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Clarita – Dan Garza

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compromisos, obligaciones de trabajo, y
mi esposa y yo habíamos prometido a
nuestros nietos que pasarían el siguiente
fin de semana con nosotros. Por fin,
decidimos la fecha para viajar a Corpus
Christi y aprovechar también para ir a
Brownsville, Texas a visitar a mi
hermana. Y durante nuestra visita allí,
acudir al cementerio Old City para rezar
una oración a mi abuelita María, y a mi
madre Bertha, cuyas cenizas había
depositado en la tumba de mi abuela en
el año 2012.
Fue un viernes a mediodía, el 16 de
enero del 2015, cuando salimos de
Houston rumbo a Corpus Christi. Esa
noche nos registramos en el Emerald
Beach Hotel y escogimos un cuarto en el

esos años austeros para los adultos; sin
embargo, gloriosos para los niños,
quienes ignoraban las penurias de sus
padres en aquel entoncesen la misma
calle en donde yo me encontraba—ahora
de pie— después de ochenta y cinco
años. Mi madre me había mencionado
varias veces cómo había jugado con sus
hermanos en el jardín delantero, pero no
recordaba mucho ya que estaba muy
pequeña.
Mi hermana Linda me comentó que
en una ocasión mi madre le contó que
recordaba que llegaban niños pobres a
su casa —por la puerta trasera—
deseosos de que les dieran comida. Era
la época de la depresión económica y la
vida era muy difícil para todo el mundo.
Visualicé lo que probablemente
ellos veían en esa época de la década de
los veinte, cómo eran los automóviles
Ford modelo A, así como los caballos y
carretas que transitaban por las calles en
ambos sentidos. Sin duda, ha de haber
sido un espectáculo digno de verse. Lo
que nosotros consideramos hoy en día
una antigüedad y los cuales vemos solo
en museos, era en esa época un
automóvil completamente nuevo y
brillante para ellos. ¡Qué emoción han
de haber sentido todos los niños!
Mis pensamientos persistían,
intrigado con el pasado, cuando me di
cuenta, no muy lejos en la esquina de las
calles Blucher y North Staples, se
encontraba un restaurante mexicano:
“Taquería Garibaldi”. Era un edificio de
un piso pintado en opacos colores café y
amarillo con rejas en las puertas y
ventanas. A pesar de que parecía estar
cerrado, ya que nadie estaba
estacionado al frente, y la calle se veía
abandonada, de todos modos preferimos
ver si podíamos conseguir algo para
almorzar. Cuando nos acercamos, vimos
varios coches estacionados detrás del
edificio. Había una ventana para dar
servicio rápido a clientes en auto y la
gente estaba ordenando sus almuerzos.
Al ver esto, nos percatamos que el
restaurante debía de estar abierto.
Nos estacionamos junto a los otros
autos, y tan pronto como salimos del
vehículo, una dama joven y rubia con un
abrigo algo sucio de color café, se
dirigió hacia nosotros. Tímidamente
extendió la mano y nos preguntó si
podíamos darle dos dólares para tomar
el camión. Giré a ver a mi esposa por un
segundo, y me dio la seña de aceptación,
saqué dos dólares de mi cartera y se los
di. Nos dio las gracias, y se fue hacia a
su destino.
Ella tenía un parecido sorprendente
a una de mis tías. Le dije a mi esposa
que la joven se parecía a mi tía María
cuando era joven, y ella me respondió:
—No estoy muy segura de eso
—mientras su mirada decía: “te estás
imaginando cosas”, más bien una mirada
de, “estás loco”. Bueno, por lo pronto,
pensé lo mismo, y así lo dejé, por esta
ocasión, sin replicar.
Despacio y con precaución abrimos
la puerta del restaurante. ¡Qué contraste!
El interior estaba animado, con muchas
decoraciones, y todo nos parecía
agradable. Los comensales platicaban y
disfrutaban sus desayunos, y las meseras
se movían alrededor de cliente a cliente.
Después de que ordenamos nuestro
desayuno, no muy lejos de donde
estábamos observé a un señor mayor
desayunando, y le dije a mi esposa con
un poco de vacilación:
—Sé que no me vas a creer, pero
ese hombre se parece mucho a mi
abuelo.
Esta vez, ella parecía un poco
sorprendida y dijo:
—Sí, su aspecto es increíblemente
parecido a tu abuelo.
El hombre parecía estar en sus
ochenta años, con una tez muy clara,
delgado y calvo, al igual que mi abuelo
a esa edad. Tuve un gran impulso de
caminar hacia él, iniciar una
conversación, llegar al punto y
directamente preguntarle su nombre y de
dónde era, pero no lo hice. En realidad
mi abuelo murió a los noventa y ocho
años, hubiese tenido ciento diecisiete
años de edad ese día. De ninguna
manera podría ser este hombre su
hermano gemelo.
No obstante, cabe la posibilidad de
que haya sido un descendiente de algún
tío abuelo, ya que mi madre solía
platicarnos que, probablemente, mi
abuelo Baltazar era trillizo —a ello
obedece, que mi esposa y yofuimos
bendecidos con nuestros hijos
trillizos—. El hombre terminó su
desayuno unos quince minutos después,
y se marchó.
Me sentí desconcertado, por decir
lo menos de la situación, aunque al
mismo tiempo estaba emocionado de
saber que desayunábamos en ese
restaurante en la misma calle donde mi
madre y Clarita vivieron. Después vi a
una adolescente trabajando de cajera
pero esta vez no le dije a mi esposa, que
la chica se parecía a mi prima Lena
cuando estaba joven. Yo sabía que mi
esposa iba a creer que me estaba
volviendo completamente loco, sobre
todo si seguía viendo a extraños que se
parecían a mis parientes en todo mi
entorno. Lo insólito continuó cuando vi a
la chica de la caja colgar el teléfono y
escuché que les decía a sus compañeras:
“Creo que voy a casarme con él”.
Y en ese momento recordé algo que
mi madre me había comentado, antes de
morir. Me dijo que creía que Clarita
tenía un novio y que quería casarse con
el joven.
Yo no sabía qué pensar de todo
esto. ¿Por qué seguía viendo extraños
que se parecían a mis familiares? En
cierta forma, me sentía como si
estuviera alrededor de familiares entre
personas que no conocía, porque se
parecían a mis familiares, aunque al
mismo tiempo se sentía peculiar, quizás
un poco escalofriante. Al fin decidí que
esto era solo una coincidencia y que ya
no me iba preocupar. Debía
concentrarme en lo que vine a
investigar, y eso era encontrar la tumba
de Clarita.
Salimos del restaurante y
empezamos a buscar el cementerio Rose
Hill. Era una distancia corta del
restaurante, pero cuando lo vi, me di
cuenta que subestimé el tamaño y la
cantidad de tumbas. Después me enteré
de que había más de nueve mil tumbas
en un terreno de un gran número de
hectáreas. La oficina del cementerio
estaba cerrada, de modo que no había a
quién preguntarle o pedirle ayuda para
localizar el sepulcro.
Estaba frustrado y supuse que las
probabilidades de encontrarla ese día,
estaban en nuestra contra. Yo solo sabía,
por la fotografía, que la lápida de
Clarita era gris, que estaba rota por la
mitad y la fecha del fallecimiento. Con
solo estas pocas pistas a mi favor, ya
había decidido que no había posibilidad
alguna de encontrarla. Aunque no me
gustaba la idea, pensé que iba a tener
que llamar a la oficina del cementerio el
día siguiente y regresar en otra ocasión.
A punto de irnos, decidí manejar
dentro del cementerio, y le dije a mi
esposa:—
Bueno, ¿qué diablos vamos a
hacer? Disculpa. Quiero decir: ¿qué
santos vamos a hacer? Manejaremos un
poco y luego salimos hacia Brownsville.
Hicimos un rápido giro a la
derecha después de entrar en el
cementerio y al avanzar ochenta metros
aproximadamente, y en donde el camino
conduce a una curva hacia la izquierda,
al lado derecho vi una lápida gris rota
por la mitad, aunque era mucho más
ancha que la imagen de la foto y tenía
una forma diferente a la lápida de
Clarita.—
Déjame examinar la lápida y nos
vamos de aquí—le dije a mi esposa.
—Mmmh está bien, pero me
quedaré en el coche—respondió mi
esposa.
De inmediato supe lo que ella
pensaba: este hombre está loco. Casi
podía leer su mente, ya que esta no era
la primera vez que visitábamos
cementerios. Creo que todavía estaba
molesta conmigo desde la última vez
cuando pasábamos por Riviera, Texas y
entramos en un panteón a media noche.
Desafortunadamente, el portón no estaba
abierto en esa ocasión. No le gustan los
cementerios para nada, se trate de
investigar o no.
—Ahorita regreso —le dije.
Me dirigí hacia la lápida rota, sin
la esperanza de que esa fuera la de mi
tía Clarita. Me parece haber caminado
algunos treinta pasos, yéndome
alrededor de algunas tumbas, con
cuidado de no pisarlas, cuando oí un
coche que circulaba hacia nosotros.
Miré si había dejado suficiente espacio
para que pasara el automóvil al lado del
nuestro. Una vez que me di cuenta que el
coche pudo pasar sin problema alguno,
me volví y miré abajo para asegurarme
de que no iba a pisar sobre alguna de las
tumbas, y allí estaba el sepulcro de mi
tía Clarita. Solo a un paso de distancia
de mí. ¡No podía creerlo! ¿Cuáles eran
las probabilidades? Sentí escalofrío y se
me puso la piel de gallina, y pensé que
nadie, absolutamente nadie me iba a
creer. ¡Esto era muy, pero muy, extraño!
Moviendo las manos, tratando de atraer
la atención de mi esposa, le señalé la
lápida gritando:
—Aquí está, aquí está.
Al principio ella dudó, porque no
creía que iba a encontrarla en absoluto;
sin embargo, al ver mi emoción me
preguntó:
—¿Estás seguro que es ella?
—¡Sí, es ella!—le contesté.
Aún sorprendido, volví a examinar,
detenidamente, la lápida y vi que,
además de que estaba rota por la mitad,
estaba sucia y no le habían dado
mantenimiento en absoluto. Era
exactamente como la fotografía. Mi
esposa, una fanática de la limpieza,
sugirió que tendríamos que conseguir
algunos materiales, no solo para
repararla, sino para limpiar el moho y la
tierra. Recorrimos hasta encontrar una
ferretería, conseguimos cemento para
pegar la lápida de nuevo, y compramos
algunos artículos de limpieza. Me sentí
muy contento de lo que estábamos
haciendo esto. No sé por qué,
sinceramente consideré una obligación
moral de hacer esto por Clarita. Quería
hacer algo por ella. Creo que tanto
Clarita como mi madre se hubieran
sentido agradecidas.
Restauramos la lápida de nuevo, y
la limpiamos lo mejor posible. Sentí una
enorme satisfacción de logro, pero aún
había algo que faltaba, algo me
molestaba. Yo todavía no sabía mucho
acerca de Clarita y lo que le sucedió a
ella durante su breve vida. Además de
mi esposa, sentía que tenía a alguien o
algo más ayudándome. ¿Cuáles eran las
probabilidades? ¿Por qué me dirigí
hacia la derecha y no hacia la izquierda,
cuando entré en el cementerio? ¿Por qué
no seguí más adentro? ¿Qué me hizo
detenerme en ese preciso lugar y en ese
momento? Originalmente vi otra lápida
rota, pero no era la de ella. ¿Fue acaso
una coincidencia al encontrar su tumba
así tan fácil, o fui atraído por una
energía sobrenatural que no podía
comprender?
Pensé que este era un caso insólito
e increíble; imaginé que Clarita quería
que siguiera investigando más de su
vida. Aunque suena algo raro, parecía o
imaginé que trataba de comunicarse
conmigo, que tenía algo que quería
decirme, pero no sabía qué era, o por
qué. ¿Cómo podría saber más acerca de
ella? Y de repente me di cuenta. ¡Qué
tonto soy! Stupid guy! Somos
afortunados de tener a mi tío Domingo
aún entre nosotros, y a sus noventa y
cuatro años ha vivido lo que muchos de
nosotros hemos leído en libros de
historia; era tiempo de ir a visitarlo.
Cuando nos estábamos yendo,
volteé para tratar

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