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Besos entre líneas – May Ayamonte y Esmeralda Verdú

Besos entre líneas – May Ayamonte y Esmeralda Verdú

 Besos entre líneas – May Ayamonte y Esmeralda Verdú

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una silla para mi bolso libro pdf

Noto cómo las nubes se desplazan por el cielo y los rayos del sol vuelven a entrar por la ventana, haciendo que las páginas que estoy leyendo parezcan todavía más
amarillentas. Ojalá eso fuera lo único que me ha despistado de la lectura.
—Zoe, te lo pido por favor: ¡cállate ya! —le grito por enésima vez.
Ni caso. Ella sigue ladrando sin parar a un gato que ve a través de la ventana lamiéndose tranquilamente una pata.
—Claro, Guillermo, es sencillísimo encontrar un ramo con diez tipos de flores distintas, y tres que no crecen en esta época del año… ¡La novia me va a matar!
La voz de mi tía Anne, gritando a su socio por teléfono, se cuela por debajo de la puerta del salón.
Pero esto no acaba aquí, porque David decide subir el volumen del televisor para poder escuchar bien las noticias.
¡No aguanto más! ¿Tan difícil es tener un poco de silencio y tranquilidad para leer en esta casa?
Me incorporo sobre el sillón en el que estoy tumbada y saco de las páginas finales del libro la fotografía que uso siempre como separador. Observo los risueños
ojos de mamá. Doce años ya desde que se fue… ¿Qué edad tendría si siguiera viva? ¿Cómo sería si…?
De pronto, mi tía abre la puerta y se acerca, con el teléfono todavía pegado a la oreja, haciendo un gesto con la mano, pidiéndome que le dé algo.
Guardo rápidamente la foto, metiéndola entre las páginas. No puede haberla visto, ¿no?
Mi tía sigue asintiendo como si su interlocutor al otro lado de la línea la viera hacerlo. Luego me mira de nuevo y continúa insistiendo con la mano que se la pase.
Mientras empiezo a abrir el libro resignada, me dice:
—Emma, ¡pásamelos de una vez!
Giro la cabeza y veo que está señalando unos menús para bodas que están sobre la mesa. Suspiro de alivio y se los acerco. Qué poco ha faltado.
—Gracias, cariño.
—Tía —le digo antes de que se marche de nuevo a discutir por teléfono—, me voy a la biblioteca.
—¿Otra vez? Vas casi todos los días —suspira tapando el auricular para que su socio no la oiga—. Está bien, pero ven antes de la hora de la cena.
Me despido de ella con un beso en la mejilla y me giro para decirle adiós a David, pero se ha quedado profundamente dormido en el sofá con la televisión a todo
volumen. Si la apago sé lo que pasará: se despertará y me dirá que no estaba durmiendo, que la vuelva a encender. Todos los días la misma historia.
Cada vez que entro me envuelve un aroma que podría reconocer en cualquier parte. Es una mezcla entre papel antiguo, polvo y sabiduría. Podría recorrer la
estancia con los ojos cerrados sabiendo exactamente dónde me encuentro. Este sitio se podría considerar mi segundo hogar, al fin y al cabo, paso aquí más horas que en
cualquier otra parte.
A pesar de que estoy en el mismo lugar, casi a la misma hora e incluso en el asiento de siempre, cada día es diferente. Cada día vivo una aventura distinta, conozco
a alguien nuevo, visito ciudades en las que nunca he estado y, a veces, incluso viajo a mundos inexistentes que a mí me parecen de lo más reales. Es tan extraño como
mágico poder visitar otros universos pasando páginas y páginas sin dejar de leer.
Así que puede decirse que formo parte del mobiliario de la biblioteca de mi pueblo, pues siempre que puedo estoy aquí sin moverme —excepto cuando no me
queda otro remedio que pasar de página—. Y aunque mi casa fuera el lugar más silencioso del mundo, creo que seguiría viniendo a la biblioteca igualmente. Me encanta
pasar las tardes rodeada de libros.
Mi lectura actual es Matilda, un maravilloso aperitivo para comenzar con buen pie el último curso en el instituto. La pequeña Matilda me recuerda un poco a mí: es
una incomprendida por su pasión hacia la lectura.
¿Dónde están todas esas aventuras que viven los personajes de los libros que leo? ¿Por qué nunca llegó mi carta de Hogwarts?
Mientras todos estos pensamientos pululan dentro de mi cabeza, estoy sentada en el alféizar acolchado de una ventana del piso superior. Desde esta parte de la
biblioteca se puede ver el parque con frondosos árboles que cada vez están más amarillentos por la próxima llegada del otoño. Este es mi asiento favorito para leer y no
lo cambiaría por nada del mundo, ni por uno de esos mullidos sillones que están aquí al lado y parecen tan cómodos.
Justo estoy leyendo una de las escenas más interesantes de la novela cuando el silbido de Rue y Katniss en Los juegos del hambre me hace saltar del susto en el
asiento. Mi móvil sigue sonando como si estuviera siendo bombardeado por incesantes wasaps. Matilda cae al suelo produciendo un gran estrépito, como si no hubiera
hecho ya suficiente ruido.
Alzo la vista y, como me temía, la bibliotecaria me está fulminando con la mirada desde detrás del mostrador. No es la única, las pocas personas que están sentadas
a mi alrededor también lo hacen. Pero es esa mujer de cara arrugada y gafas pequeñas, apoyadas en la punta de su larga nariz, la que me señala la caja negra que hay a su
lado con una ceja alzada. No sería la primera vez que mi teléfono móvil llega ahí dentro junto a otros de su especie que también han sido requisados.
Por fin consigo sacar el móvil de mi bolsillo, subo los brazos como si de un atraco se tratara, y le enseño muy despacio cómo lo apago. Parece que ha funcionado,
pues la mujer me echa un último vistazo y vuelve a su trabajo.
Después de respirar hondo, recojo mi libro del suelo y me levanto. Voy directa al ala derecha de la planta alta, donde hay una sala con varias mesas. Es todo
poesía. Parece mentira que le dediquen tanto espacio a este género tan poco valorado actualmente. Es uno de los detalles de esta biblioteca que hacen que me encante.
Entro por el segundo pasillo y me siento en el suelo apoyando la espalda en una de las estanterías. Todo está tan tranquilo y solitario como siempre. Aquí no suele
venir la señora gruñona que he dejado atrás.
Enciendo mi móvil de nuevo y leo los wasaps que he recibido.
¡Vaya! Ni me había dado cuenta de que había llegado ya a los doscientos seguidores. Hace solo unos meses que empecé con La ventana de Emma.
Empiezo a contestarles de nuevo con una sonrisa en la boca, cuando oigo unos susurros.
Parece que vienen de algunos pasillos más allá. Me levanto sin pensarlo dos veces y me encamino muy despacio hacia donde procede la voz, intentando no hacer
ruido.M ientras me voy acercando, me doy cuenta de que se trata de una voz masculina. Busco a su dueño entre el hueco que dejan las baldas de una de las estanterías y
me agacho para que no note mi presencia. Quien me vea así pensará que soy una acosadora en toda regla.
Está de pie, apoyado sobre los estantes de poesía extranjera, y parece muy concentrado recitando un poema.
Es un chico moreno y alto. Lleva unos pantalones vaqueros que, para qué mentir, le sientan de maravilla. Su atuendo lo completa una camiseta azul de manga corta.
No puedo evitar advertir que le queda estrecha en la zona de los brazos, por sus marcados músculos.
Observo su atractivo rostro de perfil. Tiene una mandíbula ancha y unos labios carnosos que encierran unos dientes blancos. Sus ojos se mueven ansiosos a través
de las palabras que está leyendo. Da la impresión de que no es la primera vez que lee ese poema, es como si casi se lo supiera de memoria.
Su voz me cautiva y pierdo la noción del tiempo, agachada, escuchándole recitar. Al levantarme, tropiezo con mi propio pie y casi me caigo al suelo. Rápidamente
miro hacia el chico y suspiro con alivio; no se ha dado cuenta de que estoy ahí.
Todavía. Porque mi móvil se encarga de que eso ocurra cuando vuelve a recibir unos cuantos wasaps.
Mierda.
El chico me está mirando entre el hueco que deja el estante de madera y la parte superior de los libros. Descubro unos ojos azules tan oscuros como bonitos,
custodiados por unas pestañas espesas.
Me quedo paralizada, sin saber qué decir mientras mi móvil sigue emitiendo sonidos. El chico aparta la mirada y empieza a andar hasta que lo pierdo de vista.
Unos segundos después, veo que se aproxima por el mismo pasillo en el que estoy yo. Su forma de andar es segura y se acerca a mí, demasiado. Demasiado para
oler su aroma y ver hasta el más mínimo detalle de su cara.
—¿Te queda mucho? —me pregunta cruzando los brazos en torno a su pecho y al libro que estaba leyendo.
Agacho la mirada avergonzada y veo que sus brazos bronceados dejan entrever el nombre del autor: Charles. El chico suspira con cara de cabreo y esconde el libro
detrás de él. Señala mi móvil con un gesto de su cabeza justo cuando vuelve a sonar.
—Perdón, no sabía que había alguien más aquí… —le digo mientras aporreo la pantalla táctil de mi móvil sin acertar.
—Aunque no hubiera nadie, esto es una biblioteca. ¿Qué haces aquí si no sabes leer? —me dice señalando algo detrás de mí.
«Por favor, apaguen sus teléfonos móviles. Gracias», leo en un cartel cuando giro la cabeza.
—Lo… lo siento, de verdad. He venido a esta sección porque nunca hay nadie. Si… si lo hubiera sabi… —empiezo a balbucear.
—Pues ya ves que existe gente a la que le gusta venir aquí —me corta apretando los dientes enfadado.
Entiendo que le haya molestado, pero ya le he pedido disculpas. ¿Por qué se pone así?
—Oye, ya te he dicho que lo siento. —Me empiezo a cabrear yo también—. Ya me voy.
Mi móvil vuelve a sonar. Él pone los ojos en blanco. Yo por fin consigo poner el móvil en silencio.
—No, tranquila, tú sigue. El que se va soy yo.
De un golpe deja el libro sobre el estante que está a su lado y se marcha por donde ha venido murmurando algo que no quiero saber. Miro el tomo que ha dejado y
veo el apellido de su autor: Bukowski. Parece mentira que a alguien como a él le guste leer poesía. ¿Pero qué le pasa a ese chico? Me ha hecho enfadar.
Vuelvo a la sala principal para seguir leyendo. Por suerte, la bibliotecaria está de espaldas ordenando unos libros y no me ve entrar.
Estoy tan cabreada que hasta que no llego a mi asiento habitual y miro el gran reloj que hay en lo alto de la pared no soy consciente de la hora que es. Tengo que
volver pronto a casa y me quedan pocas páginas para terminar de leer Matilda. Así que vuelvo a levantarme para buscar algo nuevo para empezar en casa esta noche, si
es que me dejan hacerlo.
Paso por delante del mostrador con la cabeza bien alta, siendo consciente de que la bibliotecaria ahora sí que me está observando.
Intento concentrarme en encontrar entre las estanterías de libros juveniles La probabilidad estadística del amor a primera vista. Quiero comprobar leyendo ese
libro que lo que dice su título no puede suceder ni en la ficción.
Después de pasearme por toda la sección con la cabeza ladeada leyendo los títulos, me doy por vencida. No lo encuentro por ninguna parte.
No me queda otro remedio que preguntar a la bibliotecaria. Lo último que me apetece ahora mismo es pedirle ayuda a ella. Echo un último vistazo rápido con la
esperanza de encontrar el libro sin tener que preguntarle, pero no hay suerte.
Arrastrando los pies me encamino hacia donde se encuentra esa bruja. Cuando llego, está de espaldas a mí tecleando sin parar en el ordenador.
—Perdone —le susurro para que no me riña de nuevo, esta vez por hablar en voz alta—. No encuentro un libro en la sección juvenil que se llama La probabilidad
estadística del amor a primera vista.
Ella sigue tecleando tranquilamente como si no le hubiera hablado.
—Disculpe… —insisto.
¿Pero qué le pasa hoy a la gente conmigo?
—Acaban de devolver ese libro de su préstamo. —Me sobresalto cuando al fin la bibliotecaria me habla sin girarse.
Me asomo y veo que está buscando mi ficha en el ordenador para hacerme el préstamo. Sabe perfectamente quién soy, no hace falta que me pregunte. En cambio,
yo nunca he sabido cómo se llama. Tampoco me preocupa, Bruja es un buen nombre.
Continúa tecleando cuando mi móvil vuelve otra vez a la carga, esta vez vibrando dentro de mi bolsillo. La mujer se gira rápidamente sobresaltándome.
—Yo… —Su cara de malas pulgas me hace callar mientras señala el cartel que obliga a apagar los móviles—. Pero si…
Intento explicarle que con el móvil en vibración no molesto a nadie, pero me corta a mitad de frase.
—Apagar es apagar. ¡Fuera! —sentencia muy seria.
Suspiro y, más cabreada de lo que ya estaba, me dirijo hacia la salida.
Menudo día tan genial el de hoy.
Termino de bajar las escaleras cuando veo que el chico de la sección de poesía viene andando hacia mí. Me paro en seco. La expresión de su cara parece más
amigable que antes, pero al mismo tiempo nerviosa.
Lo tengo a un metro y, de pronto, casi está pegando su cara a la mía.
—Ey, hola de nuevo. Verás, quería… —se muerde el labio y mira hacia atrás como buscando algo— pedirte perdón por lo de antes. He sido un imbécil.
Me habla con una voz ronca y sexi. Me quedo muda. Eso no me lo esperaba.
—Yo… —empiezo a decir, cuando, de repente, se acerca todavía más a mí y me atrapa contra la pared que hay al lado de las escaleras que suben a la biblioteca.
Ahora sí que estoy paralizada.
—¿Pero qué…? —consigo decir sin saber qué más hacer.
Su rostro está muy cerca del mío, pero todavía lo está más cuando se inclina y me roza el pelo con su boca.
—Estate quieta y sígueme la corriente —susurra en mi oído muy bajito. Su aliento huele a menta—. Por favor, llevo algo de hierba encima y…
Se separa de mi oreja y mira de nuevo hacia atrás. Su aroma me envuelve igual que lo hacen en estos momentos sus brazos, apoyados en la pared a cada uno de los
lados de mi cabeza.
Cuando sus ojos vuelven a mí, su mirada me transmite súplica. Su mano empieza a acariciar mi costado con una delicadeza asombrosa que hace que se me erice el
vello. Estoy conteniendo el aliento cuando, de repente, posa un suave beso muy cerca de la comisura de mis labios. Incluso cuando ya se ha separado de mí, sigo
sintiendo la calidez de ellos ahí donde acaban de posarse.
Estoy muy confusa por lo que está ocurriendo. No entiendo nada. No sé…
Entonces escucho un carraspeo. No consigo ver a la persona que lo ha hecho, pero noto cómo el chico se pone tenso y me mira muy fijamente.
—Perdonad —escucho justo detrás del muchacho.
Estoy paralizada entre su cuerpo y la pared. Por fin se gira hacia la voz, apartándose así un poco de mí.
—¿Te está molestando?
Consigo ver al policía que ha venido hacia nosotros. La luz amarilla de la farola más cercana le ilumina su cara ancha con bigote y la pistola que lleva guardada en el
bolsillo.
Barajo mis opciones y respondo algo de lo que quizás me arrepienta dentro de unos minutos.
—No —me tiembla la voz al decirlo y carraspeo un poco—, solo nos estábamos besando.
El chico me mira dedicándome una sonrisa. Se ve tan sorprendido como yo por lo que acabo de hacer.
El policía me sigue mirando y yo asiento sonriendo lo mejor que puedo en estos momentos. Al fin echa a andar.
El muchacho se acerca a mí de nuevo. Su abrazo se vuelve más relajado y su respiración es más normal ahora que ya no hay peligro. Al contrario que la mía, que
está agitada todavía por la situación que acabamos de vivir. Aunque tenerlo otra vez tan cerca también tiene algo que ver. Finge estar besándome hasta que el policía gira
por la primera esquina.
Aleja la cabeza de mi cabello, pero no se separa demasiado. Su mirada es penetrante, parece querer conocer lo que hay dentro de mí.
—Gracias —murmura antes de volver a depositar un beso rápido en mi mejilla.
¿Pero qué acaba de pasar?
Vuelvo a mirar por si el policía está cerca otra vez. Pero solo consigo ver al chico andando deprisa calle abajo.
Traspaso el umbral de la puerta de casa y todo está como si no me hubiera marchado hace un par de horas. Zoe sigue ladrando, esta vez porque está reclamando su
cena y no le hacen caso. David ya no está dormido, pero tiene la misma cara de cansancio que antes de irme. Y mi tía sigue gritando.
—¡Mierda! —oigo que se queja.
—¡Tranquila! Todo estará listo para el gran día. —Es algo que David parece haber repetido una y otra vez.
Anne entra corriendo en el salón y empieza a zarandearme.
—Por favor, déjame tu móvil. El mío acaba de morir y necesito hablar ahora mismo con un restaurante para ver si está disponible para el fin de semana que viene.
Por favor… —me suplica mi tía con los ojos rojos.
Yo solo quería llegar a casa, cenar y tumbarme a leer.
Suspiro y saco con dificultad el teléfono móvil del bolsillo. Pero al hacerlo, una cosa sale con él. Una bolsa pequeña con algo verde dentro cae al suelo.
Al principio no tengo ni idea de qué se trata, hasta que Anne se agacha y la sostiene delante de mis narices. A través de la transparencia de la bolsa veo los ojos de
mi tía echando humo, y hasta fuego.
—¿Qué significa esto, Emma? ¿¡Eh!? —me grita.
Contengo la respiración. Lo primero que me viene a la mente es la pícara sonrisa del dueño de esa dichosa bolsita. ¡Lo mataré!
PASEANDO ENTRE LIBROS
Noto algo húmedo en mi cara.
Entreabro un ojo y veo un hocico negro con bigotes blancos alrededor, y una lengua sonrosada.
Miro el reloj, que marca las 08:09 de una maravillosa mañana de sábado.
—Zoe, te odio. ¡Perra mala! —le digo con voz ronca.
Me gruñe y vuelve a lamerme la cara. No me queda otro remedio que levantarme.
Zoe me sigue hasta el baño, que está justo al lado de mi cuarto, donde me lavo la cara torpemente. Bajo las escaleras hasta la cocina con una bola de pelo blanca
persiguiéndome, que no para de protestar.
Zoe es un miembro de la familia más que yo misma elegí en un albergue para perros. Hemos vivido juntas durante once años y no puedo concebir mi vida sin ella.
Es obediente —menos cuando ve a otro de su especie o a sus mayores enemigos, los gatos—, cariñosa, y se pasa los días durmiendo al lado de su propia mascota, un
gato de peluche. La pobre no se ha dado cuenta todavía de que su inseparable juguete tiene la forma de su peor pesadilla.
En seguida comprendo qué quiere Zoe.
Mi tía Anne ha dejado encima de la mesa de la cocina la bolsa de pienso de Zoe para que le dé su desayuno. Pero ¿y el mío? Siempre me deja algo medio preparado.
Escribo por el grupo de WhatsApp que tenemos Sandra, Esther y yo.
Nada más discutir con mi tía anoche, me encerré en mi habitación y le conté a ellas todo lo que había pasado.
¡No hay quien entienda a Esther! Parece que siempre se pelea con la pantalla de su móvil.
Añado siguiéndoles el juego.
Las chicas siempre saben sacarme una sonrisa. La situación me parece graciosa, pero hasta cierto punto. Todavía no me puedo creer que de verdad me metiera
hierba en el bolsillo.
Lo que más miedo me da es defraudar a mi tía Anne. No quiero que piense que consumo drogas.
Escucho el timbre sonar hasta seis veces seguidas. Sé de sobra quién está llamando a la puerta.
Mi hermana Lys llega como un terremoto. Siempre está nerviosa y arrolla con todo lo que tiene por delante. Me da un abrazo que me aplasta, entre otras cosas, las
costillas. Después saluda a Zoe con una especie de chillido cuando se acerca a olerla.
—¿Cómo estás, hermanita? —me pregunta cuando por fin me suelta.
—Bien. ¿Y tú? ¿Has adelgazado? —le pregunto apoyándome en el marco de la puerta de la cocina.
Lys resopla algo molesta. Deja caer su bolso rosa al suelo antes de cruzarse de brazos y descargar sobre mí una de sus miradas de odio.
—Estoy harta de que siempre me preguntes lo mismo. Ya podrías preguntarme por Javi, para variar. ¿Y tú, qué? ¿Algún noviete? —me pregunta ella cambiando de
tema.
—Tranqui… Y no, nada de novios —contesto yo.
—¡Cariño! ¿Cómo estás? —Mi tía entra de pronto cargada con una de esas cajas donde suele llevar tartas altísimas.
Me acerco para ayudarla y ella se hace a un lado fulminándome con la mirada.
Lys nos observa extrañada.
—¡Muy bien! He tenido mucho lío en el trabajo y estoy estresada, pero muy contenta de poder pasar con vosotros un rato —le contesta Lys con una sonrisa que
le marca los huesos que perfilan su rostro.
Una secuela más del maldito accidente. Se vio tan afectada que sufrió una depresión y empezó a perder peso a pasos agigantados. Pronto le fue diagnosticada una
anorexia de segundo grado, que meses después pasó a ser de tercero. Llegó a estar hospitalizada durante tres meses con una sonda que la alimentaba. Esos días fueron
unos de los más duros de mi vida.
Por entonces yo ya tenía nueve años y era bastante consciente de lo que ocurría a mi alrededor: escuchaba a mi tía llorar por las noches en el salón, sabía que mi
madre había fallecido y la echaba muchísimo de menos, veía a mi padre discapacitado y convertido en una persona totalmente diferente, y visitaba a mi hermana en el
hospital, a la que le faltaban fuerzas para salir adelante.
—¡No me digas! ¿Te han hecho fija ya? —sigue hablando Anne mientras le pasa las manos por el pelo.
—¡Qué va! Bastante suerte tengo con que me hayan prorrogado el contrato de prácticas en el periódico siendo recién graduada. Pero vamos, que si tenemos que
tirar con el sueldo de mierda que tiene Javi en el taller, estamos apañados.
—Bueno, cariño, sin agobios. Ya sabes que el psicólogo te dijo que te tomaras todos estos cambios con calma —le dice Anne dulcemente.
Lys no dejó de ir al psicólogo a pesar de superar la anorexia. Logro que, por cierto, según ella, fue gracias a mí.
Un día que fui a verla al hospital cuando estaba interna, rompí a llorar y le pedí que volviera a casa. Le dije que no podía seguir adelante sin ella y nuestros padres.
Lys volvió a casa a los pocos meses y se fue recuperando. Aunque las cicatrices la siguen marcando.
—No empieces tú también, que ya tengo bastante con las películas que se monta Em —suelta Lys mordaz.
Mi tía me lanza una mirada fría que me hiela hasta los huesos. Anne siempre es afable, pero cuando se pone de mal humor puede dar mucho miedo.
—No me tires de la lengua, Lys —añade mi tía.
—Vale, chicas, ¿qué pasa aquí? —dice Lys colocando los brazos en jarra.
—¿No te ha contado tu hermana que ahora fuma hierba? —contesta Anne mirándome.
—¿¡Que fumas qué!? —me grita Lys medio riéndose.
—No tiene gracia. Ya sabía yo que pasar tantas horas delante del ordenador nos iba a traer problemas.
—En serio, Em, necesitas una vida —añade mi hermana mirándome preocupada.
—¡Yo no fumo nada! ¡Ya te lo dije, tía! Y tengo una vida, aunque vosotras no la entendáis —les contesto frustrada y dolida.
—¿Qué os pasa? —pregunta David entrando.
Además del maletín de trabajo con el logo de su empresa de seguros, lleva una bolsa de la librería a la que suelo ir.
—He traído una cosita para Emma —añade sonriendo y tendiéndome la bolsa.
—¡Ay, muchísimas gracias, David! Ya sabes que no tienes por qué regalarme libros así… —miento emocionada.
David no está nada mal como tío. Cuando me nota decaída, va a la librería y me regala un libro. Aunque confieso que no tengo la conciencia muy tranquila, pues en
un par de ocasiones lo he hecho a propósito porque no tenía nada que leer.
Saco el libro de la bolsa y le quito rápidamente el papel de regalo que lo envuelve.
—¿Las drogas y los adolescentes? ¡Tienes que estar de broma! —grito indignada tendiéndole el libro de vuelta—. Ya os dije que la bolsa es de un chico que conocí
ayer y…
—Cariño, lo hablaremos. No te preocupes, a tu edad todos hicimos locuras y quisimos experimentar… —argumenta mi tía devolviéndome el libro.
Ahora mismo le metería el libro al chico de ayer por donde le cupiese.
—Igual hasta te gusta. No hay unicornios, pero sí viajes místicos —rompe el hielo mi hermana después del silencio que se ha instalado entre los cuatro.
Meto el libro en mi bolso y salgo de casa a paso rápido seguida por Lys. Nos montamos en su coche para dirigirnos a la residencia de papá.
—¿Qué? ¿Ahora te va ver dragones fumada en vez de en tus libros?
—Es de un capullo al que conocí en la biblioteca leyendo poesía. Me lo metió en el bolsillo para librarse de la policía.
—Emma con novio y encima lo llama capullo. Quiero palomitas… —se ríe.
Me está dando el viaje.
—No es mi novio.
—Espera, su perfil no encaja en la biblioteca. ¿Qué hacía allí? ¿Liarse los porros con las hojas de los libros?
—¿Cómo está Javi? —le pregunto para cambiar de tema.
—¿Ahora te interesa Javi? —Arquea una ceja.
—¿Qué pasa, Lys? ¿Problemas en el paraíso?
Lys ha estado con muchos chicos. Es poco romántica y dice que no cree en el amor, pero yo sé que lo que siente por Javi es exactamente eso, lo acepte o no.
Llevan juntos muchísimos años y desde que lo conoció no ha vuelto a fijarse en nadie más.
Lys aparca el coche delante de la puerta principal. Hay muchas personas entrando y saliendo de la residencia, se nota que es fin de semana y algunos pacientes
vuelven a sus casas.
Es un edificio de ladrillo rojo con una apariencia muy agradable, rodeado de un enorme jardín para que los pacientes puedan pasear y les dé un poco el aire y el sol.
Y, sin embargo, siempre que vengo aquí, no puedo evitar sentirme contagiada por una energía negativa. Veo familias destrozadas como la mía, veo residentes muy
enfermos, veo personas tristes… Me siento mal porque sé lo duro que es vivir sabiendo que alguien a quien quieres no está bien, y que tú no puedes hacer nada para
ayudarle.
Mi hermana y yo recorremos los pasillos interminables en busca de papá. Hay muchísimas habitaciones y salas de ocio para que los residentes se sientan lo más
cómodos posible.
Pronto veo a mi padre. Está en el mismo sillón de siempre, en la misma sala de siempre. De hecho, tiene el mismo libro en las manos que siempre.
Ahora está calmado. Su pelo está salpicado de canas, y sus ojos marrones están inmersos en el libro que intenta leer. Sé que no puede leer, sé que ha perdido esa
facultad entre muchas otras, pero nunca desiste. Solo mira las páginas y las letras como si recordara que esa acción la hacía sin parar cuando todo estaba bien.
—Sebastián, su familia ha venido —le comunica el enfermero que está a su lado.
Solo que no es un enfermero y que reconozco su voz a la perfección.
—¿¡Tú!? —grito pasmada desde donde estoy junto a mi hermana.
Lys me observa patidifusa, por no hablar del chico de ayer, que se ha girado hacia mí y está tan sorprendido de verme aquí como yo de verle a él.
—¿Qué se supone que haces tú aquí? —le pregunto cuando me acerco a mi padre.
—No, ¿qué haces tú aquí? —me contesta él extrañado.
—Vengo a ver a mi padre.
—Ah…
—¡Ay, madre! ¡Que es el poeta! Emma, no me has dicho que era tan guapo —me dice dándome un codazo.
Yo me río al ver la naturalidad con la que Lys lo deja atontado.
—Soy Eric. Encantado. Tú tampoco estás nada mal. ¿Eres su amiga? —le sigue él el juego.
Me parto de risa en mi interior al ver a Eric intentando ligar con mi hermana. Ya quisiera él.
—Mira qué mono. No, cariño, soy su hermana mayor. Y podría ser también la tuya. —Lys lo deja planchado y después se ríe—. Emma, voy a por las medicinas
de papá. Espérame aquí, vuelvo en un minuto.
Maldigo a mi hermana por dejarme sola con él.
—¡Hola, papá! —lo saludo para dar la espalda a Eric.
Me agacho a su lado y le doy un beso en la mejilla. Él me mira y mueve sus manos emocionado.
—Sí, en nada nos vamos a casa —añado antes de volver a incorporarme—. Conque te llamas Eric, ¿no?
—Sí —contesta él simplemente.
—¿Trabajas aquí? Te he visto hablarle a mi padre como si fuera tu paciente.
—¡Estás loca! —contesta él de nuevo con rapidez.
—Y la hierba, ¿qué? ¿Para fines terapéuticos? —añado irónica.
—Quizás. ¿Me la devuelves? —me dice Eric extendiendo su mano.
—Quizás. ¿Tanto la necesitas?
—¿Y a ti qué te importa? —contesta él fríamente.
Abro mi bolso y saco el libro que me ha dado David.
—Toma, a ti te hace más falta que a mí.
—¡Oh! ¿Hace solo un día que nos conocemos y ya te preocupas por mí? Qué mona… —dice Eric cuando lee el título del libro y después me lo devuelve.
Eric se marcha por la misma puerta por la que aparece Lys unos segundos después, acompañada de una enfermera para que nos ayude a llevarnos a papá.
—¿Conoce a un familiar de algún paciente que se llame Eric? —le pregunto a la enfermera.
—No, yo no trato con todos los familiares. Lo siento —me responde ella.
Mi hermana y yo nos acercamos para ayudarla a colocar a papá en su silla de ruedas. Entre las tres lo cogemos, lo levantamos del sillón y lo sentamos. En seguida
empieza a gritar.
—Papá, no pasa nada —le digo con una sonrisa.
Pero él sigue gritando.
Lys se acerca y le da un abrazo. Mi padre empieza a emitir sonidos y a mover sus manos de un lado para otro. Es lo que hace siempre, los médicos dicen que no
sabe controlar muy bien sus extremidades superiores.
Lys y yo lo subimos al coche juntas. Primero abrimos la puerta y colocamos su silla muy cerca de esta. Después pongo las manos debajo de sus axilas y Lys lo
sujeta por las piernas. Juntas lo sentamos en el asiento de atrás y le ponemos el cinturón. Metemos la silla en el maletero y me siento al lado de papá cogiéndole de la
mano.—
Volvemos a casa, papá —le digo con dulzura.
Gracias al encuentro con Eric de esta mañana, que Lys no ha tardado en contarle a mi tía sin olvidar incluir lo guapo que es el chico, a Anne ya se le ha pasado el
cabreo y hasta parece que se ha olvidado del tema.
Antes de arreglarme para salir a pasear he bañado a mi padre con ayuda de mi hermana. Es difícil y nunca podría hacerlo sola, normalmente me ayuda mi tía Anne o
David. Pero esta vez que Lys ha venido, hemos aprovechado y lo hemos hecho juntas para que ambos pudieran continuar trabajando.
Mi padre pesa bastante, pero a veces es más difícil darle de comer que bañarlo. A él parece que le gusta y que está deseando que llegue la hora del baño.
Yo siempre pienso que él me ayudó a bañarme desde que tengo memoria hasta que pasó lo que pasó, así que le devuelvo el gesto con mucho gusto.
Después de bañarlo, vestirlo y sentarlo en su silla, lo peinamos un poco.
—Vamos a salir, papá —le digo con una sonrisa.
Él me responde moviendo la cabeza. Seguro que entiende algo de lo que le digo. O eso quiero creer.
Mi hermana empuja la silla de papá mientras salimos de casa en dirección al centro. El sol, por suerte, ya está descendiendo y no hace tanto calor. Recorremos a
pie la urbanización donde vivimos Anne y yo. A ambos lados de la carretera hay casas unifamiliares con un aspecto muy similar, y un pequeño jardín en la entrada.
Atravesamos las pocas calles que alejan mi casa del casco antiguo. Lo tengo todo prácticamente a un paso: la biblioteca, el parque, las librerías, el instituto…
Siempre he pensado que vivo en la mejor zona del pueblo.
Al llegar al parque vemos el pequeño lago con patos y algún que otro cisne. Justo enfrente de la entrada está la librería más grande del pueblo. La más grande y una
de las pocas que hay aquí. Diviso ya las luces del escaparate.
—Papá, ¿quieres entrar en la librería? —pregunto agachándome a su lado para limpiarle la comisura de los labios con un pañuelo.
—Venga, vamos —contesta mi hermana.
Abro la puerta y la sujeto para que mi hermana entre con mi padre.
En seguida todo el mundo se gira para mirarnos. Odio cuando ocurre esto y, desgraciadamente, es demasiado a menudo. Todos quieren ver al hombre que tuvo el
accidente en el que murió su esposa y en el que se quedó paralítico. Nos miran solo por el morbo y no lo puedo soportar.
Me gustaría que la gente tratara a mi padre como a una persona normal, porque es lo que es. Está discapacitado, pero es una persona como cualquier otra.
A diferencia de en la biblioteca, aquí huele a libro nuevo, no a papel antiguo. Es el mismo olor que tienen las páginas de mis libros. Porque sí, yo huelo los libros
que me acabo de comprar en cuanto llego a casa. Es una de mis muchas manías lectoras.
Me acerco a la primera estantería y le hablo a mi padre sin parar.
—Mira, ¡qué bonita es esta edición! Ah, este otro ya lo he leído y no es para tanto como dicen. Quiero comprarlos todos, ¡son tan bonitos!
Mientras, mi hermana y mi padre me siguen. Este último parece muy atento a todo lo que le digo y enseño.
—Oh, ¿y este? No me lo esperaba. Es de Simone Elkeles, Paradise. Es una novela increíble y me identifico muchísimo con la protagonista. —Se lo muestro a mi
padre mientras le doy vueltas, observando cada una de sus particularidades con detenimiento.
—Vas a marear al libro y a papá, Em —comenta mi hermana riéndose.
—Me encanta olerlos, manosearlos y ver la edición con todo lujo de detalles. Déjalo, tú nunca lo comprenderás —le digo con un gesto de indignación bromeando.
—Vámonos, anda.
Salimos de la librería y nos dirigimos al parque. Sabemos que a papá le encantaban los animales antes del accidente, así que seguro que disfruta del paseo viendo
patos, cisnes, pájaros, perros y gatos.
Una hora más tarde, llegamos a casa y mi padre parece realmente feliz.
El fin de semana transcurre sin nada nuevo. Mi hermana y yo decidimos llevar a mi padre de vuelta a la residencia porque ya se ha hecho bastante tarde. Es
domingo y mañana tenemos que madrugar.
—Yo os acompaño. ¿Quieres quedarte en casa, Em? Pareces agotada —dice David mientras nos montamos en el coche.
Después del fin de semana, solo tengo fuerzas para negar con la cabeza y ponerme el cinturón de seguridad.
Para cuando llegamos, ya es de noche y casi todas las luces están apagadas. Es solo la hora de cenar, pero los residentes suelen acostarse temprano.
—Emma, yo llevo a tu padre con Lys. Quédate aquí si quieres —me propone David cuando terminamos de bajar a papá del coche.
Yo cedo con una sonrisa y, antes de que se vayan, me despido de mi padre dándole un abrazo.
Mi hermana y David desaparecen por la puerta y yo me quedo apoyada en el coche mirando la entrada de la residencia.
¿Es ese Eric?
Sin duda. Su silueta y sus movimientos con las manos al hablar son inconfundibles. Está hablando con una enfermera y segundos después desaparece rápidamente
por el camino que han tomado Lys y David.
Ando hacia la residencia y subo las escaleras. Tras cruzar la puerta de entrada, llamo a la enfermera con urgencia.
—¿Eric es el nuevo enfermero que cuida a mi padre?
Me lo imagino ya con su bata blanca haciéndole pruebas.
—¿Eric? ¡Qué va! Realiza servicios en beneficio de la comunidad.
DESCONCIERTO
Debería estar prohibido por ley madrugar después de haber dormido tan pocas horas. Creo que es peligroso, pues mis ojos tienden a cerrarse cada poco tiempo. Puedo
ocasionar un accidente si cruzo por un paso de peatones con el semáforo en rojo, o si me caigo de repente al suelo en medio de la calle al quedarme dormida.
Es demasiado temprano para quejarme porque no quiero empezar el instituto de nuevo, encima un viernes.
Guardo el móvil cuando faltan pocos metros para llegar al instituto. Es un edificio no muy grande, pero que tiene un toque vintage con su fachada grisácea y sus
ventanas de madera oscura. Me anima pensar que este es el último año que piso ese suelo, que recorro esos pasillos, y que mi tortura estudiando asignaturas que no me
interesan lo más mínimo se acabará dentro de no mucho.
Vaya, la primera persona con la que me encuentro el día que comienzan las clases tiene que ser Ingrid. Como es habitual en ella, casualmente no repara en mi
presencia y ni me mira. Mejor para mí.
Continúo por el camino que lleva al edificio principal del instituto. Voy mirando al suelo, por lo que no veo al grupo de chicos que me bloquean el paso hasta que
casi tropiezo con ellos.
Genial comienzo de curso.
—¿Me dejáis pasar? —les pido amablemente.
—Ey, qué camiseta tan bonita —me dice uno de ellos de forma sarcástica.
Pues sí, tiene razón, es preciosa. Lo que dice es muy cierto: Books are man’s best friends.
—Gracias —le digo yo también ironizando.
Él y sus compañeros, todos unos diez centímetros más altos que yo, empiezan a reírse. Parece mentira que hasta en el último año de instituto sigan metiéndose con
mis atuendos frikis, con los libros que leo y, lo peor, con lo que escribo en mi blog.
El grupo se hace a un lado para dejar pasar a una profesora y yo aprovecho para colarme por el hueco, no sin antes murmurar:
—A ver si maduráis de una vez.
Aliviada, a lo lejos veo a Clara, que me está esperando sentada en un banco a la sombra de los árboles que rodean el instituto.
—¡Hola! —la saludo contenta.
—¡Ey, hola! ¿Qué tal el verano? —me pregunta.
Clara es la compañera de clase con la que siempre me he llevado mejor. Compartimos pupitre desde hace cuatro años y es una chica estupenda. No tenemos
muchas cosas en común y nunca quedamos fuera del instituto, pero la considero una amiga.
Aunque en realidad mis mejores amigas son Sandra y Esther. Ambas viven en un pueblo cercano. Entre semana solo podemos hablar por Skype o WhatsApp, pero
muchos fines de semana quedamos en mi pueblo para salir por ahí un rato o simplemente para hablar y dormir juntas en mi casa.
Estoy a punto de contestar a Clara cuando veo a Eric hablando con alguien unos metros más allá. No puede ser. Aquí también, no. Claro, tendría que haberlo
pensado antes, pues en el pueblo solo hay un centro de secundaria. Pero creía que él era mayor que yo y que ya habría terminado el instituto.
Clara se da cuenta de que estoy mirando a Eric y me dice dándome un codazo suave en las costillas:
—¿A que es muy mono?
—Sí, la verdad es que parece haber salido de un circo —le respondo aburrida.
—¿Es que lo conoces? —me pregunta con sorpresa.
—Por desgracia, sí. Ya te advierto que anda en cosas ilegales, ya sabes… —A continuación hago como si estuviera fumando.
—¿En serio? Ahora todo encaja. He oído que lo expulsaron de su antiguo instituto en Madrid y que su reputación no es muy buena. Se ha mudado aquí hace poco
—me explica Clara.
No me extraña que sepa tanto de él, siempre se entera la primera de todos los cotilleos.
—A pesar de todo, está como un tren. Tienes que admitirlo, Em —me dice Clara cruzándose de brazos y dirigiéndome una mirada inquisitiva.
No pienso admitir algo así, aunque solo me estoy engañando a mí misma.
—No me he fijado —le contesto de manera poco convincente.
Clara me mira con ojos llenos de incredulidad. Ella sí que es guapa. Hace poco se tiñó su pelo rizado natural de un tono rojizo que le queda estupendo. Es alta y
esbelta, y siempre viste a la última. Le encanta el mundo de la moda y es algo que se nota.
—Oye, ¿vendrás a la fiesta? —me pregunta Clara.
—Claro, he invitado a mis amigas Esther y Sandra. Espero que no les importe a los organizadores por no ser de este instituto…
—Qué va, si solo es una excusa para hacer una fiesta. Puede asistir quien quiera —me explica.
Vuelvo la vista al frente y contemplo a lo lejos el cielo azul de septiembre. Las hojas de los árboles se mueven por la suave brisa, al igual que el césped que aplastan
mis zapatillas. Todo es demasiado bonito… hasta que lo veo delante de mí a escasos centímetros.
Lleva gafas de sol negras y, para completar su atuendo, una media sonrisa pícara.
—Hola, soy Eric —se presenta a Clara.
Yo sigo sentada mientras Clara se levanta del banco y se acerca a él para darle dos besos.
—Hola, Emma. Parece que me sigues a todas partes —dice Eric mientras me planta otros dos besos a mí.
—¿Irás a la fiesta de esta noche? —le pregunta Clara a Eric mientras se enrolla coqueta un mechón de su pelo rojo en los dedos.
—Por supuesto, soy el alma de las fiestas. Además, estoy deseando conoceros a todos, y si hay chicas tan guapas como tú, todavía mejor —le responde Eric.
Las paredes siguen estando igual de deslucidas y las taquillas igual de pintarrajeadas. Huele a desinfectante, como todas las mañanas.
Irónicamente, mi primera clase del año es Literatura Universal. Cualquiera que me conozca creerá que me encanta esta clase. Pues sí, me encanta. Lo que no me
gusta nada es la profesora que impartía la clase el año pasado, y, por desgracia, también lo hace este curso.
Mientras Clara está medio durmiéndose encima del pupitre, yo estoy más despierta y atenta que en ninguna otra asignatura. Y no tanto porque el tema que
estamos dando en clase sea muy interesante, sino porque mis nervios se están crispando por momentos conforme la profesora Elisa sigue hablando.
—… esto sí que es una novela de verdad y lo que los jóvenes deberían leer. No como los libros juveniles que ahora mismo están poblando las librerías, llenos de
historias sin sentido, hechos solo para entretener y sin ningún tipo de valores. Es simple basura…
Clara pone una mano encima de mi brazo y vuelvo la cabeza para mirarla.
—Tía, tranquilízate un poco o vas a empezar a echar humo por las orejas.
—No puedo —es lo único que puedo contestarle si no quiero empezar a gritar.
—… así que os recomiendo que os alejéis de esa clase de libros y empecéis a leer buenos clásicos como…
No puedo aguantar más y levanto la mano.
—¿Sí, Emma? —me dice la profesora entre molesta por la interrupción y complacida al saber que alguien de la clase le ha estado prestando atención.
Intento relajarme antes de hablar o no podré poner un filtro a mis palabras para que no me expulsen de clase.
—Siento discrepar de lo que está diciendo. La literatura juvenil está infravalorada y lo veo injusto, pues es tan rica y valiosa como cualquier otra.
—Yo he leído tanto libros clásicos como juveniles, y le aseguro que me duermo con ambos —suelta uno de los chicos que he visto antes con Eric.
La clase entera parece despertarse de golpe de su duermevela y comienza a troncharse de risa.
—Hay muchos escritores de literatura juvenil que son fantásticos —dice Eric sorprendiéndome.
Los amigos de Eric empiezan a reírse. Veo que Clara está inclinada hacia abajo como si estuviera avergonzada de su compañera de pupitre. Entre su cabeza y la de
otra chica veo a Eric, sentado como si estuviera en la barra de un bar en vez de en clase. Me sorprende que haya dicho eso, pero no sé si habla en serio. Tiene la mirada
divertida y me la sostiene como incitándome a que continúe hablando.
—Exacto, y sus obras tienen un gran contenido literario —continúo yo pasándole la pelota todavía sin quitarle ojo.
Él me sonríe y dice:
—Claro, pero también hay libros juveniles que no valen la pena… —Levanta una ceja invitándome a contratacar.
Sus amigos vuelven a reírle la gracia. ¿Se está burlando de mí?
—¡Pero eso no quiere decir que la literatura juvenil sea basura! Sucede lo mismo con todos los géneros y no se puede generalizar —le contesto indignada.
Cuando termino de hablar, miro a mi alrededor y veo cómo varios compañeros están cuchicheando entre sí mirando en mi dirección. Les sorprende tanto como a mí
que le haya llevado la contraria a la profesora, aunque al final esto parece un debate personal con Eric.
Decido continuar con mi discurso.
—Yo leo libros clásicos y me encantan. Algunos son un peñazo, hay que admitirlo, pero eso no significa que sean malos, al igual que algunos libros juveniles.
Aunque no por eso desprecio a todo un género. —Cojo aire y continúo soltando todo lo que se me pasa por la cabeza—. Son libros que se han escrito hace muchos
años y que tienen una gran influencia hoy, y la han tenido a lo largo de la historia de la literatura, pero un libro no vale más que otro, además de que cada uno tiene su
opinión y sus gustos. Nadie tiene derecho a juzgarte por lo que lees.
—Emma, no digas bobadas —me contesta al fin Elisa—. La literatura juvenil es para niños. Creo que ya tienes una edad para dejar de leer esas tonterías y centrarte
en libros de verdad.
Oigo varias risitas detrás de mí. Cierro los puños por debajo de la mesa y me muerdo la lengua para no soltarle yo un par de verdades.
Cuando voy a empezar a hablar, suena el timbre que indica el final de la clase.
Salvada por la campana.
Recojo mis cosas rápidamente y, sin mirar a nadie, salgo por la puerta del aula muy cabreada. Alguien me agarra del hombro y al darme la vuelta veo cómo Eric se
dirige a mi oído y me susurra:
—Esa profesora no sabe de lo que habla.
Abro la puerta de casa y en el umbral encuentro a Sandra y Esther, que han venido en el último autobús desde su pueblo.
—¡Hola! —me saluda con un efusivo abrazo Esther.
Ella es así de cariñosa, impulsiva y transparente con sus sentimientos. También es algo nerviosa e hiperactiva. Esther es bajita y tiene el pelo castaño y corto. Sus
ojos pardos me sonríen con alegría, tanta como la que siento yo al volver a verlas.
—Hola, chicas. ¡Qué bien que estéis aquí! —las saludo realmente contenta.
—Hola, guapa. Este verano casi no nos hemos podido ver en persona, te he echado de menos —dice Sandra triste mientras me abraza.
Pocas veces he visto esa expresión en su cara, pues es una chica muy risueña. Sandra es la más alta de las tres, tiene el pelo rubio y un mechón azul.
Subimos a mi habitación para terminar de arreglarnos y dejar los macutos de las chicas.
Mi cuarto es mi escondite preferido. Me costó acostumbrarme cuando me mudé de casa de mis padres a la de mi tía, pero ahora no cambiaría nada de él. La pared
de la izquierda está prácticamente forrada de pósteres de películas que están basadas en libros y debajo está mi cama. Justo enfrente de la puerta hay un gran ventanal
con vistas al cerezo que hay en el jardín de la entrada, y por él se vislumbran unas cuantas casas de la acera de enfrente. Debajo de la ventana está mi escritorio, repleto
de libros, al igual que las estanterías que están colocadas en la pared derecha. Tengo muchos, pero nunca serán suficientes.
Las tres nos damos unos cuantos retoques finales frente al espejo y nos dirigimos hacia la fiesta, que será en el propio instituto, en el gimnasio.
Esther lleva un sencillo vestido negro que resalta mucho su figura. Sandra, en cambio, lleva un pantalón granate y una camisa blanca. Yo he optado por una falda
gris por encima de las rodillas y una camiseta negra con adornos plateados.
Caminamos por las calles de mi pueblo, que apenas están iluminadas por las farolas que emiten haces de luz amarillenta. Es septiembre, pero todavía permanece el
calor del día a esta hora de la noche.
—Emma, tengo que contarte una cosa antes de que lleguemos a la fiesta —dice de repente Sandra.
—Es verdad, díselo ya —la anima Esther.
Las tres nos paramos en medio de la acera.
No me preocupo demasiado por lo que tengan que decirme, pues las dos están sonrientes.
—¿Qué pasa? ¿Qué te tengo dicho de que nos cuentes las cosas a la vez y no siempre a Esther primero? —le digo a Sandra cruzándome de brazos y echando a
andar rápido como si estuviera enfadada de verdad.
—Os lo iba a contar hoy a las dos, pero Esther lo descubrió sin querer —me explica Sandra.
—Claro, qué casualidad… —Me detengo y me doy la vuelta para mirarlas con la mejor cara de cabreada que me sale, sin estarlo realmente.
—Sandra tiene novia —suelta de repente Esther.
—¡Estheeeer! —Sandra se vuelve hacia ella riñéndola por habérsele adelantado.
Ya había notado que a Sandra siempre le atraían más las protagonistas femeninas que los masculinos. Pero desde que la conozco, nunca ha tenido pareja.
—¡Qué buena noticia!
—No te parece… ¿raro?
Sé perfectamente a lo que se refiere Sandra con esa pregunta, pero conmigo es algo que sobra preguntar.
—Pues sí, la verdad es que me parecía raro que una chica como tú no tuviera pareja todavía —le digo.
De repente me agarra con un brazo y con el otro atrae a Esther.
—Sois las mejores, chicas —nos dice Sandra mientras nos abraza muy fuerte.
Continuamos nuestro camino ansiosas por llegar. Ya se ve el instituto iluminado por las luces del aparcamiento, que está bastante concurrido. La música se escucha
desde nuestra posición.
—Tienes que presentarnos a tu novia pronto —le comento a Sandra.
Las dos se quedan calladas.
—Mmm…, yo ya la conozco —me dice con miedo Esther.
—¡Pero no te enfades! —me advierte rápidamente Sandra.
—Así es cómo te enteraste, ¿verdad? —me dirijo a Esther—. Te las encontraste por la calle.
—Sí, así es. ¿Cómo lo has sabido? —me pregunta Sandra.
—Es lo que tiene leer novelas de Agatha Christie y las aventuras de Sherlock Holmes —les digo.
Las tres nos echamos a reír y por fin llegamos a la fiesta.
Sandra, Esther y yo llevamos poco más de una hora saludando a gente, bebiendo cerveza y riéndonos sin parar. La estancia está caldeada de más por todas las
personas que hay aquí dentro. Han colocado mesas en las que hay aperitivos y refrescos. Como todos los años, nos las apañamos para amañar las bebidas y beber
alcohol a escondidas —aunque algunos ya son mayores de edad.
Veo a Clara bebiendo con algunas chicas de nuestra clase y me acerco a saludarlas. Dejo a Sandra y a Esther que están bailando exageradamente una canción que
tiene ya algunos años.
—Ey, ¡por fin te encuentro! —me dice Clara cuando me ve.
Clara está guapísima y atrae la mirada de todos los chicos.
—Hola, ¿qué tal vais? —le pregunto al grupo en general.
—Bueno, ya se me ha subido un poco la cerveza a la cabeza, pero bien. —Las chicas y yo nos reímos.
—Entonces parece que estamos igual —le digo a Clara guiñándole un ojo.
Lo cierto es que hacía tiempo que no salía de fiesta y eso me ha pasado factura.
De repente vienen corriendo Sandra y Esther. Esta última me abraza y me grita:
—Por favor, tenemos que pedir que pongan I gotta feeling, de The Black Eyed Peas.
Es una canción muy importante para nosotras, la pusieron una noche que lo pasamos genial.
Sandra y Esther se dan cuenta de que no estamos solas y saludan a Clara, a la que ya conocen de unas cuantas veces.
—Pues id a pedirle la canción al DJ —nos anima Clara, que me pone una sonrisa cómplice con

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 Besos entre líneas – May Ayamonte y Esmeralda Verdú

 

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