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Bésame mucho Raquel G. Estruch

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por las líneas del documento perfectamente redactado en el que se me informaba de
que se rescindía mi contrato por motivos económicos. Yo sabía que aquello no era
cierto. Llevaba más de dos meses haciendo entrevistas a candidatos para ocupar dos
puestos de trabajo porque no dábamos abasto con todo lo que teníamos que hacer. De
hecho estaba previsto que dos personas se incorporaran al equipo en menos de una
semana. Me estaban mintiendo descaradamente, lo sabía y, entonces, entendí que me
estaban despidiendo por algo personal. Seguí leyendo el documento y repasé
mentalmente si la cantidad de dinero que me ofrecían como indemnización se ajustaba
a lo que me pertenecía. A simple vista parecía correcta. Además no pude evitar pensar
qué suerte tenía de recibir finiquito con la que estaba cayendo cuando la empresa
podía largarme de allí con una mano delante y otra detrás.
Jaume no apartaba los ojos de mí. Yo hice un esfuerzo sobrehumano para mantener
la dignidad ante todo aquello así que, antes de estampar mi firma en el papel que me
ponía directamente de patitas en la calle, le entregué la programación del trimestre en
la que tanto había trabajado y de la que tan orgullosa me sentía.
—Aquí tienes la planificación que pediste para antes del verano −le dije mientras le
tendía la carpeta en la que me había tomado la molestia de encuadernarlo–. También te
lo he pasado por e-mail para que pudieras consultarlo si hoy no venías al despacho.
−Noté que la voz se me empezaba a quebrar así que bajé la vista de nuevo a los
papeles y los firmé. Tuve todavía la suficiente sangre fría para separar la copia de la
empresa de la que debía quedarme yo, así como de comprobar que el cheque con el
que me echaban a la calle estaba bien hecho. Lo último que me apetecía era tener que
volver allí a reclamar algo. Estaba tan inmersa en mis emociones que ni me había
dado cuenta de que Jaume había palidecido más aún y ahora sudaba a chorros a pesar
de que el aire acondicionado del despacho funcionaba a la perfección.
—Marga… Has hecho un trabajo fantástico con esto −dijo mientras señalaba el
documento que le acababa de entregar.
—Lo sé. Cuando tengo el tiempo suficiente y los recursos necesarios soy muy buena
en lo mío–. Sabía que aquella chulería estaba un poco fuera de lugar pero estaba harta
ya de que se llevara tiempo cuestionando, aunque no de forma explícita por supuesto,
todo lo que yo hacía allí. Además qué más podía pasarme. Estaba en la calle así que
por lo menos podía permitirme el lujo de decir una mínima parte de todo lo que
estaba pensando en aquel momento.
—Hay cosas de ti que no han encajado con mi forma de trabajar y tampoco con los
compañeros. Yo siempre he apostado por ti pero ha llegado un momento en el que
tengo que tomar algunas decisiones.
—Son cosas que pasan −acerté a murmurar.
No entendía por qué se estaba justificando y mucho menos comprendía las razones
por las que quería que pareciera que todo aquello era culpa mía. Nunca había tenido a
Jaume ni por un jefe justo ni mucho menos por una buena persona pero me pareció
muy mezquino que encima de dejarme sin trabajo tratara también de machacarme el
autoestima. Por suerte me convencí en aquel instante de que era inútil discutir nada de
aquello. Lo conocía lo suficiente como para saber que la decisión era irrevocable así
que guardé silencio mientras que él me decía aquello: las frases educadas de rigor tipo
«vuelve a vernos cuando quieras» o «siempre serás bien recibida aquí». Sí claro.
Jaume debía de pensar que yo era gilipollas o algo así si creía que iba a volver a poner
un pie en una empresa en la que me había dejado la piel durante tantos años y de la
que se me estaba invitando a salir de aquel modo. Noté que los ojos me escocían pero
lo último que quería era echarme a llorar allí. Me levanté con toda la tranquilidad y
dignidad que pude.
—No hace falta que termines el día de hoy. Puedes recoger tus cosas si quieres y
marcharte −dijo Jaume quien se había puesto detrás de mí y me abría la puerta del
despacho.
No es que yo hubiera pensado ni mucho menos quedarme allí en aquel estado pero
la urgencia que había en su voz, aquella necesidad que existía de que yo desapareciera
de allí lo antes posible fue demasiado para mí. Me costaba respirar y tratar de contener
las lágrimas al mismo tiempo. Sabía que tenía que hacer un último esfuerzo. Tenía que
despedirme de mis compañeros y tampoco quería que ellos me vieran así. No es que
fuéramos amigos ni nada de eso pero sí que habíamos compartido los momentos
suficientes como para saber que a la mayoría de ellos les iba a disgustar aquello.
Cuando llegué a mi zona de trabajo todos me miraban con aire triste. Entonces
comprendí de nuevo a qué se debía la tensión que había notado en el ambiente aquel
día. Lo sabían. Todo el mundo era consciente de que iban a despedirme. Todos menos
yo, por supuesto.
—Marga ha hecho un gran trabajo para nosotros durante estos siete años −oí que
decía Jaume a mi espalda–. Quiero que todos sepáis que se va como amiga de la
empresa y que siempre será bienvenida aquí.
Yo ni siquiera me molesté en decir nada. Bastante tenía con recoger mis cosas de
encima de la mesa sin que se me cayeran al suelo porque todo mi cuerpo estaba
temblando de forma casi incontrolable. Notaba las miradas de todos mis compañeros
puestas en mí. Volví a respirar hondo. A repetirme que sólo debía aguantar unos
minutos más hasta salir a la calle y poder dejar salir todo lo que estaba sintiendo. Me
aseguré de que llevaba en el bolso todo lo que había mío encima de la mesa que, a
decir verdad, no era demasiado. Cuando estuve lista levanté la cabeza y vi que
algunos de mis compañeros me miraban con lágrimas en los ojos. Aquello me
conmovió pero al mismo tiempo me hizo pensar en todas las cosas que sabían y que
jamás me habían contado. En cualquier caso tampoco era cuestión de culparlos a ellos
por lo que estaba sucediendo. Todo el mundo tenía derecho a salvar su culo en el
trabajo y supongo que, si hubiera sido al revés, yo tampoco le hubiera dicho a un
compañero que lo iban a despedir. O sí… En cualquier caso ya nunca lo sabría.
Cuando mis ojos se posaron en Jaume vi que la zorra de Laia estaba justo a su lado.
En apariencia tenía la misma cara de pena que el resto pero yo sabía que, en su
interior, estaba disfrutando con todo aquello. Es más… estaba completamente
convencida de que todo aquello había sido en gran parte idea suya. Nunca me había
soportado. Me tenía enfilada desde el primer día en el que entré a trabajar en la
editorial. Era fría, sibilina y en más de una ocasión nos habíamos enfrentado de forma
abierta. A lo largo de los años yo había conseguido capear algunas de sus estocadas
pero supongo al final su influencia sobre Jaume y también sobre otro de los socios de
la empresa habían terminado por imponerse.
—Chicos ha sido un placer trabajar con vosotros. −Ahora miraba a mis compañeros.
Aquellos con los que había compartido fatigas, nervios, preocupaciones y, también,
risas durante tanto tiempo. En realidad sólo era de ellos de quienes quería despedirme
y poco me importaba ya quedar bien con nadie más.
Uno a uno mis compañeros fueron acercándose a mí. Todos ellos me dieron palabras
de ánimo y prometieron mantener el contacto conmigo mientras que yo lo único que
deseaba era salir de allí cuanto antes. Ahora menos que nunca quería romper a llorar y
encima darle el gustazo a Laia de verme tan destrozada como en realidad estaba. Cogí
mi bolso y me lo colgué en el hombro. Les di la espalda a todos, abrí la puerta y salí al
ascensor. Me ahogaba. Las piernas apenas me sostenían y, ahora sí, las lágrimas se
deslizaban por mis mejillas sin ningún control. Yo seguía tratando de no venirme
abajo por completo. Sabía que dentro del despacho todavía estarían pendientes de mí.
Cuando salí a la calle el calor de finales de junio me golpeó. Estaba aturdida y
mareada. Las piernas amenazaban ya con dejar caer todo el peso de mi cuerpo. Aun
así encontré la energía suficiente para cruzar la Diagonal y coger una de las calles de
bajada del Eixample. No tenía ni idea de hacia dónde ir, ni qué hacer. Sólo trataba de
contener los sollozos que se ahogaban en mi garganta. Me apoyé en la pared de piedra
gris de uno de los edificios por los que pasaba a diario al volver del trabajo. Traté de
respirar hondo, de pensar en lo que iba a hacer a continuación pero no pude. No
podía dejar de llorar. Todo mi cuerpo se convulsionaba a pesar de cómo me estaba
esforzando yo para que aquello no sucediera. Durante varios minutos, no podría
asegurar cuántos, perdí el mundo de vista y sólo fui capaz de experimentar el dolor y
el fracaso más inmenso de toda mi vida. Me sentía sola, perdida, vacía, inútil también,
decepcionada, engañada y traicionada. Lo único que había hecho durante todos
aquellos años era trabajar como una bestia, implicarme incluso más de lo necesario en
aquella empresa que ahora me estaba recompensando de aquel modo. Pensé entonces
en Andrés y en todas las veces que habíamos discutido porque él no paraba de decir
que no era normal mi adicción y dependencia del trabajo. Aquello desde luego no me
hizo sentir mejor. Al contrario. Contribuyó a que me hundiera un poco más.
—¿Te encuentras bien? −Noté un ligero movimiento en el brazo y separé un poco la
cara de la pared en la que la había apoyado durante todo este tiempo. Levanté los ojos
y vi a un chico justo delante de mí. No lo conocía de nada y tampoco entendía por qué
me estaba hablando–: Oye siéntate un momento y te preparo un café −dijo aquel
desconocido mientras me señalaba una silla que había en una terraza cercana.
—No. Ya me encuentro mejor. Gracias. –Poco

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