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Cien facetas del Sr. Diamonds Volumen 9 – Ardiente – Emma Green

Cien facetas del Sr. Diamonds Volumen 9 – Ardiente – Emma Green

Cien facetas del Sr. Diamonds Volumen 9 – Ardiente – Emma Green

Descargar libro En PDF Gabriel parece haber perdido totalmente el control.
[O ella o yo. Tú me perteneces por siempre. Eleanor]
Este mensaje del anónimo acaba de de rematarle. Delante de mí,
seguramente para no preocuparme, intenta mantener una apariencia de
seguridad y de calma, pero siento a distancia cómo su corazón late con
todas sus fuerzas. Detrás de ese rostro divino y de esa espalda ancha se
esconde un hombre herido, atormentado. Intuyo que nos hacemos la misma
pregunta al mismo tiempo…
¿Quién puede ser tan cruel para comportarse así? ¿Para utilizar el
nombre de Eleanor, fallecida hace trece años, para desestabilizarnos y
destruirnos?
A lo lejos, la fiesta se celebra a bombo y platillo, pero la boda suntuosa
de Céleste y Barthélemy me parece estar a años luz. Oímos gritos de júbilo
provenientes de la carpa donde están reunidos los comensales, pero mi
amante trastornado y yo nos miramos en silencio. Un silencio cargado de
sentido, ensordecedor, que no me atrevo a romper. Diamonds me
contempla con los ojos entornados, llenos de desconfianza, como si
estuviera esperando que confesara mis peores pecados. Cuando mi
multimillonario se decide por fin a hablar, su voz rebosa animosidad y
reproches.
–Lo sabías, Amandine. Lo sabías y, una vez más, no me dijiste nada.
– ¿Qué es lo que sabía? ¿De qué me acusas exactamente?
– De haberme ocultado la existencia del segundo anónimo. Ne te hagas
la bendita. No juegues a eso conmigo. No me mientas. Lo he visto en tu
rostro. Sabías que alguien quería tomarla con nosotros una vez más,
conmigo…
– No sabía cómo decírtelo. Lo intenté, pero no encontraba el buen
momento…
–Maldita sea, Amandine, ¡nunca es un buen momento para anunciar
algo así! No has cumplido con tu palabra. ¡Una vez más, has decidido
asumir todo sola! ¿Todavía no entiendes que tengo los medios para detener
a este anónimo, para impedir que cualquiera nos haga daño? Tengo poder,
Amandine. ¡Este mensajero misterioso no puede conmigo!
–¿Cómo estás tan seguro? ¡Ni siquiera sabemos quién es!
–Voy a contratar expertos en el asunto. ¡Le voy a encontrar y le voy a
machacar! Amenazarnos es una cosa, pero hacerse pasar Eleanor, es…
repugnante. ¿Y si arremete contra Virgile? ¿Has pensado en eso? No, una
vez más la señorita Baumann ha preferido hacer oídos sordos y esperar que
las cosas se arreglen solas. ¡Hay que actuar, Amandine, reaccionar, antes
de que todo esto se nos vaya de las manos!
–No me hables como a una niña, Gabriel. He hecho lo que he podido.
Tenía muchas cosas de las que ocuparme al mismo tiempo. Me
sobrepasaba el…
–¡Razón de más para pedirme ayuda! Tú y tu independencia, tu
libertad… El trato estaba claro: pase lo que pase, me debes la verdad, toda
la verdad. Y mido bien las palabras que te digo, Amandine. Si no confías
en mí, no hay nada que pueda hacer por nosotros. ¿Quieres traernos la
ruina?
–¡Todo lo contrario! ¡Quería protegerte, protegernos!
–¡Soy yo quien debe hacerlo! Me has mentido. Ahora me toca arreglar
tus tonterías. Necesito que me cuentes todo al detalle, sin olvidarte de
nada. Quiero saberlo todo. Y ni que decir tiene lo de mentirme, o me veré
obligado a castigarte…
¿Porque esto qué ha sido? ¿Una charla cortés y amistosa?
En el momento en que los brazos de mi amante me envuelven y me
aprietan junto a él, su voz se suaviza. Dudo entre las ganas de sacudir mis
puños contra su torso y derrumbarme, llorar de alivio. Le he decepcionado,
pero Gabriel no piensa abandonarme. Mi hombre feroz e influyente va a
perseguir a ese anónimo y a aniquilarlo. ¡De una vez por todas!
Desde hace unos días, la calma a regresado a la villa Diamonds, y los días
soleados de este mes de julio casi logran tranquilizar mi angustia. No del
todo, no mientras mi amante afligido no haya perdonado mi mentira.
Quiero decir, mi omisión…

Cien facetas del Sr. Diamonds Volumen 9 – Ardiente – Emma Green

Por mucho que Gabriel no me arrincone, se deshaga en detalles y me
haga el amor con ternura, siento que no ha olvidado mi conducta
inapropiada. Lamento amargamente no haberle confesado todo desde el
principio, haberle ocultado la existencia de este anónimo. Pensaba que
cerrando los ojos a todo este asunto, su presencia invisible y amenazadora
acabaría desapareciendo. Me equivoqué y lo estoy pagando caro cada vez
que mis ojos se cruzan con la mirada ausente de mi amante, cada vez que
siento que se aleja un poco más… No me ha dicho ni una sola vez “Te
quiero” desde mi confesión, y el miedo de perderle me consume.
Marion ha encontrado un nuevo trabajo temporal y no pisa por casa;
Tristan probablemente me odia; mis padres tienen cosas más importantes
que hacer que escuchar mi mal de amores; mi hermana Camille ya no me
dirige la palabra y se prepara para volver a París llevándose consigo su
pesado secreto. Cada vez que pienso que está embarazada de Silas, que
lleva en sí un hijo Diamonds, se me tuerce el corazón. La sonrisa
condescendiente de Barthélemy ya no está ahí para ayudarme a combatir
mis pensamientos tristes; los recién casados han echado sus alas destino la
luna de miel, en Tahití. En cuanto a Virgile y Prudence, todo sigue igual.
Me rehúyen como a la peste y solo tienen ganas de una cosa: ¡que me
largue lo antes posible! Pero en vez de compadecerme de mi suerte, he
decidido disfrutar de mis últimos días de ocio antes de regresar a Francia y
de retomar la vida activa. La Agencia Models Prestige no me dejará pasar
una. El mundo de la pasarela y de la moda es extremadamente competitivo,
pero, extrañamente, tras una estancia en suelo Diamonds, nada me da
miedo…
La melodía de mi teléfono resuena de repente y me saca de mi ensueño.
Viva la vida de Coldplay, me doy cuenta de la ironía de la situación…
–¡Barry ha logrado seguirle la pista al número oculto del mensaje!
–¿Barry?
–John Barry, el experto en piratería que he contratado. Ha encontrado un
nombre y una dirección: un cibercriminal que se hace llamar Thor. Voy
con él a buscarle. Se acerca el final, Amande.
–¿Estás seguro de que no es peligroso? ¿No deberías avisar a la policía?
–Quiero arreglar las cuentas yo mismo. Puedes decirle adiós a este
maldito anónimo…
–¿Qué piensas hacerle? No hagas que me preocupe, no vas a… quiero
decir… a…
–¡Tu imaginación vuela, Amande inspirada! Voy a hacer que pase
miedo de verdad, y después le enviaré entre rejas durante un tiempecito…
–¡Pero no puede tratarse de él, no nos conoce! El anónimo es claramente
uno de nuestros allegados, ¡lo sabe todo de nuestra vida!
–Según Barry, alguien contrató a este tío para acosarnos; actúa bajo las
órdenes del verdadero anónimo. ¡Ese es el nombre que voy a hacer que
escupa!
–Gabriel, ¡prométeme que no correrás demasiado riesgo!
–No te preocupes, Amande. Pronto seremos libres…
Mi amante impaciente cuelga de repente, sin dejarme añadir palabra.
Poco importa, ha pronunciado las palabras que quería oír, y parte de mis
miedos han desaparecido. Rezo por dentro para que no le pase nada y
porque obtengamos por fin todas las respuestas. ¿Quién se esconde tras
estas artimañas? ¿Quién contrató a este hombre para destruirnos?
Me levanto de un brinco de mi tumbona e interrumpo mi sesión de
bronceado para abalanzarme como una furia al agua de la piscina infinita.
Bajo el agua nadie puede oírme y me pongo a gritar como una descosida.
Este reflejo estúpido y fútil me resulta terapéutico. Exteriorizo al fin todas
estas angustias que me atormentan y dejo salir mi ira, mi odio. Ya no tengo
miedo. Solo quiero que todo acabe, desenmascarar a los culpables y que
me dejen amar a este hombre en paz. Luego me lanzo a nadar varios largos
para ocuparme y liberarme de toda esta energía negativa. Salgo del agua
treinta minutos más tarde, sin aliento, con las extremidades anquilosadas.
La espera se me hace interminable; camino a lo largo y ancho del jardín,
con mi teléfono en mano, a la espera de noticias de mi justiciero.
Mi mirada divaga y acaba posándose en la silueta endeble de Camille,
inmóvil en el pontón que domina el inmenso césped. Alza ligeramente la
mano para saludarme y decido dirigirme hacia ella. Nuestra última
conversación se remonta a la tarde de la boda, cuando me anunció que
estaba embarazada de Silas.
Tranquila, Amandine, tranquila…
Enseguida noto sus ojos llorosos. De repente mi ira desaparece. Siento
ganas de abrazarla junto a mí, de acariciarle suavemente el pelo, de
desempeñar el papel de hermana pequeña cariñosa y tolerante. Ella rompe
a llorar en mis brazos, extrañada y aliviada al mismo tiempo.
–No llores, Camille, todo irá bien.
–La enfermedad de mamá, mi divorcio, la infancia de mi hijo sin una
base sólida, todo eso he podido sobrellevarlo más o menos. Pero quedarme
embarazada de Silas y perderte, es demasiado, no puedo con ello, es
superior a mí…, me confiesa con la voz entrecortada de sollozos
incontrolables.
–Mamá salió de ese túnel, tu divorcio será una liberación, tu hijo rebosa
felicidad. A mí no me has perdido, y no me perderás nunca, pero
entiéndeme…
– ¡Lo sé! Llego aquí, me acuesto con el primero que se cruza por mi
camino, que resulta ser el hermano gemelo del hombre de tu vida ¡y lo
hecho todo a perder! ¡He fallado en todo; no sirvo para nada, solo para
fastidiarlo todo y para sembrar desgracia a mi alrededor!
–No digas tonterías. Eres una madre estupenda, una hija afectuosa,
cariñosa, una hermana… llena de sorpresas, pero siempre presente. Estás
pasando por un momento difícil, pero eres fuerte y vas a salir del paso. No
estás sola, Camille, me tienes a mí, y estoy segura de que si Silas lo
supiera, se haría responsable… Creo que te quiere de verdad, que es
sincero contigo.
–No le digas nada, Amandine. Mientras no haya tomado una decisión,
no quiero que lo sepa. Mañana vuelvo a París, necesito reflexionar lejos de
él, de todo esto…
–¿No será demasiado duro guardar un secreto como este? ¿Estás segura?
A dos, podríais…
–¡No! Amandine, respétalo. Júzgame si quieres, pero no se lo cuentes a
nadie. ¡Ni siquiera a Gabriel!
–Te voy a echar de menos…
–Vuelves en una semana, creo que todo irá bien.
Su sonrisa me parte el corazón. Mi hermana puede que tenga todos los
defectos del mundo, pero a veces me doy cuenta de que la admiro. Su vida
no ha tenido nada de tranquila; ha encajado los golpes duros, las
decepciones, las desilusiones una y otra vez, pero siempre ha logrado
levantarse. Yo no sé si seré capaz de mostrar tal obstinación, pero, según
mi madre, este temperamento de luchadoras corre por nuestras venas.
“¡Las mujeres Baumann son mucho más fuertes de lo que parecen, no lo
olvidéis nunca hijas mías!”
Después de acompañar a mi hermana a su habitación y de dar un beso al
pequeño Oscar deseándoles un buen regreso al día siguiente por la mañana,
me dirijo hacia mi suite real. No sé nada de Gabriel desde hace casi tres
horas; estoy a punto de llamar al F.B.I… Peor aún: tengo un mal
presentimiento. Mi espíritu atormentado se agita desenfrenadamente y me
imagino el peor de los casos.
Un navajazo…
Un tiro…
Una locura…
Vuelvo a ver su rostro crispado, deformado por la incomprensión, el
dolor y la ira. Al recibir el mensaje de parte de Eleanor, Gabriel
enloqueció. ¿Y si fuera capaz de cometer lo irremediable? ¿Y si este
criminal lo desafiara y acabara con su paciencia? La culpa me consume. Si
le ocurre alguna situación así, es por mi culpa. Por primera vez desde hace
ocho meses, me doy cuenta de que soy el origen de todos sus males. Otra
vez, se me encoge el estómago solo de pensar que este hombre sublime y
cautivador me abandone. Estoy a punto de echarme a llorar cuando, al fin,
la vibración del móvil me saca de mis pensamientos. Un mensaje de
Gabriel.
¡Por lo menos sé que está sano y salvo!
[Prudence lo ha maquinado todo. G.]
La frialdad de su mensaje me sorprende, pero no tanto como su
contenido. Mi amante cruel no me ha dado suficiente información. Acaba
de revelarme el final del libro, de la novela de suspense emocionante, de
desenmascararlo todo, pero sin desvelarme ni el cómo ni el porqué.
Prudence es finalmente la culpable, y me doy cuenta de que no me
sorprende. Desde la primera vez que nos vimos en el Hospital americano
de París, la tiene tomada conmigo. Pero, de ahí a traicionar a su proprio
hijo haciéndose pasar por su prometida difunta…
Encantadora, mi futura suegra…
No obtengo respuesta de los mensajes que envío a Gabriel. No sé ni
dónde se encuentra ni si cuenta plantarle cara a su madre, pero un pajarito
me dice que la villa Diamonds muy pronto se convertirá en campo de
batalla. Esperando cruzarme con él por el camino, tomo los pasillos
iluminados por inmensas cristaleras de la residencia familiar. Toda esta
fastuosidad, este lujo me maravilla tanto como antes, pero soy consciente
de que no es más que una fachada. Toda la belleza del mundo no lograría
cegarme. A partir de ahora sé que, detrás de esta imagen de clan unido e
inseparable, los Diamonds se mienten entre ellos, se manipulan, se
destrozan.
Prudence, la Reina Madre, no se echará atrás ante nadie para alcanzar
sus fines, y sus primeras víctimas son sus propios hijos. Hostigar a Silas
para que salga adelante con su vida, reprocharle el hecho de ser diferente,
su naturaleza jovial y soñadora. Casar a Céleste a la fuerza para ocultar su
homosexualidad. Hacer chantaje a Gabriel para librarse de mí. Esta mujer
es una víbora, pero, esta vez, no permitiré que envenene al hombre que
amo. Su veneno no destruirá todo lo que hemos construido juntos. Si quiere
guerra, la tendrá.
–¡Lo sé todo, Prudence! ¡No lo niegues, sé que estás detrás de todo esto!
“Prudence”; su hijo se dirige a ella por su nombre, como si deseara
destituirle de su papel de madre. Ha llegado la hora de ajustar cuentas. Los
gritos de mi amante furioso provienen del salón principal. Al acercarme a
sus alaridos, reúno mis fuerzas y me preparo para afrontar al anónimo
malsano y maquiavélico que ha intentado aniquilar lo que yo más estimo.
Llego por fin a la sala y me coloco al lado de Gabriel. No me atiende, está
demasiado ocupado desafiando a su madre, que me lanza inmediatamente
una mirada asesina.
–¡Que no se te ocurra decir nada a Amandine, ya le has faltado al
respeto suficientemente con lo que has hecho! ¡Esto solo nos concierne a
nosotros dos, Prudence!
Gabriel parece estar preparado a lanzársele a la yugular; las venas del
cuello se le inflan; todo su cuerpo se tensa de los nervios. Madre e hijo se
miran a los ojos sin pestañear; las miradas son eléctricas; el ambiente está
cargado de tensión.
–Gabriel, ¿qué te ocurre? ¡Nunca me habías hablado con ese tono! Sobre
todo delante de ella…
–¡No cambies de tema! ¡Confiésalo, mamá, confiésalo! ¡Eres tú quien
tiranizas a Amandine desde hace semanas, quien intenta separarnos, quien
nos amenaza! ¡Me has dado una puñalada trapera! ¡Me has traicionado,
Prudence!
–¡No sé de qué me hablas, has perdido la razón Gabriel! Esta chica te ha
vuelto loco…, replica, implacable y altanera, como de costumbre.
–Tengo pruebas. Sé que lo tramaste todo. Thor me contó vuestro
pequeño acuerdo. ¿Pensabas seriamente que no descubriría la verdad?
–¿Thor? ¿Quién es ese Thor? No lo conozco…
–Dime, ¿por qué lo hiciste? ¿Por Virgile? ¿Por ti? ¿Para que ninguna
mujer me aleje de ti? Estás loca. Eres mi madre, nada más. Y si no
empiezas a confesar, no serás nada más para mí. Utilizar a Eleanor para
herirme, para hacerme daño… ¡No tengo palabras para explicar hasta qué
punto es rastrero, mezquino, inhumano… no digno de una madre!
–¿Ahora no soy digna de ser madre? ¿Después de todo lo que he hecho
por ti, todo lo que he hecho por mis hijos? Os he dedicado toda mi vida y
lo seguiré haciendo hasta el día en que me muera. No te permitiré
hablarme de esa forma. ¡No tengo nada que reprocharme!
–¿Es todo lo que tienes que decir, Madre?
Gabriel masculla esas palabras. Acaba de pronunciar “Madre” como si
fuera el peor insulto de todos. Su rostro es serio, su mirada penetrante;
siento que está dispuesto a olvidar a esta mujer que tanto ha representado
para él, pero que le ha traicionado demasiadas vez…
–Sí. Cuando abras por fin los ojos, te darás cuenta de tu error. Esta chica
no es tu aliada, yo sí lo soy. Sin mí no eres nada.
–Voy a demostrarte lo contrario. Adiós Prudence.
Mi amante determinado da media vuelta, se dirige hacia la salida y me
toma del brazo para llevarme con él. No estoy segura de haber entendido
todo, pero me parece que Gabriel acaba de romper con su madre de una vez
por todas. Prudence no ha confesado nada. No ha lamentado nada, todo lo
contrario, ha seguido acusándome. Me quedé muda, impresionada por este
combate de titanes, como una niña que espera que le den la palabra para
expresarse por fin. Pero, poco importa, mi multimillonario me ha
defendido y ha enterrado a nuestro verdugo. El anónimo ya no existe; a
partir de ahora el futuro nos pertenece.
De regreso a nuestros apartamentos, Gabriel me informa fríamente que nos
iremos de Los Ángeles pronto por la mañana. Está de un humor de perros,
y se encierra en su despacho, “para hacer unas llamadas”. Una hora más
tarde, mis maletas están listas y me desplomo en la cama king size,
agotada por todas estas emociones. Dudo en invitar a mi amante a venir a
mi lado, pero decido no molestarle. La soledad me agobia, pero imagino
que no es nada comparado a por lo que él está pasando ahora mismo.
Primero Silas, ahora Prudence… Está claro que Gabriel no puede contar
con el apoyo ni la lealtad de su clan.
Llevo varias horas en los brazos de Morfeo cuando siento su cuerpo
caliente recostarse contra el mío. Con una suavidad infinita, se coloca
detrás de mí y me abraza con sus brazos musculosos. Su rostro roza mi
nuca, luego se aleja, barriendo de un ligero soplo mi pelo suelto.
–Nadie más te hará daño, mi Amande. Te quiero… como nunca antes he
querido, me murmura al oído.
Su voz suave y tranquilizadora se entrecorta al pronunciar estas últimas
palabras. Como si el amor que siente por mí fuera tan intenso que se
vuelve doloroso. Me doy la vuelta para verle la cara, totalmente despierta y
conmovida por esta sublime declaración. Su maravilloso rostro está muy
cerca del mío, y no logro resistir a la tentación. Más que confesarle que
siento lo mismo por él, que el amor que siento no lo conciben la razón y el
entendimiento, mis labios ávidos se abalanzan sobre los suyos y los
aprisionan en un beso apasionado. He despertado al amante tórrido que
estaba dormido en él, y, en unos segundos, mi picardías de satén cae a los
pies de la cama, y me encuentro desnuda, a merced de sus manos
imperiosas.
Me acaricia con fuerza y sutileza, lujuria y delicadeza, como si
descubriera por primera vez mi cuerpo. Su lengua me devora, sus dientes
me muerden, sus palmas recorren mi cuerpo, sus dedos me aprietan, me
hacen cosquillas. Ya siento su magistral erección contra mi pierna, y este
simple contacto enciende mi feminidad. Cuando sus labios atacan de nuevo
mi boca y me besan lánguidamente, gimo de deseo y de impaciencia. Mi
amante lo entiende como una invitación, y con razón, y, de un brinco se
posa encima de mí con todo su esplendor. Abro mis piernas temblorosas
para abrirle paso y acogerle en mí. Él comienza un vaivén divino,
acelerando poco a poco la cadencia. Con su mirada fija en la mía, admiro a
este hombre increíblemente bello y viril, que me domina con todo fervor.
Sus impulsos sobre mí se intensifican, arrancándome estertores de
placer, y, cuando estoy a punto de explotar, mis manos agarran sus cabellos
dorados. Él suelta un gruñido de dolor, pero intensifica aún sus impulsos
para penetrarme aún más profundamente. Yo ondeo la cintura y me arqueo
más para saborear mejor sus asaltos, hasta que se me escapa un suspiro
bestial de los labios. Un orgasmo fulgurante me sobrecoge y me envía al
séptimo cielo, acompañada unos segundos más tarde por mi Apolo en
pleno goce.
2. Nuevo comienzo
La villa Diamonds todavía estaba dormida cuando su inmenso portal se
cerró tras nosotros. No me atreví a despertar a Camille para proponerle
acompañarnos. Preferí deslizar una pequeña nota bajo la puerta de su
habitación.
[Partida precipitada a París. Te lo explicaré todo… ¡Buen viaje, Camille
mía!]
Después de nuestro enfrentamiento con Prudence, no me quedo
tranquila dejando a mi hermana tras de mí, pero estoy segura de que Silas
cuidará de ella hasta que abandone el territorio americano. Decido así
concentrarme en el hombre irresistible sentado a mi izquierda,
conduciendo el 4×4 que circula rumbo al aeropuerto. Mi multimillonario
permanece en silencio, profundamente afectado por todos estos giros que
ha dado la situación. La decepción provocada por la traición de su madre
ha marcado su bello rostro; no logra esconder su tristeza. Cuando extiendo
el brazo para acariciarle su mejilla fresca con la palma de la mano, inclina
suavemente la cabeza para ir a su encuentro. Su reacción inesperada me
conmueve. Temía que me rehuyera, obnubilado por la ira, pero ocurre todo
lo contrario. Gabriel ha roto con su madre, ha decidido romper el vínculo
con el clan familiar hasta nuevo aviso, y me doy cuenta de que nunca ha
estado tan cerca de mí.
Solo me tiene a mí…
Nos dormimos en el aire abrazados tiernamente, sumergidos en la luz
tamizada y el silencio apacible de la primera clase. El vuelo transcurre a
toda velocidad. Nos acercamos ya a París y lamento que este instante
privilegiado haya sido tan efímero. Adormecido a unos centímetros de mí,
mi Apolo respira profundamente, su rostro divino está totalmente relajado,
sereno. Descubro una nueva faceta de este hombre al que amo
perdidamente: un hombre indefenso, sin máscaras, transparente. Cuanto
más aprendo a conocerle más rápido late mi corazón por él, a veces en
detrimento de la sensatez. Es una banalidad flagrante, pero es la realidad.
Amandine Baumann, eres un verdadero cliché…
¡Y lo asumo!
Yo que estaba en las nubes, ¡no me esperaba caerme del cielo tan
rápido! Al bajar del avión, mi amante me anuncia sin rodeos que nos
caminos se separan aquí mismo…
–No me guardes rencor, Amande, el deber me llama…, me dice al
descubrir mi consternación.
–¿Tan pronto me abandonas? Pensé que pasaríamos el día juntos por lo
menos. ¿No puede esperar hasta mañana el deber? le respondo, cuidando de
poner cara de disgustada, que tantas veces le convence.
– No, tomo un avión en veinte minutos, destino Sudáfrica. He trabajado
en un proyecto buena parte de la noche. Quiero firmar el trato antes de que
cambien los términos…
–¿Cuándo regresas? Me siento mal solo de pensar que estarás lejos de
mí…–
En unos días. Te prometo que haré que me perdones, mi Amande
dolida. No pongas mala cara.
Le hago una mueca para provocarle; lo que desencadena su hilaridad.
Genial. Hacerte reír es exactamente lo que pretendía…
¡No te vayas, no te vayas, no te vayas!
Mi dios griego, que no piensa rendirse, me atrapa por la cintura y
aterrizo en sus brazos aunque no quiera. Intento resistirme para seguirle el
juego, pero sus labios carnosos y conquistadores ya están sometiendo los
míos. Nuestro beso me abraza de la cabeza a los pies, y al final, cuando mi
amante cruel se despega de este abrazo, se me escapa un pequeño gemido
de contrariedad. Me lanza una sonrisa estridente, al parecer muy satisfecho
de constatar el efecto que ha tenido en mí. Algo exasperada, no declaro mi
rendición y, sin pedirle permiso, vuelvo a pegarme a él para volverle a
besar. Nuestras lenguas hambrientas se devoran, nuestros cuerpos ondean,
se acarician, y, rápidamente, siento cómo su excitación se eleva
vertiginosamente. Él refunfuña en voz baja y me separa de él fijando su
mirada intensa, penetrante.
–Amande, me vas a volver loco… Ahora sí que tengo que irme. Sal, mi
chófer te espera en la puerta diez. Vete antes de que cambie de idea…
–Es precisamente mi objetivo. Usted me ha enseñado a ser perseverante,
señor Diamonds.
–También debo enseñarle a ser obediente, señorita Baumann. Pondré
todo mi empeño en ello dentro de unos días, cuando vuelva a buscar lo que
me pertenece.
–Si para entonces nadie os ha robado vuestra preciada mercancía…
–El que lo intente pasará un mal trago, créame, señorita Impertinente…
me dice, cortante, antes de plantarme un último beso abrasador en mis
labios y de largarse gritando una vez más: “¡Puerta diez!”
Ha pasado más de una semana, y Gabriel no ha regresado todavía. He
vuelto a mi apartamento señorial de Bercy Village, este barrio alegre y
animado que me procura una grata quietud. Me dispongo a hacer mis
pinitos como responsable de comunicación en la agencia Models Prestige.
Mi trabajo empieza mañana y rara vez he estado tan estresada.
Por suerte Marion, Louise y Camille han estado muy presentes desde mi
regreso de Los Ángeles. Misiones imposibles de compras, desayunos de
revisión, cafés estratégicos, sesiones de cine y paseos relajantes: todo mi
equipo ha intentado ayudarme para la hora de la verdad. Pero este pequeño
mundo no ha conseguido hacerme olvidar de la ausencia de mi amante
fantasma. Aparte de unos emails y mensajes, silencio sepulcral. Sé que
tiene sus propios problemas de los que ocuparse, y que lanzarse de lleno en
sus negocios tiene un efecto terapéutico, pero no puedo dejar de culparle…
un poco… solo un poco.
Desapareces justo cuando más te necesito, Diamonds…
Lunes 22 de julio. He puesto la alarma de mi despertador a las seis y
media, para tener tiempo de ponerme de punta en blanco antes de
adentrarme en la cueva del lobo. Quiero dar a toda costa una buena
impresión y pasar desapercibida en medio de las sosias de Tyra Banks,
Miranda Kerr y otras Gisele Bündchen.
No sueñes, Amandine, no lo conseguirás…
A menos que crezcas quince centímetros y que te quites unas costillas…
Me decido por un look moderno bien trabajado, pero sin florituras: una
camisa negra vintage de cuello redondo, ligeramente entallada, un pitillo
azul eléctrico y unos zapatos negros de talón alto. Elegante y a la moda,
justo lo que necesito. Un peinado esmerado con el pelo totalmente liso,
maquillaje natural y por fin estoy preparada a hacer mi entrada triunfal en
el mundo de los peces gordos.
Me presento a las 8:59 en la recepción del suntuoso local, situado en el
séptimo piso de un edificio tipo boulevard Haussemann, a dos pasos de los
Campos Elíseos. En este lugar, todo es lujo y refinamiento, casi
ostentación. No me sorprendería ver dejarse caer a uno de los miembros
del clan Diamonds, pero no, he encontrado este trabajo sin su ayuda, y me
doy cuenta de que no tienen el monopolio del buen gusto, ni de la riqueza.
La recepcionista, que se da un aire a Naomi Campbell, me pide
educadamente que espere en “el salón privado”. O lo que es lo mismo, la
sala de espera, pero en primera clase.
Sentada confortablemente en un sillón Chesterfield gris lacado, veo
desfilar a chicas jóvenes que compiten en belleza. Lo que me choca,
además de sus siluetas filiformes y sus caras angélicas, es su juventud.
Deben tener entre 14 y 17 años, pero ya cuentan con una gracia, una
apostura poco común. Al lado de estas muñecas subidas en zancos debo
parecer un hobbit.
¡Un hobbit bien vestido, por lo menos!
Y entonces sucede algo casi imposible… Mi vecina, que tiene pinta de
ser de Europa del Este, me mata con la mirada al tiempo que sujeta su book
contra su pecho inexistente.
No te preocupes querida, no te voy a robar el trabajo…
Pero gracias por creer que podría…
Una voz endeble y nasal pronuncia mi nombre, a unos metros de mí. Me
doy la vuelta y descubro una mujer en traje negro, de unos treinta años.
Estricta y bien tiesa me tiende la mano y se presenta, con los labios
apretados.
–Hortense Lemercier. Sígame por favor.
No, sobre todo no se disculpe por haberme hecho esperar veinticinco
minutos…
Sus pasitos nerviosos resuenan en toda la sala y veo numerosas caras
levantar la vista al vernos pasar. La mayoría sonrientes, e intento devolver
la cortesía, pero, varias veces, la ayudante exasperada me pide que avance
más deprisa. Por último, haciendo una seña con el mentón, me presenta mi
despacho. A mi disposición se encuentran un ordenador, un teléfono,
algunos archivadores y bloques de post-it.
–Aclimátese lo antes posible. Aquí no hay niñeras, y cada minuto
cuenta. ¿Entendido? me avisa, de lo más desagradable posible.
–Clarísimo. ¿Puedo por lo menos preguntarle qué es lo que espera de mí
en mi primer día?
–El señor Diarra se lo explicará todo. Al principio trabajará bajo sus
órdenes. Procure serle útil.
La arpía se va sin dirigirme una sonrisa, y me pregunto qué hago aquí…
Luego, un rostro risueño y condescendiente aparece frente a mí. Un
mestizo con el pelo al rape rubio platino me tiende la mano y me dirige
una sonrisa alentadora.
–Marcus Diarra, para servirle. Trabajaremos juntos.
–Buenos días, señor Diarra…
–¡Marcus! Nada de señor. ¿Eres Amandine, no?
–Sí, exacto. Creo que voy a llamarle “Salvación”, si no le molesta…
– No, a condición de que me tutees, me dice riendo a carcajadas. Arma
un jaleo impresionante, y, a nuestro alrededor, me cruzo con miradas de
aprobación, más o menos.
Las doce y media. Mi nuevo amigo ha pasado la mañana a explicarme
en qué consiste mi puesto de trabajo, idéntico al suyo, y a describirme el
universo de la pasarela, en el que todavía soy novata. Más que seguir al
tropel que se dirige a la salida para ir a comer, Marcus decide pedir sushi a
domicilio. Intento pagar mi parte, pero insiste en invitarme, para “darme la
bienvenida”. Sentados uno frente al otro en una pequeña mesa redonda de
la cafetería, nos conocemos mejor. Mi interlocutor tiene 28 años, un look
irresistible, una personalidad abrumadora y se reivindica “fabulosamente
gay”. Su buen humor y su franqueza transmiten. Ya me ha cautivado.
–La regla de oro para sobrevivir aquí es no dejarse pisar. Por mucho que
te digan que sigas todo a pies juntillas, sé tú misma y di lo que tengas que
decir. Si ven que no sabes ponerte en tu sitio, te machacarán.
–Es fácil decirlo… Llevas aquí tres años, yo tres horas…
–Precisamente. Durante meses opté por ser educado, antes de darme
cuenta de que me iba a estrellar. Los compañeros se aprovechaban de mi
debilidad, de mi falta de carácter. Un día, decidí hablar alto y claro, y
desde entonces, nadie se atreve a pisarme los pies.
–¡Entendido, entrenador!
–Lo mismo con el jefazo. Ferdinand es un tipo autoritario, que sabe lo
que quiere, pero que odia más que nada a los pelotas. Por eso tiraniza a
Ortie, por cierto, porque ella le trata como a un dios…
–¿Ortie?
–Hortense, es su apodo, ¿le viene al pelo, no? Siempre está presente
donde no le llaman, es picona y le saca a uno de quicio. En fin, volviendo
al director, plántale cara si hace falta. Pero cuidado, es un ligón… ¡A las
chicas guapas como tú, se las lleva de calle!, me dice, antes de echarse a
reír.
Bueno, bueno… Muy bien… Muy pero que muy bien…
Al volver a mi despacho, me encuentro con una nota de Hortense: [El
señor de Beauregard desea reunirse con usted a las tres. Sea puntual y
presentable.]
Se ha ganado el apodo a pulso…
Llamo a la puerta adornada con una placa dorada que dice “Director
General”. Estoy nerviosa, pero tengo determinación. El silencio que
obtengo por respuesta aumenta aún más mi aprensión.
Genial, ¿cómo se supone que debo reaccionar? ¿Quedarme ahí plantada
a esperar o tomar la iniciativa de entrar sin que me de permiso?
Cuidado, no sabes con qué animal te las vas a dar…
Noto en la mano que alguien baja la manilla al otro lado de la puerta. Un
hombre esbelto en traje gris oscuro, colgado al teléfono, me hace señas de
entrar y me indica guardar silencio con el dedo índice en la boca. Cierra la
puerta detrás de mí y me abandona en medio de la sala para ir a terminar su
conversación cerca de la ventana. Me da la espalda y no percibo más que
su silueta tan esbelta, coronada por una masa de pelo moreno ligeramente
ondulado. No puedo impedir preguntarme si es tan alto como Gabriel o si
me engaña su delgadez. Oigo su voz por fragmentos de conversación. Su
tono es relajado, casi indiferente. No precisamente lo que me esperaba de
un director general de una importante agencia de modelos.
¿Quién es usted, Ferdinand de Beauregard, a quien no veo ni siquiera
los ojos?
Se da la vuelta hacia mí casi por completo, respondiendo
involuntariamente a mi curiosidad, y reposa los codos en el reborde de la
ventana sujetando el teléfono con un dedo y levantando los ojos hacia el
cielo con gesto de impaciencia. Sonreímos y, como si al fin hubiera notado
mi presencia o quizá se hubiera dado cuenta de que merecía la pena
echarme un vistazo, le da por mirarme de arriba abajo, sin la mínima
discreción. Me lanza su mirada de seductor experimentado pero parece
divertirse; una mezcla sutil de seducción y de burla de sí mismo, tan
divertido como molesto.
No te dejes pisar los talones, Amandine, esta vez no. Aquí, ¡si te
ablandas, se acabó!
Los consejos de Marcus resuenan en mi cabeza. Aprovecho ahora yo
para observar al famoso Ferdinand, todavía al teléfono y, al parecer,
agradablemente sorprendido de ver que acepto las reglas de su jueguecito.
La coartada del teléfono es muy útil para estudiarnos en silencio y sin el
desacomodo de turno del primer encuentro.
¿Será esta una de sus técnicas que ya le ha funcionado otras veces?
Su cuerpo incluso más delgado de lo que pensaba y su traje de tres
piezas le dan un aspecto de dandi. Hace gala de su corbata negra fina, muy
a la moda, que parece la norma en la agencia. Sus gestos son elegantes;
confirman la burguesía patente de su apellido compuesto, pero también
muestra la indolencia atrevida del joven director de empresa todopoderoso,
orgulloso de haber tenido éxito. Le echo 35 años, pero su pelambrera
oscura hábilmente peinada-despeinada le quita diez. Las ondas morenas
contrastan por cierto con su tez tan pálida, y sus ojos grises suavizan su
rostro anguloso bien afeitado. Creo que son grises. O quizá azul oscuro.
Sus labios finos y claros me recuerdan inevitablemente a la boca carnosa
de Gabriel. Los dos son extremos opuestos, quitando el hecho de que
ambos tienen el encanto exasperante de los hombres que saben que lo
tienen. Y que dosifican con esmero su instinto de cazadores gracias a una
educación perfecta.
¡Deja de compararles, Amandine!
El apuesto director cuelga por fin, lo que frena en seco mis
elucubraciones. Con una seña cortés me invita a sentarme en uno de los
sillones que lindan con su impresionante mesa de cristal. Cumplo con lo
que me pide, curiosa por saber lo que me espera.
–Quería darle la bienvenida a nuestra agencia, señorita Baumann.
¿Puedo llamarle por su nombre? ¡No vamos a complicarnos con
formalidades fútiles!
–Depende de si me permite llamarle Ferdinand…
Muy bien, aquí tienes la puerta, Amandine…
–Veo que tiene carácter… Llamémonos cómo mejor nos parezca. Tengo
el presentimiento de que este es el principio de una larga y bella
colaboración…
–Profesional, sí, yo también espero que así sea.
–Veamos Amandine, ¿qué insinúa? Sea lo que sea que le hayan dicho,
¡me rodeo de personas cualificadas para que mi empresa sea fructífera,
punto y final!, me responde con una sonrisa pícara. Y, evidentemente, tanto
mejor si mis empleados son… cómo decirlo… agradables desde todos los
puntos de vista.
Ya estamos…
–Agradables a la vista, ¿quiere decir?
–Es usted quien lo dice, no yo. Pero sí Amandine, algo así…
De repente me encuentro sin más salidas, desarmada por su franqueza
teñida de humor y a la vez de arrogancia. Por suerte, su teléfono empieza a
sonar y mi patrón se disculpa educadamente al descolgar, y me da a
entender a continuación que nuestra entrevista se ha terminado. Salgo de su
despacho con las mejillas ardiendo, incrédula al volver a pensar en este
sorprendente diálogo.
Me escapo de este edificio de locura sobre las seis de la tarde, impaciente
por regresar a la calma del doceavo distrito. Saco mecánicamente mi móvil
para ver si Gabriel me ha escrito, pero nada… Decepcionada a la vez que
irritada, me dispongo a llamarle cuando casi me choco con alguien. Me
recompongo, levanto la vista y descubro a Ferdinand…
Buena jugada, Amandine, un choque con el jefazo…
–Desde luego, el destino nos persigue…
–Perdone señor de Beauregard, estaba distraída.
–No se disculpe, me alegra mucho encontrarme con usted. Quiero decir,
que se encuentre conmigo… ¿Ya no me tutea?, me dice todo sonriente,
acercándose peligrosamente a mí.
–No sé … yo…
–¡Amandine!
La voz grave y estruendosa de Gabriel me corta la palabra. Me doy la
vuelta, totalmente desbordada por la situación. Está ahí mismo, enfrente,
enfadado. Por un momento, me sorprendo admirando su belleza natural y
salvaje. Luego, vuelvo a recordar la presencia de mi jefe.
–Que pase una buena tarde, señor de Beauregard. ¡Hasta mañana!
No le doy tiempo a responderme, por temor a que su tono seductor
incite a mi celoso amante a desafiarle a un duelo. Gabriel me coge de la
mano y tira de mí sin miramientos hacia su Mercedes, aparcado a unos
metros de allí. Durante todo el trayecto casi no me dirige la palabra. Me
hace algunas preguntas banales sobre mi primer día, sobre la salud de mi
madre, nada más. Me hierve la sangre. No le he visto desde hace diez días,
no se ha dignado a llamarme ni una sola vez, ¿y es él quien me castiga
jugando al rey del silencio?
Espera y verás Diamonds…
Solo al llegar al apartamento se le suelta la lengua. Demasiado, para mi
gusto…
–¿Se puede saber que quería de ti ese títere?
–Nada en absoluto, es mi jefe. Si me habla, debo responderle. Así
funciona cuando no eres más que una simple empleada…
–No me fío de él, tiene una pésima reputación. Preferiría que trabajases
para mí. Todavía puedo encontrarte un buen trabajo dentro de mi equipo.
–Ya hemos hablado de ello, Gabriel. Te he dicho que no, y no pienso
cambiar de opinión. ¿Y se puede

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