---------------

Libro PDF Cinco minutos Faith Carroll

Cinco minutos  Faith Carroll

Descargar Libro PDF Cinco minutos Faith Carroll


con el sudor de su frente.
Pero verla allí le recordaba lo único por lo que no se pudo retractar jamás.
Había estado enamorado de Elyse Miller desde el primer día que había llegado a su instituto. Era todo lo contrario a él: Una chica dulce, alegre, con una visión mucho
más positiva de la vida que él. Ella le había sonreído mientras caminaba por el pasillo en busca de su sitio. Keith se prometió que hablaría con ella, que la haría
recordarle. Solo que no supo cómo. Y ahí, la cagó. Por completo.
—Entonces, ¿me la puedo pedir?
—¿Qué? —dijo Keith, tardando en asimilar lo que su amigo acababa de decir— No, claro que no.
Gritó sin darse cuenta, llamando la atención de los compañeros más cercanos. Su corazón se paró, rezando para que la joven no formara parte de ellos. Pudo respirar
tranquilo cuando la vio continuar a lo suyo, jugando a las cartas con otra chica y dos de la fraternidad.
—Vale, era una broma. No te pongas así, tigre —dijo su amigo dándole un golpe en la espalda.
—Me pongo como me da la gana —gruñó, provocándole una risotada más fuerte. Nathan dio un sorbo largo a su cerveza y dejó el bote en una mesa cercana. Conocía
a su amigo y sabía mejor que él cuando necesitaba un pequeño empujón.
—No te preocupes, tu amigo Nathan está aquí. Voy a ayudarte a sacarte esa espinita.
—Nathan, no —le advirtió su amigo. Palabras fatuas para un chico borracho—. No es asunto tuyo.
—No puedo entrarle por tu culpa. Es asunto mío. ¡Eh, chicos!
Nathan llamó la atención de parte de la fiesta, hasta dónde le permitía la música. Keith tenía ganas de machacarle, o salir huyendo, pero con ambas opciones llamaría
demasiado la atención.
—Esta fiesta se está haciendo muy aburrida —continuó Nathan—. Y eso a los Gamma Kappa no nos gusta. —Le respondió un breve y fuerte jaleo antes de poder
seguir—. Así que, tengo una idea, ahí tenemos un armario en el que entran dos personas. Bien pegados, rozándose, ya me entendéis. ¿Qué tal si volvemos a nuestra
época anterior, cuando éramos los mismos putos amos pero con granos y jugamos a los cinco minutos en el armario? Pero yo elijo a la primera parejita que va a entrar
ahí.K eith palideció, entendiendo el plan de Nathan. ¿Estaba de broma? Si, tenía que estarlo. Intentó fulminarle una vez más con la mirada pero no valía de nada.
Elyse torció el gesto, solo a un miembro de la fraternidad más putera de la universidad se le podía ocurrir una cosa semejante, tan infantil. Y fue a más cuando vio que
se acercaba peligrosamente a su mesa.
—Que venga a por Eva, que venga a por Eva…
Nathan se detuvo frente a ella y, aunque le dedicó un guiño a su rubia compañera, le tendió la mano a Elyse.
—Tú eres la chica perfecta —le dijo con una sonrisa abierta. Sus dientes parecían sacados de un anuncio de dentífrico.
—Paso de esas tonterías —dijo ella—. No tengo quince años, te recomiendo otro truco para ligar.
—Ya se nota que no tienes quince años, preciosa —dijo Nathan, mirando sin pudor al escote de la chica—. Y de esto no se puede escapar.
—Claro que va. Venga, sosa.
Eva le dio un empujón, obligándola a saltar a los brazos del chico. No tuvo tiempo a replicar cuando, con la ayuda de sus hermanos de hermandad, Nathan la llevó
hasta el armario. Otro compañero sacó la poca ropa que guardaban allí dándole más espacio a la chica, pero no mucho si otro con el cuerpo robusto del chico entraba con
ella.—
No sabes la patada en las pelotas que te espera cuando cierres la puerta —amenazó Elyse con los ojos entrecerrados. Nathan respondió con una risa llena de
alegría.
—Me encantaría enamorarte, princesa, pero hay otro pretendiente al que le debo una.
Nathan seguiría disfrutando de la cara perpleja de la chica pero si se hacía de rogar su amigo podría pies en polvorosa y le dejaría con cara de tonto. Volvió la vista en
busca de Keith, justo a tiempo.
—Y, aquí está, el otro amante que unirá el Cupido Nate —dijo, cogiendo a su amigo del brazo antes de que desapareciera. Él era menos fácil de manejar, optó por
empujarlo adentro—. Antes de que se me olvide, por si conectáis demasiado.
Nathan metió un preservativo en la chaqueta de Keith y los encerró. El sonido de la fiesta quedó reducido tras la puerta de ese armario. Para contrarrestar, otro
sonido llenaba los oídos de los dos encerrados, semejante aunque venía de dos lugares diferentes.
Elyse esperaba que ella fuera la única que escuchaba el palpitar de su corazón. Ahora, tan cerca, no podía negar la evidencia. Era él, era Keith. Hasta la cicatriz de su
frente era idéntica. De todos los rincones dónde ella había podido volar buscando otra vida, debía coincidir en la misma ciudad, en el mismo sitio con él.
Elyse tenía una ligera esperanza de que él no la recordara. Total, para él era una niña pequeña. Había otras chicas que copaban su atención. Su esperanza se fue al
garete cuando, con la débil luz de una bombilla solitaria, vio como él comenzaba a sonreír.
—Sé quién eres. Sigues siendo igual, loca de los gatos.
Otra vez la misma historia. Keith se había quedado paralizado con Elyse tan cerca de él. Viejos recuerdos volvieron a su mente con fuerza, su cuerpo había cambiado
tanto, totalmente desarrollado. Y, no solo lo veía sino que lo sentía pegado al suyo. Controló su cuerpo para no lanzarse a por ella pero no su mente. Bloqueado, no
supo qué hacer más que volver a ser el chico que ella conocía. Aunque lo odiara.
—Y tú sigues siendo el mismo imbécil de siempre.
—Soy perfecto, niña. No necesito cambiar.
La chica resopló, expulsando el aire hasta el pecho del chico. A Keith se le escapó una sonrisa que ella malinterpretó. No iba a juzgarla, estaba actuando como un
gilipollas.
—No tengo porqué aguantarte, cretino.
Elyse hizo amago de abrir la puerta, Keith la detuvo. Con el movimiento tuvo que acercarse a ella. La respiración de Elyse se entrecortó, su nariz estaba tan cerca de
su ropa que pudo oler su aroma. Un cosquilleo en su estomago la hizo temblar. Que le iba a hacer, era idiota pero también atractivo. Sus ojos azules se clavaron en los
suyos. Tan pocos centímetros y tan honda su mirada.
—Quedan cuatro, niña. Bueno, debería dejar de llamarte así —dijo Keith con un resoplido mientras la devoraba con la mirada.
—Cuatro, ¿qué? —preguntó ella. Se maldijo, su voz sonó demasiado nerviosa. ¿Cómo no lo iba a estar si tenía a ese chico a centímetros? Él respondió con una
sonrisa más amplia.
—Cuatro minutos. Y los quiero aprovechar todos.
La rabia se apoderó de ella, frente a ese engreído. La mano de Elyse se movió sola, llevada por ese sentimiento y golpeando la mejilla del chico con fuerza.
—¿De verdad te crees que voy a caer rendida a tus pies, imbécil? —empezó a decir. Estaba cabreada y su bilis necesitaba salir—. Me amargaste desde que llegué al
instituto, si hay algún sentimiento escondido dentro de mí, es odio. ¿Me oyes, Durham? Eres despreciable.
Keith escuchó las palabras que le dedicaba la muchacha sin hacer nada. No le extrañaba esa reacción, se la había ganado a pulso. Pero su orgullo comenzaba a brotar,
burbujeando una furia extraña. No iba a permitir qué esa joven le humillara, por mucho que lo mereciera. Cuándo la joven volvió a mover la mano Keith la sujetó. Elyse
se sintió más atrapada aún entre la pared y el joven. Durante un segundo, dejó de respirar mirando a los ojos al muchacho.
—Cuida tus palabras conmigo, chiquilla.
—No soy una chiquilla. Y no me das miedo.
El cuerpo de Keith ocultaba casi toda la luz, podía discernir el rostro del joven teñido de sombras. Sus facciones seguían teniendo trazas de su juventud pero otras
más marcadas se abrían paso. Era una mezcla perfecta de niño y hombre. Keith acarició la mejilla de la chica mientras de sus labios se escapaba una risa que escondía
miles de maldades.
—Está bien. Allá tú, gatita.
La mano de la mejilla se movió hasta la nuca de la joven. Actuó sin pensar, con la parte de su cerebro que le animaba a cometer estupideces. Como tratarla como un
cretino en vez de buscar una oportunidad de redención. O, como en ese momento, a besarla. Lo hizo con pasión, buscando arrebatarle todo el sabor que podía. Un
suspiro se escapó de la joven morena, encendiendo más al chico.
Se apartó de Elyse, mordiendo su labio inferior antes de dejarla escapar. La chica seguía con los ojos cerrados, se preguntó si esperaba una repetición de sus actos. Se
sintió benevolente y le dio otro, en la punta de la nariz, antes de susurrarle al oído.
—Te lo avisé, gatita. No enfades al monstruo o te devorará. Y lo estoy deseando hacer.
No se esperó el siguiente paso de la muchacha. Elyse se abalanzó hacia él, robándole otro beso qué Keith le cedió gustoso. Sin embargo, a los cinco segundos sus
labios en su cara se intercambiaron por un nuevo bofetón.
—¡Idiota! —gritó ella antes de salir corriendo del armario, luego de la casa.
Esa le había dolido más. Keith se tocó el lugar del golpe mientras Nathan se acercaba a él, mirando de forma alterna a la puerta y a él.
—¿Qué me he perdido? ¿Qué has hecho para dejarla así, Keith?
—No he hecho nada —gruñó Keith—. Esa chica, sigue igual de loca.

Capítulo 2
Elyse abrió los ojos cinco minutos antes de que sonara el despertador. Era sábado pero tenía que hacer demasiadas cosas antes de la cita infernal. Saltó de la cama o
no se levantaría en todo el día y cogió su móvil. Tenía un mensaje de WhatsApp de Eva, preguntándole por lo de anoche. No quería comentarlo, así que no le contestó.
Ya compraría su perdón con una buena terrina de helado o dos tabletas de chocolate.
Alex le había enviado un mensaje hacía dos días, quería hablar con ella. Cara a cara. Dos semanas después de enviarle otro mensaje para decir que lo suyo estaba
terminado. Elyse había aceptado verle porque necesitaba respuestas. Y, no lo iba a negar, deseaba ver la cara de ese cobarde para terminar con sus excusas. Cada vez que
lo pensaba se sentía más tonta, sin ser capaz de reconocer aquellos detalles que no había querido aceptar como lo que eran.
Todo empezó hacía tres meses, Alex no era el mismo. Ausente, estaba más pendiente de cualquier cosa que no fuera ella. Elyse fue inocente, pensó que serían los
exámenes. Su ilusión se desquebrajó con aquel mensaje.
Se dio una rápida ducha y se vistió con una camiseta de tirantes azul eléctrico y unos pantalones de pitillo negros. Una vez se peinó y se dio unos retoques básicos,
cogió su libro para estudiar. Aún le quedaban dos horas hasta la susodicha cita y ya que no iba a sacar nada bueno de ella, prefería pasarse la mañana intentado aprender
algo más que como duele un corazón roto. No tardó en ponerse en faena, concentrándose en cada palabra, subrayando cosas importantes.
La concentración le duró media hora, su cabeza estaba a punto de explotar. No le importaba tanto como creía su encuentro con Alex sino el de la otra noche. Keith
Durham había madurado de forma espectacular, de un tío flacucho de mirada triste había evolucionado a un hombre cuidado, de hombros anchos y una barba arreglada
que había podido sentir tan cerca de sus labios, haciéndola estremecerse de arriba a abajo. El problema era que su madurez no había llegado a su comportamiento.
No podía perder el tiempo con niñatos descerebrados que llegaban a la universidad por casualidad. Aparte, seguir pensando en él la convertía otra vez en la victima de
sus juegos. Recordaba aquellas tardes demasiado bien, dónde Alex la había consolado tras los ataques de Keith. Le gustaba llamarla “La loca de los gatos” por sus
accesorios gatunos. Era cierto que le encantaban los gatos de todo tipo, incluso ese mote no le hubiera molestado. Pero la forma en que lo decía Keith la hacía sentirse
fatal.
Ahora que se daba cuenta, cuando empezó a salir con Alex, las bromas habían cesado. Compartía clase con Keith, así que los encuentros eran inevitables pero, nada,
sus ganas de reírse a su costa desaparecieron cuando entró en escena Alex, no como amigo, sino ya como novio. Qué ironía, él desapareció de su vida cuando ya no
estaba disponible para el amor y volvía al poco de terminar con su pareja. ¿Sería el destino?
—Deja de soñar, idiota —se dijo a sí misma, dándose un golpecito en la cabeza. No debía pensar así de ese chico, jamás serían nada que no fuera enemigos. Ojalá no
se vieran nunca más.
El sonido de su móvil la sacó de sus elucubraciones. Elyse lo miró, Eva era muy pesada cuando no le hacían caso. Sin embargo era otro número quien le hablaba.
Alex:
¿Sigue en pie nuestro encuentro?
Elyse:
Si.
Alex:
No te veo muy animada. ¿Estás bien?
A Elyse le apeteció gritarle de todo. Encima de esa insulsa conversación seguía el mensaje que él mismo le mandó. La única explicación a su ruptura.
Lo siento, Ely, pero esto se acabó. Ya no siento lo mismo por ti que antes. Espero que me perdones. Alex.
Luego le seguía un par de mensajes sin respuesta de ella, queriendo saber de que hablaba. No sabía nada de él hasta hace dos días, cuando le pidió esa cita. ¿Y le
preguntaba si estaba bien?
Elyse:
No te importa. Ya no somos nada, ¿recuerdas?
Alex:
Sigo preocupándome por ti, Ely. Somos amigos.
Estaba a punto de hacerla reír. ¿Amigos? ¿A un amigo se le hace esa canallada? Pues no tenían el mismo concepto de amistad. Elyse se cansó de esperar, iba a
terminar con esto lo antes posible.
Elyse:
En cinco minutos, estaré en la cafetería de siempre. Ven cuando te dé la gana.
Alex dejó de contestar, Elyse ya estaba de mal humor. Si antes no podía estudiar desistió de seguir intentándolo con el cabreo que llevaba encima. Cogió su bolso y
tomó rumbo al lugar de esa desastrosa cita anticipada.
**
Estaba terminando su café mediano cuando Alex cruzó la puerta. Este había sido el lugar de encuentro de la pareja desde su llegada a la universidad. Elyse lo adoraba
por su decoración coqueta, con unos sillones en las esquinas en los que ambos habían compartido arrumacos durante horas. Seguía sin entender que había ido tan mal
para llegar a eso. ¿Acaso así era el amor, una quimera que se desvanecía con el tiempo? Porque ya no le quedaba nada para Alex, se había esfumado.
Sin embargo, al sentarse en la silla frente a ella, se sintió mareada. Su orgullo había sido herido de muerte, necesitaba saberlo todo. El problema era que necesitar y
querer no eran lo mismo.
—Hola —dijo él, escueto. Tampoco es que la dura mirada de Elyse diera para más conversación. El camarero vino a tomar nota, Alex se pidió otro café antes de
continuar—. Te veo bien.
—Déjate de cuentos —dijo ella. De repente no quería estar allí—. ¿Qué quieres?
—Pensé que te debía una explicación, Ely. Por…ya sabes…lo nuestro.
—¿Lo nuestro? —Elyse soltó una amarga carcajada—. Lo nuestro está muerto y enterrado, tú mismo me lo dijiste. Ah, no, disculpa, no lo hiciste. Solo me mandaste
un cobarde mensaje.
—Lo sé y lo siento —dijo Alex. Se detuvo mientras le echaban la leche en el café, al irse el camarero continuó—. Necesitaba tiempo para ordenar mis ideas. No quería
hacerte daño, de verdad.
—Pues lo hiciste.
La angustia comenzó a subirle por la garganta. No quería llorar, no por ese maldito cabrón. Tuvo que parpadear varias veces para evitarlo.
—Ely, compréndeme, era muy difícil para mí decirte esto. Llevamos tanto tiempo juntos, yo te aprecio. De verás. —Alex le cogió la mano pero ella la apartó—. En
realidad, mentí con el mensaje. Te sigo queriendo. Pero ya no eres la única.
La sangre se le heló a Elyse. Alzó la cabeza con los ojos muy abiertos. No había muchos clientes allí y el camarero estaba más centrado en su móvil, chateando con
alguien, por lo que no tenía testigos de lo que acababa de oír. Algo que no se atrevía a creer.
—Estás… ¿has estado con otra? ¿Me has engañado?
Antes de que él respondiera Elyse sabía la respuesta. Alex entrecruzó los dedos a la vez que bajaba la mirada. Se mordió el labio, como siempre que algo le
reconcomía.
—No pude controlarlo. Empezamos a sentir cosas, fueron a más y…caí. No quería perderte pero me estaba matando esconder lo que sentía por ella. Tuve que elegir
a quién amaba más y ganó ella. Lo siento, Elyse, de verás que lo siento.
Eso era demasiado. Elyse se levantó como si tuviera un resorte, intentó decir algo pero no le salían las palabras, el nudo en su garganta se hacía más grande por
momentos. Cogió su bolso rumbo a la puerta. Alex la cogió del brazo, gimoteando su nombre. Su victimismo la hizo estallar.
—¡No te atrevas a tocarme, canalla! —dijo, apartando de un tirón su brazo. Su tacto le causaba repugnancia. Pensar que, a la vez que mientras ese hombre la tocaba,
la besaba, otras manos femeninas hacían lo mismo con él la ponía enferma—. No te atrevas a llamarme ni a buscarme. ¿Me oyes, sabandija?
—Pero, Ely…
—¡No! —gritó—. ¡Estás muerto para mí! ¡Todo lo nuestro no ha ocurrido, jamás! Vete a la mierda, cabrón.
Elyse salió corriendo del sitio sin importarle las pocas miradas que la seguían. Rezó para qué a ese idiota no se le ocurriera seguirla o le daría una paliza de las buenas.
No había sido buena idea ir, si antes se sentía mal ahora estaba humillada, ultrajada por los actos de otro. No podría aguantar más, junto a la cafetería se encontraba un
sucio callejón oscuro. Elyse se refugió en él, odiándose. Odiando al mundo. Se dejó caer en una pared, con su bolso a un lado y empezó a llorar.
Había otra. Se lo repetía una y mil veces, no podía aceptarlo. Golpeó la pared, una y otra vez. Necesitaba sacar toda esa ira que sentía. Ella no tenía la culpa, no debía
sentirse como una mierda. Pero lo hacía. El amor era un asco y lo estaba descubriendo a las malas.
—Vaya, vaya, ¿la gatita está buscando alguna sardina para comer?
No. Esa voz, en ese momento no. Elyse se sintió morir.
***
Keith la había visto de lejos y no resistió la tentación de acercarse a ella. No había entendido nada cuando Nathan le había mandado un mensaje al móvil mientras iba a
buscarlo. Él trabajaba en una cafetería y los fines de semana tenían la costumbre de que Keith se pasara por allí cuando terminara su turno para tomar unas cervezas. En
un semáforo en rojo, miró el mensaje, Nathan sabía que venía en moto, no solía escribirle a no ser que fuera importante.
Nathan:
Por dios, corre. Tienes mi permiso para pasar de mí. Pero ¡corre tortuga!
Un mensaje extraño y que no entendió. Hasta que, al aparcar la moto la vio en el callejón, agazapada. Luego iba a hablar muy seriamente sobre la nueva afición de su
amigo para emparejarle.
La chica alzó la mirada al oírle y su sonrisa se congeló. Tenía todo el maquillaje corrido y solo mirar sus ojos le traspasaba su dolor. Se arrepintió de sus bromitas de
payaso. ¿Es qué no podía dejar de ser un subnormal con ella? Eso se le daba de perlas.
Elyse respondió sin pensar. Cogió su bolso y se lo estampó en el pecho a Keith.
—Que te jodan, imbécil.
Ella le dio un fuerte empujón en el hombro al pasar junto a él, saliendo del callejón. Keith se maldijo entre dientes antes de correr tras ella.
—Espera ¡eh! —Keith tomó carrera y se puso frente a ella en el límite del lugar. Le devolvió su bolso—. Lo siento, Elyse.
—No quiero hablar con nadie —dijo ella. Ocultó su sorpresa, era la primera vez que la llamaba por su nombre, sin nada más añadido.
—Pues yo no pienso dejarte hasta qué me cuentes que te pasa.
—Por favor, Keith, déjame —gimoteó la chica, sin resultado. Keith no sabía que decir, temía volver a romperlo todo con ella. Había otra solución, así que la atrajo
contra su cuerpo y la rodeó. Un abrazo lo solucionaba todo.
—No te voy a dejar sola. No es lo que quieres de verdad.
—Keith.
Elyse dijo su nombre antes de volver a llorar. Keith la arropó todo lo que pudo. Quería que parara, no porque estuviera empapando su chaqueta de cuero con sus
lágrimas. Necesitaba consolarla para que su corazón dejara de dolerle.
—Sácame de aquí —murmuró ella—. Por favor.
—Eso sé hacerlo, gatita mía —dijo con una sonrisa. Una idea se asomó por su cabeza, estaba seguro de que la animaría. Aunque también había demasiados puntos
acabar con un par de ellos en la cabeza. Keith le dio un beso en la frente, en un tierno gesto poco propio de él y se apartó. Le tendió la mano antes de llevarla hasta su
moto—. No es gran cosa pero es segura. Y veloz.
—Me vale —dijo, sentándose en ella. Verla en su motocicleta le provocó varios pensamientos perversos. Agitó la cabeza, no era el momento para dar rienda suelta a
la fantasía. Elyse le necesitaba e iba a ser lo que siempre había tenido que ser con ella: un amigo.
—Un segundo. —Keith sacó el teléfono, recordando la amistad—. Voy a avisar a Nathan. Él me dijo que estabas aquí.
—¿Cómo lo sabía?
—Es el camarero. ¿No lo reconociste? —dijo él. Elyse se quedó mirándole extrañada, lo que hizo reír al chico—. No te preocupes. Con uniforme está irreconocible.
Volvió a su conversación de WhatsApp y comenzó a teclear.
Keith:
La tortuga ha llegado. Te dejo solo, no te aburras sin mí.
Nathan:
Cómete toda la lechuga. A mi salud.
—Tu amigo es idiota —dijo Elyse, frunciendo el ceño. En su posición le era imposible no fijarse en el móvil de Keith.
El chico puso los ojos en blanco tras un par de emoticonos obscenos.
—Lo sé —suspiró antes de arrancar. Miró por el retrovisor a la chica, al menos le había arrancado una sonrisa. Solo con eso se sentía el mejor hombre del universo.
Era hora de sacarle muchas más.

Capítulo 3
Empezaba a pensar que quizá no fuera una buena idea irse con Keith sin decir más. Saber que había dejado todos sus planes por ella le provocaba un dulce
cosquilleo en el estomago pero ahora se veía encima de una moto, sin posibilidad de saltar sin romperse la crisma y lejos de la zona conocida de la ciudad.
—¿Dónde vamos? —le preguntó, después de sujetarse más a él por culpa de un bache. Sintió como su cuerpo se tensaba ante su roce pero se recuperó pronto.
—Si te lo digo no será una sorpresa —respondió él—. Estamos cerca, no te preocupes.
Quién se lo iba a decir a Elyse Miller. Alex la había tratado como un capullo y estaba huyendo de sus problemas con su matón oficial. Si le dijera eso a su yo del
instituto la tomaría por loca. Bueno, y a ella misma por hablar con una Elyse más envejecida. ¿Acaso estaba en Doctor Who? Sería muy surrealista.
Finalmente, Keith redujo su velocidad y aparcó su moto en una calle que ella no conocía. No parecía un barrio de mala muerte, cosa que alegró un poco a la chica. Las
ideas de un sucio motel y una mala decisión estaban dentro de los posibles de los planes secretos del chico en la cabeza de Elyse. Estaban en un bario residencial, con
múltiples casas adosadas a su alrededor y tiendas de las de toda la vida.
—¿Aquí está la sorpresa? —dijo Elyse, mirando a todos lados—. No entiendo nada.
—Hay que avanzar un par de metros más —dijo él, bajando de su vehículo. Tras hacerlo, ayudó a la chica y le tendió una mano—. Un poco de paciencia, gatita.
Merecerá la pena.
Elyse aceptó la mano y caminó cogida a él. Estaba turbada, era cierto que no entendía lo que sucedía e iba a más. Cada vez que Keith usaba algo relacionado con su
más ferviente obsesión, los gatos, iba acompañado por alguna frase hiriente o un tono despectivo. Sin embargo, hoy llevaba dos veces llamándola gatita sin ningún ápice
de eso. Incluso su voz dejaba entrever un atisbo de sensualidad. Mi gatita…en el callejón había usado el mí… ¿la consideraba suya?
Céntrate, cabeza hueca pensó al ver por dónde se dirigían sus pensamientos. No creía en el amor instantáneo, en ninguno ya. Pero su corazón seguía tamborileando
por sentir cada vez más el tacto de su piel.
Keith no dijo nada en todo el camino. Una parte de él estaba alegre, Elyse no le soltaba. Varias personas se habían cruzado en su camino y él sonreía como un bobo
cuando se fijaban en sus manos entrelazadas. Si alguien le preguntara no dudaría en gritar que, sí, era su chica y no le avergonzaba reconocerlo. Aunque luego fuera la
triste realidad quien le arrojara el cubo de agua fría. Pero no le había rechazado. Eso era bueno.
El problema es que su sorpresa se viera truncada con las malas relaciones anteriores entre ellos. Nada más verla, recordó aquella noticia del periódico y pensó en ella.
Cómo siempre que veía algo relacionado con esos animales. Quisiera o no, en su mente siempre había estado su pequeña loca de los gatos.
—Hemos llegado —dijo, adelantándose a la chica. Un miedo le embargó, le tapó los ojos antes de que Elyse pudiera ver nada.
—¡Keith! —dijo entre sorprendida y excitada. Él se había puesto a su espalda, con su cuerpo cerca del suyo y ahora sentía su respiración en su oído. Estaba a punto
de perder la cabeza por su culpa.
—Antes de nada tengo que decirte algo, gatita. ¡Mierda!
—¿Qué ocurre?
—No quiero que pienses que estoy buscando reírme de ti como en el instituto, Elyse. He madurado y…solo busco que estés bien. ¿Vale? Por favor, no lo
malinterpretes.
No podía seguir así eternamente. Keith lanzó un largo suspiro antes de liberar a la chica. Lo primero que vio Elyse en el escaparate fue a un bonito gato persa de color
blanco que la miraba sentado en una mesa, dónde un hombre lo acariciaba.
—¿Qué es esto? —preguntó, al ver más gatos en el sitio.
—Es una cafetería de gatos —dijo Keith, poniéndose a su lado—. Vienen de Japón, por un buen precio puedes tomar un café mientras acaricias gatos y juegas con
ellos. Lo vi en un periódico digital y pensé en lo mucho que te gustaría. Ya sabes, te gustan los gatos y estás triste. Un gato elimina todos los males, era lo que decías,
¿no?
Keith tragó saliva, esperando la reacción de la chica. Elyse seguía dándole la espalda, más ahora que uno de los mininos estaba atendiendo a la chica. No podía
aguantar más, carraspeó para llamar su atención. Esperaba no volver a ver el reproche en su mirada o se moriría. Ahora que parecía que las cosas iban mejor, el miedo le
embargaba. Hacer el tonto era, por desgracia, uno de los deportes que mejor se le daban.
Ella reaccionó a su llamada sin darse cuenta, una sonrisa adornaba su rostro. De nuevo la mente de Elyse desconecto la razón y se lanzó a sus brazos. Ese gesto pilló
de improvisto a Keith, la recogió, acercándola a él todo lo que podía.
—Gracias. Es algo muy bonito.
—Me alegra que te guste. Temía que lo malentendieras. No quería…
Elyse le calló, poniendo su dedo entre sus labios. Keith dejo de respirar, mientras la sonrisa de la joven lo desarmaba por completo. Era irónico, deseaba besarla y
decirle tantas cosas pero no podía, paralizado mientras su mano dejó sus labios para acariciarle la mejilla.
—No te preocupes tanto, Keith. Me encanta. Y sé de tu buenas intenciones, de verdad. ¿Entramos?
Keith le respondió con la misma sonrisa que le regalaba ella. Era tan bonita, podría verla durante toda su vida.
—Detrás de ti.
Tras pasar una puerta doble se dirigieron a la recepción, dónde una joven asiática les cobró por una hora con café, felinos y todos los juguetes que quisieran para jugar
con ellos incluidos. Elyse se empeñó en pagar a medias pero Keith se negó, era su regalo.
—Es mucho dinero, estos sitios no son baratos.
—Lo sé, es mi decisión. ¿Qué clase de sorpresa sería si te dejo pagar tu parte? Mi regalo, mis normas.
—Está bien —dijo ella, arrugando la nariz con un gesto adorable.
Ambos buscaron un sitio acogedor, en una esquina de la sala dónde las mesas y las sillas normales eran sustituidas por una mesa más pequeña de estilo japonés y
unos cómodos cojines. Los animales no tardaron en percatarse de la nueva compañía. Keith se sintió rodeado por dos persas, un Maine coon y un gato negro mientras
Elyse prestaba atención a una gata multicolor que la olfateaba, interesada.
—Esto será seguro, ¿verdad? —dijo Keith, mirando hacia todos los rincones. La chica de la recepción les sirvió los cafés en vasos cerrados con tapa, con una sonrisa
al ver la afluencia alrededor del chico.
—Relájate, no son tigres —dijo Elyse. Contenía una carcajada al ver al gran hombre acosado por los mininos—. Solo quieren jugar. Acarícialos.
Keith le hizo caso, al rato estaba más tranquilo. El gato negro se había apoderado de sus piernas dónde descansaba, ronroneando sin prestar atención al otro que se
restregaba por la chaqueta del chico. Cogió su café y le dio un largo sorbo sin apartar los ojos de la joven.
—Me alegra haber acertado —dijo él—. Y, qué demonios. ¡Me encanta este lugar!
—¿Te gustan los gatos?
—No están mal —dijo él, alzando los hombros.
—A mi me encantan —dijo ella. Luego le miró—. Aunque ya lo sabes.
Keith se mordió el labio, eso había sonado a pulla, bastante sutil. No iba a defenderse, solo alzó las cejas, afirmando lo que ella decía.
—Necesitaba esto. —Elyse continuó, con un suspiro melancólico—. No he tenido una buena semana.
—Puedes confiar en mí —dijo Keith. Elyse le miró en busca de alguna señal. Todavía temía que fuera una broma de mal gusto del macarra que conocía. Nada, ni un
gesto que delatara eso en su rostro. Se resistía a abrirse pero lo necesitaba. Eva era una buena oreja en estas situaciones pero no era lo mismo que con él. Keith
escuchando sus problemas…que extraño seguía sonando.
—Es Alex.
—¿Tu novio? —dijo Keith. Tragó saliva, recordaba a aquel chico que logró salir de la friendzone. Cuando entró en escena, Keith había perdido toda esperanza. Sus
malogrados planes habían perdido su sentido, llevando a la chica de sus sueños a los brazos de otro. No pensaba que habían durado tanto tiempo.
—Ya no —dijo ella. El demonio de su interior se alegró de su ruptura—. No solo hemos terminado sin que yo pudiera opinar. Resulta que perdí contra otra.
—¿Ese imbécil te ha puesto los cuernos? —dijo Keith, callándose al momento—. Perdona, a veces hablo sin pensar y no me doy cuenta de que mis palabras no son
las correctas.
—No te disculpes. A fin de cuentas es lo que ha pasado. Así soy yo, la idiota que no ha visto como su novio se lo montaba con otra.
—No lo viste porque no debería haber pasado. Si ha sido capaz de hacer eso es que no te merecía, Elyse. No derrames ni una lágrima más por él.
Una extraña mueca llamó la atención del chico. Elyse había dejado escapar un sonido extraño mientras una sonrisa nostálgica adornaba su rostro.
—Curioso.
—¿El qué?
—Eso mismo era lo que me decía Alex. De ti.
El silencio se apoderó del lugar, cortado por los maullidos de gatos mimosos que pedían más amor. Elyse acarició al suyo, pasando su atención a él. Quizás se había
pasado, se estaba comportando como un cielo. Pero el pasado seguía allí.
—No se equivocaba —dijo, al fin, el joven. Elyse volvió de nuevo su atención a él. Tenía un aire pasota que la encandiló.
—¿Por qué lo hacías, Keith? Necesito saberlo.
—Era idiota. Un imbécil mayor que Alex ahora.
—Solo ibas a por mí. Ligabas con todas las chicas guapas, el resto te era indiferente pero tenían tu respeto. ¿Qué te hice para llevarme tus peores palabras?
—No era tu culpa, Elyse.
—Ayúdame a entenderlo.
Keith se rindió.
—Estaba enamorado de ti.
Elyse se atragantó con el café, había enumerado y etiquetado en su mente todas las posibles respuestas y esa estaba en el archivo de imposibles.
—Estás de broma —dijo Elyse, controlando el palpitar de su corazón.
—Me gustabas y yo no tenía habilidades sociales. No hay más misterio. ¿Quieres jugar con este gato?
—A la porra el gato, me importas más tú. —Elyse se ruborizó al ver la sonrisa que surgió de Keith al decir eso. La maquinaria de su cerebro comenzó a funcionar
como loca, fantaseando con miles de ideas. Puede que lo que decía estaba mal conjugado. Y que él estuviera enamorado.
De ella. De su loca de los gatos. De la chica a la que colgaba notas en la espalda, a la que mojaba su comida con la leche del comedor. Era una locura. Sí, era tan loco
que su estomago se llenó de pequeñas mariposas que la hacían flotar.
—No le busques tres pies al gato. Sin ofender, chicos. —Keith se dirigió a los animales antes de continuar—. Iba de punk malo y peligroso y no llegaba a gilipollas.
Tenía miedo que, si me declaraba, si te buscaba de esa manera tú me rechazaras. Por eso mi lado cobarde ganó pero no lo bastante como para dejarte en paz. Quería que
me tuvieras en tus pensamientos constantemente, me daba igual cómo. Y yo te lleve a los brazos de Alex, provoqué todo esto. Parece ser que no hice más que joderte la
vida. Lo siento, Elyse.
Ya lo había conseguido. Keith había soltado todo lo que pensaba y se sentía el ser más miserable. Ella podía haber sido su ángel pero decidió arrancarle las alas y
echarla a los cocodrilos. Hizo ademán de levantarse cuando algo tiró de él, a la altura del brazo. Elyse le sujetaba, con los ojos clavados en él. Se sintió desnudo en alma
y deseó estarlo en cuerpo, estarlo ambos en la intimidad de una habitación.
—¿Qué sientes ahora? —le preguntó la chica.
—No te entiendo —dijo con un suave tartamudeo. Ella se acercó más, poniendo la mano en su pecho. Dios, su corazón iba a explotar.
—Aquí. —Elyse abrió la palma, pronto fue arropada por otra más grande—. ¿Sigues…sigues enamorado de mi?
—Aquellos cinco minutos contigo han sido lo mejor que he tenido, Elyse. Una recompensa que no he hecho más que alejar. Llegué a creer que te había olvidado.
—Y, ¿has cambiado de opinión por solo cinco minutos?
—No hace falta más para saber que eres imposible de olvidar.
Elyse se acercó hasta sus labios y los unió con los suyos. Dejó que el beso se deshiciera entre ellos, sin forzarlo. Keith respondió entreabriendo su boca, con su
permiso profundizó más en él. El chico dejó su mano en la mejilla de la morena mientras se separaba, no con muchas ganas.
—¿Por qué lo has hecho?
Esta vez fue ella quién alzó los hombros.
—Porque he sufrido demasiado con la tristeza y no quiero verla en tus ojos. O porque no eras el único idiota que se enamoró de quién no debía. O…yo que sé, quizás
porque estoy loca.
Keith apartó un par de mechones rebeldes de su cara. Ella cerró los ojos, disfrutando de su contacto. Un buen momento para devolverle el beso.
—Me gusta esa locura.

Capítulo 4
Elyse volvió a mirarse en el espejo de su habitación, sin estar muy convencida. Le gustaba ese vestido granate hasta las rodillas, el problema era el calzado. Unas
botas planas llamaban su atención pero temía hacer el look demasiado agresivo y sin sentido. Aunque, a fin de cuentas, parecía el estilo de Keith ¿no? La chica corrió
hacia el armario y se probó una chaqueta negra ajustada con la cremallera de lado. Eso era otra cosa, le fascinaba el cambio que podía dar un complemento.
Con el tema de su atuendo terminado solo debía ocuparse de otro tema que le daba mil vueltas a la cabeza: Saber si lo que estaba haciendo tenía sentido o alguien le
había dado una droga demasiado fuerte.
Tras aquel beso que le había entregado a Keith en la cafetería de gatos, las cosas parecían ir a toda velocidad. Él la había traído hasta la residencia de estudiantes dónde
se hospedaba en su moto y no la había dejado marchar hasta que ella le prometió ir a un concierto en una pequeña discoteca, a diez minutos. Había pasado poco más de
dos semanas desde que su relación con Alex había terminado, Eva la empujaba a volver a disfrutar de su soltería pero tenía miedo. Con Keith no sentía solo una
atracción física, había algo más que se acentuaba cada segundo que estaba con él.
¿Era demasiado rápido? ¿Eran los sentimientos de despechada lo que le empujaban a los brazos de Keith? Pensar en todas las implicaciones que llevaba su relación
con él la mareaba. Su gran pesadilla juvenil volvía ofreciéndole unos besos que la derretían, unas confesiones que la convertían en una mujer segura y confiada. Cuando
dejó el instituto su idea era olvidarle, liberarse de su presencia nociva. ¿En qué momento las tornas habían cambiado? Si es que habían cambiado. Maldita sea, Keith
pecaba de muchas cosas pero no era tonto. Y se aburría con facilidad. La estúpida idea del juego, no podía dejar de pensar en ello. No, él había madurado. Su perdón era
sincero. Aunque también creía que el amor de Alex también.
Elyse lanzó un pequeño gritito de angustia mientras se frotaba las sienes. Tantas dudas la agotaban. También podía fantasear con la idea de ser ella quién lo utilizara,
en venganza a los años pasados. No, imposible, ella no era así, rebajarse al nivel de su enemigo no estaba en su modo de afrontar la vida.
—Menos mal que no tengo compañera de habitación o pensaría que estoy loca —dijo Elyse en un pensamiento externo. Un mensaje en el móvil la ayudó a dejar de
pensar, era su WhatsApp con el nuevo número que tenía.
Keith:
¿Estás lista ya, mi pequeña gatita? Estoy abajo.
A Elyse se le iluminaron los ojos y la sonrisa boba volvió a su cara. Un nuevo mensaje llegó.
Keith:
Te echo de menos.
Elyse:
Dos minutos más. Me queda el maquillaje.
Keith:
Que le den al maquillaje, no lo necesitas.
Elyse:
No voy a salir sin él.
Keith:
Da igual, te lo pienso quitar a lametones.
Elyse:
Eres idiota.
Keith:
Lo sé. Pero seguro que estás sonriendo.
Sintió como la sangre teñía sus mejillas, Keith la conocía demasiado bien. A la mierda el mundo y a la mierda su cabeza. Elyse trazó la línea de sus ojos, olvidando sus
prejuicios. Keith no iba a cambiar si su cabeza no era capaz de reaccionar a lo que su corazón le decía. Equivocarse con Alex no significaba que lo hiciera con Keith. No
podía dejar que pagara por los pecados ajenos.
Estaba guardando las llaves para salir cuando su móvil volvió a vibrar.
Keith:
Cinco minutos más y subo a buscarte. Si lo hago, no vamos a bajar.
Casi pierde las llaves tras leerlo. Su cuerpo tembló como una hoja. ¡Qué descarado! Aunque, cuando lo pensaba con más tranquilidad, no era una idea tan
descabellada. Estuvo tentada de dejar que ese tiempo pasara y que viniera a buscarla.
—Demasiado rápido. —Elyse sacudió la cabeza—. Contrólate, Elyse. Si él puede madurar, tú también.
Su promesa casi se va al garete al verlo apoyado en una farola, con su oscuro pelo peinado con pulcritud, mirándola impaciente. Se había arreglado para la cita, con
unos pantalones tejanos oscuros y una camisa de rayas marrones y blancas que marcaba su ejercitado cuerpo, bajo su chaqueta de cuero de motero. Incluso se había
arreglado la barba por miedo a algún pelo rebelde que estropeara su atuendo de perfecto príncipe de la seducción.
Lo que ella no sabía era que a Keith se le hacía la boca agua, devorándola de arriba a abajo. Estaba preciosa con ese atuendo. Ella le guiñó un ojo mientras se acercaba a
su posición.
—¡Hola! Estás muy bien.
—Hace falta un lobo muy educado para poder llevar a Caperucita al baile —dijo Keith antes de darle un corto beso en los labios—. Cuando te devore, entonces
perderé todos los modales.
El temblor en las piernas volvió a Elyse, pudo controlarlo a duras penas. Ese toque nocturno del chico le daba un halo irresistible. Hoy irían andando hasta su
destino, no merecía la pena sacar la moto para ese corto camino, Keith le tendió el brazo, ella lo aceptó.
—¿Conoces al grupo que va a tocar? —preguntó Elyse.
—Sí, el guitarrista es uno de los hermanos de Nathan —dijo Keith, sin poder dejar de tocar a la chica. Su mano libre estaba apoyada en la que Elyse utilizaba para
sujetarle—. Tocan una mezcla de rock alternativo e indie. Suena mejor de lo que parece.
—Confiaré en ti —dijo ella con una sonrisa. Otra vez, lo había desarmado con lo mínimo. Keith se detuvo para volver a besarla. Era una adicción.
—Si no te gusta iremos a otro sitio. Dónde tú quieras.
—Cualquier tipo de relación se basa en la igualdad. Hoy hemos pasado el día en un sitio especial para mí, así que ahora te toca a ti.
—No es justo, lo tienes muy fácil —dijo él—. Mi lugar especial está junto a ti.
¿Cuándo se había vuelto tan mono? Elyse suspiró, acariciando la mejilla de Keith.
—Vas a conseguir que vomite arcoíris. No necesito tantas palabras de amor ni quiero que te mortifiques. Vamos a mirar hacia el futuro, ¿vale? Y que lo que hicimos
no importe. No es bueno anclarse en malos recuerdos, eso consumirá nuestra alma y nos dejará vacios, rotos. Keith, no quiero que te pase eso. Nos conocemos de hace
tiempo pero nos hemos reencontrado hace un día. Tomemos las cosas con calma, por nuestro bien.
Eso era fácil de decir para ella, que debía olvidar a un canalla insufrible y trasformar en su mente al hombre que ella merecía a su lado. Su cuerpo la reclamaba a gritos,
no quería obviar la jugada del destino al cruzar sus caminos de nuevo. Su corazón volvía a latir alocado por un beso, una palabra de aquella chica. Pero la entendía, todo
era muy rápido. ¿Desde cuándo los flechazos, propios de las novelas románticas, habían salido de estas para destrozar su corazón?
No, claro que no, esto no era un flechazo. Solo un amor congelado que volvía a querer arder.
—Está bien, no deseo incomodarte. Pero quiero que sepas que lo pienso. Quiero que te convenzas de que el perdón que te pedí es verdadero y no lo haré
mintiéndote. Me gustas, Elyse, y mucho. Y eso no viene de un solo día.
Ella se mordió el labio, nerviosa. Cada vez se lo ponía más difícil, no quería hacerle daño. Pero tampoco quería alejarle. Estaba cerca del colapso mental cuando
llegaron a la discoteca. Nathan los vio en cuanto entraron, les llamó para que se acercaran al escenario.
—Gracias por venir, Keith. —Le dio un abrazo. Luego se giró hacia la chica—. Vaya, no esperaba compañía. ¿Cómo estás, lechuguita?
—Elyse, ya conoces al idiota de mi amigo, Nathan —dijo Keith. Era hora de una presentación más oficial.
—Lo sé. Le debo una patada en las pelotas.
—Oh, vamos, no culpes al intermediario del amor. No has escuchado a este grupo, ¿verdad, Elyse? Te va a encantar.
—Eso me dicen todos —respondió ella, afable—. Seguro que son buenos.
—No querrás escuchar otra cosa, Ely.
—Elyse —dijo ella—. Así era como me llamaba mi ex y no quiero recordarlo.
Keith se había percatado de ese leve gesto que había hecho la chica al mencionarlo. A veces se olvidaba que el último golpe de Alex contra ella había sido esa misma
mañana. Sus puños se cerraron, ansiosos por la cara de ese bastardo.
—Vamos a buscar una bebida antes de que comience —le dijo, cogiendo su mano. No podía hacer nada con lo que ese había hecho más que hacerla olvidar todo el
tiempo del que dispusiera—. Luego los buenos sitios se llenaran, los chicos tienen muchos fans.
—Yo voy a seguir ayudando con los instrumentos —dijo Nathan, despidiéndose—. Pasadlo bien.
Antes de desaparecer, el joven hizo un gesto de aprobación que solo Keith vio. Le gustaba ver que su renuncia a conquistar a la chica por su amigo había dado tan
buenos frutos. Ambos pidieron un bote de cerveza sin vaso, para evitar cortes si se les caía y se pusieron a un lado del escenario. El grupo no tardó en comenzar a tocar
los primeros acordes de sus canciones y el local se animó con más gente. A pesar del tumulto quedaba mucho espacio para poder bailar y caminar sin tropezar con
nadie. Elyse animó al joven a mover las caderas con mucha persuasión. Otra cosa nueva que desconocía de Keith, su timidez a la hora de bailar, que le hacía cada vez
más adorable. Una de las canciones resultó ser una balada rock, Keith rodeó a la chica con sus brazos mientras ella apoyaba la cabeza en su hombro.
—Me gusta esta canción —dijo Elyse, cerrando los ojos.
—Podíamos convertirla en nuestra —dijo Keith. Se agachó un poco para besarle el pelo, de paso respiró su aroma. No podía haber momento mejor que ese—. A
Nathan le caes bien, si esta es nuestra melodía le terminamos de volver loco. Y eso pagaría por verlo.
La risa de la joven llenó los oídos de Keith. Sin duda, esa era la mejor canción de todas.
—Pobre Nathan. Eres un chico muy malo, Keith Durham.
—Solo lo aparento. En realidad tengo más de cordero que de lobo.
— No, eres un lobo, lo veo en tu mirada. Pero de los buenos.
Sus labios volvieron a unirse una vez más, nunca tenían suficiente. Apoyaron sus frentes, pendientes de los ojos del otro sin percatarse de que la canción había
terminado. Elyse admiraba la seguridad de Keith en cuanto a sus sentimientos. Ella todavía se sentía culpable por creer sentir algo tan rápido por él. Malditos prejuicios,
era libre pero su mente la acosaba. Una figura se acercó a ellos, no la vieron hasta que fue tarde.
—¿Ely? ¿Qué estás haciendo?
Era Alex.

Capítulo 5
No había cambiado nada por lo que Keith no tuvo problemas en reconocer a Alex. El chico miraba a Elyse con una mezcla de perplejidad y enfado. Keith se contagió
de lo último, puso un brazo en hombro de la chica y se adelantó, llamando la atención del joven.
—¿Keith Durham? —Tardó pero Alex también reconoció al joven que le miraba amenazante.
—Hola, Alex —saludó Keith, su tono estaba a punto de despertar una tempestad—. Te veo igual que siempre.
—Ya, no como tú. —Alex pasó de él y volvió de nuevo la vista a la chica—. ¿Qué haces con éste?
—Éste tiene nombre, te escucha y va a romperte todos los dientes.
—Tranquilo, Keith. —Elyse puso una mano en el pecho del joven, intentando relajarle. No se esperaba el encuentro, este tipo de música o de lugar no eran del gusto
de Alex—. Ya te lo he dicho, lo que yo haga no te incumbe. ¿Estamos?
—Ely, me sigues importando, lo bastante como para decirte que esto es mala idea. Tú mejor que nadie sabes cómo es él.
—Creía como eras tú. Me equivoqué una vez, por lo que pude hacerlo otra. —Keith sintió como una de las manos de Elyse se entrelazaba con la suya—. Ya no es el
que era, Alex, al igual que yo he cambiado. Y tú.
—¿De verdad, Ely? —Alex dejó escapar una risa de desprecio—. Parece que todos nos equivocamos, hasta yo contigo. Siempre tuve la sospecha de que, a pesar de
todo, te gustaba este cretino; por eso te dolían sus insultos y tan poco valía mi consuelo. Pero me olvidé, pensé que eran paranoias mías. No podías ser de esas tontas
que les va que les den caña.
Fue muy rápido, Alex no tuvo tiempo de reaccionar antes de verse alzado del suelo, cogido por las solapas de su camisa por Keith. Sus ojos azules destilaban toda la
rabia que se estaba acumulando en la bilis del joven.
—Sigue y dame una razón para reventarte la cabeza, hijo de puta. Porque lo estoy deseando.
—No quieres competencia para hacerle daño, ¿no es así, Durham?
—Sí, la jodí a base de bien en el instituto, no voy a negar lo que los tres sabemos. La hice sufrir cuando lo que deseaba era amarla y no pienso dejar que nadie lo
repita. Menos cuando lo que se esconde tras esos insultos no es amor, sino egoísmo. Elegiste a otra, asume tus decisiones.
Varias personas los estaban mirando, no quería crear un espectáculo añadido al concierto. Keith soltó a Alex con un fuerte empujón hacia atrás. Ambos chicos se
miraron, con fuego en sus miradas. Elyse quería apartarlos mas no sabía cómo. Una joven de pelo rubio apareció en escena, no parecía enterada de la última actuación
ocurrida entre los dos chicos. Se colgó del cuello de Alex y le robó un travieso beso, sonriente y ajena al resto.
—Ya he vuelto, ¿me echabas de menos, guapo?
Keith miró a la nueva chica, vestida con un corsé negro y rojo y unos leggins que terminaban con unos tacones de infarto. Algo le era conocido, su memoria le jugaba
una mala pasada. ¿Quién era? La joven empezó a intuir que algo pasaba, se giró hasta encontrarse con Keith. Ella tenía el mismo problema que él con sus recuerdos por
el gesto de su cara. Poco duró al ver Elyse. Su rostro se desencajó, Keith miró a su chica, con facciones parecidas. Ella si la había reconocido tras la capa de maquillaje.
No era otra que Eva.
—Elyse, yo…
Eso ya era demasiado, Elyse salió corriendo del recinto. Lo de Alex le dolía pero lo de su mejor amiga era humillante. Atravesó la discoteca sin prestar atención a las
miradas, necesitaba aire. Fuera la esperaba una calle poco transitada. Elyse dejó atrás a las últimas personas que querían entrar en el lugar y siguió caminando hasta una
zona más tranquila, dónde había un pequeño parque infantil vacio.
No podía hacerlo. Todo se estaba derrumbado bajo sus pies a una velocidad de vértigo. Su novio la engañaba, su mejor amiga le mentía…aquello en lo que creía se
quitaba la máscara para mostrar su horrible cara. La puerta se abrió una vez más, unos pasos siguieron el mismo camino que ella.
—Elyse…
—¿Cómo puedo hacerlo? ¿Cómo sé que puedo confiar en ti cuando me he equivocado en todo? Lo nuestro no puede funcionar, Keith.
No obtuvo respuesta. Elyse temió que él se marchara, esta vez para siempre. Pero el temor a que la persona que estaba conquistando su corazón también fuera un
muñeco de arena la paralizaba. Las lágrimas se agolparon en sus pestañas, tuvo que parpadear varias veces para controlarlas. De pronto, cuando ya se creía sola, una
mano la obligó a girar, luego cogió su barbilla y le hizo mirar esos ojos del color del océano que encendían su cuerpo.
—Si me alejaras de ti por mis pecados, aceptaría mi castigo. Pero no voy a perderte por los errores de otros.
Keith estaba tan convencido y ella quería creerlo, de veras. Pero ahora…no podía creer en nada. Ni en ella misma. Eva salió de la discoteca y los buscó con la mirada.
Sus tacones ya no sonaban tan seguros de camino a la pareja.
—Lo siento —dijo con voz apagada, frente a Elyse. Keith intentó ponerse en medio. Elyse le detuvo. Esto era cosa de las dos.
—¿Dices que lo sientes? No solo te lías con Alex sino que te acuestas con él cuando sabías que estábamos juntos. Y ahora me pides perdón…eres increíble, Eva.
—No pudimos controlarlo, pasó de repente. No quería, Elyse, de veras.
—Pero lo hiciste. No me vengas con excusas, me traicionaste y punto. Éramos amigas.
—Yo no llamaría amigo a alguien que hace eso —intervino Keith.
—Si no hubiera pasado esto, ¿me lo hubieras dicho? —preguntó Elyse—. ¿Tengo tu respeto como para qué me lo hubieras confesado?
Eva no dijo nada, mordiéndose el labio y evitando su mirada. Ya tenía suficiente, no quería saber nada de esos dos. Tras una última mirada rabiosa, se dispuso a irse
pero Keith le pidió tiempo.
—Un segundo, gatita. Quiero decirle algo a ella. —Elyse asintió y esperó a Keith que se acercó unos pasos a ella.
—Si vas a decirme que no me acerque a Elyse, no lo necesito. —Eva se le adelantó a cualquier frase—. Ya he captado su mensaje.
—No, claro que no. Solo quería desearte buena suerte, porque la vas a necesitar. Alex eligió entre ambas y saliste ganadora, bien por ti. Pero un hombre que deja así a
su novia, aquella por la que hizo de todo por ser feliz, lo repetirá. No te odio, Eva, no te conozco. Lo que siento por ti es lástima. Espero que te vaya bien. De verdad.
Una vez dicho todo, Keith volvió en dirección a Elyse. Cogió su mano entre las suyas y la acercó a sus labios.
—Te acompañó a casa, gatita.
Elyse asintió, muda ante el beso devoto en su mano. Ambos dejaron el lugar, sin prestar más atención a la joven rubia que meditaba las palabras del chico. Elyse había
encontrado a todo un príncipe, les deseaba todo lo mejor. Ella tenía que luchar por lo que le quedaba. Con un largo suspiro, Eva volvió dentro en busca de Alex. Debía
luchar por ellos, porque la profecía de Keith no se cumpliera.
Pero cuando vio esa mirada que tanto conocía en él mientras hablaba con la joven que reconoció como su compañera de clase, solo pudo romper a llorar.
**
No tardaron en llegar a la puerta de la residencia. Habían estado en silencio desde la discoteca, sumidos en sus propios pensamientos, sobre todo Elyse. No sabía que
iba a hacer ahora, toda la vida que había creado en esa ciudad se extinguía. Su novio, su amiga, lo único que le seguía quedando era su carrera. Siempre podía volver a
empezar pero sería duro volver al inicio de todo.
Su pie perdió el equilibrio por culpa de una piedra. Trastabilló pero Keith la sostuvo para no hacer demasiado el ridículo. Entonces, volvió de nuevo a su cúmulo de
pensamientos. No comenzaría de cero, tenía a Keith. O eso creía, podía ser una columna que también se derrumbara.
—Necesito hablar contigo —dijo al fin Elyse. Él la miró, esperando que siguiera—. Por lo que dije antes. Sigo sin estar segura de que lo que quieres que ocurra llegue a
suceder. No quiero hacerte daño dándote falsas esperanzas.
—No me las das, Elyse. —Keith se detuvo, poniéndose frente a ella. Elyse se quedó quieta, esperando a que continuara—.Cuando te vi en la fiesta y Nathan nos
hizo esa encerrona, no tenía ninguna esperanza. Solo esperaba aquel bofetón y unos cuántos insultos. Eso lo cumpliste con creces, gatita —dijo, sacándole una pequeña
sonrisa a la chica—. Todo lo que ha pasado hoy, como encontrarnos, la tarde que hemos pasado, no sé si es casualidad o el destino pero no pienso dejar perder esta
oportunidad.
—Hablas de hoy como algo bueno. Para mí no lo ha sido tanto, aunque también lo he pasado genial contigo, no te equivoques. No sé lo que siento, ni si todavía te
quiero.
—Sigues sin entenderme, gatita. —Keith pasó su mano por la mejilla, era tan dulce que jamás se cansaba de ella—. Que me quieras no es indispensable.
—No lo entiendo. Pensaba que tú y yo…vamos, en una pareja. ¿No es lo qué quieres?
—Lo que más deseo, Elyse. Sin embargo, cuando te vi me bastaba con tu perdón. Que conocieras al Keith Durham que soy ahora. ¿Qué importa que no estés
enamorada de mí? Haré que lo hagas, será mi meta en esta vida. Solo necesito que me des cinco minutos más en el armario contigo y luego otros cinco y otros cinco
más…y que todos esos minutos jamás terminen. Déjame tu tiempo, Elyse. Haré que merezca la pena.
—Eso es muy bonito, Keith —dijo ella, turbada y con el corazón a mil.
—Lo saqué de un meme, no te emociones —dijo él, ambos se echaron a reír—. Pero refleja a la perfección lo que quiero de ti. De mí. Un nosotros.
Keith se quedó en silencio, esperando a la reacción de Elyse. Comprendía su situación, todo estaba pasando tan deprisa, los buenos y los malos momentos. Durante
ese instante que el mutismo se imponía como respuesta, contuvo la respiración. Tantos años esperando por ese momento y no estaba preparado para ello.
—Dame tiempo para decirte un te quiero. Es lo único que te pido.
—El que necesites —dijo él. Respiro más tranquilo. Ella no quería perderlo, se había dado cuenta de que merecía la pena—. Entonces ¿puedo besarte, ahora?
—¿Ahora mismo? No.
—¿No? —dijo él. Deseaba hacerlo, lo necesitaba.
—Claro que no. Nos vigilan.
Elyse disimuló al señalar una verja a su lado. Desde ella un gato callejero los miraba, curioso a esa extraña pareja. Keith se echó a reír mientras cogía a la chica para
abrazarla.
—Estás como una cabra.
—Soy la loca de los gatos, ¿recuerdas?
—No, Elyse —dijo con ternura—. Eres mi loca de los gatos. Y, ¿sabes una cosa?
—¿Qué?
—Yo sí puedo decirlo. Te quiero.

Sobre la autora
Psicóloga y voluntaria social, Faith Carroll es amante de los peluches, los gatos y de las tardes tranquilas con un buen libro en las manos.
Con veintiún años publicó su primer libro, aunque lleva escribiendo historias desde su adolescencia. Tranquila y reservada, le gusta escribir sobre cualquier cosa que
pase por su mente y no le importa partir su alma entre todos los personajes que crea.

Otros libros
En Las Vegas, Liva Arkadi vive con el tiempo corriendo en su contra. Se ha convertido en una Damnare.
Un ser maldito destinado a perder el alma, no recuerda cómo sucedió y mucho menos si existe forma alguna de eludir tan horrible destino.
Caden Ford es, a pesar de su juventud, el cazador de demonios más poderoso y temido. Eso no es bueno para Liva, porque el descubrimiento de su nueva condición
le lleva, a la ciudad del pecado, con la intención de acabar con su miserable existencia.
La inesperada aparición del ángel caído Astaroth, obliga a Arkadi y a Ford a unir sus fuerzas para detenerle y no son conscientes del gran secreto que porta Arkadi en
su interior.
En una lucha contrarreloj, se verán obligados a enfrentarse

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------