---------------

Libro PDF Armada – Ernest Cline

Armada – Ernest Cline

Descargar Libro PDF Armada – Ernest Cline


ESTABA MIRANDO ENSOÑADO
POR LA VENTANA DEL AULA
CUANDO VI EL PLATILLO
VOLANTE.
Parpadeé por si me engañaba la vista,
pero seguía estando allí fuera. Era un
disco de cromo brillante que
zigzagueaba en el cielo. Forcé los ojos
para intentar seguir al objeto a lo largo
de una serie de giros cerrados
imposibles a velocidad de vértigo, que
habrían hecho papilla a un ser humano si
lo hubiera a bordo. El disco avanzó a
toda velocidad hacia el lejano horizonte
y se detuvo en seco. Se quedó allí
quieto, flotando durante unos segundos
sobre una arboleda en la lejanía, como
si estuviera analizando el terreno con un
rayo invisible. Y luego se volvió a
lanzar de improviso hacia el cielo, en
una nueva sucesión de cambios de
trayectoria y velocidad que desafiaban
las leyes de la física.
Intenté mantener la calma y tomármelo
con escepticismo. Me recordé que era
un hombre de ciencia, aunque no
acostumbrara a sacar más de un 5 en la
asignatura.
Lo volví a mirar. Seguía sin poder
distinguir lo que era, pero sí que sabía
lo que no era. No era un meteorito. Ni un
globo meteorológico, ni gases de los
pantanos, ni un rayo globular. No, era
evidente que ese objeto volador no
identificado que estaba viendo con mis
propios ojos no era de este mundo.
Lo primero que pensé fue: «La puta
hostia.»
Seguido de un: «No me lo puedo
creer. Por fin está ocurriendo.»
Desde mi primer día en la guardería
siempre había esperado con ansia un
acontecimiento increíble y sobrecogedor
que fuera capaz de cambiar el mundo y
hacer añicos la interminable monotonía
de la educación pública. Había pasado
cientos de horas contemplando el
paisaje tranquilo y provinciano que
rodeaba mi escuela, anhelando en
silencio que llegara un apocalipsis
zombi, que un extraño accidente me
otorgara superpoderes o la aparición
repentina de un grupo de enanos
cleptómanos capaces de viajar en el
tiempo.
Diría que aproximadamente un tercio
de aquellas fantasías oscuras incluían la
llegada inesperada de seres de otro
mundo.
En realidad, nunca esperé que algo así
llegara a ocurrir. Aunque los visitantes
alienígenas hubieran decidido pasarse
por este pequeño y completamente
insignificante planeta verdeazulado,
ningún extraterrestre que tuviera algo de
dignidad se plantearía mi ciudad natal
de Beaverton en Oregón —también
conocida como Villa Bostezos, Estados
Unidos— como lugar para un primer
contacto. No a menos que el plan fuera
destruir nuestra civilización eliminando
primero a los lugareños menos
interesantes. En caso de que el universo
tuviera un centro radiante, me
encontraba en el planeta más alejado de
él. Por favor, tía Beru, pásame la leche
azul.
Pero estaba ocurriendo un milagro allí
mismo, ¡delante de mis narices! Había
un puñetero platillo volante ahí fuera y
yo lo estaba viendo con mis propios
ojos.
Y estaba muy seguro de que se
acercaba.
Eché una mirada furtiva por encima
del hombro hacia mis dos mejores
amigos, Cruz y Diehl, que se sentaban
detrás de mí. Pero ellos seguían
ensimismados discutiendo en susurros y
sin mirar por las ventanas. Pensé en
decírselo, pero me preocupaba que el
objeto pudiera desvanecerse en
cualquier momento y no quería perder la
oportunidad de verlo.
Volví a centrar la vista en el exterior,
justo a tiempo para ver otro fogonazo
plateado cuando la nave salió disparada
en horizontal por el cielo. Luego se
detuvo y flotó un momento sobre los
terrenos contiguos antes de volver a
alejarse. Flotar, moverse. Flotar,
moverse.
Era innegable que se estaba
acercando. Ya alcanzaba a distinguir su
forma con más detalle. El platillo se
ladeó para virar y durante unos segundos
pude echar un vistazo a su sección
horizontal por primera vez. Fue entonces
cuando reparé en que no tenía nada que
ver con un platillo. El casco de la nave
era simétrico, parecido a la hoja de un
hacha de guerra de doble filo pero con
un prisma octogonal negro plantado en
el centro, entre sus dos alas largas y
aserradas, que centelleaba a la luz del
sol matutino como una joya oscura.
Sentí un cortocircuito en el cerebro,
porque no había lugar a dudas sobre el
característico diseño de la nave. No en
vano llevaba viéndolo cada noche
durante los últimos años a través de un
punto de mira. Lo que observaba era un
Guja de los sobrukai, uno de los cazas
pilotados por los alienígenas malos de
Armada, mi videojuego favorito.
Lo cual era imposible, claro. Era
como ver un caza TIE o un Pájaro de
Guerra klingon surcando los cielos. Los
sobrukai y sus cazas Guja eran
creaciones ficticias de un videojuego.
No existían en el mundo real. Era
imposible. En nuestro mundo, los
videojuegos no cobraban vida y las
naves inventadas no pasaban zumbando
sobre tu ciudad natal. Esas burradas
absurdas solo tenían lugar en películas
cursis de los años ochenta, como Tron,
Juegos de guerra o Starfighter, la
aventura comienza. El tipo de películas
que flipaban a mi difunto padre.
La nave brillante volvió a escorarse
hacia un lado, y en esa ocasión pude
verla mejor. Ahora sí que era
irrebatible. Estaba viendo un Guja: las
características ranuras en forma de garra
a lo largo del fuselaje y los dos cañones
de plasma que sobresalían por la parte
delantera como sendos colmillos no
dejaban lugar a dudas.
Solo se me ocurría una explicación
lógica para todo aquello: tenía que ser
una alucinación. Y sabía quiénes eran
los únicos que podían sufrir
alucinaciones a plena luz del día sin
estar bajo los efectos del alcohol o de
las drogas. Aquellos a los que les faltan
un par de tornillos. La gente a la que se
le va la olla.
Leer los viejos diarios de mi padre
me había hecho preguntarme si él habría
sido una de esas personas. Las cosas
que había visto en uno de ellos me
habían llevado a pensar que quizás
hubiera empezado a delirar cuando se
acercaba el fin de sus días. Que quizás
había perdido la capacidad de
diferenciar entre los videojuegos y la
realidad, exactamente lo mismo que
parecía estar pasándome a mí. Tal vez
estuviera materializándose lo que
siempre había temido en secreto: de tal
palo, tal astilla. Y con un palo como
este…
¿Estaba drogado? No, imposible. Lo
único que llevaba en el cuerpo eran unas
Pop-Tart de Kellogg’s que había
devorado en el coche de camino al
instituto. Y echarle la culpa a unas
galletas glaseadas que había tomado
para desayunar era peor que alucinar
con una nave espacial ficticia salida de
un videojuego. Sobre todo, teniendo en
cuenta que mi propio ADN era un
sospechoso bastante más probable.
Me di cuenta de que la culpa era mía.
Podría haber tomado precauciones, pero
hice justo lo contrario. Me había pasado
toda la vida abusando sin control del
escapismo y permitiendo que la fantasía
se convirtiera en mi realidad. Y ahora,
igual que mi padre antes que yo, estaba
pagando el precio por mi falta de
previsión. Era como si estuviera
descarrilando en un tren enloquecido.
Casi podía escuchar a Ozzy gritando
«todos a bordo», como al principio de
su canción Crazy Train.
«No lo hagas —me imploré—. No te
vengas abajo ahora. ¡Solo quedan dos
meses para la graduación! ¡Es la recta
final, Lightman! ¡Mantén la calma!»
Al otro lado de la ventana, el caza
Guja volvió a dar otro vuelo rasante. Vi
cómo hacía crujir las ramas al pasar
zumbando por encima de una arboleda.
Luego atravesó un banco de nubes, tan
rápido que creó un agujero circular
perfecto justo en el centro, arrastrando
unas largas volutas de vapor al salir por
el otro lado.
Un segundo después, la nave se detuvo
en el aire una última vez antes de
lanzarse hacia arriba como una mancha
borrosa y plateada, que se desvaneció
tan rápido como había aparecido.
Me quedé allí sentado un momento,
sin poder hacer otra cosa que mirar al
lugar vacío del cielo en el que la nave
había estado un segundo antes. Luego
eché un vistazo a los alumnos que tenía
alrededor. Ninguno de ellos estaba
mirando en dirección a las ventanas. En
el caso de que ese caza Guja hubiera
estado de verdad ahí fuera, nadie más lo
había visto.
Volví a mirar con detenimiento el
cielo vacío, mientras rezaba para que la
extraña nave plateada volviera a
aparecer. Pero ya se había ido, y yo me
había quedado allí, sin más opciones
que enfrentarme a las consecuencias.
El hecho de haber visto ese caza Guja,
o al menos de haberlo imaginado, había
desencadenado en mi mente un pequeño
alud que se estaba empezando a
convertir en una avalancha de
emociones enfrentadas y recuerdos
inconexos, todos ellos relacionados con
mi padre y con aquel viejo diario que
había encontrado entre sus cosas.
La verdad es que ni siquiera estaba
seguro de que fuera un diario. Nunca me
lo había leído entero, ya que me
perturbaban sus contenidos y lo que
parecían implicar sobre el estado mental
del autor. Lo que hice fue devolverlo al
lugar donde lo había encontrado e
intentar olvidar su existencia. Y había
tenido éxito… hasta hacía tan solo unos
segundos.
Pero ya no podía pensar en otra cosa.
Sentí el deseo repentino de salir
corriendo del instituto, conducir hasta
casa y volver a cogerlo. No me llevaría
mucho tiempo; vivía a pocos minutos de
allí.
Eché una mirada a la salida y al
hombre que la estaba vigilando, el señor
Sayles, nuestro anciano profesor de
matemáticas. Llevaba el pelo canoso
rapado, unas gafas de pasta gruesas y la
misma vestimenta monótona de siempre:
mocasines negros, pantalones negros,
una camisa blanca de vestir de manga
corta y una corbata de clip negra.
Llevaba dando clases en mi instituto
desde hacía cuarenta años, y las viejas
fotos de los anuarios escolares que se
podían encontrar en la biblioteca
demostraban que siempre había lucido
el mismo conjunto retro. El señor S. por
fin se jubilaba aquel año, y menos mal,
ya que todo se la sudaba tanto que tenían
que habérsele secado las glándulas en
algún momento del siglo pasado. Ese
mismo día se había pasado los primeros
cinco minutos de la clase poniéndonos
deberes, y luego nos había dado el resto
del tiempo para hacerlos, había apagado
su audífono y se había puesto a hacer
crucigramas. Pero seguro que se daría
cuenta si intentaba escabullirme.
Alcé la mirada por encima de la
pizarra desfasada, donde había un viejo
reloj incrustado en los ladrillos color
lima de la pared. Con su falta de
compasión habitual, me informó de que
quedaban todavía treinta y dos minutos
para que sonara la campana.
No podía seguir aguantando aquello
durante treinta y dos minutos ni de
broma. Después de lo que acababa de
ver, sería un milagro contenerme treinta
y dos segundos siquiera.
A mi izquierda, Douglas Knotcher ya
estaba enfrascado en su humillación
diaria de Casey Cox, el chico tímido y
con acné que había tenido la desgracia
de sentarse delante de él. Knotcher solía
limitarse a blandir insultos verbales
contra el pobre chico, pero ese día había
decidido ponerse clásico y lanzarle
pelotitas de papel empapadas de saliva.
Knotcher tenía una pila de proyectiles
húmedos acumulada en su pupitre, como
si fueran balas de cañón, y las estaba
disparando a la nuca de Casey una
detrás de otra. El pelo del pobre chico
estaba inundado con los lapos de los
ataques anteriores. Algunos amigos de
Knotcher estaban viéndolo todo desde el
fondo del aula y se reían con disimulo
cada vez que estampaba otro proyectil a
Casey, lo que lo alentaba a continuar.
Me ponía de los nervios ver cómo
Knotcher abusaba de Casey de aquella
manera, y sospecho que esa era una de
las razones por las que Knotcher se
divertía tanto haciéndolo. Sabía que yo
no podía hacer absolutamente nada al
respecto.
Miré al señor Sayles, pero el profesor
seguía ensimismado con su crucigrama y
no se estaba enterando de nada, como
siempre. Algo de lo que Knotcher se
aprovechaba a diario. Y, a diario
también, yo tenía que resistir el impulso
de hacer que se tragara sus dientes.
Doug Knotcher y yo habíamos
conseguido evitarnos el uno al otro con
bastante éxito desde el «Incidente» que
tuvo lugar a principios de secundaria.
Hasta que el cruel destino nos había
juntado en clase de matemáticas. Y
sentados en asientos contiguos, para
colmo. Era como si el universo quisiera
que mi último semestre en el instituto
fuera lo más infernal posible.
Eso también explicaría que Ellen
Adams, mi exnovia, estuviera también
en la misma clase. Tres asientos hacia la
derecha y dos por detrás, justo en el
límite de mi visión periférica.
Ellen era mi primer amor, y habíamos
perdido la virginidad juntos. Habían
pasado ya dos años desde que me dejó
por uno del equipo de lucha libre de un
instituto cercano, pero cada vez que veía
esas pecas en el caballete de su nariz o
que la pillaba quitándose de la cara los
rizos pelirrojos, se me volvía a partir el
corazón. Solía pasarme la jornada
lectiva entera intentando olvidar que
estaba en el aula.
Verme forzado a sentarme entre mi
mayor enemigo y mi exnovia todas las
tardes había hecho que las clases de
matemáticas de ese curso se convirtieran
en mi propio Kobayashi Maru, una
situación hipotética brutal e imposible
de superar, diseñada para poner a
prueba mi resistencia emocional.
Por suerte, el destino había
equilibrado un poco la ecuación de
pesadilla al poner en la clase a mis dos
mejores amigos. Si Cruz y Diehl no
estuvieran también, seguro que me
habría vuelto majara y empezado a
desvariar a tope a mitad de la primera
semana.
Eché de nuevo la vista atrás hacia
ellos. Diehl, que era alto y delgado, y
Cruz, que era bajo y fornido, compartían
el mismo nombre de pila: Michael.
Llevaba desde primaria llamándolos por
sus apellidos para evitar confusiones.
Los dos Mikes seguían enfrascados en la
misma conversación susurrada de antes
de que me subiera a las nubes y
empezara a ver cosas: un debate sobre
cuál era la mejor arma cuerpo a cuerpo
de la historia del cine. Intenté volver a
concentrarme en sus voces.
—Dardo en realidad no era una
espada —estaba diciendo Diehl—. Era
más como un cuchillo de mantequilla
para hobbits que brillaba en la
oscuridad y que se usaba para untar
mermelada en los bollos, el pan de
lembas y cosas así.
Cruz puso los ojos en blanco.
—«Tu pasión por la hierba de los
medianos sin duda ha enturbiado tu
mente» —citó—. ¡Dardo es una daga
élfica forjada en Gondolin durante la
Primera Edad! ¡Podría cortar cualquier
cosa! Y su hoja solo brilla cuando
detecta la presencia de orcos o trasgos
en las inmediaciones. ¿Qué puede
detectar Mjolnir? ¿Acentos de mentira y
melenas con mechas?
Tenía muchas ganas de contarles lo
que acababa de ver, pero aunque fueran
mis mejores amigos no había forma
humana de que me creyeran. Seguro que
lo habrían considerado otro síntoma de
la inestabilidad psicológica de su colega
Zack.
Y quizá tuvieran razón.
—¡Thor no necesita detectar a sus
enemigos para poder ir corriendo a
esconderse en su pequeño agujero
hobbit! —susurró Diehl—. Mjolnir tiene
poder suficiente como para destruir
montañas, y también puede lanzar
descargas de energía, crear campos de
fuerza e invocar al relámpago. Además,
el martillo regresa siempre a la mano de
Thor después de lanzarlo, aunque tenga
que destrozar un planeta entero para
hacerlo. ¡Y Thor es el único que puede
levantarlo! —concluyó mientras se
reclinaba en su asiento.
—Tío, Mjolnir es una navaja suiza
mágica de mierda —dijo Cruz—. ¡Es
hasta peor que el anillo de Linterna
Verde! En cada número de los cómics
dan un nuevo poder al martillo para que
Thor pueda hacer un apaño estúpido y
salir del embrollo en que lo han metido.
Y que sepas que muchos otros lo han
empuñado, ¡hasta Wonder Woman en un
crossover! ¡Búscalo en Google! ¡Tu
argumento es inválido, Diehl!
Con toda probabilidad yo habría
elegido Excalibur, tal y como aparece en
la película del mismo nombre, pero no
tenía fuerzas para unirme a la discusión.
En vez de eso, pasé a observar a
Knotcher, que estaba a punto de lanzar
otra gigantesca pelota empapada de
saliva a Casey. Le dio justo en la nuca
mojada y luego cayó al suelo, donde se
unió a la pila pastosa de proyectiles que
había ido disparando.
Casey se puso rígido, como esperando
un segundo impacto, pero no se dio la
vuelta. Lo único que hizo fue hundirse en
la silla mientras su torturador preparaba
otro bombardeo de saliva.
Era obvio que había una conexión
entre el comportamiento de Knotcher y
el borracho abusador que tenía por
padre, pero en mi opinión eso no
justificaba su sádico comportamiento.
Yo también había tenido problemas
familiares y no iba por ahí arrancando
las alas de las moscas.
Por otra parte, sí que tenía ligeros
problemas para controlar mi ira y un
caso de violencia relacionado con ellos,
ambas cosas documentadas y registradas
en el sistema de educación pública.
Ah, sí, y también estaba eso de
alucinar con naves espaciales
alienígenas salidas de mi videojuego
favorito.
Así que quizá no me encontraba en la
mejor posición para juzgar la cordura de
los demás.
Miré al resto de compañeros de clase.
Todos los que había a mi alrededor
estaban mirando a Casey y
preguntándose si aquel sería el día en
que por fin plantase cara a Knotcher.
Pero Casey no hacía otra cosa que mirar
al señor Sayles, que seguía enfrascado
en su crucigrama, ajeno al tremendo
drama adolescente que estaba teniendo
lugar justo delante de él.
Knotcher lanzó otra pelotilla y Casey
se hundió todavía más en su asiento, casi
como si se quisiera fundir con él.
Intenté hacer lo mismo que llevaba
haciendo todo el semestre. Intenté
controlar mi ira, centrar la atención en
cualquier otra parte y no meterme en los
asuntos de los demás. Pero no podía
contenerme, y no lo hice.
Ver cómo Knotcher atormentaba a
Casey mientras los demás alumnos se
quedaban sentados mirando no solo
conseguía que me odiara a mí mismo,
sino también al resto de la especie
humana. Si existían otras civilizaciones
ahí fuera, ¿qué razón podrían tener para
querer contactar con la humanidad? Si
nos tratábamos así entre nosotros, ¿qué
amabilidad íbamos a poder mostrar a
una raza de seres con ojos insectoides
venida del espacio exterior?
En mi mente volvió a aparecer la viva
imagen de un caza Guja, lo que hizo que
se me crisparan los nervios todavía más.
Intenté volver a calmarme, en esa
ocasión pensando en la ecuación de
Drake y la paradoja de Fermi. Sabía que
era muy probable que hubiera vida en
algún otro lugar, pero debido a la edad y
la inmensidad del universo, también
sabía que era astronómicamente
improbable que estableciéramos
contacto con ella, y mucho menos en el
intervalo de tiempo de mi corta vida. Lo
más seguro era que todos nos
quedáramos encerrados aquí, en la
tercera roca más cercana a nuestro sol,
hasta llegar audazmente a la extinción.
Sentí un dolor agudo en la mandíbula
y me di cuenta de que estaba apretando
los dientes, con tanta fuerza como para
romperme los molares traseros. Me
esforcé en dejar de hacerlo y luego
volví a mirar a Ellen para comprobar si
también estaba viendo lo que ocurría.
Mi exnovia miraba a Casey con una
expresión de desamparo y los ojos
llenos de pena.
Fue eso lo que terminó por hacer que
me lanzara.
—Zack, ¿qué estás haciendo? —
escuché preguntar a Diehl con un susurro
temeroso—. ¡Siéntate!
Lancé una mirada rápida hacia abajo.
Sin darme cuenta, me había puesto de
pie junto a mi pupitre. Y seguía teniendo
los ojos fijos en Knotcher y Casey.
—¡Eso, no te metas! —susurró Cruz
por detrás del otro hombro—. Venga,
tío. Pero llegados a ese punto, ya tenía la
visión nublada por la ira.
Cuando llegué hasta Knotcher, no le
hice lo que quería, que era agarrarlo por
el pelo y estamparle la cara contra su
pupitre con todas mis fuerzas una y otra
vez.
En vez de eso, me agaché y recogí la
pila pastosa de pelotitas de papel que
estaba en el suelo detrás de la silla de
Casey. Usé ambas manos para unirlas
todas en una única bola húmeda y la
aplasté directamente contra la coronilla
de Knotcher, lo que hizo que sonara un
«plaf» muy satisfactorio.
Knotcher se levantó de un salto y se
giró para encarar a su agresor, pero se
quedó inmóvil cuando vio que era mi
cara la que le devolvía la mirada. Abrió
los ojos de par en par y dio la impresión
de palidecer un poco.
Un grito general de «¡oooooh!» surgió
del resto de nuestros compañeros.
Todos sabían lo que había pasado entre
Knotcher y yo a principios de
secundaria y estaban emocionados por
la posibilidad de que hubiera una
revancha. Las clases vespertinas de
matemáticas se habían puesto la mar de
interesantes en un momento.
Knotcher levantó el brazo y se quitó la
húmeda bola de pañuelos masticados de
la cabeza. Luego la tiró con rabia hacia
el otro extremo del aula y mojó sin
querer a media docena de personas.
Nuestros ojos se encontraron. Vi cómo
un riachuelo de saliva se le deslizaba
por el lado izquierdo de la cara. Se la
limpió sin dejar de mirarme.
—Así que por fin te has decidido a
defender a tu novio, ¿eh, Lightman? —
farfulló, intentando sin éxito ocultar el
temblor de su voz.
Le enseñé los dientes y di un paso
decidido al frente mientras preparaba un
puñetazo. El ademán tuvo el efecto
deseado. Knotcher no solo se encogió,
sino que se tambaleó hacia atrás,
tropezó con su propia silla y estuvo a
punto de caer al suelo. Pero consiguió
enderezarse y volvió a encararme, no sin
que sus mejillas se ruborizaran por la
vergüenza.
El silencio en la clase era sepulcral, a
excepción de la aguja del viejo reloj de
pared, que desgranaba los segundos.
«Hazlo —pensé—. Dame una excusa.
Pégame un puñetazo.»
Pero en los ojos de Knotcher se veía
crecer el miedo, que ahogó su ira.
Quizás él distinguiera en los míos que
estaba a punto de írseme la pinza

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------