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Libro PDF Como diente de león – Pilar Fernández

Como diente de león – Pilar Fernández

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pequeña. Nos quedamos mirándonos
seriamente, creo adivinar algo de pena
en sus pequeños ojos, pero ¿cómo puede
ser?, apenas tiene cuatro años… sin
embargo, para confirmar todos mis
pensamientos, me suelta: —mamá, ¿tú
necesitas que yo sople fuerte para que
no tengas miedo de volar muy alto?
No pestañeo, de hecho, creo que he
dejado de tener pulso. ¿Es posible que
mi hija sea capaz de ver todo lo que me
asusta después de este último año? Sé
que los niños son mucho más
perceptivos que los adultos, pero…
¿tanto?; y sé que Nerea es inteligente y
perspicaz, pero… ¿tanto?
Cuando recupero el latido de mi
corazón me doy cuenta de que ha vuelto
a mi lado y de que se ha colgado de mis
dedos inertes. Me agacho y la sujeto por
su diminuta cintura, cojo un mechón
rebelde que se ha escapado de su coleta
y lo coloco detrás de su oreja, entonces
me enfrento a sus avispados ojos y le
digo:—
¿Por qué dices eso, mi amor?
—Porque tienes miedo, mamá, y yo
no quiero que estés asustada, yo quiero
que vueles como los dientes de león.
—No tengo miedo cariño, mamá no
está asustada —digo esas palabras con
falsa convicción y sin saber realmente a
quién van dirigidas, ¿a ella… o a mí?, y
Nerea me mira como si me hubiera
pillado haciendo trampas a la Oca,
¡tanto se me nota que hasta ella lo tiene
tan claro! Sonrío, no hay quien escape
de ella, es increíble y es mi hija; ahora
le sonrío más abiertamente y
estrechándola entre mis brazos admito:
—Es posible, cariño, que mamá tenga un
poquito de miedo, pero, ¿sabes?, ahora
ya no, porque sé que tú estás conmigo y
que soplarás fuerte para que llegue muy
lejos, ¿verdad?
Me aparto para ver su carita perfecta
y ella también sonríe mientras asiente.
Me pongo de pie y me sujeto fuerte a su
mano para continuar con nuestro paseo y
buscar más trocitos de nubes con raíces
para devolver al cielo. Conforme
caminamos me doy cuenta de algo, algo
que necesitaba saber: lo que debería
asustarme ya pasó, y sobreviví, y tengo
que alejar el terror que me provoca el
futuro, lleno de planes, ilusiones y
sentimientos, porque en el fondo yo
quiero estar ahí, con fuerza, a pesar del
último año.
2
El último año
Hace mucho calor esta mañana, pasan
pocos minutos de las nueve y el sol
calienta demasiado, la primavera llega
con fuerza. Acabo de llegar a casa. Santi
aún está dando vueltas, no sé si
realmente hoy entra más tarde a trabajar
o si me está esperando. Sin embargo, ha
pasado un par de veces rondándome
pero no me ha dicho nada.
Creo que todavía continúa
disgustado y quiere que lo sepa, pero
espera que sea yo la que rompa la fina
capa de hielo que anoche se instaló entre
nosotros. No lo voy a hacer, aunque no
sepa realmente por qué, pero no lo haré,
no seré yo esta vez la que tienda un
puente entre nosotros. ¿Orgullo?,
posiblemente, pero por una vez me
gustaría que me dijera: «lo siento nena,
no me gusta discutir contigo», me
plantara un beso con sus hermosos y
gruesos labios y quedara todo olvidado.
Así, sin más. Aunque sé que eso no
pasará, hace tiempo que no ocurre:
olvidar las cosas como si nada fuera
más importante que nosotros. Hace
algún tiempo que la memoria no pierde
detalle ni ocasión que guardar en una
oscura caja de Pandora, por si alguna
vez hace falta dejar escapar todos los
demonios.
Estoy en la cocina recogiendo los
restos de la batalla de Nerea con los
cereales y la leche. Respiro hondo al
recordar que hoy tengo tiempo sólo para
mí hasta las cuatro y media. La peque
hoy estará entretenida, después del
colegio se queda en el comedor porque
luego tiene clase de ballet. Genial. Y
Santi no vendrá a comer, ¿o sí?
—Santiago —sé que está en el
estudio y que me oye, y sé que habrá
torcido el gesto cuando me haya
escuchado decir su nombre completo—,
¿vienes a comer?
No me contesta y eso me enoja aún
más. La cosa no pinta bien, él sabrá.
Continúo con lo mío empleando una
energía innecesaria para vaciar el tazón
de cereales; de pronto sus brazos me
rodean desde atrás y me acercan a él al
tiempo que me da un suave beso en la
nuca. Noto su respiración cálida junto a
mi cuello y sus labios que susurran.
—Lo siento, preciosa, no me gusta
que discutamos, y menos por cosas que
no merecen en absoluto la pena.
Me sorprendo enormemente y se
eriza todo el vello de mi cuerpo. Es
cierto que nos enfurruñamos por una
tontería, pero lo que me deja clavada en
mi sitio y completamente removida son
sus palabras. Ésas que yo pensaba que
no iba a decir porque ya éramos
demasiado mayores, porque ya
llevábamos demasiado tiempo juntos. Y
así, como un rayo, veloz pero
nítidamente, asoma una idea en mi
cabeza: soy yo quien piensa todo eso, no
él, y para mí era más cómodo, mucho
más sencillo pensar que era cosa de los
dos. Sin embargo, su disculpa y su
hermoso abrazo me han golpeado y me
han obligado a mirarme a la cara y
reconocer que me equivoco. Y eso no
me gusta.
—¿Qué pasa? —me pregunta sin
soltarme.
—Nada, gracias por disculparte —
contesto apretándome un poquito más en
su abrazo. Siempre me gustó que me
abrazara así, sintiendo cómo su
respiración me acerca y me aleja
levemente de su pecho.
Aunque estoy genial entre sus brazos
quiero girarme y mirarle a los ojos. Son
de un precioso color miel, cálidos,
perfectamente definidos y enmarcados
por unas largas pestañas. Me sonríe, con
suavidad, como lo hace todo cuando se
encuentra bien, y se le iluminan un poco
más. No me dice nada sino que me
acerca despacio y me besa con una
pasión olvidada e… ¿inapropiada?
Salgo de su abrazo y comienzo a
vestirme.
—Vas a llegar algo más que tarde
esta mañana —le digo mientras recoloco
mis vaqueros y busco mi sujetador por
el suelo del salón.
—Echaba de menos esto —responde
con expresión divertida aún en el sofá,
yo le miro con cara de no saber a qué se
refiere así que añade—, sí, esto…
dejarnos llevar.
E s e dejarnos llevar ha hecho que
Santi se vaya a las once pasadas, así que
me pongo con la casa a toda velocidad.
En cuanto termine, tengo que ir a
comprar, aunque por suerte, al estar sola
para comer me ahorro el estrés de la
cocina. Picaré cualquier cosa.
Las tres, voy a leer un poco
tomándome un café. Hasta ahora no he
tenido un momento para mí de verdad en
toda la mañana y quiero aprovechar
antes de que mi torbellino favorito
vuelva a casa. No he llegado a coger el
libro cuando suena el teléfono.
— ¿Si?
—…
—Sí, soy yo.
—…
—¡Ah!, hola Martina, dime.
Y ya no escucho nada más.
Tengo que dejar el café sobre la
mesita, no vaya a derramarse sobre la
tapicería y menudo desastre. Lo dejo
con cuidado mientras con la otra mano
sujeto el auricular pegado a mi oreja,
ésa en la que hace unas horas, pocas,
Santi me besaba y me susurraba que me
quería.
No sé qué rollo me está contando, es
Martina, la jefa de Santi, que si «… lo
siento mucho…», «…es algo
inexplicable…», «… no te preocupes
por nada que ya hemos avisado
nosotros…». Soy incapaz de
interrumpirla, no sé qué quiere que le
diga, ahora mismo sólo escucho resonar
sus primeras palabras como un eco
insensible y cruel en mi mente vacía:
“Santi ha muerto, Diana, parece que ha
sido un ataque al corazón…».
Cuando alargo la mano para dejar el
teléfono advierto que no sé si Martina
había colgado ya o si lo he hecho yo sin
despedirme ni nada. Veo la taza aún
caliente sobre la mesita, menos mal que
la dejé a salvo a tiempo porque limpiar
la tapicería es una verdadera lata.
Mi cabeza va filtrando la
información y ya únicamente resuenan,
en una letanía monótona y apagada, tres
palabras: «Santi ha muerto, Santi ha
muerto…». Soy incapaz de reaccionar
ante ellas, las observo burlarse de mí
esperando, ansiando, más bien, escuchar
su macabra risotada ante esa broma de
mal gusto. Pero eso no pasa, en su lugar
me sobresalta la música de Abba en mi
móvil, las primeras notas de Dancing
Queen resuenan ajenas a todo…
Descuelgo sin mirar quién es, o a lo
mejor si lo he hecho, no lo sé.
—¿Diana?
—Ajá.
—Oye, Diana, soy Julio.
—Hola, dime —contesto a la vez
que siento su cara de perplejidad a
través del teléfono.
—¿Has hablado con Martina? —me
pregunta bajito, como si existiera la
posibilidad de que las cosas, por no
nombrarlas, no hubieran ocurrido. No le
contesto, así que añade— Diana ¿estás
bien? —…
—Oye, Diana, imagino que estarás
un poco perdida. Por eso te llamaba, no
tienes que preocuparte de nada, yo me
encargo, ¿vale?
—Ajá —es el hermano mayor, el
responsable hermano mayor de mi
marido muerto, y la verdad es que no
tengo muchas ganas de hablar con él. Ni
con nadie. Aunque no se lo digo.
—Ahora mismo voy a la oficina de
Santi para lo del levantamiento del
cadáver y todo eso.
—…
—Joder, Diana, ¡lo siento tanto!
—Yo también, era tu hermano —no
sé qué quiere que le diga, yo quiero
colgar y concentrarme en esas tres
palabras que rebotan incansables en mi
cabeza.
—Bueno, pues eso, no te preocupes
por nada. Lola va para tu casa, no es
bueno que estés sola y… ya os aviso yo
de todo —noto que traga saliva y que
respira profundamente antes de
continuar —, ya he hablado con mis
padres…
—Vale Julio, gracias —le
interrumpo, no tengo ganas de más
dramas, no sé qué hacer con el mío así
que no creo que pueda con el de los
demás, y no me apetece pensar en mis
suegros.
—¡Mierda, Diana!, ¿de verdad estás
bien? —Debería decirle que no lo sé,
que ahora mismo es como si no
estuviera escuchándole, pero como no lo
hago prosigue—. En veinte o treinta
minutos está Lola contigo. Chao Diana,
ánimo.
Sé que ha colgado pero sigo con el
móvil pegado, «Santi ha muerto, Diana,
Santi ha muerto…». Lanzo el móvil a la
otra punta del sofá, recojo las piernas
contra mi pecho abrazándolas con fuerza
y, una vez inmóvil, fijo mi mirada en el
suelo. No puedo pensar en moverme. Ni
llorar, aún no he soltado ni una sola
lágrima… y acaban de decirme que mi
marido ya no está. Supongo que por eso
mi cuñado cree que no estoy bien, para
él habría sido más fácil consolarme si
me hubiera encontrado deshecha, pero
no sé por qué no lo estoy. Ahora mismo
siento que me he convertido en un
espectador pasivo de mi propia vida y
que, desde mi posición privilegiada,
puedo observar en silencio a una mujer
sentada en un cómodo sofá gris con la
mirada perdida y las piernas abrazadas;
a una mujer que no puede llorar a pesar
de que acaba de perder a su marido. Y
no me reconozco. ¿Cómo podría hacerlo
si hace tan sólo unas horas que él estaba
en este mismo sofá sonriéndome feliz?
De pronto, recuerdo que tengo que ir
a recoger a Nerea, miro el reloj para
comprobar que no tengo más que veinte
minutos para salir disparada a por ella.
Me levanto del sofá y voy al cuarto de
baño, me lavo la cara y comienzo a
peinarme, creo que debería cortarme
algo el pelo…
No me entretengo mucho en
observarme en el espejo, supongo que
tengo miedo de enfrentarme conmigo
misma, me asusta pensar que al mirarme
directamente me eche en cara lo que
tengo que recordarme. Con lentitud
recorro de nuevo el espacio que me
separa del salón, me acerco hasta la
ventana y miro fuera, hace muy buena
tarde, Nerea se lo pasará bien en el
parque. Pero, en ese instante, caigo en la
cuenta de que yo no podré llevarla,
tengo otras cosas que hacer. «¡Sí!», me
grita ésa de la que quería huir ante el
espejo, se ve que me ha seguido, joder.
«¡Sí, creo que deberías preocuparte de
Santiago, de llorar por él!», me dice,
disgustada, y no sé de qué forma
explicarle que no puedo y que no sé la
razón
He llamado a Laura, ella se
encargará de recoger a Nerea. Me va a
hacer el favor de quedarse con ella un
par de días, supongo que eso será
suficiente. La peque se pondrá loca de
contenta cuando se entere de que va a
estar con su amiga Clara, dos días nada
menos. No le he dicho nada, no quiero
compasión, aún no. No estoy preparada
para recibirla. Sólo le he comentado que
tenía un problema personal y que la
necesitaba, es más que seguro que
cuando se entere se va a enfadar
conmigo pero, francamente, eso ahora
mismo no me importa. Los problemas de
uno en uno.
Llegamos hace bastante tiempo al
tanatorio, Santi todavía no. Qué ironía.
Le están preparando dicen, ¿para qué?,
¿de verdad necesita él algún tipo de
preparación?, y ¿quién me prepara a mí
para soportar esto, para soportar el
dolor que me mira desafiante tras el
marco de la puerta porque me niego a
dejarlo pasar como Pedro por su casa?
Me ha traído Lola, mi cuñada, la
mujer de Julio, el hermano de Santi.
Muy afectada. Ha llorado en cuanto he
abierto la puerta de casa, ante lo que yo
he seguido impasible, en ese estado
protector de levitante espectador. Me ha
abrazado con fuerza, entre el dolor y la
sorpresa de mi entereza, demasiado
fuerte, he llegado a pensar que pretendía
hacerme daño físico, para ver si así
derramaba alguna lágrima. Ni con esas.
Esto está lleno. Mis suegros llegaron
hace poco, una tragedia, y lo entiendo,
pero no sé qué me ocurre con el dolor
ajeno, es como si, al no ser capaz de
enfrentarme con el mío, todas las demás
demostraciones de pena me resultaran
patéticas…
Estoy en una esquina

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