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Como la espuma del café – Ayelen Fernandez

 Como la espuma del café - Ayelen Fernandez

 Como la espuma del café – Ayelen Fernandez 

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comenzó a gritar más fuerte y se retorcía como si estuviera poseída, “¡quiero que me escuches!, ¡escucháme hija de puta!, ¡me lo debés!”, exclamaba con los ojos
húmedos y una expresión famélica. La morocha, que no había hecho caso al sinfín de llamadas y mensajes que le había dejado en esos días, se abrazó a su propio torso y
giró la cabeza hacia otro lado con los ojos cerrados, aún amaba a esa mujer perturbada y, a pesar de que había decidido extirparla de su vida, no quería lastimarla ni verla
sufrir. “No quise llamarte así, ¡perdóname Renata, yo te amo, escuchámeee!!!”, siguió gritándole desde el patrullero mientras se ponía en marcha.
Cuando finalmente se la llevaron, sólo quedó un uniformado que hablaría con la fotógrafa al respecto de aquel incidente. Debió llamar entonces al estudio
para avisar que llegaría más tarde… si es que lograba ir.
—Estamos atravesando una separación oficial, Natalia es una persona depresiva y con dependencia emocional—explicaba mientras también se catalogaba a
sí misma, la diferencia entre una y otra era que ella tenía a Lucía, una Lucía que se le estaba escapando de las manos—, supongo que bebió demasiado y por eso tuvo el
coraje de venir a generar semejante disturbio.
—¿Entonces es la primera vez que reacciona así?—preguntó el hombre vestido de azul mientras tomaba nota.
—En estas dimensiones sí, no creo que sea motivo para presentar cargos—trataba de convencerse aunque intuía que Natalia padecía de un desorden que
necesitaba atención.
—Muy bien, la tendremos detenida unas horas hasta que recupere la sobriedad y la dejaremos ir con una advertencia, espero que sea suficiente, de lo
contrario le pido que por favor se encargue de que vea a un profesional idóneo, estas cosas comienzan con escenas así y acaban en homicidio, no sería raro—le advirtió
el oficial, que parecía algo paranoico o incluso dramático.
¿Sería capaz Natalia de algo semejante? No lo creía, las reacciones histéricas que había presenciado de su ex mujer nunca se diferenciaron demasiado de las
que ella misma manifestó en su adolescencia y varias ocasiones más adelante. La mesura fue posible cuando esa hija de tres años llegó a sus brazos desamparada y le
inspiró el amor más profundo, proporcionándole la fuerza suficiente para dejar sus propios y ridículos dilemas a un lado… al menos en gran medida.
Esa joven rubia de ojos filosos y temperamento desafiante había sido al principio una ráfaga de aire fresco, la esperanza de volver a enamorarse y de volver
a confiar. Natalia llegó a su vida por accidente hacia el final del verano de 2016. Se conocieron en la playa cuando la mayor de ellas le pidió a la otra, que estaba con un
grupo de amigos, que le cuidara su ropa mientras se daba un chapuzón en el mar. Ese había sido un impulso que la fotógrafa siguió al salir del trabajo luego de un día
agotador. Luego buscó su vestido de manos de la desconocida que se lo había guardado y que la despidió con un beso y una sonrisa. Entre el revuelto de tela encontró un
papel con un número telefónico y la llamó, entonces tuvieron tres citas fogosas antes de que llegara el final de las vacaciones de Natalia, quien ahora debía regresar a La
Plata, a la casa de sus padres y a su puesto de cajera de supermercado.
La atracción había resultado tan poderosa y los encuentros tan intensos que la morocha se animó a invitarla para que pasara algunos días más en su casa.
Desde entonces no se había ido hasta que ella misma debió echarla algunas semanas atrás, luego de dos años y algunos meses, los últimos catorce de convivencia forzada
por las amenazas de Natalia que se había convertido en una reina del drama y le aseguraba a Renata que no viviría sin ella.
IV
Cuando fueron casi las cuatro de la tarde, Renata finalmente se dirigió hacia su joven estudio de fotografía, donde una de sus empleadas de confianza se
había ocupado de todos los asuntos importantes mientras ella llegaba para hacerse cargo. No era la primera vez que Sofía la reemplazaba, por eso sabía que era una
persona responsable y funcional además de poseer una figura escultural y un rostro de muñeca de porcelana.
—¿Alguna novedad?—preguntó Renata mientras saludaba a su compañera con un beso en la mejilla.
—Nada que sea relevante, tenemos dos bodas más para el próximo mes y la compañía de Moviphone está interesada en contratarnos para una campaña
interna, quieren imágenes que representen la conexión entre la naturaleza y la telecomunicación—
—Ah sí, hablé con uno de los representantes de marketing, es probable que tengamos una reunión esta semana—
—Te ves destrozada Renata, ¿estás bien?—preguntó Sofía mientras cerraba su agenda y caminaba hacia una de las extensas mesas donde había cientos de
fotografías revueltas.
—Sí, estoy bien, tuve algunos contratiempos el fin de semana y una situación de novela con Natalia hace unas horas, por eso el retraso—dejó su saco en el
perchero con la cartera y luego pasó junto a la mujer que ordenaba las imágenes para tocarle el hombro:
—Más tarde te invito a un café y te cuento, ahora quiero concentrarme en esto—le dijo al oído antes de salir hacia un pasillo que conducía a otras dos
oficinas, donde algunas personas trabajaban en computadora retocando imágenes y otras armando álbumes o seleccionando impresiones.
En apariencia el negocio funcionaba perfectamente aún a pesar de su ausencia, esa era la idea con la que había trabajado durante casi siete años, hoy podría
tomarse unas extensas vacaciones y al regresar su negocio fotográfico seguiría activo, al menos mientras no se repitieran los conflictos económicos que habían surgido en
Argentina en repetidas ocasiones fundiendo empresas, desbaratando todo tipo de emprendimiento y empobreciendo a la sociedad en general. Esta era una etapa de
crecimiento, pero llevaría mucho tiempo lograr la estabilidad ideal a la que todos aspiraban. Para aquel 2018 los cambios tecnológicos seguían llegando al país aunque
con cierto retraso, era difícil ver a una persona sin teléfono celular o que no supiera encender una computadora. Los niños seguían superando cualquier expectativa
cuando se los acercaba al mundo de la cibernética, los videojuegos o el internet, eran especialistas sin haber recibido una educación específica en tales materias. Para la
nueva generación, ese momento de renovaciones constantes era lo normal, lo común. Algunos adultos todavía se mostraban reticentes pero todos conocían los sistemas
básicos de comunicación e informática, pues hacía ya más de cuarenta años que esa agilidad tecnológica había comenzado a funcionar e incrementarse en todo el mundo,
llegando a cada rubro y cada hogar de forma inevitable. Renata había sido una amante e incluso adicta al uso de internet, las redes sociales y la tecnología en general, así
le fue posible llegar a Barbi, su primer amor, esa muchacha que le había robado el corazón sin esfuerzo y a quien ahora le costaba recordar con detalle.
Actualmente sólo empleaba los medios de comunicación cibernéticos para relaciones laborales. Detestaba la exposición permanente que muchos hacían en
las redes sociales de sus vidas íntimas, de las cosas importantes y de las más insignificantes, pero recordaba que alguna vez ella había hecho lo mismo sin darse cuenta
de que es una forma infalible de volverse vulnerable y común, sí, común, todo el mundo se expone, todo el mundo espía, pero a Renata ya no le interesaba y se había
retirado del juego varios años atrás.
En materia social no habían ocurrido grandes cambios desde los inicios de la primera década del siglo XXI, cuando la fotógrafa aficionada disfrutaba
creyendo que la excentricidad iba de la mano de la exhibición. En aquel entonces habían comenzado a llegar fuertes oleadas de filosofías orientales que se convirtieron en
modas de estación, el vegetarianismo, la meditación de varios estilos, el yoga e incluso el veganismo, que llevaba la alimentación a un plano mucho más restringido para
defender los derechos animales. Se hizo moda beber ‘leche de almendra’ y practicar yoga en las plazas, parecía una forma de restauración de las ideas hippies de los años
setenta, y Renata se vio contagiada por la mayoría de aquellas conductas que un número creciente de personas manifestaba con la idea de fusionarse o conectarse con la
naturaleza. Para algunos fue mucho más que una moda e incluso descubrieron así una mejor calidad de vida, para otros todo acabó muy pronto y la ilusión de despertar
a la realidad e involucrarse con la fuente primaria se cayó a pedazos. La verdad era que no existía una gran diferencia evolutiva a nivel espiritual y consciente entre los
argentinos de principios del 2000 en relación a estos que vivían a casi veinte años de distancia, tampoco habían logrado restaurar la confianza que perdieron ante otros
países gracias a la corrupción y las acciones deshonestas e irreverentes de los políticos que gobernaron en las últimas décadas. Sin embargo aún brillaba débilmente la
semilla del cambio positivo. En general, las malas experiencias, el sufrimiento y la desesperación traían aparejadas lecciones que podrían impulsar las intenciones de
mejorar de un pueblo, así lo creía Renata, que tantas veces había perdido las fuerzas y las esperanzas en el camino desafiante que fue para ella alcanzar su objetivo, un
objetivo que sin embargo debió modificar porque las circunstancias la obligaron a transformar su sueño en una forma más comercial y menos artística de sobrevivencia.
V
Pasó algunas horas con la cabeza ocupada en temas laborales, aunque de tanto en tanto la idea de su hija y del amigo internado atravesaban sus
pensamientos. Cuando comenzó a oscurecer y la mayoría de los empleados se habían marchado recordó la promesa que le hizo a Sofía, así que la buscó en el salón de
atención al público y volvió a invitarla:
—¿Tenés tiempo para un café?—
Su colega y mano derecha era una mujer elegante y de buen gusto, tenía los mismos conocimientos que Renata pero no así el mismo coraje, razón por la que
prefirió trabajar para ella en lugar de ser su competencia independiente. Sofía lucía una estatura media que enaltecía con tacos altos todos los días del año, era difícil verla
o siquiera imaginarla sin sus plataformas. Llevaba su cabello cobrizo a la altura del hombro y sus grandes ojos aguamarina rodeados de maquillaje oscuro. Le gustaba
pintarse los labios que retocaba varias veces al día, usaba diferentes colores en combinación con el atuendo que también seleccionaba con sumo cuidado. Era una amante
de la moda y solía ofrecer consejos al respecto cuando dirigía una sesión fotográfica de estudio. A veces se quejaba de su naturaleza con tendencia a la obesidad, pero si
bien tenía forma redondeada y vivía a dieta de forma estricta, sus lamentaciones parecían exageradas para quienes la oían, pues su cuerpo era claramente una oda a la
perfección. A sus treinta y cinco años terminó una relación de casi dos con el hombre que había elegido para casarse, aún luego de cuatro meses del final seguía en duelo
por ese rompimiento y por la destrucción de todas sus ilusiones respecto de una boda de ensueño.
—Sí, claro, estuve esperando por ese café desde que lo mencionaste—contestó.
Activaron entonces la alarma de seguridad, cerraron el negocio y caminaron

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