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Libro PDF ¡¡¡Apocalipsis Total!!! Javier Haro Herraiz

¡¡¡Apocalipsis Total!!!  Javier Haro Herraiz

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con un slip con dibujos del pato Donald y su camiseta de “Black
Sabbath” f av orita.
–¿Qué? –Dice su Padre v isiblemente cabreado al v erlo
aparecer en el pasillo con expresión ausente y adormilada–.
¿No te parece que v a siendo hora de que v ay as pensando en
hacer algo de prov echo, Hijo Mío? ¿O acaso piensas seguir
v iv iendo a mi costa toooda la jodida Eternidad?
–¡Tranqui, Papuchi! Tengo en mente un proy ecto a-cojo-
nan-te, que si me sale como espero, me podré emancipar de
una v ez por todas y me podré comprar un pisito y un deportiv o
y…
–Vale, v ale, me queda claro que sigues teniendo la
mente llena de pájaros y f antasías, lo que me llev a a pensar
que tal v ez los romanos, durante las torturas, te dieron algún
golpe de más en la cabeza.
Tras esto, J.C. v uelv e a meterse en su dormitorio, a
cerrar la puerta con cerrojo y a poner la música a toda pastilla,
exasperando de nuev o a su pobre y suf rido Padre, que lo único
que puede hacer es alejarse meneando con resignación su
nív ea y Div ina cabeza.
No obstante, su sorpresa es may úscula cuando, al
cabo de más o menos una hora, su Hijo v uelv e a salir de su
habitación v estido con su mejor traje y su larga y rebelde
melena recogida en una sencilla cola de caballo.
–¿Papá? –Inquiere J.C. dirigiéndose a Él con cautela y
una sonrisa la mar de inocente dibujada en su barbudo
semblante.
–¿Sí, Hijo? –Replica el Creador emitiendo un suspiro de
pura y dura condescendencia, después de alzar la mirada de los
documentos que está ley endo en ese momento.
–¿Aún sigue v acante aquel puesto diplomático del que
me hablaste cuando las cosas comenzaron a torcerse con
nuestros v ecinos del Inf ramundo? –Sigue hablando J.C.
mientras se sienta en una silla ante el escritorio de su Padre y
comienza a juguetear con una goma entre sus dedos.
El Altísimo alza sus nív eas cejas, al tiempo que boquea
v arias v eces como si f uera un pez f uera del agua, v isiblemente
sorprendido, antes de por f in responder en tono a un tiempo
suspicaz y cauteloso:
–Eh…, sí aún sigue v acante. ¿Por qué? ¿Acaso te
interesa?
–Podría ser –responde su Hijo en tono jov ial y con otra
sonrisa, ésta mucho más picara que la anterior, pintada en los
labios.
–¿Y me puedes explicar a qué v iene tan repentino
interés en un puesto que te of recí por activ a y por pasiv a más
v eces de las que puedo recordar, y que rechazaste de f orma
tajante todas las ocasiones? –Al decir esto el Todopoderoso
ladea ligeramente la blanca cabeza en claro gesto de no f iarse
un pelo.
–Bueeeeno… Digamos que me lo he pensado mejor y
me he dicho: ¿Qué puede haber mejor que trabajar codo con
codo con mi querido y Todopoderosísimo Papaíto? –Responde
J.C. encogiéndose de hombros con gesto entre div ertido e
indif erente.
–De acuerdo –acepta su Padre tras meditarlo un
momento–. Pero con una condición.
–Claro, ¿cuál?
–Esta v ez, procura que no te crucif iquen, por Mi Amor.
CAPÍTULO 2º
UNA NOCHE CUALQUIERA EN LA VIDA DE DAMA ARAÑA
–¡MALDITA SEA TU ESTAMPA, DAMA ARAÑA! ¡TE
JURO POR LA SANTÍSIMA SARA LA NEGRA, QUE LA
PRÓXIMA VEZ QUE NOS ENCONTREMOS SERÁ LA ÚLTIMA,
PUES TE VOLARÉ LA JODIDA CABEZA CON MI RECORTADA
Y ME LIBRARÉ DE TI PARA SIEMPRE! ¿ME OYES, DAMA
ARAÑA? ¡PARA SIEMPRE! –Quien clama y jura de esta manera
no es otro que Heredia, uno de los muchos riv ales que la
heroína y ladrona Dama Araña se ha ido haciendo a lo largo de
este último año de correrías nocturnas.
Lo cierto es que el tal Heredia, un asesino a sueldo de
raza gitana, ha resultado ser un hueso duro de roer en más de
una ocasión, y en ésta pues no ha sido menos, y si nuestra
ladrona ha logrado f rustrar sus planes ha sido gracias a la
oportuna interv ención de su amiga y aliada Bruja Plateada y su
f iel lobo parlante Kav ik.
El llamado Heredia f ue contratado por un poderosísimo
hombre de negocios de Paterna para que acabase con la v ida
de un riv al tocapelotas, que lo había amenazado con denunciarlo
al Fisco tras descubrir que debía al mismo la nada despreciable
cantidad de dos millones de euros.
Por desgracia para el empresario homicida, ahí estaba
Dama Araña, dispuesta como siempre a f rustrar los planes de
los malv ados y a llev arlos ante la Justicia.
El enf rentamiento con el asesino de raza gitana ha
tenido lugar en la zona residencial paternense conocida como
“Valterna” y se había puesto lo bastante dif ícil para nuestra bella
heroína como para tener que pedir ay uda a Bruja Plateada y a
su f iel mascota lobuna.
Por suerte, Heredia y a ha sido controlado y dominado
gracias al esf uerzo de las dos brav as y bellas justicieras, y
ahora ambas esperan la llegada del detectiv e Gómez al lugar
para que se haga cargo del peligroso v illano.
Una v ez el Policía se ha llev ado a Heredia en su coche
de camino a la Comisaría, Dama Araña se dispone a decir algo
a su amiga y colega, cuando un intenso f ogonazo de luz le
indica que tiene una v isita inesperada.
–Creo que será mejor que me v ay a –dice Bruja
Plateada al reconocer al v isitante, pues nunca ha logrado
sentirse del todo cómoda en su presencia.
–Hola, Arael –saluda Dama Araña de f orma quizás un
tanto brusca y f ría, pues está acostumbrada a que su Ángel
Guardián la v isite la may oría de las v eces para darle malas
noticias o para adv ertirle de algún peligro inminente.
El Celestial Mensajero parece notar también esto,
porque antes de empezar a hablar queda callado durante unos
instantes, como buscando las palabras correctas para dirigirse a
su protegida, al tiempo que tiende ambas manos hacia la
enmascarada con claro gesto conciliador
“Hola, Ana María” –Dice por f in a la manera
acostumbrada, telepáticamente, y todav ía con ambas manos
tendidas hacia delante–. “¿Te pillo, como decís los humanos, en
mal momento?”.
Es tal la inocencia que destila el mensaje mental de su
Protector, que Dama Araña no puede menos que esbozar una
sonrisa y dulcif icar su expresión antes de replicar, f ingiendo un
enf ado que está muy lejos de sentir:
–Pues un poco sí, la v erdad. Acabo de detener a un
peligroso criminal y ahora me gustaría marchar a mi casa a
celebrarlo con Rubén.
“Vay a… Veo que sí te pillo en mal momento” –Replica
Arael en tono v acilante antes de disponerse a marchar y dejar lo
de transmitir el mensaje a nuestra heroína para otra ocasión
más propicia.
–¡Hey, no, no! –Exclama al momento Dama Araña,
saltando hacia la angelical y radiante f igura antes de que
desaparezca–. Yo sólo bromeaba; sé que no me buscarías si no
f uera algo realmente serio e importante –añade luego con un
claro deje de disculpa, que hace que los ojos del rostro del
Caminante ref lejen un pícaro brillo de “lo sabía”.
Arael aún tarda unos instantes en responder, como si
de v erdad quisiera asegurarse de que las disculpas de la bella
ladrona son sinceras, aunque lo único que consigue al f inal es
que su protegida comience a perder la paciencia y salte con
cierta brusquedad:
–¿Me lo v as a contar o no, Arael? Ya te he dicho que
tengo mejores cosas que hacer que esperar a v er si te decides
a hablar.
Cuando por f in su Ángel de la Guarda termina de hablar
la expresión de la ladrona lo dice todo.
–Entonces, imagino que no tengo otro remedio que
acompañarte –dice luego con tono cansado y resignado antes
de que Arael apoy e una de sus brillantes manos en su hombro y
ambos se desv anezcan en un estallido de luz dorada.
CAPÍTULO 3º
JACKIE T. SIGUE SIENDO EL MEJOR
–Bueno, un nuev o exorcismo llev ado a cabo de manera
limpia e impecable por el mejor y más guapo exorcista de todos
los tiempos –dice Jackie T. dando un par de palmadas de pura y
simple satisf acción, después de haber despachado a un
molesto diablillo que había tomado posesión del cuerpo de una
jov en mujer recién casada con un v erdadero impresentable, de
esos que nunca están conf ormes con nada y que se ha puesto
hecho una f uria al v er cómo ha quedado el dormitorio tras el
rito.
–¿¡QUE LE DEBO CUÁNTO!? –Brama hecho un
basilisco cuando nuestro peculiar exorcista le pasa la minuta por
los serv icios prestados–. ¿¡DESPUÉS DE CÓMO ME HA
DEJADO LA HABITACIÓN!? ¡TENDRÁ CARA, ENCIMA!
–Si quiere, v uelv o a dejar al demonio libre, y a v er qué
hace –replica el cazademonios, encogiéndose de hombros con
aire y gesto indif erente, al tiempo que comienza a hacer
extraños gestos con ambas manos, que si bien son totalmente
inof ensiv os, surten el ef ecto deseado, pues la expresión del
cliente cambia como del día a la noche, y sin más dilación,
saca su cartera y un buen f ajo de euros de la misma, que
entrega a Jackie mientras dice con v oz suplicante:
–¡No, no, por el amor de Dios! ¡Lárguese con v iento
f resco y con el maldito demonio! ¡Y no se le ocurra v olv er por
aquí en su puta v ida! –Esto último lo dice con los dientes
f uertemente apretados por la rabia, en tanto que nuestro
exorcista toma el dinero y tras ef ectuar una elaborada
rev erencia, sale del piso y se dirige al ascensor silbando
alegremente.
Lo cierto es que desde que ev itase una guerra entre las
f acciones de Lucif er y Agares, el negocio de los exorcismos
anda de capa caída, por lo que ahora es f ácil que se pase
semanas sin recibir un av iso o encargo para realizar algún rito
decente.
Este último, sin ir más lejos, ha resultado ser un
f antasma humano degradado a demonio que no le ha dado
may ores problemas.
Bueno, para ser sinceros diremos que ha tenido una
pizquita de ay uda en f orma del “Santo Grial” reliquia que, como
y a sabemos, obtuv o hace y a algunos meses y que le ay udó a
ev itar la guerra entre las dos huestes más temibles y poderosas
del Inf ramundo.
Por f in llega a su pisito y tras dar un beso a su amada
Noely a, se quita las pesadas botas, pilla una cerv eza bien f ría
de la nev era y se tumba en el sof á a v er la telev isión para
matar el rato.
Llev a un buen rato pasando y repasando canales de
TDT sin encontrar nada que merezca la pena, cuando un
f ortísimo olor a azuf re le anuncia la llegada de una v isita cuanto
menos peculiar.
–¿QUÉ FORMA ES ESTA DE RECIBIR A LAS VISITAS,
EXORCISTA DEL DEMONIO? –Atruena el potente v ozarrón del
bueno de Lucif er antes de abalanzarse sobre nuestro héroe y
unirse a él en un abrazo que hace crujir notablemente todos los
huesos de su cuerpo.
–¡Hombre, Lucif er! –Logra decir Jackie una v ez ha
recuperado el resuello y dejando más que claro, por el tono de
su v oz, que no esperaba semejante v isita.
–Te estarás preguntando qué hago aquí –dice Lucif er
después de que la bella diabla Noely a le hay a serv ido otra
cerv eza bien f ría, para que haga compañía a su hombre en su
momento cerv ecero.
–Pues… Sí, me lo estoy preguntando ahora mismo –
replica Jackie con sorna más que ev idente, aunque tampoco
demasiada, pues nunca se sabe por dónde puede saltar el Rey
de todos los demonios.
Por suerte, éste no parece haber notado nada raro en la
v oz de su anf itrión y a que, al cabo de unos minutos y con v oz
cargada de hastío más que ev idente, dice:
–¿Sabes, amigo Jackie? A v eces desearía que la
guerra contra mi primo Agares se hubiera iniciado; así al menos
ahora no estaría tan jodidamente aburrido.
–¿Qué hay de la amenaza en común de la que habló
Agares aquel día? –Inquiere Jackie T. con más preocupación de
la que él mismo es capaz de admitir.
–Oh, mis agentes en el Cielo me mantienen inf ormado
casi a diario –responde Lucif er en tono más bien impasible
antes de dar un trago a su cerv eza y agregar con una extraña
sonrisa en su colorado semblante–: Lo último que he sabido es
que el bueno de J.C. ha conv encido a su Papaíto para que le
deje liderar el equipo diplomático del Cielo.
–Pero tú no estás a f av or de la guerra entre el Cielo y
el Inf ierno… ¿O sí? –El exorcista enarca sus oscuras cejas en
clara actitud de expectante asombro.
Lucif er f runce con f uerza el entrecejo antes de
responder en un tono de dif ícil interpretación:
–Si dependiera de mí…
CAPÍTULO 4º
EL MENSAJE DE ARAEL
“Imagino que recordarás el mensaje que mi Hermano
Raziel te dejase hace unos meses acerca de la proximidad de
una Gran Guerra entre el Cielo y el Inf ierno” –Dice Arael una
v ez él y Dama Araña han v uelto a aparecer en el lugar, donde
hace y a casi dos años, tuv ieran su primer encuentro.
–S-sí, lo recuerdo –responde Dama Araña con v oz
titubeante, pues ahora parece comprender por f in la grav edad
del asunto–. ¿Acaso…? –Añade seguidamente f runciendo
lev emente el entrecejo bajo el negro antif az que cubre su bello
semblante.
“De momento todo sigue igual” –responde Arael en tono
tranquilizador, lo que prov oca en la ladrona un sincero suspiro de
aliv io para, de inmediato, preguntar en tono de alarma:
–¿¡A qué diablos te ref ieres con de momento!? ¿Acaso
hay algo que no me estás contando?
“Pues, v erás…” –El mensaje telepático de su Ángel de
la Guarda es lo bastante titubeante como para que Dama Araña
termine de alarmarse por completo y comience a pasear a
grandes zancadas en torno a la brillante y metálica f igura de
Arael mientras masculla, más para sí que para el Celestial:
–¡Lo sabía! ¡El Apocalipsis se acerca y no seremos
capaces de hacer nada por ev itarlo! ¡AHORA SÍ QUE ESTAMOS
PERO BIEN JODIDOS!
“Calma, Ana María, calma, por f av or” –dice por f in
Arael mientras estira una de sus platinadas manos hacia nuestra
heroína para detener su f renético y nerv ioso deambular de un
lado para otro– “Si todo sale bien, no todo está perdido”.
Y parece que logra su cometido, pues no bien ha
terminado de decirlo, Dama Araña se detiene y se le queda
mirando con expresión curiosa, inv itándolo claramente a seguir
hablando y explicarse mejor.
Cosa que el Ángel hace tras unos minutos en
meditabundo silencio, durante los cuales ha permanecido
mirando hacia el cielo, gesto que da a entender que ha estado
recibiendo algún mensaje desde lo Alto.
Cuando por f in dirige de nuev o su mirada hacia nuestra
heroína, sus ojos sin pupilas ref lejan una serenidad apabullante,
haciendo que también la ladrona se relaje y destense todos los
músculos de su cuerpo, que ha mantenido rígidos en tanto él
“hablaba” con el Cielo.
–¿Y bien? –No obstante, su v oz sigue ref lejando una
impaciencia mucho más dif ícil de contener.
“Tal v ez no esté todo perdido, querida niña” –La
telepática v oz de Arael suena lo bastante f irme tranquila como
para que Ana María disipe del todo sus temores, mas todo se
v a al garete se v a al garete cuando su Ángel Guardián agrega lo
siguiente con ev idente tono de disculpa–: “Mas mucho me temo
que hay un pequeñííísimo pero…”
Al oír esto, Dama Araña deja escapar de sus labios un
buf ido de clara resignación y luego, con todo el temor y cautela
del Mundo, inquiere en un tenue hilillo de v oz:
–¿Y en qué consiste ese pero, si se puede saber?
“Por lo v isto, el Inf ierno tampoco está dispuesto a
iniciar una Guerra contra el Cielo en la que, por la gran igualdad
de f uerzas entre las dos f acciones, no habría un v encedor ni un
ganador claro”.
–Ahá, entiendo, sigue –pide Dama Araña al v er que el
Ángel ha dejado de hablar y se la ha quedado mirando como si
no la hubiera v isto nunca.
“Resulta que alguien, aún no sabemos si en el Cielo o
en el Inf ierno, sí desea que dicha Guerra tenga lugar, y es ahí
donde entráis tú y un exorcista chif lado, que por lo v isto tiene
tratos o algún tipo de extraña amistad con Lucif er” –explica
Arael pasados unos segundos y dejando a nuestra ladrona con
una cara de pasmo que tira de espaldas.
–Espera un segundo… –Dice cuando por f in consigue
reaccionar–. ¿Has dicho que hay por ahí un exorcista amigo del
mismísimo Lucif er, y que debo aliarme con él para detener la
posible Guerra entre el Cielo y el Inf ierno?
“O, si lo pref ieres, el Apocalipsis, así es” –Dice Arael,
encogiéndose de hombros con ev idente gesto de asentimiento.
–E imagino que no me puedo negar –añade Ana María
Cebrián en ev idente tono de protesta.
“Mucho me temo que no, querida amiga” –Responde el
Ángel mientras toma las manos de su protegida y añade, como
si con sus palabras lo f uera a solucionar todo, o al menos
hacérselo más f ácil la bella ladrona–: “Son órdenes de y a sabes
Quién”.
Luego, y antes de que Dama Araña pueda asimilar lo
que acaba de decir, y como la tiene y a acostumbrada,
desaparece.
CAPÍTULO 5º
LA REACCIÓN DE RUBÉN Y UNA VISITA INESPERADA
–¿¡Que Arael te ha dicho qué!? –Casi grita el detectiv e
Rubén Gómez después de que su nov ia, Ana María Cebrián
Soria, le ha explicado su reciente conv ersación con su Ángel de
la Guarda. Por el tono de v oz que está usando está dejando
más que claro que no le ha gustado un pelo lo que acaba de
escuchar.
–A mí tampoco me gusta un pelo, si quieres que te diga
la v erdad –replica la guapa Bióloga con tono y expresión
cansada, mientras se inclina hacia su amado y lo besa
suav emente en los labios en un desesperado intento por calmar
sus nerv ios y su más que ev idente y lógico enf ado.
–¿Y sabes que es lo que menos me gusta de todo? –
Pero parece que no f unciona, pues Rubén está muuuy
cabreado–. Eso de que te tengas que juntar con no sé qué
exorcista. Que tengas contactos con Ángeles y a me parece
cuanto menos de lo más absurdo, pero que ahora encima
tengas que v értelas con demonios y similares, ¿qué quieres
qué te diga? ¡No me gusta un pelo!
–Recuerda que también puedo hablar con las arañas –
dice Ana María dando a su v oz un más que ev idente tono de
chanza en un desesperado intento por quitar hierro al asunto y
tomárselo con un poquito de f ilosof ía, pues ella tiene claro que
si lo ha ordenado El de Arriba, poco o nada v an a poder hacer
para negarse.
Rubén, al escucharla, no puede más que emitir un
ahogado suspiro y esbozar una tristísima sonrisa antes de
abrazarla por la cintura y susurrarle al tiempo que junta su f rente
a la de ella:
–Prométeme que tendrás mucho cuidado, Anita.
Prométemelo por tu v ida.
–Sabes que lo tendré –replica Ana María esbozando una
tranquilizadora sonrisa dedicada a su nov io, que suelta un buf ido
de disconf ormidad y apartándose de ella, replica:
–Sabes que me f ío de ti, cariño.
–¿Entonces? –Ana María enarca ambas cejas con
gesto de sorpresa antes de tomar la barbilla de Rubén y
obligarlo, con gesto suav e pero f irme, a v olv er a mirarla a los
ojos.
–De quien no me f ío un pelo es de ese exorcista o lo
que sea. No se por qué, pero me da muy mala espina.
Al oír esto, la guapa ladrona lanza una carcajada y dice
en tono burlón y prov ocativ o:
–¡Tú a lo que temes es a que y o me f ije en él y me
v ay a a correr av enturas en su compañía!
–¿¡QUÉÉÉ!? ¡NOOO! –Chilla al momento el jov en
detectiv e f runciendo con f uerza su entrecejo, para luego unirse
a su chica en un coro de nerv iosas carcajadas.
Pasado el repentino ataque de risa, ambos se quedan
mirando f ijamente el uno al otro mientras se toman las manos y
mirándose a los ojos se dicen al unísono:
–Te quiero.
Rubén está a punto de agregar algo más, cuando es
interrumpido por un estallido de humo negro con un intenso olor
a azuf re, que les prov oca un intenso picor de ojos y un
poderoso ataque de tos.
–¡Vay a! –Escuchan la v oz de Lucif er una v ez disipada
la apestosa nube de humo azuf rado–. Así que tú eres la humana
que v as a acompañar a mi amigo Jackie T. en su misión, ¿eh?
–Añade luego mientras, sin ningún tipo de decoro ni v ergüenza
examina a Ana María como si f uera una v ulgar res–. No estás
mal, pero…
–¿Pero qué? –Espeta Ana María hecha una f uria ante el
despectiv o comportamiento del Rey del Inf ierno hacia ella, sin
importarle al parecer quién es su v isitante.
–Nada, nada, humana. No te sulf ures –replica Lucif er
al momento, mostrando sus af ilados colmillos en lo que tal v ez
pretende ser una amistosa y conciliadora sonrisa, antes de
añadir en tono cordial–: Tan sólo quería conocer a la campeona
escogida por el Cielo para llev ar a cabo la ardua tarea de ev itar
la Gran Guerra.
–Te puedo asegurar que soy mil v eces mejor que el que
habéis escogido v osotros –responde Ana María con claro aire
retador.
–Es posible –replica Lucif er con total indif erencia, para
agregar seguidamente en un susurro ligeramente amenazador–:
Pero más os v ale hacerlo bien si no queréis que toda la raza
humana se conv ierta en daño colateral de la Guerra entre el
Cielo y el Inf ierno.
Dicho esto, desaparece env uelto en otra espesa y
apestosa nube de humo negro.
CAPÍTULO 6º
CONOCIENDO A LOS COMPAÑEROS
Lluev e con f uerza sobre la localidad v alenciana de
Paterna, mientras Dama Araña, acompañada por Arael y Rubén
espera la inminente llegada del que será su compañero y aliado
en su nuev a av entura.
Ha pasado los últimos días indagando e inv estigando
todo lo ref erente al llamado Jackie T., autoproclamado como el
mejor exorcista del Mundo, y lo que ha av eriguado sobre él hace
que tenga pensamientos encontrados.
Por una parte, lo considera poco más que un charlatán
inof ensiv o incapaz de realizar un exorcismo en condiciones y,
mucho menos, hablar con los demonios ni ser amigo del
mismísimo Lucif er.
Por otro lado, algo en él presunto exorcista la llev a a
pensar que quizás esconda algún peligroso secreto, por lo que
deberá andarse con ojo cuando trate con él.
Y por f in, el tan ansiado e inev itable momento.
Bueno, tal v ez no tan ansiado, dejémoslo más bien en
inev itable y poco más.
Una apestosa nube de humo con hedor a azuf re
aparece de repente de la nada, y dos f iguras se f orman ante
nuestra heroína y sus dos acompañantes.
La primera en f ormarse es la de un indiv iduo de escasa
estatura, pero dotado de una innegable aura de magnetismo casi
animal, v estido completamente de negro y con una sempiterna
y socarrona sonrisa dibujada en su barbudo semblante.
Junto a él, una hermosa hembra de piel blanca como la
leche, exuberantes y curv ilíneas f ormas y un par de llamativ os
cuernos surgiendo de su nív ea f rente.
Y por f in, detrás de ellos, la malév ola pero a un tiempo
burlona f igura de Lucif er, el Rey y Señor de todos los
demonios.
Es precisamente él el primero en hablar con tono
socarrón y dirigiéndose a todos los allí presentes:
–¿Bueno, qué? ¿Listos para machacar algunos cráneos
y ev itar de paso la Madre de tooodas la Guerras, colegas?
–¿¡Qué diablos ha querido decir con eso de machacar
cráneos!? ¡Ni a mi nov ia ni a mí nos dijeron nada de entablar
pelea con nadie! –Salta de inmediato el detectiv e Gómez
encarándose con el Rey del Inf ierno, que lo mira como si no
f uera más que un molesto insecto, y luego se dirige a Arael en
un tono que podría pasar por respeto, de no ser por la lev e
sonrisa puramente sardónica que curv a sus labios color rojo
sangre:
–Si no lo entendí mal, esperamos a alguien más.
“Eso parece” –replica el Ángel de la Guarda de Dama
Araña, en un tono tan sumamente f río y cortante, que
sorprende incluso a la guapa ladrona.
–¿Alguien sabe de quién se trata? –Inquiere Jackie T.
dando un paso hacia Lucif er y Arael, que lo miran brev emente,
y luego niegan con la cabeza.
Un instante después, escuchar a Rubén decir en tono
v isiblemente excitado:
–No sé ustedes, pero a mí me parece que, sea quien
sea el tercero en discordia en esta peligrosa misión, v iene por
allí.
En ef ecto, poco después, los seis personajes reunidos
en este lugar dejado de la mano de Dios, pueden v er como un
enorme remolino se acerca hasta ellos, y una v ez a su lado,
disminuy e de tamaño hasta tomar la f orma y el aspecto de un
tipo de unos treinta y pocos años, pelo largo, barba desaliñada
y una considerable barriga cerv ecera, v estido con bermudas,
zapatillas deportiv as y una llamativ a camiseta de AC/DC.
–¡Saludos, colegas! –Saluda el recién llegado a los allí
presentes, alzando su zurda y mostrando en ella el
reconocidísimo signo de los rockeros.
–Mierda, Él no, por f av or –mascullan Lucif er y Arael al
unísono. El primero a v iv a v oz, el segundo, como es lógico, de
manera telepática, pero aun así captable por todos los
presentes.
–¿Quién es? ¿Qué pasa? –Cuchichea Rubén al oído de
su amada Ana María, que se encoge de hombros, pues tampoco
ella, así de buenas a primeras, reconoce al recién llegado.
–¡J.C. a v uestro serv icio, amigos! ¿Quiénes son mis
compañeros de misión? –Suelta el recién llegado mientras tiende
su diestra en señal de saludo a los allí presentes.
–Esto, J.C… –La v oz de Lucif er suena cargada de una
paciencia tal, que incluso Jackie T. y el propio Arael enarcan las
cejas, pues si algo saben a la perf ección es que dicha Virtud no
es uno de los f uertes del Rey del Inf ierno.
–¿Sí, querido Luci? –Replica el llamado J.C.,
mostrando su blanca y cuidadísima dentadura en cordial e
inocente sonrisa.
–Nada, nada –responde Lucif er antes de lanzar un
buf ido de pura resignación y mascullar entre dientes–: Qué tu
Padre nos coja conf esados.
CAPÍTULO 7º
Y AHORA, ¿QUÉ?
Esa es la pregunta que f lota en el ambiente una v ez los
tres elegidos para la misión quedan solos en este lugar olv idado
de la Mano de Dios.
–Bueno…, –suena la v oz de Jackie T., que desde que
llegó no ha quitado ojos a la estilizada f igura embutida en látex y
cuero de nuestra guapa ladrona–, ¿qué toca ahora? ¿Qué
tenemos que hacer?
–Yo creo… –Comienza a responder J.C., para callar al
momento emitiendo un lánguido gemido de derrota.
–¿Qué es lo que crees? –Inquieren el exorcista y Dama
Araña casi a la v ez, al tiempo que ambos clav an sus miradas
en su compañero, que alza ambas manos hacia el cielo, y con
gesto teatral exclama.
–¡Nada, nada! ¡No soy más que un estorbo, y ahora y a
me queda claro el porqué mi Papaíto me ha

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