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Libro PDF Amanecer en África – Scarlett Butler

 Amanecer en África – Scarlett Butler

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gran cariño, pues pasaban tantas horas en el hospital juntos que al final eran una gran familia. Sarah le sonrió y tras darse un tímido abrazo, miró el hospital por última
vez, ya que muchos meses transcurrirían antes de volver a tener esa fachada frente a ella.
Recordó en ese momento las palabras del doctor Ferguson y es que cuando llegó allí era un desastre y muchos días volvía a casa llorando. Rememoró los fallos que
había cometido, las interminables rondas, los difíciles momentos siendo una interna, acostumbrarse a los tediosos turnos, la alegría de ver a los enfermos curados, el
dolor de las familias al ver a sus seres queridos morir… Una lágrima traicionera se escapó de uno de sus ojos, pero rápidamente se la secó con el dedo. No debía llorar
porque estaba a punto de cumplir otro de sus sueños. El primero fue estudiar Medicina y llegar a ser cirujana. Este había comenzado cuando en segundo curso visitó la
universidad una doctora que trabajaba con una ONG y admiró su trabajo de tal manera que decidió que ella haría eso algún día. Y, por fin, ese momento había llegado.
Era la hora de dejar atrás todo aquello, incluyendo a su familia y amigos. Sarah apenas se dio cuenta de que había comenzado a llover hasta que alguien pronunció su
nombre sacándola de sus recuerdos que la absorbían por completo.
—Sarah… –dijo alguien a su espalda. Ella reconoció esa voz, aunque deseaba que no fuera real sino un mal sueño. Era Joseph, su aún marido.
—¿Joseph? –preguntó desconcertada. ¿Qué demonios hacía allí si ya no tenían nada de lo que hablar? Bueno, más que hablar, discutir, porque era a lo que se habían
dedicado durante los últimos meses. Pelea tras pelea, esa situación los había consumido.
—Te estás empapando, cariño –le dijo Joseph cubriéndola con su paraguas. Tenía su pecho a la altura de sus ojos debido a la baja estatura de Sarah. Ella alzó la vista
para encontrarse con sus oscuros ojos. Lo tenía a apenas dos centímetros y no tenía el más mínimo sentimiento hacia él, aunque lo que Joseph sintiera era otro cantar.
—No sé qué haces aquí y no me llames cariño más. Tengo que marcharme –le dijo intentando salir de debajo del paraguas, pero él la había agarrado por la cintura con
la mano libre y Sarah no podía librarse fácilmente. Forcejearon un momento, pero sólo consiguió que la acercara más a él y que él aprovechara su cercanía para posar sus
labios sobre los de ella. Fue un beso duro y torpe con el que quería demostrar su dominio, como siempre. Él era quien mandaba, quien decía adónde iban, cómo se vestía,
a qué fiesta asistían. Pero eso ya era el pasado, luchó por escaparse de ese beso que sólo le producía arcadas y dolor–: ¡Ya basta! –le gritó soltándose de golpe y
alejándose de él, mojándose con la lluvia de nuevo.
—No basta, Sarah. Ya has demostrado que eres una mujer independiente y que te gusta tanto tu profesión como para irte al tercer mundo a sufrir como aquella gente
que no tiene nada que ver contigo. Cariño, no es necesario que cojas ese avión mañana. Yo estoy aquí –le dijo tendiéndole la mano para que la cogiera y se fuera con él a
su existencia cómoda y tranquila donde la infelicidad gobernaba su vida por completo.
—Precisamente es de eso de lo que huyo, Joseph. Mira, no quiero hacerte daño, pero necesito irme. Sabes que entre nosotros todo ha acabado, no lo empeores. Deja
que mantengamos el recuerdo bonito de lo que vivimos, no lo estropees más –rogó Sarah a un Joseph contrariado.
—¿Tan mal te he tratado? Porque cuando íbamos a las fiestas, te compraba vestidos caros y tenías de todo, no oí salir de tu boca una sola queja –respondió con gesto
de enfado. Así que quería que hablaran de su matrimonio, en aquel momento, bajo aquella tremenda lluvia de verano, pues ella no se amedrentaría.
—¿Lo dices en serio? ¿Alguna vez te has parado a escucharme? Pero a escuchar de verdad mi opinión. Pasé de estar en las manos de mis padres a estar en las tuyas
sin apenas poder pronunciarme, porque siempre había alguien que sabía lo que era mejor para mí. Al principio de nuestra relación siempre te decía lo que quería y lo que
no, pero llegó un punto en que era inútil, porque tú nunca me has escuchado ni te ha importado lo que tuviera que decir. Con tal de llevarme como un trofeo estabas
satisfecho. Tú nunca me has querido realmente, sino que estás enamorado de la idea de pareja que hacemos y que cautiva a la prensa, pero eso terminó. Por fin me libero
de esas cadenas, de las tuyas, de las de mis padres, de las de la sociedad en la que vivimos. ¡Soy libre! –Fue en aquel momento cuando fue plenamente consciente de lo
que acababa de decir. Era libre, ya nadie le diría qué debía comer para mantener la figura, ni con quién debía salir por el bien de la carrera de su marido, un político
prometedor al igual que su hermano. Comenzó a andar alejándose de Joseph con una sonrisa en los labios, pero le duró poco tras escuchar las últimas palabras de su
todavía marido.
—Si mañana te marchas en ese avión, convertiré tu vida en un infierno. Más que el que vas a vivir allí.
*
Un nuevo amanecer comenzaba a dibujarse sobre la ciudad de Boston. Sarah se duchó y se preparó para su viaje. Desayunó poco, pues los nervios no le dejaban
comer nada. Tras revisar su apartamento por última vez, bajó las escaleras con la pesada maleta dado que vivía en un tercero sin ascensor y dejó las llaves en el buzón
de su amiga Nicole, la encargada de cuidarle la casa en su ausencia y su mejor amiga desde que se habían conocido en el hospital hacía ya tres años. Se conocieron cuando
Nicole acudió al hospital para extirparse unos lunares sospechosos y molestos. Tras analizarlos descubrieron que tenía un cáncer de piel en estadio dos y desde
entonces se hicieron inseparables. Sarah estuvo con ella durante todo el proceso que Nicole tuvo que pasar, no había dos amigas más unidas que ellas.
Cuando la conoció, su impresión fue bastante diferente, pues su amiga tenía la costumbre de acariciar su larga melena castaña y colocársela a un lado y a Sarah eso le
parecía un gesto bastante pretencioso. Si, además, se añadía que siempre iba impecablemente vestida, incluso a veces demasiado sexi, con unos tacones altísimos y el
eyeliner perfectamente dibujado para resaltar sus profundos ojos negros, la conclusión era que, debido a prejuicios infundados, no le había caído muy bien que digamos.
Sarah consiguió parar un taxi que la llevó hasta el aeropuerto. Tras unas horas en las que facturó, estuvo leyendo la información de la misión de las hermanas
marianas del Señor a la que se dirigía en Obandé, África. Allí la esperaban la hermana Agnes y el padre Maximilian. Su jefe de Boston le había asegurado que eran
personas muy cualificadas que se desvivían por la comunidad. Sarah pensó en todo el trabajo que tenía por delante, pues el hospital había sido creado hacía poco
tiempo y, prácticamente, era ella la que debía ponerlo en marcha. Un nudo se instaló en su estómago. ¿Y si no daba la talla? Desechó aquel pensamiento
inmediatamente, tenía muchas ganas de trabajar, era constante y bastante cabezona, así que haría todo lo que fuera necesario para sacar a flote aquel hospital.
Ella había sido otra persona durante años, la que ellos querían que fuese. No estaba bien porque aunque sonriera por fuera la habían estado matando por dentro. Se
acabó, no volvería a dudar de sí misma, de vivir su vida y hacer las cosas que la hicieran sentirse bien. A punto de abandonar su ciudad por un año, notó una presencia
que la miraba desde cerca, alzó la vista y vio a su madre mirándola sin saber si acercarse o marcharse. Sarah, impactada por verla allí, se quitó los auriculares y fue a su
encuentro.
—¿Mamá? –preguntó sin saber si abrazarla.
—Sarah, yo… –Su madre estaba emocionada y no podía hablar. Las lágrimas asomaron a sus ojos, pero era una mujer fuerte y siempre debía aparentar que todo
estaba bien, así que evitaría montar una escena a toda costa.
—¿Ha pasado algo? ¿Está bien papá? ¿Y Robert? –Quiso saber ella alarmada. No podía creer que su madre estuviera en el aeropuerto simplemente para despedirla.
—Todos están perfectamente, pero no quería que te marcharas de esta forma. Hija, yo sé que no comprendes nuestra forma de vida y que nunca la has compartido,
aunque no lo entiendo, te hemos educado como mejor sabíamos y jamás te ha faltado de nada –comenzó su madre por reprocharle.
—Mamá, por favor, no me quiero ir enfadada con vosotros, pero no me respetáis, es más, nunca lo habéis hecho. Siempre habéis querido imponer vuestro parecer,
yo he agachado la cabeza y he obedecido, aunque me asfixiara en el proceso. Tú, papá, hasta Joseph, todos me habéis tratado así. Entiendo que queríais lo mejor para la
familia, pero nunca os habéis parado a pensar qué quería yo y, por eso, tanto enfrentamiento, tanta discusión, aunque cuando aprendí que era inútil, lo dejé. Me he
ahogado tanto en esa vida vuestra que he tenido que alejarme de vosotros y volver a ser simplemente Sarah. Necesito ser yo de nuevo porque ahora mismo no me
reconozco. –Sintió hacer daño a su madre con sus palabras, pero la situación requería su sinceridad.
—Nunca pensé que te estuviéramos provocando semejante dolor y que te anuláramos de esa forma. Yo, como madre, siempre he hecho lo que creía que era lo mejor,
tanto para ti como para la familia. No quiero que te vayas en estas condiciones porque no sé si te vas con la certeza de que para tu padre y para mí eres lo más
importante y que te queremos, aunque no lo creas –dijo su madre con tristeza en su voz. Sarah apretó su brazo y ella posó su mano encima en un gesto de cariño que
jamás había tenido en público con ella.
—Lo sé pero vuestra forma de querer ha sido demasiado agobiante, de ahora en adelante todo será diferente. Dile a Robert y a papá que los quiero –terminó por decir
Sarah con la emoción apretándole la garganta. Su madre la abrazó y permanecieron en ese estado durante varios minutos hasta que oyeron que llamaban para el vuelo de
Sarah.
—Cuídate mucho, hija –dijo su madre rozando su mejilla con suavidad, limpiando el resto de las lágrimas que surcaban su rostro, ella asintió y caminó hacia la puerta
de embarque. Tras mostrar su DNI y enseñar el billete, se giró por última vez antes de embarcarse. Su madre le sonrió y ella, emocionada, subió al avión que la llevaría a
un nuevo destino que cambiaría su vida para siempre.
2
Sarah llevaba ya cuatro meses en la misión. Desde el día que llegó, su vida había dado un giro radical. En aquella mañana calurosa no parecía que estuviesen en
invierno con la Navidad a la vuelta de la esquina. Las temperaturas rondaban los treinta grados centígrados. Aún le costaba acostumbrarse al clima pues, en Boston, la
nieve en invierno era de lo más habitual. Extrañaba verla caer, ponerse el abrigo, el gorro junto a la bufanda, y pasear por las frías calles. Nicole y ella adoraban pasear en
los días nevados e ir a patinar. Su amiga no tenía a nadie, ella era su única familia y a pesar de entender su decisión se le había partido el corazón cuando le comunicó su
determinación de marcharse a la misión. Desde su llegada a Obandé no se había puesto en contacto mucho con su querida amiga porque la wifi del lugar a veces fallaba,
ese era el gran problema de estar a las afueras, las comunicaciones no funcionaban tan bien como en la capital y francamente la echaba mucho de menos.
—Sarah –le dijo la hermana Agnes sacándola de sus pensamientos–. Se te hace tarde para ir a recoger al nuevo doctor. Ya sabes que Mahmood no se encuentra bien
últimamente.
Mahmood era un voluntario que colaboraba con la misión de las hermanas siempre que podía, pues toda ayuda era poca en aquellas condiciones. Estaba cerca de la
cuarentena y tenía aspecto de cansado, como si hubiera vivido mucho en poco tiempo. Su pelo era corto y negro y tenía una complexión fuerte, además de ser bastante
alto. Iba bastante bien vestido, a pesar de sus humildes condiciones de vida.
—Es cierto, hermana. Me voy volando –le dijo Sarah cogiendo las llaves del jeep de la mano de la religiosa–. Y no se olvide decirle a Mahmood que esta tarde tiene
que venir a la consulta para que vea cómo se encuentra. –Con la sonrisa que jamás desaparecía del rostro de aquella menuda mujer se despidió con un gesto con la mano
y salió corriendo hacia el coche. La religiosa era una mujer muy bajita y delgada pero con un carácter fuerte, era resolutiva y no se apocaba ante nada. Con sus gafas
siempre colgando en el puente de la nariz, sus ojos celestes transmitían tanta paz que Sarah, con sólo mirarla, se sentía relajada y tranquila.
Tras media hora de viaje, llegó al aeropuerto. Sarah veía cómo salían por la puerta principal decenas de personas, pero ninguna se fijaba en su cartel, donde aparecía el
nombre del doctor Elliot Savannah. La gente siguió pasando y Sarah estaba empezando a impacientarse, así que comenzó a decir su nombre en voz alta, casi chillando,
por lo que los pasajeros y demás gente la miraban horrorizados e incluso hacían comentarios sobre aquel comportamiento, pero ella tenía muchísimas cosas que hacer y
no podía perder el tiempo.
—¿¡Doctor Savannah?! ¿¡Doctor Savannah?! –gritaba mirando a la gente que seguramente estaría pensando que era una loca, tenía tantas tareas pendientes en el
hospital que se estaba desesperando por recoger al nuevo doctor y marcharse a la misión de nuevo.
—Creo que ese soy yo –respondió una voz profunda a su espalda.
Sarah se dio la vuelta y vio al nuevo doctor. Un hombre alto, de pelo corto castaño, con unos profundos ojos marrones y un cuerpo bien definido. Sintió un
escalofrío al mirarlo a los ojos y un impacto directo en su corazón. ¿Eso era lo que se experimentaba al tener un flechazo? Ella nunca antes había sentido nada semejante,
no era capaz de articular palabra. Aquel hombre que tenía enfrente tan sencillamente vestido con una camiseta de manga corta blanca que marcaba claramente los
músculos de sus brazos, unos vaqueros azules desgastados y unas deportivas blancas, la miraba fijamente.
—¿Es usted de la misión?
—Sí, claro. Soy la doctora Collins –le respondió Sarah tras tragar saliva haciendo acopio de fuerza, pues se había quedado petrificada. A continuación, le guió hasta el
coche donde el doctor dejó su maleta y se sentó junto a ella en el asiento del copiloto. Sarah inhaló antes de entrar, pues ya habían pasado un par de minutos y aún le
costaba actuar de con calma. Dentro del coche fue aún peor, pues aquel hombre desprendía un olor que la hacía removerse inquieta y su estómago no dejaba de dar
saltos. Se concentró en la carretera y en la música que salía por la radio, pero no sabía qué decir, y finalmente fue el doctor el que empezó la conversación.
—¿Está muy lejos la misión? –Quiso saber el hombre.
—No, apenas se tarda unos treinta minutos –consiguió decirle ella sin apartar la vista del trazado sinuoso de la carretera.
—Perfecto. Estoy deseando comenzar a trabajar allí –le dijo él mirando por la ventanilla. Ella lo miró de reojo y vio que estaba ensimismado con las vistas al igual que
le ocurrió a ella el día que llegó–: ¿Cuánto tiempo lleva usted aquí?
—Cuatro meses –le dijo Sarah sin apartar la vista de la carretera.
—Si no le importa preferiría que nos tuteáramos ya que vamos a trabajar juntos –pidió el nuevo médico a la joven doctora que era incapaz de mirarle.
—Por mi perfecto –contestó ella muy escuetamente.
Pasados diez largos minutos en los que charlaron sobre el asfixiante calor que hacía, comentaron la vegetación que se encontraban a su paso y hablaron del largo viaje
hasta llegar a África, llegaron a la misión. Sarah nunca había deseado tanto llegar a algún lugar como en aquella ocasión, en el coche se estaba ahogando y no precisamente
por la temperatura que rozaba los cuarenta y tres grados centígrados, a lo que ya se iba acostumbrando. Ese hombre había provocado una gran impresión en ella y
necesitaba estar lejos de él, al menos durante un rato. En la entrada del Hospital les esperaban el padre Maximilian y la hermana Agnes.
—Bienvenido a la misión, doctor Savannah –le dijo el padre estrechando su mano.
—Bien hallado, gracias –contestó el doctor. El padre le presentó a la hermana Agnes, que lo recibió igual que hiciera con Sarah, con un conmovedor abrazo. El hombre
le sonrió y se apartó al instante, pues le resultaba demasiado próximo abrazar a una persona completamente extraña.
Sarah se excusó y salió pitando de allí, llevaba solamente media hora junto al doctor con el que debía trabajar codo con codo a diario, y ya no soportaba su cercanía.
¿Qué se suponía que iba a hacer? En la intimidad de su habitación abrió el paquete que le había entregado una de las religiosas al comenzar el día. Era de Nicole, siempre
tan atenta con ella, no olvidaba los momentos especiales y sabía que la Navidad no era una de sus épocas preferidas. Así que, de alguna manera, había querido estar
cerca de ella. Sarah abrió el envoltorio y se encontró con varios DVD que le enviaba Nicole. Eran algunas de sus películas favoritas. Las había tenido que dejar en Boston
por cuestión de peso, pero al verlas recordó cómo cada fin de semana las veían juntas en su casa. Para hacerla sentir algo más junto a ella le envió aquellas cintas tan
especiales acompañadas de una nota de mano de la propia Nicole.
¡Hola, cuqui!
Ya sé que estás muy ocupada pero no quiero que te olvides de mí ni de los momentos especiales que hemos vivido, así que para recordártelos te mando esto para
que cuando las veas recuerdes nuestras tardes hogareñas, con la mantita y las palomitas (y a veces los clínex). Espero que todo siga marchando perfectamente. Te
echo mucho de menos y te quiero mucho más.
Nic
Sarah se emocionó al leer la nota tan emotiva que su amiga le había mandado junto a las películas y vio que se trataba de las más especiales para ella, que era una
romántica empedernida y una apasionada de Fred Astaire y Ginger Rogers. Entre ellas estaban Swing time, Ritmo loco, Amanda y su favorita Sombrero de copa. Las
guardó en la mesita de noche con la intención de disfrutar de ellas en cuanto tuviese un hueco, pero cuando vio su preferida no pudo resistirse a ponerla en la disquetera
de su portátil. Buscó el momento en el que Fred baila con Ginger la canción de Cheek to cheek, su escena favorita de la película y tarareó la letra mientras los veía bailar
mejilla con mejilla, como decía la canción. Sarah siempre había querido aprender a bailar como ellos desde que era pequeña, y cuando no la veían ponía el DVD y los
imitaba extendiendo los brazos al aire como si el hombre de sus sueños estuviera danzando con ella.
Aún recordaba Sarah cómo Nicole sí que había sido un gran apoyo y había sido también de gran ayuda a la hora de decidirse…
*
Cinco meses atrás estaba en la tumbona de la piscina municipal a la que había acudido, ya que era su día libre, para dorar un poco su pálida piel, pues tenía complejo
de fantasma. Había llegado a la conclusión de que el sol no la quería porque daba igual el tiempo que lo tomara, siempre con protección, que no se ponía morena ni a
tiros. Estaba completamente relajada, se había puesto unas gafas de sol grandes, de esas que se llevan ahora, que le encantan porque la protegen entera y una pamela
color amarillo a juego con el bikini, de un tono también amarillo limón, su color preferido. Sarah, entonces, oyó que le llegaba un mensaje al Iphone. Cogió el móvil que
estaba dentro de su canasta, justo a su lado y al leerlo sonrió:
Nicole:
¡Sarah! Mueve tu culo de esa tumbona, quedamos para comer en Tommy’s en media hora y no acepto un no como respuesta. Se me ha vuelto a estropear el
WhatsApp. ¡Menuda mierda de móvil! Ya me podías comprar uno que estoy sin blanca. Por cierto, en el mensaje va implícito que invitas tú. ¡Un beso
doctorcita!
Así era ella, directa y sincera. Desde que se conocieron en el hospital antes de que la operaran, conectaron. Tras diagnosticarle un cáncer salían de tiendas y a comer,
siempre que Joseph estuviera en viaje de trabajo, porque aún por aquel tiempo Sarah seguía casada con él. A pesar de todo, su matrimonio era ya una farsa. Nicole la
ayudó en el duro trance de enfrentarse a él y decirle que hasta ahí habían llegado y que ya era suficiente, siempre había estado a su lado cuando la necesitaba.
Tras cambiarse de ropa, vestida con unos cómodos vaqueros y una camiseta de tirantes con flores, estaba preparada para reunirse con su mejor amiga y disfrutar de
ese tiempo juntas. Sarah llegó antes porque para Nicole lo de la puntualidad era un concepto abstracto, nunca había llegado a la hora de la cita. Eso era algo que a Sarah
la ponía de los nervios, pero ya se sabe que cuando quieres a alguien, debes aceptarlo como es. Media hora más tarde, Nicole apareció con su vestido palabra de honor
blanco muy por encima de la rodilla y sus tacones a juego, el pelo rubio en una coleta alta y maquillada como siempre. Ya ni siquiera se disculpaba porque daba por
hecho que era lo habitual.
—Uf, ¡qué calor hace por Dios bendito! –Fue lo primero que dijo antes de darle un abrazo y un beso; Sarah se rio a la vez que asentía con la cabeza–. Oye, ponme
una cerveza bien fresquita. Gracias, morenazo –le dijo a uno de los camareros que pasaban por su lado en ese momento. Su teléfono sonó y contestó inmediatamente.
Nicole ponía caras porque la llamaba su jefe que no la dejaba respirar ni estando de vacaciones.
—No entiendo por qué permites que te moleste en vacaciones, que se ocupe otra –le dijo Sarah al colgar.
—¿Y qué quieres que haga? No está la vida como para ir quejándose. Además, s ólo quiere desahogarse conmigo porque nadie hace mi trabajo tan bien como yo. Mi
jefe necesita gente eficaz y, perdona que te lo diga, cariño, pero para eficiente, yo –contestó ella empolvándose la nariz mientras hablaban.
—¿Pero es que no hay más secretarias eficientes en esa empresa? Además, la sede de Collider está en España, ¿por qué tiene que contactar contigo cada dos por tres?
¡Si tú vives en Boston!
—Sí, es cierto que la central está allí, pero en Boston tienen oficina también y al estar mi jefe de baja, yo soy la más antigua. Las nuevas, Elise y Emma, acaban de
llegar y aún están a años luz de mi experiencia, pero la verdad es que yo creo que le gusto al señor Robertson.
—Ya te gustaría a ti, con esa mujer que tiene y lo enamorado que está de ella, pero de ilusiones también se vive –le dijo Sarah para hacerle rabiar, y es que su jefe
estaba como un tren. Pero, por desgracia para el resto de féminas, estaba muy enamorado de su mujer, que era su antigua secretaria. Estaba embarazada y había cogido la
baja para disfrutar de su estado sin estrés, o eso era lo que a su marido se le había metido entre ceja y ceja. Nicole hizo una mueca de desagrado al comentario y lo ignoró
por completo.
—Espero que hayas traído suficiente dinero porque me muero de hambre y estoy sin blanca. Me lo he fundido todo en las vacaciones en el Caribe.
—Eso, tú dame envidia –respondió Sarah tirándole una servilleta de papel hecha una pelotita.
—¡Dios, Sarah! Tenemos que ir allí, aquello es el paraíso. Hay una de hombres que madre de mi vida –dijo Nicole llevándose la mano al pecho, actuando como solo
ella sabía, y es que era un poquito dramática.
—¡Pero si tú tienes novio! Que, por cierto, ¿cuándo se va a obrar el milagro de que me lo presentes? Yo creo que ya va siendo hora, no te preocupes que no te lo
pienso quitar –siguió bromeando.
—Ni se te ocurra. Este me encanta, Sarah. Me hace sentir especial y hasta me estoy planteando algo más en serio con él. Ya sabes que me resulta difícil decir la
palabra «novio», pero con él estoy a punto de pronunciarla –dijo sonrojándose. Era la primera vez que Sarah la veía ruborizarse al hablar de un hombre, muy especial
debía ser.
—¡Pero cómo no me lo cuentas! Ahora sí que tengo que saber todo de él –grit ó ansiosa y queriendo saber mucho más del hombre que iba a conseguir que la gran Nic
«devorahombres» como la llamaban desde el instituto, sentara la cabeza.
—Ya hablaremos de eso, ahora lo que me interesa es saber si ya has tomado una decisión en cuanto a lo de África. Sabes que no quiero presionarte y por eso hemos
estado evitando el tema, pero, cuqui, tienes que decidirte –dijo Nicole empleando el apelativo cariñoso que siempre usaba.
—Es que no sé, Nic. ¿Y si es un fiasco? En la misión esperaban a mi jefe y voy a llegar yo, que no tengo ni la mitad de su experiencia. Además, estás tú, no quiero
dejarte sola, y mi familia que, como siempre, no me apoya –se lamentó Sarah apoyando la mejilla en la mano que tenía sobre la mesa.
—Por favor, Sarah, una persona sola no puede pensar en tantas cosas, le daría un infarto. Vamos por partes. T u jefe confía en ti y sabe que lo vas a hacer
estupendamente o si no jamás te lo hubiera propuesto y lo sabes. Tu familia, ya sabemos cómo son, cariño, de dónde no hay, no se puede sacar. Y respecto a mí, claro
que te voy a echar de menos, pero me hace feliz saber que vas a cumplir uno de tus sueños. Nunca me perdonaría ser la persona que te impidiera alcanzarlos por puro
egoísmo –sentenció Nicole con aquel monólogo, que la dejó algo más tranquila al saber que siempre contaría con su apoyo incondicional.
Y así fue cómo se decidió finalmente a aceptar el trabajo en Obandé, no por hacer rabiar a su familia. En ese momento, ni siquiera se trataba de cumplir un sueño. El
apoyo de Nic había hecho que comprendiera que contaría con ella toda la vida, se equivocara o no, actuara mejor o peor, ella siempre estaría a su lado. Como se suele
decir, los amigos son la familia que elegimos y Nicole la había elegido a ella.
*
A la hora de la comida, Sarah no tuvo más remedio que entrar al comedor y sentarse junto al resto de comensales. El doctor Savannah estaba hablando con el padre
Maximilian tranquilamente en un extremo de la mesa, por lo que eligió posicionarse al otro lado junto a la hermana Agnes. Comió con cierto nerviosismo, pues de vez en
cuando el doctor la observaba y una simple mirada de él la hacía sentirse inquieta. Sus ojos, profundos y penetrantes no mostraban ninguna emoción, no conseguía
descifrar en qué estaba pensando. En cuanto terminó de comer se fue al hospital rápidamente para hacer la ronda de los enfermos que tenía hospitalizados. Se puso la
bata blanca en el pequeño cuartito que hacía las veces de vestuario, pero al salir se tropezó con alguien.
—Perdón –dijo ella sujetándose al pecho del hombre con el que acababa de chocar, no fue necesario alzar los ojos para saber que se trataba del doctor Savannah, pues
su olor le delataba.
—No te preocupes –contestó apartándose de ella–. Has salido tan deprisa del comedor que casi no me ha dado tiempo a seguirte.
Sarah se quedó mirándole extrañada, porque no sabía a qué se refería. ¿Por qué la seguía? De nuevo, la inquietud en su cuerpo junto al vaivén que sentía en el
estómago al tenerlo tan cerca. El doctor debió de adivinar sus pensamientos porque enseguida la sacó de dudas.
—Porque se supone que trabajamos juntos ¿no es así, Sarah? –pronunció su nombre de una forma que a ella le pareció tan erótica que era imposible no sentir el deseo
que la invadió por completo. Sin poder evitarlo se concentró en sus labios y se imaginó besándolos, obligando a su labio inferior a abrirse para introducir su lengua y
buscar la de Elliot, saborearla, deleitarse en un beso profundo y delicado. ¿Sería así?–. ¿Sarah?
—Cla… claro, perdóneme, es que quería ver a mis pacientes y al estar haciendo todo esto sola desde que he llegado no me he dado cuenta… –Quiso excusarse ella sin
mirarle a los ojos, no entendía por qué pero su mirada tenía un efecto electrizante en ella. Comenzó a girarse cuando el doctor la agarró del brazo girándola frente a ella y
casi en un susurro le contestó.
—Ya no tendrás que hacer nada sola, Sarah. Yo estoy aquí. –Esas simples palabras junto a su delicioso olor y su mirada penetrante dejaron a Sarah clavada en el
suelo–. Y recuerda que nos tuteamos, llámame Elliot.
3
Tras el encontronazo con el doctor en el hospital después de que Sarah huyera del comedor como alma que persigue el diablo, se concentró en su trabajo para olvidar
lo que aquel desconocido le había hecho sentir desde que había llegado. Cansada, una vez que anocheció se fue a su cabaña a descansar. Se preguntaba qué podía haberle
pasado a aquel atractivo médico para viajar hasta aquel recóndito lugar a trabajar junto a ellos. Aparentemente, parecía una buena persona, educada, dispuesta y
bastante reservada, no sabían mucho de por qué había tomado la decisión de ir a ayudar, ni tampoco le había preguntado al padre Maximilian ni la hermana Agnes, que
eran los que llevaban todo el peso de la misión, pero le intrigaba bastante. En su caso fue porque llevaba años deseándolo pero también era una liberación, un cambio de
vida que ansiaba tanto como el respirar, lejos de las discusiones familiares, las poses fingidas, el desamor de Joseph… En definitiva, se había visto empujada en parte
por terminar con aquella vida que la ahogaba y en la que no era más que una marioneta. Tras rememorar los dolorosos recuerdos que siempre la acompañaban, Sarah
apagó la luz con la esperanza de conseguir ser feliz en aquel recóndito lugar. Al cerrar los ojos volvió a su mente la imagen del doctor Savannah agarrándola firmemente
del brazo mientras la observaba con aquella intensa mirada color caramelo. ¿Qué mejor lugar que ese para perderse?
*
Al día siguiente, Sarah cogió algo del comedor para desayunar y fue corriendo al centro hospitalario donde la esperaban sus pacientes, allí se encontró con el nuevo
médico que la aguardaba impaciente.
—Buenos días, doctora, por lo que veo no te ha dado tiempo a desayunar –comentó viendo cómo Sarah tenía un bollo de chocolate en la boca mientras cargaba varias
carpetas en sus brazos. Avergonzada por lo cómico de la situación dejó las carpetas en la mesa de la recepción y se quitó el bollo de la boca.
—¿Tú ya has desayunado? Es muy temprano, apenas ha amanecido.
—No suelo dormir mucho, doctora. Dime por dónde empezamos.
—Sígueme y te diré dónde puedes cambiarte. –Caminó delante del médico pero al pasar junto a él volvió a impregnarse de su delicioso aroma a aftershave. Sin
pararse a pensar en aquello ni en lo que le hacía sentir esperó fuera del vestuario a que se pusiera el uniforme y la bata médica. Cuando salió se quedó impactada, pues el
traje azul le quedaba como un guante y Sarah no puedo evitar estremecerse al mirarle directamente. Tenía que contarle todo el trabajo realizado en cuatro meses, pero le
resultaba muy difícil ya que apenas podía contener el torrente de emociones que sentía a su lado. Así que prefirió no tenerlo cerca y le mandó ordenar informes.
—No te preocupes, poco a poco te harás con todo. Llevo aquí ya varios meses trabajando con esta gente y estamos consiguiendo grandes cosas, pero es imposible
contarte todo en una tarde –le fue diciendo Sarah mientras rellenaba unos papeles sobre el último paciente que habían visto.
—No me preocupa en absoluto –respondió Elliot muy serio–. Esta noche mientras cenamos puedes seguir informándome.
¿Sentarse junto a él en la cena? Pero qué pretendía ese hombre, ¿matarla de un infarto nada más llegar? Sarah pensó con rapidez en alguna excusa para no sentarse con
él pero no le venía ninguna a la mente, así que optó por asentir y callar, ya se escaquearía en su momento. La doctora con los ojos como esmeraldas y cabello rojizo
examinó a sus pacientes, incluido Mahmood, al que vio bastante enfermo, por lo que decidió ingresarlo. Cuando acabó fue al cuarto a dejar la bata del hospital, deseaba
salir de allí cuanto antes para no volver a cruzarse con Elliot. Durante la ronda había estado muy concentrada, pero saber que él se encontraba por allí la distraía. Ya no
quería darle más vueltas a la cabeza sobre las últimas horas vividas junto al nuevo doctor, así que salió del hospital a la carrera y entró en su cabaña. Aún quedaban unas
horas para la cena que dedicó a comunicarse por Skype con el Hospital de Boston. Su jefe, el doctor Ferguson, quería estar informado de todo y así lo hacía ella. Estaba
tan animada charlando con él que no se dio cuenta de que tenía otra llamada parpadeando en la pantalla, así que amablemente se despidió de su jefe y conectó con la
nueva, aunque resultó ser la última persona con la que deseaba hablar, Joseph.
—¿Qué quieres? –le preguntó ella con tono cansado.
—Tienes mala cara, cariño –le dijo Joseph, actuando como siempre.
—¿Para qué me llamas? –Intentaba ser paciente pero no quería saber nada de él. ¿Por qué no lo entendía de una maldita vez?
—Sarah, cariño mío, no seas así. Tú sabes que me preocupo por lo que te pase y hace tiempo que tus padres no saben nada de ti.
Y así era, hacía ya varias semanas que sus padres no habían dado señales de vida. Sus conversaciones eran tensas y siempre terminaban discutiendo, así que decidió
que fueran ellos los que la buscaran. Aparentemente no les interesaba, pues no se habían puesto en contacto con ella desde entonces. Ya estaba más que harta y cansada
de tener que buscarlos ella, eran sus padres, ¿es que no querían saber cómo estaba?
—Ellos tampoco se han puesto en contacto conmigo. –Quiso defenderse, pero sabía que Joseph los defendería como hacía siempre, la culpable era ella. Él se ponía
de parte de los padres de Sarah constantemente. Cada vez que se atrevía a subir la voz algo más de la cuenta, Joseph la callaba haciéndole ver que sus padres sólo
querían lo mejor para ella y que si actuaban de esa manera, era por su bien. ¿Su bien? Sus padres nunca habían pensado en el bien de ella ni en el de su hermano, pero
Robert era una copia de ellos y no se quejaba nunca. Joseph seguía hablándole sobre su vida en Boston, cosa que a ella no le importaba lo más mínimo.
—Joseph, tengo que colgar, se me hace tarde para ir a cenar. –Sarah no quería seguir hablando pero él seguía insistiendo en lo mucho que la quería y la echaba de
menos, ya no lo aguantaba más–. Joseph, que te vaya bien. –Colgó.
¡Por Dios! Aquel hombre la ponía de los nervios, no recordaba cómo se había enamorado de semejante persona. Claro que, como todo en su vida, no había sucedido
por casualidad sino por la influencia de sus padres, ya que su padre les había presentado en una de las miles de fiestas que organizaban, y había puesto todo de su parte
para unirlos.
*
Recordó aquella fiesta que celebraron sus padres seis años atrás en la residencia de verano. El vestido yacía en su cama perfectamente colocado junto a los
complementos que debería llevar esa noche. El vestido no era poca cosa, un Dior de gasa con pedrería e incluso una cola en tonos azul grisáceo. No sabía cómo
escaquearse de aquella endemoniada fiesta. Su padre, como alcalde de la ciudad, acostumbraba a organizar esas veladas en casa con bastante frecuencia, pero Sarah se
escapaba siempre que podía alegando que tenía trabajo en el hospital. Sin embargo, aquella vez le había sido imposible porque estaba de vacaciones. No había habido
forma de librarse, ya que hasta la semana siguiente no se iba con su compañera del hospital, Julia, a Escocia. Habían planeado hacer juntas una ruta por los castillos
escoceses y deleitarse con las tradiciones y la cultura de aquel mágico país. ¿Quién sabe si no se encontrarían un highlander?
Al cabo de media hora, perfectamente maquillada y engalanada con el precioso vestido y el resto de complementos, estaba lista para brillar en la fiesta, pues siempre
la habían considerado una belleza. Su atractivo era por todos conocido y cuando se arreglaba un poco destacaba entre la gente. Llevaba el cabello rojizo en un moño bajo
con un pasador herencia de su abuela paterna, el vestido palabra de honor que era impresionante y unas sandalias de tacón que la hacían parecer más alta, dos perlas
grises por pendientes y unas pulseras de oro blanco adornando sus muñecas desnudas. Sarah se miró en el espejo de la habitación por última vez y tras dar un largo
suspiro, bajó la escalera con cuidado, no fuera a caerse, pues no le gustaba nada llevar tacones, siempre iba con miedo, ya que ella solía usar ropa cómoda y zapatos
planos o deportivas. Nada más pisar el último escalón, un silencio reinó en la sala atestada de gente y tan sólo se escuchaba la voz de Frank Sinatra. Sus padres se
habían enamorado con ese hombre, y tanto Sarah como su hermano se criaron con las canciones de aquella voz prodigiosa. En cada fiesta que daban no faltaban ni
Sinatra ni sus coetáneos.
Sarah alzó la vista y entonces fue consciente de que todos los ojos estaban puestos en ella. Esa situación la puso muy nerviosa y se quedó inmóvil hasta que su
padre caminó sonriendo hasta ella y le ofreció su mano, gesto que agradeció, para que se integrara con él en la fiesta. Haciendo de tripas corazón se comportó como sus
padres esperaban y fue complaciente y encantadora con toda aquella gente cuya mayor preocupación eran sus acciones en bolsa. Thomas Collins, alcalde de Boston y
su padre, quedó satisfecho con la actuación de Sarah aquella noche y aprovechó para hacer de celestina. Había conocido a Joseph en su ambiente de trabajo, un chico
joven, apuesto, aspirante a senador y de buena familia. ¿Qué más podía desear para su dulce hija?
—Sarah, cariño, ven un momento –dijo tirando del brazo de Sarah suavemente y sacándola de la conversación que mantenía con algunos concejales del ayuntamiento
donde él trabajaba.
—Dime, papá –contestó mirando hacia el hombre que estaba junto a su padre. Se trataba de un chico alto, de pelo castaño y ojos negros que llevaba un traje que
parecía bastante caro a juzgar por su aspecto. Él la miraba profundamente y, en ese momento, Sarah supo que sería alguien importante, si no su padre no se habría
molestado en presentárselo y sacarla de la conversación con sus compañeros de partido.
—Cariño, este es Joseph Button, un brillante estudiante de Ciencias Políticas en la universidad de Harvard, su familia reside en Boston y ha venido de vacaciones a
visitarlos. Tiene tu misma edad y ya que va a estar por aquí unos días he pensado presentaros. –Sarah no daba crédito. Ver a su padre haciendo de alcahueta era lo
último que esperaba. El chico se quedó pasmado tras sus palabras, su cara era todo un poema. En aquella tesitura, la que tenía que romper el hielo era ella, después de
todo, se trataba de su padre.
—Encantada, señor Button –comenzó a decir estrechando su mano.
El chico tragó saliva y asintiendo con la cabeza pudo hablar.
—Es un placer, señorita Collins.
—Bueno, yo os dejo que tengo que atender a más invitados –dijo Thomas Collins, que era, además del padre de Sarah, un poderoso político y el alcalde de la ciudad
de Boston, con una gran sonrisa, pues había plantado la semilla para que aquello fructificara. Entendía a la perfección la incomodidad del joven muchacho, pues sin
comerlo ni beberlo se había visto envuelto en aquella trampa, aunque no se cortaba y la miraba sin perder detalle de su rostro ni de su cuerpo.
—Siento la encerrona –comentó Sarah bebiendo de su copa de champán algo sonrojada por la forma en que la observaba el muchacho.
—No te preocupes, no conozco mucho a tu padre pero estoy seguro de que es una gran persona. Como alcalde es el mejor y teniendo una hija tan guapa debo
agradecerle que nos haya presentado –contestó Joseph de forma zalamera, viendo una sonrisa en el rostro ruborizado de la joven.
—Vaya, veo que se te da bien lo de dar discursos, no me extraña que estés estudiando para ser político. –Quiso ella retar dialécticamente a aquel joven que no era una
belleza, pero que tenía algo que llamaba su atención.
—Gracias, o no, no sé cómo debo tomármelo, pero quiero creer que tienes tanto sentido del humor como yo –contestó él guiñando un ojo.
—Bueno, creo que sí lo tengo. Ahora si me disculpas tengo que marcharme. –Sarah hizo ademán de irse pero Joseph la detuvo con su palabrería.
—¿Tan pronto? Eso será porque alguien te está esperando, lógico por otra parte, a la vista está. –Ella se le quedó mirando por un momento y sin darse cuenta entró
en su juego.
—No es nada de eso. Debo hacerme ver por la fiesta para ayudar a mi padre y dar una imagen idílica de familia –contestó sin pelos en la lengua. No le había sentado
nada bien lo que había dicho y ni siquiera lo conocía así que no iba a fingir.
—¡Guau! Guapa, sincera, inteligente… ¿Qué más cualidades ocultas, querida Sarah? Eres todo un dechado de virtudes –dijo acercándose–. Me quedaré en la ciudad el
resto del verano y me encantaría verte otro día para descubrir esas cualidades que posees –añadió mirándola a los ojos y a los labios. Sarah se sintió halagada y pensó
que no perdía nada por quedar con aquel hombre alguna vez, pero no tuvo tiempo de contestarle ya que su padre, el Celestino, se acercó de nuevo a ellos y los empujó a
la pista de baile que habían preparado los organizadores de la fiesta, bajo aquella iluminada carpa blanca.
—Dejaos de tanta cháchara, que además es un sacrilegio hablar y no bailar cuando la Voz está sonando –dijo guiando a la pareja hasta el centro de la pista. Sarah se
quedó desconcertada, pues su padre, que nunca daba puntada sin hilo, insistía en que tuviera un acercamiento con aquel chico. «¿A qué vendría tanto interés?», se
preguntó. Rápidamente se encontró con que Joseph la agarraba de la cintura y ella instintivamente puso sus brazos alrededor de su cuello. I’ve got a crush on you era la
canción que se escuchaba en ese momento mientras se movían al lento y cadencioso ritmo que marcaba la romántica melodía interpretada por Sinatra. No hablaron en
toda la canción, pero se miraban presa del romanticismo hasta que, por fin, terminó de cantar Sinatra. Como si tuviera un resorte ella se apartó de sus brazos y dándose
la vuelta comenzó a caminar con agilidad entre la gente. Ya lejos de la carpa notó cómo alguien tiraba de su brazo, y al girarse vio de nuevo a Joseph que tenía la
respiración agitada.
—Un poco más… y no te… alcanzo –consiguió decir el muchacho con la voz entrecortada. Sarah no entendía qué más quería, si ya habían hecho el paripé para su
padre. ¿Acaso pretendía algo más de ella?
—No sabía que me seguías. ¿Qué quieres? –le dijo soltándose bastante incómoda.
—Tu teléfono, como hemos estado hablando antes de la canción. Espérame aquí mismo que voy a buscar algo para apuntar. –Pero ella no le dio tiempo a coger un
papel y un bolígrafo, enseguida le contestó.
—Bien, entonces cuando averigües mi número de teléfono personal, llámame –respondió antes de girarse de nuevo–: No te lo voy a poner fácil, porque creo que si no
te aburrirás enseguida –dijo guiñándole un ojo antes de dejarlo allí plantado con la palabra en la boca.
Días después, no había tenido noticias de Joseph, el chico de la fiesta, así que cuando llegó la fecha programada se marchó de viaje con Julia a disfrutar de las rutas
por los castillos escoceses, así como de su tradición y su cultura. Un día, cuando se encontraban en la cola para entrar al castillo de Eilean Donovan recibió un mensaje
que la hizo sonreír sin remedio:
Virtuosa Sarah, no sabes cómo me ha costado encontrar tu número, porque no he aprovechado mis contactos. Según dicen, estás en Escocia mientras yo estoy en
Boston sin ti, triste y apenado. Espero que a la vuelta accedas a cenar conmigo. Estoy deseando descubrir más cualidades tuyas. Recibe el beso que me muero por
darte, Joseph.
Sarah le respondió al instante, comenzando una cadena de mensajes que no cesó hasta que ya estaban en el interior del castillo, y todo porque Julia la obligó a
terminar la conversación. En él último mensaje quedaba bastante claro lo que ella pensaba:
Eres un completo embaucador. Estoy convencida de que con esa labia no estarás tan triste ni tan solo. Aun así, acepto tu invitación a cenar. Te mando ese beso
que quieres darme, pero en la mejilla.
Así, poco a poco, comenzaron su relación. Joseph viajaba desde Harvard hasta Boston cada fin de semana para estar juntos y el resto de la semana no se despegaban
del teléfono. Sarah estaba cada día más agradecida a su padre por haberlos presentado. En ocasiones, se preguntaba qué habría ocurrido si no hubiese asistido a aquella
fiesta. En cuanto Joseph terminó de estudiar volvió a Boston y se independizó. Él quería casarse inmediatamente, pero Sarah aún no había terminado la carrera, tenía
prácticas y quería esperar. A él le costó entenderlo, pero por suerte Sarah le convenció de que le diera un margen de cinco meses. Por aquella época, los periódicos ya se
hacían eco de la perfecta historia de amor. Sin embargo, ya había peleas por su carrera, por el apartamento en el que vivía Sarah, los enfrentamientos con sus padres en
los que él se ponía de parte de ellos… Pero Joseph siempre conseguía ablandar su corazón con gestos tiernos: un ramo de rosas rojas que la encantaban, una declaración
de lo mucho que la amaba o una cena íntima preparada en casa. Y así fue como, poco a poco, Sarah dejó de dar su opinión y de enfrentarse constantemente a todo el
mundo.
Al final se casaron, como deseaban sus padres, en la catedral que estos decidieron, invitando a media ciudad. Incluso la luna de miel fue la que Joseph quiso y la
aprovechó para hacer campaña en varios lugares mientras ella lo miraba desde la primera fila haciendo de esposa ideal. En esos momentos, Sarah se enfurecía y, ya desde
entonces, tuvieron muchos enfrentamientos. Pero él siempre la convencía de que era necesario para su carrera política y juraba que ella era lo más importante. Sarah,
entonces, agachaba la cabeza y le perdonaba. Aquel fue el error más grande que cometería en su vida, porque eso daría pie a que se convirtiera en una mujer que poco
tenía que ver con la auténtica Sarah.
*
La doctora de cabello rojizo se encontraba cansada y tras la desagradable conversación con su exmarido se quedó dormida en la cama en la que se había tumbado a
descansar. Unos golpes en su puerta la despertaron sobresaltándola, aunque los ignoró. Volvieron a tocar con insistencia así que acudió con rapidez, muy asustada
porque algo malo hubiese sucedido en el hospital. Aún somnolienta abrió la puerta encontrándose con el nuevo doctor ante ella.
—¿Estabas durmiendo? –preguntó Elliot sorprendido de encontrarse a la doctora despeinada y con cara de recién levantada–. Si es hora de cenar.
—Sí, bueno, es que me he quedado dormida un rato –dijo Sarah peinándose con disimulo, pues las pintas que llevaba debían ser importantes–. Vamos.
Salió de su habitación como si la persiguieran, cerrando la puerta de golpe. Elliot se quedó pasmado al ver cómo corría hacia el comedor sin esperarlo después de que
había ido expresamente a buscarla para cenar y comenzar así a hablar sobre el trabajo. Sarah iba casi corriendo porque necesitaba llegar a la mesa y sentarse lo más lejos
posible del doctor, su táctica iba a ser evitarlo a toda costa. Por fortuna pudo sentarse entre la hermana Agnes y el padre Maximilian. Con la respiración acelerada se
sentó entre ellos y no quiso mirar hacia la puerta, porque seguramente Elliot entraría de un momento a otro por la puerta del comedor. Efectivamente así fue y caminó
directo adonde estaba sentada Sarah.
—Perdone, hermana ¿le importaría cederme el sitio para poder tratar asuntos de trabajo con la doctora? –pidió amablemente el doctor a la monja, que sin rechistar se
levantó y se cambió de silla.
—Vaya, vaya, doctora. Imposible alcanzarte –empezó diciéndole Elliot–. Sinceramente, no sé si tienes algún problema conmigo, pero me gustaría que de ser así lo
aclarásemos desde el principio, será mucho más cómodo para ambos.
¿Problema? ¿Cómo se suponía que podía decirle que lo que le pasaba era que le atraía demasiado? Como nadie nunca antes, ni siquiera su marido. Sarah carraspeó y
giró su cara para mirarle.
—Mire, doctor, no me ocurre absolutamente nada con usted, pero llevo aquí cuatro meses y estoy acostumbrada a hacerlo todo sola, perdone si no he sido cortés
con usted, no ha sido a propósito. –Y en ese momento Sarah se acordó de Pinocho porque el muñeco de madera se quedaba en nada comparado con ella.
—Ya te he dicho antes que no tienes que hacer nada sola a partir de ahora, porque yo estoy aquí y, por favor, no me llames de usted que tampoco soy tan mayor. De
hecho, creo que soy el hombre blanco más joven de esta comunidad –le dijo sacándole una sonrisa–. Eso es, así me gusta, que sonrías. Y ahora mientras cenamos te
ruego que me cuentes cosas sobre el trabajo que tengo que desempeñar porque estoy bastante perdido.
Sin darse cuenta, Sarah se fue relajando hablándole del proyecto que estaban llevando a cabo en la comunidad. Le relató su experiencia desde que había llegado. Elliot
la escuchaba atónito al oír que el gobierno no hacía nada por mejorar las condiciones de los enfermos en el hospital y que tampoco les dotaban de recursos. Si no fuera
por las ONG no sobrevivirían. También se enterneció con las historias que Sarah le narraba sobre los niños que había atendido y su eterna sonrisa, algo que la había
dejado marcada. Y es que era sorprendente, no importaba lo que estuvieran sufriendo, aquella gente no dejaba de sonreír jamás. Elliot se fue haciendo una idea de lo que
iba a ser su trabajo a partir de entonces, cenaron amigablemente y Sarah se sintió relajada junto a él por primera vez. Al centrarse en su trabajo, había dejado de pensar
en esos ojos castaños e inquietantes, que desde que los había visto la habían hipnotizado. Terminada la cena, se despidió de todos y se marchó a su cabaña, pero en el
camino alguien la sorprendió.
—¡Sarah! –gritaba Elliot mientras intentaba alcanzarla corriendo. Ella se lo quedó mirando y cada pisada de él iba al compás de su corazón, que se iba acelerando al
sentir cómo se acercaba–. No sé cómo lo haces pero siempre huyes de mí. –Aquello la dejó como una estatua, clavada en el sitio, precisamente por la veracidad de la
frase, pero tenía que intentar disimular.
—¡Qué cosas tienes! Es tarde y estoy cansada.
—¿Pero si te has echado una siesta esta tarde? –preguntó un Elliot asombrado mirándola con los ojos muy abiertos, sin comprender a aquella mujer que no hacía más
que correr cada vez que él estaba cerca. Si no quería trabajar con él tenía un gran problema pues había acudido a aquel lugar para ayudar; era lo único que le quedaba,
estar lejos de todo el dolor y el sufrimiento que le atenazaban cada día.
—Aun así, quiero irme a descansar. –Intentaba escapar de su presencia que no hacía más que hacerle sentir cosas que hacía mucho que no experimentaba. Tenía que
trabajar con él y debía esconder esas emociones que le provocaba con muchas capas de indiferencia para que nada se notase. No era tarea fácil, pero lo conseguiría.
—De acuerdo, sólo quería preguntarte a qué hora debo estar preparado mañana.
—A las ocho en punto en la puerta del hospital, igual que hoy. –Tras decirle aquello, se giró y se marchó a su cabaña a intentar descansar. Esperaba no soñar con
Elliot, aunque no las tenía todas consigo.
4
Un nuevo día comenzaba en la misión donde Sarah llevaba cuatro meses trabajando junto a las hermanas marianas, sólo que a partir de aquel día tendría que
acostumbrarse a compartir sus tareas con el nuevo médico, Elliot. No recordaba haberse sentido tan atraída por alguien desde su época en el instituto, cuando era una
adolescente y le ponía a mil el tipo malo de la clase, Frank Donovan, del que jamás podría olvidarse. Alto, delgado, pelo alborotado, ropa macarra (sobre todo la
chaqueta de cuero que las volvía locas a todas), y con esa actitud chulesca y de ligón que enamoraba, incluida ella. Sarah era nueva en ese instituto, uno de los mejores de
Boston. Frank estaba en la etapa rebelde, como todos, pero de forma exagerada. Sus padres, también de buena familia, ya no sabían qué hacer con él. Se saltaba clases,
salía con unas y con otras, fardaba de su moto último modelo… Y todas suspiraban cada vez que lo veían llegar en aquel monstruo de dos ruedas. Pero Sarah le
ignoraba, no porque no le gustara, pues le atraía una barbaridad, sino porque prefería no prestarle atención para que no se lo creyera tanto. Eso fue lo que hizo que
Frank se fijara en ella. Una mañana, estando Sarah en el césped del patio apoyada en un árbol repasando sus apuntes de Química para el siguiente examen, él se le
acercó. Utilizó la clásica excusa de no haber ido a clase para que le pasara sus apuntes. Sarah se quedó pasmada al verlo llegar y hablar con ella de aquella forma tan
natural, pensaba que su interés era únicamente por conveniencia, pero poco a poco se dio cuenta de que Frank buscaba algo más en ella y así sucedió. Fue su primer
amor hasta que sus padres se enteraron, y sin importarle que fuera de buena familia o que a su hija le interesara, la sacaron del instituto y la llevaron a otro a bien lejos
de aquel lugar.
Sarah se sonrió al evocar recuerdos tan especiales para ella, porque con Frank lo descubrió todo por primera vez: el amor, la complicidad, las sensaciones estando con
una persona que la deseaba, los detalles… Pero, sobre todo, fue la primera persona que la vio a ella y no a Sarah Collins, la chica de la familia adinerada e importante a la
que pertenecía. Con él, sencillamente fue feliz en el sentido amplio de la palabra, como lo fue con Joseph al principio de su relación, pero eran muy diferentes. Frank,
por su parte, a pesar de provenir también de una familia adinerada se enfrentaba a sus padres retándoles constantemente, como último recurso habían decidido llevarlo a
aquel lugar donde la educación era bastante estricta. Allí conoció a su «pequeña» como solía llamarla, pero para su desgracia tampoco duró, de hecho en ninguna de las
dos ocasiones había durado. Allí, en Obandé, lejos de su familia, era simplemente Sarah, la doctora que ayudaba a los enfermos y las religiosas, y donde estaba
aprendiendo a ser ella misma, a decidir e incluso a decir que no. Se sentía libre y feliz.
Unos golpes en su puerta la sacaron de sus pensamientos. Era la hermana Agnes que venía a recordarle que al día siguiente por la tarde tenían que preparar el
comedor para la reunión semanal de las mujeres que acudían a terapia donde hablaban de sus familiares enfermos: hijos, maridos, hermanos… Al mismo tiempo,
elaboraban collares, pulseras, pendientes… que vendían en el mercado del pueblo los domingos para sacar un dinero, ya que en muchos casos ese era el único ingreso
que recibían las familias. Además, la hermana le comentó que las otras monjas querían preparar algo especial para celebrar aquellos días navideños y deseaban que ella
las ayudara como siempre hacía. Miró el reloj y tras la corta conversación con la hermana salió disparada al hospital donde había quedado con el nuevo médico.
Puntual como un clavo, allí estaba Elliot, esperándola en la puerta del hospital. Ya desde la distancia se le veía atractivo con sus musculados bíceps asomando a
través de su camisa de manga larga remangada y esos ojos castaños en los que Sarah deseaba perderse. Inspiró profundamente y llegó hasta donde se encontraba él,
confirmando que de frente se le veía incluso más guapo. ¿Tenía que trabajar con ese hombre a diario? No sabía cómo iba a conseguirlo.
—Buenos días, doctora –le dijo el médico con aquella sonrisa que podía fundir un iceberg que hizo que le temblaran las rodillas.
Tras saludarle con rapidez se metió en el interior del centro hospitalario seguido de cerca por su nuevo compañero de trabajo. Una vez hecho el recorrido por el
hospital, le acompañó al vestuario donde podría cambiarse para comenzar su trabajo. Ella le esperó en la recepción del hospital por donde pasaban los enfermos para
hablar de su dolencia. Aún era temprano y nadie había llegado quejándose de nada por lo que se puso a revisar los informes de los últimos pacientes a los que había dado
el alta. Siempre era una alegría para un médico mandar a un enfermo curado a casa pero en aquel lugar era motivo de felicidad absoluta. Estaba dando el repaso a aquellos
informes para archivarlos cuando lo vio llegar al mostrador donde ella se hallaba. En ese momento casi se quedó sin respiración, pues el uniforme le hacía aún más
atractivo, si es que aquello era posible. Con aquel atuendo de color azul que le sentaba de maravilla, Sarah sentía cómo unas cosquillas traviesas se instalaban en su
estómago dándole la vuelta. Evitó mirarlo tras llevarse la impresión, pero fue inevitable cuando Elliot se puso delante de ella impregnando el ambiente con su delicioso
olor. Aun estando en aquel remoto lugar y con el calor que hacía, conseguía mantener su fragancia.
—¿Qué tal me queda? Ayer no me dijiste mucho –le preguntó el doctor con los brazos en jarras mirándola con esa encantadora sonrisa dibujada en los labios que
tanto deseaba probar. Sarah le echó un rápido vistazo, pues si lo miraba con más detenimiento se iba a percatar de su interés por él y eso era lo que tenía que evitar a
toda costa.
—Genial, vamos a empezar –respondió rápidamente–. Antes de que los enfermos comiencen a llegar vamos a dar una vuelta rápida por el hospital para que te vayas
familiarizando con el lugar y me acompañarás en la ronda de los que tenemos ingresados. ¿Estás al tanto de las enfermedades más comunes de la región?
—Antes de venir estuve investigando por mi cuenta, pero quizá sea mejor si tú me pones al día, ¿no?
—No estoy aquí para hablarte de las enfermedades comunes que afectan a esta población –contestó de forma brusca la doctora. Ella no había sido informada de nada
al llegar a la misión sino que poco a poco fue viendo por sí misma los males que aquejaban a aquellas gentes, pero su respuesta había sonado tan borde que enseguida
rectificó–: Quiero decir que ya lo irás viendo con tus propios ojos, aquí no tenemos un minuto de respiro. Dentro de un rato esto se va a poner de bote en bote, ya verás
–sonrió intentando dulcificar la contestación.
—No pretendía quitarte más tiempo del necesario. ¿Empezamos? –Ahora fue Elliot quien le dio una respuesta seca, aunque merecida por otra parte. Sarah prefirió
ignorar el tema y comenzar con el trabajo. Dejó los informes en un cajón de la mesa de la recepción donde se encontraban y lo llevó por las modestas instalaciones
explicándole dónde guardaba el material, las distintas zonas y la forma de actuar con los pacientes. Al cabo de media hora iniciaron el día con las rondas.
—Buenos días, Ebak –dijo Sarah al entrar en la habitación del primer paciente que debían visitar–. ¿Cómo te encuentras hoy?
—Buenos días doctora, muy bien –le respondió el chico tumbado en la cama.
Sarah se giró hacia Elliot y le explicó lo que le había sucedido.
—Ebak llegó al hospital hace un par de meses con un sarcoma de Kaposi. Tenía la pierna izquierda completamente podrida, no se podía estar a su lado. Había estado
en su casa sin recibir ningún tipo de tratamiento al no contar con los medios económicos necesarios. Además estando ya aquí, se le detectó que era portador del virus
VIH. Le dijimos que la única solución era la amputación de la pierna porque era imposible salvarla y comenzó el tratamiento del virus también. Tras la operación ha
evolucionado favorablemente así que en unos días le daremos el alta.
—¿Y su familia? –Quiso saber un Elliot impresionado por lo que Sarah le estaba contando.
—No tiene familia ni trabajo.
—¿Entonces qué será de él cuando le demos el alta? –preguntó Elliot sin salir de su asombro, intentando no poner mala cara para que el chico no se sintiera
incómodo.
—El hospital cuenta con un proyecto que les ayuda a seguir adelante. En la comida te lo explico, ahora sigamos visitando más enfermos. –Se despidieron de Ebak, al
que a pesar de no contar con su pierna se le veía alegre. Nada tenía que ver con el chico enfermo que a su llegada deseaba la muerte, pues con el sarcoma y solo en la
vida, le daba igual seguir viviendo. Tras su operación y el tratamiento del VIH había mejorado mucho su ánimo. Cuando más orgullosa se sentía Sarah de su trabajo era
en momentos como aquel, al ver a los enfermos remontar y salir del hospital felices.
Un caso de malaria, una meningitis, dos hepatitis B y varios enfermos con diarrea eran los pacientes que estaban hospitalizados con carácter más grave. Sarah fue
relatándole cada caso a Elliot minuciosamente pues conocía cada uno al dedillo. Se fijó en su gesto contraído, se notaba que no estaba preparado para todo aquello. Igual
que le ocurrió a ella al principio, el nuevo doctor terminaría acostumbrándose. La hermana Agnes ya estaba atendiendo los casos que empezaban a llegar pero
afortunadamente no había nada serio por el momento. El nuevo médico extendió varias recetas y repartió los medicamentos que Sarah le decía. Con esto llegó la hora de
comer. Mientras Sarah y Elliot tomaban algo en la cafetería, la hermana Agnes se quedaba al cuidado de todo en el hospital con el padre Maximilian y alguna religiosa
más. La clínica no cerraba nunca así que se distribuían en turnos para comer y cenar. Ya en la mesa, Sarah comenzó a explicarle cómo iban a ayudar a Ebak, quien tanto
le había preocupado a Elliot esa misma mañana.
—Aquí en Obandé apostamos por un tratamiento integral de la persona. No los desamparamos una vez que los hemos curado. La ONG Manos Unidas nos apoya
con el proyecto de los microcréditos. Esto consiste en apoyar a las personas enfermas del VIH que acuden a nuestro centro. Le damos tratamiento gratuito, pero no
sólo nos quedamos ahí, vamos más allá. Nos preocupamos por la vida de esa persona ya que muchas de ellas, entre los que se incluye Ebak, no tienen cómo vivir. Por
desgracia, muchas veces son abandonados por su familia porque tienen el virus y se quedan solos. Con el microcrédito pueden gestionar su propia vida sin ayuda de esa
familia que los desampara. –Sarah recordó en ese momento a su propia familia que la había dejado de lado pues hacía ya un tiempo que no sabía nada de ellos, pero
prosiguió rápidamente con la explicación–. El objetivo de nuestro hospital es darles una nueva oportunidad en la vida. Recuperan mucho, desde el estado físico hasta el
anímico. Cuando llegan a nosotros vienen desanimados, abrumados por su estado y su situación familiar y completamente desesperanzados. Esto les da una nueva
alegría de vivir. Tienen una ocupación, salen adelante y pueden alimentar a sus familias, si las tienen.
Sarah podía ver claramente lo impactado que estaba Elliot por las situaciones personales de los pacientes que habían visitado desde que habían empezado a trabajar
esa mañana. Apenas era mediodía y se le veía saturado y afligido por tanta información. Quería poder reconfortarle pero sabía que eso no sería adecuado pues se
acababan de conocer. Tras contarle todo lo que hacían en el hospital, notó un aire de tristeza en sus ojos, algo le decía a Sarah que no era precisamente por aquel lugar,
pues el doctor desprendía un halo misterioso difícil de desentrañar. No habían terminado de comer cuando una de las religiosas corrió a buscarlos para asistir un parto
natural. En apenas unos minutos ya estaban preparados en la habitación adaptada para que aquella mujer diese a luz a su bebé.
—Quédate a este lado –le indicó Sarah a su nuevo compañero. Tenerlo tan cerca la mareaba y necesitaba estar concentrada al máximo para que todo saliera bien. En el
hospital nacía una media de tres niños al día. A veces tenían que improvisar una sala como aquella porque la sala de partos estaba al completo, exactamente como había
sucedido en aquel momento. Elliot ayudó a Sarah en todo lo que ella le pidió y así ayudaron a aquella mujer a alumbrar a su criatura de forma satisfactoria.
Mientras Sarah se estaba limpiando las manos tras quitarse los guantes recordó cómo había mirado Elliot a la mujer con su bebé en el regazo y se preguntó si en algún
lugar se había dejado a un hijo o una esposa. Su mirada estaba cargada de pena y nostalgia, no conseguía descifrar lo que sus ojos expresaban y eso la inquietaba mucho.
Era como si fuera imposible desentrañar lo que estaba pensando ni lo que iba a decir a continuación.
La tarde prosiguió tranquila, por suerte no hubo enfermos graves ni operaciones complicadas. Sarah se marchó a su cabaña a ducharse y cambiarse antes de ir a cenar.
Elliot quiso seguir en el hospital terminando de rellenar algunos informes pero quedó con ella para cenar juntos y seguir conversando sobre el trabajo en la misión. En la
soledad de su habitación, rememoró los momentos que había compartido aquel día con Elliot y una gran sonrisa se instaló en su cara. No lo conocía todavía pero ella,
que era mucho de seguir su intuición, estaba segura de que era una buena persona, comprometida, trabajadora y encima estaba como un tren. Lo malo era que estaba
avocada a enamorarse perdidamente de aquel misterioso hombre.
*
Llegada la hora de la cena, acudió al comedor como cada día. No tenía que estar de guardia en el hospital pues las monjas se ocupaban de atender a los pacientes y las
urgencias, así que podía charlar con la gente de la misión. Únicamente la llamarían en caso de necesitarla, así podría descansar como no hacía desde hacía varias semanas.
Al llegar, con la emoción del cambio, conocer el hospital, la misión… no acusó el agotamiento hasta que empezó a hacer mella en su cuerpo. Menos mal que había
llegado un nuevo doctor con el que compartiría la carga de trabajo y así sería menos duro, aunque si su compañero hubiese sido un médico calvo, gordo y viejo, lo habría
agradecido más.
Intranquila como estaba por encontrarse con él en el comedor, se había puesto un vestido por las rodillas en tonos claros y las sandalias que utilizaba en contadas
ocasiones que la hacían sentirse más mujer en aquel lugar. Sin embargo, al llegar a la sala en la que comían habitualmente se llevó un gran chasco pues el doctor ya había
cenado y se había retirado a su cabaña, así que cenó junto al padre Maximilian y algunas monjas de la misión pero también se marchó pronto a dormir. Durante la cena,
habló con las hermanas y el sacerdote de la misión sobre lo que tenían pensado organizar para la celebración de la Navidad y Sarah se prestó a ayudarles en todo lo que
necesitaran a pesar de no ser una de sus festividades preferidas. Haría todo lo posible por hacer de aquella fiesta algo especial para la gente de Obandé.
Aquella noche el calor era más que insoportable así que decidió acercarse a la laguna que había próxima para intentar refrescarse un poco. Era un lugar cerca de su
cabaña en el que nadie podía verla. Se desprendió de su vestido y de las sandalias y entró al agua completamente desnuda a hacer unos largos para poder conciliar el
sueño. Algo más fresquita salió y se tumbó sobre el vestido mojándolo por completo, pero eso no le importaba en absoluto. Con la luz de la luna llena iluminando la
laguna, pensó que era una estampa preciosa para dibujarla y es que Sarah no había podido pintar nada desde que había llegado allí. Esta afición la tenía desde pequeña,
pero últimamente apenas la practicaba. Relajada tras el baño empezó a quedarse dormida cuando oyó un ruido que la sobresaltó. Rápidamente, se tapó con el vestido e
intentó vislumbrar algo en la oscuridad de la noche. Volvió a su cabaña algo asustada, pero al ver a Elliot en su puerta se tranquilizó, quizá se había imaginado el ruido
que la había atemorizado. Lo que no sabía es que un par de ojos castaños la habían estado observando.
—Doctora –le dijo con la voz ronca como quien se acaba de despertar.
—Hola, Elliot ¿querías algo? –preguntó ella sorprendida por verlo allí.
—No, es sólo que estaba dando una vuelta para intentar coger el sueño, el calor es insufrible.
—La verdad es que sí. No te preocupes que ya te acostumbrarás, como a todo –le dijo ella guiñándole un ojo e intentando aplacar la tristeza que veía en sus ojos
desde que habían estado en el hospital.
—¿Te marchas ya a dormir?
—Pues no te creas que tengo mucho sueño y eso que me he bañado en la laguna y todo pero no hay forma. ¿Por?
—Bueno, yo te lo digo por si quieres que vayamos a dar un paseo –le propuso Elliot rascándose la nuca y mirándola dubitativo. Caminar bajo la luz de la luna llena.
«Demasiado romántico», pensó Sarah, pero aun así se dijo que por dar una vuelta con él no pasaría nada.
—Claro. Vamos. –Comenzaron a andar juntos por la oscuridad del lugar apenas iluminado–. He notado que estás cabizbajo desde que salimos del hospital hoy. Yo al
principio estaba como tú, en shock por todo lo que ocurre aquí, pero te terminas adaptando, créeme. –Quiso reconfortarlo.
—Supongo que al final me acostumbraré, pero todo lo que me has explicado es muy duro. Sé a lo que he venido pero creo que jamás imaginé que fuera tan crudo.
—Te entiendo, Elliot. La salud aquí es totalmente distinta al lugar del que nosotros procedemos. No es solamente su estado físico, es saber transmitir al enfermo
seguridad, acompañarlo, estar con él en los momentos difíciles. Cuando tienen una enfermedad incurable, darles la mano y decirles que no podemos hacer más pero que
estamos ahí, cerca, acompañándoles hasta que ocurre lo inevitable. Esta gente tiene un carácter duro porque su vida es dura, el sufrimiento, carecer de una casa, sin
dinero… Por eso, cuando llegan a nosotros y les proporcionamos un gesto de cariño, el enfermo se queda rígido porque no está acostumbrado a recibir afecto al haber
sido abandonado por su familia o rechazado por la gente pero, poco a poco, ves lo agradecidos que están y que la curación ha empezado desde ese preciso instante.
Sarah seguía caminando cuando se dio cuenta de que Elliot se había detenido, se encontraba a unos cuantos pasos por detrás de ella. Se giró y vio una nueva expresión
hasta ahora desconocida en el rostro del médico. ¿Esperanza? ¿Ternura? Lo único que Sarah supo es que en ese momento descubriría a qué sabían los labios del hombre
que estaba comenzando a volverla loca.
5
De repente, Elliot la tenía presa entre sus brazos mientras la besaba con delicadeza. Solamente rozaba sus labios con los de ella, era una delicia. Aquel beso tierno
pronto se volvió más salvaje cuando el doctor le abrió la boca e introdujo la lengua para buscar la suya. En ese instante, la abrazó con más fuerza mientras se saboreaban
frenéticamente. Sarah se puso de puntillas para poder acercarse más a él y un gemido se escapó de su interior. Elliot quería seguir besándola y abrazándola pero de
repente se separó de la doctora mirándola arrepentido y tapándose la boca que hacía apenas unos segundos había devorado la suya. Aquel semblante… Aquella imagen
hirió a Sarah más que cualquier palabra que pudiese haberle dicho.
—Lo… lo siento… No sé qué me ha pasado –dijo el médico evitando la mirada de la joven doctora que le observaba desconcertada. ¿Cómo podía pasar de besarla
con aquella pasión a mostrarse como si hubiera hecho algo terrible? Los dos deseaban aquel beso, de eso estaba segura, pero no entendía el porqué de su
comportamiento. Lo único que le quedaba por hacer era no darle importancia, aunque por dentro se sentía muy dolida.
—No te preocupes. Ha sido cosa de los dos. Lamento si te he hecho sentir mal por responder a tu beso, pero pensaba que era lo que querías. Después del día que
has tenido necesitabas algo de consuelo y aquí estaba yo dispuesta a dártelo, pero no te inquietes que no volverá a suceder –le respondió ella con voz tranquila, aunque
sentía que si permanecía un minuto más allí se le quebraría y no podría evitar derramar algunas lágrimas.
—Yo no he querido decir eso, Sarah. Además, nosotros… no podemos… –empezó a decirle mientras se acercaba a ella. Su cercanía y su fragancia la hacían sentir
deseos de lanzarse a sus brazos y olvidarse de que él no quería que aquello continuara, así que simplemente sonrió y empezó a alejarse de Elliot. Pero, antes de seguir su
camino, se dio la vuelta y le dijo:
—Mañana nos vemos en el hospital, olvidemos que esto ha ocurrido. Por lo que veo será lo mejor para ambos. –Con todo el dolor que le producía decir aquello a ese
hombre que le había hecho sentir cosas nuevas, se marchó dejándole en la oscuridad con la simple compañía de la luna llena.
*
Sarah se despertó sin ganas de afrontar aquel nuevo día, ya que tendría que actuar con normalidad con Elliot, quien sólo hacía unas horas la había rechazado. A
regañadientes, se levantó, se duchó y tras vestirse salió al comedor a desayunar antes de ir al hospital a afrontar un turno de veinticuatro horas. El trabajo en el hospital
se organizaba así, distribuyendo el trabajo para que todo funcionara a la perfección. Menos mal que entre las hermanas había auxiliares de enfermería así como
enfermeras, porque si no le hubiera tocado hacer todo el trabajo a ella sola. Hoy le tocaba a Sarah hacer ese turno, pero ahora que contaban con un nuevo médico, debería
reorganizar el horario. Dividiendo el trabajo entre ambos, podríamos descansar más y disfrutar de tiempo para nosotros mismos.
El problema era que Elliot aún era un recién llegado y necesitaba la ayuda de alguien hasta que se hiciera al trabajo, pero ya se le ocurriría algo para no tener que estar
con él tanto tiempo.
Ya en el comedor empezó a diseñar dicho horario, mientras tomaba su café con fruta como todas las mañanas. Avergonzada como se sentía tras el desplante de la
noche anterior, deseaba no encontrarse con el nuevo médico y por suerte así fue. Tras charlar con las religiosas que habían terminado su turno en el hospital, se dirigió al
vestuario para cambiarse de ropa pero no dejaba de pensar en que de un momento a otro lo vería y no le apetecía nada.
Abandonó el cuarto con premura, porque tenía muchas tareas por delante y no podía retrasarse lo más mínimo. Tan velozmente quiso salir que se chocó con alguien
dándose un buen golpe en la cabeza. Se tambaleó pero no cayó al suelo, pues sintió cómo unos fuertes brazos la agarraron evitando una caída segura. No le hizo falta ver
quién era, pues su olor le delataba, era Elliot. Sarah estaba de nuevo entre los brazos del hombre que la había rechazado, pero su estómago no hacía caso a lo que su
cabeza le decía de tal forma que miles de sensaciones volaron hasta ese lugar. Alzó la mirada y se encontró con sus ojos profundos y castaños que la hipnotizaban y la
dejaban sin respiración, mientras que su corazón palpitaba acelerado. La cosa no podía ir a peor o eso creía ella.
—¿Estás bien, Sarah? –La preocupación en su voz terminó por derrumbarla y ella, que tras el choque no se encontraba nada bien, terminó desmayándose.
Tumbada en una camilla de la sala de urgencias, unos minutos más tarde, yacía Sarah con un buen dolor de cabeza. Al parecer se había chocado con la fuerte espalda
de Elliot, al ir tan deprisa y ser más bajita que él, el golpe había sido certero. Le dolía horrores pero no era nada importante, así que cuando abrió los ojos sólo pensó en
salir de allí y comenzar su trabajo, que ya se estaba retrasando. Quiso erguirse, pero alguien volvió a echarla en la camilla impidiendo que se levantara.
—Tranquila, doctora, no tan deprisa. –Oyó que le decía el doctor revisándole los ojos con la linterna y examinando su cabeza como si fuera un tesoro recién
descubierto. Sarah sentía que se iba a desmayar de nuevo al tenerlo tan cerca. Otra vez el corazón le jugaba una mala pasada y le bombeaba tan rápido que si la
auscultaba se iba a delatar.
—Estoy bien y tenemos mucho trabajo por delante, así que deja que me levante –le dijo zafándose de sus manos que le tocaban la cara mientras se aseguraba de que
todo estuviese bien.
—De eso nada, ahora el médico soy yo. Así que obedece, Sarah –contestó Elliot de forma tan tajante que no le quedó más remedio que aguantarse aunque poniendo
cara de enfado–. Te has desmayado y eso es lo que me preocupa, porque el golpe no ha sido para tanto. –Que no era para tanto era discutible, y si no que se lo dijeran a
su pobre cabecita que le latía como si tuviera vida propia.
—¡Sarah! –Entró la hermana Agnes asustada al verla tumbada en aquella camilla–. ¿Qué ha pasado? Mahmood me ha dicho que vio al doctor llevarte en brazos a una
de las salas de urgencias y que no abrías los ojos.
—No se preocupe, hermana, que estoy bien a pesar de que este pesado no me deje levantarme –se quejó provocando una sonrisa en los labios de Elliot. Ella misma
terminó sonriéndose al ver su gesto, pero cuando recordó lo mucho que lo deseaba desde que había probado sus labios, dejó de sonreír.
—Si se pone a pelear es que está bien –dijo la hermana–. Aunque deberías hacerte una analítica completa porque no es la primera vez que te desmayas.
—¿Ah no? –La miró interesado Elliot.
—¡Qué va! Lleva un par de meses muy cansada y se ha desvanecido de repente un par de veces más, yo ya le digo que debe descansar pero no me hace caso, doctor.
—Entonces tendremos que pedir ese análisis para salir de dudas.
—¡Que estoy aquí! ¡No soy ninguna niña por la que tengan que decidir! Ya soy mayorcita para que estén hablando de mí como si yo no estuviera en la misma
habitación, ¡tomo mis propias decisiones! –La antigua Sarah acobardada se asustó, no volvería a dejar que nadie hablase por ella, mucho menos que tomaran decisiones
en su nombre. Así que les gritó aquellas palabras dejándolos desconcertados. Después, se levantó y salió disparada de allí. Fue a la recepción y cogió los informes de los
pacientes que tenía que visitar aquella mañana sin esperar a nadie. Ella sola se bastaba y se sobraba para hacer su trabajo, lo llevaba haciendo sin necesitar a otro médico
desde hacía cuatro largos meses.
Al cabo de un rato, Elliot se unió a ella en las rondas pero evitó hablarle, no fuera que se enfadara más. Sarah, al principio, se sintió intimidada por su actitud pero
pronto se centró en su trabajo y se olvidó de lo que había ocurrido hacía un rato. Cuando llegó la hora del almuerzo, una de las hermanas con las que trabajaba les llevó la
comida a los doctores por recado de la hermana Agnes. Comieron en una pequeña salita que habilitaron al lado de la recepción para poder controlar si entraba alguien
mientras ellos almorzaban. Sarah no dejaba de dar vueltas al contenido de su plato y el médico de vez en cuando la observaba con una mirada reprobatoria. Aquello la
estaba haciendo enfadarse aún más que por la mañana porque ¿quién era él para decirle lo que debía hacer?
—Por mucho que marees las patatas, van a seguir ahí –le dijo Elliot sin mirarla.
—¿A ti qué te importa lo que yo haga? –contestó bastante seca mirándole a los ojos enfadada, porque igual que la volvía loca de deseo, la volvía loca de remate. No
quería besarla o se suponía que no podía por algún motivo, eso había dicho él ¿y ahora se preocupaba por lo que le pasara?
—Sarah, tras el mareo de esta mañana y los que ya has sufrido, deberías preocuparte un poco más por tu salud –le aconsejó Elliot, pero ella se lo tomó a la tremenda
y la situación se lio aún más.
—Bueno, esto es el colmo. ¿Quién te crees tú que eres y con qué derecho opinas sobre mi vida? Tú no sabes nada, no me conoces, así que métete en tus asuntos que
ya me ocuparé yo de los míos –le respondió la mujer levantándose sin apenas haber probado un bocado. No le dio tiempo a llegar a la puerta, pues él ya la había
agarrado del brazo, la volvió a llevar a la mesa y la sentó con cara preocupada. Después, se sentó junto a ella de nuevo.
—Claro que no soy nadie para dar mi opinión sobre tu vida, pero sí cuando soy médico. Así que, por lo pronto, te vas a comer las patatas con la carne y mañana a
primera hora una enfermera te va a sacar sangre para que la analicemos, porque si no me equivoco sospecho que padeces anemia –contestó Elliot que la miraba fijamente
provocando un mar de sensaciones dentro de ella. «Maldita sea», se dijo a sí misma. Encima tenía ese lado tierno que le encantaba. Como decía su amiga Nicole, tenía
que buscarle alguna pega a aquel hombre de una vez por todas porque si no estaba perdida.
Se comió todo lo que había en el plato sin rechistar pero sin dirigirle la palabra, tampoco él lo hizo. Elliot no dejó de vigilarla para asegurarse de que no se dejaba nada
y el par de veces que ella quiso dar el almuerzo por finalizado, él negó con la cabeza y la obligó a seguir. Cuando al fin terminó su comida, furiosa como estaba, se
levantó y se fue al exterior a respirar un poco de aire que no estuviera tan tenso como el de aquella pequeña sala.
Respirar. Por fin pudo hacerlo, porque cada vez que estaba cerca de Elliot se le hacía muy difícil. Simplemente debía pensar en él de forma profesional, nada de
cosquillas en el estómago, de dejar de respirar en su presencia, de que se le cortara la respiración ni de sentir el corazón a punto de salírsele del pecho. Tenía que olvidar
aquel beso que la había hecho estremecerse como nunca. Tras varios minutos con todo aquello en su mente, volvió a entrar al hospital. Lo mejor era evitar a Elliot
durante un rato, así que se fue a hacer inventario a la sala de materiales.
La tarde transcurrió tranquila, sin grandes complicaciones en los enfermos. Llevaban un período de calma relativa y eso era algo por lo que había que estar agradecido.
Sarah volvió a encontrarse con Elliot, pero apenas se hablaron. Quería mantener las distancias, aunque el doctor se lo ponía muy difícil haciéndole preguntas sin parar.
Ella le contestaba con monosílabos o frases cortas. La hermana Agnes apareció por allí un rato para estar con ellos y ver si necesitaban algo, un ángel caído del cielo era
aquella mujer que se desvivía por la comunidad. Aprovechó la ocasión para pedirle a Sarah que acudiera a la ciudad a comprar lo que necesitaban para la cena de
Nochebuena. Como cada año, iban a celebrar aquella noche especial en el comedor, con las familias más necesitadas que no iban a poder disfrutar de una cena decente en
una noche tan especial como aquella.
—Sarah, recuerda que, además, mañana tenemos la reunión de mujeres.
—Sí, hermana, no se preocupe, está todo listo y por ir a comprar la comida tampoco se apure y cuente conmigo –le dijo Sarah a la religiosa a la vez que rellenaba los
informes de las ultimas urgencias.
—¿De qué reunión habláis? –Quiso saber el joven médico intrigado.
—Organizamos grupos de apoyo psicológico. Las mujeres ponen en común su situación y buscan salidas laborales que les permitan ganar algo de dinero. Es un
proyecto que la propia Sarah ideó cuando llegó aquí y está siendo todo un éxito –dijo la hermana mirando orgullosa a esta, que se sonrojó por el halago.
—Es una cosa de todos, hermana. Yo simplemente lo propuse, pero entre todos salió adelante. –Elliot seguía mirándola queriendo saber más–. Hablan, comparten
sus dificultades, expresan su desánimo… A la vez que elaboran collares o tejen vestidos que posteriormente venden en el mercado sacando unos beneficios. Además, no
se sienten solas gracias a esos momentos que comparten. En este país, la mujer es emprendedora, es creativa, es fuerte, tiene más capacidad de salir adelante que el
propio hombre. Si un hombre muere, la familia puede arreglárselas pero si por el contrario es la mujer la que fallece, ese hombre sale adelante con mucha dificultad.
Elliot miraba a Sarah maravillado. Aquella mujer bajita, con el cabello de un tono rojo intenso y una mirada tan tierna que era capaz de derretir el corazón de quien se
cruzara en su camino, tenía más fuerza que cualquier hombre que hubiese conocido. Así se lo habían dicho a ella misma en muchas ocasiones. Sin embargo, a Sarah no le
gustaba ser el centro de atención así que enseguida desvió el tema.
La noche llegó sin avisar y tras cenar lo que la hermana les había preparado, Sarah se acomodó en el pequeño sofá de la sala para descansar un poco.
—Es bastante pequeño, pero si quieres me muevo para hacerte sitio –le dijo Sarah con voz cansada a Elliot. Había sido un día tranquilo, sin pacientes graves pero sin
parar un solo instante.
—No te preocupes, me quedó aquí en la silla sin problemas. Yo me duermo en un vuelo. Por cierto, cuenta con que te acompañe a comprar lo necesario para lo que
quieran organizar la hermana Agnes y el padre Max para Navidad –contestó Elliot intentando ponerse cómodo, aunque en una silla era difícil, mientras siguió
hablándole–: Es increíble todos los proyectos que lleváis a cabo en este lugar. Sé que aún no los conozco todos, pero me da la sensación de que por mucho tiempo que
esté aquí me será difícil llegar a conocerlos. Al contrario que tú que parece que llevas aquí toda la vida.
—La verdad es que hacemos muchas cosas. Los hijos de padres enfermos por el VIH también reciben ayuda participando en otro proyecto en el que nos aseguramos
de que vayan a la escuela y reciban su tratamiento, así como ayuda psicológica. En esta zona, el sida se ceba con la gente, pero según nuestros estudios la tasa de VIH
está en un doce por ciento cuando hace cuatro meses era de un catorce por ciento. Todo va mejorando, pero despacio. No te preocupes, sólo necesitas tiempo. –Le
estuvo hablando del problema del VIH, mientras el sueño se apoderaba de ella sin remedio. No se dio cuenta, pero aquella última frase que le dijo caló a Elliot, pues eso
era lo que deseaba con más fuerza en el mundo, que el tiempo corriera para poder curar todas sus heridas, que no eran pocas.
*
Sarah se despertó sin saber bien dónde se encontraba. Se había quedado dormida en el sofá de la salita durante varias horas a juzgar por su reloj. Elliot no estaba allí.
Tras estirarse un par de veces, salió de allí y se lo encontró en la silla de recepción echado sobre la mesa con la cabeza descansando sobre sus brazos cruzados. En
aquella postura estaba más guapo que nunca, se le veía relajado y tranquilo. Inevitablemente, acercó la mano a su pelo y lo tocó con suavidad para que no se despertara.
Una sonrisa se instaló en su cara al sentir el tacto de su piel. Deslizó la mano por su cuello y acarició su mejilla con ternura. Elliot emitió un leve suspiro que contrajo
aún más el corazón de la joven doctora. En ese momento, una mujer entró llorando con su bebé en brazos y Sarah acudió rauda a cogerlo. Lo llevó a una de las salas,
mientras la madre le contaba lo que le ocurría. En apenas dos segundos, un Elliot aún somnoliento estaba a su lado. El bebé de unos cinco meses llevaba varias semanas
con fiebre, vómitos continuos y un llanto insoportable. La madre, pensando que era una gastroenteritis, no había acudido al centro, pero los síntomas de su hijo cada
vez iban a peor hasta que aquella mañana el niño estaba como dormido y no reaccionaba.
Sarah descubrió con horror que no estaba dormido si no que había muerto debido a la enfermedad que le había atacado sin piedad. Miró a Elliot intentando explicarle
con la mirada que no había nada que hacer, pero pidiendo tranquilidad para que la madre aún no se enterase. Él asintió con la cabeza y sacó a la madre de allí con la
excusa de que necesitaban valorar al bebé con más detenimiento. Las lágrimas brotaron sin poder evitarlo. Elliot entró de nuevo en la sala y al verla en ese estado la
abrazó sin dudarlo un momento. Sarah lloró por todo lo que llevaba a las espaldas, por el trabajo incansable, las muertes que no había podido evitar comenzando con la
de su primer paciente, su familia que seguía sin preocuparse por ella y los sentimientos tan intensos que estaban naciendo por aquel hombre que la abrazaba dulcemente
mientras le acariciaba la espalda sin dejar de aferrarse a ella. Pasaron varios minutos hasta que se recompuso y enjugándose las lágrimas hizo frente a la situación.
—Déjame que sea yo quien hable con la madre –le pidió Elliot, queriendo evitarle el trago amargo.
Aún no era capaz de responderle, así que asintió con la cabeza y salió por la puerta escondiéndose en el vestuario. Allí lloró y lloró, echando afuera todo lo que
llevaba dentro desde hacía meses. Entonces se acordó de su llegada a la misión varios meses atrás y de los duros comienzos que casi acaban con ella, en especial, con la
muerte de su primer paciente, Razak.
6
Cuatro meses antes…
Varias horas de viaje la habían fatigado bastante, pero al menos ya estaba en el aeropuerto. A la salida vio a una monja menudita con un cartel donde se leía su
nombre. Sarah se acercó a ella observándola más de cerca. Era una mujer de unos sesenta años, vestida con el hábito azul marino, el crucifijo colgado al cuello y unas
sencillas zapatillas de color azul marino. Llevaba unas gafas redondas de pasta en tonos marrones, modelo años cincuenta y le impresionó bastante su rostro que
reflejaba una gran serenidad.
—Hola, Soy Sarah Collins –le dijo a la monjita extendiendo su mano para que se la estrechara. La mujer al verla le sonrió abiertamente y le dio un gran abrazo. Ella se
puso rígida, pues en su familia no abundaban las muestras de cariño, de hecho más bien escaseaban. En público jamás podían mostrarse de tal forma, e incluso Joseph
era del mismo talante. La mujer, notando la incomodidad de Sarah, enseguida la soltó.
—Bienvenida a Obandé, soy la hermana Agnes. Trabajo en la misión junto al resto de hermanas y el padre Max –respondió la monja con una sonrisa en la cara–.
Estábamos deseando que llegaras, hija. – «Hija», aquella mujer a la que acababa de conocer le había dicho hija con más ternura que la que sus padres jamás habían usado
en toda su vida.
La religiosa la guio hasta un coche cercano donde había un señor esperándolas. Era uno de los voluntarios de la misión que les ayudaba cuando era posible, según le
había explicado la monja. Su nombre era Mahmood, ‘el favorecido por Dios’, era la traducción exacta. Acomodada en la parte trasera junto a la hermana, se dirigían al
que iba a ser su hogar durante los próximos doce meses. Era poco más de media mañana y la temperatura ya era agobiante, sin embargo Sarah estaba tan entusiasmada
con el trabajo que no le importaba aquello lo más mínimo. De camino a la misión, la hermana Agnes le estuvo contando que se alegraban enormemente de su llegada,
pues el doctor que recientemente había abierto el hospital no soportó el duro trabajo y se había marchado hacía ya dos meses. Desde entonces estaban sin médico. Sarah
estaba asombrada de que hubieran salido adelante sin ningún conocimiento médico más que con lo que tenían las hermanas y los escasos recursos con los que contaban.
Afortunadamente, entre ellos había algún auxiliar de enfermería, pero si se les hubiera presentado un caso grave poco podrían haber hecho. Aquellas personas eran
grandes de corazón aunque apenas las conocía. La religiosa no dejó de contarle lo que hacían en la misión. Tanta información estaba desbordando a Sarah, que
comenzaba a agobiarse. La mujer vio el ceño fruncido de la nueva doctora que intentaba procesar toda la información y decidió preguntarle cosas sobre ella y su vida en
Boston, pero la recién llegada no deseaba relatar demasiado sobre sí misma y fue bastante escueta. La monja fue consciente de aquello y no la presionó, ya habría
tiempo de charlar.
El voluntario condujo durante un rato que a Sarah se le hizo eterno, pues estaba deseando llegar a la misión de una vez. Desvió la mirada hacia la carretera para
observar el paisaje que les acompañaba en su trayecto. La ciudad se encontraba ubicada en un conjunto de colinas coronadas por montes. La vegetación ocupaba un
lugar relevante, frondosos árboles les rodeaban, así como varios parques y jardines públicos. Poco a poco, la ciudad desapareció mientras se encaminaban por una
carretera farragosa y de difícil acceso. El coche traqueteaba bastante pero a Sarah no le importaba. Miraba maravillada todo lo que había a su alrededor. El contraste de la
ciudad con las afueras le sorprendía sobremanera. La religiosa volvió a llamar su atención preguntando por el jefe de cirugía del Hospital de Boston, que era la persona
con la que había mantenido correspondencia. Era su jefe quien iba a acudir en un principio, pero por problemas de salud definitivamente no había podido aceptar el
trabajo y así es como había llegado a Sarah.
Finalmente llegaron a la misión. Frente a ellos se encontraba un edificio de ladrillo y varias religiosas estaban en la puerta, seguramente esperando su llegada. Los
niños y las mujeres se arremolinaron alrededor del jeep. A continuación, Sarah bajó del coche junto a la hermana Agnes que la llevó hasta la entrada del hospital.
—Bienvenida, doctora Collins –dijo un hombre con alzacuellos, que claramente era el padre Maximilian–. Llevamos esperando su llegada meses y por fin el buen
Dios lo ha hecho posible. –El padre, de unos cuarenta años, era moreno con los ojos oscuros, alto y regordete y su rostro, al igual que el de la hermana Agnes, mostraba
una gran paz.
—Vaya, gracias –contestó Sarah, bastante cortada tras semejante recibimiento.
—Ya se lo he dicho yo, padre –prosiguió la hermana Agnes hablando–. De hecho, aún seguimos impresionados por que una doctora tan joven y con su currículum
haya querido aceptar un trabajo aquí, en el fin del mundo, donde salimos adelante únicamente gracias a nuestro propio esfuerzo. –Sarah estaba empezando a sentirse
incómoda con tanto piropo.
De pronto, las mujeres y los niños que se encontraban junto al jeep comenzaron a bailar y cantar canciones tradicionales de África. La hermana Agnes le explicó que
era gente de la comunidad que se sentía tan agradecida por su llegada que esa era su forma de darle la bienvenida a la misión. Sarah tenía ganas de llorar, nunca nadie antes
la había tratado con tanta dulzura y amabilidad. Se mordió los labios tratando de evitar que las lágrimas afloraran. Un par de mujeres la agarraron de las manos para que
bailara con ellas. Sarah miró a la hermana Agnes, que asintió con la cabeza como invitándola a hacerlo, y Sarah, sospechando que si se negaba a bailar sería una ofensa
para aquella humilde gente, accedió muerta de vergüenza. Tras varios minutos en los que danzó y aplaudió imitando los movimientos de las mujeres, la bienvenida
terminó y Sarah les dio las gracias efusivamente. Le presentaron a otras religiosas de la misión. Sarah no había trabajado antes con tan poco personal, pero el padre le
aseguró que estaban pendientes de recibir a otro doctor para ayudarla en el trabajo.
Poco a poco, fue transcurriendo un día tras otro. Al principio, Sarah iba contrarreloj hasta que se acostumbró. Le costó muchas lágrimas y gritos de rabia en su
solitaria cabaña, pues había cosas que se escapaban a su control y le provocaban una impotencia terrible. Sarah no podía comprender cómo la seguridad social no cubría
las necesidades de los enfermos que atendían. Tampoco entendía cómo la gestión de los hospitales, incluso los del gobierno, era privada. El anestesista y el cirujano
fijaban un precio para la operación y al terminar la intervención les recetaban los medicamentos necesarios para su recuperación, pero si el enfermo no disponía del
dinero preciso debía sufrir tremendos dolores y aguantar. A ella esto la indignaba. No quería saber nada del dinero que los enfermos le daban cuando los operaba, pero el
padre Maximilian le explicó que ese dinero se reinvertía en la misión y que así estaba fijado. Si no seguían las normas establecidas, el gobierno podía cerrarles el hospital
y eso era lo menos deseado. Las ONG les ayudaban a gestionar el hospital pero aun así había demasiadas injusticias que rompían el corazón de la pobre Sarah. Lo que
más dolor le había provocado hasta entonces fue la pérdida de su primer paciente un mes después de llegar a Obandé.
Se trataba de un hombre joven que padecía una meningitis bacteriana. Aquella gente sin recursos no se vacunaba y muchas de las enfermedades que a ella le parecían
ya erradicadas estaban presentes en aquel lugar con demasiada frecuencia. Aquel hombre trabajaba en el campo sin descanso y no tenía tiempo de acudir al hospital,
según le contaba la hermana Agnes. Hasta que no se desmayó trabajando sus compañeros no le llevaron a que Sarah lo evaluara, pero por desgracia la enfermedad ya
estaba bastante avanzada. Sus acompañantes relataron que llevaba ya un par de semanas con fiebre, dolor de cabeza intenso, había vomitado y les había comentado que
se notaba el cuello rígido, pero no podía faltar al trabajo porque su familia no comería. Su madre y sus hermanos dependían exclusivamente de él, era el hombre de la
casa tras la muerte de su padre en los conflictos con la guerrilla de la zona. Inmediatamente, le hicieron una punción lumbar que evidenció lo que Sarah sospechaba, tenía
meningitis bacteriana. Le pusieron un tratamiento con antibióticos pero ya era demasiado tarde. Su cuerpo no lo resistió y falleció. El momento de perder al paciente
seguía anclado en sus recuerdos y dudaba que algún día pudiera olvidarlo…
—Hermana Agnes, Razak no evoluciona. No sé qué más hacer, la fiebre es imposible de controlar y anoche volvió a sufrir convulsiones –dijo a la monja una
demacrada Sarah que no salía de aquel lugar desde hacía dos días. La hermana la había convencido de que saliera al exterior a que le diera la brisa y estirara un poco las
piernas. Ya fuera, la monja le decía:
—Lo sé, hija mía, pero debes aceptar que mis hermanas y yo nos turnemos contigo. Tú eres la doctora y hay más enfermos, necesitamos que estés a pleno
rendimiento. Razak está en manos de Dios, si las medicinas no consiguen sanarle será la voluntad del Altísimo –le respondió la hermana con las manos entrelazadas para
rezar.
Sarah no quería pensar que Dios tuviera algo que hacer allí, en aquella remota comunidad donde todo salía adelante gracias al esfuerzo de la congregación de las
hermanas, pero sí llevaba razón en que tenía que descansar. Hasta ahora, que había empeorado, Sarah no había querido salir del hospital. Estaba exhausta, pero Razak
dependía de ella y no podía fallarle.
—¡Doctora! ¡Corra, es Razak! –gritó una religiosa desde el interior del hospital. Sarah corrió despavorida temiendo que lo peor hubiese llegado. Entró como una
exhalación en la habitación del paciente seguida de la hermana Agnes. Volvía a sufrir convulsiones y ardía de fiebre. Comenzó a fallarle el corazón, fibrilaba. Ni siquiera
las palas consiguieron aferrarle a la vida. Finalmente tuvo una parada cerebral, sus órganos seguían con vida pero ya nada se podía hacer por él.
—¿Lo desconectamos, doctora? –Oyó que alguien decía, pero ella ya no estaba allí. Sin dejar de mirar a Razak se quedó petrificada, empezó a costarle respirar. La
hermana Agnes se dio cuenta y con suavidad luchó con ella para sacarla de allí. Tenía que seguir en aquella habitación junto a él, hacer algo… Mientras ella continuaba
con la mirada perdida, la hermana la llevó al exterior donde apenas hacía unos minutos estaban comentando el estado de Razak. La ayudó a sentarse en los escalones y
no dejó de acariciarle la espalda para aliviarle el dolor de haber perdido a su primer paciente. Ahora entendía cómo se habían sentido sus compañeros de Boston, cuando
les había pasado lo mismo. Vacíos y fracasados. Razak dependía de ella y no había podido hacer nada. La hermana, que comprendía sus sentimientos, comenzó a
hablarle.
—Sarah, mi niña, no pienses que la muerte de Razak ha sido por tu culpa. Llegó a nosotras demasiado tarde y no había nada que hacer. Yo he visto a mucha gente de
esta comunidad nacer, pero también morir. Ya sabes que contamos con pocos recursos. Hacemos lo que podemos. No pienses que no has hecho todo lo que estaba en tu
mano porque así ha sido, pero estaba en el plan de Dios llevárselo con él. –Intentó calmar su dolor, pero era difícil en ese momento y aún quedaba lo peor, decirle a la
madre que su hijo había muerto. En ese momento Sarah despertó de aquel trance y se levantó. Entró a por las llaves del jeep y salió rápidamente. Hizo caso omiso a las
voces de la hermana Agnes. Se dirigió a la casa de Razak, donde se encontraba su madre cuidando de sus otros hijos pequeños. La guerra había acabado con la vida de su
marido y nuevamente la tragedia se había cebado con ellos. Tras salir del coche y cerrar la puerta, vio a la madre que salía de la pequeña cabaña donde vivía con sus tres
hijos pequeños. No hizo falta que le dijera nada, pues Sarah llegó con el rostro bañado en lágrimas. La madre de Razak se lanzó al suelo de rodillas y comenzó a llorar
diciendo cosas en un idioma que Sarah desconocía. Haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban, pues estaba agotada, se acercó a ella. Se sentó a su lado en el
suelo e hizo lo mismo que la hermana había hecho con ella, acariciarle la espalda tratando de aliviar un poco su aflicción. ¿Pero cómo mitigar el dolor de una madre tras
perder a su hijo?
Sarah viajó en el coche junto a su madre y los hermanos de Razak. El viaje fue más asfixiante de lo habitual, no sólo por la temperatura, que no bajaba de los treinta y
cinco grados, sino por la delicada situación. Llevaba en el jeep a una madre que había perdido a su hijo mayor, el cabeza de familia. A Sarah no le preocupaba que aquella
familia fuera a morirse de hambre, pues como le había dicho la hermana Agnes en una ocasión, no importaba que el hombre no estuviera en la familia porque era una
sociedad matriarcal. Si el hombre fallecía, el hogar salía adelante, pero si era al contrario, la familia tendría serias dificultades para conseguirlo. Sarah estaba consternada
por la parada cerebral de Razak, su muerte en vida. Debía dejar a esa madre decidir en qué momento desconectarle de las máquinas, aunque su hijo ya no era ese cuerpo
inerte que yacía sobre la cama.
Llegaron al hospital y mientras algunas monjas se quedaron con los pequeños, Sarah y la hermana Agnes entraron con la madre de Razak al hospital. Al abrir la
puerta de la habitación, la madre se tiró al suelo y comenzó a sollozar. Los ojos de Sarah se inundaron de lágrimas silenciosas, pero la hermana le apretó la mano y tiró
de ella hacia dentro. Por la mirada de la hermana comprendió que debía sacar fuerzas y ser fuerte por aquella mujer que acababa de perder a su primogénito. Sarah y la
hermana se quedaron a un lado de la cama esperando que la madre pudiera levantarse y acercarse a su hijo. Respetaron aquel momento de duelo. Sarah nunca había
presenciado algo así, ese llanto ruidoso con gritos en su idioma, esos golpes en el suelo, el inmenso dolor al sobrevivir a un hijo.
La hermana no dejaba de agarrar la mano de Sarah, que estaba impresionada y quería tirarse al suelo a consolar a aquella mujer, pero la monja le hizo entender que ese
momento debía vivirlo sola. A los pocos minutos, algo más calmada, se levantó y se dirigió a la cama donde su hijo yacía inmóvil. Su madre lo acarició y lo besó por
todas partes durante un rato que a Sarah se le hizo eterno. Sólo deseaba salir de aquel dramático lugar, huir del dolor y esconderse. La hermana se acercó finalmente y
habló con la madre para explicarle que no había nada más que hacer pero debían asegurarse de que comprendiera lo que iba a suceder, cerciorarse de si estaba preparada
para desconectarle. Nada más hablar con la madre de Razak, la religiosa desconectó todo. Únicamente sonó el pitido del corazón parado durante unos segundos, pero la
hermana rápidamente apagó aquel sonido ensordecedor para evitar más sufrimiento. Le hizo un gesto a la doctora para que saliera y le diera unos instantes de intimidad
a la madre con su hijo fallecido, pero esta no era capaz de moverse. La religiosa al darse cuenta tiró de ella suavemente y la llevó fuera a tomar el aire. Sarah se lanzó
hacia los escalones de la entrada donde comenzó a sollozar tan fuerte que llamó la atención de unos pequeños que correteaban por allí. Los niños se sentaron junto a ella
con el semblante triste y le acariciaron el pelo con suavidad. Sarah alzó la vista al darse cuenta de que eran los hermanos de Razak; entonces, hizo de tripas corazón y se
limpió las lágrimas con rapidez. Se levantó y se puso a jugar con ellos, para que su vida permaneciera igual al menos durante un rato más. Los siguientes quince minutos
todo fueron risas y chillidos de niños felices jugando con la doctora y haciéndose cosquillas mutuamente. No compartían el idioma pero no era necesario, incluso Sarah
se olvidó del momento trágico que acababa de vivir.
7
Su turno llegaba afortunadamente a su fin, tras pasar un rato en el vestuario llorando como una niña, salió y buscó a Elliot. ¿Estaría aún consolando a aquella madre
que acababa de perder a su hijo? No podía enfrentarse a eso, a pesar de que había tenido que pasar por ello, en varias ocasiones, desde su llegada. No había rastro del
médico ni de la madre del bebé, pero sí de la hermana Agnes. Estaba en la recepción mirándola con pena y cuando Sarah se acercó le abrió los brazos. Ella no dudó en
abrazarse a la hermana, sobre la que volvió a llorar sin consuelo. La religiosa se había convertido en alguien muy importante para Sarah, pues en el poco tiempo que
llevaban juntas había compartido con ella más confidencias y sentimientos que con su propia madre. La hermana Agnes la acompañó a su cabaña para que descansara
tras su turno de veinticuatro horas. Una vez allí, se quedó con la doctora para asegurarse de que tras la ducha se acostaba en la cama para que intentara reposar un poco.
—No puedo dormir ahora, hermana, esta tarde es la reunión de las mujeres y tengo que estar presente –le pidió Sarah mientras la obligaba a tumbarse.
—Querida mía, nadie es imprescindible en esta vida y tú necesitas el descanso más que nada ahora mismo, así que no rechistes. Dentro de un rato vendré a traerte la
comida antes de que vuelvas a echarte –le dijo la hermana, comportándose como esa madre atenta que nunca tuvo.
—Pero, hermana, ya sabe que las mujeres cuentan con que yo vaya, no puedo abandonarlas.
—Y, por supuesto, que no lo harás. Sarah, hija, debes descansar para seguir atendiendo a esta gente como hasta ahora, pero me preocupa tu estado de salud
últimamente y el doctor Savannah puede ocuparse esta tarde de la reunión. Además, estoy segura de que a las mujeres no les importará el cambio, pues a la vista está
que el médico… –le contestó la hermana, que se sonrojó tras su comentario, lo que hizo que la doctora se echara a reír pues la hermana llevaba toda la razón.
—De eso no me cabe duda, hermana, pero dígame ¿ya la ha asustado el doctor diciéndole no sé qué tonterías sobre mí?
—Sarah, no seas cabezona. El doctor me ha comentado que puedes tener anemia y no me sorprendería. Hija, te desvives por esta gente de una manera enfermiza. Ya
ves en qué estado estás. Necesitas descansar y no se hable más.
La hermana había dicho su última palabra. Salió de la cabaña dejándola asombrada por ese temperamento que nunca antes había visto, pero en el fondo sabía que era
su manera de preocuparse por ella y cuidarla. Sarah se puso a pensar en los últimos momentos que había vivido hasta que el cansancio y la tristeza pudieron con ella y
se durmió sin remedio. No supo por cuánto tiempo. Más tarde, la hermana Agnes le llevó la comida y le contó que todo estaba bajo control, mientras se aseguraba de
que se tomaba todo lo que le había llevado. Sarah le pidió que le informara sobre los enfermos del hospital pero no consiguió nada. En cuanto se hubo terminado la
comida, la religiosa volvió a obligarla a dormir, pero como Sarah no tenía sueño se quedó un ratito con ella. La hermana no pudo resistirse a la insistencia de Sarah por
saber de los pacientes y, al final, accedió:
—¿Qué ha pasado con la madre del bebé muerto? –Quiso saber ella.
—No pienses en eso ahora, hija mía.
—Hermana, por favor, tengo que saberlo. Yo no he sido capaz de estar con ella porque me he derrumbado y he huido a esconderme como hacía mucho tiempo que no
me pasaba –se lamentó Sarah con un hilo de voz.
—De eso nada, Sarah. No te permito que pienses así. Desde que llegaste a nuestra misión has hecho tanto por esta gente sin recibir nada a cambio que no te
consiento que hables así sobre ti misma. El doctor le dio la noticia y se quedó con ella intentando confortarla, aunque ya imaginarás que es harto complicado. Otro regalo
que nos ha dado el señor, ese médico es otra joya, como tú.
Sarah se estremeció al recordar el abrazo en el que se había fundido con Elliot. El calor de su cuerpo, sus manos sujetándola con fuerza y acariciándola sin descanso
hacían aflorar miles de sentimientos en ella. Quiso desterrar aquellos pensamientos pero veía que era inevitable sentir aquello por ese hombre. La hermana siguió
hablándole de las excelencias del nuevo médico; si no fuese porque era religiosa hubiera dicho que hasta le gustaba.
—Sarah, las personas somos las intermediarias con Dios. Aquí se hace todo lo que se puede por ellos y luego rezamos para que Dios les eche una mano. Esta gente
tiene un Dios especial sobre ellos, durante todo el día, que les protege y les cuida tanto que a veces hace maravillas. Yo me quedo sorprendida por cómo algunos casos
salen adelante. En ese momento, miro al cielo y le doy gracias al Señor. Pero, a veces, ese Dios los reclama demasiado jóvenes para que le acompañen en su reino de la
luz y no nos queda más que aceptarlo y rezar para que su alma encuentre el descanso eterno. –Con aquellas profundas palabras con las que la hermana siempre
conseguía conmoverla cuando tenían esa clase de conversaciones, Sarah sintió que las fuerzas la abandonaban de nuevo y se sumió en un reparador sueño.
Ya bien entrada la tarde se despertó y decidió salir a darse un baño en la laguna como el día anterior antes de que Elliot y ella se dieran ese fatídico beso. Las
hermanas y el doctor estarían en la reunión, así que no le preocupaba que alguien pudiese verla. Cogió una toalla y tras ponerse su bañador deportivo, el mismo que
utilizaba en sus clases de natación en Boston, se dirigió hacia la laguna. Una vez allí, nadó, buceó, se olvidó de todo y al salir del agua se tumbó sobre la toalla haciendo
que los rayos del sol doraran un poco su blanca piel. Relajada y descansada, sintió un poco menos el peso que llevaba consigo. Quizá debía hacer caso a la hermana y
aceptar que la vida muchas veces toma otro camino sin que nosotros podamos hacer nada para evitarlo. Cuando comenzó a anochecer volvió a su cabaña. Iba
completamente tranquila cuando en su puerta, de nuevo, estaba Elliot.
—He venido a ver cómo estabas –le dijo el médico dándole un buen repaso de arriba abajo. Cuando Sarah se dio cuenta de cómo la miraba, el joven doctor se
concentró en su cara bastante sonrojado.
—Gracias, la verdad es que estoy estupendamente. El descanso y el baño me han sentado de maravilla –le contestó ella quitándose la toalla enrollada a la cintura. Los
ojos de Elliot volvieron a pasearse por su cuerpo sin atisbo de vergüenza. ¡Le gustaba! Sarah no sabía si lanzarse a besarlo o dar saltos de alegría. No se había separado
de ella porque no le interesara, sino que había algo más que Sarah, sin duda, terminaría descubriendo. Su objetivo desde aquel preciso instante sería seducirlo–. ¿Quieres
entrar a mi cabaña para que hablemos más tranquilos? –Intentó convencerlo acercándose a él muy seductora.
—No… yo… tengo que irme –carraspeó mientras no le quitaba el ojo de encima. Estaba a punto de caer, sólo tenía que forzarlo un poco más.
—Acompáñame, por favor. Quiero que hablemos sobre el caso de esta mañana, pero antes necesito darme una ducha. –Quiso convencerlo de aquel modo y, para su
sorpresa, funcionó. Elliot asintió con la cabeza y entraron en la cabaña. Sarah entró a la ducha que necesitaba más que nunca, pues su cuerpo estaba empezando a sentir
un calor infernal al tenerlo tan cerca y ver cómo la miraba. Parecía que la deseaba pero que algo le impedía actuar, y eso le estaba dando más confianza en sí misma. Al
rato, salió del baño con la toalla anudada en su cuerpo, descalza y con el pelo mojado. Elliot tragó saliva al verla así.
—Saldré mientras te vistes –dijo él girándose hacia la puerta con visibles muestras de estar sudando por el nerviosismo que le provocaba aquella imagen, pero Sarah
fue más rápida y le agarró del brazo obligándole a girarse para estar a escasos centímetros de él.
—No tengo por qué vestirme –respondió ella quitándose la toalla y quedándose desnuda delante de él. Se estaba arriesgando mucho con aquel gesto, sus
respiraciones se volvieron aceleradas y Sarah notaba el corazón en la boca.
—¿Por Dios, Sarah, qué estás haciendo? –Consiguió al fin decir el doctor tras unos segundos en los que se deleitó observando su cuerpo–. No podemos hacer esto…
—Claro que podemos –respondió ella, lanzándose a su boca y eliminando cualquier duda que él pudiera tener.
Se subió a él enrollando sus piernas alrededor de su cintura. Sarah pudo sentir lo excitado que estaba, lo que le dio más fuerza para seguir besándolo, explorando su
lengua, tirando de sus labios e incluso dándole algún mordisco travieso. Elliot quiso resistirse, pero fue imposible. A los pocos segundos la agarraba fundiéndose con ella
en un beso salvaje y apasionado. Ella quería más, necesitaba que la llevara a la cama y le hiciera el amor sin parar, pero Elliot no se movía. Cuando separaron sus bocas
para respirar, él apoyó su frente en la de ella y la magia se evaporó. La bajó despacio y la cubrió con la toalla de nuevo. Sarah estaba desconcertada. Había sentido lo
mucho que la deseaba, ¿qué había pasado?
—Tenemos que parar antes de que nos arrepintamos, Sarah. –Y con esas palabras abandonó la cabaña, dejándola frustrada, confusa e insatisfecha.
Sarah no fue a cenar, pues de nuevo ese hombre había conseguido que se sintiera avergonzada, incluso más que la vez anterior, ya que en esta ocasión se había
mostrado completamente desnuda ante él. No comprendía por qué actuaba de aquella extraña manera, cuando no cabía ninguna duda de que la deseaba. Lo había podido
comprobar. Algo no cuadraba y ella lo descubriría tarde o temprano.
La hermana Agnes volvió a su cabaña a encargarse de que cenara. Aunque se le había quitado el apetito por completo, tuvo que hacer un esfuerzo para que la dejara
sola y poder idear algún plan que acabara con las defensas de aquel hombre. La religiosa le preguntó por el doctor Savannah, pues no había aparecido por el comedor
como cada noche, pero Sarah se hizo la tonta y le dijo que no sabía nada de él desde que dejó el hospital ese día. Cuando consiguió que la hermana la dejase en la
tranquilidad de su habitación, fue en su busca. No estaba en su habitación, así que empezó a caminar por los alrededores sin ningún éxito. Volvió a la cabaña de él al ver
luz encendida en su interior. Llamó a la puerta y un Elliot con un simple pantalón de pijama negro largo y con el torso desnudo del que caían pequeñas gotas de sudor, la
recibió:
—Sarah ¿qué haces aquí? –le preguntó con la respiración acelerada sin comprender su presencia en aquel lugar y a esas horas. Parecía que había estado desfogándose
haciendo ejercicio.
—¿Tú qué crees? –contestó ella entre enojada y excitada por la visión de su glorioso cuerpo del cual no podía apartar la mirada. El doctor se dio cuenta y quiso
zanjar el tema de nuevo.
—Creía que había quedado claro hace un rato –le dijo mientras intentaba respirar con tranquilidad, pero Sarah ya no distinguía si era debido a la recuperación tras el
ejercicio o al deseo que se estaba apoderando de él y, sobre todo, de su entrepierna.
—¿Claro? Lo tendrás claro tú pero yo no. –Lo empujó hacia dentro y cerró la puerta–. ¿Estás matándote a hacer ejercicio para compensar el calentón con el que te
has ido? –Sarah no sabía de dónde salían aquellas palabras, porque ella no era así, pero es que aquel hombre la ponía al límite.
—No te pases, pelirroja. Será mejor que te marches y mañana cuando estés más despejada, hablamos.
—Yo estoy superdespejada aunque algo insatisfecha, y confundida también. Por eso estoy aquí, para que me des alguna explicación porque no entiendo nada. Las
mujeres deben lanzarse a tus brazos muy a menudo, a la vista está, pero la forma en la que las rechazas es increíble.
—¡Basta, Sarah! No vamos a tener esta conversación –respondió Elliot, que estaba poniéndose furioso a juzgar por cómo subía y bajaba su pecho.
—Oh, sí, ya lo creo que vamos a tener esta conversación. A mí no me besa nadie ni se muestra tan excitado como tú y luego me deja a medias. Así que antes de que
terminemos con lo que hemos empezado en mi cabaña hace un rato, dime qué es lo que te impide que hagamos el amor como ambos deseamos. –Un gemido se escapó de
la garganta de Elliot tras las palabras de Sarah que empezaban a hacer efecto en su cuerpo.
—¡Por Dios, porque no puede ser! ¿Es que no le tienes ningún respeto a la orden? –preguntó muy enfadado.
—¿De qué orden me estás hablando? –le miró ella sin comprender nada. «¿De qué narices le estaba hablando?», se dijo Sarah.
—¡La orden de las hermanas marianas del Señor! Vale que no lleves hábito, pero si has decidido consagrar tu vida a Dios ¡tenle un poco de respeto! –contestó Elliot
malhumorado. «¿Pensaba que era monja, como la hermana Agnes?», se dijo. En ese momento no pudo evitarlo y se echó a reír provocando más la ira de él. Cuando pudo
hablar sin reírse le sacó de dudas.
—¿Piensas que soy religiosa como las hermanas? Me alegra saber que ese es tu único impedimento, porque no lo soy. Simplemente soy una cirujana que ha venido a
trabajar en este proyecto durante un año. –El semblante de Elliot pasó por varios estados de ánimo: sorpresa, alegría, pero lo que más afectó a Sarah fue ver en sus ojos
un halo de desolación. Ya no había nada que impidiera que vivieran aquel momento, ¿por qué esa mirada?
—Sarah, márchate por favor. Lo mejor será que lo dejemos aquí, no importa lo mucho que te necesite ni te desee, hazte a la idea de que eso no va a suceder nunca. –
Las palabras de Elliot la hirieron y ya no tuvo ganas ni fuerzas de seguir luchando por él.
Abandonó la cabaña cabizbaja sin entender su actitud. No podía dormir en aquel momento, cuando se encontraba tan herida y asombrada, así que se decidió por dar
un paseo por los alrededores. Quizá había confundido lo que él sentía por ella, pero no, el mismo Elliot le había dicho que la deseaba, ¿qué demonios estaba ocurriendo
allí? Su mente estaba saturada tras los últimos acontecimientos vividos, por lo que finalmente se marchó a su cabaña a intentar conciliar el sueño antes de empezar un
nuevo día junto a aquel hombre que jamás sería suyo.
8
A la mañana siguiente fue en busca de la hermana Agnes para que le contase cómo había ido la reunión de mujeres y para sorpresa de Sarah había sido un rotundo
éxito. El doctor se había portado fenomenal con las mujeres, se había interesado por sus actividades allí, por sus familias y hasta había bailado con ellas. Se acercaba las
fechas navideñas a pesar del aspecto que tenía el poblado, pues para ella resultaba chocante vivir una Navidad calurosa, aunque no tenía muchas ganas de celebrarla. En
ese momento se imaginó a su amiga Nicole adornando su casa con toda la parafernalia navideña, pues a pesar de no contar con familia propia siempre le había encantado
decorar la casa con el árbol, las luces, guirnaldas… Su casa parecía una feria de pueblo, vaya. Ella, por el contrario, detestaba todo lo relacionado con aquella festividad
pues en la casa de su familia siempre montaban grandes fiestas. En Nochebuena acudía a cenar a casa gente que ni siquiera conocía, pero que eran contactos importantes
de su padre. Y en Nochevieja la cosa no mejoraba, sus padres se empeñaban en viajar cada año a un lugar diferente a celebrar el Año Nuevo: Japón, Australia, Nueva
York, Italia, España… Desde que tenía uso de razón habían estado en una zona del planeta distinta disfrutando de una gran cena con su posterior fiesta, pero todo
alejado del ambiente cálido que sus amigas de la universidad siempre habían disfrutado. Incluso el mismo Joseph, pues a su madre le encantaba preparar una gran cena y
rodearse de su familia en casa. Era la única noche que su esposo, uno de los concejales del partido de su padre, le concedía el deseo de estar a solas disfrutando de una
auténtica velada familiar.
Cuando encontró a la religiosa, le explicó qué era lo que necesitaba para la cena de Nochebuena que tenían pensado preparar, pero ni por asomo iba a decirle a Elliot
que la ayudara tras su último rechazo. La hermana le preguntó si el doctor la iba a acompañar como les había informado, pero ella enseguida le explicó que lo mejor era
que se quedase por si había algún tipo de emergencia que requiriese de la ayuda de alguno de ellos. Los auxiliares y las hermanas tenían conocimientos médicos pero no
llegaban a ser médicos y a veces era necesario que un facultativo estuviese presente. Podían tener un día de lo más relajado y tranquilo o en un segundo encontrarse una
situación de vida o muerte.
Una vez tuvo la lista de todo lo necesario, se pasó por el hospital para asegurarse de que todo marchaba bien. La hermana Agnes estaría al cargo durante el turno de
mañana junto a los auxiliares así que podía irse tranquila. Mahmood la estaba esperando a las afueras del centro hospitalario con la sonrisa marcada en su rostro. A
Sarah eso la seguía impresionando, no importaban las condiciones en las que aquella gente viviera, rara vez veía la tristeza en sus caras. Se pusieron en marcha
inmediatamente para tardar lo menos posible. Durante el trayecto, el voluntario volvió a agradecerle a la doctora su rápida ayuda cuando le había atendido hacía varias
semanas. Mahmood había padecido una gripe, pero en las terribles condiciones en que vivían, en las que a veces escaseaban los recursos, cualquier enfermedad por
simple que pareciera resultaba mucho más grave.
—Mi esposa quiere que venga a cenar un día a casa. Para nosotros sería todo un honor después de todo lo que hizo por mí –le dijo el hombre alto y grandote que
conducía el coche con suma maestría por aquella complicada carretera.
—Me encantaría ir, pero no porque te curara de la gripe sino porque me gustaría conocer a tu esposa y a los pequeños de los que tanto hablas. –Mahmood estaba en
el paro desde hacía varios meses, trabajaba en la ciudad construyendo edificios pero su empresa quebró y se quedó en la calle. Desde entonces ayudaba a la orden
religiosa de las hermanas marianas aportando lo que podía. Conducía, reparaba lo que se estropeara en la misión e incluso en el hospital archivaba los documentos que le
decían las hermanas. Estas a cambio le daban comida y ropa para sus hijos. Su esposa, Rebekkah, trabajaba en un mercadillo de la ciudad vendiendo los collares,
vestidos y anillos que ella misma creaba. El caso de Mahmood y Rebekkah le impactó bastante cuando él mismo se lo contó.
—Rebekkah es una mujer increíble, doctora, y no se lo digo porque sea mi esposa y porque la ame más que a mi propia vida. Nunca le he contado nuestra historia,
me temo. –Sarah frunció el ceño y negó con la cabeza–: Rebekkah no es africana como yo. Ella procede de Estados Unidos como usted. Su vida ha sido bastante difícil,
su madre falleció al darla a luz y su padre le echó la culpa de la muerte de su esposa. No soportaba estar cerca de ella porque se parecía demasiado a la mujer que había
sido el amor de su vida, así que en cuanto se casó con otra, mandó a mi dulce Bekkah a casa de sus tías maternas donde recibió todo el amor que su propio padre le había
negado. Siempre se ocupó de ella económicamente pero no quiso siquiera verla. Rebekkah se crió con sus primos y sus tíos que sí la trataron como se merecía, pero
siempre le quedó el dolor de no tener el amor de unos padres.
»Cuando tuvo diecisiete años viajó por el mundo conociendo diferentes países, al tener el respaldo económico y el apoyo de sus tíos podía hacer lo que quisiera y su
deseo era ese, hasta que llegó aquí y nos conocimos. –Sarah podía ver la emoción en la voz de aquel hombre fuerte y grande, aquello la sobrecogió–. Llegó a Obandé
como le digo a la edad de diecisiete años, yo contaba por aquel entonces con veinte y era un muchacho pobre, pero con unas ganas enormes de luchar por ser alguien en
la vida.
»Recuerdo claramente la primera vez que la vi. Bekkah estaba sentada en el suelo llorando, nadie se le acercaba, pasaban por su lado como si no existiera. Yo acudí
inmediatamente a ver qué le sucedía y al ver sus ojos castaños empapados por las lágrimas sentí como si me clavaran un puñal en el corazón. Estaba en apuros y parecía
desolada. No quería pensar que alguien le hubiese hecho daño, pues se la veía completamente desvalida. Mi alivio llegó pronto cuando me dijo que le habían robado el
bolso y en el forcejeo se había caído al suelo. Por suerte en su hotel tenía más dinero, pero se había llevado un susto tremendo y no estaba su familia, la que la quería
para poder consolarla. La acompañé a su hotel y le dije que si lo deseaba podía enseñarle la ciudad, aunque lo que sentía en ese momento era que anhelaba mostrarle el
mundo. –Sarah le sonrió a la vez que sentía el gran amor que Mahmood le profesaba a su mujer.
»Y así, poco a poco, nos fuimos conociendo. Visitamos la ciudad a diario, la llevé a los pueblos de alrededor, ella me contó la dura relación con su padre y yo le
expliqué mi situación, pues no quería engañarla, aunque no le importó lo más mínimo. Así pasaron varios meses hasta que su padre se enteró de nuestra relación a través
de sus tías y todo se acabó. Mandó a otro tío paterno a por ella y al ser menor de edad tuvo que marcharse, dejándome con un gran vacío en el pecho, y es que nos
amábamos tanto doctora…
Sarah se estaba emocionando con la historia de Mahmood, al igual que él. Apoyó una mano en su hombro para reconfortarle durante un instante y enseguida se
recompuso prosiguiendo con la historia.
—No pudimos comunicarnos de ninguna de las maneras, ella no podía salir del país y yo no podía ir en su busca porque era tan pobre como las ratas. Cuando
cumplió la mayoría de edad su padre ya no podía retenerla, y abandonó su país en mi busca, no sin antes tener discusiones de lo más acaloradas en las que le decía que
no comprendía cómo quería dejar una vida acomodada para irse con un hombre pobre y de color. Pero, entonces, Bekkah le dijo todo lo que llevaba callando desde que la
abandonó siendo apenas un bebé, cosas como: «Es pobre, sí, pero su corazón es más rico que el tuyo porque sabe amar». Yo había perdido toda esperanza de
encontrarme con ella nuevamente pero un día de lluvia y nubarrones, estando bajo un techo de un edificio que habíamos empezado a construir hacía unas semanas,
apareció.
»Me habían contratado recientemente y estaba aprendiendo el oficio, tenía que ir a comprobar un par de cosas y, a pesar de la lluvia, acudí al lugar. Si no hubiese sido
porque era un día frío y gris, habría creído que estaba contemplando una alucinación, como en el desierto cuando los caminantes ven oasis provocados por el sofocante
calor. Rebekkah estaba en la acera de enfrente bajo la lluvia con un pequeño paraguas y sonriéndome. No fui capaz de reaccionar, así que ella se fue acercando a mí hasta
que conseguí hablar y le dije: «¿Estás aquí?», a lo que ella me contestó «Para siempre», y desde entonces hasta ahora.
Sarah ya no pudo evitarlo más y lloró emocionada por la preciosa historia de amor que acababa de escuchar y que jamás hubiera esperado oír de ese hombre que vivía
en aquel humilde poblado donde las cosas parecían simples y sencillas. Mahmood también se emocionó y alguna lágrima se le escapó, pero enseguida se la limpió con su
enorme manaza.
—Es una historia hermosa. Nunca habría imaginado que algo así pudiera suceder en un lugar como este, la verdad. Aquí todo parece ser tan fácil y a la vez tan difícil.
Me alegro mucho de que después de lo que pasasteis pudierais conseguirlo y estar juntos y felices, porque en definitiva es eso de lo que se trata la vida ¿no?
—Bueno, doctora, no fue todo tan estupendo. Bekkah no se separó de mí desde entonces, pero su padre nos hizo la vida imposible, mandó otra vez a su tío para que
la hiciera entrar en razón, ya que era mayor de edad y no podía llevársela otra vez. Intentó que sus tías la convencieran, pero nunca antes la habían visto tan feliz y
comprendieron que su felicidad ya no estaba junto a ellas. Aun así hizo todo lo que pudo hasta que la desheredó y le retiró todo el dinero que tenía en una cuenta que le
había creado antes de que naciera. Vivimos con lo que vamos sacando de los trabajos, ella en el mercado, yo si me sale algún trabajillo y las hermanas nos ayudan
también mucho. Hemos tenido dos niños preciosos que son toda nuestra vida y que nos llenan de alegría cada día.
—Menos es más –le dijo Sarah, aún emocionada por su historia, y es que aparte de ser emocionante de por sí, no pudo evitar sentirse reflejada en parte en la vida de
Rebekkah al no contar con el apoyo de su padre en nada y tener que huir en busca de la felicidad–. ¿No habéis vuelto a saber de su padre?
—Eso es lo más triste, doctora. Hace un par de años el padre de Bekkah enfermó y ella sin dudarlo voló para estar con él llevándose a los pequeños a pesar de que
yo no estaba convencido, pues no quería que sufrieran y no sabía de qué forma iba a recibirlos. Ni siquiera en aquellos momentos en los que se estaba muriendo cedió y
finalmente falleció sin conocer a sus nietos y sin perdonar a su hija. Bekkah volvió destrozada pero tranquila porque había hecho todo lo que estaba en su mano, aunque
no consiguió reconciliarse con su padre.
—Vaya, pobrecita. Ninguna persona debería sufrir ese trato de sus padres, porque supuestamente son quienes deben quererte y protegerte de todo el dolor que ya te
encuentras tú solo en el mundo. La verdad es que la comprendo bastante… –No pudo ni quiso seguir pues no le gustaba ir contando sus penas a la gente. Además, en
ese momento llegaron al establecimiento donde comprarían lo que necesitaban para Navidad. Tras un par de horas en el hipermercado volvieron a la misión mientras
Mahmood le habló de su boda, el nacimiento de sus hijos, las vicisitudes por las que habían tenido que pasar… Y lo que más claro le quedó a Sarah era el gran amor que
aquellas dos personas de culturas y mundos tan distintos compartían. Gracias a historias como esa, Sarah mantenía la esperanza de conocer un amor tan maravilloso
como aquel algún día.
La hermana Agnes quedó muy agradecida tras ver todo lo que habían comprado, aunque un poco enfadada también, porque Sarah había pagado muchas de aquellas
cosas con su propio dinero. La misión le estaba otorgando tantas alegrías que era lo mínimo que podía hacer. Sarah quedó con Mahmood en cenar con su familia ese
mismo día, pues estaba deseando conocer a Rebekkah, todo un ejemplo a seguir. Acudió al hospital para ver cómo se encontraban los pacientes y nada más entrar el
corazón le dio un vuelco al ver a Elliot. Estaba en el mostrador de la entrada rellenando unos informes de pie, con el pelo alborotado y tan arrebatador como siempre.
Estaba charlando animadamente con una de las hermanas y ambos sonreían. Entonces se giró y al verla se puso muy serio, ella se acercó y empezó a hablar con él como
si nada de lo ocurrido la noche anterior hubiese sucedido, pues era lo mejor. Por alguna razón, aquel hombre no era para ella y cuanto antes se hiciese a la idea, mejor.
—¿Todo bien por aquí? –preguntó Sarah a la hermana que, tras saludarla, se marchó de allí dejándolos solos.
—Perfectamente –contestó el médico muy serio. La sonrisa que se dibujaba hacía unos instantes en su rostro había desaparecido y miraba sus informes mientras
ignoraba por completo a la doctora que estaba, como una estatua, delante de él sin saber bien qué decir.
—Voy a cambiarme y me quedo aquí, cuando quieras puedes marcharte. –Comenzó a dar unos pasos, cuando Elliot se dignó a hablarle, pero sin levantar la vista de
los documentos que tenía entre sus manos.
—¿Me estás echando? –Sarah se dio la vuelta sorprendida por su pregunta y le contestó sin demora, pero con el enfado creciendo en su interior. Ella sólo quería
trabajar y olvidar lo que había pasado entre ellos, ¿por qué buscaba guerra aquel hombre al que deseaba y que la había rechazado en varias ocasiones?
—Claro que no, pero ya he vuelto de comprar lo de la cena con Mahmood y tú que llevas aquí toda la mañana puedes irte un rato a descansar o a hacer lo que te dé la
gana. ¿Encima que lo hago por ti me hablas de esa manera? Haz lo que quieras.
—Por supuesto que voy a hacer lo que quiera, Sarah –le dijo él dando un golpe en la mesa al dejar la carpeta con los informes. Ella miró a su alrededor y dio gracias
por que no hubiese nadie cerca, pues no quería montar ninguna escena. No comprendía a qué demonios venía esa actitud en él tan de repente. Fortalecida por el enfado,
que iba en aumento, se acercó a él hasta que sus cuerpos casi se rozaban. Desde esa distancia podía deleitarse con su olor corporal y eso la mataba.
—No vuelvas a hablarme de esa forma ni a subir el tono cuando te dirijas a mí. Yo no soy ninguna niña a la que tengas que regañar. Te pase lo que te pase me importa
una mierda, soluciónalo, pero no lo pagues conmigo porque no tengo culpa de nada –le contestó en un tono tranquilo y sin subir la voz. Elliot no pudo evitar desviar la
mirada al pecho de ella que subía y bajaba. Esto descolocó de nuevo a Sarah que ya se estaba haciendo a la idea de que no quería nada con ella, pero al ver la lujuria con
la que la observaba, dudó de nuevo. Lentamente se apartó de él, que tenía los brazos a ambos costados pegados haciendo fuerza para no moverse ni un milímetro.
—Precisamente eres tú la que tiene la culpa de que esté así. Quieres que lo solucione cuando sabes que no puedo. –Seguía sin comprender pero no se giró,
simplemente se paró, escuchó lo que le dijo y siguió andando hasta llegar al vestuario, donde se cambiaría y borraría sus palabras de su mente.
Se había puesto los pantalones y estaba cogiendo la parte de arriba del uniforme cuando el doctor irrumpió en el cuarto sin llamar. Ella se quedó blanca al verlo, pues
únicamente llevaba puesto un sujetador de encaje y los pantalones. Elliot cerró la puerta sin dejar de recorrer su cuerpo con la mirada, centrado en sus delicados pechos
en los que se marcaban sus pezones debido a la excitación del momento. Llegó hasta Sarah y se lanzó a devorar salvajemente su boca, ella sólo podía responder a ese
beso sin apenas poder participar porque lo hacía todo él. La tenía aprisionada, rodeándola con sus fuertes brazos y sin dejarla mover los suyos que estaban extendidos a
ambos costados. Cuando por fin se separó de Sarah no fue para arrepentirse sino para concentrarse en sus pechos y dedicarle todas las atenciones que necesitaban. Tiró
de la copa izquierda hacia abajo y comenzó a tocar de forma experta su pezón haciendo que ella temblase sin remedio. Sarah cerró los ojos por el placer que estaba
experimentando en ese momento. Volvió a besarla sin dar tregua a su pecho, que masajeaba a la vez que retorcía el delicado botón erecto. Sarah no quería seguir por
aquel camino si él no iba a terminarlo, pero las palabras se le quedaron atrancadas en la garganta y tampoco era capaz de moverse. Entonces Elliot recuperó la cordura y
se apartó de ella como si le quemara.
—Yo… yo…
—Lo sientes ¿verdad? –contestó Sarah colocándose de nuevo bien el sujetador y poniéndose la parte de arriba del uniforme de trabajo–. Mira, Elliot, yo no soy una
muñeca hinchable con la que puedas jugar cuando te apetezca. Lo mejor será que olvidemos esto. A partir de ahora, seremos totalmente profesionales y ni besos ni
tocamientos ni nada. ¿Crees que podrás hacerlo? –preguntó Sarah como un volcán en erupción. ¿Qué se pensaba aquel tipo que podía hacer con ella? Por mucho que lo
deseara, no iba a tolerar semejante actitud.
—Desde luego que puedo hacerlo. Siento mucho todo esto, no deberíamos hacerlo pero es mirarte y se me olvida todo lo que debo hacer. Perdóname, porque no
quería hacerte sentir de esa forma en ningún momento.
—Perfecto. –Guardó su ropa en uno de los cajones del vestuario y se marchó dejándolo allí plantado sin más.
La tarde transcurrió sin grandes problemas y al llegar la noche Sarah se puso el mejor vestido que había metido en la maleta para acudir a la cena de Mahmood y
Rebekkah. Era negro de tirantes y le llegaba por la rodilla. No sabía si sería demasiado atrevido porque mostraba un provocativo escote, así que cogió un pañuelo blanco
y se lo colocó de tal forma que tapara un poco sus generosos pechos. No quería ser irrespetuosa en la casa de sus anfitriones. Se puso unas sandalias negras y cogió su
bolsito blanco antes de salir por la puerta de la cabaña. De camino se sujetó el cabello con una pinza a modo de moño. Llegó en apenas diez minutos, pues Mahmood
vivía muy cerca del hospital. La casa de piedra era una de las pocas de la zona, ya que la mayoría estaban hechas con barro. No era demasiado grande ni tampoco
pequeña, unas cuantas ventanas con cortinas echadas y una sencilla puerta de madera. Sarah llamó y enseguida una mujer joven como ella, vestida con la ropa tradicional
y el pañuelo en la cabeza, la recibió sonriendo.
—Buenas noches, tú debes ser Sarah –le dijo la mujer haciendo un gesto con la mano para que entrase. Ella asintió con la cabeza y entró. La esposa de Mahmmod era
una mujer que rondaría la treintena, con el pelo largo castaño, alta y con buena figura a pesar de haber sido madre en dos ocasiones. Sus ojos expresaban felicidad a pesar
de no tener muchos lujos y su sonrisa mostraba lo realizada que se sentía. Había conseguido hacer lo que deseaba a pesar de la oposición de su padre. La casa por dentro
hacía justicia a lo que se veía en el exterior, un par de habitaciones sin puertas se veían nada más entrar. Rebekkah la llevó hasta una de ellas que era el saloncito donde
había apenas una mesa con cuatro sillas, un sofá, dos librerías repletas de libros y la televisión. Como decoración había muchos tapices africanos y las cortinas que
cubrían las ventanas. Sarah vio a Mahmood mirando un libro en una de las estanterías y al verla llegar se giró feliz.
—Doctora, es un honor tenerla en nuestro humilde hogar.
—El honor es mío, querido Mahmood. Parece una casa muy acogedora –le dijo ella mirando a su alrededor.
—Gracias, doctora. Los niños están poniéndose el pijama porque ya han cenado, así no nos molestan mientras hablamos.
—¡Oh no, por favor! No son ninguna molestia para mí, me encantan los niños y me gustaría conocerlos si es posible. –El voluntario asintió y la dejó un momento a
solas mientras iba a buscarlos. Sarah paseó por la salita, que era aún más pequeña que su piso de Boston. A sus padres les hubiera horrorizado semejante casa. Escuchó
a alguien carraspear y cuando se dio la vuelta no podía creer que Elliot también estuviese allí.
—Buenas noches, doctora. –Sin tiempo para responder, Rebekkah entró en la sala y les ofreció asiento, pero los dejó solos mientras comprobaba cómo iba el asado.
Sarah, nerviosa por estar junto a él, se sentó en un lado del sofá y el médico en el otro. No podía mirarle a los ojos después del momento tan intenso que habían
compartido hacía unas horas. Mahmood rompió el silencio al llegar con dos niños, un chico y una chica que se parecían bastante. Iban con dos pijamas de superhéroes y
por sus caritas de sueño se notaba que estaban a punto de caer rendidos.
—Doctores, les presento a mis hijos: Hannah y Hamza. –Elliot fue el primero en levantarse y dirigirse a los pequeños. Los saludó y jugó con ellos haciéndoles
cosquillas. No quería derretirse por aquel hombre en ese momento, pero fue inevitable al verle reír y divertirse con los pequeños en la alfombra del suelo. Mahmood
sonrió y los dejó en el salón, mientras iba a la cocina junto a su mujer. Sarah les sonreía desde el sofá y se unió a ellos una vez que pudo reaccionar. Los cuatro se
batieron en un duelo de cosquillas riéndose y disfrutando tanto como los niños. Rebekkah llegó al instante y les pidió a los niños que se despidieran pues debían
acostarse. Sarah quiso ir con ellos mientras les preguntaba por el colegio y sus juegos preferidos. Ayudó a Rebekkah a acostarles y les leyó un cuento a ambos. Al salir
de la sencilla habitación de los niños, que tan sólo contaba con las camas, una mesa grande con dos sillas y estanterías con libros, Rebekkah suspiró al cerrar la puerta.
—Tienes unos niños adorables –le dijo Sarah tocándole en el brazo como muestra de afecto.
—Uf, sí, pero son agotadores, aún estoy buscando el interruptor de off pero sigo sin encontrarlo. –Ambas mujeres se rieron por el comentario y se dirigieron a la
cocina donde estaban Mahmood y Elliot charlando tranquilamente. Finalmente se sentaron a cenar los cuatro.
—Antes de comenzar quiero darles las gracias a ambos –dijo Rebekkah–. A usted, doctora, por curar a Mahmood de la terrible gripe que le atacó hace unas semanas.
Si no hubiese sido por sus cuidados, no sé qué habría sido de él. Yo con los niños no pude acudir tanto al hospital y por desgracia no la vi en las ocasiones que fui, así
que me alegro enormemente de que hoy haya accedido a esta cena para darle las gracias como se merece.
—Es mi trabajo, Rebekkah, y además no podemos prescindir de alguien como Mahmood en la misión –le contestó Sarah guiñando un ojo al voluntario.
—Y a usted también, doctor, por traernos los deliciosos productos del hipermercado. No tenía por qué hacerlo, pero como no quiero que se sienta ofendido, los
aceptamos. Ahora como muestra de mi agradecimiento le pido que sea usted quien reparta el asado.
—Para mí no es ninguna molestia, es más, lo hago encantado. Esta mañana no fui al hipermercado para colaborar en la cena de Nochebuena, así que tenía que ir para
comprar algunas cosas. De este modo, puedo participar en la fiesta y de paso les traía algo ya que Mahmood es de gran ayuda en la misión.
La cena transcurrió tranquila hablando sobre el hospital, las enfermedades graves que asolaban a la población de vez en cuando, los hijos, la relación de Mahmood y
Rebekkah, cómo había llegado Sarah a la misión… Pero Elliot no contó nada sobre él, era como si se hubiese cerrado en banda y cuando querían preguntarle algo se salía
por la tangente. Aun así, Sarah no le dio importancia, pues cuanto menos supiera de él, mejor. Acabada la cena, como era costumbre en África, las mujeres se quedaron
recogiendo, mientras Elliot se acomodaba en el sofá con Mahmood. Sarah aprovechó para volver a hablar sobre su familia.
—Si me permites, déjame decirte que te admiro profundamente. Mahmood me contó esta mañana lo ocurrido con tu padre y creo que es muy valiente lo que hiciste.
—¿Valiente? No, Sarah. No sé si has estado enamorada alguna vez, pero cuando llega el amor no puedes hacer nada por detenerlo aunque quieras, te impulsa y sólo
puedes dejarte llevar, porque la corriente te arrastra. Cuando conocí a Mahmood pensaba que sería algo pasajero. Ni por asomo pensaba en dejar mi vida y mucho
menos pensaba que acabaría viviendo aquí, acostumbrada como estaba a mi vida en Estados Unidos, pero créeme que cuando conoces al hombre de tu destino, haces lo
que sea por estar con él.
Sarah asentía con la cabeza mientras Rebekkah le hablaba, porque aquello era lo que empezaba a sentir por el hombre de la habitación contigua, aunque en su caso no
había nada que pudiese hacer. La corriente ya la estaba arrastrando y no podía hacer nada para salir de ella.
Tras fregar y secar los platos volvieron al salón, pero tras la charla con Rebekkah ya no tenía más fuerzas para seguir al lado de Elliot, así que se disculpó y se
marchó. Al instante, el médico salió detrás de ella y la alcanzó.
—No sabía que ya te ibas, estaba en el baño –dijo el joven y apuesto médico, que seguía oliendo tan deliciosamente como siempre.
—Sí, estoy cansada y mañana llega el padre Maximilian, así que quiero estar lista temprano.
—Es cierto.
—Menuda historia la de Mahmood y Rebekkah. –Soltó ella de repente intentando sonsacarle algo a Elliot, que seguía cerrado en banda. Apenas musitó un sí audible
y a pesar de insistir en su relación, Elliot no dijo más que monosílabos. Cansada de su actitud aceleró el paso, pues no quería seguir a su lado. Continuaron en silencio
hasta que se despidieron:
—Buenas noches Sarah, que descanses.
—Gracias, Elliot, igualmente.
Y con estas palabras, cada uno cogió su camino y se marcharon a sus respectivas cabañas en el silencio de la noche.
9
A la mañana siguiente y bastante temprano, Sarah se dirigió al comedor porque sabía que la hermana ya habría empezado con los preparativos de la cena de
Nochebuena que tendría lugar ese día. Sin darse cuenta ya estaban en Navidad y tan importante era la comida que degustarían junto a los enfermos del hospital como los
juguetes para los niños, pero Sarah no había encontrado un minuto libre para ir a comprar algo para ellos. Al llegar al comedor vio que, efectivamente, la hermana ya
estaba dando órdenes y organizando a la gente y la sala para que todo quedase perfecto y con un toque muy familiar. Todos le tenían mucho respeto y la religiosa a
veces era como un comandante, ordenaba y todos acataban. Al menos, Elliot tenía turno en el hospital, eso la alivió un poco. No lo tendría tan cerca ni volvería a sufrir
los efectos que eso le producía. Cuando lo tenía cerca no era capaz de controlar sus pulsaciones, su corazón palpitaba desbocado y se derretía al ver cómo la miraba a
pesar de que no quería ni rozarle. Así que Sarah se unió al batallón organizativo de Nochebuena y en apenas un par de horas ya estaba el comedor decorado con motivos
navideños y en la cocina comenzaban a hacerse los guisos que las hermanas habían planeado. A la hora de la comida, el doctor Savannah apareció para unirse a los
preparativos pero ya quedaba poco por hacer.
—Siento mucho no haber comprado cuentos ni juguetes para los pequeños que tenemos ingresados –dijo Sarah a la hermana, que no paraba de moverse por la cocina
atendiendo a todos los fuegos y controlando que todo se hiciera como ella decía.
—Querida niña, no te preocupes por eso. Tú estás agotada, has llevado todo el peso del hospital hasta que el doctor ha llegado y de hecho fuiste con Mahmood a
comprar esta comida deliciosa que van a poder comer –le contestó la hermana mientras no paraba quieta.
—Bueno eso tiene solución –dijo de pronto Elliot atrayendo la atención de ambas mujeres–: Cuando fui a por comida, además, me paré en una librería donde vi
algunos cuentos y luego me pasé por una tienda de juguetes cercana a la plaza y también compré algunos. No sé si habrá para todos, pero aparte de la comida pensé que
los niños agradecerían tener algo para disfrutar ellos cuando tengan que volver a sus habitaciones.
Sarah y la religiosa lo miraban como si estuvieran viendo un extraterrestre, estaban maravilladas por el bonito gesto de aquel misterioso e indescifrable hombre. La
hermana se acercó y le dio un tierno abrazo al tiempo que se lo agradecía repetidas veces. Ella, por su parte, no sabía qué decir, pero aquello ablandó un poco más su
corazón. Elliot se había metido en su corazón alojándose en él sin poder evitarlo. Un rato después, se marchó al hospital a trabajar hasta bien entrada la tarde. Tuvieron
que ir a llamarla para que fuese al comedor a disfrutar de aquella mágica noche. Sarah no tenía muchas ganas, pero al llegar descubrió que el ambiente era completamente
distinto al que ella siempre había conocido. Había música africana sonando, algarabía de chiquillos, risas, caras felices y los ojos castaños de Elliot que aquella noche
estaban distintos, pues desprendían algo parecido a la felicidad. Comieron, bebieron, cantaron y bailaron, pero sobre todo disfrutaron al ver los rostros de los pequeños
enfermos iluminados al ver los juguetes y los cuentos. A Sarah le encantó el comportamiento de Elliot con los niños, jugó con ellos, les dio de comer a los que tenían
más dificultades, les leyó cuentos… Era una persona tan diferente a la de los anteriores días que sólo sabía decirle que no, y entonces lo tuvo claro. No iba a poder hacer
nada para evitar amar a aquel hombre de tiernos ojos castaños.
La mañana de Navidad, Sarah se dirigió primero al comedor antes de ir al hospital porque el padre Maximilian regresaba de la selva donde había estado colaborando
en un proyecto de la misión con la gente más desfavorecida. El padre se había marchado con un par de enfermeras y tres integrantes del personal militar que protegían
aquellas tierras. Sarah se reunió con las hermanas que estaban preparando el desayuno antes de que el sacerdote llegara. No había ni rastro de Elliot. Le extrañaba que no
estuviera presente ese día, sobre todo porque aquel hombre le había recibido como si fuera un hijo. Finalmente el padre llegó y durante unos instantes todo fueron
alegrías y abrazos. Las hermanas temían por los focos insurgentes de guerrilla que aún pululaban por la selva, de ahí ese efusivo recibimiento.
—Padre Maximilian, es una alegría tenerlo con nosotros de nuevo –dijo Sarah abrazándole nada más verlo, y es que allí las muestras de cariño se prodigaban sin
parar, algo bien diferente a lo que sucedía en Boston.
—Muchacha, ¿cuántas veces he de decirte que me llames Max? –contestó el padre regañándola amablemente. Ella asintió con la cabeza sonriendo–. ¿Y mi chico
dónde está? ¿Lo habréis tratado bien, verdad? Sentí mucho tener que dejarle nada más llegar, pero aquella familia estaba sufriendo una epidemia de gripe tan fuerte que
necesitaba cuidados urgentes.
—Es una suerte que usted sea médico como nosotros y pudiera acudir en su ayuda, pero padre ¿de quién está hablando? ¿Se refiere a Elliot? –preguntó ella,
queriendo saber algo más del misterioso hombre.
—Por supuesto, hija mía, ¿de quién voy a hablar si no? Tengo que hablar con él urgentemente. El obispo me ha dicho que no han tenido noticias suyas y están
bastante preocupados. No sé por qué Elliot no ha escrito al seminario para informarles sobre su llegada y el trabajo que está realizando aquí.
—¿Semi… seminario? –Acertó Sarah a decir, impactada por las palabras del padre. No podía ser cierto, el padre debía estar confundido, porque una persona a punto
de ordenarse sacerdote no iba besando a mujeres como lo hacía él, y desde luego no desnudaba a las mujeres con la mirada como cada vez que se encontraban a solas.
—Claro, hija. El obispo nos mandó a Elliot para que colaborara en este proyecto antes de ordenarse sacerdote.
—¿Entonces es seminarista? –quiso saber ella sin salir de su asombro.
—Sí, lo soy. –Oyó que contestó el hombre del que se estaba enamorando a su espalda. Sarah se giró y lo vio serio y rígido.
—¡Por fin! Ahí está mi chico –dijo el padre acercándose a Elliot con la cara llena de felicidad. Tras darse un abrazo y preguntarse mutuamente cómo estaban, el padre
volvió a la carga–. ¿Seguro que estás bien? El obispo está muy preocupado porque no le has escrito.
—Ya… es que ha sido todo un poco de locos y aún no me he acostumbrado, padre, ya sabe. –Elliot evitó mirar a Sarah, que no salía de su asombro.
—Entonces ¿eres seminarista? –preguntó Sarah nuevamente mirándole directamente. Elliot se giró hacia ella y la miró con sus penetrantes ojos castaños.
—Sí.
Sarah sintió que se moría en aquel instante, ahora lo entendía todo. Él la rechazaba porque se estaba preparando para ser sacerdote y dentro de poco tiempo se
ordenaría. Un nudo se instaló en la garganta de Sarah y las lágrimas luchaban por asomar a sus preciosos ojos verdes. Petrificada como estaba era incapaz de salir de allí.
Ella pensaba que podía vivir algo maravilloso con ese hombre que la volvía loca y todo se había quedado en un sueño. Desde ese momento debía comportarse de manera
diferente con aquel hombre, porque no solo jamás sería suyo, sino que estaba prohibido en el sentido amplio de la palabra. Aquello la partió en dos provocándole una
herida en el alma y en el corazón.
*
Sarah continuó con su trabajo en el hospital mientras Elliot, el seminarista, hablaba con el padre Maximilian. Seminarista. Aún no podía aceptar que el hombre del
que se estaba enamorando iba a ser sacerdote. ¿Por qué tenía que haberse fijado en él? Tenía que aprender a vivir con el sentimiento que estaba creciendo en su corazón
y no hacer nada por respeto a Elliot, porque esa era la decisión que él había tomado. Sin embargo, no dejaba de darle vueltas a un pensamiento. ¿Por qué un hombre
como él se ordenaría sacerdote? No sabía bien por qué, pero Sarah sospechaba que había un trasfondo que le había llevado a tomar esa decisión. Los pacientes
reclamaron su atención, por lo que tuvo que dejar de pensar en Elliot. Tenía la esperanza de que seguiría hablando con el padre Maximilian durante bastante tiempo, así
no tendría que verlo, pero por desgracia no fue así y al cabo de una hora estaba, de nuevo, en el hospital.
—Sarah, ¿podemos hablar? –preguntó Elliot mientras ella atendía a una mujer joven.
—Como ves, estoy ocupada –le contestó mientras auscultaba a la mujer aquejada de una tos severa.
—Cuando termines me gustaría que pudiésemos hablar. –Ella no contestó, ni siquiera le miró. Elliot volvió a insistir–: Sarah…
—Ve a la recepción y asegúrate de que no hay nuevos pacientes esperando –le dijo ella mirándole por fin. Su semblante reflejaba verdadera aflicción, pero debía ser
fuerte y no dejarse afectar por su gesto. Elliot asintió y se marchó mientras ella continuó atendiendo a aquella mujer y trataba de concentrarse en su trabajo.
Sarah siguió con los pacientes, uno tras otro, sin descansar y sin pedir ayuda a Elliot. No podía estar junto a él todavía, pues sentía que la había traicionado al no
contarle desde un primer momento sus intenciones de ordenarse sacerdote. Por si fuera poco, además se había atrevido a besarla un par de veces y sin ella haberlo
forzado en ninguna de las dos ocasiones. ¡Era de locos!
Estuvo trabajando hasta muy tarde. La hermana Agnes le llevó algo de comida al hospital, pero hasta que no terminó de rellenar algunos informes no se marchó. Al
acabar, cogió el almuerzo, aunque sin apetito, y se fue a su cabaña. Una vez allí, encendió el ordenador para revisar sus correos electrónicos: tenía varios de sus
compañeros del hospital y de su jefe que querían saber si iba todo bien por la misión. Fue contestándolos mientras comía sin ganas. Ni rastro de sus padres ni de su
hermano. Comprobó su teléfono móvil, que tenía abandonado desde hacía varias semanas. El trabajo la absorbía tanto que no le prestaba apenas atención. No se había
dado cuenta de que su amiga Nicole le había escrito, y por la hora del mensaje estaría de fiesta con alguna amiga o con ese chico que la tenía tan enamorada. Sarah jamás
la había visto tan entusiasmada con un hombre y ella se alegraba enormemente por Nicole, porque tras su enfermedad y lo mucho que había padecido, se merecía ser
feliz de una vez por todas.
¡Hola Sarah!
Hace ya semanas que no me escribes ni un mísero wasap, no digamos ya un correo. Espero que sea porque la gente de la misión te tiene muy ocupada, pero ¡dime
que estás bien por favor! Te envío un beso enorme, ¡te quiero Cuqui!
Aquel simple mensaje la hizo sonreír y por un momento dejó de sentirse tan dolida y aturdida. Pero rápidamente las dudas volvieron a inundar su mente: ¿Por qué
Elliot no le habría contado que era seminarista? Absorta como estaba en sus pensamientos no vio que la luz del Skype brillaba. Cuando vio que se trataba de Joseph
apagó el ordenador con un suspiro. No estaba para sus tonterías en aquel momento. Contestó a Nicole tranquilizándola pero escudándose en que tenía mucho trabajo en
la misión y por eso le era imposible estar pendiente del teléfono, además de que la wifi a veces no funcionaba correctamente. Aprovechó para felicitarle la Navidad y
pedirle que le enviara fotos de Boston nevado y, sobre todo, de ella disfrutando de aquella época del año. Al terminar dejó el móvil en su mesita de nuevo y se animó a
dar un paseo. El hospital estaba siendo atendido por las hermanas y Elliot, y ella necesitaba un momento antes de volver a la realidad y enfrentarse a lo que el médico
quisiera decirle. No tenía ganas de aparecer por el comedor donde sin duda estarían todavía celebrando que era Navidad. Se puso a caminar sin rumbo fijo. Al llevar ya
cuatro meses en la misión conocía aquel lugar como la palma de su mano. Anduvo tanto tiempo que ya había anochecido cuando volvía a su cabaña. Para su sorpresa,
Elliot estaba esperándola en la puerta. Sarah inspiró profundamente armándose de valor para enfrentarse por fin a él.
—Esto se está convirtiendo en una costumbre –le dijo ella para romper el hielo.
—Sarah, ¿dónde has estado? –preguntó Elliot con tono preocupado.
—Como si te importara –musitó ella avanzando hacia su puerta, pero antes de poder entrar notó que la agarraba del brazo con fuerza.
—Claro que me importa, Sarah, no seas así. Déjame que te explique… –le dijo acercándose a ella.
—Suéltame y no te acerques a mí nunca más. –Siguió caminando, pero de repente se giró para increparle–: ¿Sabes una cosa? No me gusta que me mientan y yo en
ningún momento te he engañado, cosa que tú no puedes decir. –Al decir «tú» le señaló con el dedo de manera amenazadora. Elliot estaba callado, escuchando
atentamente lo que le estaba diciendo–. No entiendo cómo un hombre que quiere dedicar su vida a Dios se da el lujo de engañar a la gente y encima va por ahí besando a
mujeres.
—No voy besando mujeres por ahí, sólo a ti… –dijo él, mientras se cruzaba de brazos haciendo que Sarah se enfadase todavía más.
—¡No me interrumpas! Me da igual a quién beses, pero si me lo permites no creo que un seminarista deba ir haciendo ese tipo de cosas. ¿Qué dirían en el seminario
si se enterasen? ¿O el obispo? –Quiso darle donde más le dolía, pero el gesto serio de Elliot no cambió. No había forma de saber qué pasaba por su mente.
—¿Has acabado? Porque creo que deberíamos seguir con esta charla en tu habitación. —Y sin darle tiempo a replicar se metió con ella en la cabaña. Sarah estaba
asombrada por la parsimonia con la que se estaba tomando su sermón.
—¡No te he dado permiso para pasar! –volvió a gritarle–. Mira, tenemos que trabajar juntos así que lo mejor será que nos olvidemos de todo y tan amigos.
—¿Tan amigos? Por Dios, Sarah, si esta mañana me querías matar cuando te has enterado, anteayer querías arrastrarme a la cama y ayer hiciste como si fuéramos dos
extraños en casa de Mahmood. Pareces una veleta, cambias de opinión cada cinco minutos –le dijo él haciendo aspavientos con los brazos mostrando su desconcierto.
—Entonces ¿qué propones? Mira, Elliot, tú puedes hacer con tu vida lo que quieras, pero a mí déjame en paz. No te preocupes que no volveré a lanzarme a tus
brazos ni a ofrecerme a ti. –Terminó por decir Sarah frustrada y rabiosa–. Y ahora vete de mi habitación que quiero dormir.
—¿Crees que quiero estar aquí mirándote y no besarte como deseo? ¿Que me gusta trabajar a tu lado y evitar rozarme contigo porque si lo hago mi cuerpo reacciona
y lo único en lo que pienso es en hacerte mía? ¿Acaso piensas que no me digo a mí mismo que es imposible, que en breve consagraré mi vida a Dios? Pero tú, tan
entregada a la gente, tan sonriente, y con ese cuerpo tan perfecto, me lo pones muy difícil. Si además te lanzas a mis brazos como la otra noche ¿qué puedo hacer? Dios,
Sarah, soy un hombre de carne y hueso. ¿De veras crees que soy inmune a ti? Porque déjame decirte que para lo que yo tengo no hay vacuna alguna, sólo encuentro un
remedio y ese puede ser nuestra perdición.
Aquella declaración la dejó tan sorprendida que apenas pudo reaccionar cuando de pronto Elliot estaba estrechándola entre sus brazos, asaltando su boca
salvajemente. Sarah reaccionó por fin respondiendo a su beso metiendo su lengua en la boca de Elliot buscando sentirle aún más.
—¿Aún dudas, Sarah? –Consiguió decirle al separar sus bocas por un momento para tomar aire, ella gimió asintiendo con la cabeza levemente, pero no pudo
contestarle porque él volvió a atacar sus labios de forma frenética.
Estaba descontrolado, la abrazaba con tanta fuerza que ella apenas era capaz de respirar. La llevó a la cama que tenían detrás y se tumbó sobre ella. Sarah no sabía
qué hacer, estaba tan nerviosa que no acertaba a desabrocharle la camisa. Elliot sonrió y lo hizo por ella. Le quitó la camiseta y desabrochó el sujetador dejando sus
pechos al aire. Le acarició un pezón con su lengua suavemente, se concentró en él mientras le masajeaba el otro con el dedo. Sarah se removía inquieta recibiendo las
atenciones de Elliot. La despojó de su pantalón y sus bragas de algodón blancas e inmediatamente se deshizo de su pantalón de lino beis y sus boxers negros dejando
libre su erección. Sarah lo miraba sin creérselo aún. Estaba viviendo el momento más apasionado de su vida. Elliot la miraba con verdadera adoración. Por un instante, se
sintió avergonzada de estar desnuda delante de él, no como el otro día cuando ella tenía el control y estaba segura de sí misma. Él notó ese cambio en ella y le susurró,
dándole la seguridad que necesitaba:
—Sarah, no sabes cuánto tiempo llevo deseando esto. No te contengas y entrégate a mí sin barreras –le dijo poniendo una mano en su corazón. Sarah le hizo caso y
tiró de él para poder saborear su boca mientras Elliot se introducía en ella de una sola embestida. Al principio, Elliot se quedó quieto dejando que Sarah se acoplara a su
cuerpo. Hacía tiempo que no compartía esa intimidad con un hombre, así que esperó unos instantes a acostumbrarse.
—Elliot, muévete –le rogó la mujer rodeándole la cintura con las piernas y así lo hizo él. Se fundieron en un abrazo eterno a la vez que el médico se hundía más
profundamente en ella mientras le besaba el cuello, la cara, los pechos… Sarah empezaba a notar cómo iba a llegar al clímax sin poder retrasarlo por más tiempo. Elliot
lo sintió y aceleró sus embestidas para alcanzar la cima juntos y unos segundos después se desplomó sobre Sarah sofocando sus gritos con su boca. El cuerpo del
doctor se estremecía descontrolado, las respiraciones de ambos eran entrecortadas y les costaba respirar con normalidad. Elliot salió de ella y la estrechó contra sí con
más fuerza. Sarah apoyó su mejilla en su pecho, sobre el que podría quedarse para siempre. Estaban tan unidos en aquel momento que sentían que nada podría
separarlos nunca.
10
Al amanecer, Sarah se despertó entre los brazos de Elliot. Alzó la vista y lo vio profundamente dormido junto a ella sin dejar de abrazarla. La noche pasada se habían
amado varias veces dejando salir todo ese deseo acumulado y, al mismo tiempo, Sarah había descubierto los sentimientos que Elliot enterraba en su interior. Pero… ¿qué
pasaría a partir de ahora? Elliot seguía siendo seminarista, eso no había cambiado y Sarah no podría pedirle que dejara ese camino. No quería hacerle a él lo que le habían
hecho a ella durante tanto tiempo. Sin despertarlo, se deshizo de su abrazo y se puso una fina bata para salir al exterior. Los amaneceres en África deberían ser la octava
maravilla del mundo. Desde que Sarah había llegado a Obandé y vio el primero por casualidad cuando volvía a la comunidad tras asistir una emergencia médica en un
pueblo vecino, lo tuvo claro. No había nada más increíble que aquello. Desde la cabaña no podía verlo bien, así que se acercó hasta la laguna donde la vegetación era
menos frondosa. Allí podría contemplar el amanecer mejor, aunque para verlo en todo su esplendor debía alejarse del pueblo varios kilómetros.
Poco a poco, el sol fue despuntando e iluminó todo lo que la noche había ocultado y que era apenas visible para el ojo humano. Los animales se movían sin
dificultades, pues estaban acostumbrados a esa penumbra absoluta. Sarah miraba maravillada ese amanecer como si fuera un renacer para ella. Su vida había cambiado
tanto desde que había abandonado el hospital de Boston… había dejado su vida segura y acomodada para comenzar una nueva donde lo más importante sería su trabajo.
Por primera vez pensaría en lo que le hacía feliz sin sentirse mal porque su familia no lo comprendiera y además había conocido el amor de un gran hombre que se
preocupaba por los enfermos como ella, que era tierno y apasionado a la vez, a pesar de que desconocía casi todo sobre él. Lo único que tenía claro era que en varios
meses se marcharía para dedicar por entero su vida a Dios. Un escalofrío recorrió su cuerpo, pero lo achacó a las lluvias de la pasada noche que habían refrescado el
ambiente. Sin embargo, en su interior sabía que era por Elliot. De pronto sintió unos pasos acercarse a ella y antes de poder girarse ya estaba atrapada entre unos brazos
fuertes que le infundían la seguridad que a ella le faltaba.
—¿Qué haces aquí? Me ha costado encontrarte –dijo él besándole en la cabeza con ternura.
—¿Alguna vez has visto algo más hermoso que eso? –le preguntó ella mirando hacia el frente viendo como el sol hacía nacer un nuevo día.
—Para serte sincero, sí –contestó mirándola. Ella se giró extrañada y vio sus intensos ojos castaños iluminar la penumbra que quedaba antes de que el sol saliera por
completo. Ella le sonrió y lo besó fundiéndose en uno de esos abrazos que tanto disfrutaba la joven doctora.
—Podría vernos alguien –consiguió decir ella tras recobrar el aliento, provocando que volvieran a la realidad.
—Si te digo que no me importa ¿me creerías? –respondió Elliot mirándola con los ojos muy abiertos y llenos de algo nuevo. En ese momento, no reflejaban la pasión
cegadora que les había llevado a amarse sin descanso la noche anterior, sino que era algo más parecido a la ternura, ¿quizá amor? Sarah se emocionó al pensar que él
podría amarla como ella ya lo amaba a él y un par de lágrimas se le escaparon sin remedio. Elliot las limpió con los pulgares y fue besando sus ojos y sus mejillas hasta
llegar de nuevo a su boca y perderse en ella durante el resto del amanecer.
Después volvieron cada uno a su cabaña. Se despidieron en la de Sarah, porque cuando estaba con ella nada le importaba y no quería que esos momentos acabasen
nunca, a pesar de que sabía que lo suyo no podría ser. Ella no le dijo nada y él tampoco se pronunció de ninguna manera. Sarah fue a desayunar al comedor junto a las
religiosas, y la hermana Agnes, que ya la conocía muy bien, le preguntó si le ocurría algo. Sarah se excusó diciéndole que no sabía nada de su familia pero la mujer, que
no era tonta, sabía que se trataba de algo más. No quiso interrogarla allí con todas las hermanas y el padre delante, ya habría tiempo de una charla de las suyas. Cuando
Elliot entró en la sala, a Sarah le dio un vuelco el corazón. Inmediatamente, apartó la vista del doctor y se concentró en la conversación que mantenían las religiosas
sobre algunos de los pacientes con sida a los que trataban y la opción de darles un microcrédito para que pudieran salir adelante. Al rato, Elliot se acercó a ellas y tras
dar los buenos días se dirigió directamente a Sarah.
—Doctora ¿se ha hecho ya los análisis que le dije? –le preguntó el médico muy profesional.
—Aún no he tenido tiempo y no es que me preocupe en exceso –respondió ella bastante seca sin mirarle mucho, lo cual extrañó a la hermana Agnes. «¿Estaban
enfadados?», se preguntó.
Sarah creía que tenía que ser antipática con él cuando hubiese gente delante para no delatarse, aunque engañar a la religiosa no sería tarea sencilla pues «más sabe el
diablo por viejo…» que se solía decir.
—No se preocupe, doctor, que mañana mismo estoy en el hospital estirándole el brazo para que la pinchen.
—¡Hermana! –le dijo Sarah, asombrada por su respuesta.
—Ni hermana ni nada, que si como el doctor dice tienes anemia, debes cuidarte. Mira qué ojeras traes hoy, como si no hubieses descansado nada en toda la noche. –Y
la hermana no andaba muy lejos de la verdad. Sarah se sonrojó y Elliot tosió tapándose la boca para no mostrar su risa. Ella le miró de manera reprobatoria, pues nadie
podía enterarse y él casi lo estaba publicando con sus gestos. El momento fue interrumpido por otra de las religiosas que traía un paquete para Sarah.
—¿Para mí?
—Sí, doctora –le dijo la hermana con una sonrisa en la cara. Sarah no sabía de qué podía tratarse, pero al ver el remitente quiso estampar el dichoso paquete contra el
suelo para que se rompiera su contenido, fuese lo que fuese.
—¿Qué pasa, Sarah? ¿De quién es? –preguntó la hermana Agnes al ver el semblante serio de la doctora. Elliot también estaba interesado en saberlo tras ver su
reacción, pero la joven sabía que podía provocar el caos, al decir de quién era, aunque era inevitable, pues tarde o temprano se enteraría. Eran como una gran familia
donde se sabía todo de todos, lo suyo, si conseguía evolucionar, sería difícil de ocultar.
—Es de Joseph.
—Oh, vaya. Si quieres lo abro por ti, querida. –Se ofreció la hermana cariñosamente, pues Sarah le había hablado de su exmarido al llegar a la misión una de las
calurosas noches en las que compartieron confidencias.
—¿Quién es Joseph? –Quiso saber Elliot que la miraba con el ceño fruncido.
—Es el marido de la doctora. –Se adelantó la religiosa a contestar por ella dejando a Sarah con la palabra en la boca.
—Exmarido, hermana. Yo firmé los papeles antes de venir a Obandé y mi abogada me dijo que el divorcio se resolvería en unos meses, aunque aún no he recibido la
notificación oficial.
—¡Vaya, doctora, qué calladito te lo tenías! –dijo Elliot claramente molesto por no saber nada de aquello–. Voy hacia el hospital. Tenemos trabajo que hacer. –A
Sarah no le dio tiempo a explicarle nada porque ya se había marchado dando grandes zancadas. La hermana la miraba extrañada. Allí estaba pasando algo entre esos dos
y ella lo descubriría. Sarah salió detrás de él con el paquete en la mano. Tuvo deseos de tirarlo, pero quería saber qué sería. ¡A saber qué se le había ocurrido ahora a
Joseph! Sarah alcanzó a Elliot en el vestuario que estaba cambiándose para comenzar el trabajo.
—Puedo explicártelo Elliot, aunque no sé si tengo que hacerlo porque tampoco sé qué somos. –Aquello le dolió al médico que la miró apenado, pero Sarah quería
llevarle al límite y saber qué demonios pasaba por su cabeza.
—¿En serio, Sarah? Eres increíble. No sólo me ocultas que estás casada, sino que además vienes a acusarme de no sé qué –le dijo él quitándose la camiseta y
poniéndose el uniforme. Sarah se mordió el labio inferior al ver de nuevo ese torso sobre el que había dormido plácidamente hacía apenas unas cuantas horas.
—Elliot, Joseph no es mi marido. Ya había iniciado los trámites mucho antes de venir a la misión, pero oficialmente seguimos casados, sí. No deja de escribirme
correos electrónicos, conectarse a Skype cuando estoy hablando con otra gente, mandarme cosas –se explicó ella mostrándole el paquetito–, pero no es culpa mía que no
acepte que lo nuestro murió hace mucho tiempo. –El médico suspiró sin hablar y ella aprovechó para acercarse por detrás y abrazarlo. Apoyó su cabeza ladeada en la
fuerte espalda de él–. No te enfades conmigo, por favor. No tenemos por qué hablar de nada. Dejemos las cosas como están.
—¿Eso qué significa? Porque si quieres decir que olvidemos lo que pasó anoche en tu cabaña, créeme que no sé cómo hacerlo. Esta mañana al ver que no estabas en la
cama me he dicho que era lo mejor, que solamente era puro deseo, que habíamos zanjado el tema pero instintivamente he salido a buscarte y al verte observando el
amanecer con esa mirada en tus ojos he querido correr a tus brazos, abrazarte y llevarte muy lejos de aquí donde solamente seas mía y nadie pueda reprocharnos
absolutamente nada.
Una lágrima se le escapó a Sarah mientras se aferraba a él con más fuerza, Elliot se giró y cogiéndole la cara entre sus manos continuó hablando. No quería ver la pena
en su rostro y mucho menos ser él quien la provocaba.
—Pero al estar en mi cabaña, he tenido un momento de lucidez y me he regañado a mí mismo. Sarah, soy seminarista y en breve entraré en la orden para dedicar mi
vida a Dios. Esto no puede ni debe ser. He reflexionado y lo tenía muy claro, decisión tomada. Pero al entrar en el comedor y verte charlar con las hermanas con esa
sonrisa tuya, me has vuelto a desarmar. ¡Dios, Sarah, no sé qué es lo que tengo que hacer! –respondió Elliot apoyando la frente contra la de Sarah totalmente abatido.
Ella no quería forzarle a nada aunque sabía lo que deseaba de él. Ya lo pensarían, así que hizo lo único que podría ayudarle en aquel momento que era reconfortarle
con sus besos y sus caricias. Estuvieron en aquel espacio besándose y abrazándose sin pensar en nada más hasta que el deber les llamó y salieron a comenzar con su
trabajo.
*
El día transcurrió con tranquilidad hasta por la tarde que llegó uno de los muchos casos de malnutrición que llevaban en el centro hospitalario. Un niño de año y
medio entró en la consulta con su madre. Sarah ya le conocía, pues llevaba un mes tratándole, pero en vez de mejorar había ido a peor, lo que hacía que Sarah sospechara
que tenía tuberculosis además de sufrir sarampión y una gravísima malnutrición. El pequeño no tenía ni fuerzas para llorar al igual que su madre y su abuela que le
miraban resignadas aceptando el triste final. El tiempo iba en su contra y en la de todos los niños que trataban en el hospital afectados por la malnutrición, pues se
movían en la delgada línea que separa la vida de la muerte. Pese a todo, ni Sarah ni los trabajadores del hospital dejaban de luchar para conseguir que el milagro sucediera
y poder salvar al pequeño.
Algo más tarde, otra niña llegó al hospital con muchos dolores en la tripa. Sarah la auscultó y confirmó con Elliot el diagnóstico de apendicitis severa. Sin perder
tiempo, prepararon todo para operarla y evitar que empeorara. Por suerte la intervención fue todo un éxito, así que la dejaron ingresada para vigilar de cerca su
evolución, pero no había tiempo para el descanso ni siquiera tras la operación. Una de las hermanas enfermeras los llamó para enseñarles los resultados de otros niños
que tenían ingresados. Entraron en la sala habilitada como laboratorio y las sospechas de Sarah se confirmaron. Todos estaban enfermos de tuberculosis, pero no
contaban con la medicación necesaria tras haber tratado al pequeño de año y medio que había llegado esa misma tarde. Entonces, Sarah habló con el padre Maximilian
para que pidieran cuanto antes las medicinas. Afortunadamente, las ONG que colaboraban con ellos actuaban con rapidez y en unos días les llegarían, mientras tanto
intentarían paliar los dolores de los niños. Sarah vio a Elliot bastante serio cuando terminaron de hablar con el padre y le preguntó si le ocurría algo.
—¿Qué me va a suceder, Sarah, me acostumbraré a esto? ¿Tú has visto a esos niños? No sé si algunos podrán sobrevivir estos días sin medicación –dijo compungido
mientras se pasaba las manos por la cabeza. Sarah se acercó a él y cogiéndole de las manos intentó tranquilizarle.
—La tuberculosis es un indicador de la pobreza de estas gentes y de que viven en unas condiciones deplorables. Malnutrición, vivienda precaria y hacinamiento.
Pero ¿qué podemos hacer nosotros? Diagnosticarles, darles las medicinas y estar a su lado. Cuando faltan las medicinas, sólo nos queda estar con ellos intentando frenar
la enfermedad como podamos pero si eso no es posible, el consuelo es lo único que nos queda. No lo puedes todo, sólo eres un hombre, Elliot –contestó ella intentando
aliviarle, pero Elliot no se lo tomó muy bien. Se soltó de sus manos y se alejó dejándola allí. Sarah se quedó sola en el comedor donde habían hablado con el padre.
Entendía que era demasiado para él porque llevaba poco en la misión y ella misma había sufrido lo que él estaba padeciendo, pero al enfrentarle a la cruda realidad se
había separado de ella como si su contacto le quemara. Salió al exterior tras avisar a la monja que estaba en la recepción de que se ausentaría durante un rato. Necesitaba
respirar y despejar su mente por unos instantes. La hermana Agnes se acercó a ella en ese momento.
—¿Todo bien, querida? –le preguntó apoyando la mano en su hombro.
—No, pero lo estará –contestó resignada lanzando un suspiro al aire. Todo era demasiado difícil, quizá lo mejor sería dejar aquella locura, que trabajasen juntos el
tiempo que fuera oportuno y se separaran sin problemas. Pero ya estaban empezando a entrar sentimientos en juego y la cosa se estaba complicando en exceso.
—Ya sabes que puedes contarme cualquier cosa, hija mía –le dijo la mujer con voz dulce.
—Lo sé, hermana, gracias. –Posó su mano sobre la de la hermana agradeciéndole el gesto.
—Sé que algo ocurre, Sarah, y entiendo que no quieras compartirlo conmigo, pero quiero que sepas que cuando me necesites, aquí estoy. –Sarah le sonrió y antes de
derrumbarse delante de aquella noble mujer, volvió al interior del hospital. A la hora de la comida, una de las hermanas le llevó algo el almuerzo de parte de la hermana
Agnes, pero estaba tan agobiada con el trabajo que apenas pudo probar bocado. Pero ¿dónde se había metido Elliot?
Al final del día, cuando tuvo todo más o menos bajo control se marchó a su cabaña a descansar. Las hermanas la llamarían en caso de necesitarla, ya que Elliot, que
tenía que hacer su turno de veinticuatro horas, estaba desaparecido. Agotada como se encontraba, no tuvo fuerzas para abrir el paquete de Joseph, aquello era lo último
que necesitaba. ¿Qué se le habría ocurrido a su exmarido ahora? La sola idea de que siguiera molestándola la hizo sentir una rabia indescriptible. ¿Cuándo podría ser libre
de una vez por todas? Encendió el portátil con la vana esperanza de que sus padres se hubieran puesto en contacto con ella de una maldita vez, pero no era así. ¿Cómo
podían haberse olvidado por completo de ella o negarse a saber cómo estaba? Quizá sabían de ella a través de Joseph, con el que había hablado más, pero aun así le dolía
profundamente que siguieran con ese empeño de no hablarle, como castigándola. Se recostó en la cama con la esperanza de no quedarse dormida antes de ducharse, por
lo que decidió echar un vistazo al móvil.
¡Por fin das señales de vida! Me alegro de que estés bien ¡pero no tardes tanto en escribirme o me presento en Obandé! Por cierto, tu apartamento ha sobrevivido
a las fiestas salvajes que he dado. Cuídate, mi niña, besos enormes.
¿Fiestas salvajes? Si no fuera porque conocía el sentido del humor de su amiga se habría preocupado. Al rato, recuperada un poco del día tan estresante que había
tenido, se metió en la ducha. Estuvo bajo el agua varios minutos concentrada en cómo el agua resbalaba por su piel y se mezclaba con la espuma del jabón que cubría su
cuerpo. Más relajada tras la ducha se tumbó en la cama intentando dormir, pero no era capaz de conciliar el sueño pues seguía preocupada por Elliot. Estaba
desaparecido desde el mediodía y no sabía nada de él. ¿Estaría bien? Dio varias vueltas en la cama. Las ganas de saber de él podían con ella. Quería ir a buscarlo a su
cabaña, pero era demasiado orgullosa. La había soltado como si le estuviera haciendo daño y la había dejado sola con todo el trabajo. No lo haría, por mucho que quisiera
averiguar qué le había pasado, se aguantaría las ganas de buscarlo.
Al no poder conciliar el sueño se acordó del paquete que Joseph le había mandado y se animó a averiguar qué trampa se le había ocurrido ahora para hacerle chantaje
emocional, como siempre. Sarah se quedó horrorizada al descubrir que se trataba del DVD de su boda junto a una carta que leyó detenidamente.
Mi querida Sarah,
Espero y deseo que las cosas en la misión sigan marchando bien, señal de que estarás a salvo y feliz por hacer tu trabajo. Soy consciente de lo mucho que te
apasiona tu labor allí pero no puedes evitar que me preocupe, y ya sabes que lo hago. Ayer estuve ordenando la librería del salón donde guardamos las películas y
me topé con el DVD de nuestra boda. Lo estuve viendo y recordé lo felices que éramos. ¿Acaso no podemos volver a serlo? Te lo mando para que te evoque
recuerdos preciosos a ti también y te haga recordar quién eres y a qué mundo perteneces.
Te quiere, tu marido
Joseph
Tal y como se imaginaba, el chantaje emocional hacía acto de presencia en la carta que acompañaba al vídeo de su boda. Sí que era cierto que aquellas imágenes en
movimiento rememoraban una etapa feliz de su vida, pero ya no era aquella chica ingenua y sumisa. Sarah sabía perfectamente quién era y de lo que estaba segurísima
era de que no era esa mujer que todos se empeñaban en rescatar del pasado. Aun así, al estar desvelada decidió poner el DVD en el ordenador. En la pantalla apareció un
gran salón donde varios invitados formaban un círculo. Por un lateral, aparecía Sarah con su vestido de novia que, por supuesto, su madre había elegido, la última
tendencia del diseñador de moda del momento; un moño con el velo cayendo hacia atrás y su padre de su brazo con el frac. Llegaron al centro de la pista donde todos les
rodearon y empezó a sonar Without you de Mariah Carey, canción elegida para ese momento también por su madre, al igual que toda la organización de la celebración.
Sarah solamente se había personado en la tienda del vestido para probarse varios, había acudido al restaurante para degustar el menú y poco más. Su madre, alegando
que ella estaba demasiado ocupada y que no le importaba encargarse de todo aquello, fue la que se encargó de la boda del año. Un reportaje de veinte páginas fue
publicado en la revista más importante de Boston, su padre habló de la boda de su hija en varios eventos y hasta Joseph se aprovechó de su compromiso para darse
publicidad y engordar su carrera posando como el político perfecto con la vida ideal. En aquel momento, Sarah ya sentía que no tenía el control de su vida pero aún
estaba enamorada y aguantaba por amor.
Bailó la pieza musical con su padre y Joseph. Miles de flashes iluminaban la imagen de ambos bailando mientras se miraban embobados y comentaban la boda
seguramente pues hacía tanto tiempo que ni se acordaba. Mientras estaba viendo el vídeo llamaron a su puerta. Eran ya las tantas de la madrugada y pensando que sería
algo del hospital voló a abrir con el vídeo aún en la pantalla pero, para su sorpresa, no era ninguna hermana de la misión, sino Elliot.
—¿Qué haces aquí? –le preguntó ella con el gesto muy serio.
—Sarah… yo… lo siento –le dijo cabizbajo. Sarah le dio la mano para que entrara en el interior mirándole comprensiva. Él dudó pero finalmente accedió. Lo llevó a la
cama donde lo sentó poniéndose ella a su lado. Entrelazó su mano con la de Elliot y apoyó la cabeza en su hombro. Quiso hacerle saber que estaba allí para él, para
cuidarle y apoyarle en lo que decidiera, aunque ella misma sufriera las consecuencias.
11
Elliot seguía sin hablar, sentado junto a Sarah, que descansaba su cabeza en el hombro de él. Sus manos estaban firmemente agarradas, unidas, como si fueran capaces
de enfrentarlo todo si no se separaban. Permanecieron así durante un rato muy largo hasta que Elliot se decidió a hablar.
—Perdóname, Sarah. Me he sentido abrumado por todo lo ocurrido en el hospital y sólo podía pensar en salir de allí y estar contigo en esta habitación para olvidar
toda la miseria y pobreza que nos rodea. Aparte del hecho de que esté en el seminario. ¡Maldita sea, voy a dedicar mi vida a Dios! ¿Qué estoy haciendo, Sarah? –La voz
se le quebró sin remedio. Ella notó que estaba hecho un lío y no sabía cómo ayudarle. Levantó la cabeza de su hombro y se dispuso a consolarle, mientras la voz de
Mariah Carey seguía sonando en la habitación.
—Elliot, no puedes llevar el peso del mundo en tus hombros, es cierto que aún no sabemos mucho el uno del otro pero es lo que transmites. También entiendo que la
situación de hoy en el hospital ha sido demasiado pero, créeme, te acostumbrarás. Yo estaba como tú cuando llegué, y con el tiempo el corazón se te endurece y toleras
las situaciones. En cuanto al otro tema, no quiero que pienses nada, de hecho no pensemos. Te propongo algo –le dijo Sarah girando su barbilla hacia él para que sus
ojos se encontraran–. Seguiremos trabajando en el hospital dando lo mejor de nosotros como hasta ahora, pero cuando estemos en esta cabaña, estaremos en nuestro
paraíso particular y nada de lo que hay afuera nos afectará. Ya se tomarán las decisiones cuando corresponda, pero no nos neguemos esto que sentimos. –Sarah puso
una mano en el pecho de Elliot, que agachó la cabeza mientras una lágrima resbalaba por su mejilla. Estaba sufriendo y no sabía cómo ayudarlo.
—Pero… –Ella le puso un dedo en sus labios y negó con la cabeza. Recogió la lágrima con su dedo y lo besó tiernamente, con dulzura, como si quisiera sellar el trato
con aquel beso intenso y lleno de amor. Elliot se dejó llevar por sus caricias y terminaron fundiéndose en un abrazo impaciente, cargado de ternura, de esos que acarician
el alma. Siguieron besándose con pasión, como si el tiempo se hubiera detenido y nada más importara en aquel preciso momento, sólo los sentimientos que les
arrastraban en ese torbellino de emociones que no podían controlar. Se amaron en su paraíso particular durante toda la noche donde los susurros de amor y las palabras
de cariño predominaron en el silencio de la calurosa noche africana.
*
Enredados de brazos y piernas dieron la bienvenida al nuevo día que comenzaba en la

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