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Aloha, baby – Laura Morales

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laura interviu

Elena Bennett no podía dejar de
mirar el correo electrónico de su agente

literario. Lo leyó no una ni dos veces,
sino siete, pues no podía creer lo que le
decía. «Lena, estás acabada. O escribes la
novela de tu vida, o tu carrera como
escritora se irá al garete», rezaba aquel
email. Cierto era que Topanga Martell
no era muy habladora, pero decía las
cosas tal y como eran; eso le gustaba de
ella. Sin embargo, Elena era todo lo
contrario, no decía nada malo de nadie
con tal de no hacer daño.
«Esa forma de ser te traerá
problemas», le insistía Topanga una y
otra vez, pero no podía ser cierto, ella
era buena persona y así se lo decían sus
fans, los que habían comprado sus más
de setecientos mil ejemplares de su
primera novela, lo que la situó entre los
best seller más vendidos. Su segunda
obra superó a la anterior, al igual que la
tercera, pero ya no tenía más que contar.
Llevaba más de cuatro meses sin
escribir una sola palabra; las críticas de
su cuarto y último libro la habían
sumido en una depresión, la tachaban de
odiosa por matar de una terrible
enfermedad al protagonista principal.
Nunca pensó que el final de esa historia
también sería el suyo.
Algunos seguidores seguían
apoyándola, pero las malas reseñas en
los medios de comunicación acabaron
hundiéndola.
—¡La gente es cruel! ¿No saben
distinguir entre ficción y realidad? —
repetía Elena en todas las entrevistas
que le hacían. Pero no, la gente no
parecía entender la diferencia—.
¡¿Acaso la gente odia de esta forma a
George R. R. Martin por matar a todos y
cada uno de los protagonistas de sus
libros?! —gritó en su última
intervención de radio.
Incluso el propio George llamó al
programa para darle ánimo, gesto que
ella agradeció, pero apenas sirvió de
nada; acabó llorando en el baño del
edificio donde grabaron dicho programa
de difusión nacional.
Pulsó el botón de responder y
escribió: «Angy, ¿algún día dejarán de
odiarme, insultarme o amenazarme?». Le
dio a enviar.
Tan solo unos minutos después
obtuvo respuesta de Topanga: «Escribe
una gran obra y te conseguiré la mejor
editorial, te lo prometo. Haz que se
olviden de todo y que te respeten de
nuevo. Yo confío en ti. Sé que
conseguirás hacerme suspirar, reír y
llorar, como hiciste con Sueños de
verano».
«Y ¿cómo lo haré? Estoy tan
deprimida que no sé qué más hacer»,
respondió.
Y una vez más, recibió un email de
su amiga: «Lena —así la llamaban sus
más allegados—, tienes la casa pagada y
mucho dinero ahorrado, ¿por qué no
haces un viaje? Sal de Los Ángeles, no
sé, ve a Europa. En Ibiza tienen unas
playas paradisíacas estupendas. Pero
hazlo ya, antes de que sea tarde para ti,
hazme caso, no quiero verte mal. Te
acompañaría, pero te recuerdo que
acabo de dar a luz…».
Elena sonrió. ¿Cómo iba a olvidar
al rechoncho bebé que sostuvo en sus
brazos hacía apenas dos meses y que iba
a ser su ahijado? Topanga era su mejor
amiga desde que, hacía ya diez años, se
convirtió en su agente. Era una mujer
preciosa, con una larga melena rubia,
ojos azules y tan alta que con tacones
medía casi un metro noventa.
Sin embargo, ella no era nada del
otro mundo; con el pelo castaño, ojos
azules más bien tirando a verdes y
delgada, apenas llegaba al metro sesenta
y dos. Topanga era estilosa, con un gran
gusto para la ropa, y Elena prefería
vestir vaqueros rotos con camisetas de
tirantes de colores chillones o imágenes
y frases de sus películas y series
favoritas.
Mientras Elena disfrutaba de una
película y palomitas sentada en el sofá y
rodeada de sus dos gatos, Topanga se
sumergía en fiestas, arte y teatro. Eran
tan diferentes, pero a la vez tan
parecidas que, rápidamente, su relación
profesional se convirtió en una sincera
amistad.
El aviso de otro email la sacó de
sus recuerdos.
«¿Sigues viva? ¿O ya te has muerto
de vaguería?».
Elena sonrió. No sabía cómo lo
hacía, pero siempre le sacaba una
sonrisa. Antes de responder, releyó la
cadena de correos y la idea del viaje no
le pareció tan mala. Comprobó su cuenta
bancaria y podía perfectamente salir de
allí y darse un buen capricho. Pero… ¿a
dónde iría? Recordó que hacía unas
semanas le llegaron por mensajero un
montón de guías de viaje, «regalo» de
Topanga —una indirecta en toda regla
—, así que se puso en pie y se acercó al
armario donde las guardó. Rebuscó en
varios cajones, pues realmente no se
acordaba de dónde las había metido.
Cuando al fin las encontró, sus dedos se
toparon con varias postales. Cogió una
de ellas y vio la preciosa imagen de una
ola en todo su esplendor. Giró el papel y
leyó el texto:
3 de julio de 2012
Aloha, Lena!
No te imaginas lo
precioso que es todo
esto, jamás había visto
unas aguas tan
cristalinas, se puede
ver el fondo hasta casi
cien metros de la
orilla. La casa que he
alquilado es enorme
para mí sola… Deberías
venir a verme.
Te quiere, Heeni (es mi
nombre en maorí).
Buscó más postales y encontró una
más actual, del mes posterior.
2 de agosto de 2015
Aloha!
Lena, cada día te echo
más de menos; ahora que
eres una escritora
famosa, podrías venir
una temporada a vivir
conmigo, ¡ni te
imaginas la de chicos
guapos que hay por
aquí! Estos surfistas
de piel morena me
tienen loca… El
restaurante va viento
en popa, lo que quiere
decir que seguiré
teniendo trabajo por
una larga temporada. En
serio, tienes que
venir. No tendrás que
gastar nada, excepto
los caprichos que
quieras. Aquí hay cosas
maravillosas. Llámame
cuando estés decidida.
Un millón de besos.
Heeni.
Elena ladeó la cabeza con una
sonrisa. Jane era su prima adoptiva, de
rasgos asiáticos, piel morena y cabello
largo y negro. Era seis años mayor que
ella y, aun así, fueron inseparables. Sus
tíos, John y Rosaline, la adoptaron con
doce, cuando la escritora solo tenía seis.
Un año después, se enteraron de que sus
padres no se amaban en realidad y de
que la adoptaron para que John y Peter,
que eran pareja desde hacía muchísimos
años, pudieran tener hijos. En aquella
época, Elena aún era muy pequeña para
entender todo eso, pero ella no se
extrañaba por ver a su tío de la mano de
otro hombre. «Se quieren, por eso se
besan», repetía ella una y otra vez.
Cuando cumplió los diez, Jane y ellos le
explicaron todo con detalle. Si ya los
quería, al contarles su gran historia los
amó todavía más.
Jane se marchó a Maui por trabajo.
En Los Ángeles la cosa estaba muy mal
y recibió una oferta de empleo como
camarera en la isla y no dudó en
aceptarla. Hacía cuatro años que se
había ido de la casa que ambas
compartían y Jane no era consciente de
que la echaba muchísimo de menos,
sobre todo ahora, en el momento tan
delicado en el que se encontraba.
En ese instante sonó su teléfono
móvil y se dio tal susto que todas las
postales se le cayeron al suelo. Fue en
busca del aparato y, sin mirar la
pantalla, contestó.
—¿Sí? —Se agachó y recogió las
cartulinas.
—Hola, cielo, ¿cómo estás hoy?
—Hola, tío Peter. Estoy bien.
Acabo de encontrar unas postales de
Jane.
—Ay, mi pequeña…
—Ya no soy una niña, tío, tengo
treinta y dos años.
—Siempre serás nuestra chiquitina.
Prometí a tu madre en su lecho de
muerte que cuidaríamos de ti.
—Y estáis cumpliendo vuestra
promesa. —Sonrió.
—¿Vendrás a comer hoy? Tu tío ha
preparado lasaña.
—¡Lo que queréis es ponerme
gorda!—No es cierto; gorda no, solo
cebarte un poquito…
—¡Mentira! ¡Queremos ponerte
muy gorda! —escuchó de fondo los
gritos de su tío de sangre.
—De acuerdo, iré, porque tengo
que daros una noticia.
—¿Al fin te has quitado las
telarañas con alguien que no es
Andrew?
—¡Peter! ¡Eso no se le pregunta a
una sobrina!
—Vale, eso es un no.
—¡Tío!
—Bueno, bueno, te esperamos para
comer. ¡Un beso! —Y colgó.
Elena soltó una carcajada, era
increíble la facilidad con la que
hablaban de sexo con ella. Su madre no
había tenido la oportunidad de
advertirla de los riesgos de las
relaciones sexuales, pues murió de una
extraña enfermedad antes de que Elena
cumpliera los siete años. Ellos sí le
contaron todo lo que debía saber y cómo
protegerse. Incluso cuando era
adolescente le compraban preservativos
para que fuera responsable. A pesar de
ser tan «enrollados», tenían miedo, tanto
por ella como por su hija Jane, ya que
ambas habían tenido unas cuantas
parejas y algunas de ellas bastante…
raras. Por suerte, las dos eran ahora
adultas y responsables.
Dejó las postales sobre el
escritorio, encima del teclado de su
carísimo iMac, y se cambió de ropa.
Eligió unos vaqueros rotos y una
camiseta de tirantes con una estrella
estampada, rodeada de lentejuelas
doradas. Se puso sus tacones favoritos y
se dio un poco de maquillaje. Se peinó
el cabello castaño en una coleta alta y se
miró en el espejo de pie que tenía en el
baño. Había adelgazado mucho desde
que comenzó con la depresión, al menos
había bajado tres tallas y perdido como
diez o doce kilos. Apenas comía y solo
de pensar en alimentos le entraban
náuseas, aunque, por su familia, haría el
esfuerzo.
—Elena, van a matarte —le dijo a
su reflejo.
Cogió su bolso, metió el móvil y,
tras comprobar que llevaba las llaves de
casa, salió de la vivienda. Llegó al
garaje privado de la finca y montó en su
querido Mini Cooper de tres puertas de
color azul.
Arrancó y se dirigió al hogar de sus
tíos.
La urbanización donde Peter y John
vivían era muy tranquila, apenas había
gente que molestara, pues solo podían
entrar si tenían un permiso especial. Por
suerte, Andrew, el perenne vigilante que
estaba en la entrada, ya la conocía y le
abrió la gran puerta de hierro con una
amplia sonrisa.
Andrew era tres años mayor que
ella y muy atractivo: rubio, de ojos
azules y piel pálida. Salieron en un par
de ocasiones, pero la cosa no funcionó
—un par de noches de sexo sin
compromiso y poco más—; seguían
siendo amigos, como antes de que
ocurriera algo entre ellos.
Cuando llegó a la finca de la
familia, la cual le traía un millón de
buenos recuerdos a la mente, se dio
cuenta de que John y Peter la esperaban
en el porche, sentados en el balancín de
madera que construyeron entre los
cuatro años atrás. Al verla aparcar el
coche, acudieron a su encuentro.
John, su tío materno, del que había
sacado el cabello castaño y los ojos
verdes, la estrujó tan fuerte entre sus
brazos que casi la dejó sin respiración.
—¡Mi pequeña Lenni! —Así la
llamaba cuando se encontraba
«ñoño»—. ¡La Virgen Santa! ¡Qué
delgada estás! —Manoseó todo su
cuerpo, en «busca» de algo de carne
donde pellizcar.
—No es para tanto —respondió
ella quitándole importancia, no quería
hablar con ellos de su depresión.
—No le hagas caso, yo te veo
preciosa. —Peter la abrazó con cariño y
la besó en la mejilla—. Vamos dentro,
tenemos un regalo para ti.
—¡Eh! ¡Que era sorpresa! —se
quejó su pareja, que le dio un golpe en
el brazo.
—¡Da igual! ¡No le he dicho qué
es!
Elena meneó la cabeza con una
gran sonrisa. No iban a cambiar nunca.
Mientras ellos seguían discutiendo,
entró en la casa y un increíble olor a
canela inundó sus sentidos: John había
hecho sus famosas y deliciosas galletas.
Fue directa a la cocina y, sobre la
encimera, encontró el plato a rebosar de
dulces. Se dispuso a coger una, pero se
llevó un buen manotazo por parte de su
tío.
—¡Ni se te ocurra! —la increpó,
señalándola con el dedo—. Siéntate
ahora mismo a la mesa, que voy a servir
la comida.
—¿Te apetece vino? —le ofreció
Peter mientras se echaba hacia atrás el
cabello, rojo como el fuego.
—El psicólogo me aconseja no
beber… Pero bueno, una copa no creo
que me siente mal.
—Solo una, te lo prometo.
—Vale.
Llenó las copas y se sentó. John
sirvió los platos y echó un buen trozo de
lasaña en el de su sobrina. Esta pinchó
un trozo y se lo llevó a la boca.
—Dios. ¡Está buenísima! ¡Cada vez
te sale mejor!
—Mi truco es echar un poco de
nata antes de la bechamel. —Le guiñó el
ojo.
—Es que eres muy buen cocinero.
—Peter le cogió de la mano y le besó en
los labios con cariño.
Elena los miró con adoración. Ya
tenían casi cincuenta y ocho años, pero
se amaban como el primer día. Era tan
feliz por verlos así de enamorados que
incluso sintió celos de su cariño. Ella
también quería algo así, un amor que
durara hasta el fin de los tiempos, sin
que nada ni nadie pudiera hacerlo
desaparecer. John estaba en paro tras
ser despedido de la empresa donde
trabajaba, a la que denunció
posteriormente por amenazas. El juicio
había salido tan bien que le tuvieron que
indemnizar con una importante suma de
dinero. Entre eso, con lo que tenían
ahorrado y con el trabajo de Peter como
agente de viajes, era suficiente. Además,
a John le encantaba ocuparse de las
cosas de casa.
—¿Cómo estás? —Su gozo en un
pozo. Peter ya había sacado el tema de
la depresión.
—Mejor. Sigo disgustada, pero al
menos ya duermo por las noches —
mintió. —Sabemos que no es cierto. No
somos tontos.
—No quiero preocuparos. No soy
vuestra hij…
—Ni hablar, jovencita —la
interrumpió John—. Que no seas nuestra
hija no quiere decir que no nos
preocupemos por ti. Te queremos tanto o
más que a Jane. Y estamos algo
inquietos por tu salud.
—Lo siento —se disculpó y dio un
trago al vino—. Es cierto que no estoy
bien, pero he mejorado mucho.
Deberíais daros cuenta, si no fuera así,
no habría venido.
—Tienes razón —dijo Peter,
cortando un trozo de pan—. Al menos,
es un gran paso.
—¿Y bien? ¿Cuál es ese regalo que
tenéis para mí? —preguntó ella,
cambiando de tema y disfrutando de
cada bocado. Hacía meses que no comía
tan bien. Viviendo sola, tiraba de
comida basura. Y eso, el día que comía.
—¿Se lo dices tú o lo hago yo? —
propuso John.
—Hazlo tú, es tu sobrina de sangre.
—¿Ocurre algo? —Lena dejó el
tenedor a un lado.
—Nos vamos a casar.
—¡¿Quééé?! ¡¿En serio?!
Todavía cogidos de la mano, los
dos hombres sonrieron con lágrimas en
los ojos.
Elena soltó un grito de alegría.
Rápidamente, se levantó de la mesa y
los abrazó a la vez, con tanta fuerza que
casi se cayeron los tres al suelo.
—¿Y dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo? —
los avasalló a preguntas.
—Tenemos fecha para el año que
viene. En junio. Y será aquí, en Los
Ángeles, tenemos un amigo que es juez y
trabaja en el juzgado —respondió Peter,
secándose las lágrimas.
—No os podéis imaginar lo feliz
que me hacéis. —Ahora, comenzó ella a
llorar—. Habéis luchado durante años y
años para conseguirlo.
—No llores, te lo ruego —pidió
John, aún con los ojos vidriosos—. Si
seguimos así, nos vamos a deshidratar.
—Se limpió los restos húmedos con la
servilleta y se acopló de nuevo en la
silla—. Terminemos de comer o se
enfriará. Luego seguimos hablando.
Tras acabar la lasaña entre risas y
alegría, recogieron la mesa y se
sirvieron café, tradición española que
los hombres adoptaron gracias a unos
vecinos que venían del lejano país.
Elena lo agradeció, pues tras la copiosa
comida sentía que el sueño se apoderaba
de ella.—
Tienes que prometernos que
vendrás a la boda con una pareja y que,
al menos, conozcas de un mes. Y no, no
vale un amigo —rogó John, acariciando
el hombro de su sobrina.
—No puedo prometer nada. Sabéis
que ninguno parece admitir que soy
tradicional y que no me va lo raro.
—Ya verás como algún día
encontrarás a alguien que ame tus
tradiciones. —Peter estaba convencido
de ello, tanto que le contagió su
optimismo.
—Tengo que contaros algo… —
dijo ella en tono misterioso. Acababa de
tomar una decisión.
—¿Qué ocurre? —preguntó John
con preocupación.
—Me voy a Maui.
CAPÍTULO 1
Aún tenía el grito de sus tíos
grabado en la mente y los oídos. Al
final, acabó siendo sincera con ellos y
les contó lo mal que lo estaba pasando y
las recomendaciones de Topanga, a la
que ellos mismos le dieron la razón. Su
agente era una mujer sabia y era obvio
que el viaje le vendría bien.
Acababa de despedirse de ellos y
arrastraba por el aeropuerto su pequeña
maleta de color mostaza hacia la puerta
de embarque. Apenas llevaba ropa para
un par de días, pues tenía pensado
vaciar las tiendas donde vendieran
bikinis y pantalones deportivos. Iba a
pasar tanto tiempo bajo el sol que la
iban a confundir con una nativa de la
isla.
Peter trabajaba en una
conocidísima agencia de viajes y le
consiguió una súper oferta para el
billete de ida. Cuando montó en el avión
le asignaron su asiento en business, al
lado de la ventanilla, pues a ella le
encantaba ir mirando las nubes. Le
prometió que, cuando decidiera volver a
casa, le encontraría un

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