---------------

Libro PDF Balas y flores en el fango Miguel Angel Itriago

Balas y flores en el fango  Miguel Angel Itriago

Descargar Libro PDF Balas y flores en el fango Miguel Angel Itriago


Al llegar, Harry y Pablo observaron que la pequeña reja de hierro forjado se encontraba abierta y que una de las hojas de la puerta de madera y cristal estaba
entreabierta y con manchas de sangre.
Casi por reflejo, Pablo sacó su Colt 45. Harry desenfundó segundos más tarde su reglamentario revólver Smith & Wesson 38.
—Rosalba, ¿estás ahí?—, gritó Pablo, pero no obtuvo respuesta.
—Tranquilas —Dijo Harry—, somos nosotros, Pablo y Harry, ¿dónde están?
Nadie les respondió.
Con mucha cautela ingresaron al recibidor. Cerca de la puerta de la mampara blanca, Pablo se detuvo en seco, y con el arma enseñó a Harry un rastro de sangre que
iba hacia el interior de la casa.
Desde el dintel de la puerta de la sala, Pablo hizo señas a Harry de que lo cubriera, antes de entrar a la zona privada de la residencia. Empujó suavemente la puerta
de la mampara y entró al pequeño patio interno, seguido a prudente distancia por el capitán.
El cuarto de Amada era el primero de la izquierda. Estaba abierto y vacío, pero el armario estaba revuelto y varias prendas de vestir se encontraban en el suelo.
Abundante sangre salía del cuarto de Rosalba, que era la segunda habitación. Desde la ventana, Pablo reconoció el cuerpo inerte y ensangrentado de su amiga,
atravesado sobre la cama.
El teléfono había caído sobre el lecho, con los cables cortados.
—¡Dios mío! ¡Es Rosalba! ¡Creo que está muerta! Posiblemente degollada. Voy a entrar a ese cuarto.
—¡Cuidado, Pablo, quien lo hizo puede estar todavía adentro! Esto tiene que haber sucedido hace apenas unos minutos.
Después de unos segundos, Pablo exclamó:
—Confirmado, papá. Es Rosalba. No tiene signos vitales. Fue salvajemente asesinada.
Harry llamó de inmediato al subinspector Felipe Maita:
—Envía al doctor Henry Fowler, y a una ambulancia por si acaso hay alguien herido, y acordona el área, Felipe. Que nadie salga ni entre. Estamos dentro de la
casa de las hermanas Zúñiga.
Después Harry preguntó:
—¿Y Amada? ¿Puedes verla?
—No la veo por aquí. ¡Cúbreme! Iré al ‘cuarto de Raúl’. Dijo Pablo, en voz muy baja, apuntando su arma a todos lados mientras avanzaba hacia la otra ventana.
—¡Despejado! ¡Voy al comedor!
Se asomó por la ventana entreabierta y susurró:
—¡Despejado! ¡Ahora veré en la cocina!
Con su Colt 45 lista para disparar, inspeccionó la oscura cocina.
—¡Despejado! Avanzaré hacia el baño y el tendedero de ropa.
En eso un movimiento brusco se produjo en las sábanas. Alguien estaba escondido detrás de la ropa tendida. Harry y el inspector estuvieron a punto de disparar
simultáneamente hacia el bulto que se movía, pero quien saltó violentamente hacia ellos no fue el asesino:
¡Auxilio! ¡Auxilio! Gritó el viejo loro de las hermanas. ¡Auxilio!
Pablo siguió avanzando, cada vez con mayor cautela y comunicándose en voz muy baja con su padre, hacia el cuarto de la famosa doméstica.
El loro seguía gritando ¡Auxilio! sin parar.
—Aquí hay un gran desorden. Hubo una fuerte lucha. La jaula del loro cayó al suelo… Hay mucha sangre. ¡Veo otro cuerpo! Creo que es Amada. Parece que
también fue degollada.
Sí, Harry. ¡Es ella, también sin vida! ¡Es horrible!
—Regresemos a la entrada de la casa, el asesino puede estar allí. Vinimos demasiado rápido, posiblemente no le dimos tiempo para escapar. Cuando entramos no
revisamos la sala, pues estaba cerrada y pasamos de largo siguiendo el rastro de sangre. Ten cuidado, hijo.
—OK. Déjame seguir adelante, tengo reflejos más rápidos. Cúbreme.
—Cuidado, hijo. No sabemos qué podemos encontrar en esa sala.
Las sirenas de una ambulancia y de las patrullas de la policía se oían en ese momento.
—Estamos a tres cuadras de nuestro comando, y ya Felipe y su ‘ala móvil’ están llegando. ¡No tardaron ni cinco minutos! Pensó Harry mientras Pablo trataba de
abrir la puerta de la sala que estaba entreabierta.
El “ala móvil” era un equipo de profesionales y técnicos policiales, entrenados por su director, el subinspector Felipe Maita para, entre otras tareas, tomar el área
afectada por un hecho delictivo, preservar evidencias, hacer experticias e interrogar y proteger a las víctimas o a los posibles testigos; todo ello con extraordinaria
prontitud.
“Tiempo que pasa, prueba que huye”, repetía constantemente Felipe a sus hombres.
Todos los integrantes del equipo eran amigos y actuaban con mística. Empezaron como un experimento y se habían convertido en una institución indispensable para
el departamento. Actuaban bajo la coordinación de Felipe, quien a su vez dependía del capitán Harry y de Pablo.
—Oigo ruidos adentro. Voy a entrar. ¡Cúbreme!
Con una fuerte patada Pablo terminó de abrir la endeble puerta de la sala y entró en ella girando hacia todos lados con su arma.
No había luz en la sala, pero los entrenados sentidos de Pablo le indicaron que había alguien dentro de ella.
—¡Policía! ¡Salga con las manos en alto o disparo!
Nadie respondió, pero hubo un movimiento debajo de la mesa de mármol del centro. Pablo gritó de nuevo en voz alta:
—¡Policía! ¡Sé que está ahí, salga con las manos en alto o disparo! Es su última oportunidad.
Un llanto fue la única respuesta.
—Cuidado, Harry. ¡No dispares! ¡Parece el llanto de un bebé!
—No te confíes hijo, si es un bebé, con él debe estar una persona mayor, que puede ser el asesino. Nadie deja a un bebé solo y a oscuras. El interruptor está por
fuera. Encenderé la luz. Revisa bien antes de asomarte demasiado, pues eres un blanco fácil. No bajes el arma hasta que hayas visto todos los rincones.
Escondido entre las patas de la mesa con tope de mármol, ubicada en el centro de la sala, Pablo pudo percibir a un pequeño bebé, con unos grandes ojos castaños,
que los miraba aterrorizado, llorando.
—¡Puedo ver todos los rincones: No hay nadie más!
—Revisa bien las ventanas, detrás de las cortinas. Entre las puertas de las ventanas y las rejas. Podría haber alguien escondido allí, esperando para atacarte
cuando te acerques al bebé.
—Despejado. Solo el bebé, o mejor dicho, la bebé.
—¿Es una bebé? ¿Está herida?
—Creo que no, pero tiene las ropas llenas de sangre y llora mucho.
Harry llamó al subinspector Felipe Maita:
—Felipe, di a los paramédicos que entren. Hay una niña de unos ocho meses que necesita atención inmediata. Las señoras Zúñiga están sin vida. Fueron
asesinadas. Degolladas. Arresten a toda persona que esté cerca y que tenga manchas de sangre. Llama también al doctor Henry Fowler. Hace poco estuvo en mi
oficina; debe encontrarse todavía cerca de la comandancia.
Segundos después de haber entrado los paramédicos, sonó el teléfono de Harry: era Sandra quien llamaba.
—¡Hola, Harry! Estoy con Magda. ¿Todo bien por allá? ¿Cómo están Amada y Rosalba?
—¡Aquí todo está mal, muy mal, Sandra! Las hermanas Zúñiga fueron asesinadas salvajemente. Hay mucha sangre, y lo más extraño es que en la casa solo se
encuentra una bella niña, pequeña, de meses, totalmente abandonada. Pablo está tranquilizándola en este momento.
Se hizo una breve pausa, mientras Sandra informaba a Magda.
—¡No sabes cuánto lo sentimos, Harry! ¡Las dos vamos para allá ahora mismo! Nos encargaremos de la niña. Tenemos más experiencia que ustedes en eso.
—OK, pero no entren en la casa: Es la escena de dos crímenes. Además, el asesino puede estar aún aquí, escondido en algún lugar o en los alrededores. Los
hombres del ‘ala móvil’ de Felipe están en este momento encaramados en los techos. Mejor esperen afuera. Pablo les llevará la niña. Pero antes de que él se las
entregue, la niña tiene que ser examinada por el médico forense.
El capitán Harry sabía que entregar la niña a su esposa y a su nuera era una decisión acertada y que sería aprobada por la fiscalía y por los tribunales, ya que Magda
y Sandra eran voluntarias encargadas del departamento de acción social de la policía. Eran expertas en la atención de niños y adolescentes en situación irregular; y habían
creado una organización sin fines de lucro para colaborar con la policía en la solución de problemas relacionados con menores. Además, Sandra era una psicóloga
profesional.
—Esa niña necesita con urgencia atención psicológica.
Sandra nos asesorará sobre cómo tratarla, mientras las autoridades competentes estudian qué hacer con ella.
¡Pobrecita! Ha pasado por duros momentos.
Los hombres de Pablo contenían a una gran cantidad de vecinos y transeúntes que se habían aglomerado para observar el operativo policial.
Pablo salía en esos momentos de la sala con la niña en uno de sus brazos. Había logrado calmarla, entregándole una muñeca que había encontrado debajo de la mesa.
Su padre lo regañó:
—¡Guarda esa arma, Pablo! Ya no la necesitas. Está cargada y podría dispararse y herir a la niña o a otra persona.
Por lo visto, el asesino huyó minutos antes de que llegáramos. Sandra y Magdalena vienen en camino. Llévale la niña a Henry para que la examine, antes de que la
organización voluntaria de nuestras esposas se encargue de ella. Él tiene que redactar un informe.
—No te preocupes por el informe de Henry. Sé imitar su firma.
—Esto es en serio, Pablo.
—Tienes razón, Harry. Perdona.
Entró Felipe con varios agentes al pequeño recibidor.
—Todo despejado, capitán. No hay nadie más en la casa.
—Bien. ¿Ya Henry Fowler revisó los cuerpos?
—Sí, y planimetría también. Efectivamente fueron degolladas. Murieron hace apenas unos veinticinco minutos, más o menos. Primero Rosalba, en su cuarto, y
luego Amada, en el cuarto de atrás.
—Di a Henry que acertó. A Rosalba la mataron a las doce y cuarenta minutos exactamente. A la otra, seguramente unos dos o tres minutos más tarde, cuando la
encontraron escondida en el cuarto de servicio.
—¿Cómo lo sabes, Harry?
—Porque a esa hora Rosalba llamó a Magda para pedirnos auxilio. El asesino le cortó el cable del teléfono. ¿Encontraron el arma homicida?
—No, capitán. Posiblemente el asesino usó uno de los filosos cuchillos de la cocina o trajo consigo una navaja.
—Examinen con cuidado todos los cubiertos. Es posible que el asesino, hurgando en ellos para buscar un arma apropiada, haya dejado alguna huella digital. Joel,
del departamento de dactiloscopia, podrá identificar cualquier huella diferente de las de las señoras Zúñiga.
—¿Tomamos muestras de sangre a la niña?
—Por ahora, no. Necesitaríamos una orden judicial. Pero en lugar de botarlos, guarden los pañuelos con los que le enjuguen sus lágrimas y la saliva. Podrían
servirnos para determinar su ADN.
Por si acaso, examinen la muñeca, vean si tiene etiquetas, guarden muestras de los polvos o de polen que pueda contener, y de cualquier otra sustancia que nos
permita ubicar su procedencia. Hagan eso ahora mismo, para devolverle la muñeca a la niña. No puede estar sin ella.
Intervino Pablo:
—Sería conveniente tomar muestras del vestido de la menor para cotejar la sangre que hay en él con las de las hermanas Zúñiga.
Examinen el cable del teléfono en la habitación de Rosalba. Para cortarlo el asesino tuvo que sujetarlo con la otra mano. Revisen las llaves de los lavamanos y del
fregadero. El asesino debió lavarse antes de salir. La sangre de las dos señoras tuvo que haber manado a chorros.
Busquen huellas en las cerraduras y en los picaportes de las puertas y de las ventanas.
Hay que hacer un inventario de los bienes encontrados. No parece faltar nada, pero uno no sabe. El cuarto de Amada había sido revuelto, como si hubiesen estado
buscando algo.
Recojan todos los álbumes, cartas, pasaportes y otros documentos. Nos harán falta para la investigación.
¿Alguien vio u escuchó algo? ¿Hay testigos?
—Sí. Hay un muchacho que atiende una venta de víveres en la planta baja de uno de los edificios del frente. Dice que oyó llantos y vio salir a una pareja que se
montó en un carro blanco que los aguardaba frente al establecimiento. El auto salió a gran velocidad. Parece que el dueño del negocio también vio algo.
—Conozco al dueño, el señor Ivo. Me gustaría interrogarlo personalmente, Felipe. También conozco al muchacho.
—Cuando quieras, Pablo. Hay otros dos testigos, pero al igual que los del negocio, solo pueden informarnos sobre la salida de la pareja de la casa, en el auto
blanco.
—¿Pudieron describirles ese auto?
—No. Ninguno le tomó la matrícula. No están seguros de la marca, aunque el joven del abasto cree que podría ser un Ford. Dice que era de color blanco, cuatro
puertas, sucio y que arrancó violentamente, picando cauchos.
—También hay un vendedor ambulante de chicha, que se estaciona en la otra esquina, pero afirma que no vio ni oyó nada, porque había ido a comprar azúcar dos
cuadras más abajo. El del abasto asegura que en una oportunidad robó una cadena de oro a doña Amada, y que ella lo denunció, pero que nada hicimos contra ese
hampón.
—¿Dejó el carrito de chicha solo y se fue a comprar azúcar a dos cuadras de ahí, teniendo un abasto a pocos metros? Me parece extraño. Búscalo e interrógalo,
Felipe. Hazle todas las pruebas, incluyendo la de luminol. Revisa la olla con la chicha, no vaya a ser que hayan arrojado el arma homicida allí.
Aíslen la zona donde aparcó el carro blanco. Tomen muestras de los rastros de los cauchos. Es posible que por la violencia del arranque se haya desprendido algo
de barro. Si es así, recójanlo y clasifíquenlo.
IV
Magda y Sandra llegaron en un taxi. Llevaban una bolsa con pañales, agua mineral, leche, teteros y unas compotas de frutas. Las voluntarias siempre tenían una
provisión de esos artículos para casos de emergencia.
Harry y Pablo se encontraban en ese momento dentro de la casa, dirigiendo las investigaciones.
Las dos damas preguntaron por el forense, quien las recibió cordialmente, pues era amigo de ambas:
—¡Hola! Mejor es que no entren. El espectáculo no es agradable. Hay sangre por doquier y todavía los técnicos están realizando las experticias.
Me comuniqué con un Fiscal del Ministerio Público y me autorizó para entregarles provisionalmente a ustedes la pequeña, como hemos hecho en otros casos.
La niña es bella y se aferra a Pablo como buscando protección. Tiene las ropas bañadas en sangre, pero no está herida y ya ha dejado de llorar.
No debe quedarse aquí, porque pronto sacaremos los cuerpos, y no es conveniente que la menor vea eso. Ya ha pasado por muchas cosas desagradables.
—¿Estás seguro de que se trata de las hermanas Zúñiga, Henry?
—Pablo verificó personalmente que sí eran ellas, Sandra.
—Entonces no cabe la menor duda. Él las conocía y las apreciaba.
—De todas maneras dile a Joel que se encargue de tomar las huellas digitales antes de sacar los cuerpos del sitio. —Ordenó el capitán Harry, quien salía en ese
momento de la casa y había oído parte de la conversación de su esposa y Magda con el forense.
—Se nota que la muerte de las Zúñiga afectó a Pablo: Ha estado demasiado serio. Opinó Henry.
Harry le respondió:
—Pablo debe estar pensando, Henry. Siempre se pone así cuando algo ‘no le cuadra’. ¿Qué relación tendrían ellas con esa niña?
Lleva a Amada y a Rosalba a la morgue, Henry. Aparte de las cosas de rutina, quiero que me des tu opinión personal sobre la posible talla y fuerza del asesino.
Planimetría te dará la posición exacta del cadáver.
En mi opinión, Rosalba se encontraba hablando por teléfono con Sandra, arrodillada sobre su cama, cuando fue atacada por detrás y degollada. Su hermana
escondió a la niña en la sala y huyó al cuarto de la doméstica, pero el asesino la persiguió y la encontró.
Después el capitán se dirigió a Magda:
—Cuando la encontramos, la menor temblaba de miedo debajo de la mesa de la sala, y no quería salir de allí. Pero Pablo la tranquilizó.
Tuvo que mantenerla cargada durante todo el tiempo que Henry le hacía la revisión médico legal. Tiene buena mano para los niños, Magda.
Pablo se incorporó a la reunión, llevando a la niña en sus brazos. Ella, con sus pequeñas manos se agarraba del cuello de la camisa de Pablo y miraba asustada a
Magda, quien trataba de cargarla.
Cuando Magda vio a la niña, exclamó:
—¡Qué bella es! ¿Cómo pudieron abandonarla?
La niña empezó a llorar y se aferró aún más fuerte a Pablo.
—Espera, le recomendó Sandra. Después de un tiempo de terror e incertidumbre, la pobre solo se siente segura cuando es cargada por Pablo. Para ella, los demás
somos extraños.
Primero, tiene que sentir que no constituyes un peligro para ella, Magda; que eres igual que Pablo. Ponte al lado de tu esposo, acarícialo y deja que él te acaricie
también, que sienta que hay amor entre ustedes, que son como una misma persona.
Ahora cárguenla los dos juntos. No la tomes, deja que sea Pablo quien te la entregue lentamente.
Magda siguió los consejos de Sandra y poco a poco logró que la niña estuviera con los dos al mismo tiempo. Después se la intercambiaron varias veces sin
problemas. Magda le dio un tetero y la niña se quedó dormida en sus brazos.
—Pobrecita, no sabemos ni cómo se llama, ¿Qué nombre le pondremos?
—¿Van a ponerle otro nombre? Ella tiene que tener uno, su propio nombre: el que le pusieron sus padres. Dijo Harry.
—No sabemos cómo la bautizaron sus padres; y todo niño tiene derecho a tener un nombre, cariño. No tenerlo, es una barrera para entenderse con ella.
Sugiero que la llamemos Paula, después de todo, fuiste tú quien la encontró y la salvó. Dijo Sandra.
—Me parece un bello nombre. Contestó Magda. A ella le gustará.
V
Cuando la niña se tranquilizó, Magda y Sandra salieron con ella en el auto oficial del capitán Campbell.
—Buenas tardes. ¿Adónde quieren que las lleve, señoras?
—Esta vez iremos al apartamento de Magda, sargento Roque —dijo Sandra—, pero no nos lleves directamente. Da primero varias vueltas y después de que estés
completamente seguro de que nadie nos sigue, llévanos allá.
No te estaciones enfrente, sino cruza la esquina, y detente durante pocos segundos a unos treinta o cuarenta metros antes de la entrada del edificio, sin apagar el
auto, para que nosotras podamos bajarnos rápidamente. Entraremos en el inmueble de al lado y saldremos por el parquecito trasero, que se comunica con el de
Magda.
—¿Y yo qué hago? ¿Las espero?
—No, Roque. Tú seguirás como si estuviste detenido solo unos momentos por causa del tráfico. Después darás una vuelta larga y pasarás de nuevo por el edificio.
Verás si hemos subido la cortina de la primera ventana del apartamento de Magda. Esa será nuestra señal de que todo está en orden. Si la ves así, subida, te volverás
donde Harry; pero antes, harás una parada más larga en cualquier otro sitio, lejos de aquí, y fingirás que nos abres la puerta.
En todo caso, verifica si te están siguiendo. Si no ves la cortina elevada, avisa a Harry antes de entrar a investigar. Por nosotras, no te preocupes, las dos estamos
armadas y sabemos defendernos. ¿Entendido?
—Como ustedes manden, capitanas. No pueden negar que son la esposa y la nuera del capitán Campbell.
—Recuerda, Roque, que éramos policías antes de casarnos con Harry y Pablo.
Las precauciones de Sandra no estuvieron de más. Tan pronto salieron de la casa de las Zúñiga, un auto blanco las había seguido a pocos metros de distancia.
Los del auto se bajaron y estuvieron dando vueltas, buscándolas por la zona —bastante alejada de la residencia de Magda—, donde el sargento Roque había
estacionado el carro oficial y en donde, después de abrir ceremoniosamente la puerta de atrás del mismo a unas inexistentes pasajeras, se había fumado con toda calma
un cigarrillo, antes de dar otras vueltas e ir a ver a su jefe.
Roque avisó al capitán, después de haber vuelto al sitio, unos minutos más tarde:
—Es un auto blanco con un choque en la parte trasera derecha. El ‘stop’ de ese lado está roto, creo que es un Ford, modelo Focus, de hace unos siete o más años,
con tapicería negra. El rin trasero, cerca del golpe, no es de aluminio como los demás. Deben haberle cambiado recientemente el caucho de ese lado.
El Ford está sucio, no pude verle la matrícula, porque estaba cubierta de barro. Eso pudo ser intencional.
No tiene calcomanías ni otras señales distintivas, salvo el golpe antes indicado y, en la puerta delantera derecha, un rayón que parecía ser fresco, porque no había
sido cubierto por el barro.
El vehículo tiene algo colgado del espejo retrovisor interior, arriba del tablero, probablemente un muñeco.
No se preocupe por ellas, capitán, esas dos mujeres juntas son más peligrosas que un batallón de blindados y más si tienen una niña que cuidar.
—Gracias, Roque. ¡Así me gusta, siempre alerta y preciso en tus informaciones! Radiaré para que localicen ese auto y enviaré detectives de civil al edificio de
Pablo, para reforzar al ‘batallón de blindados’.
VI
Mientras Felipe y su equipo preservaban las pruebas y levantaban las experticias que Harry había ordenado, Pablo cruzó la calle y entró al abasto ubicado al frente
de la casita de las dos ancianas.
El dueño, el señor Ivo Souza da Freitas, era un hombre de más de cincuenta años de edad, de origen portugués, con abultado vientre, nariz gruesa y ojos negros
saltones, y lo atendió cordialmente.
El señor Souza sabía quién era Pablo, porque el inspector varias veces había entrado a ese lugar para ayudar a las ancianas a comprar víveres.
—Me da gusto verlo de nuevo, señor Ivo. No sé si se acuerda de mí, soy el inspector Pablo Morles. Quisiera hacerle unas preguntas.
—Sí lo recuerdo inspector Morles. ¿Cómo olvidarlo? Usted es el que siempre me obligaba a rebajar mis precios a las señoras Zúñiga, dijo riendo. ¿Quién puede
discutirle precios a un policía?
Lamento lo ocurrido, porque sé que usted era un buen amigo de ellas. Vi que encontraron una niña ¿Era pariente de las hermanas? ¿Las Zúñiga tuvieron hijos?
¿Robaron algo dentro de la casa?
—Perdone, señor Ivo, pero creo que soy yo quien debe hacerle las preguntas.
Dígame: ¿Es cierto que vio a una pareja salir de la casa de las ancianas?
—Bueno, en realidad fue escaso lo que vi, porque cuando todo pasó me encontraba dentro de mi negocio atendiendo a unos clientes. Solo observé un carro negro
del cual se bajaron unos hombres y el ruido de los ladrones cuando escaparon. Eso es normal en esta zona. Aquí todos los días asaltan a alguien y eso que estamos a
solo tres cuadras del comando general de la policía. ¡Hace falta más vigilancia policial!
No limpian las calles, no recogen la basura y dejan que nos atraquen y nos maten, pero sí nos multan y nos cobran impuestos. ¡Así no se puede trabajar!
Entraron unos clientes al negocio, y el hombre, temiendo que pudiesen llevarse algo sin pagar, por el exceso de personas dentro del local, dejó a Pablo con el
dependiente.
—¿Cómo estás, Ricardo? También te he visto antes. ¿Podrías decirme tu nombre completo?
—Buenos días, inspector. Igualmente lo recuerdo. Me llamo Ricardo Casañas, para servirle.
—¿Tú sí viste algo? Parece que el topo Ivo nada vio.
—Tiene rabia y temor a todos los policías. Los odia. Dice que lo viven extorsionando. Creo que prefiere a los delincuentes. Yo sí vi lo que pasó hoy, inspector.
Afuera el señor Ivo y yo esperábamos al camión de verduras, cuando todo sucedió:
Un auto blanco se estacionó frente al negocio. El señor Ivo estaba muy nervioso, porque de un momento a otro llegaría el camión que nos traería las verduras y no
había espacio para que se estacionara.
Más arriba siempre hay libres unos puestos que un muchacho de la calle reserva para sus ‘clientes’; pero si no le dan propina raya los carros. Y el señor Ivo
jamás quiere darle ni un céntimo. Él ha puesto varias veces la denuncia en su comando, pero nadie le hace caso, porque vive denunciando toda clase de cosas. Se la
pasa metido allá, reclamando y molestando.
Cuando el señor Ivo no me ve, yo le doy al pobre muchacho algunas frutas. Se nota que ese niño ha pasado mucha hambre. Está flaco y demacrado.
—¿A cuántas personas viste bajarse del auto blanco?
—Fueron tres, o mejor dicho, cuatro porque la mujer tenía una niña en sus brazos. La pareja se bajó del asiento trasero, con la pequeña, y otro hombre descendió
del asiento delantero. El chofer permaneció dentro del auto.
—¿Una pareja? ¿Cómo sabías que eran pareja?
—Porque el hombre se comportó cariñosamente con la dama, como si fuera el esposo de la mujer, y la ayudó a bajar la niña del auto.
Era un hombre alto, delgado, elegantemente trajeado, de pelo castaño, de unos cuarenta años de edad. Vestía un traje completo de color gris, camisa blanca,
corbata negra y llevaba a la dama suavemente agarrada del brazo, casi sin tocarla.
—¿Y la mujer, cómo era, Ricardo?
—También parecía fina, delicada, era morena, de pelo negro, bien arreglado, como de unos treinta años de edad. Vestía un traje oscuro, creo que azul marino o
negro.
—¿Y el otro que se bajó?
—Era un hombre corpulento, fornido, tosco, con una lustrosa calva y anteojos oscuros. Vestía una chaqueta apretada, que le dejaba ver una camiseta amarilla. El
polo opuesto de la pareja.
—¿Tocaron el timbre?
—No. En esa casa nunca ha habido timbre eléctrico, pero tiene unos bellos aldabones de bronce con forma de manos agarrando una pelota, para que los visitantes
toquen a la puerta. Como la casa es pequeña, eso es suficiente. Me consta, porque yo a veces les llevo lo que me encargan por teléfono.
—¿Quién tocó a la puerta?
—El hombre que parecía el esposo, el del traje gris.
—¿Les abrieron pronto?
—No. Lo normal. Ellas siempre tardaban unos minutos antes de abrir. Presumo que para arreglarse.
—¿Estás seguro de que la pareja llevaba una niña y no un bebé?
—Bueno, debió ser una bebita, porque doña Amada preguntó por una niña cuando les abrió la puerta.
—¿Tú viste cuando les abrieron la puerta?
—No, pero oí cuando doña Amada les abrió.
—¿Oíste cuando Amada les abrió la puerta? ¿Cómo fue eso?
—Sí, ella dijo en voz alta, posiblemente para que yo la oyera y no me preocupara: ‘¿Eres tú, Augusto? ¡Qué agradable sorpresa! ¡Y tú debes ser Francesca! ¿Y
esta es la niña? ¡Pasen!’ Yo miraba con atención, porque ellas me habían pedido que estuviera pendiente de cualquier visitante extraño, ya que vivían solas.
Incluso, tengo su tarjeta, detective. Doña Amada me la dio para que lo llamara, si acaso les pasaba algo.
—¿Te dio mi tarjeta, Ricardo? ¿Puedo verla? ¿Cuándo te la dio?
—Aquí la tiene. Me la entregó hace apenas unos cinco días, inspector. No se la dio al señor Ivo, sino a mí. Ellas se llevaban mejor conmigo, que las atendía
respetuosamente, como me enseñaron a tratar a las personas mayores.
—¿Utilizó Amada el plural cuando te dijo que me llamaras si algo llegaba a pasarles?
—Sí, inspector.
—¿Entró también el hombre de la chaqueta apretada en la casa?
—Sí. El chofer se quedó en el vehículo.
—¿Cuánto tiempo estuvieron los visitantes dentro de la casa?
—Tres cuartos de hora, más o menos.
—¿A qué hora salieron?
—Aproximadamente a las diez y media de la mañana.
—¿Estás seguro?
—Bueno, con un margen de error de unos cinco minutos, en más o en menos. Poco después ellos se fueron y llegó el camión del mercado con los vegetales.
—¿Viste cuando los visitantes salieron?
—Sí. Salieron alegres de la casa. Las dos señoras los despidieron hasta la puerta.
—¿Aludes a Amada y a Rosalba?
—Sí, a las dos.
—¿Estás completamente seguro de que eran ellas?
—Desde luego, las conozco desde hace unos dos años.
—¿Cómo se encontraban vestidas las señoras Zúñiga?
—Doña Amada tenía un traje rojo, con flores blancas; y doña Rosalba tenía un conjunto rosado claro, monocolor. Lucían elegantes, quizás demasiado para ser
tan temprano.
—¿Dijiste que ellas salieron alegres?
—Sí, todos parecían alegres, las dos señoras y la pareja. La madre de la niña hizo que esta les dijera ‘adiós’ a las damas con su manita.
—¿Y el hombre de la chaqueta?
—Se acercó al chofer.
—¿Salió la niña también con ellos?
—Sí.
—¿Estás completamente seguro, Ricardo? Es importante tu respuesta a esa pregunta.
—Sí. La recuerdo perfectamente. Era la misma menor que usted cargó después, solo que entonces no tenía ensangrentadas sus ropitas.
—Las horas de entrada y salida del carro blanco no me cuadran, Ricardo.
—Es que el carro vino en dos oportunidades, inspector. La segunda fue después de las doce. El auto blanco regresó, creo que a la pareja se le quedó u olvidó algo,
pues enviaron al de la chaqueta a buscarlo. Serían como las doce y media.
Supongo que los padres se quedaron en el auto. Yo atendía a unos clientes y no pude fijarme bien. Pero vi al hombre de la chaqueta apretada entrar a la casa, con
la niña llorando.
—¿Está seguro de que ese hombre regresó a la casa con la niña?
—Sí. El chofer se quedó en el auto con el motor encendido, cerca de la librería, porque el camión de los vegetales seguía estacionado frente al negocio.
Como un cuarto de hora más tarde, el de la chaqueta regresó apurado, se metió en el auto y el chofer arrancó violentamente. Unos cinco minutos después llegaron
ustedes, trotando.
—¿Lo viste salir? ¿Iba solo? ¿Regresó al auto sin la niña?
—No sabría decirle. El señor Ivo me regañó por estar perdiendo el tiempo. Había clientes que querían pagar en ese momento y tuve que ir hacia la caja. Él sí se
quedó mirando, pero jefe es jefe.
—Mientras el hombre estuvo adentro de la casa, ¿oíste a alguien gritar o pedir auxilio?
—La niña seguía llorando, y escuché algunas voces, pero nada más. Es posible que también haya oído gritos, pero en esa casa tienen un loro que se la pasa
pidiendo auxilio a toda hora. Nadie le presta atención.
Pablo se dirigió de nuevo al señor Ivo, quien había estado atendiendo el reclamo de una señora, que le exigía la entrega de unos productos de charcutería en
compensación de una supuesta diferencia en el cambio de unas divisas.
De mala gana el señor Ivo dio instrucciones a alguien detrás del mostrador de complacer a la señora, y volvió al lado del inspector.
—¿Las señoras Zúñiga recibían visitas con frecuencia, señor Ivo?
—No que yo sepa, pero tenían una amiga con quien solían reunirse en la librería. Pregúntele al señor Carl, el dueño. Él sabe quién es esa mujer, siempre está con
ella, merodeando por el sector.
Esa es la única librería de la ciudad donde no venden libros, sino café. Yo quise comprarle el local y le ofrecí una buena suma, pero el hombre no aceptó.
—¿Ha visto a alguna otra persona extraña en esta zona?
—En este sector casi todos nos conocemos, inspector. Algunos más que otros. Aunque a mi negocio solo vienen vecinos y clientes. Los mismos de siempre. Nadie
extraño en los últimos dos meses. Aunque por ahí siempre andan rondando el chichero atracador y ese muchachito de la calle, que es peor que un escorpión. Pero yo
he puesto…
—Sí, ya sé que usted ha puesto la denuncia varias veces… El subinspector Felipe Maita le enviará alguien para hacer algunos retratos hablados y levantar un acta
con sus declaraciones. Gracias, señor Ivo.
Pablo se despidió también de Ricardo:
—Tienes mi tarjeta, Ricardo. Si recuerdas algo más, no dudes en llamarme.
VII
Unos treinta metros más arriba, en la misma calle, también en la acera frente a la casa de las hermanas Zúñiga, funcionaba una librería. Quien la atendía era su propio
dueño, un amable señor, bien vestido, de unos treinta y cinco años de edad, rubio y de ojos grises. Pablo le mostró su placa.
—Buenas tardes, Carl. Soy el inspector Morles, de la policía. Quiero hacerte algunas preguntas sobre lo que ocurrió al mediodía en la casa de más allá.
—No necesita presentarse inspector. Sé quién es. Las señoras Zúñiga siempre hablaban bien de usted. Responderé con gusto sus preguntas. Soy Carl Green. Yo
apreciaba a las hermanas, pues venían frecuentemente aquí a comprar libros y con frecuencia conversaban conmigo.
Rosalba era una señora culta y gentil. Ella y su hermana fueron mis primeras clientas cuando hace unos dos años instalé mi librería en este local. Antes funcionaba
aquí una agencia de lotería que quebró.
—¿Y te va bien en el negocio?
—No tanto. Vivía en Europa y como allá todos son amantes de la lectura, pensé que sería buena idea fundar una librería en esta ciudad. Había vendido por buen
precio mi vivienda, y no hallaba qué hacer con el dinero. Pero en este sector la gente es diferente, se limitan a tomar café, a conversar y si leen algo, es el periódico.
Sin embargo, aunque han ofrecido comprarme la librería, pagándomela en dólares o euros, pienso transformarla en un centro de videojuegos. Eso sí gusta por
acá.
—Cierto, Carl. Tengo un interés especial en resolver este caso, porque yo también estimaba a las Zúñiga, fueron buenas amigas mías.
—Lo sé, inspector, lo vi entrar varias veces con un capitán de la policía a esa casa. Ellas se sentían seguras, porque sabían que siempre podían contar con usted.
—Dime, Carl. ¿Viste a alguien extraño que las visitara últimamente?
—No. A nadie.
—¿Nadie extraño? Pero el señor Ivo, el del abasto, me dijo que una amiga de las señoras Zúñiga solía reunirse aquí con ellas. ¿Sabes quién es y dónde puedo
localizarla?
—Ah, sí. Quizás el señor Ivo quiso referirse a la señora Concepción de Urquiza, pero ella no era una extraña para las Zúñiga. Era una vieja amiga de ambas. No
tengo su dirección exacta en este momento. Solo sé que vive cerca, en uno de los edificios de este sector.
—¿Conversaban a menudo?
—Sí. Las tres se sentaban en esa mesa. A veces me cuidaban el negocio mientras yo iba a hacer diligencias. Les servía café y ellas me traían unas galletas
deliciosas. Yo ganaba con el intercambio. Era parte de un ritual semanal.
Las extrañaré y me temo que no volveré a probar unas galletas tan exquisitas como esas, porque según ellas la receta era un secreto de familia.
—Lo sé y me siento igual que tú, porque también tuve la suerte de probarlas ¿Y sobre qué hablaban ellas?
—Hablaban de diversos temas; pero los más recurrentes versaban sobre los apellidos nobiliarios, como los de ellas, y los terribles sucesos de la segunda guerra
mundial. Los padres de las Zúñiga fueron fusilados, y Amada y Rosalba, que entonces eran unas jovencitas, fueron desalojadas de sus tierras.
Afortunadamente, el esposo de Amada tuvo la precaución de constituir un fideicomiso en Suiza, lo que les permitió a ella y a su hermana venirse a este país,
mandar a construir en esta cuadra esa bella casita, y contar con una renta mensual, suficiente para vivir con relativa holgura.
—¿Se casaron?
—Amada, sí. La otra, no creo. Pero tengo mis dudas. Cada vez que nombraban a sus respectivas familias usaban nombres diferentes. Unas veces a ‘Raúl’ lo
mencionaban como si fuera o hubiese sido el esposo de Amada; y otras, como si fuese el esposo de Rosalba. Y ni hablar de los descendientes. ¡Cosas de edad! La más
afectada era la señora Amada, que tenía problemas de oxigenación del cerebro.
La señora Concepción quiso ayudarlas, pero no pudo armar el árbol genealógico de los Zúñiga, y desistió del intento.
—¿Y la señora Concepción dijo algo sobre su propia vida?
—No. Doña Concepción es una persona encantadora, simpática y colaboradora, pero reservada en todo cuanto concierne a su vida personal. Una vez dijo que
vivía sola, porque era viuda y jamás encontraría un marido tan bueno como el que había tenido.
—¿Hablaban de sus apellidos, pero no de sus familias? Eso es extraño.
—En una oportunidad la señora Concepción intentó animar a las hermanas Zúñiga para que indagasen sobre los bienes familiares en Europa, porque quizás
podrían recuperar algo.
Ellas le respondieron que tenían un abogado de confianza en España, a quien habían encargado de eso.
Creo que le seguían la corriente solo por tener a alguien con quien hablar. A las señoras Zúñiga tampoco les agradaba revelar detalles sobre su vida privada.
—Me consta. Me gustaría hablar con esa señora Concepción.
—Viene todos los sábados en la tarde. Seguramente mañana también vendrá, porque hoy es viernes. Además, como todos los residentes querrá obtener de usted
información adicional y de primera mano. Creo que ella trabaja de lunes a viernes, de cada semana.
—Avísame tan pronto llegue. Estoy apenas a tres cuadras de aquí. Perdona, Carl, que te quite tanto tiempo, pero tengo otras preguntas:
¿Viste a las personas que salieron de la casa?
—¿A los del auto blanco? Sí. El Ford blanco se estacionó después del mediodía frente a esta librería. De él se bajó alguien, pero no lo vi, aunque sentí la puerta del
carro cerrarse. Después escuché cuando regresó corriendo y me levanté de mi escritorio para ver qué pasaba.
Era un señor con una chaqueta de cuero oscura, se estaba montando en el asiento del copiloto, al lado del chofer. Después cerró con fuerza la puerta del carro, la
que daba hacia la acera. El automóvil arrancó violentamente. Sus cauchos chirriaron.
—¿Estás seguro, Carl, de que el hombre con chaqueta se sentó al lado del chofer?
—Sí, inspector. Le costó entrar. Creo que atrás había alguien más.
—¿Esa otra persona era un hombre o una mujer?
—No sabría decirle. El interior del auto estaba algo oscuro, pero pude ver un bulto en el asiento de atrás.
—Y adelante, ¿cuántas personas iban?
—Solo el chofer y el de la chaqueta.
—¿Oíste a alguien gritar o llorar?
—Dentro del carro los hombres discutieron por algo. Cuando el carro arrancó oí el llanto de un bebé, pero me pareció que no venía del auto, sino de la casa.
—Gracias, Carl. Has sido útil.
—Cuando quiera tomarse un buen café y leer un buen libro, está invitado por la casa, inspector. Si encuentra el negocio cerrado, toque el timbre. Vivo aquí mismo.
—Será un placer. Nos veremos después. No olvides avisarme cuando veas a doña Concepción.
El subinspector Felipe Maita te enviará a uno de nuestros hombres para hacerte un interrogatorio más formal y para elaborar algunos retratos hablados de los
pasajeros del vehículo y de la señora Concepción. Toma mi tarjeta. Cualquier cosa, no vaciles en llamarme.
VIII
Morles se acercó a interrogar al adolescente que también había visto el automóvil en el cual los criminales escaparon.
Era casi un niño, que para ganarse la vida cuidaba automóviles en esa misma calle.
Era flaco, demacrado, con unos ojos sin brillo, rodeados de unas grandes ojeras, lo que indicaba que se había iniciado en el consumo de drogas. Vestía una camisa
hecha jirones que dejaba ver su esquelético cuerpo, lleno de cicatrices, y no tenía zapatos.
—¿Te cuido la nave, poli?
—Si te pago por cuidarme la patrulla me despedirán. Se supone que los poli, como tú nos llamas, debemos cuidar nuestros autos y los de todos los demás. Pero te
daré una propina si me dices lo que viste hoy.
—¿Te refieres a las viejas que le cortaron el pescuezo en esa casa?

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

---------