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Cíclopes del mar – María Martha Paz

Cíclopes del mar – María Martha Paz

Cíclopes del mar – María Martha Paz

Descargar Cíclopes del mar En PDF Sabía que debía emprender hacia Punta Mogotes. De todas las estrategias posibles, ésta era la que mejor le había resultado. Parecía que los faros desde aquellas
páginas iluminaban el camino al que él se dirigía sin ningún temor a equivocarse.
Rafael Alfaro había heredado el oficio de su abuelo, Don Alfaro, un marinero. Amante del mar y de una mujer del mar, Lisette. La sal perfumando su piel, el sol
coloreándola. Lisette, ojos verdes, piel morena. Pelo ensortijado, labios carnosos. Lisette, crisol de razas.
El viejo marinero se había casado con Dolores la Pura cuando ella tenía apenas catorce años y tuvieron seis hijos. Nunca había salido del Mediterráneo hasta que un
día los vientos nuevos lo llevaron hasta Martinica donde conoció a Lisette, única puta del burdel que hablaba español.
—Lisette, —suspiraba Don Alfaro asqueado de la palidez de Dolores la Pura. Lisette, por ella cambió el Mare Nostrum por el Caribe. Lisette, en la cama pasando su
lengua bilingüe por un francés. Lisette, la traidora, la que no merecía vivir. Lisette y el francés desangrándose en una cama. Lisette, sin su lengua. El francés, sin su
miembro.
Él no había soportado ver a su martinica con el francés y simplemente, los mató. Él volvió a Girona en busca de su esposa, Dolores, la Pura. Ella lo rechazó y él se
encerró en el faro de Sant Sebastiá para siempre.
Allí comía y dormía. Con afable precisión, llevaba a cabo las tareas cotidianas, hechizado por una trascendental renuncia a cualquier ambición. Las únicas salidas eran
a buscar comida y bañarse en el mar. En un principio, la luz del sol sobre su cabeza le indicaba el momento de abandonar el faro y buscar almejas, mejillones y algunas
ramas para el fuego. Los días de lluvia, el menú no variaba pero sí evitaba la cocción. Con el tiempo, sus manos se cansaron de cocinar y su estómago se acostumbró a
las almejas crudas. La posición del sol dejó de importar y los ruidos de su panza eran las mejores señales de la hora del almuerzo. También su barba ya cana y crecida se
cansó de ser afeitada. Sus dedos tampoco recortaron la maraña de pelos que le rodeaba la cabeza. Sin embargo, lo único que nunca pudo abandonar fue el salado baño
matinal. Ninguna tormenta ni ningún frío pudieron jamás impedir las zambullidas de Don Alfaro en el bravío Mediterráneo que veía chapotear a un niño fascinado en la
inmensidad azul o simplemente flotar boca arriba con el cielo como techo y el sonido de la respiración como música.
Después, volvía al faro y contaba las olas que acercaban un barco desde que asomaba pequeño en el horizonte hasta que amarraba inmenso en el puerto. Un día creyó
ver a su hijo menor correr tembloroso en uno que se alejaba hacia el sur. En un improvisado cuaderno de hojas amarillas, anotó el número de olas contadas acompañado
por frases que llenaban su mente. Intuía que escribir una cosa era poseerla. Pensó en centenares de páginas abarrotadas de palabras y sintió que el mundo le daba un
poco menos de miedo.
Entonces, el cuaderno y la luz amarilla del faro se convirtieron en su única compañía. La más fiel. El tiempo sopló lo que sopla el viento. Ladró lo que ladran los
perros y ni los más hambrientos atraídos por el olor a almeja se acercaron a aquella torre antigua de tan sólo doce metros. Nadie debía entrar o su magia trocaría en
maldición. Don Alfaro custodiaba aquel cíclope con furia y pasión. Pronto, el cuaderno se acabó y el viejo marinero continuó escribiendo en las paredes internas del
faro. Concentrado en sus trazos, garabateaba sobre los ladrillos mientras los derrumbes del acantilado se sucedían y sin avisarle, el mundo daba una vuelta más. El
cuaderno quedó en el piso y en el olvido hasta que un día Don Alfaro, desesperado, vio cómo también lo abandonaba deshaciéndose en las olas de la marea alta. Dentro
del faro, escrito en carbonilla, se leía: “En lo puro no hay futuro.” Las letras se superponían con dibujos del sol, las olas y la cara de un joven que apresurado subía a un
barco que iba al sur. Desde su mejilla salía la frase: “La pureza está en la mezcla” mientras que sobre su frente podía leerse “la mezcla de lo puro antes que puro fue
mezcla”.
Capítulo II
Gonzalo, el padre.
Los ojos de Rafael recorrieron las líneas correspondientes al Faro Cabo Vírgenes:
“Había sido la más bella
de entre todas las estrellas
que yo vi en el firmamento.”
Por la ruta Provincial N°1 desde Río Gallegos, Rafael se acercaba a la Estancia Monte Dinero mirando las olas inmensas del Estrecho de Magallanes, cuando la imagen
de su padre se presentó en su cabeza. Pensar que aquel hombre hosco odiaba tanto el mar como él amaba aquellas olas. Después de la muerte de su madre, Gonzalo
Alfaro, hijo menor de Dolores y el marinero adúltero, huyó de la guerra y un padre loco encerrado en un faro. Por única vez, subió a un barco, el primero que encontró
en el puerto. Escoria que la marea de las guerras europeas depositó sobre estas playas. Y lo más notable era que al embarcarse ni siquiera sabía que el punto terminal de
aquel viaje era un país llamado Argentina.
Rafael, el reparador de faros, creció con aquel padre viejo antes de tiempo que tenía la espalda doblada por cargar tanta historia ajena. Gordo y triste, hablaba ronco
de estructuras y encerrarse del lado de afuera.
—La vieja no pudo cambiar porque no le dio la estructura —decía a viva voz cuando el ron ya le salía por la nariz—. Dolores, la Lola, quedó encerrada afuera como
Robinson Crusoe en Juan Fernández. Es lo peor que te puede pasar. Porque sólo te queda soledad, —repetía hasta que caía dormido al piso—. Más rara que un perro
verde la Lola, —decía—, guardaba un cuchillo debajo de la almohada por si llegaban las sirenas de Martinica. No le dio la estructura y enloqueció,— decía mientras
cantaba—. No se pudo reinventar como yo, —decía orgulloso de su única hazaña: escapar.
En Argentina, estuvo una semana más de lo acostumbrado en el Hotel de los Inmigrantes por su estado delicado de salud. El viaje largo lo había debilitado bastante.
Allí, conoció galeses, alemanes, gallegos, croatas, andaluces y muchos napolitanos. También conoció a Alexia B., una polaca extraña de apellido impronunciable y
mirada esquiva que trabajaba en la cocina del Hotel. Pelo rubio enrulado largo hasta la cintura. Consumida por el tedio y sorprendida por la riqueza de un país cuyos
habitantes tiraban la cáscara de la papa en vez de comerla, se aferró al primer gordo, por lo tanto rico, supuso, que encontró. Espalda encorvada y manos lastimadas por
trabajar la tierra. Cara arrugada, ajada por el sol. Pómulos bien marcados por su delgadez extrema. Ojos verdes vacíos que se mantenían fijos en un punto sólo para
desconfiar.
Una vez más fue el espanto, no el amor, el que unió a dos almas asimétricas: a la calculadora e insegura Alexia con aquel hombre obeso de cara bonachona al que en
seguida descifró manipulable.
¿Quién cree
poder hacer miel
sin compartir el destino de las abejas?
No somos sino abejas destinadas a llevar a cabo su tarea
para después morir.
En el barco, Gonzalo había escuchado acerca de cómo hacer sus papeles y obtener un trabajo bien rentable pronto. “Los profesionales ganan millones”, dijeron. Al
igual que los desesperados que una vez habían llegado al viejo Faro Nombre de Jesús por la fiebre del oro, armó un plan durante semanas. En los tiempos de la guerra,
había aprendido a copiar dibujos perfectamente y algo de medicina, pero más que nada a decir la palabra justa que el enfermo quería escuchar. Era capaz de ver en los
ojos de los pacientes si necesitaban lástima o un grito. Cuando el empleado del hotel, le preguntó su nombre y ocupación, sin dudar dijo Doctor Gonzalo Arroyo (sí,
Arroyo; no, Alfaro) mostrando su pasaporte falseado por él mismo durante las noches de espera en el Hotel. El empleado ante tales honores le dio el documento nuevo
con celeridad.
De a poco, fue ganando pacientes. Su fama de gurú moderno trascendió Buenos Aires. Así, las familias ricas y culpógenas de la Reina del Plata y alrededores
empezaron a llevar a su consultorio a todos los muertos escondidos en placares u hospicios de la ciudad. Fácilmente y pensando en su cuenta bancaria cada día más
abultada, él atendía a sus clientes con palabras mágicas sobre cualquier tema: adicciones, discapacidades, infidelidad, sexo.
Con el tiempo, su bigote se fue apagando y al llegar a los cuarenta, harto de escucharse, decidió cerrar su bocota para siempre y simplemente leer. “Todo es porque
es”, pensaba. Hasta lo aturdía la voz de su propio hijo que crecía mudo ante una madre obsesiva pero ausente, y un padre completamente ciego que dedicaba más
tiempo a la lectura de cualquier libro que a la vida misma.

Capítulo III.
Rafael, los inicios.
Las palabras lo llevaron hacia el Faro Isla Pingüino:
“El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu”.
Nietzsche
El proceso de electrificación había llevado más tiempo de lo pensado. Rafael debía remplazar el viejo kerosene que lo había alimentado desde 1903 por paneles
fotovoltaicos que le daban menor alcance. ¿El progreso?
En medio de una lluvia que parecía intensificarse, los rayos en el cielo destellaban sonoros, cada vez con menos frecuencia. Rafael se acercaba a lo que alguna vez fue
llamada la “Bahía de los Trabajos Forzosos” y desde el cielo le recordaban por qué le habían puesto aquel nombre. Todos los marineros conocían el esfuerzo necesario
para que los barcos se dirigieran hacia donde el capitán pretendía y no fueran los vientos quienes decidieran por él.
Necesitaba llegar a algún lugar, ya no importaba bien dónde. Alguna vez tuvo estudios, trabajo, casa. Un lugar donde llegar. La vida con sus padres se había vuelto
insoportable hacía tiempo. Gonzalo, atrapado en aquel cuerpo obeso, ya casi inmóvil. Alexia, encerrada en su obsesión por juntar objetos que ya ni siquiera sabía para
qué.
Mientras su madre era joven, Rafael había entendido como una secuela de la guerra aquella obstinación por coleccionar lo que fuera, pero hacía años que todo había
terminado. La economía familiar ya no era tan holgada como lo había sido en los años de esplendor del Gran Psicólogo de Buenos Aires, pero tranquilamente podían
sobrevivir sin ovillitos de lanas y retazos de tela viejos acurrucados por toda la casa. Ya empezaba a faltarle el aire en aquella casona de la calle Beruti y extrañaba las
vacaciones en el palacete de Mar del Plata. Hacia allí fue con la esperanza ciega de que, aspirando con todos sus pulmones el oxígeno salado del mar inmenso, recobraría
fuerzas para seguir. Nadie lo vio partir. Nadie lo esperaba.
“Cat: Where are you going?

Cíclopes del mar – María Martha Paz

Alice: Which way should I go?
Cat: That depends on where you are going.
Alice: I don’t know.
Cat: Then it doesn’t matter which way you go.”
Lewis Carroll, Alice in Wonderland
Allí, le costó comprender que procedía de un inmenso crisol de contradicciones y que entre sus antecesores se encontraban mendigos y locos, santos y héroes,
tullidos y seres hermosos, espíritus amables y criminales violentos, altruistas y ladrones. De repente, se vio como un elemento de un vasto conjunto, como un individuo
diferenciado, un ser sin precedentes con un futuro personal insustituible. Y entendió, al fin, que sobre él, sólo sobre él, recaía la exclusiva responsabilidad de ser quién
era.
Al principio, se dedicó a ponerse al día con la lectura y recorrer la playa durante distintas horas para ver cómo el sol iluminaba de distintas formas el paisaje
recortado por los acantilados. Parecía un hombre venido de la nada. Los días pasaban y con ellos, también las ganas de volver a la gran ciudad. Durante las noches, solía
despertarse por la luz del faro.
Decidió entonces recorrer durante semanas las playas cercanas. Caminaba por la orilla hasta caer cansado en algún lugar. Allí, arrullado por el sonido del mar dormía
hasta el amanecer.
Hubiera deseado pisar descalzo cada metro de la orilla del Mar Argentino, pero los acantilados y algunos alambrados privados le impedían el paso. Entonces hacía
dedo a vehículos que pasaban por las playas. Logró así recorrer todos los balnearios bonaerenses.
Una noche cerca de Necochea, creyó percibir un llamado, una señal del destino. Si no lo percibió con claridad, igual obedeció.
¿Qué más que un faro?
Una playa.
Un fuego.
Una brisa.
Una escalera.
Una luz.
Una Luna.
Una noche.
Mil estrellas.
Todo el cielo.
Todo el mar.
¿Qué más que un faro?
Se dirigió entonces por primera vez en su vida a un faro, el de Quequén. A medida que subía los escalones de la escalera helicoidal, recorría los caminos de su vida y la
de los miembros de su familia. Todas habían hecho un recorrido similar al de aquella escalera que parecía no tener final. Vidas que parecían circulares y que sin embargo,
ascendían y ascendían sólo para tirarse desde el balcón que rodeaba la lámpara del faro hacia el vacío del mar, contra las piedras o sobre la arena áspera. Precisamente
desde aquel balcón, flanqueado por una baranda frágil, endeble entendió.
Permaneció horas en aquel cuartucho diminuto. Al bajar las escaleras, en el último escalón, encontró abandonado un cuaderno azul casi vacío de no haber sido por el
dibujo en lápiz del faro de Sant Sebastiá que ocupaba la primera hoja. Supo entonces que debía convertirse en instrumento, en oficio, en tarea. Vio su imagen reflejada en
uno de los vidrios del faro y pensó que él era tinta, aquella que escribiría en aquel cuaderno azul. Sería la tinta, el papel, los minutos. Sólo así se salvaría. Siendo lo que
respiraba: aire y bronquio. Sólo así habría vida luminosa. Siendo el paso del talón y el suelo que lo impulsa. Sólo así podría ser. Se convertiría en un solitario, el
prototipo del hombre solo, sin profesión, sin ningún lazo. Un individuo sin pasado y sin ilusiones. El escéptico, el hombre que vive fuera de la historia. Buscaría aquella
lucidez en la soledad. Fracasado, tal vez; cómplice, nunca. Una falsa versión privada de Robinson Crusoe.
Entonces, sólo hubo palabra como trazo del dibujo, el sueño como trazo del orgasmo y la muerte como trazo que daba sentido a todos los trazos. Tarea, tarea; oficio,
oficio. Entonces la palabra fue yo. “Soy látigo y espada, inquisición y herejía. Soy la voz que clama y el socorro. Soy yo, un escritor que grita o que silencia. Soy el
instrumento, el oficio y la tarea. Lo demás no importa. A mí no me importa”, escribió en lápiz detrás del dibujo del faro.
Después de días de deambular por aquellas playas, regresó aceleradamente a su casa de Mar del Plata. Allí, revolvió todos los libros que había leído desde su niñez y
arrancó las hojas donde estaban remarcadas las frases que siempre lo habían acompañado desde la soledad de su infancia. Las recortó y una a una las fue pegando
desordenadas, superpuestas en el cuaderno azul. Las horas, los días, las semanas pasaron absurdas, estériles hasta que no hubo más espacios que ocupar en aquel
cuaderno antes vacío.
Capítulo IV
De acompañante a hoja de ruta.
“No importa lo alto que seas, sino las alturas que puedas conquistar”.
“Por los morros que no son labiosos, que solamente hablan con el corazón.”
Al salir del Faro Punta Bajos hacia el de Morro Nuevo, Rafael frotó con cuidado su cuaderno y lo guardó en el bolso de cuero mientras recordaba la primera vez que
aquel objeto preciado le indicó la ruta a seguir.
Los primeros tiempos recorrió los faros de norte a sur siguiendo un orden lógico inculcado por años de estudios rutinarios. Durante casi una década, su viaje
comenzaba en la torre de hierro con lámpara a gas acetileno del Faro Stella Maris sobre el Río Uruguay para terminar meses más tarde en el helado Faro Primero de
mayo que destellaba luz blanca cada exactos ocho segundos. Siempre empezando en Concepción del Uruguay. Siempre terminando en la Antártida. Siempre recorriendo
las mismas frases en el mismo orden sagrado como rezando un aburrido rosario infinito.
“La oscuridad muestra las estrellas”.
Ya no se trataba de hacer estelas sobre el mar, sino surcos forzados sobre un territorio que era más que un simple mapa.
Durante años, sólo acompañaron su peregrinaje un puñado de ropa, algunas herramientas básicas y el infaltable cuaderno azul en el bolso negro. Sabía que con una
lancha o un simple bote a motor recorrer los faros deteriorados sería más fácil y rápido, pero la sola idea de que sus pies abandonaran la tierra para posarse sobre una
frágil madera de un metro cuadrado separada del agua tan sólo por unos pocos centímetros lo aterraba tanto como a su padre, la locura y a su madre, la pobreza. Sabía
que desde la altura de cualquier faro, el mar quedaba lejano, infinito y por lo tanto, intangible. Desde allí, desde el vértigo de las alturas, sus temores quedaban
dominados y hundidos en aquella inmensidad azul.
Así, cada mañana, elegía la incertidumbre de caminar sin tiempo ni ruta segura hacia el faro correcto.
Ése fue el comienzo. Años difíciles que lo ayudaron a conocer mejor aquellas estructuras de metal, madera, chapa, piedra, ladrillo, mampostería, hormigón armado y
hasta plástico. Años en los que sólo podía acercarse a los faros con la excusa de limpiarlos.
Más tarde, de a poco, fue ganando la confianza de los marineros que los custodiaban mostrándole sus conocimientos sobre electricidad y construcción. Si bien nunca
había estudiado ingeniería formalmente, con los libros de la biblioteca de su padre logró entender un poco más aquellos aparatejos tan diferentes y únicos que decoraban
las costas argentinas.
Faros uniformes o con franjas blancas, rojas, verdes o negras. Estructuras cilíndricas, triangulares, cuadradas, prismáticas, troncocónicas, troncopiramidales; algunas
giratorias. Cada faro emitiendo su luz: blanca, amarilla y hasta roja con distintas frecuencias. Algunos habitados, muchos no. Sólo museos o simplemente vacíos. Todos
históricos, con una historia, con miles de historias.
Cada uno brillando con su propia luz, su propio fuego interior entre todos los fuegos. No había dos iguales. Había grandes y chicos, y de todos colores, descubrió
Rafael después de haber leído a Galeano. Había de fuego sereno que ni se enteraban del viento, y de fuego loco que llenaban el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos
bobos, no alumbraban ni quemaban; pero otros ardían la vida con tantas ganas que no se podía mirarlos sin parpadear, y quien se acercaba, se encendía.
Y Rafael se encendió nuevamente en Villa Gesell ascendiendo al Faro Querandí rodeado por un bosque de coníferas, mientras tarareaba la única canción de cuna que
su mamá Alexia alguna vez le había cantado de niño en polaco. Subía los doscientos setenta y seis escalones hacia la garita con franjas negras y blancas cuando, de
repente, una de sus botas trastabilló en un escalón, su bolso cayó al piso y el cuaderno se abrió justo en la página once: “Que suenen los tambores y enciendan el
fuego”.
Ahí, al ritmo de los tambores querandíes, tehuelches, mapuches, napolitanos, polacos, gitanos, un manojo de hojas le mostró cómo realizar su trabajo. Ésa era la
forma de encender los fuegos, su propio fuego. Aquella torre troncocónica de cincuenta y cuatro metros de mampostería con equipo a gas de alcance reducido, en un
trastabilleo de pies, le decía que no había nortes ni sures, ni orden ni lógica. Sólo luces, fuegos. Claros y sombras. Sonidos y ritmos.
Tambores que resonaban en sus oídos e iluminaban y apagaban su mente, su cuerpo y su sangre. Tambores que señalaban el rumbo y le recordaban la nana polaca y
la canción que ahuyentaba sirenas. Tambores que eran pasado, mezcla. Luz y sombra. Mezcla como futuro, mezcla de lo puro, lo puro que antes que puro fue mezcla.
Lo primitivo, el porvenir. La mezcla: HOY.
Capítulo V
Un sueño.
Si es bueno vivir, todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo, despertar.
Antonio Machado
Aquella noche, Rafael decidió dormir en el Faro Punta Ninfas por primera vez. El elegido constaba de una torre cilíndrica plástica con franjas horizontales negras y
amarillas. ¿Plástico y ninfas? Nadie nada nunca.
“La creación es un pájaro sin plan de vuelo, que jamás volará en línea recta.”
La reparación exigía más de un día de trabajo y el hotel más cercano estaba a varios kilómetros. Ir y volver a aquella habitación barata tan tarde implicaba un
desperdicio de tiempo y energía. Continuó el trabajo que había empezado en la mañana hasta que sus músculos quedaron dormidos y su ambición finalmente descansó.
La frecuencia de las luces sirvió de mecedora a su cuerpo tan gastado. Ahora, una luz blanca larga; después, dos rojas cortas; finalmente, una blanca corta. Y otra vez,
hipócritas, hipnóticas como un péndulo: una luz blanca larga, dos rojas cortas, una blanca corta.
Blaaanco, rojo, blanco.
Blaaanco, rojo, blanco.
Monstruos como gigantes. Don Alfaro, flotando en el mar. Cabeza de humano con un solo ojo en la frente. Algunos, con cuernos. Gonzalo, afeitándose el bigote.
Testarudos, bruscos. Una caribeña, desangrándose en una cama. Inescrutables. Alexia, tirando dinero al aire. Fuerza y poder.
Blaaanco, rojo, blanco.
Armas para los dioses. Don Alfaro, con un machete. Desde el corazón de los volcanes, monstruos forjándolas ensordecedoramente. Gonzalo, parloteando, enredado
en sus palabras, aturdido. Para Poseidón, el tridente. Lo sacude y ¡zas! un terremoto. Para Artemisa, el arco y las flechas. Alexia, sarcástica, mostrando sus dientes
gigantes riendo hasta caer rodando al piso. Para Hades, el casco con que Perseo, invisible, mata a Medusa. Para Hefesto, el feo, su primer altar.
Blaaanco, rojo, blanco.
Don Alfaro, en el faro. En Tirinto, murallas y fortificaciones. Gonzalo, en su consultorio. En Micenas, el Peloponeso. Alexia, ¿dónde?
Blaaanco, rojo, blanco.
Devorar a Cronos y detener el tiempo. Devorar a Don Alfaro. A Gonzalo. A Alexia.
Blaaanco, rojo, blanco.
Apolo viene a matarlos ignorando su inmortalidad. Gonzalo apuntando un arma a Alexia. Zeus ya le mató a su hijo, Asclepio, con un rayo que ellos mismos forjaron.
Blaaanco, rojo, blanco.
Urano teme su fuerza y los encierra en el loquero. Alexia encerrada en el Tártaro.
Blaaanco, rojo, blanco.
Crono los libera junto con los Hecatónquiros y los Gigantes. Derrotar a Gonzalo. Castrarlo. Entre todos, derrocan y castran a Urano.
Blaaanco, rojo, blanco.
Otra vez, prisioneros de Crono. Gonzalo, prisionero de su historia.
Blaaanco, rojo, blanco.
Zeus los libera nuevamente. Don Alfaro libera a Gonzalo.
Blaaanco, rojo, blanco.
Ahora, forjan los rayos para que Zeus finalmente venza a Cronos. Rafael con su frente brillando por el sudor. Rayos, su arma predilecta. Arges les pone el brillo;
Brontes, el trueno y Estéropes, el relámpago. Rafael venciendo a Gonzalo, al sueño. Rafael finalmente respirando. Aire.
Blaaanco, rojo, blanco.
Blaaanco, rojo, blanco.
Capítulo VI.
Des-encuentro.
“La falsedad es una piedra de granito”.
Faro Cabo Dañoso
Aquella noche, el faro de franjas rojas y blancas estaba casi invisible, se había fundido con la bruma azul. En el muelle, Alexia vestía un vestido angosto de encaje
blanco, mezcla de mortaja y traje de novia. Su cara arrugada no mostraba cansancio alguno después de haber recorrido miles de kilómetros desde Buenos Aires hasta el
Puerto San Julián en Santa Cruz. La intriga y el deseo eterno de posesión la habían llevado a buscar a su hijo en el camino de los faros.
Rafael había dejado la casa de Recoleta con la excusa de unas vacaciones en Mar del Plata y Alexia no había sabido nada más de él hasta aquella noche a orillas del
mar, cerca del faro santacruceño de escasos once metros.
El descanso había llevado más tiempo de lo esperado y Alexia creía extrañar a aquel ser que la unía al psicólogo obeso. Sin embargo, no era a Rafael a quien realmente
extrañaba sino a la sensación de castigar obsesivamente con una sonrisa ladeada y un silencio atroz a un ser tan insignificante que ella misma había creado y criado en su
propia casa de la calle Beruti.
Alexia debía informarle a Rafael acerca de la enfermedad de su padre. Confiaba en que su único hijo volviera a Buenos Aires con ella para acompañarla en aquellos
últimos jirones de vida que le quedaban a Gonzalo, últimos de una familia ya desunida por naturaleza que nunca terminaba de despedazarse por más que todos hacían lo
imposible por lograrlo.
Empezó a buscar a Rafael en Punta Mogotes pero no lo encontró. Partió entonces hacia las proximidades de Miramar, donde un armazón de hierro alternado por
franjas blancas y rojas tampoco le dio respuestas.
“Vas a robarle el gorro al diablo, así,
adorándolo como quiere él, engañándolo”.
Continuó la búsqueda hacia el sur, bordeando el Mar Argentino. Intuía que su hijo no se habría alejado nunca del mar que tanto admiraba desde chico.
Estuvo cuatro días con sus noches intentando localizarlo en el Faro
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