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Libro PDF Ciencia ficción. Selección 1 de AA.VV

Ciencia ficción. Selección 1 de AA.VV.

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Problemas del genio creador (Problems of Creativeness) Thomas M. Disch, 1967.
Los hombres sin alma, o Los vitanuls (The Vitanuls) John Brunner, 1967.
El talismán cíclope (The Cyclops Juju) Shamus Frazer, 1967.
Cuando los pájaros mueran, Eduardo Goligorsky, 1967.
La clave (The Key) Isaac Asimov, 1966.
Onda cerebral (Brain Wave) S. y J. Palmer, 1967.
Un húmedo paseo (A Walk in the Wet) D. Etchinson, 1966.
PROBLEMAS DEL GENIO CREADOR
Thomas M. Disch
Sentía un dolor sordo, una especie de vacío en la zona del hígado, el asiento de la
inteligencia, según la Psicología de Aristóteles; sentía como si alguien estuviese dentro
de su cuerpo inflando un globo, y que aquel globo era su organismo. Unas veces lo
ignoraba, pero otras no podía hacerlo, igual que cuando se tiene una encía hinchada e
incesantemente se comprueba su estado con la lengua o un dedo. Se sentía enfermo y
las piernas le dolían de estar tanto tiempo sentado.
El profesor Offengeld estaba hablando de Dante. Dante había nacido en 1265.
«Nació en 1265», escribió en su cuaderno.
Se habría sentido igual aun a pesar de la frialdad de Milly, pero esto no hacía más
que empeorar las cosas. Milly era su chica, y ambos se amaban, pero durante las tres
últimas noches ella le esquivaba ostensiblemente, diciendo que tenía que estudiar, o
alegando cualquier otra excusa absurda.
El profesor Offengeld hizo una observación jocosa y los demás alumnos que se
hallaban en el auditorio se echaron a reír. Birdie estiró las piernas por el pasillo y
bostezó.
—El infierno que Dante nos describe, es el que cada uno de nosotros llevamos
secretamente en lo más recóndito de nuestra alma —aseguró Offengeld,
solemnemente.
Tonterías, se dijo para sus adentros. Todo eso era un montón de tonterías. Escribió
«tonterías» en su cuaderno, y luego dio a las letras un aspecto de relieve, sombreando
los lados con todo cuidado.
Offengeld les hablaba ahora acerca de Florencia, de los papas y esas cosas.
—¿Qué es simonía? —preguntó el profesor.
Birdie estaba escuchando, pero no se dio cuenta de la pregunta. En realidad no la
oyó, pues trataba de reproducir en su libreta el rostro de Milly, aunque no sabía
dibujar demasiado bien. Exceptuando las calaveras. Estas le salían espléndidamente.
Tal vez debió haber asistido a una escuela de Bellas Artes. Convirtió la cabeza de Milly
en una calavera con larga cabellera rubia. Se sintió aún más enfermo.
Ahora le dolía el estómago. Quizá era la barrita de Synthamon que había tomado
en lugar de una comida caliente. No se sometía a una dieta equilibrada, y eso era un
error. Durante más de dos años había comido en cafeterías y descansado en
dormitorios comunes. Desde que se diplomó en la escuela de enseñanza secundaria,
para ser más exactos. Aquella vida era un infierno. Necesitaba un hogar, una
existencia regular. Tenía que sentar cabeza, en suma. Cuando se casara con Milly iban
a tener lechos gemelos. Tendrían un apartamento de dos habitaciones para ambos, y
una de las estancias serviría sólo de alcoba. En ella no habría nada más que dos
lechos. Se imaginó a Milly en su elegante uniforme de azafata, y luego comenzó a
desnudarla mentalmente. Cerró los ojos. Le quitó primero la chaquetilla con la
insignia de la Pan-American sobre el pecho izquierdo. Luego soltó el broche de la
cintura y descorrió la cremallera. Deslizó la falda por encima del terso pantaloncito.
Éste era del tipo antiguo, con encajes en los dobladillos. También la blusa estaba
confeccionada de un modo tradicional, con muchos botones. Era engorroso soltar
tantos botones. Birdie perdió interés en la imagen.
Los reos de pecados de la carne se hallaban en el primer círculo, dijo el profesor,
porque su pecado era menor. Francesca de Rímini, Cleopatra, Elizabeth Taylor. La
clase entera celebró la bromita del profesor Offengeld. Todos conocían a Elizabeth
Taylor por la asignatura de Historia del Cine, cursada el año anterior.
Rímini era una ciudad de Italia.
¿A quién demonios podía interesarle semejante tostón? ¿Qué importaba el lugar
donde había nacido Dante? Tal vez nunca había existido. Aun así, ¿en qué podía
afectarle a él, Birdie Ludd?
En nada.
¿Por qué no se decidía a hacerle esas preguntas a Offengeld? ¿Por qué no le pedía
que se callara de una vez?
La razón principal era que Offengeld no se encontraba allí. Lo que parecía el
profesor era en realidad un flujo de electrones dentro de un gran cristal sintético. El
Offengeld de carne y hueso había muerto dos años antes. En vida, el profesor fue
considerado como el mayor erudito en los estudios sobre Dante y su literatura, y por
ello el Consejo Educativo Nacional estaba empleando sus cintas aún.
Aquello era ridículo. Dante, Florencia, los papas simoníacos… Ahora ya no
estaban en la condenada Edad Media, sino en el condenado siglo XXI, y él era Birdie
Ludd, estaba enamorado, se encontraba solo y sin trabajo, y no podía hacer nada para
remediarlo, nada en absoluto, ni disponía de un solo lugar donde refugiarse en todo
aquel hediondo país.
La sensación de vacío que experimentaba en el interior del pecho se acentuó, y de
nuevo trató de pensar en los botones de la imaginaria blusa de Milly, así como en la
carne tibia y familiar que había debajo. Seguía sintiéndose enfermo. Rompió la hoja
con la calavera dibujada, no sin echar una ojeada culpable al cartel que había sobre el
estrado del auditorio, y que decía: EL PAPEL ES VALIOSO. NO LO DESPERDICIES.
Entonces dobló los trozos con cuidado y siguió doblándolos hasta que fueron
demasiado gruesos para seguir con la operación. Por fin introdujo el papel en el
bolsillo de su camisa.
La muchacha que se sentaba a su lado le estaba mirando con mala cara por
desperdiciar el papel de esa forma. Como otras chicas vulgares, era una acérrima
conservadora, pero tenía excelentes notas, y Birdie contaba con ella para pasar los
exámenes finales. Por consiguiente, le dirigió una sonrisa. Tenía una sonrisa realmente
simpática. Todo el mundo se lo decía. Su único problema era la nariz, demasiado
chata.
El profesor Offengeld dijo en ese momento:
—Y ahora vamos a realizar una pequeña prueba de asimilación. Por favor, cierren
sus cuadernos y colóquenlos debajo de los asientos.
Su imagen se desvaneció, y se encendieron las luces del auditorio. A continuación,
una voz grabada resonó en la sala:
—¡No hablen, por favor!
Cuatro monitores negros procedieron a distribuir las hojas con el cuestionario a
los quinientos estudiantes que había en el auditorio.
Volvieron a debilitarse las luces y la primera elección múltiple apareció en la
pantalla:
1. Dante Alighieri nació en: a) 1300, b) 1265, c) 1625, d) fecha desconocida.
Por lo que a Birdie se refería, la fecha era desconocida. La perra que se sentaba a
su lado estaba ocultando su cuestionario. ¿Cuándo diablos habría nacido Dante? Había
escrito la fecha en el cuaderno, pero no la recordaba. Alzó la vista para mirar de
nuevo la pregunta, pero ya habían colocado la segunda en la pantalla. Hizo una señal
en el espacio (c), y luego la borró, sintiendo vagamente que no estaba acertado; mas,
al fin, volvió a trazar la misma marca. Cuando levantó de nuevo la mirada, aparecía ya
la cuarta pregunta en la pantalla.
Esta vez debía elegir entre una serie de nombres ridículos de los que nunca había
oído hablar. Aquel maldito cuestionario no tenía pies ni cabeza. Irritado, marcó la (c)
en todas las preguntas, por anticipado, y luego entregó la hoja de papel al monitor que
estaba en la parte anterior de la sala. El individuo le dijo que no podía abandonar el
auditorio hasta que terminase la prueba. Birdie tomó asiento en un rincón oscuro y
procuró pensar en Milly. Algo marchaba mal, pero no sabía lo que era. Sonó en ese
momento la campanilla, y todos lanzaron un suspiro de alivio.
El número 334 de la calle 11 era uno de los veinte edificios idénticos que se
construyeron en 1980 bajo el primer programa MODICUM, del Gobierno federal.
Cada edificio tenía veintiún pisos (uno para tiendas, y el resto para viviendas), y las
plantas presentaban forma de esvástica, con los brazos abiertos hacia cuatro
apartamentos de tres habitaciones (para parejas con hijos), y seis apartamentos de dos
habitaciones (para parejas sin hijos). Por consiguiente, cada edificio podía albergar a
2.240 ocupantes sin que se sintieran hacinados. El polígono, que ocupaba una zona de
menos de seis manzanas de casas, albergaba una población de 44.800 almas. Había
sido una notable realización, para su tiempo.
«¡Cállense!» Alguien, un hombre, estaba gritando por el patio de ventilación del
número 334 de la calle 11. «¿Por qué no se callan, de una vez?» Eran las siete y media,
y el individuo llevaba chillando cuarenta y cinco minutos por el patio, desde que
regresara de su trabajo (tres horas lavando platos en una cafetería). No era fácil saber
a quién le gritaba. En otro apartamento, una mujer vociferaba, dirigiéndose a un
hombre: «¿Qué significa esto, veinte dólares?» Y el hombre le replicó, no menos
sonoramente: «¡Veinte dólares; eso es lo que significa!»
Numerosas criaturas lanzaban vagidos de descontento, y otros niños mayores
hacían ruidos más fuertes mientras jugaban a las guerrillas en los pasillos. Birdie,
sentado en la escalera, alcanzaba a ver, en el piso inferior, a una chiquilla negra de
trece años que bailaba en aquel lugar, frente a la luna de un armario, y cantaba
acompañando la música de un transistor que mantenía en el hueco de sus senos
adolescentes. No puedo decir cuánto le amo, tronaba la radio, a todo volumen. No era
una canción que agradase especialmente a Birdie Ludd, pero estaba catalogada en el
tercer lugar del listado de éxitos del país, y eso quería decir algo. La muchacha tenía
un traserillo bastante atractivo; Birdie pensó que la chica iba a hacer estallar las
costuras de su pantaloncito de calle. Trató él de abrir la estrecha ventana que
comunicaba la escalera con el patio de ventilación, pero se hallaba atascada. Retiró las
manos cubiertas de hollín, y lanzó débilmente una maldición. «¡Ni siquiera puedo oír
lo que pienso!», aulló el hombre por el patio.
Al oír que alguien subía, Birdie se sentó, abrió su libro de texto e hizo como que
estaba leyendo. Pensó que tal vez sería Milly (fuera quien fuese, usaba tacones altos),
y en la garganta comenzó a hacérsele un nudo. En el caso de que fuera Milly, ¿qué iba
a decirle él?
Pero no era Milly. Tan sólo se trataba de una anciana que llegaba cargando con el
bolso de la compra. Se detuvo en el rellano, debajo de Birdie, se apoyó en la baranda,
suspiró y dejó en el suelo la bolsa. Luego se colocó un palillo rosado de Oralina entre
los fláccidos labios, y al cabo de unos segundos sonrió a Birdie. Éste frunció el ceño y
se enfrascó en la contemplación de una mala reproducción de La muerte de Sócrates,
de David, que figuraba en su texto.
—Estudiando, ¿verdad? —inquirió la anciana.
—Sí, eso es lo que estoy haciendo. Estudiando.
—Así me gusta.
La vieja se quitó el tranquilizante de la boca, y lo mantuvo entre los dedos índice y
medio, como si fuera un cigarrillo. Se ensanchó su sonrisa, como si estuviera
pensando alguna ocurrencia graciosa.
—Es muy conveniente que los jóvenes estudien —declaró al fin, entre risitas.
La radio comenzó a emitir un nuevo anuncio de la Ford. Era uno de los favoritos
de Birdie, y éste deseó que el viejo achacoso se callara para poder oírlo.
—No se puede ir a ninguna parte, en estos días, sin tener estudios —insistió ella.
Birdie siguió mudo. La vieja se decidió a abordar un nuevo tema.
—Estas escaleras… —dijo, y se calló.
Birdie, irritado, levantó la mirada del libro.
—¿Qué pasa con las escaleras? —preguntó.
—¿Qué pasa? Pues que los ascensores están estropeados desde hace tres semanas.
Eso es lo que pasa. ¡Tres semanas!
—¿Y qué?
—Pues que ya podían arreglarlos, de una vez. Pero no hace uno más que llamar a
la oficina de MODICUM, y le contestan con evasivas. Es inadmisible.
A Birdie le hubiera gustado amordazarla. Le estaba estropeando el anuncio.
Además, hablaba como si hubiera pasado toda su vida en algún edificio privado, y no
en un mísero suburbio de MODICUM. En realidad hacía años, y no semanas, que los
ascensores de aquel edificio no funcionaban.
Con gesto de disgusto, Birdie se hizo a un lado en el escalón para que la anciana
pudiera pasar por donde él estaba. Subió ella tres escalones, hasta que su rostro
estuvo a la altura del de Birdie. La mujer olía a cerveza, a Synthamon y a vejez. Él
odiaba a los viejos. Le irritaban sus rostros arrugados y el contacto de su piel fría y
reseca. Precisamente porque había tantos viejos, Birdie Ludd no podía casarse con la
muchacha que amaba, ni le permitían tener un hijo. Eso era una verdadera vergüenza.
—¿Qué estás estudiando?
Birdie echó una ojeada al pie de la ilustración, que no había leído antes.
—Sócrates —repuso él, acordándose vagamente de algo que había dicho el
profesor de Historia de Arte—. Es el tema del cuadro, un cuadro griego.
—¿Vas a estudiar pintura, u otra cosa?
—Otra cosa —dijo Birdie, secamente.
—Eres el amigo de Milly Holt, ¿no es cierto?
No hubo respuesta.
—¿Acaso la estás esperando esta noche?
—¿Hay una ley que prohíba esperar a alguien?
La vieja se rió ante el rostro de él, y luego se dispuso a seguir hasta el próximo
rellano. Birdie trató de no mirarla, pero no pudo evitarlo. Se miraron a los ojos, y ella
volvió a reírse. Sin poder contenerse, Birdie le preguntó de qué se reía, y la vieja
replicó en seguida:
—¿Hay alguna ley que prohíba reírse?
A continuación siguió lanzando carcajadas, hasta que éstas se convirtieron en una
tos ronca, como la que recordaba de una película de educación sanitaria acerca de los
peligros del tabaco. Birdie se preguntó si la vieja sería una adicta al vicio. Él conocía a
numerosos hombres que fumaban, pero aquello parecía repugnante en una mujer.
Varios pisos más abajo se oyó el sonido de una puerta al cerrarse. Birdie miró por
el abismo del pozo de la escalera, y pudo ver una mano que ascendía por la barandilla.
Tal vez era la de Milly. Los dedos eran delgados, como los de ella, y las uñas pintadas
de color dorado. No obstante, en la tenue luz de la escalera, resultaba difícil asegurar
algo. Un sentimiento de esperanza le hizo olvidar la risa de la anciana, el hedor de la
basura y los gritos que se oían por todas partes. El pozo de la escalera se convirtió en
el escenario de un romance, como los de la televisión.
La gente le había dicho siempre que Milly era lo suficientemente hermosa como
para poder ser actriz. Y él mismo hubiera tenido mucho mejor aspecto de no haber
sido por la nariz. Ya imaginaba cómo exclamaría ella: «¡Birdie!», cuando le viera
esperándola; cómo le besaría, y le haría entrar en seguida en el piso de su madre…
Al llegar al piso once o doce, la mano abandonó la baranda y no volvió a aparecer.
Evidentemente, no había sido Milly.
Echó una ojeada a su reloj «Timex», garantizado. Eran las ocho en punto. Aún
podía aguardar un par de horas a Milly. Luego tendría que tomar el Metro, de regreso
a su alojamiento; una hora de viaje. De no ser por los exámenes, habría seguido
esperando allí toda la noche.
Volvió a sentarse, para estudiar Historia del Arte. Observó la reproducción del
cuadro de Sócrates bajo la luz mortecina. El griego sostenía con una mano una gran
copa, y con la otra estaba señalando a alguien. En modo alguno parecía estar
muriéndose. El examen semestral de Historia del Arte sería al día siguiente, a las dos
de la tarde. Tendría que estudiar a fondo. De nuevo examinó la ilustración. ¿Por qué
pintaría cuadros la gente, después de todo? Siguió mirando hasta que le dolieron los
ojos.
En algún lugar estaba llorando un niño. «¡Silencio! ¿Por qué no se callan de una
vez? ¿Han perdido el juicio?» Una pandilla de andrajosos, que jugaban a guerrilleros
birmanos, bajó corriendo las escaleras, y un minuto después otro grupo, éste de tropas
norteamericanas, pasó persiguiéndolos y gritando barbaridades.
Mientras seguía contemplando la ilustración en la penumbra, Birdie comenzó a
llorar. Estaba seguro, aunque no era capaz de admitirlo a viva voz, de que Milly le
estaba engañando. Él amaba tanto a Milly, era tan hermosa… La última vez que la vio
le llamó estúpido. «Eres un estúpido —le dijo—, y me pones enferma.» Pero era tan
hermosa…
Cayó una lágrima sobre la copa de Sócrates, y fue absorbida por el papel barato
del libro. La radio comenzó a transmitir un nuevo anuncio. Poco a poco fue
serenándose. ¡Debía esforzarse por estudiar, caramba!
Vamos a ver, ¿quién demonios era Sócrates?
El padre de Birdie Ludd era un hombre rollizo, con una barbilla huidiza y nariz
chata, como su hijo. Desde la muerte de su esposa, había vivido en un dormitorio de
MODICUM para hombres maduros, donde Birdie le visitaba una vez al mes. No
tenían nada de qué hablar, pero la gente de MODICUM insistía en que los miembros
de las familias debían seguir unidos. La vida familiar era la fuerza de cohesión más
poderosa que había en cualquier sociedad. Se veían en la sala de visitas, y si alguno de
los dos había recibido una carta de los hermanos o hermanas de Birdie, hablaban un
poco de ello. También miraban algo la televisión (especialmente si había partido de
béisbol, pues el señor Ludd era apasionado seguidor de los Yanquis). Luego, poco
antes de marcharse Birdie, su padre le pedía prestados cinco o seis dólares, ya que la
asignación que recibía de MODICUM no le bastaba para proveerse de Thorazina.
Birdie, claro está, nunca tenía nada para prestar.
Cada vez que el muchacho visitaba a su padre, se acordaba del señor Mack. Éste
había sido su consejero tutor en la clase superior de P.S. 125 y, como tal, desempeñó
un papel mucho más importante en la vida de Birdie que su propio padre. Se trataba
de un hombre calvo, de edad madura, con un vientre tan protuberante como el del
padre de Birdie, y una característica nariz judía. Birdie siempre tuvo la impresión de
que el consejero le tomaba a broma, que su benevolencia era un disfraz bajo el cual
escondía un desdén ilimitado, y que sus buenos consejos no eran más que una burla.
Lo malo era que Birdie no podía hacer otra cosa que aguantar. El señor Mack era
quien tenía la sartén por el mango, y había que obedecerle.
En realidad, el señor Mack experimentaba una especie de tibia simpatía hacia
Birdie Ludd. De los diversos estudiantes que habían fracasado en la REGENT, Birdie
era, sin duda, uno de los más simpáticos. Nunca se comportó con violencia o grosería
durante las entrevistas, y siempre parecía estar dispuesto a intentar lo mejor.
—Lo cierto es —le había dicho una noche el señor Mack a su mujer,
confidencialmente (ella también hacía como de consejera tutora)— que se trata, a mi
juicio, de un magnífico ejemplo de falta de adaptación al sistema, porque el muchacho
es básicamente decente.
—Vamos, vamos —repuso ella—. Tú sí que eres básicamente un viejo bonachón.
En realidad el caso de Birdie no era tan excepcional. El Congreso había aprobado
la ley de Revisión Genética (REGENT, como era vulgarmente conocida) en el año
2011, siete antes de que Birdie hubiera cumplido los dieciocho años y tuviera que
someterse a ella. Pero ahora la agitación y las protestas habían concluido, y el sistema
parecía desenvolverse con toda normalidad. Las cifras de la población se habían
mantenido invariables desde el año 2014.
El primer decreto instituido en ese ámbito, en 1998, era menos concreto. En él,
simplemente se especificaba que los individuos evidentemente indeseables, desde el
punto de vista genético, como los diabéticos, los locos peligrosos y los idiotas, no
tendrían el privilegio de poder reproducirse. También se les negaba el voto. El decreto
de 1998 no encontró virtualmente oposición alguna, y fue fácil implantarlo, ya que
por aquella época los métodos cívicos anticonceptivos se aplicaban en todas partes,
menos en las zonas rurales más atrasadas. La principal misión del decreto de 1998, fue
preparar el camino al sistema de la REGENT.
Esta prueba comprendía tres partes: en primer lugar, el ya conocido examen de
Stanford-Binet, relativo a la inteligencia; luego el Skinner-Waxmann, de potencial
creador (que consistía, en gran parte, en elegir una serie de líneas punteadas
especiales), y por fin la prueba O’Ryan-Ejército, de aptitud física, con el examen de
metabolismo. Los candidatos fracasaban si recibían una puntuación que, en dos de las
tres pruebas, estuviera por debajo del límite admitido. Birdie Ludd estuvo nervioso el
día de su REGENT (era un martes trece, ¡condenación!), y justamente en medio de la
prueba de Skinner-Waxmann un gorrión entró en el auditorio y provocó un revuelo,
por lo que Birdie no se pudo concentrar. En consecuencia, no le extrañó demasiado
saber que le habían reprobado en la prueba de cociente intelectual y en la Skinner-
Waxmann. En el examen de aptitud física, Birdie obtuvo cien puntos (el máximo en la
curva normal), lo que le hizo sentirse muy orgulloso.
Birdie no creía realmente en el fracaso, al menos como situación permanente.
Había reprobado el tercer año; pero, ¿le había impedido eso terminar los estudios de
enseñanza secundaria? En absoluto. Lo importante, según el señor Mack había
advertido en una asamblea especial a Birdie y a los otros 107 candidatos que fueron
reprobados, era que el fracaso podía considerarse tan sólo como un punto de vista, y
que la confianza en sí mismos podía resolver la mayor parte de los problemas. Birdie
creyó aquellas palabras entonces, y firmó para que volvieran a examinarle en la gran
sede que la oficina de Salud, Educación y Beneficencia tenía en la ciudad. En esta
ocasión, realmente, se aplicó al estudio. Compró la obra Cómo puede usted añadir
veinte puntos a su cociente de inteligencia, por L. C. Wedgewood, doctor en
Filosofía, y Sus exámenes REGENT, preparada por el Consejo Nacional de
Educación. En este último libro había una docena de pruebas de ejemplo, y Birdie
resolvió todos los problemas fáciles de cada prueba (lo único importante, según el
mismo libro explicaba, eran las treinta primeras preguntas; las treinta segundas eran
para genios precoces). Al llegar el día del segundo examen, Birdie se mostraba
optimista y confiado en sí mismo.
Pero las preguntas fueron absurdas. Ninguna estuvo de acuerdo con lo que había
estudiado. Para la prueba de inteligencia tuvo que sentarse en una sofocante cabina,
junto a una vieja vestida de negro, para repetir números de teléfono según ella se los
iba apuntando, y tanto en el orden normal como al revés, ¡pero con el número de
zona, además! Luego la mujer le enseñó distintos dibujos y él tuvo que decir lo que
había de erróneo en ellos. Con mucha frecuencia no había nada equivocado. Así
siguieron las cosas durante más de una hora.
La prueba de capacidad creadora era aún más difícil. Le entregaron unos alicates y
le llevaron a una estancia vacía, de cuyo techo pendían dos trozos de alambre. Birdie
tenía que unir los dos alambres.
Aquello era imposible. Tal como estaban colocados esos alambres, aun utilizando
los alicates, no había posibilidad de efectuar el empalme. Trató de conseguirlo una
docena de veces, y no logró nada. Cuando abandonó la estancia, estaba a punto de
echarse a llorar. Había otras tres pruebas aún más ridículas que aquélla, y Birdie
apenas hizo un esfuerzo para resolverlas. Era imposible.
Luego le indicaron la forma de solucionar el problema de los alicates y los
alambres, y no le pareció demasiado difícil. En verdad no era más que un vulgar
truco, y eso le puso de un humor realmente endemoniado. Consideraba que ejercicios
como ésos eran una injusticia. Pero, ¿qué podía hacer él? Nada. ¿A quién podía
quejarse? A nadie. Lo hizo ante el señor Mack, quien prometió hacer lo posible por
ayudar a Birdie, procurando que volvieran a calificarle debidamente. Lo importante
era recordar que el fracaso tan sólo suponía una actitud negativa. Birdie debía pensar
positivamente, y aprender a ayudarse a sí mismo. El señor Mack le sugirió entonces
que fuera a la Universidad.
En esos momentos la Universidad era en lo último que Birdie podía haber
pensado. Sólo pensaba en descansar, después de los fatigosos exámenes. Y, por otra
parte, él no pertenecía al tipo universitario. Claro está que no era un bruto, pero
tampoco pretendía hacerse pasar por un genio. El señor Mack le dijo entonces que el
73 por ciento de los diplomados en institutos de enseñanza secundaria iban a la
Universidad, y que las tres cuartas partes de los que comenzaban estudios superiores
obtenían el diploma final. Birdie contestó:
—Sí, claro, pero…
Sin embargo, no fue capaz de decir lo que estaba pensando: que el propio Mack
era un condenado intelectual, y que por consiguiente no podía saber lo que Birdie
sentía acerca de la Universidad.
—Debes recordar, Birdie, que se trata ahora de algo más que un proyecto de
educación. Si recibes una puntuación suficiente en REGENT, podrás abandonar los
estudios, podrás casarte y obtener un sueldo trabajando para MODICUM. Eso, si no
tienes más ambiciones…
Después de un hosco y pesado silencio, el señor Mack abandonó la táctica de
reprenderle y optó por engatusarle.
—Supongo que querrás casarte, ¿verdad? —inquirió.
—Sí, pero…
—Y tener hijos, ¿no es eso?
—Claro, pero…
—En tal caso, a mi entender, la Universidad es lo que más te conviene, Birdie. Has
hecho tus REGENT y has fracasado. Volviste a efectuar las pruebas y lograste una
puntuación más baja que en las primeras. Después de eso, sólo te quedan tres
posibilidades: o bien realizas un servicio excepcional en beneficio de la nación o de la
economía del país, lo que no es fácil para una persona corriente; o demuestras
aptitudes físicas, intelectuales o creadoras muy superiores al nivel demostrado en las
REGENT que reprobaste, lo que también presenta grandes problemas, u obtienes una
licenciatura. Esto último me parece lo más fácil, Birdie. Tal vez sea tu único camino.
—Creo que tiene usted razón.
El señor Mack sonrió satisfecho y se ajustó el cinturón bajo el voluminoso vientre.
Birdie se preguntó cuál habría sido la puntuación obtenida por Mack en la prueba
O’Ryan-Ejército, de aptitud física. Seguramente, no fue de cien puntos.
—Y por lo que respecta al dinero —agregó Mack, mientras examinaba la ficha
educativa de Birdie—, no necesitas preocuparte por eso. Mientras mantengas unas
calificaciones medias, podrás obtener una beca del estado de Nueva York, como
mínimo. Supongo que tus padres no estarán en condiciones de ayudarte, ¿verdad?
Birdie repuso que era así, efectivamente, y el señor Mack le entregó un formulario
para solicitar becas.
—Todo ciudadano de los Estados Unidos tiene derecho a recibir educación
superior, Birdie. Si no conseguimos ejercitar nuestros derechos, la culpa será sólo de
nosotros. Hoy no hay excusa para los que no asisten a la Universidad.
Y como Birdie Ludd no tenía excusa alguna, se inscribió en la Universidad. Desde
el principio le dio la sensación de que todo aquello era una trampa, un rompecabezas
con una solución capciosa que les habían descubierto a todos menos a él. Un laberinto
en el que los otros entraban y salían a voluntad, pero donde Birdie, cada vez que
intentaba hallar una salida, se veía ante un obstáculo insalvable.
Pero, ¿qué otra cosa podía hacer? Birdie estaba enamorado.
En la mañana del día en que se realizaba el examen de Historia del Arte, Birdie se
hallaba tendido en su cama, en el vacío dormitorio, pensando en su amor. No podía
dormir, pero tampoco sentía deseos de levantarse. Sin embargo, el cuerpo le bullía de
vitalidad, de energía juvenil, aunque no tenía ganas de desperdiciar esas energías
cepillándose los dientes y bajando a desayunar. A decir verdad, ya era demasiado
tarde para ir a desayunar. Se encontraba muy bien allí.
Los rayos del sol entraban por la ventana del sur, y una leve brisa susurraba,
agitando la cortina. Birdie rió quedamente al notar aquella sensación de plenitud. Se
volvió de lado, hacia la izquierda, y contempló, a través de la ventana, un rectángulo
perfecto de cielo azul. Una hermosura. Estaban en marzo, pero más parecía abril o
mayo. Ese iba a ser un día espléndido. Lo presentía hasta en los huesos.
La forma en que la brisa estremeció la cortina le hizo pensar en el verano anterior,
cuando el suave viento del lago jugueteaba con el cabello de Milly. Habían ido a pasar
un fin de semana al lago Hopatcong, en Nueva Jersey. Encontraron un pequeño prado
no lejos de la orilla, pero aislado de donde estaban los bañistas por un seto de
arbustos, y allí se hicieron el amor durante casi toda la tarde.
A continuación permanecieron tendidos, el uno al lado del otro, con la cabeza
apoyada en la hierba, mirándose a los ojos. Los de Milly eran de color avellana, con
motas doradas. Los de él eran como un cielo sin nubes. Algunos mechones del cabello
de Milly, algo rebeldes tras el baño matinal, le cruzaban el rostro. Birdie pensó que era
la muchacha más hermosa del mundo. Cuando se lo dijo, ella se limitó a sonreír. Sus
labios estaban tibios y dulces, y no dijo nada cruel.
Birdie cerró los ojos para recordar mejor el momento en que la había besado.
—Te quiero mucho, Birdie, te amo con toda el alma —aseguró Milly.
Y él también la adoraba. Más que a nada en el mundo. ¿No lo sabía ella? ¿Acaso
lo había olvidado?
—Haré cualquier cosa por ti —dijo él en voz alta, en el dormitorio vacío.
Ella había vuelto a sonreír, después. Le susurró algo al oído, y Birdie pudo notar
que sus labios le rozaban el lóbulo de la oreja.
—Sólo una cosa te pido, Birdie. Una cosa. Y tú sabes bien lo que es.
—Lo sé, lo sé.
Él trató de volver la cabeza para hacerla callar con un beso, pero ella se la retuvo
firmemente entre sus manos.
—Debes clasificarte debidamente.
Aquello le sonaba casi cruel, pero cuando la miró de nuevo a los ojos, no vio
asomo alguno de saña, sino tan sólo amor.
—Quiero tener un hijo, mi amor. Tuyo y mío. Quiero que nos casemos y que
tengamos nuestro propio piso, y una criatura. Estoy cansada de vivir con mi madre, y
también de mi trabajo. Deseo ser tu mujer; sólo pretendo lo que todas las mujeres
quieren. Por favor, Birdie.
—Estoy haciendo lo posible, ¿no te parece? Dentro de tres años tendré un título
superior, y entonces volverán a clasificarme. Ese mismo día nos casaremos.
Él la miró con aire de perrillo herido, lo que habitualmente servía para que ella
dejase de discutir.
El reloj de pared del dormitorio señalaba las 11.07. «Este será mi día de suerte», se
prometió Birdie a sí mismo. Saltó del lecho e hizo diez flexiones sobre el linóleo del
piso, apoyado en los brazos. Aquel suelo no parecía ensuciarse nunca, aunque Birdie
jamás había visto a nadie limpiarlo. En la última flexión no pudo levantarse, y se
quedó allí, descansando con los labios pegados contra el frío linóleo.
Luego se incorporó y tomó asiento en el borde del desordenado lecho,
observando la cortina blanca que se movía a impulsos del viento. Pensó de nuevo en
Milly, su querida, hermosa y espléndida Milly. Deseaba enormemente casarse con ella,
sin que le importase cuál era su clasificación genética. Si ella le amaba de verdad, eso
no podía constituir ningún inconveniente. No obstante, se daba cuenta de que estaba
haciendo lo que debía, al esperar. Comprendía que el apresuramiento era una
necedad. Inmediatamente después de fracasar en la prueba para rectificar su
clasificación, Birdie trató de convencerla para que tomase una píldora fecundadora
que compró en el mercado negro por veinte dólares. La píldora contrarrestaba el
efecto del agente anticonceptivo que se vertía en el agua de la ciudad.
—¿Estás loco? —le gritó ella, entonces—. ¿Has perdido el juicio, Birdie?
—Sólo quiero un hijo, eso es todo. ¡Condenación! Si no nos dejan tenerlo
legalmente, lo tendremos por nuestra cuenta.
—¿Y qué crees que pasará cuando descubran que estoy encinta ilegalmente?
Birdie se encerró en un hosco silencio. No había pensado en aquel detalle.
—Me harán abortar y tendré entonces una calificación negativa, en mi hoja de
servicios, para el resto de mi vida. ¡Dios mío, Birdie, a veces eres realmente torpe!
—Podríamos ir a México…
—¿Y qué haríamos allí, morirnos, suicidarnos? ¿No has leído los periódicos en
estos últimos diez años?
—Bueno, sé que lo han hecho otras mujeres. He leído las noticias de este año. Fue
como una protesta. Reclamaban sobre los derechos civiles, y esas cosas.
—¿Y qué ocurrió entonces? Todos los chiquillos fueron recluidos en orfanatos
federales, y los padres terminaron en la cárcel. Además, los esterilizaron. ¿Es posible
que no supieras eso, Birdie?
—Sí, lo sabía, pero…
—Pero, ¿qué, estúpido?
—Que había pensado…
—Tú no piensas, eso es lo malo que tienes. Jamás piensas. Yo tengo que hacerlo
por los dos. Por suerte, tengo más cerebro del que necesito para mí sola.
—Bah —dijo él, burlonamente, al tiempo que exhibía su sonrisa especial, de
estrella de cine.
Ella no podía resistir esa sonrisa; ahora se encogió de hombros y, después de
lanzar una breve carcajada, lo besó en los labios. No era capaz de estar enfadada con
Birdie más de diez minutos seguidos. Le hacía reír y olvidar todo lo que no fuera su
amor. En ese aspecto, Milly era como su madre. Y Birdie era como el hijo de ella.
Las 11.35. El examen de Historia del Arte se iniciaba a las dos. Ya había perdido la
clase de las diez, sobre Aptitud de Consumo. Una lástima.
Birdie se dirigió al cuarto de baño para asearse, y la radio automática comenzó a
sonar cuando abrió la puerta. Estaban tocando Vaya, vaya, ¿por qué soy tan feliz?
Birdie también pudo haberse hecho la misma pregunta.
Ya de vuelta, en el dormitorio, trató de llamar por teléfono a Milly, a su trabajo,
pero sólo había un aparato en cada sección de segunda clase de los reactores de la
Pan-American, y solía estar ocupado durante todo el vuelo. Dejó un mensaje para que
ella le llamara, aunque sabía que no lo haría.
Resolvió ponerse su jersey blanco, con el pantalón tejano del mismo color, y
zapatillas blancas. Se cepilló y peinó el cabello, se miró en el espejo del cuarto de
baño y sonrió complacido. La radio automática comenzó a transmitir su anuncio
favorito, el de la Ford. Solo, frente al espacio que había ante los urinarios, comenzó a
bailar mientras entonaba las estrofas de la serie comercial.
Sólo tenía que hacer un viaje de quince minutos en Metro para llegar a Battery
Park. Compró una bolsa de cacahuetes, para dar de comer a las palomas del aviario.
Cuando se le terminaron los cacahuetes, deambuló entre las filas de bancos donde los
viejos se sentaban día tras día para contemplar el mar y aguardar la muerte. Esa
mañana, Birdie no sentía por los ancianos el mismo odio que la noche anterior.
Alineados en filas, bajo la intensa luz del sol, parecían estar muy lejos; no daban la
impresión de constituir una amenaza.
La brisa que llegaba del puerto olía a sal, petróleo y materias corrompidas, pero en
conjunto no resultaba un aroma desagradable, sino que, por el contrario, era
vigorizante. Si Birdie hubiese vivido unos siglos antes, tal vez habría sido marino. Se
comió dos barras de Synthamon y bebió un bote de Fun.
El cielo estaba lleno de aviones reactores. Milly podía estar en alguno de ellos. Una
semana, sólo una semana antes, ella le había dicho:
—Te amaré toda la vida. Nunca habrá ningún otro hombre para mí.
Birdie se sentía enormemente contento.
Un anciano, que vestía un antiguo traje con solapas, avanzó, arrastrando los pies
por el camino, apoyándose en la balaustrada. Tenía el rostro casi cubierto por una
cómica barba blanca, espesa y rizada, que contrastaba notablemente con su cráneo, tan
liso y desnudo como el casco de un policía. Al pasar junto a Birdie le pidió una
moneda, hablando con un raro acento, ni español, ni francés, que hizo recordar algo a
Birdie. Éste arrugó la nariz y le contestó:
—Lo siento, yo también estoy sin un céntimo.
Lo cual, en realidad, no era precisamente la verdad.
El viejo de la barba hizo un ademán poco académico, y entonces Birdie recordó a
quién se parecía. ¡A Sócrates!
Echó una ojeada a su muñeca, pero se dio cuenta de que había olvidado ponerse el
reloj. Giró en redondo, y en ese momento el gigantesco reloj, anuncio del First
National City Bank, dio las dos y cuarto. No era posible. Birdie preguntó a otros dos
ancianos si era esa hora, y sus relojes lo confirmaron.
De nada valía ya tratar de llegar al examen. Sin saber muy bien la razón, Birdie
esbozó una sonrisa.
Lanzó después un suspiro que denotaba alivio, y se sentó a contemplar el mar.
—Lo que quiero que comprendas, Birdie, si me dejas terminar, es que existen
personas más capacitadas que yo para aconsejarte. Hace ya tres años que no he visto
tu ficha. Desde entonces, desconozco los progresos que has hecho, y las metas que te
has trazado. Cierto es que hay un psicólogo en la Universidad, y además…
Birdie se agitó en la concha de plástico que era su asiento, y la mirada acusadora
de sus cándidos ojos azules actuó tan eficazmente sobre el consejero, que éste también
empezó a moverse inquieto en su sillón. Birdie parecía tener el don de hacer que el
señor Mack se sintiera culpable.
—… Y, además, hay otros alumnos esperando fuera para verme, Birdie. Has
elegido el momento en que estoy más ocupado.
Y al decir esto el señor Mack señaló con gesto patético hacia la pequeña antesala
adyacente a su oficina, donde un cuarto estudiante acababa de tomar asiento.
—Está bien; si no quiere usted ayudarme, será mejor que me marche.
—Aparte de que quiera o no, ¿qué podría yo hacer? No comprendo cómo has
podido fracasar en esas pruebas. Tus calificaciones medias eran buenas. Si
continuaras insistiendo…
El consejero sonrió débilmente. Estaba a punto de endilgarle una perorata sobre el
valor que suponía mantener una actitud positiva, pero pensó en seguida que Birdie
necesitaba algo más enérgico, y dijo:
—Si rectificar tu clasificación significa algo para ti, es necesario que trabajes duro,
que hagas sacrificios.
—Ya le dije que debió ser un error. ¿Tengo yo la culpa de que no hagan exámenes
normales?
—¡Dos semanas, Birdie! ¡Dos semanas sin asistir a una sola clase, sin llamar
siquiera a tu alojamiento! ¿Dónde has estado? ¡Y esos exámenes trimestrales! En
realidad, parece como si estuvieras tratando de que te expulsaran.
—¡He dicho que lo lamento!
—No sacas nada irritándote conmigo, Birdie Ludd. Ya nada puedo hacer por ti.
Absolutamente nada.
El señor Mack echó hacia atrás su silla, disponiéndose a levantarse.
—Pero, antes… cuando me reprobaron en el primer examen, recuerdo que usted
habló de otras formas de lograr que rectificasen la clasificación, además de la
Universidad. ¿De qué se trataba?
—Servicios Excepcionales. Podrías intentarlo.
—¿Qué es eso?
—En términos llanos, y para ti, supondría ingresar en el ejército y llevar a cabo
una acción bélica de extraordinario heroísmo. Y, además, vivir para disfrutarlo.
—¿Formar parte de las guerrillas del ejército? —manifestó Birdie, riendo
nerviosamente—. Eso no es para este chico, para Birdie Ludd. ¿Quién ha sabido de
algún guerrillero al que hayan rectificado la clasificación?
—Admito que es algo desusado. Por eso te recomendé lo de la Universidad desde
el principio.
—Y el tercer procedimiento, ¿qué era?
—Una demostración de aptitudes manifiestamente superiores —repuso el señor
Mack, sonriendo y con tono de ironía—. Unas aptitudes que no se hayan puesto de
manifiesto en las pruebas.
—¿Cómo podría hacer eso?
—Debes llenar un formulario ante la Oficina de Salud, Educación y Beneficencia,
y a los tres meses se llevará a cabo la demostración.
—¿Qué demostración? ¿Sobre qué trata y qué debo hacer?
—Eso es algo que te concierne exclusivamente a ti. Algunos presentan cuadros,
otros una pieza musical que han compuesto. Pero la mayoría entrega una muestra de
sus escritos. Creo recordar que hay un libro totalmente compuesto por historias,
ensayos y demás, de los que consiguieron, con ello, su propósito de rectificar la
clasificación. Claro está que la mayor parte de los que presentan un trozo literario no
logran su objeto. Los que triunfan suelen ser individuos no conformistas, de los que
siempre están criticando el sistema. No te aconsejaría…
—¿Dónde puedo conseguir ese libro?
—En la biblioteca, creo yo; pero…
—¿Permiten a cualquiera intentarlo?
—Sí, sólo una vez.
Birdie saltó tan súbitamente de su asiento, que por un instante el señor Mack temió
que fuera a golpearle. Pero el joven sólo le tendió la diestra para estrechar la suya.
—Gracias, señor Mack, muchísimas gracias —dijo—. Ya sabía yo que usted aún
hallaría una forma de ayudarme.
Los funcionarios de la Oficina de Salud, Educación y Beneficencia mostraron más
deseos de ayudarle de lo que Birdie hubiera creído. Incluso dispusieron que recibiera
una beca de quinientos dólares para mantenerse durante el período preparatorio de
tres meses. Además, le proporcionaron una placa de metal con el número del asiento
que podría usar en la sección Nassau de la Biblioteca Nacional; le recomendaron
algunos consejeros literarios, con distintos honorarios profesionales, e incluso le
entregaron gratuitamente un ejemplar del libro al que se había referido el señor Mack.
Éste tenía una introducción de Lucille Mortimer Randolphe-Clapp, creadora del
sistema de REGENT, y Birdie encontró ese prólogo muy interesante, si bien no
terminaba de entenderlo del todo.
Birdie no se mostró muy impresionado por el primer ensayo que aparecía en el
libro: En el fondo del montón, relato de una deplorable niñez en MODICUM. Había
sido escrito por Jack Ch…, que entonces tenía diecinueve años, y Birdie se dijo que
era capaz de escribir algo parecido; no había nada allí que fuera una novedad para él.
Incluso advirtió que el lenguaje era vulgar, y la construcción de las frases defectuosa.
Seguía una historia que no tenía pies ni cabeza, y luego una poesía no menos absurda.
Birdie leyó todo el libro en un solo día, algo que nunca había hecho antes, y
encontró pocas cosas que le gustaran: el relato de un muchacho que abandonó la
escuela de segunda enseñanza para ir a trabajar a una reserva de caimanes, y un
sesudo ensayo sobre las dificultades que se presentaban para lograr una subvención
de MODICUM. Lo mejor de todo era el artículo titulado El consuelo de la Filosofía,
que había sido escrito por una muchacha que era ciega y tullida a la vez. Birdie nunca
había leído nada relativo a Filosofía, a excepción de su libro de texto en el curso de
ética, y se dijo que sería buena idea intentar algo en ese sentido, durante los tres meses
del período preparatorio del que disponía.
Durante los tres o cuatro días que siguieron, sin embargo, Birdie empleó todo el
tiempo en buscar habilitación. Tendría que limitar todo lo posible los gastos, si
pensaba superar esos tres meses con sólo quinientos dólares. Al fin halló un cuarto en
un edificio privado de Brooklyn, que debió haber sido construido un siglo antes, por
lo menos. El alquiler le costaba treinta dólares a la semana, lo que no era caro
teniendo en cuenta el tamaño, ya que la estancia medía sus buenos nueve metros
cuadrados. En ella había una cama, un sillón, dos lámparas de pie, una mesa de
madera con su silla, una desvencijada cómoda y una alfombra de lana legítima.
También tenía baño privado. En su primera noche allí, pasó un buen rato caminando
descalzo sobre la alfombra, con la radio puesta a todo volumen. En dos ocasiones
bajó a la cabina telefónica del vestíbulo para llamar a Milly e invitarla tal vez a una
fiestecilla íntima, pero en ese caso tendría que explicarle la razón de haberse mudado
del dormitorio común, y el no haberla llamado desde el día del examen de Historia del
Arte, lo que sin duda la tendría intrigada.
La segunda vez que bajó a hablar, se puso a charlar con una chica que estaba
también esperando para llamar por teléfono. La muchacha dijo llamarse Fran. Llevaba
un vestido muy ajustado, de plástico semitransparente, pero en su cuerpo no resultaba
demasiado provocativo, ya que era un tanto delgaducha. Birdie disfrutó conversando
con ella, a pesar de todo, pues era más comunicativa que la mayoría de las
muchachas. Vivía justo frente a Birdie, en el mismo vestíbulo, de modo que era la
cosa más natural del mundo que poco después fuera a la habitación de ella para tomar
algunas cervezas. Al poco tiempo, Birdie ya le había contado todo lo relativo a su
situación, incluso lo concerniente a Milly. Fran se echó a llorar. Luego confesó que
también ella había fracasado en la REGENT, y además en las tres partes de la prueba.
Birdie estaba empezando a mostrarse afectuoso, cuando ella recibió una llamada
telefónica y tuvo que marcharse.
A la mañana siguiente, Birdie hizo su primera visita (de toda su vida) a la
Biblioteca Nacional. La sección Nassau estaba alojada en un antiguo edificio de cristal,
un poco al oeste de la zona central de Wall Street. En cada piso había una colmena de
casillas, cada una con su exhibidor de microfilmes y su altoparlante. En el piso 28, el
último, se hallaba el equipo electrónico que relacionaba esa sección con la central, y
mediante otra conexión con la Biblioteca del Congreso, la del Museo Británico y la
Osterreichische Nationalbibliothek, de Viena. Un monitor, que no tendría más edad
que Birdie, le enseñó a utilizar el sistema de perforación de tarjetas de su casilla. Un
investigador podía solicitar, prácticamente, cualquier libro del mundo, o escuchar la
grabación que deseara, sin necesitar otra cosa que un código de doce cifras. Cuando
hubo terminado de leer, Birdie se puso a mirar hoscamente la vacía pantalla de cristal.
Habría experimentado una gran satisfacción rompiendo de un puñetazo aquel trozo de
vidrio.
Después de una buena comida caliente, Birdie se sintió bastante mejor. Se acordó
de Sócrates y del ensayo de la muchacha ciega acerca de El consuelo de la Filosofía; a
continuación, solicitó todos los libros de Sócrates a nivel de los últimos cursos de las
escuelas de enseñanza secundaria, y comenzó a leerlos al azar.
A las once de aquella noche, Birdie terminaba de leer el capítulo de La República,
de Platón, que contiene la famosa parábola de la cueva. Abandonó la biblioteca,
deslumbrado, y vagó durante varias horas por la zona de Wall Street, brillantemente
iluminada. Aun cuando era más de la media noche, el lugar se hallaba rebosante de
trabajadores. Birdie los contempló lleno de asombro. ¿Estaría alguno de ellos al
corriente de las grandes verdades que habían transfigurado el alma de Birdie aquella
noche? ¿O tal vez, a semejanza de los prisioneros de la cueva, vivían entre sombras,
sin sospechar la existencia de la luz del sol?
En el mundo había una increíble belleza en la que Birdie ni siquiera llegó a soñar.
Esa belleza era algo más que una mancha azul de cielo o la curva de los senos de
Milly. Penetraba por todas partes, incluso en la misma ciudad, hasta entonces, para
Birdie, una cruel máquina cuya única función consistía en estropear todos sus sueños,
aunque ahora parecía refulgir interiormente, como un diamante herido por un rayo de
luz. El rostro de todos los peatones reflejaba aquel inefable significado.
Birdie recordó el delito por el que el Senado ateniense condenó a muerte a
Sócrates… —¡por corromper a la juventud!—, y sintió que odiaba al Senado
ateniense, aunque era un odio diferente del que sentía habitualmente. Ahora odiaba a
Atenas por una razón: ¡la justicia!
Verdad, belleza, justicia. Y también amor. En todas partes, se dijo Birdie, había una
explicación para todo, un sentido de las cosas. Todo tenía un significado especial.
Las emociones pasaron por él tan rápidamente que no podía identificarlas. En
cierto momento, al ver reflejado su rostro en el cristal de un oscuro escaparate, sintió
deseos de echarse a reír. Luego, al recordar a Fran tendida en el lecho, con su vestido
barato de plástico, tuvo ganas de llorar. Ahora se daba cuenta, al fin, que Fran era una
prostituta, y que nunca podría ser otra cosa. Birdie, en cambio, aún alentaba
esperanzas para que su situación cambiase.
Poco después se encontraba solo, en Battery Park. Allí había más oscuridad y
había menos agitación. Permaneció de pie junto a la balaustrada del paseo marítimo y
echó un vistazo a las negras ondas que lamían los bloques de hormigón. En el cielo
parpadeaban unas luces rojas, mientras los reactores salían o llegaban al aeropuerto de
Central Park. Y esa escena, que siempre le había impresionado profundamente, ahora
la encontraba increíblemente regocijante.
A Birdie le parecía que todo aquello contenía un significado especial, un principio
que él debía comunicar a las demás personas que no lo conocían. Sin embargo, no
acertaba a precisar, con exactitud, qué principio era ése. En su espíritu, que acababa de
despertar, estaba desarrollándose una batalla para poder traducir en palabras aquel
sentimiento, pero en el momento en que creía haberlo logrado, se daba cuenta de que
había sufrido un error. Por fin, cerca ya del amanecer, regresó a su habitación,
sintiéndose temporalmente derrotado.
Justamente en el momento en que iba a entrar en su cuarto, advirtió que un
guerrillero, con la máscara impersonal de su oficio cubriéndole el rostro, y con el
número de identificación pintado sobre una ceja, salía de la alcoba de Fran. Birdie
sintió un breve impulso de odio hacia él, seguido de un sentimiento de compasión y
ternura hacia la pobre muchacha. Pero esa noche no le quedaba tiempo para
consolarla. Ya tenía él sus propios problemas.
Durmió con sueño inquieto y se despertó a las once, cuando estaba a punto de
tener una pesadilla. Se hallaba en una estancia de cuyo techo pendían dos cuerdas. Él
se colocó debajo, tratando de atraparlas, pero cuando creía tenerlas en la mano, se le
escapaban en un movimiento pendular.
Sabía lo que significaba aquel sueño. Las cuerdas representaban una prueba a su
capacidad creadora. Ése era el principio que había buscado tan desesperadamente la
noche anterior. La capacidad creadora era la clave de todo. Si podía aprender a
conocerla, si lograba analizarla, sería capaz de resolver sus problemas.
La idea se hallaba aún en su mente en forma nebulosa, pero se daba cuenta de que
iba por buen camino. Tomó para desayunar unos huevos y una taza de café, y se
dirigió inmediatamente a su casilla de la biblioteca, para estudiar. Aunque notaba que
tenía algo de fiebre, le parecía sentirse mejor que nunca

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