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Augurios y águilas Luisa M. Cisneros

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—¿Puedo ofecerte algo de beber o de comer? —dijo Libo—. Tengo un vino excelente.
—Es un poco pronto para mí —respondió Laterense, cuyos ojos dorados no tardaron en posarse sobre los de Julia. Esta dio un respingo y apartó la mirada. No
se sentía capaz de sostenérsela, no delante de sus padres—. Me gustaría ver a los caballos, si no es molestia.
—El tribuno va al grano —comentó Ofelia con una sonrisa.
—Lamentablemente, tengo un problema de espalda que me impide poder andar durante demasiado tiempo —explicó Libo, frotándose los riñones—. Ese es el
motivo de que haya enviado a mi hija a recibirte. Laertes te acompañará a la cuadra. Él conoce a esos caballos tan bien como yo.
—Pero no mejor que Julia. —Su madre soltó una carcajada frívola—. Si no fuese mi hija, pensaría que es un centauro.
La muchacha volvió a sentir la mirada intensa de Laterense sobre ella.
—¿Por qué no me acompaña ella también? —propuso el tribuno—. Quiero decir… Si lo permites, Libo. No quiero abusar de tu hospitalidad y de mis privilegios
de invitado.
Su padre la miró pensativo. Asintió.
—Si hay alguien que conoce a mis caballos, es Julia. Ve con ellos, hija mía. —Le acarició el brazo y habló con voz grave— Sé prudente.
Lo que quería decirle era que procurase no hacer nada vergonzoso delante de un invitado. Julia captó su intención perfectamente y asintió, prometiéndose que no
se dejaría llevar por sus impulsos esta vez.
Laertes esperó a que ella abriese la marcha. Laterense se despidió de sus padres y se acercó a ella sin llegar a tocarla, pero lo suficiente como para que ella pudiera
percibir el olor que desprendía; una mezcla de sudor y aroma a caballo que, lejos de resultar desagradable, lo hacía más atrayente. Incapaz de mirarle a los ojos, Julia se
limitó a saludarle con la mirada fija en su colgante.
—Los caballos están por aquí… —murmuró, echando a andar hacia las cuadras a través del camino de tierra que unía la villa con la zona de pasto—. Tenemos de
varios tipos. Necesitas caballos de carreras, ¿verdad?
—Así es —respondió él, que frunció el ceño y se percató de a dónde dirigía su mirada—. ¿Qué ocurre? ¿Le pasa algo a mi colgante?
—No, en absoluto. Es sólo que… bueno, me parece muy bonito. El color azul es… curioso.
Laterense sonrió de buena gana. Lo sostuvo entre los dedos, acariciando la superficie lacada con cariño.
—Es parte del botín de la conquista de Britania. Había oro y joyas, pero lo único que uso en mí día a día es esto. Mira. —Se lo quitó y le dio la vuelta para
enseñárselo. En el envés había marcas y arañazos en el esmalte—. Es un mapa. Me costó una barbaridad entenderlo, pero conducía al alijo oculto de uno de los jefes
britanos.
Julia alargó la mano, pero la retiró con reserva. Se habían detenido en medio del camino y Laertes miraba al frente, como si no estuviera.
—¿Puedo tocarlo? Parece suave.
—Es suave. —La muchacha tocó la superficie con la yema del dedo y sonrió—. Los britanos sienten una extraña fascinación por el color azul. Se pintan con él, se
lo tatúan… Es un color sagrado.
—Sí, es cierto.
El tribuno sonrió.
—¿Conocéis algo de la cultura britana?
—No… —Julia frunció el ceño—. En realidad, no. No sé por qué he dicho eso. Nunca he estado allí y no he conocido a nadie de esos lares. Bueno, creo que en
algún momento he visto un espectáculo de gladiadores en los que participaban britanos, pero no cuenta.
Laterense volvió a ponerse el colgante y la invitó a seguir caminando. Julia estaba intrigada.
—¿Qué más sabes de Britania? —preguntó, camino de la cuadra—. Mi padre me ha dicho que luchaste en la guerra con los celtas. ¿Cómo es?
Él ladeó la cabeza.
—Es un lugar húmedo y frío, muy verde. La bruma está casi siempre presente, igual que la lluvia. Hace que te arda el pecho cuando la respiras. Hay montañas y
marismas, y su vegetación es tan abundante como puedas imaginártela.
Julia sonrió.
—Suena impresionante.
—Lo es. Los bosques son muy densos, aunque no tanto como en Germania.
—¿Has luchado allí también?
—No, pero mi abuelo sí lo hizo, bajo las órdenes de Julio César Germánico. Mi padre me contó las historias que oyó de él. —Entraron en la cuadra. Cneo el
esclavo se hizo a un lado a la espera de recibir órdenes de su ama—. Pero me basta con la experiencia de Britania. Después de varios años de campaña, creo que estoy
saciado de guerra. Aunque, no sé por qué, aún añoro el ambiente del campamento…
—Tienes que contarme más. Por ahora, ¿qué te parece si te enseño a los caballos? —Julia cuidó que su vestido no rozase el suelo, para no mancharlo, y le
condujo hacia los habitáculos individuales de los caballos—. Los más veloces son estos. Éste es Furia —dijo, señalando a un semental de pelo marrón rojizo—. El de
allá es Marfil y la siguiente es Aurora. —Ahora apuntaba a un caballo claro, con manchas marrones, y a una yegua negra—. Y esa de allí es Brillante, mi favorita. Tiene
un carácter muy bravo, pero si eres paciente acabarás por llevarte bien con ella.
Laterense se mesó la barbilla, pensativo.
—Por el aspecto parecen sanos, pero me gustaría probarlos, si no tienes inconveniente.
—Cneo, prepara a los caballos para que el tribuno Laterense los monte.
—No, espera. Llevo demasiado tiempo a lomos de un caballo y no creo que fuera a sacarles todo el potencial en este momento. Prefiero montar mañana. ¿Te
importa?
—Claro que no —repuso Julia—. Casi que lo prefiero. Me habría dado envidia y habría querido montar también, pero con este vestido me temo que no puedo.
Laterense sonrió de oreja a oreja. Aquellos ojos brillaban como ascuas y ella no podía sostenerle la mirada mucho tiempo antes de ruborizarse. Tenía la mandíbula
cuadrada y la nariz recta, y unos labios que prefería no mirar por no perderse. ¿Por qué él?, pensaba. ¿Por

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