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Libro PDF Cómo enseñar a leer a su bebé Glenn Doman

Cómo enseñar a leer a su bebé - Glenn Doman

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Si se va a escoger un campo creador en el
que trabajar, es difícil elegir uno que no tiene más
capacidad de desarrollo que la de un 100 por 100
de fracaso y en el que el éxito prácticamente no
existe. Cuando hace veinte años comentamos a
trabajar juntos, no habíamos visto ni oído hablar
jamás de un solo niño que, con una lesión cerebral,
se hubiera recuperado totalmente.
Al grupo que se formó después de nuestros
fracasos individuales se le llamaría hoy “equipo
de rehabilitación”. En aquellos días tan lejanos
ninguna de esas palabras estaba de moda y no nos
considerábamos tan ilustres como todo eso. Quita
nos veíamos, más patética y claramente, como un
grupo que se había unido, al estilo de un convoy,
esperando ser más fuertes junios de lo que
habíamos resultado ser por separado.
Empezamos por abordar el más básico
problema con el que se enfrentaron los que, dos
décadas antes, se habían dedicado a los niños con
lesiones cerebrales. Este problema era la
identificación. Había tres clases muy diferentes de
niños con problemas que se hallaban
invariablemente mezclados como si su problema
fuese el mismo. De hecho, no eran ni primos
segundos. Se agrupaban en aquellos días (y,
trágicamente, todavía sucede así en muchas partes
del mundo) por la pobre razón de que
frecuentemente parecían, y algunas veces actuaban,
como si tuvieran el mismo problema.
Las tres clases que continuamente se
agrupaban en una sola, estaban integradas así:
niños deficientes mentales cuyos cerebros eran,
cualitativa y cuantitativamente, inferiores a lo
normal; niños psicópatas con cerebros físicamente
normales, pero cuyas mentes eran defectuosas, y,
finalmente, niños con verdaderas lesiones
cerebrales, de cerebros antes sanos, pero que
habían resultado dañados físicamente.
Nosotros tratábamos solamente este último
tipo de niños. Llegamos a darnos cuenta de que,
aunque los niños verdaderamente deficientes
mentales y los verdaderamente psicópatas eran
comparativamente pocos en número, centenares de
miles de niños eran, y son, diagnosticados como
deficientes mentales o psicópatas cuando son en
realidad niños con lesiones cerebrales.
Generalmente, este diagnóstico equivocado tuvo
lugar porque, en muchos de esos niños, estas
lesiones se produjeron sobre un cerebro sano antes
de haber nacido.
Habiendo aprendido a distinguir, después de
muchos años de trabajo en la sala de operaciones
y en las cabeceras de las camas, cuáles eran los
niños que verdaderamente sufrían lesiones
cerebrales, pudimos por fin abordar el problema
en sí mismo: cerebros lesionados.
Hemos descubierto que importaba muy poco
(salvo desde un punto de vista puramente
investigador) que el cerebro de un niño se hubiera
lesionado en el período prenatal, en el instante de
nacer o después del nacimiento. Esto seña algo así
como tratar de averiguar si a un niño le había
cogido un coche antes del mediodía, al mediodía o
después del mediodía. Lo realmente importante era
saber qué parte de su cerebro había sido
lesionada, la gravedad de esta lesión y lo que se
debía hacer.
Más adelante descubrimos también que no
tenía importancia alguna que el cerebro del niño se
lesionará debido a que el factor Rh de sus padres
fuera incompatible, o a que su madre hubiera
tenido una enfermedad infecciosa, como la
rubéola, durante los tres primeros meses de
embarazo, o a que si cerebro no hubiera obtenido
oxígeno suficiente durante el período prenatal, o
porque hubiera nacido prematuramente. El cerebro
puede lesionarse como resultado de un parto
prolongado, porque el niño se haya dado un golpe
en la cabeza a los dos meses y haya sufrido una
trombosis cerebral, por haber tenido encefalitis
con temperaturas muy altas a los tres años, por
haber sido cogido por un coche a los cinco, o por
oíros muchos factores.
Repetimos de nuevo que aunque todo ello
resulte significativo desde el punto de vista de la
investigación, ocurriría algo así como preocuparse
por saber si el niño ha sido golpeado por un coche
o por un martillo. Lo importante, pues, era qué
parte del cerebro se había lesionado, si era más o
menos grave y lo que Íbamos a hacer.
En aquella época, el mundo que se ocupaba
de los niños cuyos cerebros estaban lesionados
sostenía que los problemas de estos niños debían
resolverse tratando los síntomas que se
presentaban en los oídos, en los ajos, en la nariz,
en la boca, en el pecho, en los hombros, en los
codos, en las muñecas, en los dedos, en las
caderas, en las rodillas, en los tobillos y en los
dedos de los pies. Una gran parte del mundo
todavía sigue pensando así.
Un enfoque como este no resultó bien
entonces y posiblemente nunca pueda resultar.
Debido al fracaso total, concluimos que para
resolver los múltiples síntomas que presentan los
niños con lesiones cerebrales tendríamos que
abordar la raíz del problema y acercarnos al
mismo cerebro humano.
Si en un principio esto pareció una imposible
o, al menos, monumental tarea, en los años
sucesivos encontramos, con la colaboración de
otros investigadores, métodos quirúrgicos y no
quirúrgicos para tratar el cerebro.
Hemos mantenido la sencilla creencia de que
tratar los síntomas de una enfermedad o una lesión
y esperar que la enfermedad desapareciera era
antimédico, nada científico e irracional, y por si
estas razones no bastaban para hacernos olvidar
tal intento, permanecía el simple hecho de que los
niños con lesiones cerebrales, tratados de esta
forma, nunca se recuperaron.
Por el contrario, creíamos que si pudiéramos
atacar el problema en sí mismo, los síntomas
desaparecerían espontáneamente en idéntica
medida en que consiguiéramos curar las lesiones
en el mismo cerebro.
Primeramente abordamos el problema desde
un punto de vista no quirúrgico. Los años
siguientes nos convencieron de que si
esperábamos tener éxito en la curación del
cerebro, habríamos de encontrar los medios de
reproducir, de alguna manera, los moldes
neurológicos de desarrollo de un niño normal.
Esto supone conocer cómo comienza, se desarrolla
y madura el cerebro de un niño normal. Hemos
estudiado atentamente muchos centenares de bebés
recién nacidos, de niños de meses y de niños un
poquito mayores, totalmente normales. Los hemos
estudiado cuidadosamente.
Habiendo llegado a conocer qué es y qué
significa el desarrollo de un cerebral normal
adquirimos la convicción de que las
conocidísimas actividades básicas de los niños
normales, como gatear y arrastrarse, son de la
máxima importancia para el cerebro. Aprendimos
así mismo que si se les niegan dichas actividades a
los niños normales, debido a factores culturales,
sociales o del medio ambiente, su potencialidad se
ve seriamente limitada. La potencialidad de los
niños con lesiones cerebrales queda todavía más
afectada.
Al haber aprendido más sobre los distintos
medios de reproducir este molde de desarrollo
físico normal, empezamos a ver cómo mejoraban
los niños con lesiones cerebrales, aunque fuera
ligeramente.
Fue entonces cuando los componentes
neurocirujanos de nuestro equipo comenzaron a
confirmar con pruebas concluyentes que la
respuesta se hallaba en el cerebro mismo, al haber
elaborado con éxito accesos quirúrgicos a este.
Había unos tipos de niños con lesiones cerebrales
cuyos problemas eran de una naturaleza
progresiva, y estos niños habían muerto muy
pronto, irremediablemente. Entre ellos, el grupo
más destacado era el de los hidrocefálicos, es
decir, el de los niños con “agua en el cerebro”.
Estos niños tenían una enorme cabeza, debido a la
presión del líquido cefalorraquídeo, ya que este, a
causa de las lesiones, no era reabsorbido de la
manera normal. No obstante, el líquido se seguía
segregando como en las personas normales.
Nadie ha llegado a ser tan simple como para
intentar tratar los síntomas de esta enfermedad con
masajes, ejercicios o ligaduras. Como la presión
en el cerebro iba en aumento, estos niños siempre
se habían muerto. Nuestro neurocirujano,
trabajando con un ingeniero, logró un tubo que
lleva el exceso “de líquido cefalorraquídeo desde
los depósitos llamados ventrículos, en la
profundidad del cerebro humano, a la vena yugular
y de ahí a la corriente sanguínea, en donas se
reabsorbe de la manera normal. Dicho tubo tenía
dentro una ingeniosa válvula

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