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Libro PDF Corazón cautivo Lee Vincent

 Corazón cautivo  Lee Vincent

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le sucedió al morir su madre
en un accidente
automovilístico cuando ella
acababa de cumplir ocho
años.
Desde hacía mucho
tiempo albergaba la esperanza
de que Abdul Alí Al Salim
Arafat, príncipe heredero de
Badra, hubiera olvidado la
bendita promesa. No era
ilógico que pensara de esa
forma porque habían pasado
casi veinte años desde que los
padres de ambos se habían
jurado, ante el consejo tribal
de ese país, que sus hijos se
unirían en matrimonio.
El timbre del teléfono
volvió a sonar y Rania
contestó un poco temerosa.
¿Sería posible que su padre
quisiera añadir algo más a su
tragedia?
—He enviado a mis
hombres para que vayan por
ti. —Al instante supo que era
el príncipe. Su tono autoritario
y seco la disgustó, pero se
mantuvo callada—. No estoy
dispuesto a continuar con tu
juego, Rania.
Con un poco de valor le
hubiera gritado lo despreciable
de aquel acto de obligarla a
casarse con él, pero su padre
había sido muy claro desde
siempre: desafiar la autoridad
del príncipe sería un grave
error. Solo por eso actuó de
manera comedida y se
mantuvo en silencio.
Tan pronto escuchó que Alí
cortó la llamada, corrió a su
habitación. Necesitaba poner
en marcha el plan de escape
que había ideado con la ayuda
de su mejor amiga, Amanda
Parker. Ambas habían
acordado que llegado el
momento Rania escaparía a
Francia a bordo del tren
Eurostar a casa de unos tíos
paternos de su amiga. Una
campiña a las afueras de Lyon
debería ser un lugar seguro
donde ocultarse por un
tiempo. El desafío era llegar a
la estación St. Pancras
International antes de que los
hombres del príncipe la
encontraran. Decidió que
llamaría a Amanda tan pronto
saliera rumbo al terminal.
Con agilidad bajó un bulto
del tope del guardarropa para
llenarlo con los objetos más
indispensables. Tomó su
pasaporte, un sobre con dinero
y el hi y ab para cubrirse el
cabello. Como estaba decidida
a lograr su propósito, se
apresuró hacia la salida del
apartamento con actitud
resuelta.
«Demasiado tarde»,
pensó cuando salió al pasillo.
Dos grandulones aguardaban
tras la puerta. Intentó evadirlos
con maña, pero uno de ellos
se le acercó sin darle ningún
chance y le arrebató el bulto.
—Será mejor que no se
resista a venir con nosotros —
dijo el hombre con un fuerte
acento árabe—. Su Alteza, el
príncipe Alí, nos ha pedido
que la tratemos con suma
delicadeza siempre y cuando
usted coopere.
Un gran temor se
apoderó de ella. De inmediato
bajaron las escaleras en
silencio y se dirigieron a la
parte posterior del edificio
para escabullirse por la puerta
de emergencia.
—¿A dónde me llevan? —
les preguntó Rania con
tenacidad al llegar a la acera.
Cuando decidió correr, uno de
ellos la tomó por la cintura
obligándola a entrar en un
automóvil—. ¡No pueden
secuestrarme!
La forzaron a ocupar el
centro del asiento en la parte
posterior del auto mientras se
acomodaron en los extremos.
De esa forma se aseguraron
de anular cualquier posibilidad
de escape.
—Cúbrase con esto —dijo
uno de los individuos con
cierta indiferencia al entregarle
un niqab para que se cubriera
el rostro, excepto los ojos. De
igual forma le extendió una
abay a para que ocultara su
cuerpo hasta los tobillos—.
Entrégueme su móvil.
Volvió a mostrarse porfiada,
pero no tuvo otra opción que
entregar el aparato. Su
efímera posibilidad de
escapar, acababa de
esfumarse.
Otro hombre al volante
arrancó a toda velocidad para
tomar la carretera que
conducía de Chelsea a London
City Airport. De vez en
cuando se oía el chirrido de
los neumáticos y en varias
ocasiones estuvieron a punto
de accidentarse.
—No voy a vestirme de esta
manera. —Protestó ella. Se
mostró obstinada en rechazar
la pieza—. Ni mi padre ha
podido obligarme a utilizar
eso. Sólo vestiré el hiyab.
—Es preferible que se lo
ponga y evite problemas con
Su Alteza —replicó el mismo
hombre.
«¡Al diablo con Su Alteza!»,
pensó. Cuando lo tuviera de
frente le escupiría el rostro y
le patearía los genitales. No
iba a dejarse amedrentar.
Entonces recordó las
palabras de su padre cuando a
los doce años le había
confesado la verdad. “Hace un
tiempo, cuando vivía con tu
madre en Badra, te
prometimos en matrimonio
con uno de los príncipes de
nuestro país. Ese contrato está
vigente Rania, así que cuando
seas adulta y tengas una
profesión, el príncipe Alí
vendrá a buscarte para llevarte
a su reino. Ese es tu destino
hija y mi propósito es velar
porque se cumpla. Se lo juré a
tu madre antes de morir”. En
aquel momento esa revelación
le pareció a Rania un sueño.
Iba a ser princesa de un reino
con un apuesto príncipe como
esposo. ¿Qué niña no sueña
con eso?
Acostumbrada a historias de
príncipes y princesas que
vivían felices para siempre la
idea no le pareció
descabellada, hasta que
cumplió la mayoría de edad.
Fue en esa época que tomó
conciencia de que su destino
la dominaba, al punto de que
su padre le había prohibido
tener compañía masculina
para mantener intacta su
virtud.
A sus diecisiete años, en
medio de una acalorada
discusión por un
enamoramiento pasajero con
un compañero del colegio, su
padre le explicó que si no
llegaba virgen al matrimonio
podría pagar con su vida. En
ese instante se sintió muy
desdichada y desde ese suceso
odió al príncipe, a Badra y a
todo lo que Alí representaba.
—Hágame caso, princesa.
—Le aconsejó el hombre,
interrumpiendo sus
pensamientos.
Rania lo miró confusa.
—¡No soy princesa! —
Lanzó un gruñido.
—Por favor, vístase. Ya
estamos por llegar.
Al final sus protestas no le
sirvieron de nada y tuvo que
vestirse con toda la
indumentaria. Su ira aumentó

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