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Libro PDF Como amar a un cowboy en tres pasos Minerva Hall

Como amar a un cowboy en tres pasos – Minerva Hall

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Todavía no tenía muy claro cómo
había llegado hasta allí, no hasta el
pueblo sino a estar de pie, pasando un
calor de mil demonios, frente al edificio
que lo había sido todo para su difunta tía
J. Simmons. Desconocía el significado
de la J y sabía que Simmons no era su
verdadero apellido, pero la mujer había
decidido cambiar su identidad en algún
momento del pasado, quizá cuando era
una joven periodista ilusionada con la
fundación de su pequeña y muy conocida
revista: Venus. Publicación que ella
había heredado.
Dio un paso hacia el porche de lo
que parecía ser un pequeño, y algo
abandonado, salón de té. Sabía que tenía
que entrar allí con la mente abierta;
recordaba haber jugado entre aquellas
paredes de pequeña, disfrutando de las
locas maneras de las mujeres que
trabajaban en ella.
Seis hermosas y solteras maduritas
que habían escogido la independencia en
lugar del matrimonio, causando
tendencia, y que se habían afanado codo
con codo para levantar aquel lugar.
Todas se habían cambiado de
nombre. Unas solteras, con aventuras en
cada pueblo; eso decían las malas
lenguas. Otras divorciadas, iniciando el
movimiento en su tiempo, dándole voz a
la mujer. Al principio habían sido las
parias del pueblo, pero con el tiempo,
encontraron un lugar en la comunidad.
Su continua defensa de los derechos
femeninos, su lucha por la igualdad
laboral y la constante entrega en pos de
la dignidad de la mujer, habían ido
lentamente consiguiendo el respaldo y la
alianza de todas las mujeres, amas de
casa, madres, abuelas, hijas, solteras,
viudas y los hombres de Siemprerrojo
no habían tenido otra opción que
recular, aceptar que sus mujeres leyeran
aquellas barbaridades y acudieran a las
reuniones quincenales que tenían lugar
en la plaza del pueblo. Lugar lleno de
peligros y diversión. Peligro para ellos;
diversión para ellas.
Siemprerrojo había sido modelo de
modernidad y libertad para todos; de
igualdad, un lugar casi utópico, de no
ser porque contaba, como en todas
partes, con sus respectivos detractores.
Grupos anti-todo, liderados por mujeres,
en su mayor parte reprimidas o
simplemente sin una motivación
concreta en la vida, a excepción de
meterse en los asuntos de sus vecinos.
Era triste, pero la vida en los
pueblos pequeños era así y todos lo
sabían.
La construcción frente a la que se
encontraba estaba bastante descuidada.
El jardín lleno de malas hierbas,
ahogaban a las pocas flores que trataban
de sobrevivir. El edificio necesitaba una
buena mano de pintura y las ventanas
parecían de la segunda guerra mundial,
aunque debía admitir que tenía una
buena puerta. ¿Por qué motivo alguien se
esforzaría tanto en poner semejante
puerta en un lugar como aquel?
Sacó las llaves y abrió, casi
esperando escuchar a las damas riendo,
fumando y tomando café, mientras
despotricaban sobre los hombres o
sobre las mujeres, incluso sobre sí
mismas. No había límites, todo estaba
admitido.
De haberlas encontrado allí, en aquel
lugar, se habría sonrojado. Ahora que
entendía el significado de muchas de las
charlas que había escuchado a
escondidas, no sabía cómo podría
mirarlas a los ojos e ignorar lo que
sabía.
Sexo, amor, trucos de belleza y
antibelleza, libertad, derechos,
rebeliones y revoluciones. Se habían
metido en el bolsillo al alcalde y los
dirigentes de los principales puestos,
habían estado en el centro de todo,
siempre dispuestas a escuchar y dar voz
a aquellos que no eran escuchados.
Las temían, no porque actuaran
fraudulentamente, sino porque
manejaban la verdad. Y, como muy bien
ellas habían dicho en incontables
ocasiones, no había nada más poderoso.
Se preguntó si ese era el motivo por
el que Venus no había funcionado en el
siglo XXI. Ya no era necesario luchar
por el derecho a votar, a hablar, a
decidir, a dirigir, a cobrar lo mismo que
los hombres o a tener el mismo derecho
a salir de casa, trabajar y llevar la
comida a la mesa. Hoy en día, la vida
había evolucionado, las mujeres habían
conseguido dar un paso adelante, tener
voz y voto y participar en la toma de
decisiones del mundo.
Sí, el mundo había cambiado y
Venus cambiaría.
La ola de calor y olor a cerrado que
la golpeó logró casi que se mareara,
pero se armó de valor y entró,
sorprendiéndose gratamente por la
situación del interior. Por fuera, podía
parecer descuidado, pero dentro los
suelos de madera brillaban, como si
hubieran sido recién pulidos. La zona de
recreo estaba impecable, con una
pequeña cocina moderna con un
microondas y una nevera doble de
aluminio con dispensador de hielo
automático. Había también una mesita
baja y tres cómodos sofás, con cojines
de colores, dándole un toque alegre a la
sala.
No había nada falso, no había fruta
de plástico o flores artificiales. Los
jarrones y el frutero estaban vacíos,
daban muestra de la ausencia de
personal, pero era como si tan solo se
hubieran ido de vacaciones y estuvieran
dispuestas a reincorporarse en cualquier
momento.
Abrió la puerta del baño y no pudo
contener una sonrisa. Los azulejos
negros de las paredes contrastaban con
las baldosas blancas, no había tonos
pastel por ningún lado, su tía Simmons
había sido totalmente contraria a esos
símbolos femeninos, diciendo que cada
mujer era un mundo y las
generalizaciones el primer paso hacia el
patíbulo.
«Toda hembra -y solía utilizar esa
palabra con orgullo- debe tener voz y
capacidad de decisión. ¿Rosa? ¿Por qué
el rosa? ¿Y si me gusta el gris o el
marrón, incluso el azul? ¡Que le den a
las convenciones y al mundo, niña! Pero
sobre todo… ¡que le den a los hombres!
Esos tipos que se creen capaces de
dominar el mundo, cuando no son
capaces ni de dominar su casa, sin una
buena mujer a su lado. Almas cándidas y
generosas, eso son, Laia. No lo olvides
nunca. Merecen nuestro respeto».
Podía ser que su tía hubiera
abandonado la idea de comprometerse y
ocuparse de criar una familia, quedarse
en casa y ser obediente, pero había
respetado con cada aliento a las mujeres
que habían escogido ese camino. Como
ella decía: «La lucha es para decidir.
¿Quiénes somos nosotras para decirles
qué tienen que hacer? Son felices así,
así las dejamos».
Por esa religión suya, tan personal y
única, había vencido las barreras
iniciales y llegado alto en la vida.
Siempre la había admirado y esperaba,
algún día no muy lejano, lograr estar a
su altura.
La zona de la redacción estaba
compuesta por varias mesas, le gustaba
que estuvieran organizadas de forma
circular, dejando claro que todas tenían
el mismo rango, que su opinión pesaba
igual que la del resto.
Todas se habían sentido cómodas,
todas habían luchado por un objetivo
común y habían salido vencedoras.
Se sentó en la mesa de su tía y
observó con mirada perdida la pantalla
plana de última generación del monitor.
Había nacido en una época muy
diferente, pero allí estaba la prueba de
que no se había estancado, había
evolucionado con los tiempos.
La echaba tanto de menos… Deseaba
tanto abrazarla otra vez. Pero ya no sería
posible nunca más.
Ahora había heredado una
responsabilidad y un sueño, planeaba
sacarlo adelante, pero ¿cómo hacerlo?
No iba a ser fácil, tendría que contratar
empleados, cuando no tenía fondos. La
pequeña herencia de su tía se reducía a
la oficina y la casa aledaña. Imaginaba
que estaba en buenas condiciones, a
pesar de su escasa extensión, pero no
tenía modo de reunir suficiente dinero
para pagar. No quería deshacerse de las
propiedades, siempre había soñado con
volver allí y convertirse en su sucesora.
Sin embargo, no había deseado que
fuera así. Solía imaginar que la tía
Simmons y ella, mano a mano, daban un
nuevo giro al lugar, devolviéndole la
gloria de la que había gozado en otro
tiempo.
«¿Qué voy a hacer con todo esto?»,
se preguntó en silencio conteniendo la
oleada de pena que la asaltó. Las
lágrimas anegaron sus ojos, así que se
obligó a tomar aire profundamente para
contenerlas. No habría estado bien
dejarse llevar por la pena, no en aquel
lugar, que era casi un santuario. Lo
había sido para sus predecesoras.
—Sabía que había visto tu coche,
niña. —Esa voz la hizo alzar la mirada
sin contenerse, con la sonrisa en la boca,
antes de darse cuenta de la necesidad de
reconectar y reencontrarse con aquel
espíritu libre que tanto había adorado.
—Tía Millie —gritó corriendo a sus
brazos y achuchándola, antes de poder
evitarlo. Besó su arrugada mejilla y se
apartó, sin soltarla, solo para ver a la
mujer simular cierta molestia y buscar
distancia.
—Vamos, vamos. No me gustan las
muestras abiertas de afecto y lo sabes.
—Trató de sonar gruñona, pero la
conocía demasiado bien.
La mujer en cuestión tenía ahora 87
años, vestía vaqueros y una blusa
estampada con remolinos y líneas de
todos los colores que insinuaba
claramente su escote. Llevaba unas
zapatillas deportivas con cordones
amarillo fosforito y una pulsera de cuero
con tachuelas, que tapaba gran parte de
su muñeca. Era una macarra en toda
regla, siempre lo había sido y la edad no
le restaba un ápice a su personalidad.
—Estás como siempre.
— E n Venus no nos gustan las
mentiras, jovencita. No me hagas darte
una lección —sonó estricta, pero

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