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Libro PDF ALLY La historia de Allison y – A. G. Keller

ALLY: La historia de Allison y – A. G. Keller

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—Señorita Allison, su taxi acaba
de llegar.
Avisó la secretaria de la sucursal
de California, con una sonrisa en los
labios.
—Gracias —comenté con alegría
cerrando el maletín.
Luego de tomar la pequeña valija
de ruedas, comencé a caminar en
dirección al taxi que me llevaría al
aeropuerto.
Había pasado cuatro días en Los
Ángeles, la oficina central de Nueva
York, me había enviado a cerrar una
importante negociación.
Trabajaba para: Complements, una
empresa dedicada a la distribución de
productos de belleza a nivel mundial.
Yo me encargaba de adquirir nuevas
cuentas y cerrar ambiciosos tratos.
Mi empleo me gustaba demasiado,
disfrutaba de mi independencia, me
había transformado en eso que llaman
“Adicta al Trabajo”. Hasta podría
asegurar que mi fascinación por cumplir
mis metas en el campo laboral me había
costado mi matrimonio con Josh Mccoy,
el padre de mis gemelas: Tara y Amy. A
las que trataba de brindarles calidad de
tiempo, ya que me la pasaba viajando de
una ciudad a otra, representando a la
corporación.
Una vez que localicé mi asiento en
el avión, un mensaje de texto de mi
novio, perdón… prometido, me sacó de
mis cavilaciones. Después de nuestro
apresurado compromiso, sentía que los
días estaban pasando muy deprisa, que
el tiempo no me alcanzaba para nada, en
especial para la planificación de una
boda.
Sentí como una inmensa sonrisa se
formó en mi rostro, al ver nuestra
fotografía en el fondo de pantalla del
móvil. Y es que Robert, no necesitaba
inventar nada fuera de lo normal para
hacerme suspirar.
Robert: Paso por ti al aeropuerto.
Te extraño…
Allison: Y yo con ganas de
arrancarte la ropa.
Robert: Jajaja. Es justo lo que
espero que hagas. He arreglado una
noche para dos, no te preocupes por las
niñas que están en buenas manos.
Allison: Siempre pensando en todo,
por eso te adoro.
—Señorita por favor tiene que
apagar el teléfono, estamos a punto de
despegar —me ordenó la azafata en tono
cordial.
Le mandé un último mensaje a
Robert de despedida, para luego
relajarme imaginando las posibles
sorpresas que estuviera preparando. Él
era un hombre encantador, caballeroso,
amable, respetuoso y muy paciente. Pero
también tenía un carácter fuerte.
Aunque no se lo conocía de
primera mano, había sido testigo con mi
mejor amiga, Mía, de lo cruel que podía
llegar a ser. Lo mejor sería no conocerlo
nunca ¿cierto?
Abrí la ventanilla y fijé mis ojos en
las nubes que rodeaban el avión. Era un
vuelo de cinco horas veinte minutos.
Suspiré sonriendo, cuando el recuerdo
del día que nos conocimos cruzó por mi
mente:
Fue una tarde de Agosto del 2013.
Hace año y medio. Lo recuerdo muy
bien, porque me estaba bajando del
taxi frente al edificio de apartamentos
donde recientemente me había mudado,
cuando inesperadamente un hombre me
arrebató la cartera.
Molesta y llena de angustia, salí
corriendo tras el ladrón. No sé cómo
logré alcanzarlo montada en mis
zapatos de tacón de aguja de trece
centímetros. Todo por recuperar mi
exclusivo bolso Louis Vuitton, de la
temporada. Me había costado una
fortuna y no se lo dejaría llevar sin dar
una buena pelea.
Forcejeamos por unos instantes,
hasta que de la nada apareció una
mano de hombre, que le propinó al
rufián un puñetazo tan fuerte que lo
mandó directo al suelo.
Me lancé como una gata a recoger
mi bolso que cayó a un lado de la
alcantarilla, todo su contenido había
quedado esparcido a un lado en la
acera: estuche de lentes de sol, bolsa
de maquillaje, llaves del apartamento,
móvil y por supuesto goma de mascar.
—¿Estas bien? ¿Te has hecho
daño?
Fui interrumpida en medio de mi
tarea de recolección, por una voz
masculina, grave, pausada pero
vibrante. Mientras el rufián salía
corriendo despavorido.
Levanté la cabeza para
encontrarme con un adonis frente a mí:
Un metro ochenta y siete de pura
perfección masculina. Piel bronceada,
cabellos castaños. Poseía unos
hermosos ojos azules, tan cristalinos
como el cielo.
Se le notaba que rondaba los
cuarenta y tantos, pero no se podía
negar que el muy condenado se
conservaba en una excelente condición
física. Mis ojos, se detuvieron en lo que
podía considerar como la más hermosa
sonrisa que haya visto jamás. Y lo
mejor de todo… estaba dirigida a mí.
Como una colegiala me sonrojé
hasta el cuero cabelludo. Sin embargo
traté de ignorar el nerviosismo de lo
ocurrido y con manos hábiles, terminé
de introducir mis pertenencias, para
aceptar la mano que me tendía el
desconocido, ayudándome a ponerme
de pié frente a él.
Deseaba decir algo sensato,
interesante tal vez, pero por desgracia
lo único que modulé fue un simple:
—Gracias.
Para completar, las gafas de sol
que sostenían mi cabello, se
resbalaron. Pero antes de aterrizar en
el suelo, este hombre que poseía un
reflejo de felino, las atrapó en el aire.
Sonreí con alegría, como si fuera una
niña con helado, y hasta estuve a punto
de aplaudir su hazaña… pero me
controlé.
—Ray Ban Aviator —pronunció
cada palabra con lentitud—.Escogió
muy bien —añadió esbozando una
sonrisa, mientras sus ojos se posaban
en los míos.
—Yo… pues… —me volví torpe,
cosa que me sorprendió y no logré
encontrar las palabras para responder
con propiedad.
«Si tan solo dejara de sonreír,
quizá podría retomar el control de mí
misma. Como también daría lo que
fuera para poder verificar mi
apariencia frente a un espejo, o por lo
menos en el reflejo de una vitrina»
pensé contrariada barriendo la
estancia, pero la suerte no estaba de mi
lado.
El timbre de su móvil sonó en
alguna parte de su elegante vestimenta.
Su mirada se desvió mientras lo
buscaba. Dándome la oportunidad de
observarlo por unos instantes: vestía
un traje hecho a la medida de tres
piezas, en un tono azul claro, corbata a
juego y camisa blanca, nada
extravagante, pero a él, le lucía
fenomenal.
Con la calma ya recuperada,
esperé a que terminara la llamada para
presentarme y agradecerle su
heroísmo.
—Allison Lowen.
—Robert Watts. Tenga sus gafas y
no las pierda, estoy seguro que se le
ven muy bien.
Estaba a punto de derretirme ante
sus palabras, sin embargo me mantuve
firme, para continuar con fuerza:
—Gracias por todo. No sé qué
hubiese pasado si no hubieras llegado
—solté un suspiro de satisfacción
cuando las recibí de sus manos.
—Eres una mujer muy valiente,
Allison, al enfrentarte con ese rufián.
Solté una risita un tanto irónica
ante su educada observación, pero me
contuve de decir un mal comentario al
verlo aproximarse unos pasos,
dejándome apreciar su agradable
aroma que flotaba a mí alrededor.
Suspiré… era suave, con notas de
madera, una atrayente combinación.
Era evidente que él, no estaba al
tanto de que yo era una chica débil
ante una buena fragancia masculina. Y
fue en ese momento cuando le di
gracias al cielo, porque desvió su
mirada para detenerla por un fracción
de segundo en las gafas de sol, que
todavía seguían en mis manos. Fue así
como pude concentrarme para
contestar:
—Me temo que en esta ciudad
estamos rodeados de rufianes —asintió
sin dejar de sonreír.
«¡Eh! Al fin recobré la cordura»,
pensé y proseguí más confiada.
—¿Vives en el edificio?
—Sí. ¿Tú también? —Parecía
sorprendido, pero de todas formas
continuó—.En el último piso —agregó
entregándome una tarjeta de
presentación, tocando suavemente mis
dedos.
Al leerla me enteré que Robert
Watts, era médico, como también que
gozaba de una muy buena posición
como jefe del departamento de cirugía,
en uno de los hospitales más
prestigiosos de la ciudad.
Seguimos hablando mientras
ambos caminábamos en dirección al
elevador. Le conté de los pocos días
que tenía de haberme mudado al
apartamento, incluso le confesé que
aún estaba desempacando las últimas
cajas. Lo cierto era que estaba
intentando ignorar el efecto que había
producido el roce de su mano sobre mi
piel.
—¿Qué te parece si te invito una
copa? —Me asombró su inesperada
propuesta, pero lo que más me gustaba
era el tono de su voz: cálido y
penetrante—.A las siete, en mi
apartamento —agregó sin dejar de
sonreír.
Automáticamente un ardor me
invadió cuando su mirada azul cielo
atravesó la mía… ese hombre era
irresistible. Conocer a Robert, me
pareció tan intenso y al mismo tiempo
tan natural, tan simple, que la sola
idea de no volver a toparme con él, me
horrorizaba.
—Iré —respondí, alegrándome al
ver cómo se iluminaba su rostro al
escucharme.
Nos despedimos al salir del
elevador, con un simple gesto. Pero al
pasar a su lado, mi brazo rozó

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