededor pero nadie me mira, nadie me presta atención.
Llego a casa agotada, me encuentro a Laura, Carla y Nayara esperándome en el comedor. Sé que me están esperando porque están las tres sentadas en el sofá
hablando, con la tele apagada, cuando me acerco se callan.
―¿Qué tal el día? —me pregunta amablemente Nayara.
―Bien —digo dudosa esperando saber qué es lo que quieren, esperando que no tenga nada que ver con la ouija.
―Ven, siéntate —dice Carla poniendo el puf delante de ellas.
Dejo el bolso sobre la mesa y cruzo el comedor. Me siento en el puf rojo a juego con el sofá. Me siento como en un tribunal a punto de ser juzgada, las tres me miran,
pero ninguna dice nada y eso me inquieta aún más.
―¿Qué pasa? —demando ansiosa por saber que pretenden.
―Sarah esto no puede seguir así —me dice Laura—. No puedes seguir durmiendo en la habitación de Nayara, debes tranquilizarte ―me pide―. No hay nada en casa
que quiera hacerte daño. Ni dentro ni fuera ―añade rápidamente.
Mierda, no quieren hacer la ouija pero Nayara pretenden que vuelva a mi habitación. Si están las tres es porque han hablado de ello en mi ausencia y las otras no me
darán refugio. Entiendo lo que intenta que haga Laura, quiere que afronte mis miedos, que pase página y todo vuelva a la normalidad. Yo quiero lo mismo, pero nada es
normal en mi vida desde que hace una semana, se dedicaron a jugar a las espiritistas.
―No hay nada en casa Sarah, si te tranquilizaras te darías cuenta —dice Carla cogiendo mi mano.
―Apenas duermes por la noche y cuando lo haces, no paras de moverte y repetir el nombre de Eric, una y otra y otra vez —dice Nayara con cara de culpabilidad.
¿Qué? Tengo ganas de gritar. No puedo creerme que lleve una semana diciendo ese nombre en sueños, y no haya tenido la deferencia de decírmelo. Que haya sido
capaz de hablarlo con las demás, antes que conmigo.
―¿Por qué no me habías dicho nada de esto? —pregunto molesta.
―Porque estás paranoica Sarah ―contesta muy seria, sin rastro de arrepentimiento ante esa afirmación incierta―, estás obsesionada. Pensé que era mejor dejarlo
correr, pensé que se te pasaría, pero no se te pasa, nos vamos de vacaciones y no quiero dejarte así, necesito que estés bien.
Los nervios se instalan en mi estómago, pesados como toneladas. Había olvidado por completo sus vacaciones. No quiero quedarme sola, siento ganas de llorar de
pánico ante la idea de quedarme aquí sola.
―¿Seguís con los planes de vacaciones? —pregunto consternada.
―Sabes que está todo reservado Sarah —dice Laura—. Ven con nosotras, salir te vendrá bien.
―Tengo que trabajar, en verano trabajo toda la semana ya os dije que no iría. No podéis dejarme aquí sola, alguien tiene que quedarse conmigo —les suplico
egoísta―, por favor no me dejéis aquí.
Se miran las unas a las otras. Sé que no debería pedirles que renuncien a sus vacaciones, llevan meses planeándolo, pero realmente no quiero quedarme aquí sola.
Nadie dice nada, se van a ir, en ningún momento han pensado en la posibilidad de no hacerlo, no puedo culparlas.
―Sarah el miedo que sientes es anormal ―sigue Laura ignorando mis suplicas―. He pensado que podríamos hacer otra sesión, oír lo que ese espíritu o lo que sea
tiene que decirnos y despedirlo. Quizás así te sientas más tranquila y dejas de tener pesadillas.
Me levanto del puf como un resorte, están chifladas si piensan que voy a acceder. ¡Ni loca vuelvo a meterme en eso! Justamente por ese motivo, estoy en el estado
de nervios en el que me encuentro.
―¡No! No quiero que volváis a hacerlo. ¿Me estáis oyendo? ―las miro desde arriba―Nunca más.
Cojo mi bolso y me voy a mi habitación toda ofuscada, no puedo creer que se estén planteando volver a jugar. En casa pasan cosas raras, las bombillas explotan, la
luz viene y va con ese zumbido que me eriza el vello. Ayer vino un electricista y dice que todo está normal. Es producto de haber hecho la ouija, todas lo sabemos pero
parece que soy la única capaz de afrontar la verdad.
Me doy una ducha y me meto en la cama sin cenar. Miro a mi alrededor, esa sensación de que me observan vuelve a sacudir mis nervios. Estoy agotada, llevo una
semana durmiendo poco y mal, pero no creo que pueda relajarme lo suficiente como para dormir.
Miro mi habitación, todo está en su lugar, desorden total. Es el mismo sitio cálido y caótico que sólo yo entiendo, el mismo de siempre, pero yo no lo siento así. Veo
sombras por todas partes, me fijo en el armario abierto, me levanto de la cama para cerrarlo, me da mal rollo. Mientras lo hago la bombilla estalla, me quedo
completamente a oscuras y doy un grito presa del pánico.
Me meto en la cama, oigo ruidos en el pasillo, han oído mi grito y alguien viene a ver qué ha pasado, la puerta no se abre. Siento como si alguien se sentara junto a mí
en la cama, todo está oscuro como boca de lobo pero no hay nadie, la puerta sigue cerrada y nadie la ha abierto.
Me llega un olor extraño, un olor desconocido, algo que no estaba hace un momento, a tierra húmeda, a humedad, a bosque. Tiemblo, tengo mucho miedo, meto la
cabeza bajo la fina sabana de verano aterrorizada, cierro los ojos con fuerza mientras mi corazón bombea a toda máquina.
Me quedo muy quieta escuchando cualquier ruido, esperando cualquier señal de que alguien viene a socorrerme, pero no viene nadie. Puede que me desmaye del
miedo, debería salir corriendo pero soy incapaz de mover un solo centímetro de mi cuerpo. Los minutos pasan angustiosamente y aunque mi respiración vuelve a la
normalidad, no lo hace mi corazón cuando siento como las sabanas dejan de hacer presión en la cama, como si realmente hubiese habido alguien sentado y se hubiese
levantado.
Oigo como algo cae al suelo, pero sigo sin moverme, el olor poco a poco se desvanece. Pasadas las horas, consigo dormirme, para volver a mis pesadillas recurrentes.
Todo está oscuro y él quiere atraparme, no sé quién es él o qué quiere de mí, pero no quiero averiguarlo. Sigo corriendo, salgo del camino y me interno más en el
bosque, me apoyo en un árbol con el pulso y la respiración acelerados, intentando no hacer ruido, no quiero que me encuentre y me atrape.
―¿Me estabas buscando? —me dice una voz de hombre ronca al oído.
Doy un grito y despierto.
―Tranquila Sarah —dice Nayara a mi lado en la cama, tocándome la frente húmeda.
—¿Cuánto llevas aquí? —pregunto confusa apartando su mano de mi cara.
Miro hacia la ventana, ha subido la persiana, de ahí viene la luz que ilumina toda mi habitación.
―Estaba intentado despertarte, llegaras tarde al trabajo, no quería asustarte.
―¿Qué hora es? ―pregunto confusa e inquieta.
―Pasan de las diez y media.
―Mierda.
Me levanto corriendo, en el suelo veo el único marco que tengo en mi habitación. Eso fue lo que se cayó anoche por arte de magia, no quiero ni mirarlo. Me ducho
corriendo. Mientras me visto en mi habitación y preparo la bolsa con la ropa del trabajo, Laura me pide que pare, que necesita hablar conmigo pero llego tarde y no
puedo permitírmelo.
En el trabajo me siento segura y rodeada, no hay incidentes. Salgo del trabajo a media tarde, tengo tres horas hasta empezar el otro turno. Me gustaría meterme en la
cama, pero paso de ir a casa así que decido dar un paseo hasta el Triangle. Quizás haya salido alguna película interesante, o encuentre algún nuevo juego, con el que
distraerme cuando ellas se marchen de vacaciones, dejándome sola con mi histeria.
Cuando salgo del trabajo veo a Laura hablando con Aleix, indudablemente es ella, con su pelo rojizo por la nuca y su flequillo perfectamente recto parece una
cabaretera. Me parece que están discutiendo, paso de acercarme. Laura anoche se metió donde no la llamaba y Aleix y yo seguimos sin hablarnos. Esta noche nos toca
trabajar juntos y no poder bromear con él, le da más tensión a mi vida, pero quiero que admita su culpa.
―¡Eh, Sarah! —me llama Laura.
Me paro y la miro, se despide de Aleix con dos besos y viene a por mí.
―Tenemos que hablar.
―Lo sé ―contesto cansina―, ya lo has dicho esta mañana.
―Te estaba esperando, Aleix dice que no le hablas.
―Paso de él, como debería hacer contigo ―le advierto―, después de la encerrona de ayer —digo iniciando la marcha de nuevo.
―Venga, no te cabrees ―me coge del brazo y me sigue―. No dejabas dormir a Nayara y no sabía cómo decirte que debías volver a tu habitación.
―Anoche había alguien en mi habitación, alguien se sentó conmigo en la cama, te lo juro Laura. Podía sentirlo, no sé qué voy a hacer cuando os vayáis y me
abandonéis aquí —le digo angustiada.
Paramos en el semáforo para cruzar. Hace bochorno, al menos el aire se mueve pero lo siento caliente y cargado. Este calor me fatiga, como si no me sintiera
suficientemente cansada. Bostezo esperando que el maldito semáforo cambie de color y entrar en algún sitio con aire acondicionado.
―No digas eso, ni que fueras un perro al que dejamos desatendido por vacaciones.
―Habéis metido un fantasma en casa, un fantasma que por lo visto está obsesionado conmigo, ya que sólo me pasan cosas raras a mí. Y ahora, os vais a Ibiza como
si no pasará nada, y yo me tengo que quedar aquí comiéndome el marrón —al fin el semáforo se pone en verde y cruzamos.
―Creo que el problema es que no lo despedimos, fuiste tú quien tiró la tabla por la ventana.
―Tu no deberías haber metido eso en casa —le reprendo de nuevo mirándola.
Esto es un bucle, siempre acabamos reprochándonos lo mismo.
―He descubierto algo, quizás si buscas a Eric como te pidió dejan de pasar cosas.
―No sé quién es Eric ―empiezo a perder la paciencia―, ni sé dónde debería buscarlo.
Llevan toda la semana preguntándome quién es Eric, un día lo hace una y otro día otra, pero siguen dale que te pego con el tema. Ahora sabiendo que le llamo en
sueños, no me extraña que piensen que lo conozco, pero no es así. No tengo ni idea de quién es.
―Pero yo sí sé dónde deberíamos buscar y estoy dispuesta a ir contigo, ahora mismo si quieres.
Paro en medio de la calle mirándola, un japonés que mira la casa Batlló distraído choca conmigo. Laura me coge del brazo y me aparta fuera del tráfico de gente.
―¿Cómo sabes dónde buscar? —pregunto con un nudo en el estómago.
―He descifrado los números y letras de la ouija —dice alegremente Laura mirándome.
La miro de arriba abajo, preguntándome cómo ha podido descifrar ese sin sentido, cómo ni siquiera lo recuerda para descifrarlo.
Sus astutos y enormes ojos azules, miran los míos llenos de temor.
―¿Qué? —pregunto con aprensión.
―Se trata de coordenadas, debería haberme dado cuenta antes: 41G23M47SN2G08M46SE, 41 grados, 23 minutos, 47 segundos norte y 2 grados, 08 minutos, 46
segundos este ―me explica.
―¿Lo recuerdas de memoria? ―demando incrédula.
―Por supuesto —dice muy pagada de sí misma.
―¿A dónde corresponden? ―pregunto con aprensión.
No sé si quiero saberlo, pero la pregunta ya ha salido de mi boca. Estoy segura que corresponden a un bosque, uno frondoso y oscuro. Saca su móvil e introduce las
coordenadas en la barra de búsqueda de Google Earth. La tierra se acerca, para mi sorpresa señala el centro de Barcelona.
―Calle Muntaner, es aquí mismo en Barcelona en el barrio de Sant Gervasi —dice orgullosa de sí misma—. Incluso tenemos el número, hagamos lo que ha pedido y
se acabó.
Miro la pantalla que me enseña, no conozco la zona pero será fácil llegar hasta allí.
―¿Qué pasa si es su asesino?
―No creo que lo sea —dice restándole importancia.
―¿Cómo puedes saberlo? ―casi le grito, yo estoy histérica y ella mantiene tal calma que aún me pone más nerviosa― Si yo muriera asesinada, lo primero que haría
es indicar quién es mi asesino.
Laura lo piensa durante un momento, ella sabe que tengo razón.
―Quizás deberíamos llamar a la Policía, que se encarguen ellos —no quiero ir.
―No sabemos si ha sido él. Vayamos a su casa, averigüemos si allí vive ese tal Eric y volvamos. Ni siquiera tenemos que verlo, cuando sepamos que vive allí ya
pensaremos que hacer.
No lo tengo nada claro, Laura para un taxi y a pesar del atasco que hay en el centro, llegamos en menos de quince minutos. Está mucho más cerca de lo que había
pensado. Me paso el camino restregándome las manos, nerviosa, las tengo sudadas. Cuando el taxi para delante del número que Laura le ha dado, estoy rozando el
histerismo.
Bajamos y vamos hasta el portal, llama a uno de los pisos más altos. Usa el típico truco de publicidad pero no cuela. Llama a otros dos sin obtener respuesta y al
cuarto intento, alguien nos abre sin ni siquiera preguntar quién es. Laura me sonríe y abre la puerta.
―¡Que emocionante! —exclama mientras yo la miro sin creer que se esté divirtiendo— Vamos no pongas esa cara —se queja entrando en el amplio portal lleno de
espejos—. Sólo buscaremos el nombre de Eric. —se acerca hasta los buzones.
―¿Y si está? —pregunto sin querer buscar.
―Si está, nos marcharemos y pensaremos que hacer. Después de todo, sólo dijo que lo buscaras.
Mira uno por uno los buzones y yo miro mis pintas en el espejo. En casa cuando me miro en un espejo, siempre tengo la impresión de que aparecerá alguien detrás
de mí. Ahora no estoy en casa, es de día, Laura para bien o para mal está conmigo y me doy cuenta de la falta que me hace mirarme más a menudo, estoy horrible. Mis
ojos se ven tristes y apagados, mi rostro pálido y ojeroso. No entiendo como Dani, mi jefe, me deja atender a los clientes con esta cara de zombie.
―No está —dice Laura girándose para mirarme.
―Lo hemos intentado. ¿Nos vamos? —le digo a través del espejo. Sólo deseo salir de aquí.
―¿Qué mirabas? ―me pregunta ella.
―Nada ―me giro hacia ella dispuesta a cogerla de la mano―, vámonos de aquí.
―Quizás deberíamos hablar con algún vecino —sugiere.
―Laura, vámonos, es un potencial asesino no deberíamos estar aquí.
La cojo del brazo y nos vamos, me convence para ir a casa. Acabamos en la terraza haciendo yoga. La última vez que dijo lo de dejar la mente en blanco me salió muy
caro, pero ahora estoy a plena luz del día, hace un cálido día de verano, puedo oír el lejano tráfico diez pisos más abajo, ese sonido me relaja y me siento tranquila.
Cuando acabamos con el yoga, me tumbo en una de las tumbonas. Estoy tan cómoda que no quiero irme, me siento bien, estoy relajada y deseo que eso se refleje en
mi cara.
Laura baja a por unas bebidas y yo me quedo allí impregnándome de vitamina D, estoy tan cansada que podría dormirme a pesar del sol y el calor. Miro el reloj y me
levanto, tengo que ducharme, si no me doy prisa llegaré tarde.
Cuando bajo al piso, oigo que están hablando en la cocina. Oigo que Laura explica lo sucedido esta tarde, lo que yo le conté en la calle y pareció importarle un comino.
No hago ruido y me pongo a escuchar.
―Quizás sólo quiera llamar la atención —oigo que dice Nayara.
―O quizás tenga un brote como su madre —le contesta Carla.
Cuando oigo decir eso la sangre empieza a hervirme de pura rabia.
―Estuve un año internada en Irlanda y cuando volví, mi padre me dijo que no me acercara a ella, era mi ginecóloga, pero ya no trabajaba, decían que se había vuelto
loca. Así de un día para otro, que había desaparecido y nunca había vuelto a ser la misma. Me dijo, que no debía decir nada sobre su desaparición, porque no querían que
su hija se enterara —sigue Carla.
¿Es eso cierto? No puedo creer que mi madre desapareciera, en mis narices y no me diera cuenta. Yo ya no era una niña, estuve muy preocupada por Mariona, pero si
mi madre desapareció, debí darme cuenta.
―¿Qué pasó? —pregunta Laura.
―Le diagnosticaron esquizofrenia —oigo que dice Nayara—. Tenía trastornos delirantes, paranoia, estaba obsesionada creyendo que la perseguían y querían matarla.
El padre de Sarah se lo explicó al mío, nadie sabía dónde había estado metida durante la semana que desapareció. Sarah no lo sabe, mi primo me pasó la varicela y yo se
la pasé a ella, a mí apenas me salieron cuatro granitos, pero ella paso días con unas fiebres altísimas. Su padre la llevo a mi casa, le dijo que tenía que quedarse allí hasta
que se le pasara, porque podía contagiar a su madre que no la había pasado. En realidad su madre estaba desaparecida. Días después la encontró un guardabosques y la
llevó al hospital, donde el padre de Sarah la recogió. Después de aquello, ya nunca volvió a ser la misma.
―¿Por qué? ¿Qué lo provocó? —pregunta Laura, buscando las piezas que faltan en el puzzle.
Me quedo quieta sin mover ni un músculo, escuchando anonadada. Yo creía que en Boira no había secretos, pero parece que los hay y saben guardarlos muy bien.
¡No puedo creer lo que oigo!
―No se sabe, gradualmente se fue separando de la realidad, atentó contra su vida y no quería a Sarah cerca. Su padre temeroso de que le hiciera algo a Sarah la mando
a un internado en Vic, le supliqué a mi madre que me llevaran a mí también. Ahí fue donde cursamos bachillerato. Sarah estaba resentida con su padre por separarla de
casa —hace una pausa y suspira—. Carla tiene razón, quizás a Sarah le esté pasando lo mismo, quizás debamos llamar a su padre —sigue Nayara.
¿Mi madre intento suicidarse? No comprendo cómo no sé nada de todo esto. Carla cree que estoy loca y por lo visto Nayara también. Me siento mareada así que me
dejo caer al suelo y sigo escuchando. No puedo creer que Nayara, sepa cosas de mi familia que yo no sé, y que no haya sido capaz de contármelas durante todos estos
años.
―No podemos hacerlo, Sarah lo odia —interviene Laura.
―Su odio es injustificado —dice Nayara para mi sorpresa—. Su padre y el mío trabajan juntos, su madre empeoró, intentó suicidarse otras dos veces, se vio obligado
a internarla. Sarah nunca le ha perdonado que lo hiciera, pero ella no lo sabe todo. Cuando la oigo hablar de sus planes, de sacarla del psiquiátrico para empezar una
nueva vida, me siento culpable por todo lo que no le he dicho.
―Nunca he creído que su padre le permitiera sacar a su madre de allí fácilmente —dice Laura.
―No lo hará —dice Nayara muy segura.
―¿Y antes de eso su madre era normal? —insiste Laura.
―Completamente normal ―asegura Nay―. Era encantadora, se podía hablar con ella sin tapujos.
―Ese verano fue muy extraño… —interviene Carla— Fue el mismo verano que desapareció vuestra amiga, quizás ella le hizo algo.
―No, Mariona se fue un par de semanas antes, además no desapareció se escapó con su novio.
―¿Quién era su novio? —pregunta Carla.
―Nadie lo sabe, ni siquiera nosotras que nos pasábamos el día juntas. Decía que era un chico mayor, pero nosotras no la creíamos. Mariona tenía mucha imaginación,
siempre inventaba historias… Recuerdo que dijera lo que dijera, yo siempre la creía, pero después venia Sarah y la descubría ―oigo una sonrisa nostálgica en su voz,
que a pesar de mi mal estar, se traslada a mis labios al recordar a Mariona―. Cuando nos habló de ese novio, pensamos que era una de sus historias, no la creíamos, nos
hizo jurar que no le hablaríamos a nadie de él, decía que no quería que nadie supiera de su existencia. Un día le vimos de espaldas y nos dimos cuenta que era verdad,
pero nunca le vimos la cara. Poco tiempo después dijo que iba a escaparse con él, intentamos convencerla de que no debía irse, sólo teníamos quince o dieciséis años.
Ese final de curso Mariona estuvo muy rara, cuando empezaron las vacaciones de verano sus rarezas se intensificaron, desaparecía por horas y les decía a sus padres
que estaba con nosotras. Una noche estaba aún más rara de lo que ya empezaba a ser normal en ella, cuando nos despedimos en casa de Sarah, decía cosas sin sentido,
como si no fuéramos a volver a verla y así fue, al día siguiente se había ido.
La sensación de ser observada me golpea. Me he hecho un moño para tomar el sol, y siento el aliento gélido de alguien en la nuca. Dejo de escuchar la conversación de
la cocina, cierro los ojos, petrificada, aterrorizada, ni siquiera puedo respirar aunque percibo ese olor a tierra mojada. Mi corazón va a explotar de deprisa que late,
quiero darme la vuelta, convenciéndome de que no hay nadie detrás de mí, lo estoy imaginando, pero temo girarme.
En un instante, siento una caricia muy sutil en el cuello, como si me acariciaran con la yema de los dedos, no me cogen, tan solo es una suave caricia, casi
imperceptible pero sea lo que sea lo que está detrás de mí, me está tocando y tengo mucho miedo.
“Eric” siento un susurro en mi oído y grito.
Me arrastro por el suelo del pasillo, sin levantarme hasta llegar a mi habitación, cierro la puerta de una patada y trepo hasta la cama donde abrazo la almohada. Oigo
pasos en el pasillo, esa cosa viene a por mí de nuevo. El marco con la foto de mi infancia vuelve a caer al suelo delante de mí, grito aún más fuerte, en ese momento se
abre la puerta y vuelvo a gritar. Mis compañeras de piso me miran.
―¿Estás bien? —me pregunta Nayara.
Me quedo callada, con los ojos como platos, llenos de lágrimas que deforma la imagen que tengo delante. Nayara se acerca, se agacha y coge el marco, vuelve a
ponerlo en su sitio y yo me quedo mirando la foto. Siento como Nayara se sienta conmigo pero no aparto la mirada de la foto.
Esa foto la tomó mi madre en la casa del lago, creo que hace como diez u once años. En ella salimos Nayara, Mariona y yo, apenas hemos dejado de ser una niñas y
estamos sentadas sonrientes en la rama de un árbol. De fondo se ve el lago, incluso un trocito de la casa que mis padres tienen o tenían allí, no sé si mi padre la habrá
vendido. El lago está rodeando por un bosque frondoso, como el de mis sueños, pero yo no conozco el bosque, siempre prefería quedarme a jugar en el agua que pasear
por el bosque como hacían mis padres.
―¿Qué ha pasado? ¿Por qué has gritado en el pasillo y has salido gateando? —pregunta Nayara.
―Dabas mucho yuyu —interviene Carla desde la puerta con cara de miedo.
Carla me tiene miedo, cuando me quedo mirándola da un paso atrás. Parece que quiere huir de mí, piensa que estoy loca y seguro que también piensa que puedo ser
peligrosa. Saber que no soy la única que tiene miedo en esta casa, me consuela un poco. Si no estuviera en la situación en la que me encuentro, me echaría a reír.
―¿Cómo se llamaba el novio de Mariona? —pregunto mirando la foto de nuevo.
—No sé, creo que nunca lo dijo, siempre decía mi novio. ¿A qué viene eso? —demanda Nayara.
La miro a los ojos y en los suyos veo vergüenza, sabe que la he escuchado hablar. Debería decirle cuatro cosas, debería recriminarle que no me haya dicho nada de lo
que le he escuchado decir en la cocina, pero mi rabia ha quedado aplacada por el terror.
―Esto no viene a nada, tengo que ir a trabajar —digo con tono derrotado.
Suelto la almohada y bajo de la cama, Laura se aparta para dejarme pasar y Carla se va. Cuando salgo al pasillo, oigo como el marco vuelve a caer al suelo, ni siquiera
me giro a ver si ha sido eso, estoy segura.
―Poner la foto en su sitio, por favor —digo entrando en el baño.
Mientras me ducho sigo pensando en esa foto, aún tengo miedo pero mi corazón va más despacio. No sé si ese susurro

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