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Libro PDF Círculos – Emilio Calderón

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—Te escucho.
—Empecemos por el principio. ¿Qué sabes del profesor Bradley?
—Que pasó de ser una autoridad en el terreno de la biofísica a un acérrimo defensor de la autenticidad de los círculos de la cosechas como creaciones de una
inteligencia no humana, lo que le granjeó la pérdida de su prestigio entre la comunidad científica. Tengo entendido que, en la actualidad, es una especie de gurú de la New
Age.
—No vas desencaminado —corroboró Javier—. A mediados de los años noventa, un grupo de científicos, reunidos en torno a las siglas BLT, decidió investigar
el caso de los círculos de las cosechas. Le pidieron al profesor Bradley que se trasladara hasta el condado de Wiltshire, en el Reino Unido, para estudiar los posibles
cambios físicos de las plantas y emitir una evaluación. Una vez allí, sufrió una profunda conversión, que le llevó a renunciar a su trabajo como biofísico en la
Universidad de Michigan. Se compró una pequeña granja en las inmediaciones de Avebury, y pasó a dirigir un grupo de creyentes o «cropis», como se conoce a los
seguidores de los círculos de las cosechas. Una de las misiones encomendadas a los miembros del grupo era precisamente desenmascarar aquellos círculos creados por la
mano del hombre, y denunciar a quienes irrumpían en los campos sembrados de manera ilegal y arruinaban las cosechas. Uno de estos creadores o impostores de los
círculos de las cosechas se llamaba Trevor Stevenson, un joven artista a quien Bradley y sus acólitos detestaban. En cierta ocasión, incluso llegaron al enfrentamiento
físico.
—¿Y dónde encaja la hija de Bradley en todo este asunto? —interrumpí a Javier, dado que su exposición era cada vez más prolija e implicaba a un mayor
número de personas.
—La relación entre el profesor Bradley y su hija no era buena, por lo que ésta tomó partido por Trevor Stevenson, de quien, al parecer, se enamoró.
—Comprendo.
—A partir de entonces, la hija de Bradley se unió al grupo de falsificadores comandado por su novio, hasta que ocurrió un hecho insólito que dio un giro a la
situación.—Estaba seguro que no tardaría en aparecer un hecho insólito en tu relato —dije con afectuosa ironía.
Javier esbozó el rictus del jugador de ajedrez que está a punto de efectuar el movimiento decisivo capaz de proporcionarle una situación de ventaja frente a su
oponente.—
No creo que exista una rama de la física cuyos postulados sean más insólitos que los que propone la mecánica cuántica: partículas que pueden estar en dos
lugares al mismo tiempo, universos múltiples, teletransportación, etc. —me replicó.
—Tienes razón —reconocí—. Aunque no debes olvidar que todos estos postulados de la cuántica están avalados por las matemáticas y la experimentación.
Continúa.—
Una noche, mientras el grupo de falsificadores se encontraba realizando un círculo en una cosecha, descendió sobre ellos una misteriosa luz que dejó
paralizados a todos y les hizo perder la memoria durante varias horas. Transcurrido ese tiempo, se encontraron en medio de una figura perfectamente trazada en el
cereal, que comprendía más de cuatrocientas esferas de diferentes tamaños, y ocupaba una extensión de quinientos por doscientos metros. Una imagen de un tamaño
descomunal.
—¿De cuántas personas estamos hablando? —pregunté.
—De seis. Cuatro varones y dos hembras.
—De modo que se produjo una suerte de… anunciación —me adelanté a Javier, imprimiendo a mi voz un evidente tono de descreimiento—, tras la cual, la hija
de Bradley y su novio se convirtieron en acólitos de la religión de los círculos, lo que suena a estrategia del propio Bradley para publicitar su movimiento.
—Podría ser, salvo por un detalle. Tanto la hija de Bradley como otra joven que formaba parte del grupo de falsificadores, aseguraron haber sido abducidas por
alienígenas y fecundadas por éstos.
Esta vez no me quedó más remedio que dedicarle una mirada valorativa a Javier, por si estuviera llevando aquella broma más allá de lo razonable.
—¿Fecundadas por hombrecillos verdes? ¿Y tú te crees ese cuento? —le pregunté.
—No, lo que no invalida que las dos jóvenes se quedaran encinta tras el misterioso incidente.
El cariz que estaba adquiriendo la conversación me llevó a intervenir de nuevo.
—Permíteme que sea yo quien te ofrezca una explicación al hecho de que dos jóvenes abducidas se queden embarazadas —dije—. Digamos que la noche de
marras el grupo allanó una propiedad privada para llevar a cabo un círculo de las cosechas; luego, mientras realizaban el trabajo, se drogaron y bebieron más de la cuenta
y, tras completar la figura sobre el cereal, hicieron el amor con sendos jóvenes al abrigo de las plantas, bajo las estrellas. La no utilización de métodos anticonceptivos
dio lugar a sendos embarazos…, más o menos eso es todo.
Javier encajó el contenido de mi discurso con paciencia, sin desdecirme, tras lo cual esgrimió una fotografía que extrajo de una carpetilla de colores que portaba
consigo.
—Estoy de acuerdo contigo en lo esencial. No obstante, échale un vistazo a esta fotografía. Se trata de los círculos que, según tú, los muchachos crearon en
estado de drogadicción y embriaguez.
Delante de mí quedó la imagen de un imponente, complejo y perfecto conjunto de círculos de una belleza incomparable. Una figura que reproducía una forma
fractal.
—He de reconocer que es hermoso, pero eso no invalida mi argumentación anterior. Bueno, tal vez no estuvieran drogados o bebidos.
—Ha sido bautizado como «Conjunto de Julia» por dos razones: la primera, porque Julia es el nombre de la hija del profesor Bradley; la segunda, por el
apellido del matemático Gastón Julia, que fue el primero en estudiar estas formas fractales resultantes del comportamiento de números complejos. Pese a las colosales
dimensiones de la figura, fue ejecutada en un intervalo de cuatro horas y media, bajo la lluvia, según asegura el propietario del terreno. Pero hay algo más. Las dos
jóvenes embarazadas fueron sometidas a sendas ecografías con posterioridad. En ambos casos, los fetos eran perfectamente humanos, aunque presentaban una anomalía:
ninguno tenía el rostro definido. Carecían de ojos, boca y orejas. Los médicos, tras mostrar su extrañeza, auguraron alguna clase de malformación. La pregunta es la
siguiente: ¿Cuántas probabilidades existen de que dos amigas que se quedan embarazadas y que aseguran haber sido abducidas y fecundadas por alienígenas engendren
dos fetos el mismo día y con la misma malformación?
Esta vez fui yo quien escrutó el rostro de Javier, pero su expresión no presentaba fisuras. Hablaba en serio.
—Javier, no niego que lo que cuentas es sorprendente, pero tú mismo acabas de adelantar la respuesta al enigma: los médicos creen que los fetos tienen una
malformación. Tal vez ambas jóvenes hicieron el amor en un lugar donde hubiera alguna clase de radiación…
—¿Como la que aseguran haber detectado el profesor Bradley y otros estudiosos en los círculos de las cosechas? —me interpeló—. Según éstos, sobre las
cosechas donde han aparecido éste y otros círculos actúa una fuerza rotacional que trabaja como un microondas. Esa radiación de microondas absorbe la humedad
interior de las plantas, provocando que el tallo se elongue y se tuerza, pero que no se quiebre. El resultado de semejante efecto es que las plantas se doblan, pero no se
rompen.
Me revolví en mi asiento con ademán de mostrar que aquella conversación había llevado mi credulidad al límite.
—¿Insinúas que se trata de fetos alienígenas? Es el colmo, Javier —apostillé.
—En todo caso, se trataría de un feto alienígena. Julia, la hija del profesor Bradley, decidió seguir con el embarazo; la otra joven, en cambio, se sometió a un
aborto voluntario.
La historia me enervó tanto que acabé aceptando la invitación de Javier, convencido de que mi presencia en aquella conferencia serviría para desenmascarar
aquel gigantesco fraude.
Pasé parte de la noche buscando información en Internet sobre el profesor Bradley y los llamados círculos de las cosechas. En cuanto a éstos, existía un
documento fechado en 1590 en el que se describían círculos de las cosechas que, a su vez, se relacionaban con ciertas prácticas brujescas. No obstante, la prueba
irrefutable de la autenticidad del fenómeno, —al menos para los creyentes o «cropis»—, se encontraba en un folleto titulado El demonio cosechador, fechado el 22 de
agosto de 1678, que narraba la aparición de un círculo de las cosechas realizado en el transcurso de una sola noche. La figura resultante se consideró obra del mismísimo
diablo. Incluso encontré una imagen de la época que reproducía el extraño acontecimiento, en el que se veía a Lucifer segando un campo circular con una guadaña.
Las primeras evidencias de fraude habían surgido en 1991, cuando dos jubilados británicos aseguraron ser los artífices de los círculos desde 1978. Los creyentes
contraatacaron poniendo un número sobre la mesa: desde ese año se habían contabilizado más de cuatro mil círculos de las cosechas alrededor del mundo, desde el Reino
Unido, Italia, Holanda o Canadá. En algunos casos, el número de círculos aparecidos en una sola noche ascendía a quince. Trabajo ímprobo y oneroso para dos simples
jubilados que, según confesaron, lo único que pretendían era gastar una broma. Por no mencionar que algunas formaciones contaban con más de ciento cincuenta
círculos, y ocupaban vastas extensiones de terreno.
Para los escépticos, estas cifras sólo demostraban que el fenómeno había adquirido un carácter global, que cualquiera podía reproducir. Además, había otro
indicio que evidenciaba la autoría humana de aquellas figuras: el llamado «factor timidez», de ahí que las formaciones se hicieran de noche, y lejos de la vista de todo el
mundo. ¿Acaso si seres extraterrestres desearan trasladar un mensaje a la humanidad tatuando campos de cultivos, no hubieran escogido otro lugar para hacerlo, los
jardines de la Casa Blanca, por ejemplo? ¿Por qué no hacerlos a plena luz del día, ante aquellos que iban a recibir los mensajes? ¿Qué sentido tenía ocultarse?
Las posturas de ambos bandos, creyentes y escépticos, eran, en cualquier caso, irreconciliables.
Por su parte, el profesor Bradley justificaba su conversión amparándose en una célebre frase de Albert Einstein, que rezaba: «Es más fácil destruir un átomo
que un prejuicio». Él, por descontado, había logrado superar los prejuicios gracias a un cambio de pensamiento, que tenía su raíz en las implicaciones filosóficas de los
descubrimientos realizados por él mismo y su equipo sobre el terreno. En su opinión, el fenómeno era obra de entidades biológicas extraterrestres, y ponía en entredicho
la validez de los postulados de la ciencia oficial. Por esta razón, de la misma manera que la comunidad científica le había dado la espalda, él no reconocía autoridad alguna
al areópago de científicos trasnochados que habíamos convertido la materia científica en una secta, en un coto privado donde prevalecían por sobre todas las cosas las
filias y fobias de las distintas facciones que conformaban el establishment.
5
La puesta en escena del profesor Bradley era modesta, y al mismo tiempo pretendidamente formal, en un intento por evitar que, a la postre, el auditorio terminase por
pensar que estaba presenciando una astracanada. Todo estaba estudiado y medido, desde la iluminación indirecta, la altura del atril, la ubicación del Power Point, el
tamaño de la pantalla de proyecciones, hasta la indumentaria del ponente, consistente en un terno de lino de color blanco roto y una camisa a juego. El aspecto estival de
la vestimenta de Bradley le confería cierto aire de aventurero, pero sin el menor desaliño. Con todo y con eso, parecía más un charlatán vendedor de crecepelo,
necesitado de que la pócima de la que era portador obrara el milagro capilar en su propio cuero cabelludo, que alguien acostumbrado a la acción.
No había ningún asiento libre, y en cuanto el presentador dio paso al profesor Bradley, los asistentes prorrumpieron en un entusiasta aplauso. En cierta
manera, me recordó a mis conferencias, a las que el público asistía entregado, conforme con lo que allí se iba a decir antes incluso de que se dijera nada. Sí, divulgar
ciencia requiere de un acto de fe tan grande como el de quien anuncia la palabra de Dios desde un púlpito, con la salvedad de que el científico ha de ser consciente de que
su dogma es siempre efímero y cambiante, pues los descubrimientos no paran de sucederse.
Sea como fuere, Bradley estaba avezado en aquellas lides, tanto que después de escrutar al auditorio, no sólo me reconoció —supuse que Javier le había
comunicado mi presencia—, sino que fue a mí a quien dedicó sus primeras palabras tras dar las buenas tardes.
—En primer lugar, me gustaría agradecer al profesor Bernardo Pastor-Luján su presencia en esta sala —dijo con su voz ancha y profunda, al tiempo que me
señalaba con un dedo que a mí me pareció acusador.
Hice una mueca de compromiso, y miré a Javier en busca de una explicación, mientras la sala se llenaba de nuevamente de aplausos.
A continuación, cuando la algarabía hubo finalizado, comenzó la charla propiamente dicha, aunque yo la calificaría de alocución, pues su discurso parecía el de
un superior a sus inferiores. Era como si el profesor Bradley hubiera creado un mundo a su medida, que incluía a una legión de devotos seguidores. Hablaba además
moviendo las manos, en un intento por reforzar la elocuencia de sus palabras. Sus argumentos, por lo demás, se limitaban a tres o cuatro ideas que empastaba con cada
imagen que escupía el proyector, y que producían expresiones de admiración entre los presentes. Tampoco había que nadar entre líneas para llegar a la orilla de sus
conclusiones: la primera, que estaba en posesión de la verdad; la segunda, que si el tema de los círculos de las cosechas no se asomaba más a menudo a la prensa, era
porque la divulgación de la verdad no era un fin en sí mismo para los medios de comunicación, esclavos de intereses espurios.
—Los círculos de las cosechas no forman parte de una percepción subjetiva, sino de nuestra realidad. Todo el mundo los puede ver. Se pueden tocar y pisar.
Además, no se trata de un fenómeno que desaparezca, sino que perdura hasta la recolección de las cosechas. Incluso perviven más allá de éstas, como una marca
indeleble sobre la tierra. Si cuando aparece el círculo en una cosecha las espigas están en plena maduración, los tallos crecen entonces más rápido y sanos que el resto. La
intrincada variedad de diseños es sorprendente, y obedecen a patrones perfectos que se corresponden con los de la propia naturaleza. En pocas palabras, los círculos de
las cosechas portan el lenguaje de la naturaleza, que es a su vez el de las matemáticas, el del universo —expuso.
Luego, adentrándose en un terreno más científico, hizo referencia al hecho de que las plantas afectadas no quedaban dañadas, como si los tallos en vez de
pisoteados hubieran sido entrelazados, uno a uno o en grupos, con suma delicadeza. En otro orden de cosas, en el interior de las formaciones se había detectado
radiación electromagnética, así como una alteración en la estructura molecular de las plantas. Por no mencionar que las brújulas se volvían locas, las pilas se agotaban, y
los teléfonos móviles dejaban de funcionar.
En este punto, fue proyectado un pictograma que representaba la imagen de un humanoide o alienígena acompañado de una especie de disco semejante a un
escudo. El ser tenía la cabeza grande, las facciones extremadamente delgadas, y los ojos ovalados, siguiendo el patrón clásico de los extraterrestres que vemos en
películas y tiras cómicas.
A continuación, fue proyectada la misma imagen, pero recreada en un diagrama tridimensional, que permitía apreciar los distintos planos bien diferenciados.
Daba la impresión de que la figura estuviera concebida para ser contemplada de dos maneras diferentes. El realismo de la imagen era tal, que la sala se llenó de
murmullos.
—Este conjunto colosal, de ciento diez metros de largo por

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