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Libro PDF Breve historia de los Conquistadores – José María González Ochoa

 Breve historia de los Conquistadores - José María González Ochoa

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Entre la impresionante estatua de Leif
Eríksson, erigida por Alexander Stirling
Calder en la colina que domina el centro
de Reikiavik, y la de Cristóbal Colón,
que se levanta sobre una gran pilastra al
final de la rambla barcelonesa frente al
puerto, encontramos las suficientes
diferencias como para explicar y
simbolizar el éxito del descubrimiento
colombino y el probable e
intranscendente arribo americano del
islandés.
El gigante vikingo sostiene un hacha
de proporciones míticas, su mirada
altiva otea un océano casi siempre
oscuro y misterioso. Todo él es fuerza,
fiereza, arrojo e ímpetu. Se tiene la
sensación de que va a bajar del pedestal
y emprender de nuevo la navegación
hacia lo remoto. No mira nada en
concreto; sólo al mar inmenso y frío. Por
contra, Colón señala algo de forma
precisa, con la convicción y la fuerza
del que conoce, de quien mira un
horizonte sabedor de que allá, sin verlo,
está lo que busca. Y en vez de hacha
tiene unos pergaminos, cartas náuticas,
mapas: ciencia en definitiva. Eríksson
buscaba esclavos, mujeres, madera,
bacalaos, riquezas para robarlas y
llevarlas a su isla. Colón buscaba una
ruta para comerciar con especies. Robo
y comercio. Barbarie y civilización. La
fuerza frente a la ciencia.
La arqueología tiene pruebas de que
fueron Eríksson y compatriotas
islandeses quienes primero llegaron a
las costas norteamericanas en el siglo X.
Además de probable, resulta lógico,
dada la cercanía geográfica y la
temeridad de los navegantes vikingos.
Pero para descubrir tiene que existir
tanto el propósito de ir hacia algo
buscado como el de regresar y contarlo.
Agustín de Foxá lo expresó de forma
desenfadada y clara: «El mérito de
Colón no estuvo en llegar y descubrir,
sino que vino y nos dijo: ¡Esto es un
descubrimiento!».
Eríksson llegó a América de
casualidad. Habitó temporalmente en la
ensenada de los Meadows, en la punta
oeste de Terranova, y se marchó para
siempre. No le interesaba, no la
necesitaba. Colón buscó toda su vida
llegar a las Indias. Necesitaba ese nuevo
horizonte; España y Europa también. La
aventura colombina y todo lo que siguió
era un claro signo de su tiempo, una
manifestación –quizá la más conocida y
trascendente– de las transformaciones
que España y Europa estaban
experimentando.
Colón representa al científico
moderno, regido por la necesidad de
probar con la experiencia lo que el
intelecto intuye. En él se reúnen el
arrojo del marino, la ambición mercantil
y el ansia de saber. El Mediterráneo
pronto se le queda pequeño, necesita
ampliar los horizontes y mira hacia
donde nadie se atreve. Pero, además,
apoya sus conjeturas en los textos
clásicos, en la Biblia, en los relatos de
navegantes, en cálculos matemáticos y
en evidencias físicas.
También estaba la fe, la religiosa con
un sentido mesiánico y evangelizador,
pero sobre todo la fe en sí mismo, en el
hombre: estaba convencido de la
viabilidad de su proyecto y creía en sus
ideas. Por otra parte, la biografía del
genovés está marcada por el
individualismo y la búsqueda de la
libertad: nunca sirvió mucho tiempo al
mismo señor, no se arredró ante reyes o
eclesiásticos, consiguió lo que quiso en
las capitulaciones y se enfrentó a los
monarcas más poderosos de su época
cuando no cumplieron lo estipulado.
En definitiva, Colón es un personaje
profundamente renacentista, pero con
rasgos claros del hombre moderno
(ansia de libertad, ambición y profundo
individualismo). Es el signo de los
genios: estar enraizado en su época y
vislumbrar el futuro.
Y detrás del marino, una sociedad
inquieta, efervescente, con ánimos
expansionistas a la vez que se sentía
presionada por el avance turco. En aquel
momento, el viejo continente deseaba
darse forma.
Y ejemplo de esa ebullición europea
eran las monarquías ibéricas,
especialmente la española, que
modelaba un Estado moderno. Además,
España contaba con una excelente
situación geográfica de puente entre
Europa y América, reforzada por la
toma de Canarias en 1580, poseía
recursos humanos y económicos, la
Reconquista había acostumbrado a la
población a los traslados y a la
colonización de nuevas tierras, existía
una arraigada tradición marinera, la
sabiduría acumulada de navegantes y
cartógrafos mallorquines y catalanes,
excelentes puertos con vocación
atlántica y una población habituada a
desplazarse. Los Reyes Católicos, a
punto de culminar su dominio territorial,
ansiaban nuevos horizontes.
Ante esto, Colón estaba abocado a
armar sus barcos en el Guadalquivir. Si
el colosal Leif Eríksson hubiese nacido
cinco siglos más tarde, también hubiese
tenido que salir de la fría y brumosa
Islandia rumbo al sur, para abastecer sus
navíos en la resplandeciente y tórrida
Sevilla.
Al otro lado, América llevaba siglos
de aisla
Vista general de la ciudad de Sevilla. Museo de
América.
miento que no correspondían con la
evolución de las sociedades europeas,
africanas y asiáticas. Los pueblos
americanos ya no podían seguir al
margen de la historia global ni
ignorándose entre sí. El encuentro era
inevitable y las diferencias de
desarrollo civilizacional lo iban a hacer
desigual.
En conclusión, el descubrimiento no
fue un hecho casual, sino la culminación
histórica de algo largamente preparado.
Podían haber sido los chinos, o los
turcos, o los venecianos o los ingleses,
pero en aquel el justo momento histórico
la nación que demostró estar más técnica
y animosamente preparada fue España.
Esto es lo que distinguió a los vikingos
de los españoles, a Eríksson de Colón,
al éxito colonizador europeo frente al
aislamiento americano. El hacha frente a
la carta náutica.
Los viajes de
Cristóbal Colón
Hoy nadie duda acerca de la fecha,
1451, ni del lugar de nacimiento de
Cristóbal Colón, aunque se especula si
fue en la casa paterna en Quinto, la de
los abuelos en Quezzi o en la que
trabajaba y guardaba su padre en la
misma Génova. Sea en cual fuere –
Quinto y Quezzi eran aldeas cercanas a
Génova–, queda clara su procedencia a
pesar de la densa literatura que hay
sobre su origen, así como su temprana
vocación marítima. Aprendió los
secretos del mar en el Mediterráneo; con
catorce años estaba ya embarcado. Fue
corsario al servicio de Renato de Anjou,
y luego mercadeó con azúcar hasta que
con veinte años comenzó a surcar las
más complejas aguas atlánticas llegando
a latitudes tan septentrionales como
Islandia y por el sur hasta Mina, en
Guinea.
ENTRE PORTUGAL Y ESPAÑA
Avecindado en Lisboa cuando pisaba
tierra, en 1479 se casó con Felipa Moniz
de Perestrelo, hija de un antiguo
gobernador de Porto Santo, buen
conocedor de las rutas y travesías
atlánticas. Heredó de su suegro gran
cantidad de mapas y cartas de marear,
además de interesante información
recogida en sus años de marino. Vivió
un tiempo en Madeira y allí, en aquel
ambiente de travesías reales y ficticias,
de relatos tan inverosímiles como
posibles que siempre ambientan las
costas isleñas y que hablaban de lugares
remotos a los que muy pocos habían
llegado, comenzó a pensar que, quizá, al
otro lado del océano se hallaba el
Cipango de Marco Polo y que se podían
alcanzar las Indias y China por la ruta
marítima occidental.
En aquellos momentos Portugal
estaba ya inmersa en la carrera por
circunnavegar África y alcanzar la ruta
de las Indias por el levante. Mas Colón
la intuía por el poniente. Reflexiona
sobre su proyecto, lee los textos de
viajeros como Plinio el Viejo, Pierre
d’Ailly, Silvio Piccolomini y Marco
Polo. Estudia bien la carta y el mapa de
Toscanelli, que trazaba una supuesta
singladura hacia el oriente asiático.
Entre 1583 y 1584 negocia con Juan II
de Portugal la financiación de una flota
que busque las Indias por occidente.
Pero ni el rey Juan II ni sus asesores
náuticos la creen factible, además, tras
firmar el Tratado de Alcáçovas (1479)
con los españoles, la Corona portuguesa
ha apostado por alcanzar Oriente por
levante y sus naves cada vez están más
cerca de encontrar el paso hacia el
Índico (en 1487 Bartolomé Días logró
doblar el cabo de Buena Esperanza).
Desilusionado y enfadado, Colón
abandonó Portugal y apostó por
presentar su proyecto a la poderosa
monarquía vecina.
Colón disponía en España de una
buena red de contactos y conocidos que
le animaron a madurar su proyecto.
Entre su extensa red de amistades y
apoyos estaban eminentes hombres de
Iglesia como Diego Deza, preceptor del
príncipe Juan, Hernando de Talavera,
confesor de la reina Isabel, o el
mismísimo cardenal Cisneros y los
frailes franciscanos de La Rábida, su
primer refugio hispano, pero además
gente tan influyente y poderosa como los
duques de Medinaceli y Medina
Sidonia, Álvaro de Portugal, primo
hermano de la reina Isabel, el banquero
converso valenciano Luis de Santángel y
el genovés Francesco Pinelli, quienes a

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