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Libro PDF Cazando a la cazafortunas Eva River

Cazando a la cazafortunas  Eva River

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Samuel miró a su hermano directamente a los ojos, con una mirada seria, mientras negaba con la cabeza.
―Lo has hecho de nuevo. Me gustaría que entendieras que no puedo estar resolviéndote la vida a diario ―dijo.
―Yo no te pedí que lo hicieras…
―¡No puedo permitir que mi hermano esté preso en cualquier calabozo con prostitutas y drogadictos!
―Son gente muy agradable, ¡si supieras!
―¿Cuándo vas a madurar?
―Quizá cuando sea una fruta, ¿eh?
―Maldición, Jake ―aulló―. No puede ser tan difícil no meterse en problemas durante alguna temporada. Mamá estaba de los nervios y papá… ya sabes.
―Basta, Samuel. Sólo fue una maldita pelea en un bar… Esos polis siempre exageran las cosas. Además deberías estar orgulloso de mí. ―Samuel lo miró con
absoluta indignación―. Tío, un tipo enorme estaba golpeando a una chica, yo no iba a permitir algo así.
―Y me imagino que no podías ayudar sin destrozar la propiedad privada, crear desorden público y atentar con la seguridad de un montón de personas.
―Vale, lo admito, la situación se descontroló un poco. Pero no es para tanto…
―Sí es para tanto. Es la sexta vez en este año en que te saco de la cárcel y apenas estamos en mayo.
―Te pagaré cada maldita fianza, ¿de acuerdo?
―No es el dinero lo que me preocupa, es tu actitud, tu inmadurez, tienes más de treinta…
Jake suspiró y esperó a que su hermanito mayor terminara con la misma cantaleta de siempre. Que no tenía estuDios, que no tenía ningún trabajo honorable, que
vivía de excesos a costillas de su familia, que era el ser más irresponsable que conocía y que básicamente era un crío al que ya empezaban a marcársele las patas de gallo.
Samuel era la versión completamente distinta de su hermano. Un hombre de éxito que había labrado una gran fortuna gracias a su empresa de seguridad informática,
una de las más reconocidas de los Estados Unidos; además era un hombre serio y responsable.
―¿Qué es esto? ―preguntó Jake, interrumpiendo la perorata del otro y tomando una llamativa invitación del escritorio de su hermano.
―Una de esas estupideces de Vacaciones Venus.
―Joder, tío. ¿Estás buscando esposa?
―Por supuesto que no. Esa gente sólo pretende embaucarme y se encargan cada año de enviar una invitación, como si yo fuera a participar en semejante sandez.
―Oye, pero deben haber tías buenas.
―Son puras cazafortunas…
―Eso está claro, pero no por ello dejan de ser bellas. Mira, faltan dos meses. Vaya, ¿por qué no vas?
―¿Estás loco? Esas mujeres no se diferencian demasiado de una prostituta, sólo que sus ganancias van mucho más allá y la compañía te saca hasta los órganos más
vitales por estar un mes en su hotel para que te roben la fortuna. Ni loco participaría en algo así.
―No hablo de que te cases, Samuel. Sólo diversión. ¿Sabes?, estaría genial beneficiarse de ellas. No creo que seas tan tonto como para desaprovechar semejante
oportunidad de tener un montón de mujeres a tus pies. Un mes rodeado de bellezas y luego te las sacudes y ya está.
―¿Crees que yo soy como tú?
―Recuerdo que hace algunos años lo eras, tío. Fuiste mi mentor, de hecho.
―Era demasiado joven y estúpido…
―Vamos, no tienes nada que perder. Siempre tomas tus vacaciones en julio…
―Mis vacaciones ya están planeadas.
―¿Ah, sí, adónde?
―Voy a Egipto a…
―Dios, eres tan aburrido, Sam. Apostaría cualquier cosa a que vas solo.
―¡No tiene nada de malo ir solo!
―Claro que lo tiene si cada jodido año es así y si tienes una vida social comparada a la de un oso en invierno, si estás podrido en dinero y puedes pagar el maldito
hotel, si tienes dos años de no salir con una chica… Por Dios, comparar Egipto con un hotel lleno de jovencitas dispuestas a hacer lo que sea por ti… ni siquiera tendrás
competencia, los demás serán puros viejos… A veces dudo que seas mi hermano.
1
Dos veces al año un grupo de personas de la Compañía Venus se encargaba de contactar a los solteros más adinerados del país para invitarlos a sus famosas
vacaciones. En pleno 2015 ya nadie se andaba con rodeos y no era cosa de sorprender un evento semejante a este. La logística era sencilla. La compañía contactaba a los
solteros y solteras, generalmente personas de mediana edad con cuentas de muchísimos ceros, y les ofrecían unas vacaciones exclusivas de un mes en su hotel en
California donde encontrarían al amor de sus vidas. Mientras por otra parte recibían solicitudes de mujeres y hombres entre veinticinco y treinta años dispuestos a
emprender el mismo viaje y conquistar alguna billetera.
Al Hotel Venus le solían llamar «hotel de solteros». En él sólo había espacio para cien personas, cincuenta millonarias y cincuenta cazafortunas, todas y cada una de
ellas muy bien analizadas. Los y las cazafortunas eran personas académicamente preparadas, de gran belleza y buenos modales; debía ser así para que el evento fuera un
éxito, con ello la mercancía se hacía muy apetecible para quien estaba dispuesto a ofrecer su fortuna a cambio de una muy buena compañía.
Sophia por poco y perdió la compostura cuando vio el remitente del sobre: Venus Company. Sus manos temblaban al abrir el sobre y la garganta se le secaba en
exceso.
―Madre, me va a matar de los nervios ―le dijo Julia―. ¿Qué dice, qué dice?
―Cálmate, querida, que me pones más nerviosa. ―Sus ojos bailaron de oeste a este a través del papel mientras leía la carta―. Oh, Dios mío, Julia, ¡has sido
aceptada! Por fin pondrás en práctica todo lo que te he enseñado.
Julia sonrió con nerviosismo y no pudo evitar morderse el labio inferior.
―¡Deja de hacer esa obscenidad, Julia! Me pones enferma cada vez que sales con alguna de tus vulgaridades. No podrás hacer eso en el hotel o de lo contrario
ninguno de esos hombres apostará por ti. ¡Serás la vergüenza!
―Lo siento, madre. Por supuesto que no volverá a suceder.
―Eso espero. He trabajado mucho para pulirte y convertirte en el mejor trofeo, no puedes echarlo a perder.
Julia quiso arrugar el ceño y recordarle a su madre que ese «trabajo» sólo había consistido en órdenes y regaños mientras que la que había hecho y pagado todo y
seguiría haciendo todo era ella.
―No va a suceder así. Regresaré con un diamante en mi anular y tendremos la vida de reinas que merecemos.
―Bien. Sólo quedan dos semanas para que empiece todo. Tenemos que tener calma. Contrataré a un entrenador personal y a un estilista. Además debemos ir a la
biblioteca, debes releerte los clásicos.
―Mamá…
―¡No me llames así!
―Disculpe, madre… Creo que es innecesario. Me mato cada día haciendo dietas y ejercicio y esos libros ya me los he leído al menos tres veces…
―No digas tonterías. Esos viejos sólo saben hablar de libros… Además, necesitas saber más de deportes, política, cultura general…, oh, no olvidemos la música
clásica y visitar la ópera y el teatro este fin de semana. Quizá deberías retomar tus clases de piano y pintura. Hay tanto por hacer…
―Madre…
―¡Silencio! ¿Es que no entiendes que debes ser la mujer perfecta? No soportaría que pierdas tu oportunidad, hemos esperado cada día a que cumplieras los
veinticinco años y a que Venus te aceptara, no me puedes fallar. Sería un fracaso estrepitoso si regresas como una mujer soltera, todas nuestras amigas se burlarían de ti
y recuérdalo: viviríamos en la miseria, entre gente vulgar, sin ningún lujo. Lo hemos apostado todo y nuestra única opción es ganar.
―Lo que usted diga. Siento haberla interrumpido.
Loren abrió la puerta e inmediatamente se encandiló con la sonrisa de su sobrina.
―Tía, me han aceptado en Venus ―chilló Julia.
―Jul, cariño, ni que te estuvieran dando una beca de arte en Italia.
―¡No seas así!
Julia entró al piso de su tía y se repantigó en el sofá rojo pecado de la sala de estar. Si Sophia la hubiera visto habría pegado el grito en el cielo.
―Cielo, sabes que a mí no me gusta en absoluto ese evento. No consigo entender por qué demonios tienes que venderte de esa manera. Tú, tú…
―Yo, yo… Yo creí que te gustaría verme feliz. Sabes el montón de cosas que he hecho para poder ser una buena candidata y conseguir mi meta. Ahora estoy muy
cerca…
―¿Tú meta? Esa es la meta de la perra de tu madre.
―¡Tía!
Loren era una mujer exótica. A sus cincuenta años tenía una melena roja hasta el final de la espalda, unas cejas oscuras con arcos infinitos que casi tocaban el cielo,
unos labios del rojo más apasionado del universo y un closet lleno de prendas coloridas de esas que hasta en la luna se ven. Además, tenía una carcajada estrepitosa, una
legua pérfida y una forma de vivir excitante. Exactamente todo lo que Julia había aprendido a no ser, porque eso no era otra cosa que vulgaridad, decía su madre.
Por supuesto Sophia no soportaba a su cuñada y viceversa.
―Jul, eres una mujer capaz. Joder, que no necesitas perseguir a un viejo decrépito sólo por su cuenta bancaria. Eres una jodida cirujana, podrías conseguir
perfectamente un trabajo y labrarte una vida independiente, divertirte, pagar tus propias bragas, financiar tus borracheras, invitar a cenar a un guaperas, enamorarte,
tener un montón de pequeños demonios, engordarte un poco…
―¡Dios! No continúes. Yo no soy así, ni lo voy a ser nunca. ¿Trabajar? ¿Amor? Tía, ambas sabemos que eso no existe.
―Muchas personas del mundo trabajan y otra buena parte buscan trabajo.
―¡Los pobres! Pero no hablaba de eso, sino del amor.
―Dios mío, pero que chica tan tonta.
Julia adoraba a su tía, pero en momentos como esos no podía evitar darle razón a su madre.
―Tía Loren, ¿dónde está tu amor? Porque hasta donde sé no tienes ninguno…
Loren la fulminó con la mirada.
―Tú no sabes un carajo de la vida, niñita. Pero un día te vas a arrepentir de haberle hecho caso a tu madre, comprobarás que tus manicuras de cuatrocientos cincuenta
dólares no van a hacerte feliz, no van a convertirte en ninguna persona inolvidable y valiosa para el mundo.
Aunque Julia chasqueó la lengua con insolencia y puso los ojos en blanco, en su interior sintió que el corazón se le hacía un puño. Su tía la había molestado con
reprimendas de ese tipo durante toda la vida, pero por otra parte su madre decía todo lo contrario.
Ella no conocía otro objetivo más en su vida que convertirse en el trofeo perfecto para conseguir un marido millonario.
Cuando Ethan Lambert, su padre, murió Julia tan sólo tenía trece años y no había vivido gran cosa, sin embargo había tenido una vida normal. Pero tras la muerte de
su padre Sophia empezó a despilfarrar aún más que antes y la fortuna heredada desapareció en pocos años. Desde entonces Sophia había intentado conquistar al menos
a cinco millonarios en busca de un nuevo matrimonio ventajoso, pero no había conseguido más que algunos pellizcos monetarios. Ella, sencillamente, no era competencia
para el montón de jovencitas cazafortunas.
Por eso los últimos diez años se había encargado de entrenar a su hija para cazar a un millonario y como todas las madres interesadas sabía que la mejor cacería estaba
en Vacaciones Venus. La compañía le daba cierto estatus a semejante trámite tan superficial y absurdo, sin que nadie se detuviera a pensar en lo denigrante que era o en
lo mucho que se asemejaba a la prostitución.
Julia no sabía nada, sólo que desde los quince había llevado una vida regida por agendas y órdenes. Su jugosa herencia, que cobró a los veintiún años, para entonces
estaba cerca del final. Todo ese dinero invertido en cirugías, clases, lujos descarados… Cada cosa que su madre consideraba necesaria para aparentar opulencia salía de su
cuenta bancaria. Ni siquiera la carrera que había estudiado o las innumerables clases y cursos que había tomado habían sido elegidos por Julia, su único papel era
pagarlos y conseguir las mejores calificaciones.
Así que si Julia no conseguía un marido en Vacaciones Venus volvería a casa y se encontrarían sin dinero. ¿Qué quedaría después? ¿Conseguir algún otro rico en
alguna fiesta o por internet? Quizá, si quería una vida de reina. Pero sabía que Sophia la despreciaría por haber desaprovechado todas sus enseñanzas y por
avergonzarla, por convertirse en una mujer corriente e incapaz.
Para nadie era un secreto que todo aquel que saliera de Vacaciones Venus sin un acompañante era un fracasado, no importaba si estaba del lado de los adinerados o del
de los cazafortunas. Asimismo sólo se permitía a los cazafortunas entrar al hotel en una oportunidad si no lo conseguían no serían readmitidos.
Las amigas de Julia y Sophia consistían en mujeres igual que ellas. Madres desesperadas en que sus hijas obtuvieran un matrimonio ventajoso y jóvenes hermosas y
pulidas dispuestas a cazar al mejor millonario. Quizá amistad era un término demasiado amplio para definirlas pero a ellas les gustaba llamarse así, al menos cuando
estaban cara a cara.
―Dios mío. Pero mira qué gorda que está Eva y su hija no se le queda atrás ―susurró Sophia al oído de su hija―. Y cree que esa va a encontrar marido en el hotel,
vaya, qué ilusa. No sé cómo pudieron aceptarla en Venus…
―A mí me parece muy bonita y además dicen que es muy buena en… ejem… seduciendo.
―¡Julia! Es una zorra barata. Recuerda que no debes acostarte con esos hombres, si lo haces estás perdida. Después del sexo pierden interés.
―Madre, ¿está segura?
―Claro que lo estoy. Puedes intentar ciertas cosas para que tampoco parezcas una mojigata aburrida, pero desde luego no llegarás al sexo. Mira, los hombres son
adictos al sexo y siempre caen rendidos ante las fulanas, pero jamás, escúchalo bien, jamás se casan con una fulana. Para esposa eligen a las mujeres más decentes y tú te
vas a comportar como una.
―De acuerdo.
Ambas mujeres estaban en el aeropuerto de Nueva York. Esperando el vuelo que llevaría a Julia a Santa Bárbara, California, al famoso hotel de Venus.
―Ya me voy, querida ―anunció la madre―, no soporto estar aquí rodeada de este tipo de gente. Y prefiero no saludar a Eva y a su hija, no te juntes demasiado con
ella. Gracias al cielo pronto viajaremos en aviones privados y nos desharemos de esas amistades. Porque conseguirás un buen marido, ¿cierto?
―Sí, madre. No se preocupe.
―Claro que me preocupo. ¡Mi futuro está en tus manos! Llámame cada día, por favor. Y toma esto. ―Le tendió una hoja de papel con unas frases garabateadas.
―Madre, que yo ya me sé las reglas de memoria…
―No me contestes así. Tenlas siempre en mano, si olvidas una fallarás y no queremos que falles, ¿verdad?
Sophia se giró sobre sus tacones y salió sin dar ninguna muestra de cariño a su hija. Julia arrugó el papel en sus manos y a lo arrojó a la primera papelera que encontró
mientras se unía a Eva y Esther.
Hacía años que Julia le había dado su propia versión a las reglas de su madre, una versión corriente y vulgar.
2
Samuel bajó del avión con una sonrisa de oreja a oreja, aún le ardía la palma de la mano en donde la rubia sugerente que le había tocado por compañera de vuelo le
había apuntado su número de teléfono. No la llamaría, era poco probable.
El aire cálido de California lo saludó mientras se abría campo y buscaba al chofer que Venus le había prometido enviarle. De pronto vio un coche con el logo de la
compañía estacionado a pocos metros y no pudo menos que admirarse del buen trato, claro, con todo el dineral que había pagado no era para menos. Se encaminó hacia
él y abrió la puerta trasera.
―Oiga, señor, no puede entrar ―dijo el chofer volteándose.
―Disculpen ―contestó Samuel mientras se quitaba las gafas de sol, sin apartar la mirada de las chicas que había en el asiento trasero―. Estoy esperando un coche
de Venus y creí que era este.
―En cualquier momento llega, no se preocupe.
―Vengo desde Washington y estoy un poco cansado…
―¿Vas a las Vacaciones Venus? ―preguntó Esther―. Puedes ir con nosotras, vamos al mismo sitio y así no esperas.
Samuel sonrió.
―Pero, Esther… ―balbuceó Julia―, hemos esperado más de una hora por el coche y compartirlo me parece inapropiado…
―Justo por eso, para que él no tenga que pasar por la misma espera. Viene desde Washington, Jul…
―¡Y nosotras venimos de Nueva York, es casi el doble!
―No quisiera molestarlas ―dijo Samuel.
―No le hagas caso a mi amiga ―terminó Esther.
Samuel no se hizo de rogar. Pidió las llaves al conductor y guardó su maleta en el maletero, luego se sentó junto al chofer y empezó a platicar con Esther como si
fueran amigos de toda la vida.
Él analizó a las dos cazafortunas y tuvo que admitir que efectivamente estaban muy bien. Esther era una rubia divertida y muy atrevida, una mujer sensual y alegre
dispuesta a todo por encontrar al marido adecuado. Tenía unos ojos verdes felinos y maliciosos, unos labios llenos e insinuantes y un cuerpo lleno de curvas como un
reloj de arena. Samuel captó toda esa belleza, pero ella no era de su tipo, aunque no la descartaba, se notaba a leguas que un hombre podría pasarla muy bien con una
mujer así.
Julia también era hermosa, pero ella lo sabía y no pregonaba con ello, a él ni siquiera lo volteó a ver y eso de algún modo le molestó, estaba acostumbrado a que las
chicas le sonrieran con descaro. En general ella era todo lo opuesto a su amiga, castaña, delgada y atlética, elegante, discreta… Lo único sugerente que tenía eran sus ojos
del color de las almendras. Y a Samuel las almendras le encantaban.
Fue justo en ese instante en el que decidió que la desagradable, engreída y hermosa mujer sería una de sus víctimas. Era justo la cazafortunas idónea para bajar de la
nube… se encargaría de que saliera del hotel tan soltera como entraba.
―¿Ya habías intentado entrar antes? ―preguntó Esther a Samuel.
―¿Entrar?
―A vacaciones Venus, que si ya lo habías intentado. Nosotras apenas lo hicimos este año y tuvimos la suerte de ser aceptadas, no lo hicimos antes porque como hay
que tener veinticinco…
―Ah, no. Todos los años me envían una invitación pero hasta este he aceptado.
Julia que

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