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Libro PDF Breve historia de Satanás Gabriel Andrade

Breve historia de Satanás  Gabriel Andrade

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mañana a una congregación de
pentecostales y apreciaremos que esta
gente vive aterrorizada por la amenaza
del Maligno. Ese mismo día, vayamos al
cine y veremos una enorme cantidad de
películas en las que se retratan
espeluznantes posesiones demoniacas.
Pero no necesitamos ir demasiado lejos
para apreciar diablos y diabluras
simpáticas. Comeremos jamón
endiablado, con un tierno diablillo
ofreciéndonos el producto, y oiremos
canciones populares que hacen
referencia al cómico demonio. Hay, en
efecto, una muy dispar representación
del diablo: desde el monstruoso
archienemigo de Dios, hasta la
simpática figurilla de cuernos rojos y
cola que invita a vivir una vida más
relajada y placentera.
El diablo ha venido a convertirse
en algo así como un test de Roschard en
el siglo XXI. Esta prueba, de cuestionada
validez entre algunos escépticos,
consiste en mostrar una serie de
imágenes a los sujetos. Estos ofrecen
alguna interpretación respecto a lo que
ahí aprecian y, a partir de esta
interpretación, los psicólogos pretenden
elaborar alguna inferencia sobre la
personalidad y la estabilidad mental de
la persona en cuestión.
Pues bien, Satanás es una prueba de
Roschard en pleno siglo XXI, en la
medida en que quienes se ríen de él,
proyectan un tipo de mentalidad y
quienes le temen, otro. Uno de los más
elocuentes testimonios de esta realidad
lo encontraremos, sorprendentemente, en
la serie televisiva norteamericana
Jackass.
Esta serie consiste en un grupo de
osados actores que deliberadamente
hace estupideces en busca de la reacción
de las personas que las observan en
vivo. En un episodio de la serie, una de
esas estupideces consistió en que un
actor se colocó un disfraz de diablo (un
traje hecho de licra, color rojo chillón,
con cuernos, tridente y cola). El actor
caminaba por una ciudad californiana
con la consigna «Keep God out of
California!» (‘Mantengan a Dios fuera
de California’, en inglés) y vociferaba
un argumento según el cual, él (Satanás)
en realidad era una buena persona y
Dios lo había difamado. De hecho,
gritaba el actor: «Todo lo que se dice en
la Biblia sobre mí es falso».
La mayoría de las personas que se
encontraban con este bufón se reía. Pero,
dramáticamente, un transeúnte se sintió
muy ofendido, e inesperadamente
destrozó la consigna, y empezó a
golpear al actor disfrazado de diablo.
Pues bien, no es muy difícil inferir que
esta persona es un firme creyente en
alguna de las religiones monoteístas
(probablemente cristiano) y que para él,
Satanás no es ningún chiste.
Hoy, quienes tiemblan al siquiera
pensar en la presencia de Satanás
parecen tener una visión bastante nítida
de su naturaleza: el diablo es una
persona que, en un inicio, fue el más
hermoso de los ángeles creados por
Dios, pero se rebeló. Como
consecuencia fue expulsado del cielo y,
desde entonces, reside en el infierno.
Desde ahí, actúa como adversario
acérrimo de Dios y planifica la tentación
de los hombres para promover entre
ellos el pecado y el alejamiento de
Dios. De vez en cuando, inflige males a
la humanidad mediante catástrofes
naturales. Tiene bajo su comando a una
legión de demonios que le obedecen y,
en ocasiones, entran en los cuerpos de
víctimas poseídas.
Así pues, en este libro, elaboraré
un breve recorrido por la evolución
histórica del Maligno a lo largo de los
últimos veinticinco siglos. En muchas
culturas ha habido demonios de todo
tipo, a saber, figuras que, según se cree,
causan el mal. Pero, para elaborar una
genealogía del diablo, debemos
concentrarnos en aquellas figuras
demoniacas procedentes de culturas que
seguramente influyeron sobre la cultura
que inventó propiamente a Satanás, a
saber, el Antiguo Israel. Las
civilizaciones de Mesopotamia, Egipto,
Persia y Grecia concibieron distintos
tipos de monstruos y demonios que, a la
larga, han sido incorporados al concepto
contemporáneo del diablo. De estas
figuras demoniacas y monstruosas me
ocuparé en el primer capítulo.
Si bien la figura de Satanás se ha
nutrido de los elementos procedentes de
estas figuras demoniacas, así como de
algunos dioses malignos en distintos
sistemas mitológicos, el diablo es
fundamentalmente una invención del
Antiguo Israel. Con todo, sorprenderá
saber que el Satanás concebido por los
antiguos israelitas no era propiamente el
archienemigo de Dios, sino un
subordinado con una función
encomendada por el mismo Dios. De
hecho, casi no hay nada en la Biblia
hebrea (aquello que los cristianos
llaman el Antiguo Testamento) que haga
pensar que Satanás es el enemigo de
Dios que gobierna el infierno. Muy
probablemente, la concepción de
Satanás como personificación absoluta
del mal fue obra original de los persas.
Cuando los judíos establecieron
contacto con los persas durante el siglo
VI antes de nuestra era, adoptaron el
concepto del mal absoluto
personificado, y lo asimilaron a la figura
que llamaban «Satanás». De este
proceso histórico me ocuparé en el
capítulo 2.
El capítulo 3 será una reseña sobre
cómo la idea del diablo se modificó y
expandió considerablemente entre los
judíos, durante la época en que empezó
a prosperar la visión apocalíptica del
mundo. Como consecuencia de las
violentas guerras acaecidas entre los
judíos y los gobernantes seléucidas, en
el siglo II antes de nuestra era, surgió un
tipo de literatura que alentaba la
intervención divina de forma abrupta y
tremenda, y dirigía su atención a la
presencia de fuerzas malignas en el
mundo. En esta literatura, el diablo
adquirió muchas de las características
que hoy se le atribuyen.
El cristianismo fue heredero de
esta visión apocalíptica del mundo y,
así, le concedió aún más importancia a
la figura del diablo. En el capítulo 4 me
ocuparé de la abultada presencia de
Satanás en el Nuevo Testamento (al
menos en comparación con el Antiguo
Testamento). Los autores de los
primeros cinco siglos del cristianismo
no escatimaron en sus preocupaciones
respecto a Satanás y empezaron a
conceder al demonio un lugar central
que ocuparía hasta fechas muy recientes
entre los cristianos. Más aún, hasta
aproximadamente el siglo V, el diablo
era aún meramente un concepto
abstracto. Pero, a partir de esa época, el
diablo empezó a ser representado
pictóricamente y ya no era meramente
una preocupación de teólogos. Ahora,
mediante el arte, el diablo ocupaba un
lugar mucho más prominente en la
imaginación del pueblo llano. De esto
me ocuparé en el capítulo 5.
En el capítulo 6, exploraré el
desarrollo de la figura del diablo en la
Edad Media en Europa. Fue durante este
período cuando, por así decirlo, empezó
la edad dorada del diablo.
Probablemente la Edad Media es la
etapa cumbre de las mortificaciones y
preocupaciones religiosas respecto al
diablo, y así, Satanás encuentra una
firme presencia en las obras de teología,
el arte, el folclore e, incluso, la política.
El diablo también tuvo acogida en el
islam. Hasta fechas relativamente
recientes, los historiadores de la
religión dedicaban poca atención a la
participación del islam en la
conformación de la figura del diablo.
Pero, hoy, el influjo musulmán respecto
a la mitología satánica es cada vez más
influyente. Pues, en buena medida, la
preocupación por el diablo yace tras la
violencia que en los últimos años se ha
desarrollado entre el islam y Occidente.
No en vano, los yihadistas
contemporáneos consideran a Estados
Unidos y Occidente en general, el «Gran
Satán». Así pues, de la concepción del
diablo en el islam también me ocuparé
en el capítulo 6.
La historiografía convencional
postula que la Edad Media llegó a su fin
a partir del siglo XVI. El Renacimiento,
la Reforma Protestante, la consolidación
de los Estados-nación, y la formulación
del método científico, promovió el fin
de la visión medieval del mundo. Pero,
irónicamente, la preocupación por
el diablo no menguó; más bien al
contrario, quizás como nunca antes, se
desarrolló un temor por el príncipe de
las tinieblas. Eso propició el auge de la
imaginación y paranoia respecto a una
conspiración de brujas en alianza con
Satanás. Y allí donde la Edad Media no
tenía demasiadas preocupaciones por
las brujas, a partir del siglo XVI, empezó
una oleada de persecuciones a brujas
que resultó en uno de los episodios más
vergonzosos de la historia europea. Fue,
además, la época en la que más
proliferaron posesiones demoniacas y
exorcismos, los cuales, por supuesto,
persisten hasta nuestros días. De esto me
ocuparé en el capítulo 7.
No obstante, junto a la histeria
colectiva propiciada por la cacería de
brujas, se sembraron en Europa las
semillas del pensamiento racional y
crítico. Y, así como hubo inquisidores
que creían en las fantasías de mujeres
volando sobre escobas, hubo también
personajes (entre ellos

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