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Libro PDF Carnaval Julia Ortega

Carnaval  Julia Ortega

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suyo, estaba nerviosa. Nacho podía ser muy
desagradable cuando quería, pero ella no estaba
dispuesta a permitírselo. Se largaba del piso.
Aquella relación había durado demasiado y ya
comenzaba a oler a podrido.
Tendría que pensar qué hacer, y dónde vivir.
Y con quién. No tenía idea de cómo empezar.
Empezar. El solo pensamiento la aturdía;
había pasado unos meses (casi dos años)
magníficos a su lado, y su única ocupación había
sido ser su amante. Siempre preparada, siempre
complaciente.
Podría continuar así muchos meses más, de no
ser porque ya estaba muy harta de caminar sobre
su cuerda floja particular, y a punto de caerse en
cualquier momento.
Se avecinaba un cambio profundo que la
sacara del letargo en que vivía con él. Ya no salían
a cenar fuera, al cine o al teatro. Ni siquiera había
ido al concierto de Sergio Dalma que tanto le
gustaba. Muchas noches ni se molestaban en cenar;
Nacho prefería comerse otras cosas.
Al principio él la había respetado, querido,
amado, incluso idolatrado. Y en ese orden. Luego,
como todo, la relación había llegado a un punto
muerto; y ahora estaba degenerando
peligrosamente: él sólo quería sexo. La vida de
ella ya no le importaba en absoluto.
Él no tenía compromiso con nadie cuando la
conoció. ¿Por qué no formalizaron su relación?
¿Por qué ella no le exigió que lo hicieran? ¿Por
qué se había conformado con esa clase de vida?
Ya era tarde; bajo su punto de vista no había ya
nada que formalizar. Lo que quería era marcharse,
y cuanto antes, mejor.
El muy cabrón se había quedado frito. ¡Pues
tanto mejor! Ella no le despertaría para la
despedida, ¡qué va, ni hablar! Mejor si no se
enteraba de nada.
Comenzó a sacar sus ropas del armario rojo,
aquél de madera de cerezo que ella pintara
primorosamente. Aquel color le daba carácter no
sólo al mueble, sino a la habitación entera. Se
dirigió de puntillas al baño; decidió ducharse por
última vez en aquella ducha y en aquel piso donde
dejaba tantos recuerdos.
Se quitó la camisa lentamente, dejando que la
seda resbalase sobre su piel. Después se introdujo
en la bañera larga y amplia, donde tantas veces se
bañó en sales perfumadas. Cerró la mampara de
cristal ahumado, y abrió el grifo del agua fría.
Necesitaba despejarse, y el agua fría, casi helada,
la iba ayudando poco a poco.
Durante diez minutos (y le parecieron apenas
segundos) se sintió como nueva. Cerró el grifo,
abrió la mampara y salió despacito, con mucho
cuidado de no resbalarse; lo que menos deseaba
era hacer algún ruido que pudiera despertarle.
Recogió sus pertenencias de los armarios, del
blanco que compraron el verano anterior, y del que
estaba encima del lavabo: el que tenía el espejo
redondo y tres focos, de los cuales dos estaban
fundidos. Lo cogió todo y lo metió en una bolsa
vieja que encontró. Cerró también con cuidado el
armario del lavabo. ¿Cuándo dejaría de chirriar
esa maldita portezuela?
Echaría de menos el olor de la colonia de
Nacho, y el desorden, y su forma de lavarse los
dientes ¡tan despacito! ¡Ella lo hacía todo tan
deprisa! Y sus arrebatos de pasión en la bañera,
cuando él le revolvía el largo cabello mojado y la
empujaba con suavidad contra la pared, y
comenzaba a besarla; primero poquito a poco, y
luego más y más deprisa, con besos más cortos y
menos profundos, pero igualmente apasionados y
llenos de sensualidad. Pero… ¡ya basta! Aquello
ya no era; pertenecía al pasado, y allí debía
quedarse, como un viejo baúl de los recuerdos en
una alcoba llena de polvo: abandonada.
Salió del baño. Y Nacho continuaba
durmiendo; mejor dicho: ahora roncaba
plácidamente. Fue a su armario otra vez y sacó la
pequeña maleta de cuero negro. Había pertenecido
a su padre, y siempre anduvo por la casa de Dos
Hermanas desde que ella podía recordar, hasta que
la agarró para venir a Barcelona.
Ella sabía que aquella maleta tenía un
destino: acompañarla allí donde fuera y morir con
ella.
Metió todo lo que consideró más o menos
necesario o importante (Nacho había cambiado de
posición en la cama, ahora estaba boca abajo) y la
cerró con cuidado; la verdad era que había
quedado muy abultada, como si estuviese
embarazada.
Se puso la camisa azul y una falda negra y
larga, y se calzó unos zapatos de tacón alto
también negros; cogió la maleta y silenciosamente
se encaminó hacia la puerta. La abrió y echó una
última mirada a lo que había sido su hogar hasta
ese postrer instante; salió al rellano, miró a
derecha e izquierda por si alguien andaba
fisgoneando, y como no vio a nadie, cerró la
puerta y empezó a bajar las escaleras, primero con
calma, y después cada vez más rápido, como quien
huye de algo o de alguien.
Una vez abajo, fue al buzón que había
compartido los dos, metió las llaves del piso por
la ranura, y salió ya definitivamente de su casa y
de su vida. Sin despedidas, sin adioses, sin
promesas, sin lágrimas. Odiaba todo aquello, ¡era
tan deprimente y tan falso!
Paseó a todo lo largo de la Avenida Diagonal,
hacia Pedralbes, sintiendo cómo el aire revolvía
su pelo. Era una mañana fría; después de todo, no
era más que una mañana de invierno, una de tantas,
y ella era una más de tantas personas que paseaban
sin rumbo fijo, sin saber muy bien a dónde se
dirigían o por qué. De repente lo vio y recordó:
debía buscar un trabajo, y aún más rápido: una
cama donde dormir las próximas, solitarias,
aburridas y melancólicas noches que la esperaban.
Noches sin un hombre, sin un beso, sin una
caricia… sin un polvo, en definitiva.
El hombre y el polvo podían esperar. El
dinero era urgente, y ya estaba harta de llamar al
tío Manuel, y a papá y a mamá. Harta de depender
de todos. Cansada de pedir.
Miró dentro del bolsillo de su camisa, sólo le
quedaba un billete de cinco mil y un puñado de
monedas sueltas que, a buen seguro, no llegaban ni
a los veinte duros. Las contó; de un tiempo a esta
parte tenía que contarlo todo. La vida en la calle le
había enseñado más aritmética que la que aprendió
en la escuela: sumar, restar, dividir (lo de
multiplicar no era muy frecuente), hacer
presupuestos a contrarreloj… Ahora, por ejemplo,
tendría que discurrir, y bastante rápido, cómo
sobrevivir sin morirse de inanición o de cualquier
otra cosa, y por cuánto tiempo. No por mucho, eso
seguro.
Aquello que acababa de ver era un periódico:
un ejemplar del día; tenía que comprarlo. Ya no
serían cinco mil, sino algo menos. El pensamiento
era doloroso y le oprimía el estómago, quitándole
el poco apetito que le quedaba. Agarró el dichoso
diario, lo pagó y siguió caminando. Después de un
rato, cuando ya estaba muy fatigada y sólo le
apetecía sentarse, miró el nombre de la calle. Si
no se equivocaba, estaba a sólo una manzana del
edificio donde vivía Mercè.
No esperaba su hospitalidad, pero sí un
oído atento, un hombro en el que llorar, alguien
con quien desahogarse.
Marchó hacia allí decidida, resuelta y
optimista.
Llegó al bloque; hizo un esfuerzo mental por
acordarse del piso, hacía demasiado tiempo que
no iba por allá, y al fin pulsó el timbre. Después
de unos breves instantes que le parecieron una
eternidad, alguien al otro lado se animó a
contestar. Una voz soñolienta y algo despistada, a
juzgar por lo que le escupió a través del interfono:
—¡Estoy harta de que si-em-pre te olvides
las llaves! —silabeó el «siempre» para enfatizar
más su protesta.
Azucena se atrevió a hablar.
—Soy Azu. Abre, por favor.
—¡Ah, eres tú, qué sorpresa! ¡Sube!
Mercè despertó de súbito, entusiasmada.
¡Por fin alguien divertido con quien hablar!
Además, se moría de curiosidad. ¿Por qué venía a
verla? ¿No estaba con Nacho? ¿Habría cortado
con Nacho? No, no era posible… ¡Con lo macizo
que estaba el muy cabrón!
Azucena subió demasiado deprisa, y Mercè
dejó de hacer conjeturas sobre ella. Se miraron
durante un segundo y se abrazaron.
—¡Pasa, estoy sola! El gilipollas con el que
he pasado la noche se ha pirado mientras me
estaba duchando. ¡Es increíble! ¡Sin un adiós! Lo
he mirado todo por si me había mangado algo.
¡Mira tú que ése no tiene dónde caerse muerto! Si
no llega a ser porque tiene una polla de
campeonato, ¡ni hablar de follar! ¿Y tú cómo vas?
¿Se puede saber qué coño haces aquí a estas
horas? —Miró el reloj. Eran las doce del
mediodía—. Déjame que lo adivine… A ver… a
ver… Te los ha puesto así de grandes —se adornó
la frente con una imaginaria cornamenta— y le has
mandado a tomar por culo. Todos son unos
cabrones, lo que yo te diga.
—No —meditó Azucena medio
ensimismada—, no creo yo que me haya engañado,
pero después de todo… ¿qué sé yo en realidad?
De repente me doy cuenta de que no sabía nada de
él, nada que realmente valga la pena saber, nada
de lo que una mujer debería saber o tiene derecho
a saber.—
¡Increíble, qué cara dura… Y después de
tantos meses! Es un cerdo, ¿vale? Se ha limitado a
joderte y ya está. Ni un puto voto de confianza; y
supongo que tú, como tonta, te habrás comportado
como si él fuese tu psiquiatra. ¿Voy bien
encaminada?
—Demasiado. Creía que era lo más grande,
¿vale? Y me equivoqué. Le pasa a todo el mundo,
¿no?
—Pues no sé qué decirte. A mí nunca me ha
pasado con ningún tío; claro que tampoco me he
colgado jamás de nadie. Pero te comprendo,
hermana, son cosas que pasan.
Mercè estaba sinceramente preocupada por
ella. Azucena era un bombón, pero tenía muy mala
suerte con los tíos. Se colgaba enseguida de
cualquiera, y ni un solo hombre se merecía eso.
Mucho menos el hijoputa de Nacho. ¡Ay, si
Azucena fuera como ella! No se llevaría tantos
disgustos (porque el de Nacho no era el primero) y
algún ego machista quedaría más jodido que otro.
Azucena Lorca se consideraba natural de Dos
Hermanas porque, aunque había nacido en una de
las más reconocidas clínicas de Sevilla, al cabo
de dos semanas de su nacimiento, sus padres se
trasladaron con ella chiquitina al pueblo.
Habían comprado y arreglado una bonita
casa en La Motilla, una de las zonas residenciales

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