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Libro PDF Come reza ama Elizabeth Gilbert

Come reza ama  Elizabeth Gilbert

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Al viajar por India —sobre todo por los lugares sagrados y ashrams— se ve mucha gente con abalorios
colgados del cuello. También se ven muchas fotografías antiguas de yoguis desnudos, esqueléticos y
aterradores (o, a veces, incluso yoguis rechonchos, bonachones y radiantes) que también llevan abalorios.
Estos collares de cuentas se Wímín japa malas. En India los hindúes y budistas devotos los usan desde hace
siglos para mantenerse concentrados durante sus meditaciones religiosas. El collar se tiene en la mano y se
maneja de manera circular, tocando una cuenta cada vez que se repite un mantra. En la Edad Media,
cuando los cruzados llegaron a Oriente durante las guerras santas, vieron a los devotos rezar con sos japa
malas y, admirados, llevaron la idea a Europa, donde se convirtió en el rosario.
El japa mala tradicional tiene 108 abalorios. En los círculos más esotéricos de la filosofía oriental el número
108 se considera el más afortunado, un perfecto dígito de tres cifras, múltiplo de tres y cuyos
componentes suman nueve, que es tres veces tres. Y tres, por supuesto, es el número que representa el
supremo equilibrio, como sabe cualquiera que haya estudiado la Santa Trinidad o un sencillo taburete.
Dado que todo este libro es sobre mi lucha por hallar el equilibrio, he decidido estructurarlo como un japa
mala, dividiendo mi historia en 108 cuentos, o abalorios. Este rosa lío de 108 cuentos se divide, a su vez, en
tres secciones sobre Italia, India e Indonesia, los tres países que visité durante este año de introspección.
Es decir, hay 36 cuentos en cada sección, cosa que tiene un significado especial para mí, ya que esto lo
escribo durante mi año trigésimo sexto.
Y ahora, antes de ponerme a lo Louis Farrakhan con el asunto de la numerología, permítanme acabar
diciendo que también me gusta la idea de enhebrar estos cuentos como si fueran un japa mala, porque así
les doy una forma más… estructurada. La investigación espiritual sincera es, y siempre ha sido, una suerte
de disciplina metódica. Buscar la verdad no es una especie de venada facilona, ni siquiera hoy en día, en
estos tiempos tan venados y facilones. Como eterna buscadora que soy, además de escritora, me resulta
útil seguir la estructura del collar todo lo posible para poder concentrarme en mi objetivo final.
El caso es que todo japa mala tiene un abalorio de más, un abalorio especial —el número 109— que queda
fuera del círculo equilibrado que forman los otros 108, colgando como un amuleto. Al principio yo creía
que el abalorio 109 era de repuesto, como el botón extra de una blusa o el segundón de una familia real.
Pero parece ser que tiene un propósito más elevado. Cuando estás rezando y lo alcanzas con los dedos,
debes interrumpir la concentración de la meditación para dar las gracias a tus maestros. Así que aquí, en
mi abalorio 109, me detengo incluso antes de haber empezado. Quiero dar las gracias a todos mis
maestros, que han aparecido en mi vida, a lo largo de este año, de la manera más variopinta.
Pero, ante todo, quiero dar las gracias a mi gurú, una mujer que es la compasión personificada y que tan
generosamente me permitió estudiar en su ashram mientras estuve en India. Por cierto, me gustaría
aclarar que escribo sobre mis experiencias en India meramente desde un punto de vista personal y no
como experta en teología ni como portavoz oficial de nadie. Por este motivo no revelaré el nombre de mi
gurú en este libro, ya que no puedo hablar por ella. Sus enseñanzas hablan mejor por sí mismas. Y tampoco
mencionaré el nombre ni el lugar donde se halla su ashram, librando a tan digna institución de una
publicidad que quizá no pueda afrontar por falta de recursos o por falta de interés.
Una última expresión de gratitud: varios nombres de los aparecidos en este libro se han cambiado por una
serie de motivos y he decidido cambiar los nombres de todos aquellos —sean indios u occidentales— a
quienes conocí en el mencionado ashram de la India. Esto es por respeto al hecho de que la gente no suele
hacer una]
INTRODUCCIÓN
peregrinación espiritual para salir después como personaje de un libro. (A no ser, por supuesto, que se
trate de mí.) Sólo he hecho una excepción en esta política de anonimato que me he impuesto. El tal
«Richard el Tejano» que aparece en el libro se llama, efectivamente, Richard, y es de Texas. He querido
conservar su nombre real por lo mucho que significó para mí durante mi estancia en India.
Y, por último, al preguntar a Richard si le parecía bien que dijera en mi libro que había sido un yonqui y un
borracho, me dijo que le parecía perfecto.
Me dijo:
—La verdad es que llevaba un tiempo pensando en cómo hacer pública esa noticia.
Pero empecemos por Italia…
Ojalá Giovanni me besara.
Uf, pero por muchos motivos, es una idea descabellada. Para empezar, Giovanni tiene diez años menos
que yo y —como la mayoría de los veinteañeros italianos— aún vive con su madre. Esto basta para
convertirlo en un compañero sentimental bastante improbable, dado que yo soy una estadounidense
entrada en la treintena, que acaba de salir de un matrimonio fallido y un divorcio tan interminable como
devastador, seguido de una veloz historia de amor que acabó en una tristísima ruptura. Estas pérdidas, una
detrás de otra, me han hecho sentir triste y frágil y como si tuviera unos siete mil años, más o menos.
Aunque sólo sea por una cuestión de principios, no estoy dispuesta a imponer mi personaje patético y
destrozado al maravilloso e inocente Giovanni. Y por si eso fuera poco, al fin he llegado a esa edad en que
una mujer se empieza a plantear si recuperarse de perder a un hombre joven y guapo de ojos castaños
consiste en llevarse a otro a la cama cuanto antes. Por eso llevo sola tantos meses ahora. Por eso, de
hecho, he decidido pasar este año entero en el celibato.
Ante esto un observador sagaz podría preguntar: «Entonces, ¿por qué has venido nada menos que a
Italia?».
A lo cual sólo puedo responder, sobre todo cuando miro al guapo Giovanni, que está sentado al otro lado
de la mesa: «Una pregunta excelente».
Giovanni es mi pareja de «Intercambio Tándem», cosa que puede sonar insinuante, pero por desgracia no
lo es. Lo que significa es que nos reunimos un par de tardes aquí, en Roma, para practicar nuestros idiomas
respectivos. Primero hablamos en italiano y él tiene paciencia conmigo; luego hablamos en inglés y yo
tengo paciencia con él. Descubrí a Giovanni cuando apenas llevaba unas semanas en Roma gracias a ese
gigantesco ciberca fé que hay en la piazza Barbarini frente a esa fuente que consiste en un erótico tritón
con una caracola entre los labios a modo de trompeta. El (Giovanni, no el tritón) había dejado una nota en
el tablón de anuncios explicando que un italiano nativo buscaba un estadounidense nativo para poder
practicar idiomas. Justo al lado de su nota había otra con el mismo texto, idéntico en todo, palabra por
palabra, hasta en la letra. La única diferencia eran los datos de contacto. Una de las notas daba una
dirección de correo electrónico de un tal Giovanni; la otra mencionaba a un hombre llamado Darío. Pero
hasta el teléfono fijo que daban era el mismo.
Empleando mi aguda intuición, les envié el mismo correo electrónico a los dos, preguntándoles en italiano:
«¿Sois hermanos, quizá?».
Fue Giovanni quien me respondió con este mensaje tan provocativo (como dicen los italianos): «Mejor
todavía. ¡Somos gemelos!».
Pues sí. Mucho mejor. Resultó que eran dos gemelos idénticos de 25 años; altos, morenos, guapos y con
esos enormes ojos castaños que tienen los italianos, que parecen líquidos por el centro y que a mí me
hacen perder el norte. Después de conocer a los dos chicos en persona pensé si no debería replantearme la
idea de pasar todo ese año en el celibato. Por ejemplo, podía seguir totalmente célibe, pero tener como
amantes a un par de hermosos gemelos italianos de 25 años. Hecho que me recordaba vagamente a una
amiga mía que es vegetariana pero come tocino, aunque… De pronto me vi escribiendo uno de esos
relatos para la revista Penthouse:
«En la penumbra de las titilantes velas del café romano era im posible saber de quién eran las manos que
acariciaban…». j
Pero no. j
No y no. |
Interrumpí la fantasía bruscamente. No era el momento ad~^ cuado para andar buscando amores que
complicaran aún más ya enrevesada vida (cosa que iba a suceder de todas formas). Era momento de
buscar esa paz terapéutica que sólo se encuentra soledad.
El caso es que a estas alturas, a mediados de noviembre, el tímido y estudioso Giovanni y yo nos hemos
hecho muy buenos amigos. En cuanto a Darío —el hermano más coqueto y presumido de los dos—, le
presenté a mi querida amiga sueca Sofie y de sus tardes en Roma sólo diré que eso sí es un «Intercambio
Tándem» y lo demás son tonterías. En cambio, Giovanni y yo sólo hablamos. Es decir, comemos y
hablamos. Llevamos ya muchas semanas agradables comiendo y hablando, compartiendo pizzas y
pequeñas correcciones gramaticales, y esta noche no ha sido una excepción. Una hermosa velada a base
de nuevos modismos y mozzarella fresca.
Ahora es medianoche, hay niebla, y Giovanni me está acompañando a casa, a mi apartamento del centro,
en un barrio de callejones dispuestos orgánicamente en torno a los clásicos edificios romanos, como una
red de pequeños afluentes serpenteando entre bosquecillos de cipreses. Ahora estamos delante de mi
puerta. Nos miramos. Giovanni me da un abrazo cariñoso. Esto es todo un avance; durante las primeras
semanas se limitaba a darme la mano. Creo que si pasara tres años más en Italia el chico acabaría
atreviéndose a besarme. Aunque, bien mirado, podría darle por besarme ahora mismo, esta noche, aquí
mismo, delante de mi puerta… Aún hay una posibilidad… porque nuestros cuerpos están tan pegados uno
al otro y a la luz de la luna… y está claro que sería un error tremendo… pero es maravilloso pensar que
pudiera atreverse ahora mismo… que le diera por inclinarse hacia mí… y… y…
Pero no.
Tras abrazarme se aparta de mí.
—Buenas noches, mi querida Liz —me dice.
—Buona notte, caro mió —le contesto.
Subo las escaleras hasta mi apartamento del cuarto piso, sola. Abro la puerta de mi estudio diminuto, sola.
Una vez dentro cierro la puerta. Otra noche solitaria en Roma. Me espera otra larga noche durmiendo, sin
nada ni nadie con quien compartir la cama salvo un montón de glosarios y diccionarios de italiano.
Estoy sola; estoy completamente sola. Estoy más sola que la luna.
Una vez asimilado el hecho, dejo caer el bolso, me pongo de rodillas y apoyo la frente en el suelo. En esta
postura ofrezco al universo una sentida oración de agradecimiento.
Primero en inglés.
Después en italiano.
Y por último… por si no ha quedado claro… en sánscrito.
Y como ya estoy en el suelo en actitud suplicante, permiteme que me quede así mientras retrocedo en el
tiempo hasta tres años antes de que empezara toda esta historia, hasta un momento en el que estaba yo
exactamente en la misma postura: de rodillas en el suelo, rezando.
En la escena de hace tres años todo lo demás era distinto, eso sí. En aquella ocasión no estaba en Roma,
sino en el cuarto de baño del piso de arriba de la enorme casa que me acababa de comprar con mi marido
en las afueras de Nueva York. Estábamos en noviembre, hacía frío y eran como las tres de la mañana. Mi
marido dormía en nuestra cama. Yo ya llevaba como cuarenta y siete noches consecutivas escondiéndome
en el cuarto de baño y —exactamente igual que en las noches anteriores— estaba llorando a moco
tendido. Llorando tanto, de hecho, que en las baldosas del suelo del cuarto de baño se estaba formando un
enorme lago de lágrimas y mocos, un auténtico lago Inferior (por así decirlo) formado por las aguas de mi
vergüenza, mi miedo, mi confusión y mi tristeza.
Ya no quiero estar casada.
Estaba haciendo todo lo posible por no enterarme del tema, pero la verdad se me aparecía con una
insistencia cada vez mayor.
Ya no quiero estar casada. No quiero vivir en esta casa tan grande. No quiero tener un hijo.
Pero lo normal era querer tener un hijo. Tenía 31 años. Mi marido y yo —que llevábamos ocho años juntos,
seis casados— habíamos basado nuestra vida en la idea compartida de que a los 30 seríamos los dos unos
vejestorios y yo querría sentar cabeza y tener hijos. Para entonces, pensábamos, me habría hartado de
viajar y estaría encantada de vivir en una casa enorme con mucho ajetreo, niños, colchas hechas a mano,
un jardín en la parte de atrás y un buen guiso borboteando en la cocina. (El hecho de que éste sea un
retrato bastante fiel de mi madre indica lo mucho que me costaba entonces deslindarme de la poderosa
mujer que me había criado.) Pero descubrí —y me quedé atónita— que yo no quería lo mismo que ella. En
mi caso, al rebasar la veintena y ver que los 30 se acercaban como una pena de muerte, me di cuenta de
que no quería quedarme embarazada. Estaba convencida de que me iban a entrar ganas de tener un hijo,
pero nada. Y sé lo que es empeñarse en algo, créeme. Sé bien lo que es tener una necesidad
perentoria de hacer una cosa. Pero yo no la tenía. Es más, no hacía más que pensar en lo que me había
dicho mi hermana un buen día mientras daba el pecho a su primer retoño: «Tener un hijo es como hacerse
un tatuaje en la cara. Antes de hacerlo tienes que tenerlo muy claro».
Pero a esas alturas ¿cómo iba a echarme atrás? Todas las piezas encajaban. Ese año era el perfecto. De
hecho, llevábamos varios meses intentando preñarnos. Pero no pasaba nada (aparte de que —en una
especie de parodia sarcástica de un embarazo— yo tenía náuseas psicosomáticas y vomitaba el desayuno
todas las mañanas). Y todos los meses, cuando me venía el periodo, susurraba a escondidas en el cuarto de
baño: «Gracias, gracias, gracias, gracias por concederme otro mes de vida…».
Me decía a mí misma que lo mío era normal. Seguro que a todas las mujeres que querían quedar
embarazadas les pasaba lo mismo, decidí. («Ambivalente» era la palabra que usaba, huyendo de una
descripción mucho más precisa: «totalmente aterrorizada».) Quería convencerme de que lo que me
pasaba era típico pese a las abundantes pruebas en contra; como la amiga con la que me había encontrado
la semana anterior, que había quedado embarazada por primera vez después de gastarse una fortuna en
tratamientos de fertilidad durante dos años. Estaba entusiasmada. Había querido ser madre toda su vida,
me dijo. Y me confesó que llevaba años comprando ropa de bebé a escondidas y metiéndola debajo de la
cama para que no la viera su marido. Vi la alegría en su rostro y la reconocí. Era exactamente la misma
alegría que había iluminado ni rostro la primavera pasada, el día en que descubrí que la revista para la que
trabajaba me iba a mandar a Nueva Zelanda para escribir un reportaje sobre el calamar gigante. Y pensé:
«Mientras tener un hijo no me haga tan feliz como irme a Nueva Zelanda a investigar el calamar gigante,
no puedo tener un hijo».
Ya no quiero estar casada.
De día lograba no pensar en ello, pero de noche me obsesionaba. Menuda catástrofe. ¿Cómo podía ser tan
imbécil y tan caradura de haberme involucrado hasta ese punto en mi matrimonio para acabar
separándome? Si sólo hacía un año que habíamos comprado ltcasa. ¿O es que no me había deseado irme a
una casa tan bonita? |O es que no me gustaba? Entonces, ¿por qué la recorría medio so sonanbula todas
las noches, aullando como Medea? ¿O es que no es tan orgullosa de todo lo que habíamos acumulado, de
la magnífica casa del valle del Hudson, del apartamento en Manhattan, de las ocho líneas de teléfono, de
los amigos, los picnics y las fiestas, de pasar los fines de semana paseando por los pasillos de nuestra
tienda de lujo preferida, comprando el enésimo electrodoméstico a crédito? Si yo había participado
activamente, segundo a segundo, en la construcción de nuestra vida, ¿por qué me daba la sensación de
que el tema no tenía nada que ver conmigo? ¿Por qué me abrumaba tanto la responsabilidad? ¿Y por qué
estaba harta de ser la que más dinero ganaba y la coordinadora social y la que paseaba al perro y la esposa
y la futura madre y —a ratos, en momentos robados— la escritora…?
Ya no quiero estar casada.
Al otro lado de la pared mi marido dormía en nuestra cama. Lo quería y no lo aguantaba, a partes iguales.
Pero no podía despertarlo para contarle mis penas… ¿De qué serviría? Ya llevaba meses viéndome
desmoronarme, viéndome comportarme como una demente (los dos usábamos esa palabra) y lo tenía
agotado. Ambos sabíamos que a mí me pasaba algo y él estaba cada vez más harto del tema. Habíamos
discutido y llorado y estábamos exhaustos como sólo puede estarlo una pareja cuyo matrimonio se está
cayendo a trozos. Teníamos la mirada de un refugiado.
Los numerosos motivos por los que ya no quería ser la esposa de ese hombre son demasiado tristes y
demasiado íntimos para enumerarlos aquí. Mis problemas tenían mucho que ver en el asunto, pero una
buena parte de nuestras dificultades estaban relacionadas con temas suyos también. Es natural; al fin y al
cabo en un matrimonio hay dos personas: dos votos, dos opiniones, dos bandos opuestos de decisiones,
deseos y limitaciones. Pero tampoco pretendo convencer a nadie de que yo sea capaz de dar una versión
objetiva de nuestra historia, de modo que la crónica de nuestro matrimonio fallido se quedará sin contar
en este libro. Tampoco mencionaré aquí todos los motivos por los que sí quería seguir siendo su esposa, ni
lo maravilloso que era, ni por qué le quería y era incapaz de imaginar la vida sin él. No voy a compartir
nada de eso. Basta con decir que, en esa noche concreta, él seguía siendo tanto mi faro como mi albatros.
Lo único que me parecía tan impensable como irme era quedarme. No quería destrozar nada ni a nadie.
Sólo quería marcharme silenciosamente por la puerta de atrás, sin discusiones ni secuelas, y no parar de
correr hasta llegar a Groenlandia.
Esta parte de mi historia no es alegre, lo sé. Pero la menciono aquí porque en el suelo de ese cuarto de
baño estaba a punto de ocurrir algo que cambiaría para siempre la progresión de mi vida, casi como uno de
esos increíbles momentos astronómicos en que un planeta gira sobre sí mismo en el espacio, sin ningún
motivo aparente, y su núcleo fundido se desplaza, reubicando sus polos y alterando radicalmente su
forma, de modo que la forma del planeta se hace oblonga de golpe, dejando de ser esférica. Pues algo así.
Lo que sucedió fue que empecé a rezar.
Vaya, me dio por hablar con Dios.
En eso era una auténtica novata. Y como es la primera vez que saco esa palabra tan fuerte —DIOS— en
este libro, pero es una palabra que va a salir muchas veces en estas páginas, parece lógico que me detenga
aquí durante un momento para explicar exactamente a qué me refiero cuando empleo esa palabra, para
que la gente pueda decidir cuanto antes si se van a ofender mucho o poco.
Dejando para después el debate sobre si Dios existe (no, mejor todavía: vamos a saltarnos el tema del
todo), déjame aclarar primero por qué uso la palabra Dios cuando podría usar perfectamente las palabras
Jehová, Alá, Siva, Brahma, Visnú o Zeus. Por otra parte, también podría llamar a Dios «Eso», tal como
hacen las sagradas escrituras sánscritas, pues se acerca bastante a esa entidad integral e innombrable que
he experimentado en algunas ocasiones. Pero ese «Eso» me parece impersonal —un objeto, no un ente—
y, en cuanto a mí se refiere, soy incapaz de rezar a un «Eso». Necesito un nombre propio para apreciar
debidamente esa sensación de asistencia personal. Por ese mismo motivo, al rezar no dirijo mis plegarias al
Universo, ni al Gran Espacio, la Fuerza, el Ser Supremo, el Todo, el Creador, la Luz, el Altísimo, ni tampoco a
la versión más poética del nombre de Dios, que procede, según tengo entendido, de los evangelios
apócrifos: «La Sombra de la Mudanza».
No tengo nada en contra de ninguno de estos términos. Me parecen todos iguales, porque todos son
descripciones, adecuadas o inadecuadas, de lo indescriptible. Pero es cierto que cada uno de nosotros
necesita dar un nombre funcional a este ente indescrip tibie y, como «Dios» es el nombre que a mí me
resulta más cercano, es el que uso. También he de confesar que suelo referirme a Dios como «Él», cosa
que no me preocupa, porque lo considero sólo un práctico pronombre personal, no una descripción
anatómica precisa, ni una causa revolucionaria. Por supuesto, me parece bien que determinadas personas
se refieran a Dios como «Ella», y comprendo su necesidad de hacerlo. Repito que, para mí, ambos términos
son equiparables, igual de adecuados o inadecuados. Lo que sí creo es que poner en mayúsculas el
pronombre que se emplee es un buen detalle, una pequeña deferencia ante la divinidad.
Culturalmente, aunque no teológicamente, soy cristiana. Nací en el seno de la comunidad protestante de la
cultura anglosajona blanca. Y pese a amar a ese gran maestro de la paz que fue Jesucristo, y reservándome
el derecho a plantearme qué hubiera hecho El en ciertas situaciones complicadas, soy incapaz de tragarme
ese dogma cristiano de que Cristo es la única vía para llegar a Dios. En sentido estricto no puedo
considerarme cristiana. La mayoría de los cristianos que conozco aceptan mis opiniones sobre este tema
con generosidad y tolerancia. Aunque, a decir verdad, la mayoría de los cristianos que yo conozco son poco
estrictos. En cuanto a los que tienen ideas más estrictas (a mi modo de ver), lo único que puedo hacer aquí
es disculparme por cualquier posible ofensa y prometer no inmiscuirme en sus asuntos.
Invariablemente, me he identificado con los místicos transcendentes de todas las religiones. Siempre me
ha producido una profunda emoción oír decir a alguien que Dios no vive en un texto dogmático, ni en un
distante trono en los cielos, sino que convive estrechamente con nosotros, mucho más próximo de lo que
podríamos pensar, sensible a las zozobras humanas. Doy las gracias a cualquiera que, tras viajar al centro
de un corazón humano, haya regresado al mundo para informarnos que Dios es una experiencia de amor
supremo. En todas las tradiciones religiosas que se conocen siempre ha habido santos místicos y
transcendentes que narran exactamente esta experiencia. Por desgracia muchos de ellos acabaron en la
cárcel o murieron asesinados. Aun así, los admiro profundamente.
Dicho todo esto, lo que pienso hoy de Dios es muy sencillo. Pondré un ejemplo para explicarlo: yo tenía
una perra fantástica. La había sacado de la perrera municipal. Era una mezcla de unas diez razas distintas,
pero parecía haber heredado los mejores rasgos de todas ellas. Era de color marrón. Cuando la gente me
preguntaba: «¿De qué raza es?», siempre les contestaba lo mismo: «Es una perra marrón». Asimismo,
cuando me preguntan «¿Tú en qué Dios crees?», mi respuesta es sencilla: «Creo en un Dios grandioso».
Obviamente, he tenido tiempo de sobra para formular mis opiniones sobre la divinidad desde aquella
noche en que, tirada en el suelo del cuarto de baño, hablé directamente con Dios por primera vez. Aunque
en aquella sombría crisis de noviembre lo que pretendía no era forjarme una doctrina teológica. Lo único
que quería era salvar la vida. Por fin había caído en la cuenta de que mi desesperación era tan profunda
que mi vida estaba en peligro y de pronto pensé que, en semejantes circunstancias, la gente a veces pide
ayuda a Dios. Si mal no recuerdo, lo había leído en algún libro.
Lo que le dije a Dios entre sollozo y sollozo fue más o menos esto: «Hola, Dios. ¿Qué tal? Soy Liz. Encantada
de conocerte».
Pues sí. Estaba hablando con el creador del universo como si acabaran de presentarnos en un cóctel. Pero
en esta vida usamos lo que conocemos y ésas son las palabras que siempre empleo al comienzo de una
amistad. De hecho, tuve que contenerme para no decirle:
—Siempre he sido una gran admiradora de tu obra…
—Siento molestarte a estas horas de la noche —continué—. Pero tengo un problema serio. Y me disculpo
por no haberme dirigido a ti directamente hasta ahora, aunque sí espero haber sabido agradecerte
debidamente las muchas bendiciones que me has concedido en esta vida.
Esta idea me hizo llorar aún más. Dios me había esperado pacientemente. Logré tranquilizarme lo
suficiente como para seguirle hablando:
—No soy experta en rezar, como ya sabrás. Pero, por favor, ¿puedes ayudarme? Necesito ayuda
desesperadamente. No sé qué hacer. Necesito una respuesta.
Me recuerdo suplicando como quien pide que le salven la vida. Y no había manera de parar de llorar.
Hasta que… así, de repente… se acabó.
De repente, de un momento para otro, me di cuenta de que ya no estaba llorando. De hecho, había dejado
de llorar en mitad de un sollozo. Me había quedado totalmente vacía de sufrimiento, como si me lo
hubieran aspirado. Levanté la frente del suelo y me quedé ahí sentada, sorprendida y casi esperando
encontrarme ^ ante el Gran Ser que se había llevado mis lágrimas. Pero no había nadie. Estaba yo sola.
Aunque no estaba sola del todo. Me rodeaba algo que sólo puedo describir como una bolsa de silencio, un
silencio tan extraordinario que no me atrevía a soltar aire por la boca, no fuera a asustarlo. Estaba
completamente invadida por la quietud. Creo que en mi vida había sentido semejante quietud.
Entonces oí una voz. Por favor, que nadie se asuste. No era una voz hueca como la de Charlton Heston
haciendo de personaje sacado del Viejo Testamento, ni una voz de esas que te dicen que te hagas un
campo de béisbol en el jardín. Era mi propia voz, ni más ni menos, hablándome desde dentro. Pero era una
versión de mi propia voz que yo no había oído nunca. Era mi voz, pero absolutamente sabia, tranquila y
compasiva. Era como sonaría mi voz si yo hubiera logrado experimentar el amor y la seguridad alguna vez
en mi vida. ¿Cómo podría describir el tono cariñoso de aquella voz que me dio la respuesta que sellaría
para siempre mi fe en la divinidad?
La voz dijo: Regresa a la cama, Liz.
Solté aire.
De pronto vi con una claridad meridiana que eso era lo único que podía hacer. Ninguna otra respuesta me
habría valido. No me habría podido fiar de una voz atronadora que me dijera: ¡Tienes que divorciarte de tu
marido! o ¡No puedes divorciarte de tu maridol Eso no tiene nada que ver con la sabiduría verdadera. La
auténtica sabiduría te da una única respuesta posible para cada situación y, aquella noche, volver a
meterse en la cama era la única respuesta posible. Regresa a la cama, porque te quiero. Regresa a la cama,
porque de momento lo que tienes que hacer es descansar y cuidarte hasta que des con una solución.
Regresa a la cama para que, cuando llegue la tempestad, tengas fuerzas para enfrentarte a ella. Y la
tempestad llegará, querida. Muy pronto. Pero esta noche no.
Por tanto:
Regresa a la cama, Liz.
Por una parte, este pequeño incidente tenía todos los visos de la típica experiencia de conversión cristiana:
la soledad de las tinieblas del alma, la petición de ayuda, la voz que responde, la sensación de
transformación. Pero, en mi caso, no puedo decir que aquello fuese una conversión religiosa, al menos en
el sentido tradicional de renacer o salvarse. Lo que sucedió aquella noche lo considero más bien el
comienzo de una conversación religiosa. Las primeras palabras de un diálogo abierto y exploratorio que
acabarían, en última instancia, acercándome enormemente a Dios.
De haber sabido que las cosas —como dijo Lily Tomlin en una ocasión— se iban a torcer mucho antes de
torcerse del todo, no sé si habría logrado dormir mucho aquella noche. El caso es que después de pasar
por siete meses muy complicados acabé dejando a mi marido. Cuando por fin tomé esa decisión, creí que
lo peor había pasado ya. Hecho que demuestra lo poco que sabía de divorcios por aquel entonces.
En la revista The New Yorker publicaron una viñeta que viene a cuento. Salen dos mujeres hablando y una
le dice a la otra: «Si quieres conocer a una persona a fondo, divórciate de ella». Sobra decir que a mí me
pasó todo lo contrario. Yo diría que, si quieres DEJAR DE CONOCER a una persona a fondo, divórciate de
ella. O de él, mejor dicho, porque eso es lo que nos pasó a mi marido y a mí. Yo creo que nos
escandalizamos mutuamente al ver lo deprisa que pasamos de ser la pareja que mejor se conocía del
mundo a ser el par de desconocidos más mutuamente incomprensibles que se había visto jamás. En el
fondo de esa extravagancia estaba el hecho abismal de que los dos estábamos haciendo algo que a la otra
persona le parecía inconcebible: a él jamás le pasó por la cabeza que yo fuera a dejarlo y a mí no me había
pasado por la imaginación que él lo fuera a poner tan difícil.
Cuando me separé de mi marido, estaba sinceramente convencida de que podríamos solucionar nuestros
asuntos prácticos en cuestión de horas con una calculadora, un poco de sentido común y la
correspondiente buena voluntad hacia una persona a quien se ha querido. Mi primera propuesta fue que
vendiéramos la casa y nos lo repartiéramos todo equitativamente; jamás me pasó por la cabeza que
aquello pudiera hacerse de otra manera. Pero a él eso no le pareció justo, así que mejoré mi oferta. ¿Qué
le parecía quedarse con todo y echarme a mí la culpa de todo? Pero esa propuesta tampoco solucionó el
tema. Al llegar a ese punto, me quedé desconcertada. ¿Cómo se negocia después de haberlo ofrecido
todo? No me quedaba otra que esperar a que me hiciera una contraoferta. Me sentía tan culpable de
haberlo abandonado que no me creía con derecho a quedarme ni un décimo de todo el dinero que había
ganado durante la última década. Además, la espiritualidad que acababa de descubrir me exigía huir de
todo enfrentamiento. Por tanto, mi postura era la siguiente: ni me iba a defender de él ni me iba a
enfrentar a él. Durante mucho tiempo, desoyendo el consejo de todos los que me querían, me negué
incluso a consultar a un abogado, pues hasta eso me parecía una actitud beligerante. Estaba empeñada en
llevar el tema tipo Gandhi. Había decidido ir de Nelson Mandela por la vida. Lo que no me había parado a
pensar es que tanto Gandhi como Mandela eran abogados.
Y los meses fueron pasando. Mi vida estaba en el limbo mientras esperaba a que me dejaran marchar,
pendiente de cómo iban a ser los términos del acuerdo. Estábamos separados de hecho (él se había
mudado a nuestro apartamento de Manhattan), pero no había nada resuelto. Trabajábamos a trancas y
barrancas, teníamos la casa abandonada, las facturas se iban acumulando y mi marido rompía su silencio
sólo para mandarme algún que otro mensaje recordándome que ser tan imbécil como yo debería ser ilegal.
Pero, además, estaba lo de David.
La retahila de complicaciones y traumas de aquellos siniestros años del divorcio se vio multiplicada por el
drama de David, el tipo del que me enamoré justo cuando decidí poner fia a mi matrimonio. ¿He dicho que
me enamoré de David? Lo que quería decir es que salí a gatas de mi matrimonio y caí en brazos de David,
como una acróbata de circo que salta de un trampolín, cae dentro de un pequeño vaso de agua y
desaparece. En plena fuga matrimonial me agarré a David como si fuese el último helicóptero de Saigón.
Volqué en él todas mis esperanzas de salvación y felicidad. Y, sí, me enamoré de él. Pero, si pudiese usar
una palabra más fuerte que «desesperadamente» para describir cómo quería a David, la usaría, porque el
«amor desesperado» siempre es el más bestia.
Nada más dejé a mi marido me fui directamente a vivir con David. Era —es— un joven muy guapo. Nacido
en Nueva York, es actor y escritor, con unos enormes ojos castaños como los de los italianos, que parecen
líquidos por el centro y que a mí (¿lo he dicho ya?) me hacen perder el norte. Con mucha calle,
independiente, vegetariano, mal hablado, espiritual, seductor. Un yogui rebelde, un poeta de Yonkers. Un
aficionado al béisbol, un hombre sexy y hecho a sí mismo. Tenía que darme pellizcos para creérmelo. Era
demasiado. O eso me parecía a mí. Cuando se lo describí por primera vez a mi buena amiga Susan, vio los
colores que me habían salido en las mejillas y me dijo: «Vaya por Dios. Me huelo complicaciones, cariño».
David y yo nos conocimos cuando él trabajaba en una obra basada en unos cuentos míos. Representaba un
personaje inventado por mí, cosa bastante significativa. En los casos de amor desesperado siempre pasan
estas cosas, ¿no? El amor desesperado consiste en inventarse un personaje, exigir a la persona amada que
lo represente y hundirnos en la miseria cuando se niega a convertirse en ese ser de ficción.
Pero, ay, qué bien la pasamos durante aquellos primeros meses en que él aún era mi héroe romántico y yo
aún era su sueño viviente. Nunca había imaginado que pudiera existir tanta emoción y tanta
compatibilidad. Nos inventamos un lenguaje propio. Hacíamos excursiones y nos perdíamos por las
carreteras. Subíamos a pie, bajábamos a nado, organizábamos viajes por el mundo. Haciendo cola en el
Departamento de Vehículos Motorizados nos divertíamos más que la mayoría de las parejas en su luna de
miel. Nos pusimos el mismo mote, para que no hubiera diferencias entre nosotros. Nos marcamos metas;
hicimos promesas y juramentos; salíamos mucho a cenar. El me leía en voz alta y lavaba mi ropa. (La
primera vez que me pasó llamé a Susan para contárselo asombrada, como si acabara de ver a un camello
usando una cabina telefónica. Le dije: «¡Un hombre lavó a mano mi ropa! ¡Incluida la ropa interior!». Y ella
me repitió lo de «Vaya por Dios. Me huelo complicaciones, cariño».)
El primer verano de Liz y David era como el montaje cinematográfico de las escenas de enamoramiento de
todas las películas de amor que se hayan visto, incluyendo lo de chapotear en la playa y correr por el
campo de la mano bajo la tenue luz dorada del crepúsculo. Por aquel entonces yo todavía era tan ingenua
como para pensar que mi divorcio podía ser amistoso, aunque había dicho a mi marido que se tomara el
verano libre para que a los dos se nos enfriara la cabeza con el tema. La verdad es que me costaba
visualizar tanto sufrimiento en medio

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