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Libro PDF Cerca de ti Isabel Acuña

Cerca de ti Isabel Acuña

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Peter caminó con ella hasta el ascensor.
—¡Tesoro! —terció la voz de la modelo, que ya se había puesto una bata.
—¿Dime? —inquirió Peter, que se alejó de Lilian unos pasos y sin dejar de mirar a Pam, le ordenó: —Dile a Margot que cite a la gente para las tres, tú y yo nos
reuniremos antes para chequear unos datos.
—Perfecto.
Lilian los dejó solos y subió al ascensor.
—¡El ascensor, por favor, espere un momento! —gritó un empleado que se acercaba cargado con varias cajas.
—¡Cielos! ¿Quién es ese esperpento? ¿No sabe que los asesores de imagen existen?
Mientras detenía el ascensor para que el hombre entrara, Lilian se encogió de hombros, acostumbrada a esa reacción por parte del lote de modelos que visitaban
la agencia.
—Es buena empleada —respondió Peter.
—Tiene que serlo —se burló la modelo y lo abrazó.
—¿Qué quieres, Pam? —preguntó él, distraído.
—Un mimo y un beso.
Peter le dio un ligero beso en la boca y se apartó.
—Esta noche tenemos coctel en el Metropolitan —recordó ella.
—No podré ir, cariño.
—¿Cita con el esperpento? —preguntó Pam con asomo de burla, sin importarle que la puerta del ascensor siguiera abierta y Lilian los escuchara.
Peter soltó una carcajada.
—No saldría con una mujer así, querida Pam. Tengo una reputación que proteger —puntualizó. El empleado terminó de acomodar las cajas y la puerta del
ascensor se cerró—. Pero te agradecería que la respetaras, es una empleada excelente, confío en ella y en su criterio. No me gustan tus comentarios.
La modelo se acercó por más mimos, pero Peter ya no estaba de humor.
—Está bien, discúlpame, iré a tu casa después del coctel.
—No lo hagas —dijo Peter—. Descansa hoy, mañana tienes que estar fresca y hermosa para la otra sesión de fotografías.
Le dio la espalda, dejándola con la palabra en la boca.
Lilian observaba el tablero de botones ascender con rapidez. Las frases de la modelo no la importunaban, al fin y al cabo, era la imagen que se había creado con el
paso del tiempo. Pero de unos meses a la fecha, el disfraz que con tanto ahínco había perfeccionado y fundido a su piel le molestaba y sabía la razón: trabajaba en un
mundo que manipulaba las necesidades, un mundo en el que la seguridad, la belleza y la limpieza eran vendidas en empaques de lo que fuera y si eran ofrecidos por una
mujer hermosa, mucho mejor. Trabajaba en un mundo en el que la belleza era culto. Se sentía discriminada.
De haber trabajado en una entidad del gobierno o en una oficina de abogados, Lilian no hubiera tenido las dudas que tenía en ese momento. Claro que había
obtenido cierta indulgencia al desempeñar bien su trabajo. “Nunca saldría con una mujer así”. Las palabras de Peter le molestaron y eso la desconcertó, porque jamás le
había pasado. Era indiferente a la opinión masculina. El tipo era un imbécil. El hecho de que se vistiera como se vestía no quería decir que no tuviera idea de la moda. Si
dejara de usar su disfraz les daría una lección de feminidad y buen gusto que derretiría a más de uno.
Por mucho que Lilian se enfureciera con Peter, en su fuero interno no podía sino admirar la capacidad de trabajo del hombre y la manera en que manejaba una
empresa que en menos de tres años había duplicado sus contratos y su personal. En sus momentos más imparciales, incluso reconocía que era comprensible la
admiración de las modelos por su jefe. Era un hombre exitoso y apuesto, pero ellas no lo conocían en realidad. Debajo de su pátina de simpatía y esa actitud de: “Te
amo preciosa, ven aquí”, se escondía un hombre intransigente y superficial que metía a las mujeres en un solo saco. Era brillante en su trabajo y exigente con todo su
personal, para ella era un motivo de orgullo haber adquirido la experiencia para manejar muchos tópicos de la empresa. El puesto de Lori lo conocía al derecho y al
revés, y fue un golpe fuerte el que no la hubiera considerado para sustituir a una persona que estimaba y de la que había aprendido tantas cosas. Sabía que era muy
buena en su trabajo y no era nada malo querer un poco de reconocimiento. ¿O sí?
Al llegar a su cubículo, Helen —la secretaria de “la bruja”, como llamaban a Beatrice, el reemplazo de Lori Stuart—, ya estaba acomodada con sendas tazas de
café. Lilian tomó la taza, agradecida por el calor que el utensilio irradiaba. Llamó por el interno a Margot, que agendó la hora de la reunión, y procedió a enviar el correo
para la reunión a todos los que estarían implicados en la nueva campaña. Mientras, escuchaba los últimos chismes que le refería Helen, quien por último, y como si no
hubiera sido el primero de sus propósitos a ir a compartir el café, le dijo:
—La bruja te necesita, parece que Linda Brian adelantó su licencia de maternidad.
—¿Sabes si está bien? —inquirió Lilian, preocupada.
Helen asintió.
—Lleva en labor de parto doce horas, pobre chica.
—Bien, veré qué desea Beatrice.
Se dirigió a paso rápido a la oficina. Al llegar, golpeó la puerta.
—Adelante.
Lilian entró, la mujer estaba ocupada atendiendo una llamada en el móvil. Beatrice Laurens no tenía un pelo fuera de su sitio, su atuendo estaba calculado para
lograr un efecto devastador, desde los aretes, hasta los zapatos Nine West, pasando por un bolso Coach que había encima del escritorio. Lilian la observaba
detenidamente. Beatrice era elegante, pero rastrera y petulante con el personal de la empresa. No pudo evitar compararla con Lori, que siempre se preocupaba por los
demás. Era alta, súper delgada, el tipo de mujer que trabaja duramente en el gimnasio para tener un trasero firme y prieto, el cabello era negro, parejo, con corte de
estilista caro. Tenía ojos oscuros, y una mirada fría que intimidaba.
—Lilian, vas a cubrir el puesto de Linda, si necesitas ayuda, utiliza alguno de los pasantes de Stanford, para eso están. Ya revisé los datos de la reunión de esta
tarde.
A Lilian no le sorprendió el pedido de su jefa, deseaba ganar puntos con Peter y si era ahorrando dinero, lo haría, su gestión no había sido la mejor y eso lo sabía
toda la empresa. Beatrice estaba en la mira de Peter y haría cualquier cosa por complacerlo. La verdadera prueba vendría con el trabajo de la próxima campaña, si
ganaban la licitación, sería la campaña más importante del año. Cosméticos One había licitado con tres empresas más del sector para desarrollar la campaña publicitaria
para un nuevo perfume, Always. Había mucho dinero de por medio.
—¿Qué le parecen?
—Con estos datos se armará la brochure. Nos quedan tres semanas, Lilian, espero que todo salga bien. —La miró de arriba a abajo—. Por favor, arréglate un
poco, los cosméticos existen para hacernos las cosas más fáciles a las mujeres.
—Así estoy bien —contestó Lilian, cortante—. En cuanto a mi parte, sé que no tendré problemas. ¿Necesita ayuda, alguna idea?
Lilian no deseaba ser rastrera, pero lo hizo con toda intención. La mujer no era ninguna boba y captaba con rapidez las cosas que se quedaban sin decir. Con su
mirada de glacial, le contestó:
—No eres publicista, haz tu trabajo, y no te molestes en meter las narices en el mío.
Beatrice la detestaba y no era solo por su apariencia. Tenía que reconocer que estaba ante una persona brillante, que con su talento le daba tres vueltas al mejor
creativo del momento. Lilian, sin que se lo pidieran, lanzaba idea tras idea a cual más original, con aparente facilidad, y eso era algo que molestaba sobremanera a la
mujer.
—Está bien.
—Tienes cita con Peter esta tarde para estudiar las dichosas cifras, limítate a hacer tu trabajo. En la reunión con todo el equipo quiero que vayas preparada y sin
lucirte. ¿Estamos?
La despachó enseguida.
Lilian estuvo toda la mañana y parte de la tarde arreglando las carpetas con su informe para la reunión. Antes de ir a la oficina de Peter, entró al aseo de mujeres.
La imagen que le devolvió el espejo era la misma desde el día que había decidido pasar desapercibida para el mundo: cabello recogido, gafas de montura gruesa y vestido
gris ratón. La única concesión al atuendo era una blusa de seda lila, diferente al blanco que usaba casi todos los días. Con todo preparado, subió por el ascensor. La
recibió Margot, la secretaria, una mujer elegante y madura en la cincuentena y una eficiente trabajadora.
—Hola, Lilian, pasa, te está esperando. —Señaló la puerta.
—Gracias Margot.
Entró al recinto de Su Majestad, como lo llamaban las empleadas. El hombre estaba inclinado, revisando unas cifras en su computador y charlando por el móvil.
Era hermoso, tenía que reconocerlo, con su traje oscuro a la medida y su cabello rubio con corte a la moda, se veía plácido y cómodo en su piel. Con un gesto de las
manos la invitó a sentarse. Lilian se distrajo observando la moderna decoración de la oficina, fotografías de modelos colgaban de las paredes en compañía de afiches de
las campañas más representativas, enmarcados con elegancia. Algunas de las fotografías de paisajes llevaban su firma, luego dedujo que las había tomado él. Escritorio
con superficie de vidrio grueso, aparatos de tecnología y en un aparte, otra mesa con varias sillas para reuniones pequeñas. Un mueble de madera poblado de unos
pocos libros y una escultura que semejaba una línea femenina. Se acomodó las gafas, puso una carpeta en el escritorio y sostuvo la tableta, en la que revisó unas cifras
mientras él terminaba.
Su energía la circundó. Desconcertada, empezó a revisar su correo electrónico mientras lo escuchaba. Se le erizaba la piel al percibir la frecuencia modulada de su
voz. Esas sensaciones la descomponían, lo que causaba que ajustara más sus defensas.
—Más que el estudio de mercadeo, háblame del estudio de tendencias. Hiciste un buen trabajo, Lilian.
“Vaya, eso es nuevo”, caviló ella, sorprendida.
Se detuvo para mirarlo y ahí cometió su primer error. Percibió su presencia, su olor y cómo sus ojos se posaban en los suyos. Peter Stuart, con su sonrisa, hizo
que padeciera el peso de su máscara, el peso de lo ocurrido. Con un atisbo de frustración, se sentía incapaz de dar los pasos necesarios para superar su pasado.
—Los aromas clásicos y duraderos estarán de moda de nuevo, la mayoría de las mujeres son conscientes de que la industria siempre va tras el perfume ideal. El
aumento en la materia prima y la economía inestable han hecho que las marcas apuesten a lo seguro. Según este estudio, el consumidor ha vuelto a la fragancia fina. Y
eso es una gran ventaja para nuestro producto, ya que sus componentes son raros y la preparación, algo compleja.
—¿No será un obstáculo para un segmento de la población?
—Hice una investigación profunda del mercado para el que trabaja la empresa y pienso que debemos venderles la idea de ampliar la venta del perfume a mujeres
entre los dieciocho y veintitrés años, que estuvieron receptivas a la fragancia. A medida que pasan los años, el poder adquisitivo de la mujer empieza más temprano.
Peter se distrajo unos momentos de la disertación de su empleada. La chica era inteligente, eso ya lo sabía, había ido descubriendo cosas sobre ella de unos meses
a esta parte. Tenía unos ojos sensacionales y un cutis perfecto, facciones definidas, no entendía por qué la había tenido tanto tiempo por una mujer poco agraciada. Era
lo opuesto a su ideal femenino. Ella no parecía notar el efecto que tenía en él. Donde su hermana vio antipatía, había una gran cuota de confusión. Lilian lo trataba con
una indiferente benevolencia, como a una persona a la que hay que tolerar porque no hay más remedio y eso lo cabreaba como nunca. Era un hombre muy sexual y su
reacción a las mujeres era una pauta que regía muchos aspectos de su vida. Esta mujer mudaba su ánimo, como si quedara atrapado en un cerco magnético, era de locos,
y no poder leer nada en sus gestos o actitudes lo ponía nervioso. No llamaba la atención, su vestimenta era un aviso de neón con un “no me mires, no te fijes en mí”,
pero su ojo avizor no había pasado por alto algunos detalles, que poco a poco habían ido cambiando la percepción que tenía de ella. Lilian Norton era un enigma
femenino y no podía estar cerca de uno, porque necesitaba descifrarlo. La rasquiña volvía con más fuerza.
Concluyeron la reunión y más tarde llegó todo el equipo. Beatrice; Brad, de arte gráfico; Gregory, el director de medios; Thomas, el ejecutivo de cuentas y Lilian.
Lo que se concluyera de esa junta iba a cada departamento para después presentar una idea o varias en conjunto.
Peter entró a la sala de juntas con paso firme —a Lilian le pareció un bucanero embaucador disfrazado de hombre de negocios—, y se sentó a la cabecera de la
mesa.
—Bien —empezó Peter—, ya está listo el estudio del público meta y tenemos un feedback positivo para el producto. Ideas —Los miró, serio, estrujando una
pelotita de control del estrés—, quiero ideas.
—La fuente —contestó enseguida Beatrice— desea una campaña diferente a los demás perfumes del mercado. Tienen un serio problema de imagen, sus
campañas están destinadas a vender la suavidad y la pureza de sus fragancias a una población elitista.
—No puede ser tan diferente —objetó Brad—. ¿Qué se les viene a la mente cuando piensan en un comercial de perfumes?
—Nicole Kidman y Chanel No.5 o Charlize Theron, con Dior —soltó Gregory enseguida—. No recuerdo el nombre del perfume, pero si sus fantásticas piernas.
Todos sonrieron ante el comentario.
—Exactamente —complementó Peter—. Necesitamos algo que perdure en la mente del consumidor, en este caso las mujeres. One, hasta el momento, según los
estudios de tendencias, ha manejado campañas pasadas de moda y sin tener en cuenta el segmento de población al que deseamos incluir. Podemos hacer algo común y
habremos cumplido con nuestro trabajo sin grandes expectativas, pero no somos una empresa común. Quiero que trabajemos en una campaña que sea estudiada en las
facultades de publicidad de todo el país.
Peter se levantó, y jugando con la pelota de una mano a la otra, caminó mientras expresaba la importancia de obtener esa campaña para su portafolio.
—Pienso en una mujer etérea y delicada en un castillo escocés o había pensado también en una fiesta, juegos pirotécnicos —soltó Beatrice cuando Peter dio por
concluida su disertación.
—No ofreces nada nuevo —señaló Peter.
Los otros lanzaron un par de ideas muy parecidas a la de Beatrice.
Se preguntó qué lo había inducido a contratar a esa mujer, si eso era lo mejor que ella tenía que ofrecer en la reunión. Apretó los labios en un rictus que sus
empleados ya le conocían. Se apoyó contra la pared, soltó la pelota y se metió las manos a los bolsillos.
Lilian carraspeó enseguida y levantó la mano. Beatrice la miró, sorprendida, a ella no le importó.
—Sé que solo me compete la parte del estudio de marketing y tendencias —carraspeó de nuevo, algo nerviosa—, pero yo estuve en las diferentes entrevistas y
pruebas del producto.
—Sigue —la invitó Peter a hablar, pendiente del gesto de sus manos entrelazadas y su pose formal.
—Aparte de que nos gusten las piernas o el rostro de cualquier actriz… —Tomó una pausa—. El perfume es para las mujeres, ellas son las que lo compran y lo
que desean es despertar sentimientos: seguridad, sensualidad, amor, pasión y romance.
Se hizo un silencio. Peter se sentó y giró la silla, mirándola con interés.
—Caramba, Lilian, quién lo hubiera dicho —observó y se oyeron unas risitas alrededor—. No esperaba de ti ese tipo de ideas.
Lilian se envaró enseguida. Beatrice soltó una sonrisa burlona.
—Así es la vida, las mujeres con cociente intelectual de tres dígitos sorprendemos a veces.
—Discúlpanos —señaló Peter, arqueando una ceja enseguida y observándola divertido—, y sigue, por favor.
—Pienso que podría hacerse una campaña teniendo en cuenta el romance, el renacer de la mujer por medio del poder del amor, el nombre del perfume lo refuerza:
Always.
—Otras empresas de perfumes lo han hecho, no es nuevo —retrucó Beatrice.
—Sí, yo sé que no es nuevo. —La miró con gesto serio—. Pero en ustedes estaría hacerlo distinto, ponerle el sello que caracterizara al perfume. Es mi idea,
claro.
Beatrice la miró como si fuera un insecto repugnante.
—Y bien interesante —acotó Peter, intrigado una vez más por esta mujer que lo ponía a veces con los nervios de punta—. Quiero una mujer natural pero no
común, alguien asequible, queremos un público al que el perfume no le parezca demasiado estirado o de mujer madura. Ya planteada la idea, en cinco días quiero algo,
nos reuniremos a la misma hora. Beatrice, quédate, deseo hablar contigo. Adiós, chicos.
Volvieron a la oficina. La mujer contoneó las caderas para sentarse frente a Peter, con gestos calculados que él ni siquiera notó. No le interesaba, muy calculadora
y agresiva para su gusto.
—Quiero pedirte un favor —demandó.
—Tú dirás —contestó ella en un tono de voz ronco, que él ignoró de manera deliberada.
—Exijo que controles tu animadversión hacia Lilian. —La miró, ceñudo—. No le haces la vida muy fácil a esa mujer. Es brillante y la necesito en mi equipo.
¿Ok?
—Es un adefesio.
Miró a su jefe con expresión desafiante.
—Ese adefesio le ha hecho ganar miles y miles de dólares a mi empresa, algo que tú no has hecho, querida. Me importa cinco si Lilian viene con trajes de abuela,
de Christian Dior o embutida en un saco de harina, tiene una mente privilegiada y sería un imbécil si no la aprovecho. ¿Estamos?
—Claro, lo que tú quieras —contestó Beatrice con expresión borrascosa en el rostro.
CAPÍTULO 2
Lilian lidió con los nervios y la irritación que le causaba Beatrice, la mujer estuvo imposible con ella hasta el término de la jornada laboral. Caminó las pocas
cuadras que la separaban de Union Square, donde estaban ubicadas las oficinas, hasta la calle Mason, donde estaba el gimnasio en el que practicaba kickboxing tres veces
a la semana. Saludó su entrenador, un mexicano de mediana edad con el que había hecho una buena amistad. Desde lo ocurrido siete años atrás, trataba de tener ocupado
su poco tiempo libre. La lectura y la cocina eran otros de sus hobbies.
Llegó a su casa después de pasar por el supermercado. Vivía en District Sunset entre Sunset Boulevard y Noriega Street, en un vecindario de clase media. El
edificio de dos pisos estaba en buenas condiciones, Lilian vivía en el segundo y último piso, que compartía con Alice, una experta en sistemas que trabajaba en el
distrito financiero.
Al entrar, el aroma a esencia de pebetero la invadió y le dijo que su compañera ya había llegado. Alice era aficionada a las esencias, unas agradables y otras no
tanto, pero poco le importaba, valoraba la compañía y la amistad que esta buena mujer le había brindado desde hacía tres años.
—No te vas a creer el día de mierda que he tenido —dijo Lilian, mientras dejaba las bolsas en la encimera de la cocina—. Beatrice me tiene hasta la coronilla.
¿Qué diablos se habrá creído? Te juro que me siento en el colegio en manos del matón del curso.
Se le hizo raro que su amiga permaneciera callada y enroscada en el sofá leyendo una revista, en lugar de estar arreglándose para salir, como ocurría varias veces a
la semana.
—¿Qué sucede, querida?
Alice levantó la vista de la revista y se quitó las gafas. Los hombres encontraban a su amiga adorable. Con sus rizos rubios sostenidos arriba de la cabeza por una
moña en forma de flor color fucsia, su cintura de avispa y caderas pronunciadas, semejaba a las actrices de la década de los cincuenta, la época en la que se valoraban las
curvas de una mujer. Si a eso se le adicionaba su voz de estrella porno, a Lilian no se le hacía raro el desfile de hombres a su puerta. Vestía una bata de flores de estar en
casa. Tenía las uñas pintadas de un verde eléctrico, a juego con el maquillaje que no se había retirado aún. Tomó un sorbo de una copa de vino tinto que llevaba en la
mano, dejando en el borde una nítida marca de atrevido pintalabios rojo. Se conocieron porque Alice vivía en el primer piso, con un compañero que se había mudado a la
costa este, al quedarse sola, le propuso que compartieran apartamento y todos los gastos. A Lilian le cayó de perlas, siempre estaba corta de dinero, por la mensualidad
del colegio de Hanna, de la que se había hecho cargo al morir su padre.
—Podríamos salir a algún lugar, es más, podría tomar clases de kickboxing en ese tugurio al que vas.
Lilian se acercó presurosa y sentó al lado de su amiga.
—Es lo más tonto que te he escuchado decir, el día que tu hagas kickboxing, vendrá Frank Sinatra a mi puerta y eso que lleva muerto sus buenos años.
—¿Qué tiene de malo? Dicen que el deporte es bueno para la salud.
—Se te partirían las uñas. No es esa la clase de deporte que practicas. Desembucha. ¿Tienes fiebre?
—No seas boba, se me ocurrió hacer algo de ejercicio —dijo en tono insulso—. Me gustan los muslos firmes que tienes.
Lilian bufó, incrédula.
—A ver… ¿no tienes con quién salir? ¿Es eso?
Alice permaneció en terco silencio.
—Ah, ya veo, por fin hubo un hombre con más de cinco dedos de frente que te dejó plantada. Te imagino pegada al móvil y al Whatsapp como posesa,
esperando la entrada de un mensaje.
—No he mirado Whatsapp.
—No lo creo, entonces, alguien pasó de tus encantos y no sabes qué diablos hacer. Me cae bien el sujeto.
—Muchas gracias por la solidaridad. Sí, el hombre pasó de mis encantos, no sé cómo se atrevió a hacerlo, mírame. —Señaló sus curvas—. No lo entiendo.
Los hombres a veces se engañaban con Alice, era una de las mujeres más inteligentes que Lilian conocía. Este, que seguro lo percibió, tendría que tener su mismo
cociente de inteligencia para que ella estuviera así de descompuesta. Lilian tomó un cojín y empezó a peinar los flecos.
—Tienes que revisar tu estrategia, querida.
—¡Qué vas a saber tú, señorita remilgada! No sales con hombres.
—Pero observo todo lo que ocurre a mi alrededor y sabes que soy una buena fuente de consejo.
—¡Me ha rechazado! ¡A mí! Después de semanas de emplear todos mis trucos. Cenas románticas, roces deliberados…
—Me imagino que lo has llamado cantidad de veces y has sido tú la que ha tomado la iniciativa en las últimas salidas.
—Sí. ¿Qué tiene de malo? Para eso está la liberación femenina.
—A los hombres la liberación femenina les importa un bledo. Analicemos todo desde el comienzo. ¿El chico te gusta realmente o sales con él solo por divertirte?
Porque si es así, mejor déjalo en paz y pasa a tu siguiente proyecto.
Se escuchó el sonido del móvil de Alice, que indicaba la entrada de un mensaje. Lilian lo agarró antes que ella.
—A ver, vamos a ponerle un pare a esto —deslizó el dedo por la pantalla.
—Dámelo. ¿Es él? —trataba de quitarle el aparato pero no era tan ágil como Lilian y decidió dejarla en paz.
—Es él, no vamos a abrir el mensaje, así que te aguantas.
Alice le regaló una mirada indignada, mientras agarraba un cojín y lo apretaba al pecho. La mujer no tomaba en serio a los hombres y se indignaba cuando
terminaba una relación y el sujeto la hacía sentir culpable. Ella solo buscaba divertirse, era generosa con sus afectos, pero estos variaban como veleta al viento. Estaba
desconcertada porque pensaba que Tom era el indicado y cuando por fin estaba dispuesta a entregar el corazón a un hombre, este salía corriendo.
—Qué mala eres, Tom me gusta, nunca me había sentido así. Ese deseo de verlo, de besarlo y lo más triste es que parecía estar interesado, todo fue muy bien en
las primeras citas.
Lilian la miró, sorprendida, no le conocía esa expresión de desolación, solo la usaba cuando veía su programa de animales abandonados, nunca por un hombre.
—Bien, si te gusta en serio, vamos a arreglar el estropicio que has hecho en las dos últimas semanas. ¿Hace cuánto que no lo llamas?
—Hace tres días.
—Aún hay esperanza. Si mi instinto no me falla, al ver que pasas de su mensaje, el galán hará una llamada.
—¿Cuándo?
—Puede ser ahora, en una hora o en tres días, pero si no llama esta noche, júrame por lo más sagrado que ignorarás la llamada hasta que estés conmigo.
Alice la miró, confundida.
—Júramelo.
—Está bien, lo juro.
—Sin trampas que anulen el juramento.
—Sin trampas.
Sin soltar el móvil, Lilian fue a la cocina, arregló la compra que estaba encima del mesón y con toda la parsimonia del mundo, empezó a sacar los ingredientes de
la cena mientras tarareaba una canción de Bon Jovi.
—Cantas horrible —dijo Alice mientras se comía la uña del pulgar y la miraba con resentimiento.
—Calla o te haré guisantes.
Alice odiaba los guisantes.
Sonó el móvil de Alice. Esta brincó y se acercó a Lilian.
—Es él y no vamos a contestar.
—¡Estás loca! —Se abalanzó sobre ella.
Lilian la mantuvo a distancia. El aparato dejó de sonar por segundos y ya Alice caminaba hasta el sofá, cuando empezó a sonar de nuevo. Lilian contestó.
—Hola, Tom, soy Lilian.
Alice se abalanzó de nuevo, pero Lilian consiguió escabullirse.
—No, lo siento, salió hace un rato y dejó el móvil. No, ni idea, casi no la he visto en estos días.
Alice gesticulaba furiosa, pero Lilian le hacía señas más feroces.
—Verá tu llamada en cuanto llegue y seguro se apresurará a hablarte. —Resopló fuerte, que el hombre escuchara—. O eso espero. Adiós, Tom.
—¿Cómo pudiste? Es el truco más sucio y viejo de la historia.
—Pero efectivo si juegas bien tus cartas.
—Se dará cuenta.
—Alice, Alice, has abusado un poco de los sentimientos de unos cuantos. Solo buscas divertirte y eso está bien, sexo sin compromiso ha sido tu lema y ahora
que aparece el hombre que te mueve el piso, no tienes idea de cómo tratarlo. Las premisas de tus relaciones anteriores no sirven.
—Ya es tarde, me porté como la más zorra de las zorras, sexo fácil. No hay remedio. Lo perdí.
—Tendrás que hacerte la difícil unos cuantos días.
—No sé si pueda hacerlo.
—Claro que puedes. ¿Para qué sirve ese coeficiente intelectual?
—¿Tú crees? —Y por primera vez en la noche brilló en sus ojos algo de esperanza.
—Claro, dale con el látigo de la indiferencia, aprende a decir no de vez en cuando, con amabilidad. Hazle pensar que ese no se puede convertir en sí, tampoco se
trata de espantarlo.
—Eres una estafadora —dijo Alice, con talante sorprendido y cara de admiración—. ¿Y si no funciona?
—Entonces no era el adecuado.
—Eres una sabia mujer.
Se concentró en hacer la cena mientras pensaba que entendía muy bien a su amiga, su comportamiento era producto del temor de mostrarse vulnerable y entregar
sus sentimientos a quien no lo mereciera. Lilian era igual, con la diferencia de que mientras Alice utilizaba a los hombres, ella les huía como a la peste. No quería ser
lastimada de nuevo. Evadía su vida sentimental con trabajo y actividades, sus constantes afectivas eran Hanna, su madre y su querida Alice, que la había apoyado, dado
afecto, la entendía y la distraía en sus días malos.
“Mantente en lucha, Lilian”, susurró para sí. Era la única manera que conocía para olvidar lo sucedido siete años atrás. Como un conjuro, los fantasmas del
pasado hicieron su aparición en la pequeña cocina y su mente voló a lo ocurrido cuando era una jovencita de diecinueve años y su vida, como la había soñado, terminó
en una noche de fiesta en una casa de Hermandad en su primer año de estudios universitarios.
—¡Tenemos que celebrar que ya terminaron estos exámenes de mierda! —exclamó Sarah mientras atravesaban el campus universitario rumbo a la biblioteca.
La primavera estaba iniciando, y unos tímidos capullos se extendían como tapete en los jardines de St Louis Square. Lilian caminaba feliz a su lado. Haber
logrado el puntaje más alto en la prueba de Lógica Matemática era motivo para celebrar.
—Podría ser.
—Esta noche habrá una fiesta en la casa de la hermandad de Billy.
Era su primer año de universidad en la facultad de matemáticas, estudiaba con una beca que cubría todos sus gastos. Estudiante apasionada y curiosa, siempre
iba más allá en los temas desarrollados y ya los profesores empezaban a distinguirla entre el grupo de alumnos.
A Lilian no le entusiasmaba mucho la idea de la fiesta. Demasiada bebida, hierba, besuqueos y manoseos para su gusto. Prefería quedarse viendo una película o
leyendo un libro. No era que no disfrutara de las reuniones y los chicos, pero no le gustaba el grupo de Billy y sobre todo no le gustaba Jason Hale. El chico de oro de la
facultad, hijo del gobernador del estado de California, capitán del equipo de fútbol americano. El joven tenía veintitrés años y pronto se graduaría. No le gustaba el modo
en que la miraba como si la estudiara, la examinaba como se inspecciona un mueble para su compra.
—Dile a Billy que vayamos a otro lugar a escuchar música, también quiero celebrar, tomarme unas cervezas.
A Lilian le gustaba salir de fiesta de vez en cuando y tomarse unas cervezas para relajarse de las largas jornadas de estudio.
—¡Estás loca! Es la segunda fiesta del semestre, y es una pasada que estemos invitadas también.
—Estarás invitada tú, a mí no me conoce nadie.
—Billy dijo que estabas invitada. Vamos, no me hagas esto, desea presentarte un chico.
—Que no sea Jason, por favor.
—No es él, palabra de honor.
Lilian se quedó pensativa unos momentos.
—Está bien, iré contigo.
—¡Sí! Nos divertiremos, ya verás.
—Eso espero.
Lilian entró a la biblioteca y Sarah, con un gesto de la mano, se despidió y pasó de largo.
Billy, el novio de Sarah, y el amigo que sería su pareja, las recogieron afuera de los dormitorios. Lilian lucía una minifalda negra, una blusa de licra color beige y
zapatillas oscuras. Llegaron al lugar en el automóvil del chico en pocos minutos. Se alisó el cabello con las manos al tiempo que entraba en la casa, la música, la gente, el
humo de cigarro y marihuana estaban en su apogeo. El chico de nombre Matt se ofreció a conseguirle una bebida, Sarah y Billy desaparecieron como por ensalmo, Lilian
se refundió entre los invitados, contempló el grupo de chicas que bailaban y bebían sin control, seguidas de cerca por los chicos.
Matt se acercó a ella con un vaso, pero Lilian no aceptaba licores de gente que acababa de conocer y lo dejó en la primera mesa que encontró, si quería beber, ella
misma se conseguiría un trago. Después de una charla insustancial, el joven la sacó a bailar. Salieron a una pista improvisada en lo que debía ser la sala de la casa. Varias
parejas bailaban, Lilian pensó que no la estaba pasando tan mal, Matt era agradable, sabía llevar el paso y no le había visto la cara a Jason Hale en toda la velada.
Cuando Matt dio una vuelta, Jason se materializó frente a ella, bailando con una rubia. Para su disgusto, el joven pidió un cambio de parejas. Lilian quiso salir
corriendo, pero se negó a demostrar la incomodidad que él le inspiraba. Un halo de chico malo brillaba alrededor de su cabello oscuro, era alto y acuerpado, vestía jean
pitillo y camiseta oscura.
—Hola, Jason.
—Hola, pelirroja. ¿Eres pelirroja natural, cierto? —dijo, al tiempo que la aferraba a él y por el altavoz se deslizaban los acordes de una canción lenta.
Lilian maldijo para sus adentros. Como saludo no era el más adecuado.
—Sí, soy pelirroja natural —contestó, con ganas de propinarle un puntapié para alejarlo un poco, su colonia almizclada y su aliento a licor le molestaban.
Cuando acabaron de bailar, Lilian se soltó enseguida, dio media vuelta buscando a su pareja y al no encontrarla, se perdió entre el grupo de jóvenes, un chico
repartía chupos de una botella de tequila y le ofreció uno. Degustó la llamarada de licor en la garganta, la boca del estómago se le incendió, pero cosa curiosa, sirvió para
calmarla, tomó una segunda copa, recordó que no había comido nada y el licor se le subiría a la cabeza en un santiamén. Decidió salir al patio y buscar a Matt, que había
desaparecido. Jason la seguía por todas partes y empezaba a ponerla nerviosa.
Encontró a Sarah y Billy enzarzados en un beso, recostados en la pared del fondo.
—Quiero irme —dijo—. Matt no aparece por ningún lado y Jason no deja de perseguirme.
Billy tuvo el descaro de mirarla, avergonzado.
—Discúlpame, lo de Matt fue una excusa, Jason quería que vinieras.
Lilian lo miró, furiosa.
—Eres un imbécil. —Miró a su amiga con rabia—. ¿Cómo pudiste?
—El hombre quería una oportunidad. Vamos, dale diez minutos, si te incomoda, te llevamos enseguida.
Jason se acercó con una botella de tequila y un par de vasos.
—Tienes nombre de profesora de primaria —dijo el joven que heredaría el botín político de su padre.
—Gracias.
Billy sirvió otra ronda de tragos. Lilian tomó su tercer chupito de tequila. Billy se dedicó a contar algunos chistes y ella se permitió relajarse por primera vez en
la noche.
Observó que había llegado más gente, sobre todo mujeres.
—¡Vaya! Qué cantidad de chicas.
—Cuantas más, mejor —soltó Jason, que no dejaba de mirarle los pechos.
—Gracias por la invitación —dijo Lilian, aunque su mirada señaló lo contrario—. No necesitabas enviarme tu cancerbero.
Matt estaba en el otro lado del patio, con los ojos inyectados en sangre. Compartía una botella con una chica vestida con una minúscula prenda.
—¿Hubieras venido si te hubiera invitado?
—No.
—Eres tonta, ¿verdad? Si no quieres nada conmigo, está bien. Mujeres como tú, aquí sobran y estoy seguro de que serán más amables conmigo.
Lilian quedó de una pieza, incapaz de contestar. Jason dio media vuelta y se fue por donde había venido.
Alice, al ver la expresión que rondaba en los ojos de su amiga, supo que sus recuerdos amargos estaban de visita. Conocía sus gestos y la mirada de crudo
desamparo, en esos momentos deseaba matar al cabrón, como lo llamaba ella. Llegó hasta la cocina y se sirvió otra copa de vino, no le ofreció a Lilian, que no ingería
licor entre semana.
—¿Con qué me vas a alimentar? No puedo vivir de chocolates, los hombres desaparecerían de la puerta.
—Y eso sería un gran problema. Sopa de pasta, bollos de maíz y ensalada mixta —contestó ella en tono apagado, volviendo a su realidad.
—Te amo —dijo la chica mientras prendía el televisor—. Hoy se acaba la novela.
—Me apresuraré entonces.
Tenían un acuerdo tácito, Lilian cocinaba, Alice arreglaba la cocina y el apartamento. La convivencia con Alice era fácil. El apartamento era sencillo, sofá claro,
sillones cómodos, mesa de centro en madera. Cuadros de afiches de películas antiguas, helechos y flores en cada rincón. El comedor era el mesón que separaba la sala de
la cocina con un par de sillas altas. Comían cada una con una bandeja frente al televisor. El cuarto de Lilian era impersonal, como si hubiera ampliado su disfraz a todos
los espacios de su vida.
Cinco días más tarde se reunieron en la sala de juntas para presentar varios bosquejos y escoger el que se utilizaría en la campaña. El equipo había trabajado
varias ideas y esperaban con ilusión la opinión de Peter.
Este entró al lugar y se sentó en la cabecera de la mesa. El aire alrededor de Lilian cambió enseguida, su campo energético se cargó y enrojeció de golpe. “¿Qué te
pasa?”, se preguntó, “es un hombre pagado de sí mismo y no te simpatiza”. “Pero está buenísimo”, le susurró la Emily de vieja data, en el oído y sí, era cierto, en
mangas de camisa y corbata lucía como para portada de CQ, con el cabello algo despeinado, como si se hubiera pasado las manos cientos de veces. Su mirada marinera
se detuvo en ella un momento y recorrió a todos los presentes.
—Bien, espero que entre los conceptos que me traigan esté el que haga que la empresa se ponga a la cabeza en ventas en el sector de perfumería, no podemos
perder ni un solo día —dijo, con aire decidido, como pistolero dispuesto a detener el tren del dinero—. Son seis meses de trabajo duro, sé por buenas fuentes que One
ha perdido dinero y Always es su oportunidad de recuperarse antes de que termine el año, o por lo menos quedar en ceros.
Las distintas presentaciones no lo entusiasmaron en lo más mínimo. Al paso de los minutos era evidente su disgusto. Brad, nervioso, señaló otro par de ideas.
—No me entusiasma. —Los miró, ceñudo—. Y eso es un gran problema porque se nos acaba el tiempo. En cuatro semanas, los dueños estarán sentados en esta
mesa y no voy a defraudarlos. Parece que han olvidado los conceptos básicos de lo que hacemos, somos magos, les vendemos sueños a la gente, ilusiones para tratar de
mejorar sus vidas, somos el limpiador que reducirá las horas de trabajo de un ama de casa en su cocina —se levantó de golpe y empezó a caminar por la sala—, la crema
que retardará la aparición de arrugas, el producto ideal para tener la cabellera larga y sedosa. Vendemos la idea de la vida sexual que no existía antes del Viagra. Somos
embaucadores, señores, y si no han entendido eso ¡estamos jodidos!
Peter apoyó ambas manos en la mesa, agachó la mirada y volvió a levantar la vista ante el carraspeo de Lilian. Echaba en falta a Lori. ¡Maldita la hora en que
había decidido irse a vivir a Los Ángeles!
—Habla —señaló, de no muy buen modo.
—El concepto no está mal, podemos cambiar la motivación y el escenario.
—Sigue. —La mirada de Peter la atravesaba.
—Cierren sus ojos un momento e imagínense la presentación. —Todos le hicieron caso. Peter se sentó, pero a diferencia de los demás, su mirada se concentró en
ella—. Empieza así: la mujer se cita en una plaza con su novio, ella lleva un vestido pegado al cuerpo del color del empaque del perfume, llega el hombre, deben ser
jóvenes si deseamos que el perfume llegue al segmento de población estudiada y que fue receptivo a la fragancia. En el momento en que se abrazan, hay un flashback en
la mente de la chica. Está arreglándose para salir, se pone el perfume detrás de las orejas y recuerda la fiesta donde lo conoció, la primera cita, la primera vez, vuelve su
mente al momento actual y se van caminando abrazados. Aparece la imagen de perfume.
La sala quedó en silencio. Peter la miraba sorprendido, la idea era fabulosa.
—Me gusta —dijo Greg.
—A mí también —añadió Brad.
—Tocaría pulirlo un poco —terció una Beatrice mordaz.
—A mí también me gusta tu idea, Lilian —concluyó Peter, mirándola confundido—. Trabajen sobre esa idea y me la presentan en cuatro días. No quiero
adelantarme, todavía no hemos ganado la licitación, pero cuando tengamos esta cuenta —enfatizó, regalando un gesto desafiante a todo el equipo—, quiero que sea la
mejor campaña que haya organizado esta empresa. Beatrice, necesitamos contar con todas las revistas de publicación nacional, los blogs fashionistas más populares, y
para el comercial, quiero al mejor director que haya en la costa oeste.
La mujer asentía con la cabeza. Le demostraría su valía, tenía muy buenos contactos en los medios.
Todos asintieron y luego discutieron el tema de la forma y el tamaño del perfume, después de varias bromas de doble sentido sobre el tamaño, dieron por
concluida la reunión.
Unos días después, Lilian se bajó del autobús en la parada cercana a la oficina. Hacía un frío más propio de febrero que de la segunda semana de marzo. Abrió el
paraguas y caminó las tres cuadras hasta el edificio. Al pasar por la puerta del parqueadero, entró un auto veloz que pisó un charco de agua y la empapó. Gritó, furiosa,
sabía muy bien a quien pertenecía ese Mercedes deportivo.
—Típico de ese imbécil. ¡Es un patán! —despotricó, sin importar quien la escuchara—. ¿Por qué tengo que compartir el mismo espacio con ese hombre?
Elevó los ojos al cielo, clamando una respuesta, pero Dios, o estaba afónico ese día por tanto frío y tanta lluvia, o demasiado ocupado con problemas más graves
para contestarle.
Se dirigió chorreando agua hasta la puerta del edificio. Raúl, el portero, se apresuró a abrirle, la saludó con mirada consternada.
—Señorita Lilian, mire como la dejaron, déjeme prestarle unas toallas.
El hombre, presuroso, le alcanzó unas toallas desechables.
—Gracias, Raúl, es usted muy amable.
Trató de sonreír al empleado y fue secándose lo que pudo hasta subir al ascensor. Al llegar a su piso, fue directo al servicio de mujeres. Se recogió de nuevo el
cabello. La chaqueta había quedado arruinada, se la quitó, no podría trabajar con ella. La blusa era de seda blanca y la falda gris, se miró al espejo, afligida, nunca se
quitaba la chaqueta, ni siquiera en verano, hoy tendría que trabajar así. Rogaría porque Peter no la llamara a sus dominios como hacía todos los días desde que había
expuesto su idea para el comercial. Los guionistas trabajaban en las diferentes frases que complementarían la campaña. Estaba inmersa en los datos de marketing, cuando
el teléfono interno timbró.
—Lilian, el jefe te necesita.
Contestó con una mueca de fastidio al aparato.
—Voy enseguida.
Al entrar a la oficina, Peter se levantó enseguida.
—Lo siento, lo siento, estaba distraído, con una llamada telefónica. —No le dijo que Pam le estaba haciendo el numerito de la vida, después de haberle insinuado
él que se dieran un tiempo para refrescar la relación—. Cuando me di cuenta de que eras tú, ya habías corrido a la puerta.
Aunque ahora que la observaba, se alegraba de que por culpa del accidente pudiera verla por primera vez sin chaqueta. La blusa era de seda, y no era pegada, ni
nada por el estilo, pero se podía vislumbrar algo del físico de la chica y era… agradable. “¿Qué coños te pasa? El hecho de que estés aburrido del tipo de mujeres con
que te estas relacionando, no es suficiente para que estés mirando a Lilian Norton —¡Lilian Norton!— con otros ojos”.
Lilian se quedó atónita. ¿Peter Stuart disculpándose con ella? Tenía una lista larga de situaciones por las que el hombre debía excusarse y lo hacía por la que
menos le importaba. Era oficial, el tipo era un imbécil. “Pero se sintió bien”, susurró Emily de nuevo.
—No hay problema, estoy bien, no fue algo catastrófico. Culpa del dichoso clima.
Peter le sonrió y ese pequeño gesto encendió algo dentro de ella que había estado enterrado por años. Tuvo serias dificultades para controlar sus reacciones.
Ahora entendía por qué las mujeres lo encontraban tan atractivo, no era solo por sus blancos dientes o por el gesto que formaba su boca.
—¿Significa eso que estoy perdonado?
Peter necesitaba ser perdonado por Lilian y no solo por el simple chapuzón. Había cometido muchos agravios hacia la mujer que ahora lo miraba con una mezcla
de escepticismo y algo más. El día de la presentación, Lilian Norton se había materializado para su mente y sus retinas como una mujer, una verdadera mujer. Su
instinto de hombre agarró al vuelo la sensación de que podría conocer algo más de esa impenetrable imagen. Tal vez fue la manera de enunciar la idea, su expresión al
hablar, apasionada y sincera, esos gestos le dijeron que estaba ante una mujer muy sensual, que lo ocultaba de manera fiera. Ahora la pregunta del millón: ¿por qué se
ocultaba? ¿Quién coños era? ¿Y por qué diablos le importaba? No estaba acostumbrado a esas interrogantes, le molestaban como un pedazo de lechuga entre los dientes.
—¿Necesita mi perdón? —Lilian levantó una ceja.
—Claro, por eso de sentir que soy un buen jefe y todo eso.
La mujer le regaló una sonrisa que Peter no le conocía. Tenía hermosos labios, se fijó en ellos por primera vez y lo sumó a la lista de cosas que había descubierto
en ella tiempo atrás. El color de sus ojos, la tersura de su piel, y ahora la boca. Se dijo que algo marchaba muy mal en su vida cuando estaba imaginando que la acostaba
en su escritorio y le devoraba los labios.
Emily soltó una gran carcajada que apenas vislumbró una sonrisa suave en el rostro de Lilian. Deseó ser esa Emily, y coquetearle con descaro. Por primera vez
en mucho tiempo quiso tener el coraje de hacerlo. En cambio, se ajustó las gafas y comentó:
—Me imagino que no fue por eso que me mandó llamar, aquí tengo unos cuantos datos…
Peter la interrumpió.
—¿Hay alguna razón para que sigas mostrándote tan rígida? Como si fueras una institutriz…
—Es mi forma de ser.
—No te caigo bien. —Era una afirmación.
—No había pensado en eso —mintió ella, sin vergüenza.
—Mentirosa. —La miró, risueño—. ¿Dime por qué? Te dejaré en paz, lo prometo.
—¿De verdad quiere oírlo?
Aunque era un jefe justo y compasivo cuando la ocasión lo requería, Peter necesitaba que alguien le bajara los humos. Nunca pensó que sería ella la afortunada. Y
no iba a dejar pasar la oportunidad.
—Sí, claro —contestó, poco convencido de querer escucharlo y algo molesto porque no sentía que no le simpatizaba.
—Es petulante, engreído, siempre quiere salirse con la suya, es pagado de sí mismo, después de usted, Dios. Es amable solo con las mujeres hermosas, y poco
amable con las que no lo son. Hace comentarios displicentes de aquellas que no nos ceñimos a sus estándares de belleza. Por si no lo sabe, la belleza acaba, pero a la
inteligencia no le salen arrugas.
Peter sonrió, como el que ha descubierto un gran secreto, la solución al calentamiento global o a la paz mundial.
—No eres lo que aparentas. —Ella abrió los ojos como platos. Él prosiguió satisfecho—. Que quieras esconder tu atractivo es otra cosa.
Si pensó que lo iba a amilanar, Lilian Norton se llevaría una sorpresa. Sería un tonto si lo hiciera.
—No diga bobadas —reaccionó ella, furiosa.
Peter se levantó de la silla, dio la vuelta a la mesa, se apoyó en la orilla del escritorio, y metió las manos en los bolsillos.
—He descubierto cosas de ti que me intrigan. Cosas que no puedes esconder. Eres muy inteligente y detrás de tu gesto adusto, se esconden unas facciones
bellas, pero no quieres que el mundo lo sepa. Quisiera saber la razón.
Lilian se levantó furiosa y se dirigió a la puerta.
—No hemos terminado.
Lilian pegó la cabeza en la madera y con los nudillos blancos aferrados a la chapa, le dijo:
—Por favor, déjeme ir.
El tono en que pronunció esas palabras le prendió las alarmas a Peter, que se acercó.
—¿Qué pasa? ¿Te sientes mal? Yo lo sien…
—¡Déjeme en paz! Usted no tiene idea.
—Lilian yo… —dijo Peter azorado, sin tocarla.
Hasta él llegó un aroma suave y cítrico, no era ningún perfume fuerte o costoso, era simplemente el aroma del jabón mezclado con el de su piel. Al tiempo,
percibió una tristeza infinita. Algo le había ocurrido, algo desolador y triste que estaba relacionado con lo que ella escondía. Se sintió avergonzado, la había lastimado,
otra vez.
—No voy a hablar de eso con usted. Ni más faltaba, déjeme ir.
Le abrió la puerta y la dejó marchar. “No por mucho tiempo, querida”, se dijo, y se sentó a trabajar.
CAPÍTULO 3
Peter abandonó la cama en ese preciso momento en que termina la noche pero aún no termina de aclarar. Se acercó a la ventana. A lo lejos se observaban las luces
en medio del mar, cientos de barcos y botes aparcados esperaban el amanecer de un nuevo día. El Golden Gate, cubierto por la niebla que venía del mar, daba
majestuosidad a la postal.
Había cumplido treinta y dos años hacía algunos meses, y alegre y optimista como era, no se había planteado el sentido de la vida. Se consideraba afortunado, a
puertas de ser un hombre rico, con una empresa en auge, apostura y una de las mujeres más bellas del modelaje compartiendo su cama. La vida era para disfrutarla, ese
había sido su lema siempre. Pero los últimos meses algo había cambiado, se despertaba con una sensación de angustia, como si se estuviera perdiendo de algo y el
tiempo se le fuera acabar sin atisbarlo siquiera.
Sumido en sus pensamientos, olvidó la presencia de la mujer en su cama, hasta que ella emitió un ronroneo y él volteó a mirarla. Tendida en el lecho, con el
cabello en la almohada sirviendo de marco a su rostro perfecto, buscaba la pose ideal para atraerlo de nuevo, pero Peter no se sintió tentado. Era una sorpresa para él y
más por ser un hombre gozaba tanto del género femenino.
La dejó en la habitación y bajó a la cocina por una taza de café. Allí siguió con sus elucubraciones, que cada madrugada eran más frecuentes. No entendía el
porqué del desasosiego, de la sensación de incertidumbre, de querer recuperar algo que ni siquiera sabía que había perdido. Se había hecho un chequeo médico, por si las
dudas. Había pensado que debía terminar su romance con Pam y lo había hecho, gracias a Dios y al amor propio de la joven, las palabras de ruptura la hicieron sentir
halagada. A los pocos días conoció otra chica, luego una más, tenía más sexo, pero no era satisfactorio, todo le parecía maquinal. Ni siquiera el abordaje de la nueva
campaña lo sacaba del recinto donde estaba recluido, de la irracional tristeza que por momentos lo asaltaba. Tal vez fuera la edad, se enternecía ante el rostro de un bebé
en su cochecito, o al ver a un par de ancianos tomados de la mano. ¿Qué demonios le pasaba? Ni siquiera la fotografía, que era su hobby, lo tentaba.
Enrique VIII —como había llamado al gato que se le refregó en las piernas, y no por gesto de afecto, de eso estaba seguro Peter— deseaba comer. Era un enorme
gato negro, con una tremenda cicatriz en la cara que iba desde la cabeza, le atravesaba la boca y culminaba en el cuello. Lo encontró herido al lado de un bote de basura
una madrugada que salió a correr —con seguridad había sido atacado por vándalos—, e incapaz de dejarlo a su suerte, se hizo cargo de él.
—Su majestad tampoco puede dormir —dijo Peter y se acercó a la alacena por una lata de su comida favorita.
El gato le regaló un gesto majestuoso y se subió al mesón, donde esperó su ración.
Hanna revoloteaba por la tienda escogiendo los diferentes materiales para la clase de cocina que tomaría en dos horas en una famosa escuela en Mission District.
Al mismo tiempo le contaba a Lilian sobre cierto personaje nuevo de la escuela que al parecer le llamaba la atención. Observaba a su hermana menor escoger con pericia
de profesional, moldes, instrumentos e ingredientes. La joven adoraba la cocina, y su meta era ser una de las mejores chef del mundo. Lilian sabía que lo lograría o por lo
menos que llegaría muy cerca. La envidiaba y la adoraba, encarnaba todo lo que ella no era; una persona realizada y feliz.
De cara al mundo y con un optimismo nato, Hanna sacaba el mejor partido a cualquier circunstancia. Era una jovencita con síndrome de Down, con una
educación familiar que se negó a sobreprotegerla y le brindó todas las oportunidades para que fuera un ser autónomo, exigiéndole, y a la vez apoyándola en sus triunfos
y fracasos. Su madre había sido una excelente educadora para ese regalo que le había dado la vida en forma de un bebé con una condición especial, lo que nunca la
amilanó para cumplir las metas que se trazaba. De cabello igual al de Lilian, recogido en una cola de caballo, con gafas a la moda color azul marino, un poco gruesa, se
mantenía en su peso gracias a su afición por la natación, disciplina en la que competía en los Juegos Paralímpicos. Le gustaban el arte, las manualidades, la informática,
detestaba las matemáticas, las sociales y todo lo que tuviera que ver con esas disciplinas. Con un corazón grande y compasivo, amaba la culinaria y la repostería en
particular.
Ese sábado, Lilian había ido a la estación de tren a recogerla, pasarían el fin de semana en la ciudad. Habían desayunado en una cafetería cerca del lugar donde
estaban. Hanna había introducido hacía pocos meses a su rutina esas salidas de fin de semana una vez al mes con su hermana mayor. Le permitían ampliar sus
horizontes culinarios. El curso era dictado para niños y jóvenes con necesidades diferentes y además compartía tiempo con ella sin la presencia de su madre, lo que le
brindaba a la joven algo de independencia.
—Me recoges a las cinco.
—¿No quieres que me quede? Te acompaño —dijo Lilian, mientras pagaba el importe de lo escogido por Hanna.
—No, te aburrirás.
—Puedo tomar el curso también.
—No lo creo —frunció el ceño.
—Está bien, Alice nos espera, tendremos noche de chicas, comeremos pizza y veremos la película que quieras.
—Me gusta Alice —sonrió Hanna con ese gesto que le encogía el corazón a su hermana—. Quiero que me maquille y que me haga ese moño tan chulo que sabe
hacer.
—Pero no te vas maquillada a casa mañana, mamá agarró un disgusto de amárrate y quédate quieta la vez que bajaste del tren con pintalabios y sombras. Me
imagino que te incautó el maquillaje que te regaló Alice.
—Eran solo unas muestras.
—Bribona —soltó Lilian con una sonrisa y le dio un codazo que aterrizó en el brazo de Hanna.
—Me gustan los maquillajes de Alice, su cuarto parece un almacén.
—No seas exagerada.
—¿Y tú?… No sé por qué no te maquillas o tienes novio.
Lilian estaba acostumbrada a los comentarios de su hermana, pero ese día estaba vulnerable por lo ocurrido con Peter en días pasados. Le contestó con gesto
fastidiado.
—Parece que ahora el mundo repara en mí.
Hanna no le contestó, distraída en los mensajes de su móvil. Lilian estaba segura de que su hermana tenía mucha más vida social que ella.
Contrario a su hermana mayor, Hanna adoraba la moda, ese día vestía un jean pegado con un par de rotos en las rodillas, blusa de flores, chaqueta de cuero
marrón y botines del mismo color con un bolso de vivos colores. A diferencia de Lilian, que llevaba un jean ancho de su época universitaria, camiseta corta color
melocotón, chaqueta de basquetbolista y tenis Keds de color oscuro. Era la segunda quincena de marzo y aún hacía frío, aunque The Mission era más cálido que el resto
de la ciudad. Llegaron al lugar.
—Bien, campeona, nos vemos en un rato.
Hanna, que acomodaba los paquetes en los brazos, le regaló una sonrisa de ojos achinados y dientes pequeños y entró al lugar después de una rápida despedida.
Sin nada que hacer mientras la esperaba, entró a un cine arte a pocas cuadras y vio un filme francés. A las dos horas salió y caminó por Valencia Street, comió un
sándwich en una charcutería decorada en madera y con mesas primorosas ataviadas de manteles a cuadros. Se había quitado la chaqueta. Le daba el sorbo a su bebida,
cuando Peter se materializó frente a ella.
—Vaya, vaya, estás muy deportiva hoy.
Lilian casi se ahoga con el paso del líquido por su garganta. Se tapó la boca con la servilleta mientras tosía.
—¿Estás bien? —inquirió él, preocupado.
Ella, sin poder hablar aún, le hizo un gesto con la mano, que él interpretó como una invitación a sentarse.
—Muchas gracias.
Cuando Lilian recuperó la voz graznó:
—No lo he invitado.
—No me digas —Y como si le hubiera reiterado la invitación, llamó al camarero—. ¿Estás sola?
—Sí.
—¡Qué casualidad! Yo también.
Lilian pensó que era un grosero, pero un grosero muy, muy guapo, con una camiseta clara y un jean desteñido bajo de cintura, parecía un joven recién salido de la
universidad, solo su mirada de corsario y su embaucadora sonrisa desmentían esa afirmación, su cabello le recordaba al sol en una playa y estaba desprovisto del aire
guerrero con que enfrentaba la jornada cada día en su empresa. Tenía un suéter anudado al cuello, zapatos y gafas deportivos. Destilaba morbo, hombría y mucho sex
appeal. A sus fosas nasales llegó el olor de su loción, que la envolvió y le ocasionó un nudo en el estómago.
—Qué raro —observó ella con ironía—. Lo imaginaba en sus días de descanso de pasarela con sus modelos.
—Necesito un descanso —contestó Peter en tono petulante.
Lilian se levantó dispuesta a marcharse, pero él le aferró la muñeca. Ese simple contacto tropezó a ritmo loco su pulso contra la piel. Enrojeció de pronto y se
soltó de manera brusca.
Para Peter fue una sorpresa el encuentro, estaba en una galería de arte a una cuadra de la mejor charcutería que conocía y decidió almorzar en el lugar. El
encuentro le brindaba la posibilidad de conocer algo más de ella.
—No te vayas, acompáñame a comer algo y después te acompaño a donde quieras.
—No gracias.
—Lilian, por favor, quiero charlar un rato —insistió.
—Puede llamar a una de sus amigas —contestó, molesta.
—Noto algo de sarcasmo. ¿Por qué será? —La miraba, curioso.
—Soy su empleada, los temas que tratemos serán de trabajo únicamente. Si desea charla social, se sentó en la mesa que no era.
Lilian no entendía por qué Peter sacaba lo peor de ella, a su lado se sentía vulnerable e insegura como nunca.
—Está bien, está bien. —Levantó las manos en un gesto risueño dedicado a calmarla—. Ya entiendo, no necesitas sacar las uñas. Algo de sociabilidad no le hace
mal a nadie.
Habían pasado dos semanas desde el incidente en la oficina, se había reunido con ella en varias ocasiones, pero en cuanto Peter indagaba sobre su vida, se
escabullía como una libre. Tampoco era que hubiera dedicado mucho tiempo a pensar en ello, la verdad sea dicha.
Lilian se sentó de nuevo, miró su reloj, en una hora saldría Hanna y se dijo que unos minutos de charla no le harían ningún daño.
—Además, míreme, usted nunca se sentaría con una mujer como yo. Tiene una reputación que proteger.
Él levantó la vista de la carta que leía, con gesto sorprendido.
—Escuchaste mi comentario.
—Difícil no hacerlo, estaba a pocos pasos.
—¿Qué más escuchaste?
—No entiendo.
—¿Qué más escuchaste? No fue eso lo único que dije.
La camarera se acercó y tomó el pedido de Peter. Un sándwich de jamón de pavo y vegetales salteados y té de sidra acompañándolo. Pidió otra bebida para
Lilian.
—No escuché nada más, se cerró la puerta del ascensor, pero fue suficiente.
—No fue suficiente, porque le pedí a Pam, a la que ya no frecuento, que te respetara, que eras mi mejor empleada y que confiaba en ti.
—No me interesa si la frecuenta o no.
Peter matizó un amago de sonrisa en la comisura de sus labios.
—A mí sí, porque quiero llegar a un punto. Sí, disfruto con esas mujeres, he pasado ratos muy agradables.
—Bien por usted, pero su vida íntima no me interesa.
—Lo sé, pero ninguna, por más bella que sea, me causa la curiosidad que me causas tú.
Sabía que viniendo de él, si era un comentario sincero, era una admisión en toda regla.
Peter se enderezó en su silla y sus rodillas se tocaron. A Lilian le faltó de pronto la respiración, enrojeció de nuevo y desvió su mirada hacía el mostrador donde
de pronto unos perniles cobraron mucha importancia.
—Está loco o muy aburrido.
—Las dos cosas, te lo aseguro.
La mesera se acercó con el pedido y Peter se dedicó a degustar su plato. Se limpió con una servilleta. Lilian tomó dos sorbos de la bebida.
—Me gustaría conocer algunas de tus opiniones.
Lilian se enderezó y puso su pose formal que Peter había aprendido a conocer. No supo por qué ese simple gesto lo enterneció.
—Estoy a su disposición —contestó, seria.
—Vaya, vaya… ¿De veras? Me gusta cómo suena —dijo con sorna Peter, que soltó el sándwich, cruzó los brazos y le obsequió su sonrisa de proscrito.
—Es usted insufrible. —Lilian capituló con una enorme sonrisa.
—Sacia mi curiosidad, Lilian. —Pronunció su nombre con acento ronco—. ¿De dónde te llegó la idea para la campaña?
Ella lo miró sorprendida por el tono que empleaba, no entendía su cambio de actitud, para él, ella siempre había sido una mosca en la leche.
—No le des tantas vueltas, sé lo que estás pensando, te considero valiosa para mi equipo, si no se hubieran cerrado las puertas del ascensor en ese momento, lo
sabrías.
Lilian soltó un suspiro y de nuevo empleó su gesto formal. Peter, distraído, observaba sus manos blancas de uñas cortas y prolijas, los antebrazos cubiertos de
una pelusa fina, tenía frío, estaba escalofriada y quiso acariciarla, hacerla entrar en calor. Una punzada le atravesó en medio de las piernas.
—Como cualquier otra idea. —Lo miró, cayendo en cuenta—. ¿Usted es de los que piensa que por tener estas gafas y vestirme como me visto solo se me deben
ocurrir ideas para campañas de jarabes de la tos o laxantes para ancianos? ¿Es eso?
Peter la miró, de verdad sorprendido.
—No, ni más faltaba —contestó con su sonrisa asesina—. Te creo capaz de eso y mucho más. —Se decantó por una mirada que la atravesaba, ella enrojeció
enseguida—. Solo quiero saber, yo no te subestimo Lilian.
—Trataré de creerle. —Él sonrió de nuevo y eso la desconcertó, deseó que no lo hubiera hecho. No quería que tuviera sentido del humor. No quería que le
simpatizara. Quedó con la mente en blanco unos segundos. Era una estupidez y se obligó a comportarse—. Recordé una tarde en el parque Golden, estaba leyendo un
libro y vi a la pareja que describí, se veían muy enamorados, algo en el físico de la última modelo me lo recordó y me pregunté qué había detrás de esos besos y abrazos.
¿Cuál era la historia? ¿Cuáles eran sus sueños y motivaciones? Y todo lo que expresé ese día.
—El equipo ha hecho un buen trabajo, sé que has tenido mucho que ver, espero ansioso la reunión con los directivos de One.
—Todo saldrá bien, nos estamos quemando las pestañas, ha sido un poco costoso pero valdrá la pena.
—Eso espero —adujo Peter, con gesto preocupado.
Lilian miró el reloj, Peter la notó afanada por irse. Se levantó de manera brusca y al levantar los brazos para ponerse una horrible chaqueta con el logo de un
conocido equipo de básquet, la camiseta algo corta se levantó dejando al descubierto una porción de piel que llevó a Peter por un camino de morbo y lujuria que hacía
tiempo no transitaba. Observó la línea de su cintura como de guitarra y quiso besar y chupar su ombligo hasta hacerla gemir. Se sintió desencantado cuando Lilian bajó
los brazos. Como pudo disimuló su acalorada reacción. Ya el daño estaba hecho, la deseaba y le importaba una mierda el empaque, deseaba a la Lilian que sabía ardía en
el interior de esta mujer desabrida.
—Te acompaño —dijo él, levantándose.
—No es necesario. Voy a un par de cuadras.
—Es necesario.
—Tengo una cita.
Peter se envaró, pero no se amilanó.
—Pues cuando estés en manos de tu cita te dejaré en paz.
Salieron del lugar, la temperatura había descendido, Peter se puso el suéter y Lilian se dijo que no iba a cambiar de opinión. Allá él, resignada caminó en silencio a
su lado. En la siguiente cuadra, Peter se adelantó y quedaron quietos uno frente al otro. La miró a los ojos.
—¿Cómo es que no puedo leer en tus ojos si son claros y transparentes?
—No se puede —respondió ella mientras su ceño formaba una línea recta.
—Si te quitaras las gafas…
Lilian soltó otra carcajada y negó varias veces con la cabeza.
—Pensé que lo embaucador era solo para el trabajo y las modelos.
—Soy embaucador nato y me has dado tan poco para conocerte que no puedes culparme por intentarlo.
Había una escalera de madera atravesada en la calle, Peter dio un giro para esquivarla, pero Lilian pasó por debajo de ella sin problema.
—No eres supersticiosa.
—Yo tampoco creo que usted lo sea, no pasó debajo de la escalera por su estatura.
—Pues te equivocas, querida Lilian.
A Lilian le sorprendió de nuevo el calorcillo que la invadió, al escucharlo pronunciar su nombre antecedido del “querida”. ¿Cómo sería sentirse querida por un
hombre?
Ya llegaban al centro de culinaria y Lilian deseaba despedirse.
—Soy supersticioso, cuando derramo la sal, cojo una pizca y la tiro sobre el hombro.
—No pasaría nada si no lo hiciera.
Peter frunció los hombros.
—Prefiero hacerlo.
—Yo tengo uno, le huyo a los gatos negros, si me cruzo con uno, cierro los ojos unos momentos.
—Ese es sencillo, si está emparejado con una gata blanca no hay problema.
Lilian soltó la carcajada.
—Otro embuste.
Peter se quedó mirándola sorprendido, Lilian tenía una risa de alcoba, una risa que siempre relacionó con camas revueltas, sabanas de seda oscura, luces tenues,
pasión tórrida y salvaje. No encajaba con una mujer que deseaba ocultarse al mundo y en ese momento recordó las palabras de su hermana: “Es una mujer que esconde
de manera fiera su belleza”. Lori tenía razón.
—Palabra de honor —comentó Peter para disimular su desasosiego—. No le tengo miedo a los gatos negros, bastante mal les va con esa vieja superstición.
¿Sabes que son los gatos que más abandonan? Y en los refugios son los que menos adoptan.
“Vaya, vaya, así que no es tan bastardo como parece”, se dijo Lilian, pensativa. “Tiene un trasero de muerte lenta”, susurró Emily en un tono coqueto que Lilian
había olvidado.
—Muchas gracias, mi cita es aquí. Adiós —señaló ofuscada.
En ese momento la puerta se abrió y apareció Hanna con una torre llena de cupcakes color fucsia rematados con un punto de crema de diferentes colores. Era el
trabajo de una artista.
—Lilian, no sabes lo fabuloso que fue.
Peter la observaba con sincero interés y cálida curiosidad, mientras esperaba a que Lilian hiciera las presentaciones. La chica apenas reparó en él y continuó con
su disertación.
—Miss Maggie es súper, por fin entendí. —Asintió con la cabeza, esperando a que su hermana le preguntara.
Lilian, que la conocía y sabía que vendría una larga explicación, se apresuró a hacer las presentaciones.
—Enseguida me cuentas, deja que te presente a Peter Stuart, mi jefe.
Sin apenas mirarlo, Hanna le devolvió el saludo. Peter nunca se había sentido tan ignorado por el género femenino. En definitiva, para las hermanas Norton era
como un mueble. El par de hermanas echaron a andar mientras Hanna hablaba de su clase con un tono de voz bajo y pronunciación brusca y seca.
Negándose a dejar las cosas de esa manera, caminó al lado de ellas.
—¿Te tocó trabajar? —preguntó la chica, viendo que Peter las seguía.
—No —se apresuró a contestar Lilian—. Nos encontramos por casualidad en la charcutería. Impresióname, querida.
Hanna hizo un giro con la muñeca como si tuviera una espátula o una batidora.
—Hay que mover la espátula así, es el secreto de los cupcakes. Si me paso unos segundos, la mezcla queda mal.
—Tiene sentido —reconoció Lilian.
—También puede quedar seca y parecerá una piedra, y si no tengo cuidado, también puede quedar pegajosa.
—Se ve complicado, nada de eso dice en las cajas de Betty Crockert.
Hanna la miró con gesto despectivo.
—La profesora dijo que no usáramos esa marca. Es fácil y no quedaría igual a lo que tengo aquí.
Se tenía mucha confianza, caviló Peter mientras miraba los pastelillos con respeto.
—La decoración de los ponqués es muy bonita —comentó, por añadir algo.
—La chef Linda dijo que de no ser por la cocina, estaríamos comiendo carne cruda y en las cavernas. No quise preguntar que eran cavernas.
Hizo el amago de sacar el móvil, sin soltar su tesoro culinario y Peter se adelantó a contestar.
—Son cuevas en medio de una montaña, donde se vivió antes de idear las casas en las que vivimos hoy día.
—También dijo que sin cocina no existiría la humanidad.
Esto último lo dijo con algo de dificultad, se notaba que hacía un esfuerzo grande por memorizar las palabras dichas por la profesora en la clase.
—¿Sabes qué es eso? —preguntó Peter.
—Sí lo sé, el conjunto de todos los habitantes de la tierra.
—Vaya, me alegra tener por fin una explicación tan certera. Yo pensaba que existía por las relaciones entre hombres y mujeres. Me alegra haber estado
equivocado —contestó Peter, mirando de manera apreciativa a Lilian. Ésta le devolvió una furiosa mirada del color del musgo que crece bajo los árboles.
—Lilian… ¿ya le dijiste a tu jefe que voy a ir a ver la sesión de fotos de Percepción?
—¡Hanna! —exclamó Lilian, incómoda.
“¡Bingo!”, celebró Peter para sus adentros.
—No tiene nada de malo, es más —dijo, pasándose al lado de la joven, pues hasta ahora había caminado del lado de Lilian—, te los presentaré, si tienes sus CD
llévalos y los firmarán o una camiseta o lo que quieras.
Percepción, el grupo juvenil de moda entre las adolescentes, era una incipiente banda de Los Ángeles, cuya disquera solicitó los servicios de la empresa para
promocionar el último álbum que saldría a comienzos del verano. Los chicos irían para una sesión de fotografías en los estudios de la empresa.
—¡Yupi! —gritó Hanna.
—No es necesario —frunció el ceño Lilian.
—Claro que sí —retrucó él—. ¿Acaso no tuviste un ídolo musical en tu adolescencia?
—Sí, lo tuve —contestó Lilian distraída. ¿Por qué se tomaba Peter tantas molestias?
Hanna se dignó a ofrecerle un cupcake que ella misma sacó de la torre.
—¿Quieres? Los miras desde hace rato. Deberías ir a mi casa una tarde y te enseño a hacerlos. Vivo en Napa.
Peter no sabía que ese era el pasaporte que Hanna les daba a las personas con las que deseaba trabar una amistad. Lilian, todavía molesta, la miró sorprendida.
—Será todo un placer, chef Hanna.
—En cuanto a lo del grupo, con mi hermana estaré bien.
Lilian la miró con culpa. Para ser una persona con el coeficiente intelectual de una chica de primaria, no se le pasaba nada.
Peter decidió dejar las cosas así y despedirse, no sin antes pedirle a Hanna otro pastelillo que, a regañadientes, ella le brindó.
Hanna Norton era todo lo que no era su hermana, en minutos Peter había penetrado en su cabeza y comprendido su mente de joven adolescente con
pensamiento de niña. Hanna tenía el don de la presencia, se imponía en el acto, sus miradas se cruzaron un momento y la chica le robó un pedazo de corazón que no
sabía que existía. Su voz era suave, diáfana e inocente, se notaba que había recibido una educación impecable y que pese a su condición especial, era muy inteligente y le
gustaba aprender. Contrario a su hermana, tenía buen gusto para vestir, las gafas le sentaban de maravilla y tenía un estilo propio. Peter experimentó la sensación de que
a ella le importaba un comino quién era él y también que era muy sensible a los cambios de temperamento de su hermana mayor. Se dijo que allí había una historia y el
cupcake era delicioso, su sabor suave y dulce se arremolinó en su boca llevando su mente de paseo a cuando era niño y birlaba galletas o metía el dedo en los postres que
hacían su madre o sus tías.
CAPÍTULO 4
Faltaban tres días para la presentación con los directivos de One, y no habían escuchado rumores de lo licitado por las otras dos empresas. Peter llevaba dos días
sin llamar a Lilian a sus dominios, y esta se sintió algo decepcionada, aunque no lo manifestó ni siquiera a sí misma. En cuanto se dijo que era lo mejor, Emily se le rio en
la cara. Por primera vez en muchos años, miró su escaso guardarropa con aburrimiento. Antes de lo ocurrido, disfrutaba de la moda, de la combinación de colores y
tendencias, tenía un gusto innato para las mezclas y le gustaba resaltar sus atributos. Todo eso estaba oxidado en un rincón de su mente. Estaba empezando a echar de
menos muchas cosas, con un suspiro resignado sacó uno de los sosos vestidos color café y se alistó para empezar la jornada.
Toda la mañana había tenido roces con Beatrice, pero los achacó a la presentación. En la tarde, Peter le pidió que subiera con un informe a la oficina. Lilian, por
puro protocolo —se dijo—, entró al aseo de mujeres y examinó su aspecto. Emily bufó con burla. No lo había visto desde el sábado y estaba algo nerviosa. Respiró
hondo, abrió la puerta de la oficina y entró.
Peter estaba de pie junto a la ventana y observaba con gesto concentrado el paisaje. Era un Dios pagano rubio, disfrazado de hombre de negocios, sin perder su
esencia filibustera y sensual. Emily bailaba dichosa ante la presencia del hombre, Lilian deseaba silenciar a esa entrometida a como diera lugar. ¿Se estaba volviendo loca?
Peter se dio la vuelta tan pronto la percibió cerca.
—Lilian.
La llevó a la mesa de juntas, la invitó a tomar asiento y se sentó a su lado. Vislumbró la línea de su cuello y se imaginó saboreando ese trozo de piel.
“Contrólate”, se reprendió, molesto. Entró una mujer con una bandeja en la que reposaban dos tazas de café, la dejó en la mesa y se disponía de servir la bebida, cuando
Peter le pidió que se retirara. Él se levantó y se dispuso a servir. Lilian se concentró en el movimiento de sus manos sin pensar que era raro el gesto. Peter echó una
cucharada de azúcar a la bebida que enseguida le pasó a ella, lo que indicaba que había observado cómo tomaba el café y luego se sirvió el de él. Sorprendida, pero sin
demostrarlo, Lilian sorbió la bebida.
—Necesitamos ganar esa licitación, Lilian.
—Pienso que con el trabajo hecho, hay una probabilidad muy grande de hacerlo —afirmó ella, dejando el pocillo en la mesa al lado de los papeles.
—Cuando tomé la cuenta de Hoteles Admiral, no sentí esto.
—¿Qué siente?
—Si lo logramos, habremos llegado a la cima de la montaña, es la oportunidad que he estado esperando para darle un giro radical a todo. Las cosas serán
diferentes, estaremos en las ligas pesadas.
—El equipo de trabajo es excelente.
—Lo sé, pero tengo el presentimiento de que esta campaña traerá muchos cambios. No sé si me entiendas, no es por la parte económica, que es muy importante,
es porque deseo ganarme el respeto del gremio. El prestigio… —Se quedó pensativo un momento—. Mi empresa merece el prestigio, merece estar entre las mejores del
país.
—¿Por qué me cuenta todo esto?
Peter frunció los hombros. También se lo preguntaba, cada vez que abordaba un nuevo proyecto le ocurría lo mismo, con la diferencia de que antes era Lori la
receptora de todas sus inquietudes.
—Porque confío en ti, no eres condescendiente y cuando es necesario me pones en mi lugar. Me gusta.
—Vaya… En cuanto ganemos la licitación, estaremos en boca de todo el gremio. Pienso que estamos preparados y tendremos tanto trabajo que no tendrá
tiempo de ponerse trascendental.
Peter sonrió y enseguida se distrajo en el color de su mirada. Podía ver el tono verde claro a través de las gafas, fresco y luminoso, le recordó el de una hoja al
amanecer, que traía la promesa de la llegada de la primavera, las pestañas un tono más oscuras que el color del cabello. Era increíble, meses atrás los había considerado de
un color marrón o gris anodino.
—¿Te quitarías las gafas?
Ella lo escuchó con estupor.
—¿Perdón? —preguntó con tono de voz confuso.
—Tienes un ojo irritado y quiero examinarlo, es por motivos egoístas, si te agravas, tendrías que faltar y deseo que estés en la presentación con los directivos de
One.
Ella rio con ganas y él deseó que lo hiciera más a menudo.
—Es usted insoportable. ¿Si me quito las gafas me dejará en paz? Y con eso me refiero a estar aquí perdiendo el tiempo cuando puedo estar haciendo otras
cosas.
—Bueno, Lilian, no puedo prometerte eso. A lo mejor es urgente lo que tenga que decirte, tú estás encargada del papeleo, de las ideas y del detalle, yo tengo que
dirigir el barco o terminaremos chocando con un iceberg en medio del océano. Necesito estas charlas.
En esos momentos, Peter no actuaba como jefe, jugaba con ella y no podía entender el porqué. Su rictus autoritario estaba ausente. Le hablaba como a una amiga
a la que quisiera tomar del pelo y con la que podía explayarse. No podía discutir con alguien como él, tenaz y con una curiosidad insana por ella.
Él no sabía lo que le pedía, si se negaba, insistiría mucho más. Si accedía, llegaría más lejos que cualquier hombre en los últimos siete años. Quitarse las gafas
implicaba desnudarse, empezar a dejar su disfraz atrás y no estaba segura de dar el paso. La miraba como si fuera consciente de su lucha interna y supo que no lo hacía
por verle su linda cara, lo hacía porque había percibido el reto que para ella supondría ese simple gesto.
—No.
Peter le regaló su sonrisa filibustera.
—Vamos, Lilian, solo un momento, por favor —insistió.
—¿No entiende usted un no como respuesta?
—Siempre he tenido aprietos con esa palabra en especial.
—Estoy segura de eso, no la debe oír muy a menudo —contestó, indignada.
—Muy pocas veces es cierto —repuso, satisfecho consigo mismo.
El rostro de Peter se tornó serio. Era un hombre sin demasiadas vueltas, para ser un experto en mujeres, estaba en medio de una situación equívoca. Para
empezar, era una empleada y no debería sentir más que curiosidad profesional. Se relacionaba con mujeres más hermosas, más altas y elegantes, pero disfrutaba de sus
charlas con ella, sus comentarios punzantes le causaban gracia y su sencilla dignidad lo cautivaba. Era una mujer que no sabía lo que era un vestido bonito, ni sabría
moverse en los ambientes elegantes en los que él se desenvolvía. Además de regañona no era sofisticada, es más, no parecía tener mucha experiencia en ningún campo de
su vida, se la imaginaba con algún par de novios en la escuela y entregándole su virginidad a algún patán de colegio o de universidad, sin hacer de ese momento
memorable. Sabía desde su intuición que el gesto de quitarse las gafas era un paso importante, sabía que la retaba. Las gafas no escondían gran cosa, es más, no tenía
nada en contra de ese artilugio, conocía mujeres muy hermosas que llevaban gafas y eso no les restaba un ápice a su belleza, pero en Lilian eran otros los motivos, era
como si deseara esconderse adrede. Cuando ella se hizo visible para él, pudo darse cuenta de ello, podría acercarse y hacerlo, pero desde su instinto supo que ese gesto
tenía que venir de parte de ella y se alegró por un motivo egoísta: ya podía leer algunos de sus gestos.
Lilian se quitó las gafas y con ojos retadores, lo enfrentó.
—Espero que después de esto, me deje en paz —dijo ella, pendiente de su expresión.
“Ni en sueños te dejaré en paz”, pensó Peter, mientras veía a Lilian sin el artilugio. No se decepcionó, sus facciones eran bellas y su cutis perfecto, pero lo que
lo subyugó fue que pudo observar sin filtros su mirada, una mezcla de sabiduría e inocencia que lo tenía prendado. Le notó la incomodidad y de manera rápida ella se
puso de nuevo las gafas.
—Eres muy hermosa, que nunca te digan lo contrario.
—Ahora puedo morir feliz —contestó, en tono de voz sarcástico, pero algo en el ceño de él la obligó a ser mínimamente cortés—. Gracias.
Se dio la vuelta para irse, pero Peter la tomó por la cintura, sostuvo su mirada de asombro, mientras admiraba de nuevo sus ojos. Le acarició con un dedo la
mejilla.
—Tienes la piel muy suave.
—Uso buenas cremas.
Peter se echó a reír y el estómago de Lilian experimentó otro vuelco al verlo acercar

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