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Libro PDF Angel – Felicity Heaton

Angel – Felicity Heaton

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dueño no le pedía que abandonara el
pozo sin fondo del Infierno.
Sin embargo, Apollyon seguía
esperando su llamada con fe y
paciencia. Él cumplía con su deber a
pesar de saber que muchos de los
ángeles que le rodeaban elegían vivir
sus vidas sin escuchar las órdenes de
nadie. Muchos de sus compañeros
guerreros se habían ablandado y se
habían enamorado de mujeres mortales,
y en esos casos su lealtad flaqueaba y
sus responsabilidades pagaban las
consecuencias del amor que sentían por
sus parejas. A él jamás le ocurriría tal
cosa porque no le interesaban los
mortales.
Su oscura mirada azul se paseó por
la plateada piscina para observar la
historia que se registraba en ella y de
vez en cuando se detenía en las
imágenes que le interesaban: guerra,
muerte, sangre. Aquello nunca
cambiaba. Algún día su dueño le
llamaría y la Tierra conocería el
verdadero significado de la palabra
«destrucción».
La piscina proyectó un haz de
pálida luz sobre Apollyon cuando se
agachó junto a ella. Apoyó los codos
sobre las rodillas y dejó colgar las
manos por delante de su cuerpo. Los
grabados en oro que decoraban las
grebas que le protegían las espinillas y
los avambrazos que lucía sobre los
antebrazos atraían la luz procedente de
la piscina y brillaban en la oscuridad.
Apollyon suspiró, desplegó sus
poderosas alas de plumas negras y se
puso de pie. Se estiró y el peto de su
armadura se elevó cuando levantó los
brazos. Entonces se quedó mirando la
infinita oscuridad que se extendía sobre
su cabeza. Los fuegos del Infierno ardían
a sus espaldas. El humo llenaba toda la
caverna y su deseo de ir a la Tierra
aumentó. Hacía ya una eternidad desde
la última vez que había abandonado el
pozo y tuvo la oportunidad de desplegar
sus alas y respirar el aire fresco que
soplaba contra su rostro al volar. Se
moría por volver a sobrevolar las
ciudades sin que nadie le viera, sin que
nadie supiera que él estaba allí. Quería
volver a hablar con los ángeles que
vivían en la Tierra y vigilaban a los
mortales.
Deseaba con todas sus fuerzas
escapar de los asfixiantes fuegos del
Infierno.
Apollyon estaba a punto de darse la
vuelta y volver a la entrada del pozo
cuando una imagen de la piscina llamó
la atención de sus ojos azules. Frunció
el ceño y volvió a ponerse en cuclillas.
Los largos mechones de su pelo negro se
descolgaron hacia adelante cuando se
inclinó sobre la piscina para observar la
imagen que se había quedado congelada
ante sus ojos. Una mujer.
Últimamente la veía a menudo. Le
gustaba pasear sola por el parque y, a
veces, con expresión de preocupación;
como si llevara un gran peso en el
corazón. ¿En qué estaría pensando? El
parque no era el único lugar donde la
había visto. También la había
descubierto indirectamente en medio de
una multitud o en alguna escena que le
había interesado, y cada vez su mirada
la seguía hasta que desaparecía de su
vista.
La chica se detuvo y observó la
torre Eiffel, de espaldas a los ojos de
Apollyon. Una suave brisa mecía su
corto vestido rojo y su larga melena
rubia. Apollyon no necesitaba ver su
cara para saber que era ella. Ningún
otro mortal lo cautivaba como ella.
Las rosas de un jardín enmarcaban
la imagen y oscurecían una buena parte
de las piernas de la chica. Él inclinó la
cabeza a un lado y la recorrió con su
mirada. Nunca la había visto vestida de
aquella forma. Estaba acostumbrado a
verla con muchas capas de ropa, con las
piernas siempre tapadas y con un grueso
abrigo negro que se ceñía a su esbelta
figura. Las estaciones habían pasado tan
rápido que no se había dado cuenta de
que ya era verano en la Tierra. La
imagen cambió y mostró toda la
envergadura de la torre Eiffel. Apollyon
quería volver a ver a la mujer, pero
entonces se fijó en el cielo que se
extendía por encima de la torre.
Tendió el brazo en dirección a la
piscina desesperado por tocar aquel
cielo y por sentir el reflejo de los rayos
del sol sobre sus alas.
La imagen desapareció y en su
lugar aparecieron otras en las que no
tenía ningún interés. Era verano. Se puso
de pie y se imaginó cómo sería poder
surcar aquel cielo azul. Imaginó toda la
ciudad de París a sus pies. Nunca había
estado en la capital francesa, pero la
conocía muy bien por las imágenes que
tantas veces había visto en aquella
piscina. ¿Qué sentiría si pudiera ver una
ciudad como aquella?
¿Y si pudiera ver a aquella mujer
en carne y hueso?
Apollyon se esforzó por olvidar
aquella idea y se recordó que él no tenía
ningún interés por las mujeres mortales.
Pero si no tenía interés, ¿por qué se
le paraba el corazón cada vez que veía a
aquella chica?
Volvió a mirar la piscina pero
apartó la mirada en seguida. Su deber
era obedecer a su dueño. Debía
quedarse allí cuidando de aquel pozo sin
fondo y sufriendo los ácidos fuegos del
Infierno hasta que su dueño le
reclamara.
Se rió.
Nadie le iba a llamar. Él estaba
destinado a pasar el resto de la
eternidad atrapado en su propio infierno.
Una oscura maldición escapó de
entre sus labios y en la distancia se oyó
un ruido tan poderoso como el trueno.
Una familiar sensación empezó a
apoderarse de él: la certeza de que
alguien decía su nombre. Apollyon
escuchó e intentó oír la voz de su dueño
porque sabía que era él quien le estaba
llamando. Pero no era muy clara.
Sentía la llamada, pero no era
capaz de distinguir con claridad el lugar
del que procedía.
Cogió su espada, se abrochó la
funda a la cintura y no esperó a volver a
escuchar la llamada. Aquélla era su
oportunidad de escapar del Infierno y no
la iba a desaprovechar. Su dueño le
estaba llamando desde algún lugar. Por
fin volvía a tener una misión.
Desplegó las alas, las batió una
única vez y se impulsó hacia arriba. El
viento que provocó al levantar el vuelo
removió el oscuro humo que se cernía
sobre él y se elevó cada vez más hasta
que alcanzó el techo de su prisión.
Tendió el brazo para tocarlo. La negra
roca se abrió ante él y voló hacia arriba.
Cuando vio una grieta de cielo azul a lo
lejos aceleró. Pasó a gran velocidad
junto a cientos de metros de roca y,
finalmente, salió libre al aire fresco. Se
impulsó con fuerza hacia arriba batiendo
con furia sus alas negras contra el cálido
viento, y no dejó de hacerlo hasta que
alcanzó las nubes.
Apollyon se quedó suspendido allí.
Paseó sus ojos azules por el mundo que
se extendía bajo sus pies mientras el frío
viento azotaba su larga melena negra. La
Tierra era tan bonita como la recordaba,
o incluso más. Las ciudades que habían
construido los mortales le fascinaban.
Descendió en busca de su misión e
intentó escuchar la llamada de su dueño.
¿Qué querría que hiciera esta vez?
Apollyon haría cualquier cosa por su
dueño. Ya había destruido muchas
ciudades en su nombre y arrastrado a
muchísimos pecadores hasta el pozo sin
fondo que custodiaba. En una ocasión
incluso tuvo que pelear contra el
mismísimo Diablo, y le venció.
Frunció el ceño cuando vio la
ciudad.
París.
Deseaba con todas sus fuerzas ir a
la torre Eiffel y buscar a la mujer
mortal, pero peleó contra su deseo y
sobrevoló la ciudad intentando encontrar
a su dueño. Ahora la llamada era más
débil y resultaba difícil de localizar.
Aquel sonido le quemaba por dentro con
una intensidad implacable y le obligaba
a continuar con su búsqueda. Sin
embargo, Apollyon había empezado a
preguntarse si se quedaría allí buscando
para siempre y si aquello no sería más
que una broma cruel por haber
maldecido.
El Diablo sería capaz de hacer una
cosa tan despreciable. Tenía una voz
muy potente y el poder suficiente como
para hacerlo. Siempre le había
prometido a Apollyon que pagaría por
las muchas veces que le había vuelto a
llevar hasta el Infierno.
Descendió un poco más y se
deslizó por el cálido aire sin ningún
esfuerzo; estaba disfrutando del
cosquilleo que sentía en sus plumas
oscuras y en su piel. Dobló una esquina
y sobrevoló una pequeña calle. Pasó
justo por encima de las cabezas de los
mortales y provocó una corriente de aire
a su paso. Apollyon sonreía al oírlos
exclamar y al ver cómo se agarraban la
ropa para que no se les volara. No era
muy correcto que se regodeara en el
infantil placer que aquello le provocaba,
pero lo cierto era que todos los ángeles
acostumbraban a abusar del poder de su
invisibilidad.
Batió las alas con fuerza y volvió a
impulsarse hacia arriba. Aterrizó en lo
alto de un tejado de un antiguo edificio
de piedra blanca y recorrió la ciudad
con los ojos en dirección a la torre
Eiffel. Esta, rodeada de una zona de
exuberante vegetación verde que crecía
en su base, destacaba claramente en el
perfil de la ciudad. Estaba a punto de
volar hacia allí cuando volvió a tener la
sensación de que alguien le llamaba por
su nombre.
Apollyon se concentró y frunció el
ceño mientras intentaba distinguir la
dirección de la que procedía la llamada.
Sus ojos se volvieron a posar sobre la
torre Eiffel. ¿De allí?
Corrió hasta el borde del edificio y
se dejó caer. Espero hasta que estuvo
cerca de las baldosas del suelo para
desplegar las alas, batirlas y cruzar la
plaza a escasos centímetros del
pavimento. Avanzó esquivando a la
gente hasta que llegó a una extensión de
hierba. Delante se hallaba el Sena y
detrás de él se alzaba la torre Eiffel.
Voló en línea recta con la intención de
cruzar el río, pero se detuvo de golpe al
oír de nuevo la llamada a sus espaldas.
Observó a las personas que tenía
debajo. ¿Estaría su dueño llamándole
desde allí, rodeado de tanta gente?
Su dueño tenía muchas apariencias.
Apollyon escudriñó a los mortales con
la mirada deteniéndose en cada uno de
los rostros apenas un segundo. Ninguno
de ellos tenía una apariencia que
pudiera atribuir a su dueño.
Esta vez la llamada fue más clara y
la sintió latir en su corazón. Su mirada
se dirigió hacia la dirección de la que
procedía y abrió los ojos de par en par.
¿Ella?
Una mortal rubia estaba de pie
junto a una de las fuentes que había
debajo de él; estaba de espaldas a
Apollyon, y la cálida brisa jugaba con la
corta falda de su vestido rojo oscuro.
Los chorros de agua de la fuente
alcanzaban una gran altura y el viento se
llevaba algunas gotas de agua que se
estrellaban contra la piel del ángel
cuando soplaba en su dirección.
Apollyon frunció el ceño.
Aquello tenía que ser cosa del
Diablo.
Él la había estado mirando, había
maldecido y entonces ella le había
llamado. Era ridículo. Ningún mortal
tenía el poder de llamar a un ángel, y él
no había tenido otro dueño desde que
empezó la eternidad y los ángeles habían
hecho un pacto con él.
Apollyon descendió con mucha
cautela y se acercó a ella. Se quedó
suspendido a escasos metros de su
cabeza. ¿Le había llamado ella?
La chica se puso la mano en la
cara. Él no podía ver lo que estaba
haciendo. Los hombros de la chica
empezaron a moverse arriba y abajo y a
él le recorrió una oleada de dolor y
furia. Ella estaba triste.
Aterrizó sobre el puente. Se quedó
detrás de ella y la siguió a una distancia
prudencial mientras iba cambiando su
apariencia poco a poco. Sus alas se
negaban a desaparecer y tuvo que dar
varios pasos hasta que por fin estuvo
seguro de que los mortales no podrían
verlas y que contaba con todo su
glamour
[1]. Se cambió de ropa: sustituyó su
armadura por un elegante traje negro,
una camisa del mismo color y una
corbata azul marino; luego se recogió su
larga melena negra en una cola de
caballo.
Finalmente dejó de utilizar la
fuerza que le hacía invisible a los ojos
de los mortales y se acercó
tranquilamente a ella. Cogió un pañuelo
azul del bolsillo de su americana, se
colocó tras ella y vaciló sólo un segundo
antes de tocarle el hombro.
– ¿Estás bien? -preguntó en francés
esperando que fuera el lenguaje correcto
y las palabras adecuadas. Hacía
muchísimo tiempo que no hablaba con
nadie y, a pesar de conocer lenguas
modernas, jamás las había utilizado.
Ella se volvió a tapar la cara. Su
larga melena rubia caía por delante de
su rostro y él no podía verla. Cuando se
volvió para mirarle estaba sonriendo.
Sus ojos de color avellana se posaron
sobre el pañuelo que le ofrecía, pero en
seguida se deslizaron por su brazo,
siguieron por su pecho, y acabaron
deteniéndose en su cara. Era mucho más
guapa en persona; tenía unos rasgos muy
dulces y unos ojos redondos. Parecía un
auténtico ángel. Apollyon no se había
dado cuenta de que era mucho más bajita
que él. Le sacaba por lo menos una
cabeza; toda ella, era una mujer menuda.
En cuanto le miró a los ojos su
expresión cambió. Su mano se detuvo a
escasos centímetros del pañuelo y el
horror se adueñó de su rostro.
– Aléjate de mí. -Su francés
destilaba un agudo pánico. Salió
corriendo en dirección al puente.
Apollyon frunció el ceño, observó
el pañuelo y fue tras ella.
La mujer miró hacia atrás por
encima de su hombro y aceleró el paso.
A él le resultó muy fácil salvar la
distancia que había entre ellos. Sus
pasos eran mucho más largos que los de
la chica y las pequeñas sandalias con
tacón que llevaba ella no estaban
precisamente diseñadas para escapar.
– ¡Déjame en paz!
¿Por qué estaba escapando?
La gente estaba empezando a
mirarlos y se murmuraban cosas los
unos a los otros. Aquella chica estaba
montando una auténtica escena y él no
estaba muy seguro del motivo.
– ¡Aléjate de mí! -Ella se volvió
para mirarle a la cara y luego siguió
andando con un profundo terror
brillando en sus ojos. Su mirada se
oscureció cuando frunció el ceño y
entonces, como si de una maldición de
tratara, murmuró-: Abaddon.
Hacía muchos años que no oía
aquel nombre.
Ella sabía que era un ángel.
¿Cómo? ¿Acaso había fallado la
eficacia de su glamour? Hacía milenios
que utilizaba aquella apariencia.
Observó a los mortales que los
rodeaban. Ninguno de ellos parecía
tener miedo. Si supieran que era un
ángel habrían reaccionando igual que
ella. La gente correría gritando que se
acercaba el apocalipsis y que había
llegado el fin del mundo. Y en ese caso
él tendría un grave problema con su
dueño. Recordó cómo le había llamado.
¿Acaso aquella chica podía ver a través
del glamour? ¿Es que ella era diferente a
los demás mortales?
– No quiero morir -murmuró ella en
voz baja al tiempo que miraba temerosa
en su dirección.
Aquello no estaba saliendo como él
esperaba. Se suponía que aquella chica
no debía ser capaz de darse cuenta de
que él era un ángel. Se suponía que
tendría que haber aceptado el pañuelo
que él le había ofrecido con tanta
amabilidad para que se secara las
lágrimas. Luego tendría que haberle
dicho lo que le sucedía y así él podría
haber averiguado lo que estaba haciendo
allí y si había alguien que le estaba
tomando el pelo.
Las lágrimas resbalaban por las
mejillas de la chica. Se cruzó de brazos
y a él le pareció tan pequeña y frágil que
le dieron ganas de abrazarla y hacer
todo cuanto pudiera por aliviar su
sufrimiento. Fuera cual fuese el dolor
que le había provocado el llanto, seguía
castigando su corazón con fuerza y
continuaba atormentándola. Apollyon
podía sentirlo. Tenía una especie de
conexión con ella que le daba acceso a
sus sentimientos. Aquélla era la causa
de que supiera que ella le necesitaba y
de que debieran encontrarse allí justo
aquel día. Aquello era absurdo.
Un mortal no podía llamarle. Ellos
no poseían la voz.
Había estado solo demasiado
tiempo y debía de estar soñando todo
aquello. Estaba viendo cosas que
deseaba que sucedieran y no pensaba
con claridad.
Sólo había una manera de averiguar
si ella le había llamado de alguna forma.
Él hubiera preferido descubrirlo
mediante una conversación relajada,
pero dadas las circunstancias había que
aplicar un enfoque mucho más directo.
Se acercó a ella y la chica volvió a
retroceder sujetándose ambas manos
como si con aquel gesto pudiera
detenerlo en caso de que él quisiera
llegar hasta ella.
– Por favor -susurró al tiempo que
sacudía la cabeza sin dejar de llorar.
– Déjala en paz -dijo un fornido
hombre a sus espaldas.
Apollyon perdió la paciencia,
levantó la mano e hizo un gesto en
dirección a las personas que se habían
reunido alrededor de ellos.
– Aquí no hay nada que ver.
Las curiosas personas que se
habían acercado cambiaron la expresión
del rostro y empezaron a moverse como
si de una sola persona se tratara.
Regresaron a sus vidas y le dejaron a
solas con aquella mujer mortal como si
de repente no estuvieran allí.
– Oh, Dios, me vas a matar.
Él frunció el ceño.
– ¿Por qué dices eso?
– Eso es lo que tú haces. -Su tono
de voz estaba teñido de acusación y de
un ligero toque de valentía.
¿Valentía ante la muerte?
Hacía sólo un momento estaba
huyendo de él, y ahora parecía estar
dispuesta a pelear.
– Hace mucho tiempo que ya no
hago eso. -Suspiró él. Su pasado jamás
le abandonaría. Nadie parecía olvidar
que hubiera pasado algunos siglos
siendo el ángel de la muerte. Todo el
mundo daba por hecho que seguía
ocupándose de llevarse el último aliento
de los mortales. Sin embargo, aquello
seguía siendo mucho mejor que el otro
rumor que corría por ahí y, según el
cual, él era el Diablo-. Ahora hay toda
una flota de ángeles que se ocupan de
eso.
Ella no parecía creerle. Le
temblaban las manos.
– Yo no pedí mis poderes. Por
favor, no me lleves allí.
– ¿Adónde? -Se le estaba volviendo
a acabar la paciencia y parecía ser
incapaz de preguntarle lo que necesitaba
saber. Se centró en lo que ella acababa
de decir.
¿Poderes?
– Tú procedes de los fuegos del
Infierno. Yo no quiero ir allí. No he
hecho nada malo.
Apollyon miró a sus espaldas. Lo
único que podía ver era París.
Contempló el final del puente de piedra
sobre aquel río turbio y la ciudad que se
extendía a continuación.
– Tienes un don. -La volvió a mirar
a los ojos, a aquellos ojos color
avellana. Ella asintió

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