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Criaturas de un día – Irvin D. Yalom

Criaturas de un día – Irvin D. Yalom

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—Quiero que esta vez sea diferente a la anterior. Ahora quiero un ajuste completo. Se acerca mi sexagésimo cumpleaños y quiero cambiar mi vida.
Ésas fueron las primeras palabras de Sally, una mujer atractiva y extrovertida que me miraba a los ojos y sostenía la mirada. Se refería a nuestra terapia previa, seis
años atrás, cuando me había pedido cuatro y sólo cuatro sesiones para ayudarla con el duelo por la muerte de su padre, que se había alargado demasiado. A pesar de que
había utilizado nuestro tiempo de forma eficiente y había analizado la tormentosa relación que tenía con sus padres con cierta profundidad, sentí que había muchas más
cosas que necesitaban atención. Sin embargo, Sally mantuvo con firmeza su decisión de realizar solamente cuatro sesiones.
—No estoy segura de cuánto recuerda sobre mí —continuó—, pero he trabajado toda mi vida de técnica física y eso es lo que quiero cambiar. La verdad es que
nunca me he sentido bien en ese trabajo. Mi verdadera vocación es la escritura. Quiero ser escritora.
—No recuerdo que lo mencionara anteriormente.
—Es verdad. No estaba lista para hablar de eso entonces. Ni siquiera conmigo misma. Ahora sí lo estoy. Y he vuelto a contactar con usted porque es un escritor y
pienso que puede ayudarme a volverme una escritora de verdad.
—Lo haré lo mejor que pueda. Póngame al corriente.
—He tomado la decisión de poner la escritura en primer plano. Ahora tengo el dinero suficiente para hacerlo, gracias a mi jubilación y al trabajo de mi marido, que
es piloto de avión. Trabaja en United Airlines y, aunque la empresa ha «robado» las pensiones de los pilotos (aparentemente, el director ejecutivo necesitaba un salario
de millones de dólares), mi esposo se sigue ganando bien la vida y su sueldo seguirá siendo considerable durante cinco años más. Pero lo más importante es que debo de
tener talento.
—Debes de tener talento… Háblame un poco más sobre eso.
—Quiero decir que debo de tener algo de talento. Gané un premio de ficción para nuevos escritores cuando tenía dieciocho años. Cuatro mil dólares. Y eso fue hace
cuarenta y dos años.
—Un gran premio. ¡Qué honor!
—Resultó ser una maldición.
—¿Por qué?
—Empecé a pensar que no estaba a la altura de ese premio. Me sentía un fraude y tenía miedo de mostrar mi trabajo.
—¿Qué escribía?
—Qué escribo, debería preguntar, porque nunca dejé de escribir. Un poco de todo… Una corriente interminable de poesía y relatos y viñetas.
—Y ¿qué ha hecho con todo su trabajo? ¿Ha publicado algo?
—Aparte de la nouvelle con la que gané el premio no he publicado nada. Nunca lo intenté. Ni una vez. Pero conservo cada uno de los textos que he escrito. No
podía mostrar ningún texto, aunque tampoco deshacerme de nada. Lo puse todo en una gran caja y lo sellé con cinta. Todo lo que he escrito desde mi adolescencia.
¡Una gran caja llena de todo lo que alguna vez escribió! Se me aceleró el corazón. «Calma», me dije, pues estaba identificándome con mi propia identidad como
escritor y estaba involucrándome demasiado. Mi curiosidad estaba en llamas. Y mi empatía también. Me estremecí al imaginar que el trabajo de toda mi vida quedara
almacenado en una gran caja sin que nadie lo viera. «No te sobreidentifiques —me dije—. De eso no puede resultar nada bueno.» Volví a dirigirme a Sally.
—Y ¿cómo se siente con eso?
—¿Con qué, con tener todo en una caja?
Asentí con la cabeza.
—No es tan malo. Ojos que no ven, corazón que no siente. Ha funcionado bien… hasta ahora. Podría hablarle mucho sobre las bondades de la negación. Siempre
pensé que a su profesión le faltaba valorar correctamente la negación.
—¡Correcto! La negación no está invitada a nuestra fiesta. Debo confesar que espero que mis pacientes se quiten la negación y la cuelguen en el vestidor antes de
entrar.
Sonreímos juntos. Éramos un buen par. ¿Cuándo había sido la última vez que había dicho fiesta, vestidor y quitarse durante una sesión? Sentí que nos instalábamos
con comodidad en una conversación de escritores. «Cuidado, cuidado —pensé—. Ha venido en busca de ayuda, no de cordialidad.»
—Y esa caja… ¿dónde la tiene guardada?
—En realidad, son dos cajas. La caja número uno, la más importante, está abarrotada, encintada y almacenada fuera de la vista en un sector recóndito del armario.
He tirado muchas cosas durante estos años, ropa, fotos, libros, pero nunca me he deshecho de esa caja. La he llevado conmigo como el caparazón de una tortuga, de
hogar en hogar, durante casi toda mi vida. Allí está todo lo que escribí desde la adolescencia hasta más o menos los cuarenta y cinco años. La segunda caja, donde guardo
mi trabajo más reciente, está abierta debajo de mi escritorio.
—Entonces ¿ha guardado la producción escrita de toda su vida en un lugar cercano, pero fuera de la vista?
—No, no toda mi obra. Una buena parte encontró un triste destino.
—¿Por qué?
—Es una historia extraña. Estoy bastante segura de que no se la conté en nuestra terapia previa. Una vez, cuando tenía unos catorce años, mis padres y mis
hermanos habían salido y yo me puse a husmear en los cajones de la cómoda de mi padre. No era algo raro en mí. No recuerdo qué buscaba exactamente, pero siempre
fui una fisgona profesional. Ese día encontré dos poemas míos en un cajón donde mi padre guardaba sus jerseis. ¿De dónde los había sacado? Sólo podía haber una
forma: él tenía que haber husmeado en mi habitación cuando yo estaba en la escuela.
—Y…
—No podía dejar en evidencia a mi padre, pues yo también había estado husmeando en su cuarto. Entonces sólo me quedaba un recurso.
—¿Cuál?
—Quemé todos los poemas que había escrito.
¡Ay, sentí como una puñalada en el corazón! Intenté disimularlo, pero ella se dio cuenta.
—¡Quemar todos los poemas que escribió! Estoy tratando de evocar una imagen de esa chica de catorce años encendiendo una cerilla y quemando todos los
poemas. Qué pensamiento horrible y doloroso. ¡Qué violencia hacia usted misma! Dígame, Sally, ¿siente simpatía por esa joven de catorce años?
Sally parecía conmovida. Echó la cabeza hacia atrás y miró hacia arriba durante unos segundos.
—Uf. Nunca he pensado particularmente sobre eso. Deberé meditarlo.
—Marquemos este tema y no olvidemos retomarlo más adelante. Es importante. Ahora sigamos hablando sobre sus motivos para venir a verme.
Yo habría preferido regresar a esa misteriosa caja sellada (me atraía como un imán a un clavo), pero la historia de cómo Sally había quemado todo su trabajo
después de que su padre invadiera su privacidad abrió un paréntesis. La situación requería gran discreción. Ella volvería a hablar de la caja, estaba seguro, pero sólo
cuando lo sintiera necesario, sólo cuando estuviese lista.
Durante los meses siguientes, preparamos el terreno para su nueva vida. Primero, Sally tenía que lidiar con su jubilación, una gran transición que produce temor y
que pocos transitan con ecuanimidad. A pesar de ser consciente de todos los obstáculos que había en el camino, era una mujer decidida y eficiente que abordaba sus
problemas uno a uno.
Primero tenía que aceptar lo irreversible de su decisión. El campo de la física en el que ella trabajaba evolucionaba tan rápidamente que, en breve, su saber de base
estaría desactualizado y ella sabía que no existía la posibilidad de cambiar de opinión y regresar a su antiguo trabajo. Para asegurarse de que su laboratorio pudiera
funcionar sin ella, inició una prolija reorganización con el fin de lograr una transición ordenada.
Después se hizo cargo de la soledad. Su esposo tenía el plan de seguir volando durante cinco años y estaba fuera de casa la mitad del tiempo, pero ella sabía que
podía contar con un grupo de amigos. Y, finalmente, abordó el tema financiero. Siguiendo mi consejo, ella y su esposo consultaron a un asesor financiero. Éste les dijo
que el dinero para su jubilación sería suficiente, siempre y cuando les dejaran menos a sus hijos. Tuvieron una reunión con ellos, que les aseguraron que podían
arreglarse por su cuenta.
El punto final de su lista, dónde escribir, era especialmente conflictivo para Sally, y le dio vueltas al asunto durante semanas. Para escribir bien necesitaba silencio
absoluto, soledad y contacto con la naturaleza. Finalmente encontró y alquiló un loft cercano rodeado por las ramas de un enorme roble californiano.
Y un día, para mi gran sorpresa, entró en mi despacho cargando una caja de sesenta por sesenta centímetros, una caja tan pesada que el suelo tembló cuando la
apoyó junto a sus pies. Nos quedamos en silencio mirándola, hasta que sacó unas tijeras de su bolso, se arrodilló junto a la caja, me miró y dijo:
—Hoy es el día, supongo.
Yo traté de desacelerar las cosas. Los ojos de Sally estaban rojos, los labios le temblaban y las manos también.
—Primero déjeme preguntarle por sus sentimientos, da la impresión de estar tensa, Sally.
Se sentó sobre sus talones y contestó:
—Incluso antes de nuestra primera sesión, yo sabía que este día llegaría. Es por esto que vine a verlo. Hace varias noches que casi no duermo, sobre todo anoche.
Pero esta mañana me he despertado y he sabido que era el momento.
—¿Qué ha imaginado que pasará cuando la abra? —Ya le había hecho esa pregunta antes y no había resultado productiva. Pero ahora Sally se mostró extrovertida:
—Hay muchos capítulos oscuros en mi vida, episodios más oscuros de lo que le he transmitido, y hay muchas historias oscuras en esa caja, historias que quizá
haya mencionado en nuestra terapia pero sólo de forma indirecta. Tengo miedo del poder de esas historias y no quiero que me lleven de vuelta a aquellos días. Eso me
asusta mucho. Como usted ya sabe… mi familia parecía muy normal desde afuera, pero en el interior había mucho dolor.
—¿Hay alguna narración o algún poema en particular que tema releer?
Sally se levantó del suelo, apoyó las tijeras sobre el escritorio y se sentó en su silla.
—Sí, hay una historia que escribí cuando estaba en la universidad que no podía sacarme de la cabeza anoche. «Viajar en autobús», creo que se llamaba, y es sobre la
época en que tenía trece años y era tan infeliz que pensaba seriamente en suicidarme. En la historia, una historia verdadera, yo subía a un autobús y viajaba hasta el final
del recorrido, y volvía a tomarlo una y otra vez durante horas mientras consideraba las distintas formas posibles de quitarme la vida.
—Cuénteme más sobre su insomnio de anoche.
—Fue terrible. El corazón me latía tan rápido que me parecía estar temblando. Estaba aterrada por ese relato y por el recuerdo de estar todo el día en el autobús
pensando en matarme. Me veía abriendo la caja y encontrando esa historia.
—En ese momento tenía trece años y ahora acaba de cumplir sesenta. Eso quiere decir que ese viaje en autobús ocurrió hace cuarenta y siete años. Ya no es esa
muchacha de trece años, ahora es una adulta; está casada con un hombre al que ama, tiene dos hijos maravillosos; ama la vida, y ahora está intentando seguir su
verdadera vocación. Ha llegado lejos, Sally. Y, sin embargo, se aferra a la idea de que el pasado la absorberá. ¿Cómo y cuándo adquirió fuerza ese mito?
—Hace mucho. Por eso sellé la caja. —Volvió a tomar las tijeras—. Quizá por eso la he traído ahora a su consulta.
Levanté las cejas y le ofrecí mi mejor mirada de desconcierto.
—¿Por qué?
—Quizá, si usted está a mi lado, me sostendrá y me mantendrá en este mundo.
—Sé sostener.
—¿Me lo promete?
Asentí con la cabeza.
Después, Sally volvió a arrodillarse y cortó cuidadosamente la cinta alrededor de la tapa, tratando de dañar lo menos posible su valiosa caja. Después levantó la
tapa lentamente y regresó a su silla. Ambos nos quedamos asombrados ante las pilas de papel, el registro literario polvoriento de su vida. Tomó una hoja al azar y leyó
un poema en silencio.
—Un poco más alto, por favor.
Me miró alarmada.
—No estoy acostumbrada a compartir este material.
—¿Qué mejor momento que ahora para terminar con un mal hábito?
Las manos le temblaban mientras miraba la página. Se aclaró la garganta un par de veces.
—Bueno, aquí van las primeras líneas de un poema que no recuerdo. Está fechado en 1980.
Desear palabras
No es hambre
Sino enfermedad
Enfermo
Una falta de montañas
La comodidad colapsó
Sólo un paisaje
Plano
Que se devora
La noche
Como un tren
Que atraviesa Wyoming
Vagando por esas vías duras
Mis pies, hechos para escalar
Como los de las aves que
Se pasean de un lado a otro de la costa
Durante la marea baja
Hasta que el agua o las palabras crecen
Hasta derrumbar cualquier signo
De ave inusual
O mente extraña.
Los ojos se me llenaron de lágrimas. Me costaba encontrar las palabras.
—Es un poema impresionante, Sally. Impresionante, especialmente esas dos magníficas líneas finales.
Sally tomó un puñado de pañuelos de papel, bajó su cabeza y lloró durante algunos minutos. Después se secó los ojos y me miró.
—Gracias. No sabe lo que sus palabras significan para mí.
—Sally se pasó el resto de la sesión revisando las antiguas páginas de su vida. Cada tanto me leía un pasaje en voz alta. Cuando se acercaba el final de nuestra hora,
se reclinó en su silla e inspiró profundamente.
—¿Sigue aquí, en el presente, junto a mí? —le pregunté.
—Sigo estando en 2012. Estoy tan contenta de que usted esté a mi lado… Gracias, no podría haber abierto esto sin su ayuda.
Miré el reloj. El tiempo se había terminado y nos habíamos pasado ya algunos minutos. A veces, los pacientes me miran y se dan cuenta de que estoy impaciente
por que la hora termine. Pero con frecuencia, como esta vez, sucede exactamente lo contrario. Íntimamente, deseaba tener más tiempo para continuar el camino que
habíamos comenzado.
—Vamos a tener que detenernos hoy, pero primero planifiquemos la forma de continuar. Creo que deberíamos encontrarnos mañana o pasado mañana.
Sally asintió con la cabeza.
—¿Y se siente cómoda revisando sus escritos en casa? ¿O prefiere dejar la caja aquí para que continuemos mirándola juntos en nuestra próxima sesión?
Mientras Sally pensaba en mi pregunta, agregué:
—Prometo no husmear.
Sally decidió llevarse la caja a su casa y traerla nuevamente cuando nos encontráramos dos días después. Después de que se fuera, pensé en lo privilegiado de mi
profesión. ¡Qué honor el de poder compartir tales momentos cruciales y preciosos! Y escuchar su poesía había sido un verdadero regalo. No tengo nada de oído musical
y no suelo disfrutar de los conciertos o de la ópera, pero siempre me fascina la palabra hablada, el teatro y, sobre todo, las lecturas de poesía. Sentí culpa de disfrutar
tanto mi hora con Sally. Obviamente yo sabía que era problemático: la transferencia estaba acechando durante la sesión, y la imagen del padre merodeando aumentaba la
complejidad del asunto. Y estaba también el tema de cómo yo, un escritor profesional, respondía a su parte artística. Algunos terapeutas se niegan a leer los textos
literarios de los pacientes por miedo a dañar la relación. Les preocupa qué decir en caso de que el texto no les guste o no lo comprendan. Pero para mí eso nunca ha sido
un problema. Respeto demasiado a las personas que buscan cultivar la creatividad. Si el texto no es de mi agrado, siempre puedo encontrar algunas líneas que me
emocionen y señalárselas al que las escribió. Eso siempre es bienvenido y suele ayudar a los escritores a continuar con su trabajo. En ese sentido, no surgió ningún
problema con Sally, pues ella era una escritora con talento y lo único que yo tenía que hacer era decir la verdad.
Durante varias semanas, Sally leyó toda su obra y, minuciosamente, introdujo cada palabra en su ordenador. La tarea resultó ser muy fructífera para la terapia,
pues llegaba a cada sesión rebosante de vívidos recuerdos sobre su relación con sus padres, hermanos, amigos y amantes del pasado. Una serie de poemas de cuando
tenía veinte años, desesperados y dolorosos, presagiaban el colapso de su primer matrimonio. Un día apareció en mi consulta con un lote de sesenta y seis poemas
dedicados a Austin, un amante endemoniado con quien había tenido un breve y apasionante affaire en su juventud. Los poemas cantaban al amor efervescente e infinito,
pero la relación con Austin terminó demasiado pronto y le dejó un regusto amargo. Cuando descubrió esos poemas pensó en quemarlos, pero se contuvo hasta hablar
conmigo. A mí me pareció una idea espantosa. Yo nunca quemo nada y tengo una carpeta enorme llamada «cortes», donde se encuentra todo el material que he quitado
de mis novelas y cuentos. Se lo conté a Sally, en mi intento de salvar esos poemas del fuego. Para ganar tiempo, le pedí que me leyera algunos. Leyó algunos pasajes con
voz temblorosa.
—Me parecen muy buenos —dije.
Sally empezó a sollozar.
—Pero son engañosos. Y yo también soy engañosa. Los pocos meses durante los que escribí estos poemas fueron los momentos más gloriosos de mi vida; y, sin
embargo, estos textos se apoyan sobre una montaña de estiércol.
Pasamos el resto de la sesión hablando de cuántas grandes obras de arte han tenido su origen en episodios desagradables. Yo presenté todos los argumentos que se
me ocurrieron implorando por la vida de esos poemas inocentes. Le dije que la transformación de estiércol en belleza era un gran triunfo artístico, y que si no fuera por
las pasiones cambiantes, por la pérdida, la desesperación y la muerte no se habrían creado muchísimas obras de arte. Finalmente, aceptó y pasó los sesenta y seis
poemas sobre Austin a su ordenador. Yo me sentí como un héroe que hubiera rescatado un precioso manuscrito antiguo de las llamas.
Mucho después, cuando estábamos revisando su terapia, comprendí que ese episodio había sido algo más que un evento menor dentro del gran acontecimiento de
abrir la caja. Sally se sentía tan avergonzada del affaire y de su participación en los elaborados rituales sadomasoquistas de Austin que no se lo había contado nunca a
nadie. El hecho de revelármelo a mí y de obtener una respuesta comprensiva tuvo un gran impacto en ella. Se sintió enormemente liberada y, por primera vez, me pidió
que la abrazara al final de la sesión.
Esa noche tuvo un sueño.
—Encontraba una montaña de ropa limpia doblada que alguien (seguramente mi marido) había dejado junto a mi puerta. Yo empezaba a ponerla de nuevo en la
lavadora, suponía que se habría vuelto a ensuciar apilada sobre el suelo, pero después cambiaba de opinión y la guardaba en el armario.
—El mensaje del sueño era clarísimo: no tenía más ropa sucia que lavar.
Mientras Sally revisaba sus cuentos y poemas, y los discutía conmigo, preví que habría más historias fuertes que saldrían a la luz. ¿Dónde estaban esos poemas
oscuros que la habían llevado a enterrar los escritos de toda una vida? ¿Dónde estaba, por ejemplo, el temido cuento sobre el autobús?
Y un día llegó. Entró a mi consulta con una carpeta en la mano.
—Aquí está el cuento, ¿lo quiere leer?
Abrí la carpeta. El cuento de cinco páginas se llamaba «Un viaje en autobús». Era la historia narrada con simpleza de una adolescente muy enfadada que se había
peleado con sus padres y que recibía el cruel acoso de sus compañeros de clase. Decide escaparse de la escuela y, por primera vez, considera seriamente el suicidio. Es
un día helado de invierno, demasiado frío para regresar caminando a casa, pero no tiene dinero para coger el autobús. La oficina de su padre está cerca, pero el día
anterior él se había negado a ayudarla durante una acalorada confrontación con su madre y el enfado le impide pedirle que la lleve o que le dé dinero para el billete.
Entonces, la joven se sube al autobús y le muestra al chófer sus bolsillos vacíos. El conductor primero se niega a llevarla, pero después, al ver que está temblando de
frío, se compadece de la chica y la deja pasar. Ella se sienta en la parte trasera del vehículo y solloza durante todo el viaje. Al final del recorrido, todos los pasajeros
descienden y el chófer apaga el motor. Está a punto de bajarse del autobús para tomar un café durante su pausa habitual de diez minutos cuando se percata de que la
chica está sentada en el último asiento llorando. Le pregunta por qué no se ha bajado y ella le explica que vive en el otro extremo del recorrido. El chófer no sólo le
permite quedarse sino que también le compra una Coca-Cola y la invita a sentarse cerca de él junto a la calefacción. Durante el resto del día, la chica va y viene en el
autobús sentada cerca del chófer. Levanté la vista del texto.
—¿Ésta es la oscura historia que tanto miedo le daba?
—No, nunca encontré ese cuento.
—¿Y lo que acabo de leer?
—Lo escribí ayer.
Me quedé mudo. Permanecimos en silencio durante varios minutos hasta que arriesgué:
—¿Sabe lo que he estado pensando? ¿Recuerda lo que dije hace algunas semanas, cuando usted llegó a la conclusión de que sus padres no estaban reteniendo el
amor cruelmente, sino que, simplemente, no tenían amor para dar?
—Lo recuerdo con mucha claridad. En ese momento usted me dijo que tenía que abandonar la esperanza de un pasado mejor. La frase me llamó la atención y me ha
estado dando vueltas en la mente desde entonces. No me gustó, pero me ayudó mucho.
—Abandonar la esperanza de un pasado mejor es una idea potente. La he pronunciado para ayudar a muchas personas y también me ha ayudado mucho a mí. Pero
hoy, con esto —le devolví el cuento—, el pasado ha adquirido un giro creativo inesperado. Usted no ha abandonado la esperanza de un pasado mejor; en lugar de eso,
ha escrito un mejor pasado para usted misma. Ha hecho un recorrido impresionante.
Sally guardó el cuento en su maletín, me miró, sonrió y me regaló uno de los mejores halagos que he recibido:
—No es difícil si el conductor del autobús es alguien generoso.
8
Consíguete tu propia
enfermedad mortal
Homenaje a Ellie
Mientras pasaba un mes de retiro en Hawái para escribir, me impactó recibir el siguiente e-mail de mi paciente Ellie:
Hola, Irv:
Siento tener que decirle adiós de esta forma y no en persona. Mis

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