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Libro PDF Ángel Mecánico Cassandra Clare

Ángel Mecánico Cassandra Clare

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que podría cogerme con sus grandes pinzas
sangrientas, pero lo acorralé en un callejón…”
“Sí, te oí.” El joven que apareció en la boca del callejón estaba pálido a la luz de la
lámpara, más pálido incluso de lo que era normalmente, lo que era bastante, en realidad.
Tenía la cabeza descubierta, lo que atrajo inmediatamente la marida a su cabello. Éste era
de un extraño color plata brillante, como un lustroso chelín4. Sus ojos eran de la misma
2 Iratze: runa de curación.
3 Un fuego fatuo (en latín ignis fatuus) es un fenómeno consistente en la inflamación de ciertas materias (fósforo, principalmente) que se
elevan de las sustancias animales o vegetales en putrefacción, y forman pequeñas llamas que se ven andar por el aire a poca distancia de
la superficie, especialmente en los lugares pantanosos y en los cementerios. Son luces pálidas que pueden verse a veces de noche o al
anochecer. Se dice que los fuegos fatuos retroceden al aproximarse a ellos. Existen muchas leyendas sobre ellos, lo que hace que muchos
sean reacios a aceptar explicaciones científicas.
4 El chelín inglés, una moneda usada en el Reino Unido hasta 1971, que equivalía a la vigésima parte de una libra esterlina, y que,
obviamente, era plateado.
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plata, y su rostro de huesos finos, era angular, la delicada curva de sus ojos la única pista de
su herencia.
Había una mancha oscura a través del frente de su camisa, y sus manos estaban densamente
manchadas con rojo.
Will se tensó. “Estás sangrando. ¿Qué pasó?”
Jem despidió con un gesto la preocupación de Will. “No es mi sangre.” Volvió la cabeza
hacia el callejón detrás de él. “Es de ella.”
Will miró más allá de su amigo, dentro de las espesas sombras del callejón. En la esquina
lejana de éste, había una forma arrugada, sólo una sombra en la oscuridad, pero cuando
Will miró de cerca, pudo distinguir la forma de una mano pálida, y un mechón de cabello
rubio.
“¿Una mujer muerta?” Will preguntó. “¿Una mundana?”
“Una niña, en realidad. No más de catorce.”
A eso, Will maldijo a un gran volumen y expresión. Jem esperó pacientemente a que
terminara.
“Si sólo hubiéramos pasado un poco más temprano,” dijo Will finalmente. “Ese sangriento
demonio…”
“Esa es la cosa peculiar. No creo que esto sea trabajo del demonio.” Jem frunció el ceño.
“Los demonios Shax son parásitos, progenie de parásitos. Hubiera querido arrastrar a su
víctima de vuelta a su guarida para poner huevos en su piel mientras ella seguía viva. Pero
esta chica fue apuñalada, repetidamente. Y no creo que haya sido aquí, tampoco.
Simplemente no hay suficiente sangre en el callejón. Creo que ella fue atacada en otro
lugar, y que se arrastró aquí para morir de sus heridas.”
“Pero el demonio Shax…”
“Te estoy diciendo, no creo que fuera el Shax. Creo que el Shax la persiguió, cazándola
para algo, o alguien, más.”
“Los Shaxes tienen un agudo sentidos del olfato,” admitió Will. “He oído de brujos que los
utilizan para seguir las pistas de desaparecidos. Y éste parecía moverse con una extraña
clase de propósito.” Miró más allá de Jem, a la lamentable pequeñez de la forma arrugada
en el callejón.
“No encontraste el arma, ¿lo hiciste?”
“Toma.” Jem sacó algo desde el interior de su chaqueta, un cuchillo envuelto en tela blanca.
“Es una especie de misericordia5, o daga de caza. Mira cuan delgada es la hoja.”
5 También llamada ballock o misericordia fue muy usada en Agincourt (batalla de la Guerra de los Cien años). Este último apodo se debía
a que solía utilizársela para rematar heridos incurables en el campo de batalla. Se la usaba como último recurso: un soldado que había
perdido sus otras armas podía aproximarse al caballero en armadura (a una distancia tan cercana que éste no pudiese utilizar la alabarda,
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Will lo tomó. La hoja era bastante delgada, terminada en una empuñadura echa de hueso
pulido. La hoja y la empuñadura estaban manchadas con sangre seca. Con el ceño fruncido
limpió lo plano del cuchillo a través de áspero tejido de su manga, raspando limpio, hasta
que un símbolo, quemado en la hoja, se volvió visible. Dos serpientes, mordiéndose la cola
la una a la otra, formando un perfecto círculo.
“Ouroboros6,” dijo Jem, inclinándose más cerca para mirar el cuchillo. “Uno doble. Ahora,
¿qué crees que significa?”
“El fin del mundo,” dijo Will, todavía mirando la daga, una pequeña sonrisa jugó en su
boca, “y el principio.”
Jem frunció el ceño. “Entiendo la simbología, William. Quiero decir, ¿Qué crees que su
presencia en la daga significa?”
El viento del río alborotó el cabello de Will; lo cepilló fuera de sus ojos con gesto
impaciente y volvió a estudiar el cuchillo. “Es un símbolo alquímico, no uno brujo o uno
Submundo. Eso normalmente quiere decir humanos; el tipo de mundanos tontos que creen
que tratar con magia es el boleto para ganar fama y riqueza.”
“El tipo que normalmente termina en una pila de sangrientos harapos dentro de algún
pentagrama.” Jem sonaba sombrío.
“El tipo que le gusta estar al acecho por las partes del Submundo de nuestra bella ciudad.”
Después de envolver el pañuelo alrededor de la hoja cuidadosamente, la deslizó dentro del
bolsillo de su chaqueta. “¿Crees que Charlotte me dejará mantener la investigación?”
“¿Crees que deberías confiar en los Submundo? Los garitos de juego, los antros de vicios
mágicos, las mujeres de moral relajada…”
Will sonrió de la forma en que Lucifer debía sonreír, momentos antes de caer del Cielo.
“Mañana sería demasiado pronto para empezar a buscar, ¿lo crees?
Jem suspiró. “Has lo que quieras, William. Siempre lo haces.”
la espada ni el mandoble), pegarse a él y pasar la misericordia por la mirilla del casco. Este golpe, si se vivía lo suficiente como para
asestarlo, era mortal de necesidad.
6
El Uróboros u Ouraboros, es la emblemática serpiente del Antiguo Egipto y la Antigua Grecia, representado con su cola en la boca,
devorándose continuamente a sí mismo. Expresa la unidad de todas las cosas, las materiales y las espirituales, que nunca desaparecen
sino que cambian de forma en un ciclo eterno de destrucción y nueva creación, al igual que representa la infinitud.
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Southampton, Mayo.
Tessa no podía recordar un momento en que no hubiera amado el ángel mecánico. Éste
había pertenecido a su madre una vez, y su madre lo había estado llevando cuando murió.
Después de eso, éste se había quedado en el joyero de su madre, hasta que su hermano,
Nathaniel, lo sacó un día para ver si todavía funcionaba.
El ángel no era más grande que el dedo meñique de Tessa, una pequeña estatuilla hecha de
latón, con las plegadas alas de bronce no más grandes que las de un grillo. Tenía un
delicado rostro de metal con párpados de medialuna cerrados, y manos cruzadas sobre una
espada en el frente. Una delgada cadena que serpenteaba debajo de las alas permitía que el
ángel fuera usado alrededor del cuello como un medallón.
Tessa sabía que el ángel fue hecho con mecanismo de relojería porque si lo acercaba a su
oído, podía oír el sonido de su mecanismo, como el sonido de un reloj. Nate había
exclamado sorprendido que eso seguía funcionando después de tantos años, y había
buscado en vano una perilla o un tornillo, o algún otro método por el que al ángel se le
pudiera dar cuerda. Pero ahí no había nada que encontrar. Con un encogimiento de hombros
él le dio el ángel a Tessa. Desde ese momento ella nunca se lo quitó; incluso en la noche, el
ángel yacía contra su pecho mientras ella dormía, sus constantes tic-tac, tic-tac como el
latido de un segundo corazón.
Lo sostuvo ahora, asiéndolo entre sus dedos, mientras el Main husmeaba en su camino
entre otros masivos busques de vapor para encontrar un lugar en el muelle de Southampton.
Nate había insistido en que ella llegara a Southampton en lugar de Liverpool, donde
llegaban más trasatlánticos a vapor. Había afirmado que era porque Southampton era un
lugar mucho más placentero para arribar, por lo que Tessa no pudo dejar de estar un poco
decepcionada por esto, su primera visita a Inglaterra. Estaba tristemente gris. La lluvia
tamborileaba en la torre de una iglesia lejana, mientras humo negro ascendía de las
chimeneas de los barcos y teñía el cielo ya opaco. Una multitud de gente en ropa oscura,
sosteniendo paraguas, estaba en los muelles.
Tessa se esforzaba por ver si su hermano estaba entre ellos, pero la niebla y la rociada de
los barcos eran muy espesas para que ella distinguiera cualquier persona en gran detalle.
Tessa tembló. El viento del mar era frío. Todas las cartas de Nate afirmaban que Londres
era hermoso, el sol brillaba cada día. Bien, pensó Tessa, esperaba que el clima allí fuera
mejor de lo que era aquí, porque no tenía ropa abrigada con ella, nada más sustancial que
un chal de lana que había pertenecido a Tía Harriet, y un par de delgados guantes. Había
tenido que vender la mayoría de su ropa para pagar el funeral de su tía, con la certeza de
que su hermano le compraría más cuando llegara a Londres para vivir con él.
Un grito se elevó. El Main, su casco pintado de negro brillante, centelleó mojado por la
lluvia, había anclado, y remolcadores estaban arando su camino en el agua gris que subía y
bajaba, listos para cargar equipaje y pasajeros a la orilla.
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Los pasajeros fluyeron del barco, claramente desesperado por sentir tierra bajo sus pies.
Tan diferente de su salida de Nueva York.
El cielo era azul entonces, y una banda había estado tocando. Aunque, sin nadie ahí para
despedirla, esa no había sido una ocasión alegre.
Encorvando los hombros, Tessa se unió a la multitud que desembarcaba. Gotas de lluvia
aguijonearon su desprotegidos cabeza y cuello, como pequeños pinchazos de hielo, y sus
manos, dentro de sus insustanciales guantes, estaban frías y húmedas con la lluvia.
Al llegar al muelle, miró a su alrededor con impaciencia, buscando una visión de Nate.
Hacía casi dos semanas desde que hablaba con el alma, manteniéndose casi en su totalidad
a sí misma a bordo del Main. Sería maravilloso tener de nuevo a su hermano para hablar.
Él no estaba ahí. Los muelles estaban repletos con montones de equipajes y todo tipo de
cajas y cargas, incluso montones de frutas y vegetales se marchitaban y disolvían en la
lluvia.
Un vapor partía de Le Havre nearby, y marineros de aspecto húmedo pululaban cerca de
Tessa, gritando en francés. Intentó moverse a un lado, sólo para ser casi pisoteada por una
multitud de pasajeros que desembarcaban apresurados para refugiarse en la estación de
trenes.
Pero Nate no se veía por ninguna parte.
“¿Usted es la Señorita Gray?” La voz era gutural, con pesado acento. Un hombre se había
movido para ponerse en frente de Tessa. Era alto, y llevaba un majestuoso abrigo negro y
un sombrero alto, el ala de su sombrero colectaba agua de lluvia como una cisterna.
Sus ojos eran peculiarmente saltones, casi protuberantes, como los de una rana, su piel de
aspecto áspero como el tejido de una cicatriz.
Tessa tuvo que luchar con la urgencia de encogerse lejos de él. Pero él sabía su nombre.
¿Quién podría saber su nombre aquí salvo alguien que conociera a Nate, también?
“¿Si?”
“Su hermano me envió. Venga conmigo.”
“¿Dónde está él?” Tessa demandó, pero el hombre ya se estaba alejando. Su paso era
desigual, como si tuviera cojera de una vieja herida.
Después de un momento, Tessa recogió su falda y corrió tras él.
Él serpenteó a través de la multitud, avanzó con determinada velocidad. La gente saltaba a
un lado, murmurando sobre su mala educación cuando él los empujaba con sus hombros al
pasar, con Tessa corriendo para mantener su paso. Se volvió abruptamente en torno a un
montón de cajas, y se detuvo en frente de un gran coche negro brillante.
Letras doradas estaban pintadas a través de su costado, pero la lluvia y la niebla eran muy
espesas para que Tessa las leyera claramente.
La puerta del carruaje se abrió y una mujer se asomó. Usaba un enorme sombrero de
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Tessa asintió. El hombre de ojos saltones se apresuró a ayudar a salir a la mujer del
carruaje, y luego otra mujer la siguió. Cada una de ellas inmediatamente abrió un paraguas
y los levantaron, refugiándose de la lluvia. Entonces fijaron sus ojos en Tessa.
Eran un extraño par, las mujeres. Una era muy alta y delgada, con un huesudo y ojeroso
rostro. Su pelo sin color estaba arrastrado en un moño atrás de su cabeza. Usaba un vestido
de seda violeta brillante, ya salpicado aquí y allá con manchas de lluvia, y guantes violetas
a juego.
La otra mujer era baja y rolliza, con pequeños ojos hundidos profundamente en su cabeza;
sus brillantes guantes rosa estirados sobre sus grandes manos, las hacían verse como patas
de colores.
“Theresa Gray,” dijo la más pequeña de las dos. “Qué delicia conocerla al fin. Soy la Sra.
Black, y esta es mi hermana, la Sra. Dark. Su hermano nos envió para acompañarla a
Londres.”
Tessa, mojada, helada, y desconcertada, cogió su chal más ajustado a su alrededor. “No lo
entiendo. ¿Dónde está Nate? ¿Por qué no vino él mismo?”
“Fue inevitablemente detenido por negocios en Londres. Mortmain no podía prescindir de
él. Antes envió una nota para usted, sin embargo.” La Sra. Black extendió un poco de papel
enrollado, ya humedecido por la lluvia.
Tessa lo tomó y se dio la vuelta para leerlo. Era una pequeña nota para ella de su hermano
disculpándose por no estar en los muelles para encontrarla, y dejándole saber que confiaba
en la Sra. Black y la Sra. Dark (las llamo las hermanas Oscuras7 Tessie, por obvias
razones, ¡y ellas parecen encontrar el nombre agradable!), para traerla a salvo a su casa en
Londres.
Eran, como su nota decía, sus patronas y también amigas de confianza, y tenían su más alta
recomendación.
Eso la decidió. La carta era sin duda de Nate. Era su letra, y nadie más la llamaba Tessie.
Tragó fuerte y deslizó la nota en su manga, girándose para hacer frente a las hermanas.
“Muy bien,” dijo, luchando con su persistente sensación de decepción, había estado tan
ansiosa por ver a su hermano. “¿Vamos a llamar a un mozo para que traiga mi baúl?”
“No es necesario, no es necesario.” El tono alegre de la Sra. Dark estaba en desacuerdo con
sus grises facciones ojerosas. “Ya hemos arreglado que la envíen por adelantado.”
Chasqueó los dedos y el hombre de ojos saltones se subió en el asiento del conductor del
frente del carruaje. Ella puso su mano en el hombro de Tessa. “Vamos, hija; vamos a
sacarte de la lluvia.”
Cuando Tessa se movió hacia el carruaje, impulsada por el huesudo agarre de la Sra. Dark,
la niebla clareó, revelando la reluciente imagen dorada pintada al costado de la puerta. Las
palabras “El Club Pandemónium” se enroscaban intrincadamente en torno a dos serpientes
7
Las hermanas Oscuras, haciendo referencia a sus apellidos, Dark y Black, oscuro y negro, respectivamente.
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mordiéndose las colas la una a la otra, formando un círculo. Tessa frunció el ceño. “¿Qué
significa eso?”
“Nada de lo que tengas que preocuparte,” dijo la Sra. Black, quien ya había subido al
interior y tenía la falda extendida a través de uno de los asientos de aspecto cómodo. El
interior del carruaje estaba ricamente decorado con lujosos asientos de terciopelo púrpura,
frente el uno del otro, y borlas de oro colgando de las cortinas en las ventanas.
La Sra. Dark ayudó a Tessa a subir al carruaje, luego se encaramó detrás de ella.
Mientras Tessa se acomodaba en el asiento, la Sra. Black se estiró para cerrar la portezuela
del coche detrás de su hermana, cerrando el cielo gris. Cuando sonrió, sus dientes brillaron
en la penumbra como si estuvieran hechos de metal. “Ponte cómoda, Theresa. Tenemos un
gran viaje por delante.”
Tessa puso una mano en el ángel mecánico en su garganta, tomando consuelo de su
constante tic-tac, mientras el carruaje daba bandazos hacia delante en la lluvia.
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Seis semanas después
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1
La Casa Oscura
Más allá de este lugar de lágrimas e ira
Yacen los Horrores de la sombra
—William Ernest Henley, “Invicto”
“A las hermanas les gustaría verla en su sala, Señorita Gray.”
Tessa dejó el libro que había estado leyendo sobre la mesita de noche, y se volvió para ver
a Miranda de pie en la puerta de su pequeña habitación, como lo había hecho todos los días
a la misma hora, entregando el mismo mensaje que entregaba todos los días.
En un momento Tessa le pediría que esperara en el pasillo, y Miranda dejaría la habitación.
Diez minutos después, ella volvería y diría lo mismo de nuevo. Si Tessa no venía
obedientemente después de algunos de esos intentos, Miranda la cogería y la arrastraría,
pataleando y gritando, bajaría las escaleras al caliente y apestoso cuarto donde las
Hermanas Ocuras espereban.
Había pasado todos los días de la primera semana que Tessa había estado en la Casa
Oscura, como ella había venido a llamar el lugar en que la mantenían prisionera, hasta que
eventualmente Tessa se dio cuenta de que gritar y patalear no hacían mucho, simplemente,
gastar su energía. Energía que probablemente era mejor reservar para otras cosas.
“Un momento, Miranda,” dijo Tessa. La criada se balanceó icómodadamente en una
reverencia y salió de la habitación, cerrando la puerta tras ella.
Tessa se puso en pie, mirando alrededor de la pequeña habitación que había sido su celda
de prisión por seis semanas. Ésta era pequeña, con empapelado de flores y con pocos
muebles, una simple mesa de pino con un paño de encaje blanco sobre ésta, donde ella
comía sus comidas; la estrecha cama de latón donde ella dormía; el lavabo agrietado y la
jarra de porcelana para su limpieza; el alfeizar de la ventana donde ella apilaba sus libros, y
la pequeña silla donde se sentaba cada noche y escribía cartas a su hermano, cartas que ella
sabía nunca podría enviar, cartas que ella mantenía ocultas bajo su colchón donde las
Hermanas Oscuras no pudieran encontralas.
Era su forma de mantener un diario y de asegurarse a sí misma, que de alguna forma, vería
a Nate de nuevo algún día y sería capaz de dárselas.
Cruzó la habitación hasta el espejo que colgaba contra la pared, y alisó su cabello.
Las Hermanas Oscuras, como de hecho les gustaba ser llamadas, preferían que ella no
luciera desaliñada, aunque no parecía importarles su apariencia de una manera u otra más
allá de eso, lo que era una suerte, porque su reflejo la hizo estremecerse. Allí estaba su
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pálido rostro ovalado dominado por huecos ojos grises, un rostro en sombras, sin color en
sus mejillas o esperanza en su expresión.
Llevaba el vestido negro poco favorecedor que las hermanas le habían dado una vez que
había llegado; su baúl nunca la había seguido, a pesar de sus promesas, y éste era ahora la
única pieza de ropa que tenía. Apartó la mirada rápidamente.
No tenía para siempre para estremecerse por su reflejo. Nate, con su bello aspecto, era el
único en la familia que por acuerdo general había heredado la belleza de su madre, pero
Tessa siempre había estado plenamente satisfecha con su liso cabello castaño y sus sensatos
ojos grises.
Jane Eyre tenía el pelo castaño, además de muchas otras heroínas. Y no era tan malo ser
alta, tampoco, más alta que la mayoría de los chicos de su edad, es verdad, pero Tía Harriet
siempre había dicho que cuando una mujer alta se conduciera bien, siempre se vería regia.
No se veía regia ahora, pensó. Se veía ojerosa y sucia y en conjunto como un
espantapájaros usado. Se preguntó si Nate la reconocería si la viera hoy en día.
Ante ese pensamiento su corazón pareció encogerse dentro de su pecho. Nate. Él era lo
único por el que ella estaba haciendo todo esto, pero a veces lo extrañaba tanto que sentía
como si estuviera tragando cristal roto. Sin él, estaba completamente sola en el mundo. No
había nadie en absoluto para ella. Nadie en el mundo que se preocupara de si ella estaba
viva o muerta. Aveces el horror de ese pensamiento la amenazaba con abrumarla y hundirla
en una oscuridad sin fondo de la que no habría retorno. Si nadie en el mundo se preocupa
por ti en absoluto, ¿realmente existes?
El chasquido de la cerradura cortó sus pensamientos abruptamente. La puerta se abrió;
Miranda estaba en el umbral.
“Es tiempo de que venga conmigo,” dijo. “La Sra. Black y la Sra. Dark están esperando.”
Tessa la miró disgustada. No podía adivinar la edad de Miranda. ¿Diecinueve?
¿Veinticinco? Había algo eterno en su rostro redondeado y sin arrugas. Su cabello era del
color del agua de arroyo, tirado hacia atrás con dureza detrás de las orejas. Tenía ojos
protuberantes como los de una rana y la hacía parecer permanentemente sorprendida,
exactamente como el cochero de las Hermanas Oscuras. Tessa pensó que ellos debían estar
relacionados.
A medida que bajaban juntas las escaleras, Miranda marchaba con su andar desgarbado,
una marcha acortada, Tessa levantó su mano para tocar la cadena dónde el ángel mecánico
colgaba alrededor de su garganta. Era un hábito, algo que hacía cada vez que era forzada a
ver a las Hermanas Oscuras.
De alguna forma, la sensación del colgante alrededor de su cuello la tranquilizó. Siguió
sosteniéndolo mientras pasaban rellano tras rellano. Había varios niveles de corredores en
la Casa Oscura, aunque Tessa no había visto ninguno de ellos, salvo las salas de las
Hermanas Oscuras, los pasillos y su propia habitación. Finalmente alcanzaron el sótano en
sombras. Era húmedo ahí abajo, los muros estaban pegajosos con desagradable humedad,
aunque aparentemente a las Hermanas no les importaba

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