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Libro PDF Brenda Novak – Vuelve a casa conmigo

Brenda Novak - Vuelve a casa conmigo

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uno de los famosos Temidos Cinco); trabaja con
Dylan y sus hermanos en un taller de chapa y
pintura. Tuvo una relación sentimental con Presley
Christensen.
Cheyenne Christensen: ayuda a Eve Harmon a
dirigir el hostal Little Mary (anteriormente
llamado Gold Nugget). Está casada con Dylan
Amos, propietario de Amos Auto Body, un taller
de chapa y pintura.
Sophia DeBussi: dejó plantado a Ted Dixon
años atrás para casarse con Skip DeBussi, un gurú
de las inversiones que con el tiempo se reveló
como un fraude. Es la madre de Alexa. Recuperó
su relación con Ted y ahora está comprometida con
él.
Gail DeMarco: propietaria de una agencia de
relaciones públicas en Los Ángeles. Casada con la
estrella de cine Simon O’Neal.
Ted Dixon: escritor superventas de novelas de
suspense.
Eve Harmon: Dirige el hostal Little Mary’s,
que es propiedad de su familia.
Kyle Houseman: propietario de un negocio de
paneles solares. Estuvo casado con Noelle Arnold.
Baxter North: agente de bolsa en San
Francisco.
Presley Christensen: antigua «chica mala».
Dejó el pueblo dos años atrás y ahora ha
regresado. Madre de Wyatt.
Noah Rackham: ciclista profesional.
Propietario de la tienda de bicicletas It Up. Está
casado con Adelaide Davies, chef y directora del
restaurante Just Like Mom’s, propiedad de su
abuela.
Riley Stinson: contratista de obras.
Callie Canetta: fotógrafa. Casada con Levi
McCloud/-Pendleton, veterano de Afganistán.
Otros personajes habituales
Los hermanos Amos: Dylan, Aaron, Rodney,
Grady y Mack.
Olivia Arnold: es el verdadero amor de Kyle
Houseman, pero está casada con Brandon Lucero,
el hermanastro de Kyle.
Joe DeMarco: hermano mayor de Gail De
Marco. Propietario de la gasolinera de Whiskey
Creek Gas-n-Go.
Phoenix Fuller: encarcelada. Madre de Jacob
Stinson, que está siendo criado por Riley, su
padre.
Capítulo 1
Aaron Amos también estaba en la librería.
Presley lo supo por el cosquilleo que recorrió su
columna vertebral. A lo mejor había reconocido
inconscientemente su voz en medio de las
conversaciones de los otros, o quizá existiera de
verdad algo así como un sexto sentido, porque
cuando se volvió y miró a través de la abarrotada
librería, pudo confirmar lo que su cuerpo ya le
había dicho. Aaron estaba de pie en uno de los
laterales del establecimiento, ligeramente apartado
y mirándola directamente a ella.
Habían pasado dos años desde la última vez que
le había visto y prácticamente el mismo tiempo
desde la última vez que había compartido su cama.
Pero tenía la sensación de que había sido mucho
más. El embarazo y los dieciocho primeros meses
de vida de su hijo habían sido duros, más duros
que todo lo que había vivido hasta entonces, que
era mucho en el caso de una mujer que había
pasado la infancia viviendo en moteles y coches.
Aunque cuando había decidido regresar a
Whiskey Creek era consciente de que podría
encontrarse con Aaron y había intentado
prepararse para aquel momento, sus ojos se
volvieron hacia él como si Aaron poseyera un
potente imán y la atrajera en contra de su voluntad.
Después, tuvo que hacer un gran esfuerzo para no
caer de espaldas; la visión de Aaron la golpeó con
la fuerza de un puñetazo en el pecho.
¡Maldita fuera! Su reacción, la respiración
atragantada en la garganta, el nudo en el
estómago… ¡era ridícula! ¿Por qué no podía
superar su pasado con Aaron?
Apretó los dientes, apartó la mirada y se deslizó
tras la gente que hacía cola para conseguir que Ted
Dixon le firmara un libro. Ella era una gran
admiradora del trabajo de Ted. Cuando se había
mudado a Fresno para comenzar una nueva vida,
sus novelas de misterio, entre otras, la habían
ayudado a mantener la mente ocupada para no
recaer en su antigua vida. Y después, cuando había
encontrado un trabajo en la tienda de segunda
mano Helping Hands, el mejor trabajo al que
podía aspirar con su escasa formación, los libros,
mayoritariamente de segunda mano, le habían
proporcionado la única diversión que podía
permitirse. Y habían sido una auténtica bendición
tras el nacimiento de Wyatt, cuando, con mucha
frecuencia, pasaba la noche levantada, intentando
aliviar los cólicos del bebé.
Aun así, Ted vivía en el pueblo. Tendría más
oportunidades de verle. Le apetecía ir a aquel
acto, pero probablemente no habría acudido si no
hubiera sido por la presión de su hermana.
Cheyenne había insistido en quedarse con Wyatt
para que ella saliera un rato. Le había dicho que
era importante que se diera un descanso. Y Presley
se lo agradecía. Después del esfuerzo que había
hecho para limpiar la casa que había alquilado,
instalarse y encontrar un local comercial en
alquiler para montar un estudio de yoga, estaba
encantada de tener la oportunidad de sentirse como
algo más que una madre.
Pero ella creía, al igual que Cheyenne y Dylan,
el marido de su hermana, que Aaron estaba a
doscientos veinticinco kilómetros al noroeste.
Aaron quería montar su propia franquicia del taller
Amos Auto Body, el taller de chapa y pintura del
que Dylan y sus hermanos eran propietarios. Según
Cheyenne, Aaron había pasado mucho tiempo en
Reno, buscando un solar en el que pudiera instalar
el taller.
–Perdón –Presley se pegó contra la estantería
más cercana, intentando pasar por detrás de dos
hombres que estaban enfrascados en una
conversación.
–¡Presley!
Eran tantas las ganas que tenía de escapar, que
Presley ni siquiera había alzado la mirada, pero
aquella voz le llamó la atención. Los que estaban
allí de pie eran Kyle y Riley, dos de los mejores
amigos de su hermana. Ted Dixon, el autor,
formaba parte de aquella camarilla, de modo que
no era sorprendente verle allí. De hecho, si se
fijara un poco, probablemente encontraría a un
puñado de los que habían sido compañeros de Ted
desde el jardín de infancia.
–¡Hola! –consiguió sonreír, aunque el corazón le
palpitaba con fuerza.
¿Estaría Aaron en ese instante abriéndose paso
entre la gente que se interponía entre ellos?
No había ninguna razón por la que debiera
resultarle incómodo acercarse a ella. A lo mejor
no habían estado en contacto desde que ella se
había ido, pero no había expectativas en aquel
sentido por parte de ninguno de ellos. La relación
que habían mantenido no implicaba ni
compromisos ni obligaciones. Les gustaba salir de
fiesta y con Aaron, había disfrutado del sexo más
placentero que jamás había experimentado, pero,
por lo que a él concernía, todo era pura diversión.
Ni siquiera habían tenido una discusión cuando
Presley se había marchado. La muerte de su madre
y la noticia del embarazo la habían empujado a una
odisea de autodestrucción que había terminado en
una clínica abortiva de Arizona. Estaba
convencida de que, de haberlo sabido, Aaron
habría querido interrumpir el embarazo. Esa era la
razón por la que, cuando había decidido tener a su
hijo, Presley había sentido que no le debía nada, ni
siquiera el comunicarle que Wyatt era hijo suyo.
–Cheyenne me comentó que ibas a volver –dijo
Kyle–. ¿Cuánto tiempo llevas en el pueblo?
Presley miró tras ella, pero, como apenas medía
un metro sesenta, no podía ver por encima de la
gente que la rodeaba.
–Solo un par de semanas.
Se detuvo a hablar por educación, pero no
pensaba prolongar aquella conversación durante
más de unos segundos, sabiendo que Aaron estaba
a solo unos metros y, probablemente, acortando la
distancia que les separaba. Desgraciadamente, no
podía marcharse. Ted ya le había dedicado el libro
y había una cola larguísima hasta la caja
registradora.
Antes de que hubiera podido pronunciar la
despedida que tenía ya en la punta de la lengua,
intervino Riley.
–Me alegro de que hayas vuelto a casa. Por
cierto, estás increíble –silbó suavemente–. Debe
de ser cosa del yoga.
Presley estaba demasiado nerviosa como para
disfrutar del cumplido, o como para explicar que
el yoga había hecho por ella mucho más que
ayudarla a mantenerse en forma. Aquello
supondría alargar en exceso la conversación.
–¿Habéis recibido alguna vez una clase de
yoga? –preguntó en cambio.
Kyle y Riley intercambiaron una mirada.
–Pues no puedo decir que haya recibido ninguna
–Riley sonrió de una manera que indicaba que,
probablemente, tampoco iba a recibirla nunca.
–En cuanto abra el estudio, tenéis que ir a
probar.
–Si vas a estar tú allí, claro que iré –se ofreció
Kyle.
Presley no esperaba que ninguno de ellos
coqueteara con ella. Cuando vivía en Whiskey
Creek, siempre había tenido la sensación de que se
consideraban demasiado buenos para ella.
Siempre habían sido unos chicos populares y
emocionalmente equilibrados. Ella había sido una
joven perdida y marginal que había tomado
muchas decisiones equivocadas. Podría haberse
sentido halagada por aquel cambio de percepción,
pero estaba demasiado preocupada por la
posibilidad de tener que enfrentarse a Aaron. No
quería hablar con él. Por muchas veces que se
dijera que no era el hombre indicado para ella y
que su relación había sido enfermiza y
descompensada, no le servía de nada. No podía
dejar de añorar su sonrisa, su risa, sus caricias.
No podía decir que el hecho de que le estuviera
costando tanto superar aquel enamoramiento fuera
una sorpresa. Toda su vida había sido una lucha
constante.
–Genial. Me gustaría poder abrir el negocio la
semana que viene –tenía que abrirlo
necesariamente. No podía seguir durante más
tiempo sin recibir ingresos–. Allí os veré.
Podía sentir sus ojos tras ella mientras se
alejaba. Estaba segura de que les había
sorprendido que les prestara tan poca atención.
Pero, estando Aaron en la librería, lo único que
quería era fundirse con el fondo. La mera visión de
aquel rostro tan perfectamente esculpido, un rostro
que resultaba casi bello en exceso a pesar de la
cicatriz que le había dejado una pelea, bastaba
para arrastrarla a un espacio de añoranza y
debilidad.
Aaron era como la cocaína que había llegado a
controlar su vida. Tenía que evitarlo con la misma
avidez que evitaba otras sustancias que habían
estado a punto de destrozarla.
No se relajó hasta que cruzó la cortina y entró
en el almacén en el que Angelica Hansen,
propietaria de Turn the Page, recibía su inventario.
Por fin había encontrado un lugar en el que sentirse
segura, un rincón en el que era poco probable que
pudiera encontrarla. Cuando Aaron se fuera,
pagaría el libro y saldría de la librería.
Pero se volvió con intención de mirar hacia la
parte pública de la librería y su mirada chocó
contra el duro y firme pecho de Aaron, que
también estaba cruzando la cortina.
Aaron la agarró antes de que tropezara con una
pila de libros que tenía a sus pies y la arrastró
hacia él.
–¿Qué estás haciendo aquí?
Presley rompió aquel contacto antes de que su
olor o el tacto de su piel pudieran minar su
resolución. Se apartó tambaleante, tirando los
libros. Tuvo suerte de no ser ella la que terminara
en el suelo, como había estado a punto de ocurrirle
antes.
–Necesitaba espacio para respirar. Hay
demasiada gente en la librería. Se me ha ocurrido
esperar un rato aquí, hasta que se acorte la cola.
Aaron entrecerró ligeramente los ojos al verla
alejarse tan precipitadamente de su alcance. O
quizá fueran sus sospechas sobre las razones por
las que estaba en el almacén las que provocaron su
silencio. ¿Pensaría que estaba intentando robar el
libro de Ted?
¿O habría adivinado la verdad? Aaron siempre
había sido muy perspicaz. Demasiado inteligente
incluso. Era el más sensible de los hermanos
Amos, el que peor se había tomado la pérdida de
su madre y todo lo ocurrido después de su
suicidio. Pero no hizo ningún comentario sobre el
hecho de que se estuviera alejando de él.
–He oído decir que te has mudado a la casa de
los Mullins hace un par de semanas.
Presley tenía que inclinar la cabeza para poder
mirarle a la cara.
–Es cierto.
–Y hasta ahora… ¿dónde has estado?
¿Le estaba preguntando que por qué no se había
puesto en contacto con él desde su llegada?
–He estado ocupada.
–¿Eso significa que no has estado en tu casa?
Presley volvió a sentir que se le tensaban los
músculos del estómago.
–¿Tú te has pasado por allí?
–No me molesté en llamar. No

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