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Libro PDF Alma mate Gabriela Collado

Alma mate  Gabriela Collado

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dispuesta a dejar que ocurrieran los milagros.
Mi relación con mi ex ha sido, en algún punto, al revés del resto de las separaciones. Al principio nos tratábamos civilizadamente e intentábamos ayudarnos y ahora,
después de siete años de que cada uno tomara su propio camino, no nos hablamos y no somos capaces de colaborar el uno con el otro. Hablo en plural porque creo que
en cuestiones de pareja siempre la responsabilidad de lo que suceda es de ambas partes pero, también es cierto que, muchas veces, uno está por la labor y el otro no.
Recién ahora, después de todos estos años, soy capaz de percibir el motivo de por qué no funcionó nuestra relación y fue porque nunca hicimos nada juntos,
exceptuando a nuestra hija. Cada cosa que yo hacía por ella, él se desentendía y yo le reprochaba su falta de apoyo. Y, cuando yo dejé de hacer alguna cosa y se encargó
él, lo hizo a mis espaldas y sin incluirme y luego me lo echó en cara. Es como si nunca hubiéramos podido hacer nada de a dos pero, a la vez, nos enfadara hacerlo solos.
Y parece ser que eso es algo que, no solo no cambia, a pesar de que él haya rehecho su vida y esté a punto de formar otra familia, sino que, como bien dijo una amiga que
está en la misma situación, la custodia de un hijo nos lleva a intentar hacernos responsables por todo mientras la otra parte se esfuerza en poner todos los peros
posibles. Me entristece mucho ver cómo, siendo adultos e inteligentes como creemos, no somos capaces de dejar de malgastar la energía en ataques y defensas y usarla
sólo en lo que es bueno para ella. El problema de los divorcios es que la gente no se separa, los sigue uniendo el rencor o el miedo.
Ayer, después de despedirme de mi niña que se iba a pasar un mes de vacaciones con su papá, cerré la puerta y, mientras le mandaba las coordenadas a mi cerebro
para que se acomodara a mi flamante condición de soltería –mensual-, mantuve un diálogo simbólico con él en el que, con aire de mujer superada, le decía “Parece que se
te ha olvidado qué día es hoy.” “¿Y qué día es hoy?” me preguntaba él ingenuamente –no nos olvidemos que es mi diálogo-, “El día en el que decidí que ya no te tendría
miedo.”
Así comienzan mis vacaciones. Vuelvo a Italia. Siempre vuelvo a Italia. Debe hacer muchas vidas que regreso a Italia. Desde la primera vez que pisé las calles
empedradas de Roma y sentí que mi alma ya pertenecía a la historia de la Ciudad Eterna, hasta la última vez que me enamoré en la Toscana y en Florencia concebí a mi
hija. “¿Sono imbarazzata?”, le pregunté a la primera doctora que me vio en la Azienda Sanitaria di Firenze. No pudo evitar reírse mientras mis hormonas y yo
llorábamos desconsoladamente. “Sei incinta” me dijo con mirada compasiva. Y ahí aprendí que, aunque a veces pueda resultar “embarazoso”, en realidad se dice “estar
en cinta”.
A mi amiga Alessandra, que hace ocho años se despidió de mí con tristeza en el Cibrèo Caffe del Mercato di Sant´Ambrogio, cuando le dije que me volvía a Buenos
Aires, se le ocurrió que ésta podía ser una buena ocasión para que pasara unos días en la tierra que siempre me llama y, de paso, volver a tenerme cerca. Y para tantas
otras cosas que nunca pueden saberse hasta que no se viven.
A veces uno tiende a creer que un aeropuerto es como una especie de limbo, un mundo entre mundos. Un lugar en el que el tiempo se detiene mientras pasas de una
dimensión a otra, la que se crea cada vez que emprendes un viaje. Ezeiza es como un espacio entre lo que se deja y lo que vendrá y yo sentía que estaba escapando hacia
el vacío. Irme, en este momento, para mí, era cuestión de vida o muerte. Sin embargo, cuando anunciaron el embarque del vuelo 1140 con destino al aeropuerto de
Fiumicino, se me iluminó la cara y supe que este viaje encerraba en sí un milagro portador de nuevos augurios para mi vida y me sentí llena de gratitud. Cuánto tenía
para reciclar, soltar, olvidar, sacar a la luz, cicatrizar y reescribir.
La noche estaba transmutando lo viejo en lo nuevo; dejé que las preocupaciones se quemaran en la hoguera imaginaria de este tiempo sin tiempo, liberé mis ataduras,
miedos, tristezas y los despedí uno a uno en silencio. ¡Es tiempo de Soltar, Fluir, Sentir, Cerrar ciclos y Volar!
En algún momento de tu vida tienes que quitar la escalerilla que te une a tu pasado, cerrar puertas y despegar con nuevo rumbo, sin mirar atrás. Y eso era,
precisamente, lo que yo estaba haciendo.
5 – Volare oh oh
¿Por qué contentarnos con vivir a rastras
cuando sentimos el anhelo de volar?
Helen Keller
Son catorce horas de vuelo desde Buenos Aires a Roma y si uno no se duerme el trayecto puede hacerse eterno. Entonces pensé en quienes lo hicieron en barco o en
carabelas y agradecí vivir en el siglo veintiuno con sus infinitas posibilidades, aunque atravesar todo un océano a través del aire no hace que te libres de los cielos
tormentosos del Atlántico, cuando el avión se sacude como una batucada y llegar aún queda lejos. Desde la ventanilla del avión veía temblar el ala y pensaba en el
prodigio de estos pájaros mecánicos. Si no fuera porque soy azafata y trabajo para la compañía en la que ahora viajo de pasajera, estaría muerta de miedo. Esa es la
ventaja de saber cómo funcionan las cosas. El miedo es siempre a lo desconocido, cuando sabes lo que puede pasar y lo que no, el temor desaparece y disfrutas del viaje.
En la vida pasa más o menos lo mismo. El secreto está en disfrutar del viaje de todas maneras.
Lo bueno de volar de noche es que la mayoría de la gente duerme y la cabina se convierte en una especie de nave misteriosa. Imaginar que somos apenas un puñado
de personas surcando el cielo a merced de los dioses, cerca de los ángeles y de las ánimas que pululan en el éter, es algo que suelo hacer en las interminables guardias
nocturnas que me tocan en los vuelos largos. Muchas veces juego con la idea de que, si los fantasmas son capaces de atravesar las paredes, cómo no van a hacerlo con la
chapa que recubre el avión y, más aún, si lo que estamos atravesando es su territorio. Afortunadamente se trata del cielo y aquí arriba están sólo los buenos. No me
hubiera importado en lo más mínimo encontrarme en la puerta del lavabo con el espíritu de buda y pedirle algún consejo, sobre todo en un momento como este en el que
lo veo todo negro y no sólo porque sea de noche y estemos en algún lugar entre América y África.
Meto la mano en el bolso para buscar mi libro y me topo con una de las galletas de la fortuna que me dio mi sobrina en el aeropuerto. Veamos qué me depara el
destino, me digo a mí misma mientras la abro:
“La oscuridad es la luz que no ves.” Buda
Giro mi cabeza en todas las direcciones en busca de… No, no es posible, ¡era sólo un juego! Mejor me levanto y voy hasta el galley a ver a mi amiga que está de
guardia.
A esto le llamo yo tener suerte, Magda trajo el mate. Me pasa uno encantada de verme despierta, sólo nosotras sabemos lo atinado que puede llegar a ser contar con
una buena charla en esas horas muertas en las que, si estás sola, se te cierran los ojos y no hay café, ni mate, ni libro que te los mantenga abiertos.
Si no fuera por ella yo no estaría aquí en este momento. Nos conocimos cuando yo apenas tenía veinticuatro años, nuestros novios de entonces eran hermanos y fue
ella la que insistió en que yo reunía las condiciones para ser azafata también. Por aquel entonces era algo que ni siquiera me había planteado, no porque no me gustara la
idea, sino porque me parecía como un sueño inalcanzable -¿algo así como ser princesa?-. Creía que, como en la realeza, se transmitía de padres a hijos o algo por el
estilo. Ahora que lo veo a la distancia me parece un pensamiento bastante ridículo y me pregunto cuántas ideas de ese tipo se forman en nuestra cabeza y nos cortan las
alas antes de volar. –En este caso lo de volar era literal.-
Tenía un trabajo monótono que no soportaba, de esos que le bajan la autoestima a cualquiera -y yo de por sí ya la tenía baja-, así que, en cuanto presenté la solicitud
en la aerolínea, renuncié, convencida de que me aceptarían. Nunca había estado tan segura de algo y esto pasó a convertirse para mí en un ejemplo de cómo, cuándo
deseas algo con ganas, acaba haciéndose realidad.
Entonces empecé a volar y, casi automáticamente, mi “ autoestimómetro” comenzó a subir vertiginosamente. Hacía lo que me gustaba y me pagaban por ello y no
sólo eso, sino que ganaba el doble, con lo cual pude hacer realidad otro sueño: irme a vivir sola.
Cuando, el que entonces era mi novio, me pidió que eligiera entre los aviones y él ¿cómo explicarle que no se trataba de un simple trabajo? ¡Claro que no! Se trataba
de mí, de mi vida, de tomar mis propias decisiones, de la posibilidad de tener algo. En medio de una discusión me llegó a decir que él quería una mujer que estuviera en
casa con sus hijos cuando él volviera de trabajar y ¡por Dios que eso me asustó muchísimo! Siempre quise tener una familia y aún sigo queriéndolo, pero lo que no
quería, por nada del mundo -ni lo quiero ahora-, era que eso coartara mi crecimiento personal. No quería acabar como mi madre, eso me aterrorizaba y sentía que él me
estaba pidiendo precisamente eso, así que, aún queriéndolo como lo quería, elegí a los aviones. Y no se trataba de ser azafata, podría haber sido cualquier otro trabajo
que me hiciera sentir mejor conmigo misma y una persona capaz de cumplir sus sueños, por esa misma razón, entrar en la aerolínea se convirtió para mí en una especie
de antes y después -aunque luego vinieran muchos más-. Esto me recuerda a una expresión que solía repetir mi madre. Ella siempre dividía los acontecimientos de su
vida en soltera/casada, esto de soltera…, aquello de casada… y yo acostumbraba a burlarme diciéndole que para ella el haberse casado constituía una especie de
A.C./D.C. -ahora que lo veo así escrito me pregunto si los chicos del famoso grupo de heavy metal ACDC serían tan cristianos como para llamarse así- y, en realidad,
así lo era, porque ése había sido su sueño, casarse.
Conocer el mundo y ver cómo vive otra gente te abre la cabeza -no literalmente, claro-.
Cuando subes un escalón para mejorar en tu vida lo importante es no olvidarte de lo que has dejado en el de abajo. Es muy probable que sin subir ése no hubieras
llegado al siguiente. No se trata de estar machacándote constantemente con tu pasado, sino de tener un parámetro para que no se te olvide agradecer y felicitarte por
dónde has llegado.
Al comenzar a vivir mi nueva vida de azafata -y no exagero cuando digo nueva vida porque realmente se trata de un estilo de vida más que de un trabajo. Todos tus
planes dependen de un plan de vuelo mensual que no diseñas tú- todo me llamaba la atención y me fascinaba. Tenía un coche a mi disposición para cada vuelo, sólo para
mí, que pasaba a buscarme por mi casa para que llegara a tiempo al aeropuerto y luego volvía a llevarme del aeropuerto a mi casa. Cuando el vuelo requería dormir fuera
del lugar de origen, me hospedaban en hoteles de cuatro o cinco estrellas en una habitación sola para mí y, además, me daban dinero más que suficiente para las comidas
que fuera a hacer durante la estadía. Para una chica como yo, que venía de un trabajo de ocho horas diarias más una hora de viaje de ida y otra de vuelta que consistía en
subirse a un tren en las horas pico y luego a un autobús atestado de gente entre los que también había carteristas y exhibicionistas –los que viajan en la línea 60 que va
de Constitución a Tigre saben a lo que me refiero-, esto era realmente convertirse en princesa.
Escuchaba las quejas de quienes llevaban más de veinte años haciendo este trabajo. No sé cuál había sido su escalón anterior, lo que sí sé es que lo habían dejado
atrás hacía ya muchos años y, seguramente por eso, se había borrado de su memoria. Tal vez se habían quedado estancados esperando subir el siguiente escalón, pero
una cosa es segura, si te quedas aferrado a la queja y no das el siguiente paso, nunca subirás. Hay un dicho que dice “no te quejes si no te quejas” pero en ese caso la
queja debe servir como motor para continuar, tiene que cumplir con su función y ya está. Si no lo hace, no la olvidas y ahí se queda, pudriéndose como el agua que no
dejas correr. Si no sabes a dónde quieres llegar será difícil que alcances el siguiente escalón y más difícil saber cuándo has llegado. Si tienes claro que ése es tu escalón,
disfrútalo, echa raíces y relájate que ya habrá tiempo de seguir avanzando, si eso es lo que quieres.
En definitiva que con este trabajo aprendí a ser libre y a tomar las riendas de mi propia vida, con él desplegué mis alas y, como la larva que se convierte en mariposa,
eché a volar junto con los aviones.
Estuvimos hablando hasta que el agua del mate se acabó y yo empezaba a tener sueño, así que volví a mi asiento y caí rendida. Cuando abrí los ojos ya había
amanecido y podía verse tierra debajo nuestro. Me sentía Cristóbal Colón pero yendo en busca de otro tipo de conquista.
En ese mismo momento el comandante nos dijo que estábamos atravesando África y que lo que se veía era una parte del enorme desierto, kilómetros y kilómetros de
arena. Luego sobrevolamos la Sardegna y desde el Tirreno comenzó el descenso.
Italia aparecía en sueños, libros, recuerdos y mapas guiándome desde hacía tiempo. Era una asignatura pendiente regresar después de todo lo que en ella había vivido
y saber si sería capaz de soportarlo. Ya respiraba su aire y veía su tierra, su mar y su cielo mágico que me anunciaba el gran amor que siempre seguirá uniéndome a esta
bota llena de vida. Antes de que el avión aterrizara en Roma, los sueños se hacían realidad.
6 – Romántica Roma
“Ir sin amor por la vida
es como ir al combate sin música,
como emprender un viaje sin un libro,
como ir por el mar sin estrella que nos oriente.”
Stendhal
El aeropuerto de Fiumicino es un caos. ¡Benvenutti a Italia y su inconfundible estilo! Eran las seis de la tarde cuando, maletas en mano, salimos del aeropuerto en
dirección al hotel. Me acomodé en la habitación de Magda en el Hotel Sheraton y, en cuanto estuvimos listas, nos echamos a la calle con la idea de cenar en algún forno
romano. Extrañaba la focaccia con prosciuto y rúcula.
El aire avivó en mí una de mis mayores pasiones, despertó a la loba de las siete colinas, a lo místico que une a Roma con la loba y a la loba con el amor.
Conocí el AMOR en mayúsculas cuando conocí la ciudad más maravillosa del mundo que, además, es el reflejo mismo de esa palabra: ROMA. Me enamoré de ella a
primera vista y, después de doce años y más del doble de ciudades recorridas, aún sigo amándola. Roma le hace honor a su nombre en todos los aspectos, es
ROMAntica (Roma y antigua) y es amoR en todo cuanto respiras y ves. Mantenerse digna y monumental durante siglos sólo puede deberse a que cada uno de los
artistas que contribuyeron a adornarla, a su vez, la amaron, la adoraron como la diosa que fue y que sigue siendo. Roma es como la nobleza, puede modernizarse, pero
jamás olvida su cuna ni sus orígenes.
Llegamos a Piazza Cavour, testigo de citas de amor y muerte y, desde allí, caminamos sin rumbo mientras yo iba guiando el camino un poco por el recuerdo, un poco
por los letreros. Veía a Roma con ojos nuevos y quería hacer lo que me exigieran el cuerpo y el alma. Cruzamos el Tevere y llegamos a Piazza Navona. La caminamos en
todo su largo y nos detuvimos frente a la Fontana dei Quattro Fiumi para dejarnos seducir por Bernini. Cuando por fin dejó de encandilarme con sus cuatro dioses
titánicos, empecé a recorrer la plaza con la mirada, deteniéndome en cada ventana, en cada charco formado por la lluvia, inventándome historias de enamorados,
observando a la gente disfrutar de la terraza de una de las gelaterías más famosas. Ése era el secreto, sólo disfrutar. Yo ya sabía que en esta ciudad no podía hacerse otra
cosa y así comprendí a los italianos y su pasión por poner arte en cada cosa de la vida. Fue en esta piazza, de pie junto a una esfinge, pero de las que piden monedas a
los turistas, donde un día me prometí a mí misma que viviría en Italia. Y así lo hice. Un año de excedencia en el trabajo, un amor y una hija después regresaba a Buenos
Aires.
Caminando por estas calles uno puede sentir como la historia va asomándose a los balcones, hasta las enredaderas tienen algo para contar de todo lo que han visto y
a mí me aseguraban que, en alguna otra vida, yo también había pertenecido a esta urbe. Roma se alza orgullosa frente a mis ojos, como una fémina que sabe de su
hermosura y no la esconde.
En la Piazza della Rotonda está el Panteón, imponente sí, pero no embriagador. Es menos soberbio que el resto de edificios y monumentos, aunque eso no le quita
su magnitud, tal vez porque su tiempo de esplendor es más remoto o por la finalidad para la que fue construido. Tanta belleza aturde, ya lo dijo Stendhal, será por eso
que, embrujada ante tanta maravilla, volví a quedarme sin aliento cuando, al girar la esquina, se descubrió glamorosa delante de nosotras, la Fontana di Trevi. Es
impúdica exhibiendo su grandeza, casi desafiante diría y a su vez es como una madre protectora que acoge en su regazo a centenares de hijos. Dicen que si arrojas una
moneda de espaldas a la fuente regresarás a Roma; yo creo, en cambio, que las monedas son el precio a tanta exquisitez y el hacerlo de espaldas es para evitar que tanta
perfección te ciegue. Y lo de regresar… bueno, es imposible no hacerlo.
La Piazza di Spagna y la Vía Condotti son el centro del refinamiento. No puedo más que sentir envidia cuando veo a las mujeres italianas siempre elegantes aún sin
pretenderlo. Uno de mis tantos vicios, cada vez que llego a una ciudad, es buscar el café más bonito para sentarme en una de sus mesas y disfrutarlo. No me importa dar
mil vueltas, ni tener que recorrer toda la ciudad, jamás me siento en el primer lugar que encuentro. Se trata de una elección minuciosa que debe reunir determinadas
características, a saber: elegancia, buen gusto, música agradable y tranquila a un volumen muy bajo, gente que no grite sino que converse a un nivel casi inaudible y una
atención esmerada. El porqué de tanto remilgo es porque voy a tomarme ese tiempo para encontrarme conmigo misma, para sentir el lugar y ver qué es lo que provoca
en mí y, también, porque así me gustan los cafés. Ese sitio lo había encontrado, en mi primer viaje, a escasos metros de la Piazza di Spagna y es el Antico Caffé Greco
que posee, además, otra cosa que lo hace para mi aún más fascinante, su historia que empieza con un inmigrante griego que inauguró este primer café de Roma en el año
1760. Durante los siglos dieciocho y diecinueve se convirtió en el favorito de los artistas extranjeros que vivían y trabajaban en La Ciudad Eterna. Sus espejos fueron
testigos de tertulias con el famoso Búfalo Bill y de discusiones literarias protagonizadas por Keats o Goethe. En sus veladores de mármol, músicos como Listz, Bizet o
Wagner compusieron algunas de sus más destacadas obras. Disfrutar de un café en Greco y caminar por las calles de la ciudad son dos cosas que levantan la autoestima
de cualquiera. Los romanos son, seguramente, los que inventaron el piropo, acostumbrados a vivir rodeados de tanta belleza la celebran a cada paso.
Roma guarda secretos que son sólo suyos y que cada uno de nosotros le vamos sumando cuando la visitamos. Es una ciudad que no sabe no despertar pasiones. Ella
en sí misma se convierte en amante. Cómo no redundar en palabras de admiración para con la más fiel de las amantes que, a través de los siglos, siempre se mantiene
majestuosa y que, cada vez que la veo, me hace sentir como si fuera la primera vez, pero con la complicidad de una vieja amiga.
Era muy tarde cuando regresamos al hotel, mi primer día llegaba a su fin y había que digerir tanta emoción.
7 – De Vacaciones en Roma a un Té con Mussolini
“Si no fuera porque considero
que soy esclava del deber, (…)
esta noche no hubiese vuelto…
y tal vez nunca.”
Audrey Hepburn en Vacaciones en Roma
Con coche alquilado, equipaje, GPS y muchas ganas, emprendo mi verdadero viaje encomendándome a la diosa de los caminos y ruedo rumbo a la Toscana, con
combustible y buen humor. Estoy lista para iniciar el viaje hacia el más acá, soy Thelma sin Louise, que se despide de mí en el hotel con unos mates recién hechos. Esto
recién empieza…
Paso por delante del Coliseo cuando el rayo del sol cae perpendicular en el cenit del mediodía. Ah, los cielos de Roma son algo que siempre me ha fascinado, con sus
atardeceres entre tonos rosados y anaranjados y su fondo en celeste nítido. No sé si será porque es una tierra entre mares, pero se puede leer en sus nubes como si
fueran la borra del café. Y ya que he nombrado el café, el cappuccino italiano debería estar entre una de las maravillas del mundo, entre su aroma y la

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