---------------

Amanecer en Moontown Andrew Ramiz

Amanecer en Moontown  Andrew Ramiz

 Amanecer en Moontown Andrew Ramiz

Descargar Libro PDF

poder mi más preciado bien material. Ésta pluma, la que estoy usando ahora mismo, fue mi única amiga por mucho tiempo, y me ha acompañado desde que era un
joven tan ignorante como tú. Es una baratija, pero créeme que no hay nada en el mundo que se le compare en valor. Te pido que la cuides y respetes tal como ella lo
merece, y que no la dejes olvidada en su caja, sin ser usada. No tengo mucho más por decir, así que este es mi último adiós. Te veré en el cielo, estaré esperándote.
«Incluso en el último momento, mi abuelo fue una persona asombrosa, pensó Allen. Tal vez debería escribir de la misma manera en que lo hacía él. Quizás sea de
ayuda. Sí, debería intentarlo, darle una oportunidad. Ahora que lo pienso, el sonido de la máquina de escribir es molesto en ocasiones, y siempre he querido escribir un
libro por completo con mi propia mano, aunque no sea práctico. Sí, sí, debería hacerlo.»
Guardó la carta en uno de sus bolsillos para llevarla a casa y conservarla. Aunque su abuelo se había ido, de alguna manera, por la gran influencia en su vida, Allen
creía que vivía a través de él, y que consigo llevaba las numerosas e inolvidables experiencias vividas juntos, por lo que no sentía que estuviese del todo muerto. En su
memoria todavía podía regresar y revivir las conversaciones y momentos que desease. Levantó la pluma, la examinó completamente y se preguntó si funcionaba con
tintero, como las más antiguas. Era bastante sencilla, hecha de laca negra y de punta plateada con un grabado de unas pequeñas alas en oro. Trató de escribir en un una
hoja de papel que estaba sobre el escritorio, pero no tenía tinta. Tomó un frasco de tinta negra de uno de los cajones y recargó la pluma. Así, su pequeña amiga volvió a
la vida, y de ella salía su sangre con una fluidez que a la mano se sentía natural. Trazaba una línea más gruesa de lo normal, lo cual, de hecho, era más agradable.
Después de seleccionar un par de libros que le resultaban desconocidos e interesantes, y agarrar un frasco de tinta para llevar, no quedaba nada por hacer allí. Salió
de la habitación, cerró la puerta y se dirigió de nuevo hacia Alison. Se despidió de ella y dejó la biblioteca, y recorrió la pequeña plaza otra vez. Habían menos personas
y el sol casi había dejado el cielo. Las hojas de los árboles empezaban a caer y la brisa que recorría el lugar incitaba a inspirar con fuerza y cerrar los ojos por un instante.
Una vez en casa, hizo sus deberes con rapidez para quedar libre y empezar a trabajar. Tomó una ducha, hizo su cena y limpió el polvoriento y sencillo escritorio de
su abuelo. Allen pensaba que, independientemente de la calidad de sus libros, era indispensable disponer de un ambiente propicio para escribir. Básicamente, debía
despejar su mente de pensamientos intrusos que podían aparecer en cualquier momento. Si tenía hambre, podría pensar en comida; si tenía sed, empezaría a desear
beber algo; si había algo que tenía que hacer, empezaría a pensar en ello. Necesitaba estar completamente libre de distracciones.
Eran aproximadamente las diez de la noche cuando empezó. Jamás había intentado escribir un libro completamente a mano, pero ésta vez lo haría. Una por una, las
palabras fluían de la misma manera que la tinta salía de la pluma, con tanta naturaleza como un río desciende de la montaña. Pronto ni siquiera recordaba lo difícil que era
tan solo empezar a escribir y enfrentarse a la hoja en blanco. Las horas pasaban y las ideas se entrelazaban con una facilidad pasmosa y reconfortante. Era difícil
recordar cuándo había sido la última vez que se había sentido tan libre y tan poderoso. No quería parar de escribir, pero el dolor que comenzaba a sentir en su mano
derecha no dejaba otra opción. Sin embargo, el sufrimiento en su muñeca se sentía casi embriagador: era un dolor producido por su trabajo y esfuerzo. El reloj colgado en
la pared indicaba las cuatro de la madrugada, el tiempo ideal para ir a dormir.
De esta manera, casi sin alteraciones, transcurrieron los días hasta que el siguiente día era una copia exacta del anterior. Despertaba después del mediodía siempre,
comía, trabajaba en la casa algunas horas todos los días limpiando, ordenando y reparando, y ocasionalmente tenía que ir al pueblo a comprar víveres y lo que sea que
necesitase.
Uno de esos días rutinarios, Allen observaba el cielo nocturno a través de la ventana, que se encontraba justo al lado del escritorio donde trabajaba. La luna enorme y
brillante iluminaba las nubes, haciendo posible ver los bordes de ellas de un color diferente, un color más opaco que el resplandeciente blanco de la luna. Muchas nubes
formaban una espiral ascendente alrededor de la luna. Parecía una escena sacada de una historia de ficción. ‘Es sorprendente qué tanto puede brillar la luna, parece otro
sol’, pensaba el joven Deval. Desde que era niño disfrutaba del cielo nocturno desde la vista en casa de su abuelo, alejada de la ciudad, pues era el único lugar al que iba
en el cual podía ver tantas estrellas. Para él, parecían un montón de bombillas en la oscuridad que lo invitaban a mirarlas por toda la eternidad. El viento soplaba con
fuerza, y movía estrepitosamente las ramas de los árboles, lo cual hacía que se golpearan entre sí. Producían un sonido relajante. Allen cerró sus ojos e inspiró
profundamente para disfrutar con más intensidad de la paz que sentía cuando el viento frío gentilmente acariciaba su rostro y susurraba en sus oídos. Después de unos
segundos abrió los ojos y, con una gran sonrisa en su rostro, vio cómo una niebla extrañamente oscura invadía todo el terreno a la vista. Entre la bruma, detrás de un
árbol, vio una sombra. Estaba en un lugar lejano, lo suficiente como para no reconocer qué era eso que se escondía tras el árbol, pero veía el brillo de dos ojos mirando
fijamente hacia su dirección, inmóviles, acechándolo desde la distancia. ‘Debe ser un oso’, pensó, aunque restó importancia al asunto y se alejó de la ventana.
De vuelta al escritorio, continuó escribiendo su nueva historia, avanzando cada vez más en su historia, una palabra a la vez. En un buen día podía escribir
aproximadamente tres páginas, pero desafortunadamente esos días no eran frecuentes. Lo hacía bien; quería concentrarse en crear una historia de alta calidad, y que fuera
singular, que tuviera algo que la hiciera diferente a las demás, sin importar el número de páginas que tendría una vez terminada.
Esa noche consiguió escribir tres páginas. Pensaba que eran tan buenas que no necesitaban corrección alguna. Estaba muy emocionado, al punto que no escuchaba
los sonidos a su alrededor, como si de alguna manera no estuviera ahí y no existiera nada más en el mundo que él y su historia, y nada fuese más importante. El sonido
de unas ramas rompiéndose desvió su atención hacia la ventana, pero ésta vez la escena era diferente a la anterior: la luna estaba obstruida por las nubes y todo estaba
mucho más oscuro. Se alarmó un poco y miró hacia todos lados. No conseguía ver nada en particular, el ambiente era bastante normal. Por un momento se calmó y,
mientras se estaba dando vuelta, escuchó el mismo sonido una segunda vez, aunque en esa ocasión pudo esclarecer su lugar de procedencia. Aproximadamente a unos
veinticinco metros, al lado izquierdo de la ventana, pudo observar algo detrás de un árbol. Podía ver una sombra, pero no tenía forma de ningún animal, parecía humana.
Estaba mirándolo, acechándolo desde la seguridad que ofrecía la oscuridad. Rápidamente apagó la luz de la lámpara, desviando su mirada tan sólo un segundo para
después encontrarse con una situación perturbadora. Lo que sea que lo estaba mirando, ya no estaba ahí. ‘¿Dónde está? ¿A dónde se ha ido? ¿Qué es lo que está
pasando?’, se preguntó. Poco después, a su derecha, a unos quince metros, había una sombra exactamente igual a la que había visto antes, detrás de otro árbol. Su
corazón empezó a palpitar rápidamente. Con mucha dificultad, logró reunir el coraje suficiente para gritar con voz firme: ¿Quién está ahí? ¿Qué haces aquí? Pero la
única respuesta que obtuvo fue un silencio aterrador que hizo que se alterara más. El sonido compuesto por el viento golpeando las ramas y el silbido de las hojas
empeoraba enormemente la situación, que demandaba un estado de alerta igual al de una situación de vida o muerte. Aunque tenía su mirada fija en la figura oscura, pudo
ver un movimiento a su lado izquierdo, en un lugar más cercano. Ahora no era una sombra la que acechaba, eran dos.
Ambas sombras salieron detrás de los árboles; luego se reunieron y movieron en dirección a su casa. Al verlas acercarse, Allen se apresuró desesperadamente a cerrar
la puerta principal y la puerta trasera, en el primer piso. En su apuro, se cayó torpemente en las escaleras, pero alcanzó a cerrar ambas puertas antes de que los
intrusos llegaran a alguna de ellas. Las luces del primer piso estaban apagadas y, por esto, pensó que no podrían verle desde fuera. Escuchó pasos lentos pero firmes
acercándose a su puerta. Estaba directamente al frente de la puerta principal, a unos tres metros, cuando los pasos finalmente cesaron y la sombra de los pies de
aquellas personas se veían en el umbral. No hubo tiempo de reaccionar, de pensar qué hacer. Tampoco hubo tiempo de agarrar algo que le sirviera como un instrumento
de defensa. Un completo silencio se vivió entonces, a la expectativa de lo que sucedería un segundo después. Dos fuertes golpes en la puerta lo trajeron de vuelta a la
cruda realidad. Tenía que hacer algo, todo era muy extraño y estaba bastante confundido, pero aun así tenía que hacer algo.
— ¿Quiénes son? ¿Qué es lo que quieren? ¿Por qué están aquí? —preguntó Allen con una voz asustadiza y temblorosa.

Amanecer en Moontown Andrew Ramiz

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------