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Libro PDF Cómo detectar mentiras en los niños Paul Ekman

Cómo detectar mentiras en los niños Paul Ekman

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Las catedráticas Norma McCoy y Linda Camras, ambas psicólogas del desarrollo,
y Robert Ornstein, psicólogo y escritor, leyeron con atención un primer borrador de
este libro y me ofrecieron muchas sugerencias útiles. El catedrático John Yuille,
psicólogo especializado en testimonios infantiles, y los doctores Henry Massie e Irving
Philips, ambos psiquiatras infantiles, me dieron útiles opiniones sobre los dos últimos
capítulos.
La catedrática Maureen O’Sullivan entrevistó conmigo a los niños con respecto a
sus actitudes hacia la mentira y también me ofreció consejo sobre el libro. Mi buen
amigo Robert Pickus, qué ha sido un modelo de cómo educar niños maravillosos, así
como un mentor moral, me dio muchas ideas y apoyo. Perry Garfinkel fue un valioso
editor, que afiló mi prosa y me instó a llenar algunos huecos que yo estaba intentando
evitar.
Mi esposa Mary Ann me animó desde el principio a escribir este libro, fue una
crítica aguda y contribuyó con dos importantes capítulos. Mi hijo Tom aceptó el reto
de participar en este libro y escribió su propio capítulo, que me enseñó algunas cosas
que desconocía.
Mi investigación sobre la mentira y la preparación de este libro fue posible gracias
al premio Research Scientist Award otorgado por el Instituto Nacional de Salud
Mental (MH 06092).
Introducción
EL ALTO RIESGO DE LAS MENTIRAS
«Mi hijo Billy me mintió y sólo tiene cinco años. ¿Es eso normal?»
«Sé que Joanne miente cuando me dice que no fuma marihuana, pero no puedo demostrarlo. ¿Qué
debería hacer yo?»
«Michael miente constantemente. ¿Dejará de hacerlo cuando se vaya haciendo mayor?»
«Heather no me cuenta lo que hace en sus citas con los chicos. Dice que no es asunto mío, pero ¿acaso
no tengo derecho a saberlo? Sólo estoy intentando protegerla.»
«Cuando mi hija me miente, me preocupa pensar que puedo estar haciendo algo que la haga mentir.»
Éstas son preocupaciones comunes de todos los padres. Llegan a tener un fuerte
impacto cuando alguien viene y te dice: «Mi hija se lo pasó estupendamente en la
fiesta de tu hijo la semana pasada. Me dijo que tú y Mary Ann fuisteis unos vigilantes
perfectos: ¡nadie os vio!».
Así es como supe que mi hijastro, Tom, entonces de trece años de edad, me había
mentido. Al parecer había dado una fiesta una noche de verano en nuestra cabaña de
Inverness, una comunidad rural a unos sesenta kilómetros costa arriba de nuestro
hogar en San Francisco. Rápidamente asumí que la fiesta debió de haber ocurrido
cuando tanto mi esposa, Mary Ann, como yo pasamos una noche en la ciudad por un
tema de trabajo.
Tom sabía que en las fiestas tenía que haber algún adulto presente. Los padres de
Inverness habían dejado muy claro este tema a sus hijos. Especialmente después de
que hubiéramos descubierto que algunos niños habían estado bebiendo en una fiesta
no vigilada el verano anterior. Queríamos evitar que se repitiera ese incidente.
Unas semanas antes yo había animado a Tom para que diera una fiesta. «Tu madre
y yo nos haremos invisibles», le prometí. «Nos quedaremos en el estudio.» El estudio
está a cuarenta y cinco metros de la cabaña, tras unos árboles. Tom había asentido
distraídamente y se había olvidado del tema.
Cuando empecé a atar cabos, la madre que me había estado dando las gracias puso
una cara inquisitiva. «Hubo una fiesta, ¿no?», preguntó, esperando que la
tranquilizara. Francamente, yo estaba aturdido y desconcertado. «Oh sí», murmuré, y
me marché. El dolor, la decepción y el enojo llegaron unos momentos después. Y,
mucho después, apareció el sentido del humor.
Ahí estaba yo, supuestamente una de las principales autoridades mundiales sobre
la detección de mentiras, y además en proceso de escribir un libro sobre los niños y
las mentiras, nada más y nada menos, y ¡engañado por mi propio hijo! Pensé en lo
tonto que les parecería a mis amigos. Me sentí avergonzado por mi desconcierto. Más
tarde me sentí todavía más avergonzado por haber mentido a la madre cuando dejé
que creyera que estaba al tanto de la fiesta.
Un año justo antes de este incidente había publicado Telling Lies[1], un estudio en
profundidad sobre las mentiras de los adultos, basado en veinte años de investigación.
Aunque Tom no había leído el libro, conocía mi experiencia y, de hecho, me veía con
orgullo cuando yo aparecía en programas televisivos promocionando el libro. Sabía
que soy un experto en detectar cuando alguien miente, leyendo las expresiones
faciales, los gestos o los cambios de voz. Una vez comentó que sus amigos le habían
dicho lo duro que debía de ser vivir con un padre capaz de detectar cualquier mentira.
Querían saber si alguna vez había intentado colarme una mentira. Tom nos dijo que
les había respondido que no valía la pena intentarlo.
Pero ahora, al parecer, sí había valido la pena. Me pregunté si acaso uno de sus
motivos había sido comprobar su capacidad, para ver si el viejo era tan bueno como
se decía. Después de todo, Tom estaba entrando en la adolescencia, un tiempo en que
el chico o la chica necesita expresar su diferenciación de los padres. Es un viejo tema
entre padres e hijos y madres e hijas.
La mentira de Tom puede que no parezca una infracción grave a la mayoría de
padres. No obstante, incluso una mentira tan corriente provoca significativos
interrogantes en la mente de un padre.
Aparte de no saber qué hacer con, para o a un niño que miente, muchos padres
están confusos en cuanto a cómo reaccionar. Pasamos del enfado a la culpabilidad, de
la negación a la responsabilidad, de querer castigar al niño a querer ignorar la mentira
por completo.
Mary Ann y yo estábamos muy dolidos por la fiesta secreta de Tom. También
estábamos conmocionados, no por la magnitud de la mentira, sino por sus
implicaciones. Tom había sido siempre un niño en quien podíamos confiar. Solíamos
presumir de que cuando decía que volvería a casa a las seis de la tarde, siempre lo
hacía. Confiábamos en él implícitamente. No era propio de Tom mentir. ¿Por qué el
cambio repentino?
Tras la conmoción y el enojo inicial, mis sentimientos de haber sido traicionado se
convirtieron en decepción. Entonces empecé a culparme a mí mismo por la mentira de
Tom. ¿Era culpa mía por darle demasiada responsabilidad, por dejar que un chico de
trece años pasara la noche solo? ¿Acaso su engaño, tan bien planeado y puesto en
práctica, significaba que había fracasado como padre? Pensé que debía de haber
hecho algo malo, quizás un montón de cosas, para que mi hijo me engañara. Me llevó
mucho rato separar su responsabilidad de la mía.
Al principio me tentó la posibilidad de atrapar a Tom. Nos había engañado a su
madre y a mí, actuando a nuestras espaldas, y el deseo de devolverle la pelota era
inmenso. Ahora tenía yo la sartén por el mango. Él todavía no sabía que yo lo sabía.
Pensé en ponerle a prueba, para ver si me mentiría a la cara. Podría decirle: «Dime,
Tom, ¿qué hiciste la noche del miércoles pasado cuando tu madre y yo nos quedamos
en la ciudad?». Podía presionarle un poco más preguntando: «Tom, ¿había alguien
más en casa el miércoles por la noche?». ¿Debería decirle todo lo que sabía para que
no dijera más mentiras para salir del paso? Si no hubiera tenido el tema de los niños y
de las mentiras tan en mente, quizás hubiera reaccionado de manera diferente.
Probablemente habría actuado más desde el enojo que desde la razón, buscando
vengarme antes que intentar reforzar en él la sinceridad.
Pero eso de «reforzar la sinceridad» se dice pronto. Existen muchas opciones, y
uno no sabe nunca exactamente cuál de ellas producirá el mejor resultado.
Habían transcurrido sólo unos minutos desde que la madre había revelado, sin
saberlo, el engaño de Tom. Sabía que Tom estaba por los alrededores, así que le
busqué. Estaba en la bahía, haciendo rebotar piedras en el agua. Le llamé. «Estoy muy
disgustado», dije. Podía sentir el calor en la cara y luché por mantener la calma.
«Acabo de saber que diste una fiesta a nuestras espaldas y que me mentiste sobre
ello.»
Se quedó atónito y el ver la culpa y el pánico en su cara acabó con mi enfado. De
repente sentí pena por él y por mí, porque recordé en ese momento lo que se siente
cuando tienes su edad y te atrapan en una mentira. «No quiero hablarte de ello esta
noche», le dije con voz pausada. «Necesito tiempo para pensarlo, pero esto es muy
grave. Quiero que lo pienses y que estés listo para explicar mañana por la mañana lo
que hiciste y lo que crees que tu madre y yo deberíamos hacer al respecto.»
Sabía por experiencias pasadas que Tom es del tipo de chico que siempre se
inventa los más duros y draconianos castigos por sus faltas, mucho peor que
cualquiera que pudiéramos pensar su madre o yo. Pensé que sería bueno para él que
se preocupara por ello y que tuviera en consideración lo que significaba. También me
diaría tiempo a mí para pensarlo bien y estar más seguro de que no volvería a sentirme
enojado.
A la mañana siguiente, después de hablarlo con mi esposa la noche anterior, le
castigamos a no salir durante un mes, prohibiéndole que saliera por las noches o que
se reuniera con sus amigos. Le dijimos que puesto que ya no podíamos confiar en él,
no podíamos dejar que pasara la noche solo. Durante el resto del verano, siempre que
yo tenía que pasar una noche en la ciudad, no le dejaba solo en la cabaña de
Inverness. En su lugar, tenía que venirse conmigo en el coche a San Francisco y
regresar a la manaña siguiente. Eso resultaba aburrido para él, pero lo peor vino en
otoño, cuando Tom empezó a involucrarse en serio en la vida nocturna de los sábados
en la ciudad. Antes, cuando teníamos previsto pasar el fin de semana en Inverness,
siempre habíamos dejado que se quedara en la ciudad para acudir a una fiesta. Ahora
ya no. Tenía que venir con nosotros y perderse la fiesta. Esta pérdida de libertad no
era para castigarle; era simplemente la consecuencia de sus acciones. Naturalmente fue
una lección importante para él, más importante que el castigo de no poder salir.
Aprendió lo duro que es vivir con personas que no confían en ti. También resultó
duro para nosotros.
Mientras escribo esto —más de dos años después del incidente— por primera vez
confiamos en Tom para que pase la noche solo. Ya es algo más mayor y hemos
hablado del incidente en muchas ocasiones. Siempre que ha surgido algo sobre lo que
pudiera haber estado tentado de mentirnos, he ido con mucho cuidado planteándole
cuestiones de manera que se animara a decir la verdad. No: «¿Quién rompió el
jarrón?» o: «¿Rompiste tú el jarrón?» sino: «No deberíamos haber guardado ese jarrón
en un lugar tan vulnerable; era fácil darle un golpe y que se rompiera. ¿Fuiste tú o tu
hermana?».
Me he esforzado en hacerle comprender por qué no debería celebrar fiestas
secretas, por qué es importante que haya adultos presentes en un grupo de niños. A
veces le recuerdo un incidente que ocurrió hará unos seis meses. Tom recibió la visita
de un grupo de amigos un sábado por la tarde, Mary Ann y yo teníamos que ir de
compras y nos llevamos a nuestra hija Eve, y dejamos a Tom y sus amigos solos
jugando a ping-pong y viendo la televisión.
Llegamos a casa unas horas después, abrimos la puerta delantera y nos invadió un
olor a gas. El piso de arriba estaba lleno de un gas tóxico y peligroso. Tras abrir
rápidamente todas las puertas y ventanas y hacer que todos salieran de casa,
descubrimos que Tom y sus amigos habían estado tostando malvaviscos en la
chimenea. No sabían que hay que abrir el cañón de la chimenea para dejar escapar el
gas y el dióxido de carbono; solamente sabían que hay que hacerlo para encender el
tronco calentador de gas. Un error inocente, pero que hubiera podido tener graves
consecuencias.
Creo que este incidente convenció a Tom de lo fácil que es que un grupo de niños
que juegan solos se meta en líos, y por qué es importante que haya algún padre por
allí. Antes de dejar que Tom se quedara solo en casa de noche, me aseguré de que
comprendiera que ésta era una prueba importante para ver si podíamos confiar de
nuevo en él. Sin que tuviera que decírselo, él también sabía que si defraudaba nuestra
confianza una vez más, no tendría otra oportunidad.
Las mentiras son uno de los temas cruciales de la vida familiar. Imagínese lo
complicado y penoso que sería si nunca pudiéramos confiar en lo que la gente nos
dice. Resultaría imposible si tuviéramos que comprobar y verificar todo lo que nos
cuentan. Debemos confiar en lo que la gente nos dice; esto es, hasta que descubrimos
una mentira. Entonces aprendemos a no confiar. Ese conocimiento puede causar
estragos en las relaciones íntimas. ¿Qué pasaría si siempre tuviéramos que
preocuparnos por la verdad de todos los comentarios que nos hace nuestro hijo,
amigo o cónyuge? «Esta noche llegaré tarde, tengo que quedarme a hacer un trabajo
en la oficina.» (¿Estará él o ella teniendo un lío con alguien de la oficina?) «He
terminado los deberes.» (¿Es cierto o es que es la hora del «Show de Bill Cosby»?)
No es que todo el mundo diga siempre la verdad, o que siempre tengamos la
necesidad de saberlo. La buena educación a menudo requiere un poco de invención.
«Ha sido una comida deliciosa, pero me siento demasiado lleno para repetir», dice el
invitado cuando la anfitriona no es muy buena cocinera. «Sentimos no poder venir, es
que no hemos podido conseguir una canguro», se disculpan los vecinos cuando la
auténtica razón es que quieren evitar lo que creen va a ser una aburrida velada. El
tacto suele precisar evasivas, adornos y a veces decir algo que es totalmente falso.
El difunto profesor Erving Goffman, uno de los sociólogos americanos punteros,
consideraba la totalidad de la vida social como una actuación en la que todos
interpretamos los papeles que se esperan de nosotros. Según su punto de vista, nadie
dice nunca la verdad, y no es la verdad lo que importa. Lo que importa es que
sigamos las reglas de la vida social, en su mayor parte no escritas. Estoy de acuerdo
con el profesor Goffman. Alguien puede demostrar que le importamos no diciendo la
verdad, para evitar herir nuestros sentimientos. A veces el mensaje falso es el que nos
hace saber lo que alguien va a hacer. Cuando le pregunto a mi secretaria: «¿Cómo
estás?» por la manaña, realmente no quiero saber que se siente desgraciada porque ha
tenido una pelea horrible con su hijo. Quiero saber que podrá hacer bien su trabajo, lo
cual me asegura cuando miente y me dice: «Bien».
Hay excepciones, ejemplos en los cuales alguien no está simplemente
interpretando un rol social sino mintiendo descaradamente, momentos en que uno
esperaba que se le dijera la verdad y ello no ocurre. Si hubiéramos sabido que la
persona nos iba a mentir, habríamos actuado de manera diferente, hecho otros planes,
evaluado a la persona de otra manera. Lo que esa persona gana o pierde al mentir no
resulta trivial ni para ti ni para ella. Lo que está en juego es muy importante. Cuando
se descubre una mentira así, nos sentimos heridos. Duele. Nuestra confianza se ve
traicionada. El profesor Goffman las llamaba «mentiras descaradas».
Las mentiras descaradas traicionan y corroen la intimidad. Generan desconfianza y
pueden destruir una relación íntima. Los padres no pueden cumplir adecuadamente
con su papel de proteger, aconsejar y guiar a sus hijos si disponen de información
incorrecta o falsa. Y sin embargo, todos sabemos que a veces nuestros hijos nos
mienten. Después de todo, muchos de nosotros podemos recordar cómo mentíamos a
nuestros padres cuando éramos pequeños. ¿Qué debemos hacer como padres? ¿Cómo
podemos conservar la confianza y generar sinceridad sin resultar invasores y dejar a
nuestros hijos su intimidad y autonomía mientras crecen? No queremos convertir cada
mentira en un caso federal, pero tampoco queremos animarles a mentir dejándola
pasar. No queremos ser un blanco tan fácil que nuestro hijo se vea tentado a mentir,
pero tampoco queremos ser tan desconfiados que sospechemos de nuestros hijos
cuando deberíamos confiar en ellos.
Éstas son cuestiones difíciles que no tienen una respuesta fácil. A pesar del
importante papel que juega la mentira, muy pocas personas se han puesto a pensar
seriamente en su naturaleza. Pocas personas han pensado mucho sobre la mentira y el
por qué y el cuándo mienten. La mayoría de nosotros mentimos con más frecuencia
de la que pensamos y pensamos aún menos en qué influencia pueden tener estas
mentiras sobre nuestros hijos. La mayoría de padres descubre que no están preparados
cuando se enfrentan con la primera mentira grave de su hijo.
He estado estudiando profesionalmente la mentira desde hace más de veinte años,
pero no resultó fácil trabajar con ello como padre. He estudiado o pensado en las
mentiras entre médico y paciente, marido y mujer, solicitante de trabajo y empresario,
delincuente y policía, juez y testigo, espía y contraespía, político y votante, pero sólo
desde hace poco entre padres e hijos. Mi estudio previo sobre las mentiras se centraba
en encontrar los indicios del engaño, señales reveladoras en la cara, el cuerpo o la voz
que descubren al mentiroso. Basándome en el cuidadoso análisis de miles de horas de
grabaciones en vídeo de entrevistas con adultos, desarrollé una teoría para explicar
cómo difieren las mentiras, por qué algunas fracasan mientras que otras tienen éxito, y
si el mentir es siempre malo.
Mi interés por las mentiras infantiles se despertó tras la publicación Delling Lies.
En programas radiofónicos y televisivos de promoción del libro, me vi frente a una
multitud de cuestiones que me planteaban los padres y para las cuales tenía muy pocas
respuestas útiles. Eran preguntas apremiantes y la intensidad emocional de las voces
de los padres indicaba una profunda preocupación y una frustración aún más
profunda. Sus preguntas eran como las que empezaba a encontrarme en la relación
con mis propios hijos, y tras mi primera experiencia de un tropiezo en directo, me fui
a la biblioteca y consulté todos los libros populares sobre cómo ser padres. Para mi
sorpresa, no encontré más de una página o dos sobre las mentiras. No pude encontrar
ningún libro que tratara específicamente de los niños y las mentiras, ni ninguno escrito
para científicos o el público en general que no tuviera como mínimo cincuenta años.
Existe algún material más sobre las mentiras infantiles en las publicaciones
técnicas científicas, pero dada la importancia del tema en la vida familiar, tampoco es
tanto. Leyendo esa literatura encontré algunas respuestas, pero nadie las había
recopilado para que pudieran servir de guía a los padres.
Para llenar algunos de los huecos, mi colega, la doctora Maureen O’Sullivan,
catedrática de psicología de la Universidad de San Francisco, y yo, entrevistamos a
unos sesenta y cinco niños de una escuela local. También entrevisté a más de
cincuenta padres y a casi todos mis amigos y colegas que tienen hijos.
La mayor parte de los estudios sobre las mentiras infantiles se han basado en lo
que dicen los padres y los profesores. Yo quería descubrir qué opinan los niños. En
especial, quería preguntarles: «¿Por qué mientes?». Quería plantearles algunos dilemas
morales sobre el tema de la mentira y ver si habían pensado en ellos. Quería descubrir
su actitud con respecto a mentir para proteger a otra persona, a mentir por lealtad a los
suyos. También quería descubrir a qué edad pensaban que podían salirse con la suya
con sus mentiras.
El hablar con los niños individualmente resultó divertido. Para la mayoría, su
primera reacción fue de sorpresa. Nadie les había pedido que hablaran sobre la
mentira en un contexto en que se les garantizaba el anonimato y también que no
habrían represalias. No obstante, aunque les aseguré que nadie sabría quiénes eran
(utilizando un ordenador portátil les mostraba cómo sus datos quedaban archivados
por un número, no por el nombre), todavía no puedo estar totalmente seguro de que
sus respuestas no fueran censuradas. No obstante, fueron relativamente abiertos si
consideramos que estaban hablando con un adulto de algo por lo que podrían ser
castigados si se lo dijeran a sus padres.
Ése no fue mi primer encuentro con los niños como sujetos. He sido psicólogo
escolar y también psicoterapeuta de niños neuróticos y esquizofrénicos. En 1967
entrevisté a niños en Nueva Guinea mientras investigaba la universalidad de las
expresiones faciales. A principios de los años setenta fui uno de la docena de
científicos sociales a los que el U.S. Surgeon General encargó un estudio de un año
sobre los efectos de la violencia televisiva sobre los niños.
Para escribir este libro me he basado en más de veinte años de investigación sobre
el tema de las mentiras; en mi análisis, integración y síntesis de los escritos científicos
que he podido encontrar; en nuestras entrevistas, que llenaron huecos y aportaron un
valioso material para consideraciones adicionales; y en mi experiencia como padre.
Este libro es para los que también son padres. También es para mis compañeros
científicos, quienes espero se sientan motivados para investigar más sobre los niños y
las mentiras.
Éste es un libro familiar, escrito para las familias por una familia. Cada miembro
de nuestra familia ha contribuido a él. Somos en muchos aspectos una familia típica;
en otros no lo somos tanto.
Mary Ann Mason Ekman y yo somos dos padres que trabajan, ella está en la
cuarentena y yo en la cincuentena. Para ambos, no es nuestro primer matrimonio. El
padre de Tom murió cuando él tenía ocho años, dos años después de que Mary Ann y
yo nos casáramos. Ese mismo año nació nuestra hija Eve. Ahora tiene ocho años.
Nuestra vida es agitada, típica de muchas familias. Como tenemos más edad,
nuestras carreras son más estables, estamos más tranquilos y no tan preocupados con
nuestro trabajo y nos encontramos en un punto de nuestras vidas en que podemos
dedicar más tiempo a nuestros hijos. Tanto Mary Ann como yo hemos pasado por las
tormentas personales, culturales y políticas de la juventud y hemos regresado a unos
valores bastante tradicionales. La familia es nuestro principal compromiso; el trabajo
el segundo. Raramente trabajamos de noche, y casi nunca en fin de semana.
Compartimos bastante por igual el cuidado de los hijos. Al educar dos hijos con ella, a
menudo he confiado en el criterio de Mary Ann. No siempre ha estado acertada (¿y
quién puede estarlo?), pero siempre trata los temas desde una perspectiva muy
meditada.
En términos de disciplina, nuestros estilos se podrían definir como
complementarios. Mary Ann es más laissez faire; yo soy más tradicional. Pero hay
veces en que los roles se intercambian. Típico de la interacción entre padre-hijo del
mismo sexo, Mary Ann es más dura con Eve, y yo soy más duro con Tom. Ninguno
de los dos hemos utilizado jamás disciplina física. En general nos equilibramos
mutuamente.
Sobre el tema de las mentiras, nuestras ideas han cambiado considerablemente en
los últimos dos años. Ambos tenemos más cuidado y somos más conscientes de cómo
damos ejemplo a nuestros hijos con respecto al tema de la sinceridad.
Aunque mi hija, Eve, no pudo escribir un capítulo, su vida nos ha aportado
ejemplos y revelaciones sobre el tema de la verdad y la mentira en relación con los
niños pequeños.
Debido a que los padres encuentran tan difícil comprender qué piensa un
adolescente sobre las mentiras, le pedí a Tom que contribuyera con un capítulo. La
única condición fue que tenía que ser sincero. Aparte de sus propios pensamientos y
sentimientos, ha incluido algunos comentarios de los amigos que entrevistó. Su punto
de vista adolescente sobre por qué mienten los niños es interesante, sincero y está
sorprendentemente bien escrito —si se le permite decirlo a un padre orgulloso—. Al
dirigirse directamente a los padres, Tom ofrece algunos consejos sobre qué hacer
cuando se descubre al hijo en una mentira.
Los dos capítulos de Mary Ann son testimonio de su primera experiencia como
profesora de historia social americana y, más recientemente, como abogada
especializada en temas de divorcio y custodia. Su propio libro, The Equality Trap
(Simón and Schuster, 1988), examina las graves dificultades de las mujeres y los niños
en la América actual. En este libro, Mary Ann da consejos sobre cómo responder
cuando sospechas que tu hijo te está mintiendo. Sus sugerencias, que son una
combinación de sus ideas y de las mías, están basadas en parte en mi análisis de la
literatura científica. También se basan en su perspectiva histórica, su trabajo legal con
familias en crisis y nuestra experiencia conjunta como padres.
En los últimos años han habido niños que han tenido que testificar ante un
tribunal sobre asuntos muy graves, desde casos en los que se disputa su custodia,
acusaciones penales de abusos sexuales, hasta situaciones en las que los niños han
testificado en contra de sus propios padres sobre temas relacionados con la droga. Su
validez como testigos ha sido cuestionada por abogados y jueces, así como por el
público en general. Mary Ann se basa en su experiencia como practicante de derecho
familiar para explicar los dilemas y controversias que rodean al niño en el tribunal.
En los capítulos que he escrito yo, me he basado en mis propias ideas sobre las
mentiras, así como en la literatura científica ya existente, en las entrevistas realizadas y
en mi experiencia con mis hijos.
¿Realmente me había mentido Tom? Ciertamente se había comportado
solapadamente ocultando lo de la fiesta, pero no me había dicho nada falso. Tom
sabía que había hecho algo malo, pero protestó diciendo que él no pensaba que
hubiera sido una mentira. Yo sí. Existen diferencias entre esconder la verdad y decir
algo que es falso, pero yo sigo pensando que ambas cosas son mentiras, como
explicaré. También describo con detalle las diferencias entre mentirijillas, trucos y
mentiras graves. Es fácil decir que todas las mentiras son malas, pero la mayoría de
padres no trata todas las mentiras por igual. No quieren que sus hijos digan siempre la
verdad sobre cualquier tema: no se alaba a un acusica, ni tampoco la verdad sin tacto.
¿Dónde hay que trazar la línea entre una mentira buena y una mentira mala, y quién se
encarga de trazarla?
Algunos padres pueden animar inadvertidamente con su ejemplo a que los niños
mientan. Algunos niños son como esponjas, absorben todo lo que ven y oyen.
También les encanta señalar las hipocresías de sus padres:
«¿Por qué si yo hago trampas en el examen de la escuela, es peor que si las hacéis tú y mamá en la
declaración de renta?»
«¡Acabas de decirle una mentira a ese vendedor por teléfono, mamá! ¿Por qué no le has dicho la verdad
en lugar de decir que estábamos a punto de salir?»
Pero el modelo paterno inapropiado es sólo uno de los factores a considerar al
intentar comprender por qué unos niños mienten más que otros. También juega un
papel la inteligencia, la personalidad, el ajuste y las amistades del niño, como
explicaré.
¿Podría Tom haber seguido escondiendo la verdad si esa madre no me hubiera
hecho el comentario sobre la fiesta? Como experto en detectar los indicios del engaño,
¿podría haber atrapado a Tom yo solo sin ninguna ayuda? ¿Hay que ser un experto
para detectar la mentira de un niño o cualquier padre o madre puede hacerlo si quiere?
O lo que es más importante, ¿deberían los padres jugar a detectives o espías cuando
deberían pasar más tiempo siendo buenos padres? Yo exploro esta cuestión, y también
explico por qué los niños mienten mejor a medida que crecen.
He intentado dejar claro cuándo se trata de mis opiniones como psicólogo, cuándo
éstas se basan en una investigación sólida, y cuándo lo hacen en mi experiencia como
padre. Antes que simplemente describir los resultados, invito al lector a explorarlos
conmigo, a participar en el proceso de evaluar el material. Puede que usted no esté
siempre de acuerdo con mis opciones y sugerencias, pero sabrá cuáles son las
alternativas y por lo menos dispondrá de suficiente información para decidir por usted
mismo.
Como se irá viendo, no doy todas las respuestas. Se necesita mucha más
investigación, y ello lleva tiempo. Pero como padre, no puedo permitirme esperar ese
tiempo. Necesito saber ahora qué tengo que hacer con mi hija y mi hijo. Entretanto, lo
que ofrecemos aquí es un libro de trabajo de una familia con una base de
conocimientos sobre las opciones y alternativas de tratar con los niños y las mentiras.
Esperamos que resulte de ayuda a los padres para estar mejor preparados para poner
en práctica programas que fomenten la sinceridad y, en definitiva, ayudar a que padres
e hijos tengan una relación más estrecha, de mayor confianza y cariño.
1.
Mentirijillas, trucos y alardes:
los matices del significado y motivación del mentir
«¿La mentira más gorda que jamás he dicho?» Jack, un chico de séptimo curso,
repitió mi pregunta mientras miraba hacia otro lado. Tras una larga pausa, me miró
directamente y dijo: «¿De verdad me aseguras que mis padres no lo sabrán nunca?».
«No, no lo sabrán», dije. «Ésta es una entrevista confidencial para una
investigación, entre tú y yo. Acuérdate que cuando empezamos ni tan siquiera anoté tu
nombre.»
Le estaba diciendo la verdad. Jack es un nombre ficticio, porque no anoté el
nombre real de este chico (ni de ningún otro). Para asegurarme de que sus padres no
lo podrían identificar aunque leyeran este libro, también he cambiado algunos detalles
de lo que me dijo.
«Estoy intentando descubrir lo que opinan los niños sobre las mentiras», proseguí.
«Sabemos muchas cosas de lo que opinan los padres, pero muy poco sobre lo que
piensan y hacen los niños. Por eso te estoy entrevistando, a ti y a otros niños de
primero, séptimo y undécimo curso.»
Jack volvió a desviar la mirada cuando empezó a hablar, mirándome sólo
ocasionalmente cuando yo escribía lo que él decía. «Cuando pasaba por el despacho
di un golpe al teclado del ordenador de mi padre y se cayó de la mesa. Sabía que se
enfadaría mucho; está loco por ese ordenador. Así que lo volví a poner en su sitio y
no dije nada. Al día siguiente mi papá dijo: «¿Alguien ha estado haciendo el tonto con
mi ordenador? No puedo conseguir que funcione». Yo no dije nada. Le preguntó a mi
hermano y él dijo que no, y entonces me preguntó a mí. Dije: «No, no lo he tocado».
Jack engaño a su padre igual que Tom nos había engañado a nostros acerca de la
fiesta secreta que había celebrado la noche en que su madre y yo no estábamos en
casa. Jack en realidad sí dijo algo falso: «no lo he tocado», mientras que Tom no tuvo
que decir nada falso para engañarnos. Lo pudo hacer simplemente ocultando el tema.
Existen muchos tipos de mentiras, igual que hay muchas variaciones de la verdad.
Las razones por las cuales las personas mienten pueden ir desde querer evitar el
castigo hasta querer proteger la intimidad. Podemos examinar cómo difieren las
mentiras desde distintos puntos de vista. Podemos estudiar la técnica que utilizó el
niño para llegar a la mentira. Podemos examinar el motivo por el cual el niño decidió
mentir. Podemos adoptar la perspectiva del blanco de la mentira, examinando si éste
era confiado o suspicaz. O podemos considerar el impacto de la mentira y el daño que
le hizo al blanco, al mentiroso o a alguien más. Estas perspectivas están
intrincadamente entrelazadas y deberemos tenerlas todas en consideración para poder
entender cómo difieren las mentiras entre sí.
¿EXISTE ALGUNA DIFERENCIA ENTRE ESCONDER Y MENTIR?
Algunas personas dirían que Jack mintió y Tom no, pero yo creo que no existe
mucha diferencia entre decir algo falso y esconder la verdad. Ambas cosas son
mentira. El propósito es el mismo: engañar deliberadamente. Si hubiera existido una
serie de problemas previos con ese ordenador, puede que el padre de Jack no hubiera
pensado en preguntar a sus hijos si habían estado jugando con él. Jack no hubiera
tenido que decir nada falso. Al igual que Tom, Jack podría haberlo escondido sin
tener que decir nada falso. Si Tom hubiera sido menos escrupuloso al limpiar los
restos de la fiesta, se hubiera encontrado en la misma situación que Jack. Yo le podría
haber preguntado: «Tom, ¿qué están haciendo todos esos vasos y platos de papel en la
basura?». Tom hubiera tenido que contestar con algo falso, si hubiera sido lo
suficientemente listo para inventarse una respuesta sobre la marcha. (Por cierto, los
mentirosos profesionales no dejan esos temas al azar. Preparan sus respuestas con
antelación y memorizan una respuesta creíble para todas las preguntas que creen que
su presa les podría plantear).[1]
Nuestras entrevistas con niños demostraron que la mayoría de ellos reconoce que
ocultar la verdad es un tipo de mentira, como se puso en evidencia por su reacción
ante la siguiente historia que les contamos:
Robert (o Jane si le preguntábamos a una niña) había estado jugando con la cadena de música de sus
padres, aunque éstos le habían dicho que no la tocara si ellos no estaban presentes. Sin querer, Robert la
había roto y tenía miedo a que sus padres le castigaran si se enteraban. Cuando sus padres regresaron a
casa, fueron a poner música y vieron que el aparato no funcionaba. Esa noche en la cena preguntaron:
«¿Alguien sabe qué le ha ocurrido a la cadena de música? y miraron directamente a Robert, pero Robert
no dijo nada.
Al final de la historia les preguntábamos si pensaban que el niño había mentido al
no decir nada cuando sus padres preguntaron quién lo había roto. El setenta por
ciento de los niños, tanto de primer como de undécimo curso, dijeron que era una
mentira.
Esconder no resulta más justificable, moral ni correcto que falsificar[1a].
Simplemente son técnicas diferentes de mentir. La técnica que escoge un mentiroso
depende de lo que requieran las circunstancias. Todo el mundo, niño o adulto,
prefiere encubrir la verdad antes que decir algo falso. Es más fácil. El ocultador no
tiene que recordar ni defender una línea falsa. Y el esconder no parece tan malo.
Parece peor, tanto para el que miente como para aquel a quien se miente, ser víctima
de una aseveración falsa («¡Me mentiste en mi propia cara!») que de una ocultación.
Para falsificar hay que ir un paso más allá. Es más difícil volver atrás.
Con la ocultación, el mentiroso puede pensar (o, una vez descubierto, sostener)
que estaba a punto de confesar y que no hubiera mentido si se le hubiera preguntado
directamente. Puede que eso incluso sea cierto.
Tom no está de acuerdo conmigo. Él no cree que mintiera con respecto a la fiesta.
Para él mentir significa decir algo falso, mientras que la ocultación no es una mentira.
Le he exigido una explicación sobre este tema, señalando que puesto que él sabía que
tenía que decirnos si pensaba celebrar una fiesta, no teníamos necesidad de
preguntarle, cada vez que le veíamos: «¿Que has dado una fiesta?». Él tenía la
obligación de informarnos. Para asegurarme de que comprendía el nudo de la
cuestión y no nos volvería a ocultar nada, también utilicé el ejemplo de los problemas
en la escuela. Él sabe que si se mete en líos graves en la escuela, digamos por ejemplo
que el director amenaza con expulsarle si interviene en otra pelea, él tiene que
decírnoslo aunque no se lo preguntemos. Queda entendido que no vamos a
preguntarle cada día: «¿Te metiste en algún lío en la escuela?» Todo lo que
necesitamos hacer es decirle, de una sola vez por todas: «Si alguna vez te metes en lo
que podríamos considerar un lío en la escuela, debes decírnoslo». Tom está de
acuerdo en que nos engañó y rompió nuestro entendimiento sobre qué cosas tenía que
decirnos, pero sigue sin querer llamarlo una mentira.
MENTIRAS QUE PUEDEN SER ADECUADAS
Algunos lectores podrán opinar que no importa por qué Jack o Tom mintieron.
Simplemente, todas las mentiras son malas. Eso es lo que podemos inferir de la
respuesta de Vicki Frost, de treinta y cuatro años, madre de cuatro hijos y cristiana
fundamentalista, que dirigió una protesta de padres contra la directiva de la escuela
local. Según la revista Time: «… Criticó los materiales que acompañaban a The
Forgotten Door, una novela corta en la que un niño miente para proteger a alguien. La
edición para profesores del texto sugiere a los educadores que discutan en clase si una
“mentirijilla” a veces podría ser “un bien”. Frost mantenía que la Biblia da la “orden
tajante” de no mentir nunca»[2].
Vicki Frost no es la única. Teólogos y filósofos han debatido durante siglos sobre
si todas las mentiras son igualmente dañinas o pecaminosas. Muchos han
argumentado que existen casos en los que se puede justificar una mentira. Citan el
ejemplo clásico de despistar a un pretendido asesino que pregunta si la persona que
está persiguiendo se ha refugiado en tu casa. El argumento que justifica la mentira es
el de que el asesino no tiene derecho a la información verdadera[3]. En un estudio
reciente se pedía a estudiantes universitarios que puntuaran lo mal que estaban
diferentes tipos de mentiras en una escala que iba del 1 (si la mentira era
extremadamente mala) al 11 (si pensaban que era permisible). Se descubrió que los
estudiantes puntuaban como más permisibles las mentiras que salvaban a otros del
dolor, vergüenza o turbación; también las mentiras que protegían la propia intimidad
de una intrusión no permitida. Las mentiras que perjudicaban a otros o que cuyo
único propósito era el beneficio propio fueron las que se consideraron peores[4]. Al ir
creciendo, los niños adquieren una actitud más favorable acerca de las mentiras
altruistas. La mayoría de padres enseñan a sus hijos a mentir si el decir la verdad
pudiera poner en peligro al niño. Para comprobar lo que opinan los niños sobre ello,
les planteamos la siguiente cuestión:
Imagínate que estás sólo en casa y un hombre con aspecto de criminal viene a la puerta. El hombre
pregunta si tus padres están en casa, y tú tienes miedo de que si le dices la verdad pueda entrar en la casa
y robar algo o hacerte daño. Así que le dices: «Sí, mis padres están los dos en casa, pero en este momento
están haciendo una siesta; tendrá usted que venir más tarde». ¿Es eso una mentira? ¿Tú lo harías?
Todo el mundo aprobó esta mentira, pero muchos de los niños más pequeños se
negaron a llamarla mentira. «Es una mentirijilla», explicó un chico. «Es que si no te
podría hacer daño.» Una niña lo expresó así: «No es una mentira porque él te podría
hacer daño, sabes». Otra dijo: «No es una mentira porque podría provocar un
incendio o matarte o dar tus cosas a otro».
En mi opinión, no se trata de una mentirijilla ni de una mentira piadosa. Me
reservo estos términos para casos en que la mentira no tiene demasiada consecuencia.
El decirle la verdad o mentir a un extraño de aspecto peligroso sobre si uno está solo
en casa tiene consecuencias graves. Sí es una mentira, pero la mayoría de nosotros la
aprobaríamos. Muchos padres también aprueban otras mentiras menos serias,
mediante las cuales se beneficia al objeto de la mentira. Por ejemplo, una niña de diez
años describió una mentira que había consistido en decirle a su madre que estaba
cansada y que quería acostarse pronto, para así poder hacer en secreto una tarjeta de
cumpleaños para la madre.
HACER TRAMPA: UN TIPO ESPECIAL DE MENTIRA
El hacer trampa es otro tipo de mentira con el que los niños están muy
familiarizados. De hecho, cuando preguntábamos a los niños que entrevistamos si
había algún otro tipo de mentira sobre el que no les hubiéramos interrogado,
contestaban: «Hacer trampas». Este tipo de engaño es muy común en la escuela. ¡El
veintidós por ciento de estudiantes empiezan a hacer trampa ya en el primer curso!
Cuando llegan a octavo, el 49 por ciento de los niños confiesan haber engañado en
sus deberes[5]. Y eso no acaba ahí. En un estudio realizado con estudiantes de primer
año de instituto en California, las tres cuartas partes admitieron haber hecho trampa en
los exámenes. El engaño puede que baje en los últimos cursos del instituto pero las
cifras siguen siendo altas. El 30 por ciento de los estudiantes de instituto dicen haber
hecho trampa en algún examen de su último curso escolar. Cuando veinte años atrás
se planteó la misma pregunta al mismo tipo de estudiante, solamente el 21 por ciento
confesó haber engañado[6].
Cuando los chicos se están planteando si hacen trampa en un examen escolar, o
cuando los adultos están pensando engañar en su declaración de renta o a su cónyuge,
normalmente exponen el tema en términos de romper una regla, no en términos de
mentir. La mentira es algo que habrá que hacer si decidimos engañar, una función
necesaria del hecho de ser un ladrón, un estafador o un adúltero. Algunos niños
piensan que el engaño en sí mismo no es una mentira, pero sí lo es si lo niegas cuando
te piden una explicación. En mi opinión, las dos cosas deben considerarse mentiras. El
que engaña esconde la fuente real de información, y la presenta de manera falsa como
suya propia. El negar que se ha engañado es una segunda mentira. El negar el engaño
es un intento de evitar ser castigado, mientras que el engaño normalmente es un
intento de conseguir la recompensa resultante de una buena nota. Naturalmente, el
engaño también puede ser un intento de evitar el castigo si los padres han expresado
amenazas sobre las consecuencias de una mala nota. Se ha hecho mucha investigación
sobre el engaño, más que sobre cualquier otro tipo de mentira. Más adelante
examinaré algunas de estas investigaciones y explicaré lo que se ha descubierto sobre
el engaño y las trampas, y por qué algunos niños mienten o engañan más que otros.
MOTIVOS PARA MENTIR
Lo enfadado que uno se siente cuando descubre que su hijo le ha mentido no
depende tanto de si él escondió o falsificó. Más bien, el motivo de la mentira (por qué
su hijo decidió mentir) y las consecuencias (a quién afecta la mentira y cómo) es lo
que más importa. Yo creo que los padres se sienten mejor cuando comprenden por
qué mienten sus hijos. El comprender qué les motiva a mentir puede ayudar a los
padres a decidir cómo responder de manera que sus hijos no se sientan animados a
mentir otra vez. Para complicar más el asunto, no existe una sola razón por la cual los
niños mienten, sino muchas. En cada grupo de edad aparecen varias razones que son
predominantes, como veremos a continuación.
Evitar el castigo
Tanto Tom como Jack mintieron para evitar el castigo. Los niños de todas las
edades que he estudiado dicen que el evitar el castigo es la principal razón por la cual
ellos y otros chicos mienten. Los padres y los profesores también creen que la
evitación del castigo es la razón más frecuente por la cual mienten los niños. Este es
uno de los hallazgos más claros de los estudios científicos sobre las mentiras.
El evitar el castigo también es un motivo común para los adultos. La mayoría de
ladrones, estafadores y espías mienten para ocultar sus actos. También lo hace el
tenorio, el aspirante a un puesto de trabajo que esconde el hecho de que fue expulsado
de su cargo anterior, y la conductora que le dice al guardia de tráfico que no vio la
señal de velocidad máxima. Normalmente mienten sin tener muy en cuenta la
moralidad de si deberían hacerlo o no, o si el mentir empeoraría las consecuencias si
su mentira fuera descubierta. El mentir es parte de lo que ellos saben que tendrán que
hacer para evitar el castigo cuando deciden embarcarse en su acto ilegal o mal visto.
En cierto sentido, es incorrecto decir que el motivo de su mentira es evitar el castigo.
Su motivo es en realidad obtener una recompensa o beneficio —el deseo de Tom de
celebrar una fiesta sin adultos— y el mentir es simplemente una parte de lo que se
necesita para poderlo conseguir. Estas mentiras son distintas a la negación de Jack de
que hubiera roto el ordenador. Una es una mentira para encubrir un placer ilícito, la
otra es una mentira para esconder un error no intencional. El éxito en cualquiera de
los dos tipos de mentira evitará el castigo.
Cuando un niño miente para evitar el castigo, el cómo nos sentimos los padres
depende de lo que haya hecho el niño (el «delito» del niño, por decirlo de algún
modo), qué infracción esconde la mentira del niño y, naturalmente, la edad del niño.
Hay varias cosas a tener en cuenta:
¿Es responsable el niño o la niña de lo que hizo? ¿Fue una elección deliberada,
hizo algo el niño que él sabía que los padres consideran incorrecto?
¿Qué daño se ha hecho? ¿Salió alguien perjudicado? ¿Se dañó algún tipo de
propiedad? ¿Se violó algún principio importante?
¿La mentira empeoró el hecho? Si el niño no hubiera mentido, ¿habría sido
menor el daño?
Supongamos que Jack hubiera derramado una coca-cola accidentalmente sobre el
teclado del ordenador de su padre en lugar de darle un golpe y hacerlo caer de la
mesa. En ese caso, el no haber dicho la verdad hubiera empeorado la situación.
Porque si se lo hubiera dicho a su padre inmediatamente, antes de que el dulce líquido
se secara, se hubiera podido evitar una reparación del ordenador, o que ésta fuera
menos costosa. Pero eso no es lo que ocurrió. La mentira de Jack no hizo que el gasto
ocasionado por el daño al ordenador fuera mayor.
La mala acción de Jack fue un accidente. Los adolescentes suelen juzgar mal los
límites de sus cuerpos y van chocando y derribando cosas a su paso. Muchas personas
considerarían que la infracción de Tom (la fiesta secreta) es mucho peor, porque fue
deliberada y premeditada. Nadie le forzó a celebrar una fiesta sin la presencia de
adultos; no es que simplemente ocurriera, él eligió hacerlo. Jack no tuvo intención de
cometer una infracción; Tom sí.
Aunque menos culpable en términos de intención, el accidente de Jack resultó
mucho más costoso que la fiesta de Tom. El arreglar el ordenador fue caro, mientras
que la fiesta de Tom no causó daños a la propiedad ni a personas. No obstante, yo
creo que en general la mayoría de gente estaría de acuerdo en que la falta de Tom fue
más grave que la de Jack. La intención pesa más que el coste, tanto en éste como en
muchos otros casos. La mentira de Tom no fue una idea tardía, adoptada para tapar un
error no intencional. El mentir, el esconder información a sus padres formó parte del
plan de Tom desde el principio, cuando algunos días antes de la fiesta había invitado a
sus amigos en secreto.
¿Acaso hacer trampa en un examen escolar es peor que celebrar una fiesta secreta?
Una cosa rompe las normas de la escuela, la otra las normas del padre. No estoy
seguro de cuál de ellas la gente opinaría que, a la larga, resulta más problemática.
¿Quizás una lleva a la otra? Algunas investigaciones sugieren que la respuesta puede
ser afirmativa, al menos en el caso de los adolescentes. Vamos a ver por qué puede ser
así.
Aunque el padre de Jack podría estar enfadado por el daño causado, debería
admitir que el fallo de Jack fue ocultar la información, no por qué la ocultó. Si
hubiera descubierto la mentira, su padre se podría preguntar: «¿Por qué tenía miedo
mi hijo de contármelo? ¿Acaso he actuado en el pasado de manera que mi hijo pueda
pensar que le voy a castigar por algo accidental?». Naturalmente, puede que el evitar
el castigo no fuera el motivo de Jack. Podría ser el orgullo, un deseo de evitar la
humillación o que se dijera que era un patoso y desgarbado adolescente que no sabía
qué hacer con su cuerpo. (Cuando leyó este capítulo, Tom me dijo que no creía que
éste fuera el caso. «Esa podría ser la razón», dijo, «si Jack hubiera roto algo suyo,
pero si se trata de algo del padre, tendría miedo de ser castigado.») Le pregunté a Jack
por qué no había dicho la verdad. Me miró como si estuviera loco por hacerle esa
pregunta. Reconoció que probablemente su padre no le hubiera castigado, aunque sí
se hubiera enfadado mucho. El motivo, por lo que pude deducir, fue evitar tener que
ver cómo se enfurecía su padre, antes que el temor al castigo.
No estoy justificando la mentira de Jack, ni la de Tom. Estoy sugiriendo que los
padres deberían determinar primero cuál creen ellos que es el motivo de las mentiras
de sus hijos. Entonces podrán saber mejor cómo enfrentarse a ellas.
Evitar la vergüenza
Cuando Annie, una típica niña de cinco años, se levantó de su silla, su madre vio
que tenía el pantalón mojado. «Annie, ven aquí. ¿Llevas los pantalones mojados?», le
preguntó su madre. «No me he hecho pis, mamá», explicó Annie con gran sinceridad.
«La silla estaba mojada.»
Puede que Annie también hubiera estado evitando el castigo. Pero conozco a su
madre y sé que no hubiera castigado a su hija por orinarse encima. El motivo de la
mentira de Annie fue la vergüenza. El hecho de que mintiera muestra que ha
aprendido a sentirse avergonzada por no controlar su vejiga. La turbación que motiva
su mentira puede que también la motive a aprender a controlar la vejiga. La mentira de
Annie puede que sea también un primer intento de buscar intimidad, algo que sus
padres también desean cuando tienen que ir al baño, y algo que quieren que Annie
aprenda. Puede que no fuera sólo turbación. Annie podría haber mentido para no
tener que interrumpir sus juegos. La reacción de la madre, tanto si la castiga, como si
lo ignora o anima a su hija a decir la verdad, debería depender de su comprensión de
por qué mintió la niña.
MÁS ALLÁ DE LOS CHISMES: ¿ES SU HIJO UN DELATOR?
¿Está bien o mal que un niño informe a alguien sobre una cosa que otra persona
haya hecho mal? ¿Anima usted a sus hijos a que denuncien las malas acciones del
otro? ¿Deberían informarle a usted si han cometido una falta? La mayoría de personas
no se han planteado cuál es su postura sobre estos temas, y no existe un consenso en
nuestra sociedad sobre la moralidad del hecho de delatar. Los niños, en el mejor de
los casos, reciben mensajes cruzados. Por un lado sus padres les dicen que no
mientan. Pero, por el otro, no siempre se ven premiados por los padres por decir la
verdad.
La confusión sobre estos temas saltó hace poco a los titulares de los periódicos
cuando Deanna Young, de trece años, denunció a sus padres por consumo de droga.
Había asistido a una charla que el asistente del sheriff había dado en la iglesia local
sobre el tema de las drogas. Cuando su padre y su madre ignoraron su ruego de que
dejaran de consumir drogas, ella llevó a la policía una bolsa que contenía marihuana,
pastillas y cocaína por valor de 2.800 dólares. Los padres fueron arrestados, Deanna
fue admitida en un asilo infantil y empezaron a llegar ofertas de seis cifras de
compañías de cine y televisión. Diez días más tarde, Deanna fue devuelta a sus padres,
que habían empezado un programa de asesoramiento. Al cabo de un mes ya había
otros cuatro niños que habían denunciado a la policía que sus padres consumían
droga.
En una editorial del New York Times sobre el tema moral planteado por este caso
se preguntaba: «¿Acaso el daño causado al tejido familiar queda compensado por el
bien público realizado al confiscar una pequeña cantidad de drogas y por el mensaje
que tal acción transmite al público? […]La denuncia en una sociedad democrática, en
especial cuando hay menores o miembros de la familia involucrados, nos plantea una
incómoda paradoja moral»[7].
Tomando la posición contraria, el fiscal del distrito que acusó a los padres de
Deanna dijo: «Admiro a la chica»[8]. Tanto el superintendente de instrucción pública
del estado de California como el fiscal general del Estado dijeron que simpatizaban
con Deanna por denunciar a sus padres, y lo llamaron «una muestra del éxito» del
programa escolar de educación sobre drogas.
Mis entrevistas con padres sugieren que la mayoría de ellos no ha hablado con sus
hijos sobre si sería correcto que los niños denunciaran las transgresiones paternas.
¿Debería informar el niño a uno de los padres acerca de que el otro se ha fumado un
cigarrillo a escondidas, ha flirteado o le han puesto una multa de tráfico por exceso de
velocidad? Por un lado los padres les dicen a sus hijos que no sean chivatos, pero
también esperan que les informen de las malas acciones de sus hermanos cuando los
padres exigen la información.
Intentando ser coherente acerca de cómo me siento sobre el tema como padre, he
llegado al siguiente principio: ser chivato está mal cuando es el niño el que lleva la
iniciativa de delatar, cuando la ofensa es menor y el motivo de la acusación parece ser
el rencor. Cuando la ofensa es grave —si mi hija, Eve, descubriera que mi hijo, Tom,
fumaba porros—, entonces yo no pensaría que Eve se equivocaba al tomar la
iniciativa de informarme. Pero quizás ella si lo pensaría. Eve, que tiene ahora ocho
años, ha aprendido de su hermano y de sus compañeros de clase que «chivarse de tu
hermano» está mal. Se sentiría muy dividida. Y yo también. Si sospechara que ella
disponía de información sobre una ofensa grave, yo debería sopesar el coste de
persuadirla a violar su lealtad hacia su hermano contra el no saber con certeza si Tom
consumía drogas. Afortunadamente no he tenido que enfrentarme con este dilema. No
obstante, sí me he encontrado en una situación en la que creo que uno de mis hijos
mintió para encubrir un problema menor.
Una noche Mary Ann y yo salimos a cenar y al cine, dejando a Tom de canguro de
su hermana. Le dijimos que Eve debería estar en la cama a las nueve, porque tenía que
ir a la escuela al día siguiente. Por la mañana, durante el desayuno, Eve se arrastraba y
mostraba síntomas visibles de cansancio. Sospechando que se había quedado
levantada viendo algún programa de televisión, le pregunté si se había quedado
levantada después de las nueve. Ella lo negó. Así que le pregunté a Tom: «¿Se quedó
Eve levantada después de las nueve?». Él contestó: «Que yo sepa, no». No puedo
estar seguro, pero supongamos que Tom mentía, que sabía que Eve no se había
acostado hasta las diez. No veo el motivo de intentar castigar ni a él ni a ella, ni de
seguir discutiendo el tema, porque quiero que Tom sienta lealtad hacia su hermana.
Quiero que él la proteja, no que se convierta en un delator. Lo que yo podría
descubrir con la verdad no es lo suficientemente importante como para intentar minar
la lealtad de Tom hacia su hermana.
Aunque la ofensa denunciada tenga que ver con la muerte, puede que padres e
hijos no estén de acuerdo en si es correcto o incorrecto ser un delator. Eso es lo que
ocurrió en 1987 en un incidente de violencia racial en el barrio de Howard Beach de la
ciudad de Nueva York. Un joven negro de veintitrés años resultó muerto tras ser
atropellado por un coche cuando al intentar huir de un grupo de adolescentes blancos
que le estaban atacando con un bate de béisbol saltó a la autopista. Uno de los chicos,
Bobby Riley, aportó la información que permitió al Estado procesar a otros once
sospechosos. Éste es el informe del New York Times sobre las reacciones de los
adultos ante el testimonio de Bobby Riley:
Unos cuantos vecinos del señor Riley dijeron que tanto él como su familia se sintieron impulsados por
consideraciones morales a ayudar a las autoridades. «Creo que es por el hecho de ser católico, eso es lo
que finalmente le hizo hacerlo», dijo (un vecino). Otra vecina […] dijo que seguramente sus padres
creyeron que eso era lo correcto.
«Si fuera mi hijo (el que hubiera formado parte de una pandilla que atacaba a un negro con un bate de
béisbol), si no lo mataba yo primero, me gustaría que él intentara hacer todo lo posible por rectificar»,
dijo.
Escuchemos ahora a los adolescentes.
«Hizo algo incorrecto», dijo Gary Wagner, de 15 años, estudiante de segundo año del instituto John
Adams. «No deberías chivarte de tus amigos, mejor le valdría largarse a Florida.»
«Bobby Riley ya no tiene amigos: es un soplón y lo digo en voz bien alta», dijo Jody Aramo, de 16 años,
una estudiante de penúltimo curso.
«Ésta es mi mejor amiga», dijo una chica frente al instituto John Adams, abrazando a otra chica que, al
igual que ella, tenía el pelo castaño ondulado y llevaba una chaqueta de tela vaquera. «De ninguna manera
me chivaría de ella, no importa de qué se tratara. Tu amiga es tu amiga. ¿Quieres que tu amiga se pase la
vida en la cárcel?»
El artículo del Times concluye: «De momento, para la mayoría de adolescentes de
Howard Beach, las lecciones de este caso parecen haber tenido mucho más que ver
con lo que ellos consideran el pecado de perfidia antes que sobre las virtudes de decir
la verdad»[9].
En este caso el conflicto no es simplemente entre la lealtad a los amigos y las
obligaciones morales hacia la sociedad. Bobby Riley no era un espectador inocente. La
persona que decidió si protegía o no a sus amigos también era culpable del mismo
crimen. El deseo de rectificar o de cumplir con sus obligaciones morales puede que no
fuera todo lo que ocupaba la mente de Bobby Riley. Puede que hubiera esperado una
sentencia menor como compensación a su testimonio. Cuando se publicó el artículo
que he citado, Riley era el único de los doce sospechosos que no se encontraba
esperando el juicio en la cárcel.
Aunque los motivos de Riley pueden haber sido complejos, sigue existiendo el
hecho de que los padres y los jóvenes ofrecieron perspectivas completamente
diferentes sobre el tema de proteger a un delator.
MENTIR PARA PROTEGER A SEMEJANTES
En nuestras entrevistas exploramos las actitudes de los chicos sobre el delatar a un
compañero cuando ellos, al contrario que Riley, no habían participado en la ofensa.
Diciendo la verdad no ganaban nada en términos de evitar el castigo. Les hicimos la
siguiente pregunta: «Si un profesor te preguntara si tu amigo había roto el
magnetófono de la escuela, y tú supieras que sí, ¿delatarías a tu amigo?».
Menos de un tercio de los chicos entrevistados dijeron que sí lo harían. La
decisión no resultó fácil para la mayoría de ellos. Estas son algunas de las respuestas
más típicas:
«Depende de si hubiera sido un accidente.»
«Tus amigos son más importantes que un magnetófono roto.»
«¿Era muy caro?»
«¿Están culpando a otro (una persona inocente) por ello?»
«¿Él/ella (la persona que lo rompió) me había delatado a mí alguna vez?»
Estos niños están sopesando las exigencias morales en conflicto al decidir lo que
deberían hacer. A su manera están intentando descubrir el motivo del infractor, la
extensión del daño, la reciprocidad y la lealtad, y también si algún inocente pudiera
resultar afectado.
Un día, en una clase de historia en un instituto de clase media, se pudo ver cómo
los niños resuelven el conflicto entre la lealtad hacia sus semejantes y las obligaciones
hacia los padres. El profesor tuvo que salir de clase para atender una llamada
telefónica importante. Uno de los estudiantes se levantó de su asiento, fue hacia el
frente de la clase, dejó caer su chicle en la papelera y cogió setenta y cinco centavos
del dinero del profesor, que estaba sobre la mesa. Al ponerse el dinero en el bolsillo,
exclamó: «Eh, ¿qué os parece eso?», y volvió a su sitio.
Los otros estudiantes de la clase no lo sabían, pero el incidente fue preparado por
dos psicólogos como parte de un experimento diseñado para investigar la lealtad hacia
los semejantes. El estudiante que cogió el dinero fue lo que los psicólogos llaman un
confederado, alguien que sigue las instrucciones del investigador. Los doctores
Herbert Harari y John McDavid, los científicos que llevaron a cabo este estudio,
reclutaron a dos confederados para que robaran los setenta y cinco centavos. El así
llamado confederado de condición alta era un estudiante cuyo nombre aparecía con
mayor frecuencia cuando se pedía a los alumnos que dieran cinco nombres de
estudiantes que consideraran merecedores de representar a la clase en un banquete
para representantes escolares. El confederado de «condición baja» era un estudiante
cuyo nombre nunca aparecía en esas listas. En una clase el confederado que cogió el
dinero fue el de condición alta, y en la otra clase el de condición baja.
Posteriormente, los estudiantes de ambas clases fueron llamados y entrevistados
solos o por parejas por uno de los psicólogos. Se les formularon tres preguntas:
«¿Sabes si alguien cogió hoy algún dinero que había en la mesa del profesor? ¿Sabes
quién lo hizo? Si es así, ¿quién fue?».
Todos los estudiantes entrevistados individualmente dijeron la verdad.
Independientemente de si el estudiante que había cogido el dinero era el de condición
alta o baja, nadie mintió. No obstante, la situación cambió al ser entrevistados por
parejas. En este caso, dijeran lo que dijeran, uno de sus compañeros lo sabría:
¡presión entre semejantes! En el caso del culpable de condición alta, nadie dijo la
verdad. Todos negaron que sabían que se había robado dinero y quién era el que lo
había cogido. El culpable de condición baja no fue protegido. Todos dijeron la verdad
y lo mencionaron a él. Se obtuvieron

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