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Libro PDF Caleidoscopio – Iris Mackenzie

Caleidoscopio - Iris Mackenzie

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La sala de espera del hospital estaba a rebosar. Habían transcurrido tres horas desde el ingreso de Martina y a pesar de que avisé a Roberto nada más subir al
coche, no había hecho acto de presencia. Por tanto, no entraba entre mis planes dejar a mi encargada allí tirada, sin ningún acompañante que pudiese interesarse por ella
en caso de que ocurriese lo peor.
Ainara se presentó por el hospital en cuanto supo de la noticia. Teníamos planes juntos, para dar una vuelta por Sevilla y tomar algo en un pub pero dadas las
circunstancias, había entendido perfectamente las prioridades y estaba sentada a mi lado, apoyada en mi hombro, acariciándome el pelo.
—Cariño, últimamente trabajas demasiado. ¿Ocurre algo? —preguntó mirándome a través de sus largas pestañas negras. Sus ojos de color avellana me
escrutaron con preocupación.
—No, simplemente alguna factura atrasada —mentí, para no delatar el motivo de mis horas extras.
—Ya, pero Tomás también trabaja. No sé, me resulta extraño que tengáis tantas deudas en este momento.
—Está bien, lo admito. Hay un motivo detrás… nos han subido el alquiler por lo que estamos un poco más apretados. Pero espero que sea algo temporal, una
idea loca de mi casera para reponer las finanzas después de las rebajas de enero —bromeé, restándole importancia a la siguiente mentira que acababa de soltar.
Detestaba los engaños, pero también que me pillaran en medio de una sorpresa, así que seguí adelante con la trola a pesar de sus insistentes preguntas acerca de
ese y otros temas. Hubo un momento en el que desconecté por completo de la conversación para centrar la vista en sus labios, pintados con un gloss que no hacía más
que realzarlos. En los últimos meses, Ainara había estado un poco de bajón, pero parecía que empezaba a remontar y a quererse más. Lo decía porque había vuelto a
sonreír, y ese era el mejor maquillaje que podía llevar. Aquella noche, para colmo olía a vainilla y sabía de sobra que ese perfume me hacía perder la cabeza con más
frecuencia de la cuenta. Como si no fuese bastante con su simple presencia. Joder, era una chica arrebatadora, aunque ella no se lo creyese cuando se lo decía. No sabía el
modo de hacerle entender lo auténtica y maravillosa que era a mis ojos.
—Si no estuviésemos rodeados de extraños esperando para saber el resultado del estado de Martina, te llevaría a escondidas a un pasillo a oscuras y te besaría
hasta borrarte las preocupaciones que rondan esa cabecita tuya —le susurré al oído. Noté que se removía, ligeramente alterada.
Me retiré unos centímetros para mirarla y lo que vi no pudo evitar que sonriese de medio lado. Estaba más roja que la propaganda de una lata de tomate frito.
—Lucas… —Ainara se apartó el pelo de la cara, nerviosa.
Tras recuperase de la puñalada trapera que ese gilipollas le había dado, Ainara había procurado realizar vida normal, y eso incluía regresar a la residencia de
estudiantes donde había estado viviendo con Andrea. Por eso, nuestro tiempo para intimar se había visto reducido, aunque siempre acabábamos por buscar cómo y
dónde. Por ejemplo, cuando Reverte estaba en clase, aprovechábamos para hacerlo en mi piso. Pero transcurridas unas horas de amor, pasión y desenfreno, volvíamos a
la realidad y ella regresaba con las monjas, aunque acabásemos de cometer pecados por los que a los dos nos pondrían a rezar padres nuestros hasta la edad de la
jubilación.—
¿Sí, bonita? —murmuré, procurando aguantar la risa a la vez que acariciaba su mejilla con el dorso de la mano.
—No me tientes, ¿vale? —mordió su labio inferior de forma inocente, pero a la vez provocadora.
No tenía ni idea cómo conseguía hacerlo, pero lograba ponerme nervioso —y lo que no era nervioso— con un simple gesto inocente. Una gota de sudor me
recorrió la frente cuando contesté con voz ronca:
—¿Por qué no?
—El médico. Está detrás de ti. Y no trae muy buena cara que digamos.
Haciendo acopio de fuerzas me giré hacia dónde Ainara me señaló con un gesto de cabeza y me encontré de lleno con los ojos negros de un médico apenas unos
años mayor que yo. Seguramente era un residente y por la cara con la que me miraba, estaba seguro que había escuchado la conversación.
—¿Familiares de Martina Román?
—Soy su empleado, estoy esperando a que su pareja llegue. ¿Cómo se encuentra? —pregunté preocupado.
—La paciente se encuentra estable aunque no fuera de peligro. Hemos detectado un problema en la placenta, que es el que ha provocado la hemorragia, pero la
hemos detenido antes de que perdiera al feto.
—¿Podemos pasar a verla?
—Me temo que no. Debe descansar y tendrá que pasar al menos un par de días en observación hospitalaria. Verá… —El médico empezó a relatarnos con todo
lujo de detalles el problema y las posibles consecuencias que tendría en caso de persistir. Además nos instó a que nos marchásemos a casa, pues allí no podíamos hacer
nada más por ella.
Estábamos en el mostrador de la entrada, dando en recepción un par de números de teléfono de contacto por si empeoraba por la noche, cuando Roberto
apareció, con el rostro desencajado.
Ainara y yo cruzamos una mirada intranquila ante su repentina presencia y no hizo falta que hablásemos. Ella se quedó contestando a la recepcionista y yo me
acerqué hasta mi jefe para intentar calmarlo. Parecía que le faltaba poco para echar hasta la primera papilla.
—¿Cómo está Martina? —quiso saber, frotándose las manos.
—Embarazada —solté de golpe la información que antes había omitido. Yo le había avisado de dónde estábamos y que había sufrido una hemorragia pero no le
expliqué el motivo de la misma. Me lo estaba reservando para decírselo en persona. Continué hablando ante su mueca de incredulidad: —De hecho esta casi de cuatro
meses y lo que ha sufrido ha sido casi una interrupción espontánea del estado de gestación, según ha explicado palabra por palabra el médico.
—¿Cómo dices? —Sin apenas pestañear de la misma impresión, se dejó caer con parsimonia en una silla de ruedas que había a su lado—. ¿Mi novia está
embarazada y yo no se nada? ¿Cómo puede ser posible?
—Te contaría el cuento de las abejitas y la miel o el de la cigüeña que trae a los niños de París, pero creo que somos adultos y sabemos cómo ha sucedido —
espeté, modulando la voz para parecer imparcial. Pero joder, por muy peleado que estuviese, ¿era posible que no hubiera percibido lo que pasaba? Suponía que seguían
durmiendo juntos, así que estaba seguro que la habría visto ponerse el pijama al menos. Respiré hondo y proseguí—. Si en un periodo de veinticuatro o cuarenta y ocho
horas sigue bien, le darán el alta aunque desde ya debes saber que es un embarazo de alto riesgo por lo que tendrá que hacer reposo absoluto si no quiere que esto o algo
peor ocurra.
—¿Voy a ser padre? —volvió a preguntar todavía en shock.
Ainara se acerco hasta nuestra posición y vio como tamborileaba los dedos contra mi pantalón. Gesto poco usual en mí pero que salía a relucir cuando
comenzaba a perder la paciencia desesperadamente. Así que muy resuelta intercedió. Conocía a Roberto de un par de veces que había ido a visitar la tienda para
comprar los siguientes tomos de Chobits. Y para visitarme aunque fuese incapaz de reconocer eso en voz alta.
—Roberto, no sé que pasa entre Martina y tú, pero no puede vivir a base de disgustos porque entonces me da la sensación que ni vas a ser padre ni a seguir
siendo novio. Disculpa que sea tan franca, pero tenéis que arreglar esto.
Zasca. Si había algo que me gustaba de ella era precisamente su inteligencia y lo directa que podía resultar cuando se lo proponía.
—Nosotros nos vamos, si necesitas cualquier cosa solo tienes que escribirme un WhatsApp o llamarme y estaré por aquí.
—Está bien, voy a hablar con algún enfermero a ver si hay modo de que me dejen verla aunque sea un segundo. Necesito disculparme por todas las cosas
horribles que le he hecho.
—Lo veo bien. Hasta mañana, jefe.
—Lucas. —La voz de Roberto me detuvo. Me giré hacia él y vi que se rascaba la cabeza antes de pronunciar la palabra mágica—. Gracias. Todo lo que ha
pasado entre los dos fue a raíz de una discusión en la que dije que no quería tener hijos. Tras más de cinco años de relación en los cuales insistía en que quería ser padre,
por lo que no habrá tenido narices de confesarme que espera un hijo mío. Así que, gracias nuevamente. Te debo una.
—No te preocupes, me la cobraré —bromeé, intentando relajar la tensión del ambiente. Cogí a Ainara de la mano y cruzamos la puerta acristalada del hospital
con paso apresurado.
Miré nuevamente el reloj de mi muñeca y vi que eran casi las doce y las fieras aullaban sin control. No había probado bocado en toda la tarde y parecía un tigre
hambriento.
—¿Te apetece cenar?
—Lo cierto es que sí, déjame conducir a mí. He descubierto un sitio nuevo y voy a llevarte. Invito yo —respondió Ainara bastante animada. Los ojos le
brillaban de emoción.
—Todo tuyo. —Le cedí las llaves del Corsa en cuanto nos paramos delante y nos montamos. Me abroché el cinturón de seguridad a la vez que ella regulaba los
espejos. Al momento dejé caer una indirecta muy directa—. Aunque debo reconocer que yo quería cenar otra cosa. A ti, por ejemplo.
—Idiota. El postre se deja siempre para el final. —Me hizo un guiño de forma seductora y arrancó el coche. Y a mí de paso, me puso como una moto.
Tres
Cenamos en un italiano, bastante concurrido y económico y Ainara condujo el coche en dirección a su residencia. La contemplaba embelesado mientras ella,
ajena a todo, canturreaba una canción y movía la cabeza de un lado a otro. Era increíble la evolución que estaba tomando gracias a su fuerza de voluntad. El ejemplo
principal era el coche: aunque fuese con el mío porque no disponía de uno propio, había vuelto a conducir de forma esporádica y se le daba bastante bien. Elena, su
psiquiatra, le había reducido la medicación y si la dosis anterior era mínima la actual era prácticamente inexistente. Si todo seguía su curso de forma natural, en unos
meses estaría libre de ansiolíticos. Además, estaba inmersa en la búsqueda de trabajo y esperaba con ganas la respuesta de una escuela infantil que requería un profesor
de dibujo. Deseaba con fuerzas que obtuviese el puesto pues estaba seguro que era un paso más en su recuperación y otra forma de sentirse realizada. Porque, aunque
Ainara era muy suya y le costaba decir en voz alta algunas preocupaciones respecto a su trastorno de ansiedad, yo era capaz de leer (a base de haber observado mucho
su lenguaje corporal) cuando se encontraba mal. Si jugueteaba distraída con la tortuga que pendía de su móvil, resoplaba mucho o se recogía y soltaba el pelo de forma
casi mecánica, estaba en medio de una crisis pero no pronunciaba palabra. Había optado por el voto de silencio e intentaba prestar la mínima atención posible a todos
los síntomas que la perseguían.
—¿Tengo monos en la cara? —Ainara me miró justo después de aparcar cerca de la residencia de estudiantes. Ambos nos bajamos del coche y comenzamos a
caminar en la dirección de la misma.
—No, pero sí una cara muy mona —me burlé. Aunque era la verdad.
—Llevas todo el camino de vuelta mirándome. Si tienes algo que decirme, habla ahora o calla para siempre —respondió cuando nos paramos en su portal. La vi
sacar las llaves del bolso.
—Nada, bonita. No tengo nada que decir.
—¿Estás seguro? Llevas unos días la mar de raro.
Tragué saliva ruidosamente y con ello conseguí que mi novia frunciera el ceño. Cada vez se me estaba dando peor callarme lo que tenía entre manos aunque ni
yo mismo tuviese claro qué es lo que era. Necesitaba huir o acabaría soltando la lengua. Y joder, no quería ni por asomo.
—Tranquila, estoy bien y no me pasa nada. Simplemente es agotamiento del día de hoy. Entre las clases, el trabajo y el hospital… creo que necesito dormir
como tres meses al menos. O hasta que me licencie. Esa tampoco sería mala opción —sonreí. Acto seguido y con intención de distraerla, la acorralé contra la pared.
—Definitivamente, tú lo que quieres es que la hermana Visitación salga, nos pille y me eche de aquí para que vuelva a tu piso. Creo que es tu plan malévolo
para San Valentín —murmuró contra el filo de mi boca.
Me incliné apenas unos milímetros, consiguiendo rozar sus labios con los míos, en un gesto casi imperceptible. Noté como se removía inquieta por la
anticipación, deseando lo mismo que yo. Fundirse allí en medio conmigo, dejándonos llevar, sin importar nada ni nadie.
—No sería mala idea, pero no. Te tengo preparada una sorpresa, espero que te guste, aunque desde ya te aviso que no te esperes gran cosa. Tal como estoy de
deudas últimamente…
—Lucas, no tienes que comprarme nada. Ya me has regalado lo mejor que podía existir: tu presencia. Lo demás sobra, menos esto y la inscripción que lleva
dentro. —Alzó nuestras manos unidas y bajo la luz de una farola cercana, las alianzas que llevábamos refulgieron.
—Te amo, pi —susurré acordándome de a qué se refería. Sin más dilación, atrapé su boca contra la mía en un beso húmedo, cargado de sensualidad.
Ainara pasó los brazos por alrededor de mi cuello y se puso de puntillas para tener mejor acceso a mí. Sus caderas chocaron provocadoramente contra las mías
cuando…
—¡Qué corra el aire! Estamos en febrero pero a este paso, con tanto fuego, vais a derretir el invierno. —Andrea interrumpió el momento y provocó que nos
separásemos de forma brusca.
No sabía quien respiraba con más dificultad pero aquella chica bajita, pelirroja de profundos ojos azules no podía estar divirtiéndose más por habernos pillado
in fraganti.
—Tan oportuna como siempre, Andrea… —se quejó Ainara. Me hice a un lado y ambos nos quedamos mirándola con cara de disgusto.
—Soy la alegría en persona. Ya deberíais saberlo. ¿No tenéis otro sitio en el que pelar la pava? —contestó acercándose a nosotros casi a saltitos. Por un
momento, me pareció un pequeño pony al trote, pero evité decirlo en voz alta para evitar ganarme una colleja de campeonato.
—Claro que tenemos, pero un poquito de peligro nunca viene mal —respondió Ainara acomodándose un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Bonita, no conocía este lado tuyo tan morboso… —Pose una mano al final de su espalda y sin que Andrea se diera cuente, le pellizqué el culo.
Ainara dio un respingo que desencadenó en que su mejor amiga diese otro exactamente igual. A veces me asustaba lo compenetradas que estaban las dos. Como
cuando acababan cada una la frase de la otra. Daba escalofríos.
—Superman, es el momento de que te vayas a tu casa. Si nos disculpas, Ainara y yo tenemos mucho de que hablar antes de ir a dormir y mañana ella tiene
que volver a la facultad y yo al trabajo. —Andrea hizo alusión a mi camiseta. Como de costumbre y destacando mi lado friki —y a mucha honra—, llevaba una azul con
el logo del superhéroe. Menos mal que al italiano al que habíamos ido no era de etiqueta, porque sino habría desentonado muchísimo.
—Parece mentira que me estés echando de aquí, con lo bueno y santo que yo soy. —Opté por poner una pose angelical, que estaba claro, no coló.
—Estoy segura que la gente que pase por la calle no pensaría lo mismo. Además, tenemos que echarle de comer a los gatos. Por mucho que Micifuz y
Robustiana estén alrededor, me parece a mí que son incapaces de abrir el saco de pienso y de servirlo en el cuenco.
—Sube y en unos minutos me reúno contigo. Antes tenemos que despedirnos en condiciones.
—¡Qué empalagosos! Venga, me piro y voy dándole de comer a los mininos. No tardes mucho… —suspiró abriendo el portal y comenzando a subir las
escaleras.—
Andrea, estoy segura que tú vienes de hacer cosas peores con Jota. Así que menos quejarte —exclamó mi novia.
—Tía, creo que estamos todos condenados a irnos al infierno. No le des mucha Kriptonita que te lo vas a cargar y que quieres que te diga, por muy bueno que
esté yo me quedo con el mío. Así que no voy a hacerle el boca a boca ni nada por el estilo. —Andrea volvió sobre sus pasos solo para añadir eso y se escabulló al
momento.—
Tranquila, si me lo cargo será precisamente porque le estoy haciendo el boca a boca. O algo peor… —vociferó Ainara. Al momento, se llevó las manos a la
boca, al ser consciente de nuevo de que era bastante tarde. Se le había ido la pinza por unos segundos.
—Cariño, estoy aquí. Dejad de hablar de mí como si fuese un objeto sexual. Gracias —añadí.
Aunque no estaba para nada cabreado me gustaba hacerla rabiar un poco. Había mucha química pendiente de explotar entre nosotros y los dos éramos
conscientes de ello.
—Lo sé, pero bueno tú y yo ¿en qué estábamos? Ah, sí… en la despedida. Ya que no te veo hasta mañana y eso son muchísimas horas, más vale que sea una en
condiciones, de esas que quitan el hipo, el sentido o como lo quieras llamar —prosiguió, omitiendo mi comentario anterior. Cuando quería era muy buena jugando al
despiste.
—No tienes que dudarlo.
Aprovechando el portal abierto, le di un suave empujón hacia el interior, estábamos casi en penumbras como la vez que nos dimos nuestro primer beso.
Además, el escenario se repetía. La de cosas que habían pasado desde entonces…
—¡Lucas! ¡Estás loco! —dijo omitiendo una carcajada.
—Por ti, bonita, deja que te lo demuestre…
Hice intento de acercarme nuevamente a su boca pero en el último momento, la esquive y fui directo a por su cuello. El olor a vainilla invadió mis fosas nasales
cuando comencé a darle suaves besos, con un ritmo pausado, y como si no tuviera prisa ascendí hasta su oreja. Con el primer mordisco, Ainara emitió un suspiro, el
segundo se convirtió en un pequeño jadeo. Como si quisiera tomarse la revancha, pegó sus caderas a las mías. Tenía las manos heladas por la temperatura ambiental
cuando las pasó por el interior de mi camiseta, hasta clavarme las uñas en la espalda. Ninguno de los dos nos resistimos a lo que vino a continuación, aquello que Andrea
había interrumpido de golpe. Invadí su boca con mi lengua y la suya me respondió al instante, juguetona. El beso húmedo y caliente se intensificó cuando en un simple
gesto, la alcé en brazos empotrándola contra la pared. Sus piernas rodeaban mi cintura cuando tomamos una pausa para coger aire. Joder, me iba a dar algo allí mismo.
—Hasta mañana, princesa. —La deposité en el suelo con cuidado, con una vena en el cuello latiéndome a toda velocidad. Y podía decir con total claridad que no
era lo único que estaba latiendo.
Cuatro
—Tomás, tengo un problema —me quejé. Habían transcurrido dos días de mi despedida con Ainara en la puerta de la residencia. Los mismos que habíamos
pasado sin vernos, porque Roberto me hizo encargarme de la tienda de mangas mientras Martina se recuperaba en el hospital. Si antes echaba horas extras, ya incluso
faltaba a clase. Pero no me quedaba más remedio que hacerles ese favor.
Martina me había mandado un mensaje dándome las gracias por no haberle hecho caso y haber llamado a Roberto para que acudiese al hospital, por que eso y el
susto de la casi pérdida del bebé habían conseguido que él reaccionara. Me alegré. No quería otro niño en el mundo sin padre, sabía lo que era eso después de que el mío
nos abandonase a mi madre y a mí por una tía que había conocido en un bar. Por eso cuando mi padrastro —que para mí era mi verdadero padre—, irrumpió en nuestras
vidas y nos demostró su capacidad de cariño y entrega, no dudé en tomarle como un modelo a seguir. Era eso lo que me había llevado a tomar su apellido a pesar de
contar con el auténtico con el que no me sentían para nada identificado. Regresé del mundo de los pensamientos en cuanto mi compañero de piso respondió.
—Tú dirás, tío —contestó engullendo como si no hubiera un mañana una tostada de aceite y jamón. Parecía que había entrado en modo aspiradora. Removí mi
café con leche antes de explicarle el asunto. Lo cierto es que no sabía por donde empezar…
—Por el principio, Olivera. Empieza por el principio que te veo dándole muchas vueltas a las cosas.
—Estoy engañando a Ainara —solté de golpe, provocando que Reverte se atragantara con el trozo de pan que estaba masticando. Tuve que ofrecerle un vaso de
agua de la jarra de cristal que teníamos en la mesa.
—¿Le estás poniendo los cuernos? Joder, macho. A este paso la chiquilla va a parecer el padre de Bambi. Vaya cornamenta tiene en la cabeza: entre el ex novio
y tú… —bufó enfadadísimo. Se notaba que le había cogido cariño en el poco tiempo que Ainara estaba por el apartamento y estaba seguro que el sentimiento era
recíproco.—
Tomás, se te va la olla. No he hablado de infidelidad sino de engaño y no respecto a otra chica. Llevo semanas trabajando más de la cuenta para sorprenderla
por San Valentín con algo y le he mentido diciendo que es para pagar facturas, que nos han subido el alquiler.
—Lo capto, sigue —me pidió en tono más relajado.
—El caso es que apenas quedan unos días y no sé que mierda regalarle. Bombones, peluches y esas cosas me parece caer en lo típico y teniendo en cuenta lo de
Fernando, que según me explicó en una conversación, nunca le regaló nada por esa fecha, quiero hacer algo decente. Había pensado en llevármela a algún sitio por ahí
pero entre el trabajo y el mal clima no lo veo posible. Así que quería pedirte ayuda… ¿se te ocurre algo?
—Te repito lo que te dije cuando empezasteis a salir… si que te ha dado fuerte. A ver, has estado con mil tías, no me digas que no se te pasa nada de nada por
la cabeza.—
Tanto como mil, no. Sí con muchas, pero ninguna tan en serio como con ella. No sé, tampoco es que me haya dado por regalarle cosas más allá de las
normales. Pero es que Ainara es todo, menos eso. Es especial y quiero hacerle ver lo importante que es a mis ojos.
—Sí, tú como en la famosa frase esa que decía… ¿cómo era? Mierda, no me acuerdo. Bueno colega, tengo que irme que llego tarde a clase. Mira por Internet que
seguro que te sale algo guay. —Bebió a morro leche del cartón, se puso una sudadera y salió pitando dejándome con la duda de a qué se refería.
Como aún tenía minutos libres antes de salir para el trabajo, cogí el portátil de Reverte y lo encendí en busca de la famosa frase. Pero no me hizo darle muchas
vueltas pues en cuanto metí unas cuantas palabras en Google, di con la que podría ser. Y si no era, encajaba a la perfección. La anote en el bloc de notas del móvil y me
fui a currar.
Suspiré por pura desesperación. Era la hora del almuerzo y no tenía ni pizca de ganas de comer, pero no me quedaba de otra si quería estar en pie y terminar la
jornada laboral. Estaba sentado en medio de la tienda, en un hueco al lado del mostrador, comiendo un par de sándwiches de atún y huevo y un zumo de naranja. No
sabía si era por San Valentín precisamente, pero no paraban de llegar adolescentes quinceañeros buscando tomos de manga que regalar a sus primeros amores. Por eso
no había podido cerrar al mediodía el negocio y estaba haciendo turno intensivo. Y como era lógico, todos los querían envueltos para regalo con bonito papel lleno de
caracteres asiáticos, siguiendo el logotipo de la empresa.
La gente tenía pensado su regalo para el día de los enamorados y yo era incapaz de dar con algo en condiciones. Joder, la imaginación se me había ido por el
agujero del retrete o algo así. Al menos tenía la idea de que dedicatoria poner, que ya era un paso ¿no?
—Perdona, estoy buscando un manga aunque no sé si está licenciado en España. ¿Podrías ayudarme? —Un chico de unos diecisiete años se aproximó a mí justo
cuando sorbía los últimos restos de bebida.
—Sí, por supuesto. Dime el nombre y lo busco en la base de datos del distribuidor —respondí tras secarme las manos con una servilleta.
—Se titula Ginban Kaleidoscope.
Realice las indagaciones oportunas y no di por ningún lado con el manga. Se trataba de un shoujo que tenía muy buena pinta pero no había rastro de su
publicación en español.
—Siento decirte que no.
—Mierda, pues a ver que le regalo ahora a la chica que me gusta —se quejó el chaval con cara de pocos amigos.
—Eso mismo me pasa a mí con mi novia —sonreí con complicidad.
—¿La tuya también quiere un manga raro? Una amiga de Laura me ha comentado que si quiero acertar debería conseguir exactamente este: después de ver el
anime en alguna web online se ha obsesionado. Así que no sé que hacer.
Un pensamiento cruzó mi mente a la velocidad del rayo. No podía darle falsas esperanzas al chico sin antes asegurarme de que era posible, así que seguí el
procedimiento habitual.
—Déjame tu nombre y número, por si acaso llegase alguna pieza de coleccionista o algo así que puedas regalarle. Aunque lo veo difícil, menos es nada. —Le
tendí un bolígrafo y una libreta para que anotara sus datos.
—Gracias tío, ojalá salga algo. Seguiré buscando alguna idea por mi cuenta, aunque tenga que ser un regalo hecho a mano o algo.
En la nota vi que se llamaba Damián. Deseaba poder ayudarlo de algún modo.
—No hay de que. Espero tener buenas noticias pronto.
En cuanto cruzó la puerta, saqué el móvil del bolsillo y llamé a Ainara.
—Nena, ¿cómo tienes la tarde de ocupada? —Quise saber tras sopesar algunas posibilidades. Estaba seguro de que cuando le contase mi plan se apuntaría sin
dudarlo.
—Acabo de terminar un par de trabajos y estoy libre. Andrea ha salido con Jota por lo que estoy sola en la residencia ¿Te disfrazas de joven universitaria y
vienes a hacerme una visita? —contestó divertida al otro lado de la línea.
—Créeme, no daría el pego como mujer. Mi barba me delata… ¡y lo que tengo entre las patas! —me carcajeé.
—¡Idiota! —contestó ahogando la risa—. Déjate de tonterías y dime que necesitas.
Se notaba que Ainara quería reñirme pero ella misma se estaba partiendo con mi peculiar humor. Por verla sonreír, era capaz de todo.
—Ven a la tienda con todas tus cosas para dibujar. Vamos a colaborar haciendo un bien mayor a un chico que no tiene que darle a la muchacha que le gusta por
San Valentín. Busca algo con lo que declararse y había pensado que tú podrías… —Le expliqué mi plan de forma telefónica y por su tono de emoción supe que me iba a
decir que sí antes de que lo hiciera.
—Me apunto de cabeza. Me encanta la idea.
Ya con la tienda apunto de cerrar, le escribí un WhatsApp a Damián. A la velocidad del rayo —o quizá un poco menos— se presentó por allí con la cara
descompuesta, cargado con una bolsa cuyo contenido desconocía.
—Dime que has encontrado un tomo original o algo así aunque esté en alemán —suplicó con un deje de desesperación en la voz.
—Creo que es algo mucho mejor que lo que propones. —Puse sobre el mostrador un pergamino enrollado con una cinta roja.
—¿Qué es esto?
—Compruébalo tú mismo —le pedí.
Desplegó el pergamino y por la cara de sorpresa que puso, deduje que había acertado. Al menos para él. Ojalá su enamorada pensase lo mismo. Ainara se había
encargado de reproducir a carboncillo un póster del anime basado en la historia original.
—Es genial, tío. ¿Has hecho tú este dibujo? ¿Ha llevado mucho tiempo? —me interrogó.
—No, mi novia. Es estudiante de Bellas Artes y lo ha hecho en un rato. Te ha dejado un espacio en blanco por si quieres escribirle una dedicatoria especial a
Laura.
—Muchísimas gracias. Felicítala de mi parte porque es una artista. Y por favor, ¿cuánto os debo?
—Nada, es un regalo. Desde ya te digo que no insistas porque no pienso cobrarte —le expliqué.
—Está bien, pero a cambio acepta esto. Es lo menos que puedo hacer para quedarme tranquilo. Es algo que le había comprado, en relación con el manga aunque
en verdad no tiene mucho que ver. Espero que te sirva con tu regalo.
Damián me entregó la bolsa que portaba y me agradeció varias veces el detalle, marchándose contento de allí. Yo eché el cierre un instante después.
Hasta que no estuve en el coche no abrí el contenido de la bolsa misteriosa y lo que hallé dentro, me encantó. Tenía que reconocer que el chico tenía buenas
capacidades y que su regalo iba a servir para confeccionar el mío. Aunque seguía faltando algo para que fuese redondo del todo.
Cinco
Las cosas volvieron a la normalidad en la víspera de San Valentín. Y efectivamente yo con mi regalo a medio preparar. Roberto y Martina aparecieron por la
tienda cogidos de la mano, radiantes de felicidad. Ella ya no vestía de negro y él parecía haber dejado atrás la cara de estreñimiento agudo que le caracterizaba cuando
estaba preocupado.
—Deja inmediatamente lo que estás haciendo —indicó Roberto en cuanto rodeé la caja registradora y me acerqué a ellos.
—Vale, no sigo andando hacia vosotros… —bromeé haciendo un alto en el camino.
—No se refiere a eso, sino a que dejes de trabajar —intervino Martina.
—¿Me estáis despidiendo? —Mi cara en esos instantes seguramente era un poema. Agradecí no tener un espejo cerca para ver mi expresión de gilipollas.
—No, te damos el resto de la semana libre, un sobre con dinero por los días de más trabajados, y esto —Roberto me tendió una tarjeta junto a mi sueldo extra.
Parpadeé confundido al darme cuenta de lo que me estaba entregando.
—Pero ¿vosotros como sabíais que yo quería…?
—Hace unos meses, te escuchamos hablar por teléfono de incógnito, anulando la reserva que tenías, por todo lo que había ocurrido con Ainara. Así que
decidimos que no hay mejor fecha que mañana para que vayáis juntos. —Martina sonrió, buscando una silla en la que sentarse. Seguramente no se encontraba en
condiciones para permanecer de pie ni por cortos periodos de tiempo.
—No sé como daros las gracias, de verdad.
Si había un modo para definirme, era flipando en colores, viendo unicornios voladores o algo así. Entre lo que me había dado Damián, y lo de mi jefe y mi
encargada, tenía material suficiente para darle la sorpresa que necesitaba a Ainara.
—Simplemente, hazla tan feliz que de envidia veros —me pidió Martina.
—Gracias pero no teníais por qué hacer nada.
—Es lo menos que podíamos hacer después de la ayuda que nos has prestado, tanto llevando a mi futura mujer al hospital, como avisándome de lo que ocurría
y haciéndome entrar en razón.
—¿Os vais a casar? —Me alegré de la noticia al instante.
—Sí, me he dado cuenta de que los problemas se solucionan hablando y gracias a ti hemos echado para fuera los miedos, las dudas y los reproches; nos hemos
librado de males, por decirlo de algún modo. Pedirle matrimonio era uno de mis grandes pendientes, pero lo había postergado por la crisis. Jamás veía el momento y no
hacía falta a esperar a uno especial. Me ha dado cuenta de ello al casi perder a Martina y al bebé. Eso me ha hecho ver que para casarse solo hace falta amarse y firmar
los papeles claro. —Volvió a frotarse la cabeza al igual que siempre que se ponía nervioso.
—Así que ya estás tardando, coge la puerta y no vuelvas hasta el lunes que vienes —me ordenó mi encargada.
—No tendréis que repetirlo dos veces.
Salí corriendo como alma que lleva el diablo. Si existía el karma, me había sido devuelto el bien realizado. Y con creces. Tan solo me quedaba poner la maquinaria
en marcha. Para ello necesitaba con urgencia la complicidad de mis amigos. Creé un grupo de WhatsApp con ellos justo al acabar de subir las escaleras de mi piso.
Grupo «SVEPA»
Lucas: Chicos, necesito vuestra ayuda.
Andrea: Estoy pintándome las uñas de los pies. Por la cuenta que te trae espero que sea importante.
Jota: Me acabo de despertar de la siesta, ¿qué hora es? Si es algo que requiera levantarme del sofá yo no voy.
Reverte: ¿Podrías aclarar que significa SVEPA? Parece el nombre de una marca de leche.
Lucas: Significa «San Valentín Especial para Ainara» y cuento con vosotros para darle una sorpresa.
Jota: Cuenta con mi espada.
Andrea: Y con mi arco.
Reverte: ¡Y con mis rastas!
Lucas: Jajajaja. Sois imposibles. Pero bueno, tengo pocas horas y el plan es este, prestad mucha atención…
Les expliqué largo y tendido el orden a seguir para que al día siguiente mi novia se llevara la noche más romántica de su vida. Los tres quedaron complacidos al
ver que era lo que traía entre manos. Pero entendían el motivo que había detrás. Simplemente amor.
Algunos colegas de la facultad habían tildado mi relación con Ainara bajo el estúpido nombre de instalove, algo típico de una película romántica, por ser un
flechazo y no considerar posible ese sentimiento en tan poco espacio temporal. Yo no lo creía de esa forma porque, ¿era acaso menos válido o menos verdadero en tal
caso? La muerte seguía siendo muerte sin importar si había sucedido de golpe o tras una larga enfermedad. Así que, ¿por qué iba a ocurrir lo contrario con el amor?
Puedes sentir más por una extraño que por alguien con quien has pasado tu vida entera. Y cuando encuentras algo así, eres un auténtico idiota si no vas a por ello.
Después de muchos golpes, la vida me había enseñado que te arrepientes más por las cosas que no haces, aunque algunas parezcan una auténtica locura, que por las que
haces —a pesar de que acaben mal. Yo, había decidido apostar por ella, con todas las consecuencias y era correspondido. Solo por eso, podía considerarme un tipo
afortunado.
Epílogo
Ainara
Tenía el regalo de Lucas a medio preparar desde hacía medio mes pero ni siquiera sabía si nos íbamos a ver esa noche, por mucho que ya fuera catorce. Con el
asunto de su encargada y el incremento del alquiler estaba trabajando sin cesar y apenas pisaba la universidad. Así que si celebrábamos la fecha otro día, tampoco
pasaba nada. Aunque lo cierto era que me hacía especial ilusión: como le había comentado una vez, con Fernando nunca había celebrado San Valentín… en seis años de
relación. No se trataba de que nos regalásemos Rolex de oro o algo por el estilo, es que simplemente ni siquiera habíamos salido nunca a dar un paseo y tomar algo. No
había visto ni de cerca un peluche de un euro en forma de corazón. Porque yo lo que valoraba no era el regalo en sí, sino las manos que tenían el detalle de entregarlo.
Estaba divagando sobre eso cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe. Andrea entró como un tornado cargando un paquete de considerables
dimensiones, arrasándolo todo a su paso y tropezando con sus propios tacones.
—Toma, para tú. Pupete —dijo suavizando el gesto a la par que me hacía entrega de la caja. Acto seguido se tiró del bajo de la minifalda negra que llevaba
puesta, aunque por mucho que intentase alargar la tela, si se agachaba un poco se le veía hasta la partida de nacimiento.
—¿Ahora hablas como un Minion? ¿Qué hay dentro? ¿Bananas? —bromeé mientras rasgaba el envoltorio.
—No tengo ni idea, me lo ha dado un mensajero abajo cuando estaba hablando con otra compañera. Está a tu nombre. Ya me dirás qué es, porque yo no tengo ni
puñetera idea.
Vi como entraba en el cuarto de baño y salía a toda prisa. Se la veía nerviosa y eso era muy raro en ella. La que tenía ansiedad era yo y, aunque en los últimos
tiempos había mejorado, aún quedaba un largo camino por delante hasta mi completa recuperación.
—¿Te pasa algo? —No sabía por qué pero notaba algo raro en mi mejor amiga. Disimular no estaba en lo suyo y cuando se comportaba así era que traía algo
entre manos.
—He quedado con Jota dentro de dos horas y me he cargado sin querer lo que le había comprado así que voy corriendo, a ver que regalo pillo por alguna tienda
del centro —contestó, con una mueca de disgusto, saliendo disparada por el mismo sitio que había entrado.
—Seguro que encuentras un repuesto, no te preocupes —grité aunque no sabía si me había oído.
Tiré el papel de regalo y con un cúter que tenía en el escritorio, terminé de abrir el paquete. Dentro encontré una tarjeta y algo más envuelto en más papel de
regalo.
«Bonita, te espero a las 21:30 en la Plaza del Museo. Te amo.
Lucas.»
Abrí el último envoltorio y me encontré un vestido vaporoso, de corte helénico, con pedrería en el único tirante con el que contaba: el del lado izquierdo. Era de
color morado, mi favorito, y enamoraba nada más verlo. Además, había incluido un bonito colgante del que pendía una piedra en forma de corazón. Si de esa manera
empezaba la noche, no quería ni imaginar cómo podía acabar. Sonreí y tras echar un vistazo al reloj y ver que contaba con unos cuarenta minutos para maquillarme y
hacer algo decente con mi melena de leona. Me dispuse a prepararme.
Al acabar y bajar las escaleras, vi todas las miradas fijas en mí: desde las de compañeras a las que conocía hasta la de las dos monjas con las que mejor relación
tenía. Los gatos dormían en sus cestos, ajenos del mundo, soñando con sardinas.
—Estás impresionante —exclamó Irina. Tanto ella como Tamara se habían integrado con Andrea y conmigo tras la muerte de su amiga.
Agradecí escuetamente el comentario y procedí a dar una corta caminata hasta donde había quedado con Lucas. Saludé al quiosquero de la esquina, al mismo que
siempre le compraba paquetes de chicle antes de ir a clase, y él me devolvió el gesto deteniendo un segundo más de la cuenta su vista en mi escote.
Resoplé dudosa, pues no estaba segura de si aquello me quedaba bien, además los tacones me estaban torturando los pies de mala manera, pero no pude
continuar quejándome mentalmente porque algo poderoso captó mi atención. Ante mis narices se detuvo una limusina blanca. Era preciosa, del tipo que solo se veía en
las telenovelas y parecía irreal cuando la tenía tan cerca. El chófer, ataviado con su uniforme, bajó de su asiento y se dirigió a mí:
—¿Es usted la señorita Ainara Moreno? —preguntó revisando una documentación.
Asentí sin saber muy bien que más añadir, ni de que iba aquello. Estaba ligeramente bloqueada. El corazón me latía deprisa y casi parecía que se quería salir del
pecho, rompiendo las costillas en el proceso. Respiré hondo y procuré no prestarle mucha atención a la ansiedad. Me estaba esforzando muchísimo por no alimentar al
monstruo.—
Suba por favor. El señor Olivera la espera —me explicó, abriendo la puerta y aguardando muy recto.
—De acuerdo, gracias—me limité a decir.
Manteniendo la cautela que me caracterizaba, subí, me acomodé y lo que encontré me dejó de piedra. Copas de champán, varios bouquets de flores variadas,
globos con cintas de colores… y allí estaba él. Le miré asombrada al descubrir que iba vestido de esmoquin. Y estaba de escándalo. Era impresionante ver cómo la
chaqueta se le ajustaba a sus marcados brazos o cómo sus ojos verdes, puros y sinceros, me miraban. A mí. De todas las personas que existían en el mundo, Lucas había
caído rendido a mis pies. El sentimiento era más que correspondido porque me había demostrado cosas que creía que solo existían en los cuentos.
—Bienvenida, preciosa. Espero que disfrutes del día de San Valentín.
—Lucas, esto es…impresionante. Tú eres impresionante —acerté a decir, después de darle un suave beso en aquellos carnosos labios.
—Es poco para lo que te mereces, por eso mismo pongámonos en macha —pidió él, dirigiéndose al conductor. Éste hizo caso al instante, arrancando el motor y
poniendo una suave música instrumental.
—Así que tenías muchas facturas de alquiler que pagar ¿eh? —me quejé haciendo un puchero, para más tarde añadir—. Vaya trola más gorda.
—Sabes que detesto engañarte, pero sin unas cuantas mentiras piadosas no habría sorpresa. Espero que me perdones. ¿Una copita de champán? —cambió de
tema poniendo cara de no haber roto un plato.
—Sabes que no puedo tomar alcohol, con la medicación… —empecé a decir.
—Está todo controlado, nena. —Vi como descorchaba la botella y al fijarme en la etiqueta no pude evitar reírme.
—¿Me estás dando Champín? ¿Bebida no alcohólica apta para niños?
—Sí, ¿por qué te iba a privar del placer de brindar conmigo? Quiero que por esta noche la palabra ansiedad esté fuera de tu vocabulario. ¿Trato hecho?
—Vale, trato hecho. —Sonreí henchida de felicidad y pregunté—. ¿A dónde vamos?
—A recorrer Sevilla, la ciudad más bonita del mundo, que de noche lo es todavía más. Y después a comer en un entorno diferente. —Ante esa perspectiva,
sonrió a medio lado, como era costumbre en él. A saber lo que tramaba.
—Creo que te has pasado, que con esto tienes cubierta la cuota de sorpresas de aniversarios, cumpleaños, navidades y demás fiestas de al menos los próximos
cinco años.
—No guapa, esto es solo el principio —adujo haciéndome un guiño.
Pasamos una hora recorriendo la ciudad y mirando como dos bobos por las ventanillas, riendo y compartiendo confidencias.
Nuestro viaje llegó a su fin cuando la limusina aparcó junto a la Torre del Oro.
—¿Qué hacemos aquí? —espeté muerta de frío, mirando en derredor.
—Vamos a cenar, ya te lo he dicho.
—¿Aquí en medio? —Inocente de mí, yo buscaba algún bar o restaurante pero no me cuadraba en la zona en la que estábamos y no era porque no hubiese nada
cerca, sino porque no había pisado ninguno de los locales de por allí.
—Ahí en medio.
Señaló un barco privado iluminado con muchos leds de colores situado a pocos metros de nosotros. La limusina se marchó al cabo de unos segundos.
—Supongo que estarás de broma. Sé que hace unos meses quedamos en dar un paseo por el Guadalquivir en catamarán, pero tuvimos que interrumpir los
planes por lo que paso con ya sabes quien. —Me negaba por completo a pronunciar en voz alta el nombre del tío obsesionado por mí. No se merecía ni un pensamiento
mío.
—Pasado pisado, no hablemos de eso. Sígueme y disfruta.
Aquella noche, disfrutamos de una velada magnifica. La verdad es que para ser el primer día de los enamorados que celebraba en mi vida, no podía quejarme ni
por asomo. Superaba con creces todas mis expectativas. Lo que tenía preparado para Lucas era una minucia en comparación a lo que él había hecho por mí. Por eso,
cuando llegó el momento de intercambiar regalos no pude evitar que me sudaran las palmas de las manos.
—Primero el mío, es más pequeñito así que no tardarás mucho en averiguar el contenido. —Le puse encima de la mesa en la que acabábamos de cenar una caja
decorada con frases de amor manuscritas. En el interior había un obsequio asignado a cada sentido. Cinco en total.
Tragué saliva ruidosamente esperando haber dado en la diana. Para el tacto, una maquina de dar masajes con forma de muñeco sonriente; para el olfato, un
frasco de la nueva fragancia de Hugo Boss; para el oído, un CD personalizado con las canciones que más le gustaban; para el gusto, una pequeña tarta de chucherías y
para la vista, un marco hecho a mano con una foto de los dos.
—Joder… —exclamó cuando terminó de examinar su parte.
—¿No te gusta? Si quieres que cambie algo o que te compre otra cosa, dímelo. —Temí alzar la vista, por si encontraba decepción en su rostro. Pero hallé todo
lo contrario.
En dos zancadas rodeó la mesa y me plantó un beso tan largo y profundo que por un momento, me olvidé hasta de donde estaba.
—Gustarme es poco. Es la primera vez que alguien se lo curra tanto por mí —respondió emocionado. Le faltaba poco para salir corriendo por la cubierta de
aquél pequeño barco alquilado.
—Me alegro, porque si hay alguien que se merece lo mejor, eres tú —comenté, citando sus propias palabras.
—A eso quería yo llegar. En otro momento te contaré la historia de la gente que ha colaborado para que yo organizase esto bien, porque contigo me he comido
la cabeza a más no poder.
—¿Por algún motivo en especial? —le interrogué.
—Sí, pero quiero que lo averigües tú misma.
Puso encima de la mesa una bolsa, imitando el gesto que yo había hecho antes. Le miré dudosa y pregunté:
—¿Puedo? La curiosidad es superior a mí.
—Ya estás tardando.
El papel de regalo tenía estrellas y corazones estampados. Me dio mucha pena romperlo pero esperaba con ansias ver lo que contenía. Se trataba de un cofre de
madera oscuro, con distintos motivos pintados que le daban un aire vintage. La abrí y encontré una carta y dentro… ¿un tubo? Procedí a leer el folio, cuidadosamente
doblado, para ver si descubría el misterio de Lucas. Decía así:
Querida Ainara:
Da igual las veces que te diga lo increíble que eres, una parte de ti se niega a aceptar que eres capaz de hacer todo lo que te propongas.
Mi regalo, tiene que ver con eso. Hay una frase que he descubierto hace poco que no podría ser más acertada:
«Si pudiera darte una cosa en la vida, te daría la

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