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Libro PDF Crimen se escribe con A – Irene Ferb

Crimen se escribe con A - Irene Ferb

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«¡Socorro!… Nadie me ha oído, lo sé, no he gritado como pretendía, no puedo. He querido chillar con todas mis fuerzas, pero siento que mis palabras han sonado como
el balbuceo de un recién nacido, no como mi último y desesperado aullido de auxilio.
No lo intento más, nadie me va a escuchar y no quiero que él me vuelva a disparar. Sí, si me callo no insistirá en apretar el gatillo; cualquier cosa antes que sentir ese
dolor tan profundo. Jamás pensé que alguien me dispararía. Yo no lo merezco; soy una persona normal y corriente. ¡Buah, qué absurda deducción! ¡El que no es normal
es el que dispara! El que coge un arma y la usa contra ti, sin vacilación alguna, sin rastro de aflicción en su cara de muñeco de nieve.
Me voy a morir. Me quedan minutos. Eso se sabe. Huyo del salón arrastrándome; no por cobardía, me arrastro por no regalarle el placer de ver mi agonía. Me ha
disparado dos veces, en dos lugares distintos, pero todo mi cuerpo se queja. El fuego que he sentido con los disparos se ha instalado en cada una de mis células y arde
como un incendio descontrolado, y lo peor, sin posibilidad de extinción alguna.
Me estoy muriendo. No me lo puedo creer.
Me parece que mi consciencia se pierde en milisegundos, involuntariamente, y de igual forma despierta. He recordado a mi madre y a mi padre entrando en el zoo y a mí
misma, colgada de ambos brazos, dando saltitos de alegría. En otra ida he rememorado una escena con mi padre construyendo un castillo de arena en la playa. Me
resulta curioso, las había olvidado por completo… ¿Estaré ya en el túnel ese del que todo el mundo habla? ¿Veré a mis padres? ¡Por favor, que exista algo! No quiero
que todo acabe aquí. Soy muy joven, tengo treinta años.
Otra vez me he perdido y he viajado al recóndito recuerdo de su entierro…, el de mis progenitores.
¡Ahhh!
Algo se ha soltado en mi interior, algo se ha descolgado de su sitio. Es un dolor inaguantable. Me rindo y ceso mi arrastre en la puerta del dormitorio. Mi aparato
locomotor se ha paralizado, dándome aviso de que ya nunca podrá levantarse… Jamás volveré a andar, ni a correr por el parque, ¡oh, no!, no intervendré en el congreso
de química que llevaba tanto preparando…
¿De verdad, no es un sueño? Unas espontáneas lágrimas brotan y empapan mi cara, respondiendo así a mi quimera. Esto no es un sueño, es jodidamente real.
Ya no oigo nada. ¿Se habrá ido o me habré quedado sorda? Percibo humedad cerca de mi mano derecha. Con un esfuerzo sobrehumano alzo mi cabeza diez grados, ¡no,
no! Es un charco de mi sangre que crece y se extiende templando el frío suelo.
Esto no debería estar pasando. ¿Por qué? ¿Por qué me matas?
Cada vez mi consciencia desaparece más. De mis párpados cuelga una tonelada de impotencia, tornando al ejercicio humano más leve en casi imposible. Creo que hasta
mis pestañas me pesan, que empujan a la piel para unirse para siempre con sus vecinas del párpado inferior. Pero yo me resisto a cerrar los ojos.
Se acerca el momento y sin embargo me ahogo en un mar de pensamientos; mi obstinada mente se niega a descansar. Con la efímera intención de dejarles una pista a los
policías; en una de esas ideas fugaces, me he visualizado escribiendo el nombre del asesino en mi propio charco de sangre. Me parece buena idea, voy a intentar
escribirlo.
¿Lo detendrán o me archivarán en una carpeta del olvido? ¡No! ¡No!, eso me arde más que los disparos. ¡Tiene que pagar! Necesito a un buen policía, no va a ser fácil
pillarlo. Me acaba de matar a sangre fría. Me llamo Rebeca Sanz, soy Rebeca.
¡Ojalá pudiera vengarme! Le deseo todo lo peor del mundo. ¡Por favor, que lo detengan pronto! ¡Que no viva ni un minuto feliz!
¡Ahhhhhh!».
No puede respirar. Se queda sin fuerzas. Sus párpados vencen y se cierran para jamás abrirse.
Un espasmo de paz le recorre el cuerpo por dentro.
Se acabó.
CAPÍTULO 2
Quince días después…
No sé andar. Tengo treinta años y parece que no me he puesto unos tacones en la vida. Y eso no es verdad… Si contamos las cinco bodas a las que he asistido, una
Nochevieja en la que mi hermana se empeñó en emperifollarme y en dos casos más, dirigidos por mi comisaría, en los que vestí de incógnito —y no era de mujer de
negocios, bueno o sí, según se mire—, van ocho. Sin embargo, avanzo con andares de travestí: cojera, piernas encorvadas y ausencia total de elegancia. Al menos, me
alegro de haberme depilado. Las medias marfil que me ha prestado mi femenina hermana quedan mucho mejor sin sombras de pelillos. Por no hablar del vestido negro
ceñido, puro harakiri para mis carnes acostumbradas a la holgura. El tejido se asemeja al de un chaleco antibalas, e igual que con él, no puedo respirar.
He salido con tiempo de la «guarida» de mi hermana; a su hogar no se le puede llamar casa. Cuatro hijos, un marido, ausencia de asistenta, dos suegros y juguetes por
doquier, le han conferido un carácter más militar que cualquier campo de batalla en Irak. Y no es hablar por hablar, lo puedo demostrar. En un campo de batalla debe
haber bombas, y allí a la que te descuides te estalla un juguete volador en un ojo; pero si en vez de bombas, la batalla transcurre a la antigua usanza y combaten con
navajas y espadas, no hay problema, las puñaladas entre Cristina y su suegra subyacen, en ocasiones, más sangrientas. Por descontado que se escuchan gritos e
insultos, de eso se ocupan mis instruidos sobrinos. Y si la contienda se acerca más a este siglo y como armas hablamos de gases tóxicos, culpo al suegro de Cris, ya que
rinde una batalla propia con su esfínter. De los mensajes cifrados se encargan Cris e Iván, mi cuñado, que son como expertos jugadores de mus. Lo dicho, un campo de
batalla en toda regla.
Cristina me ha ayudado a vestirme en plan femenino. La he elegido porque alguien que ha tenido cuatro hijos tiene que saber cómo seducir a un hombre, sí o sí. Sé que
no debería revelar nada de los casos en los que trabajo, pero mi hermana es muy discreta y le apasiona que le cuente lo que ando investigando, dice que le da emoción a
su vida. Además, más de una vez me ha ayudado. Yo soy un ser práctico y mi funcionalidad contrasta con la manera que tiene de ver las cosas Cris. Ella se va por las
ramas, inventa historias con una facilidad pasmosa y, en ocasiones, sus fábulas han alumbrado mi estructurada mente. Es mi única amiga, pero me sobra. Desde
pequeñas hemos permanecido muy unidas, a pesar de nuestros diferentes carácteres y estilos de vida. Mi hermana mayor es mi debilidad, la quiero más que a nadie en el
mundo —aunque nunca se lo digo—.
Mi tacón se ancla en un baldosín frente a la cristalera del restaurante. Miro a mi izquierda, a un Peugeot 307 con los cristales tintados; dentro acecha mi compañero,
Rubén. Disimulo un pequeño saludo con la cabeza mientras me concentro en extraer el maldito tacón. No llevo micros. No había presupuesto. Desbloqueo mi móvil y
leo un mensaje que me ha enviado Rubén:
Sospechoso en mesa. Ten cuidado. Estás muy sexy, Aridane.
«¡Este es tonto!», bufo. Sinceramente, no me encuentro cómoda, ni por la ropa, ni por el sitio, ni por lo que me toca hacer… ¡ligar! En este terreno me siento más
insegura que un piojo en una melena en otoño.
Tomo aire resignada. Guardo el móvil y me adentro en el restaurante más cool de todo Madrid.
Vislumbro su espalda. Sé quién es porque le he visto en fotos y su pelo tintado con mechas no pasa desapercibido. Odio las mechas en los hombres, por muy bien que
estén dadas siempre me recuerdan a los perros yorkshire. Además Arthur, que así se llama el primer sospechoso —que de lo primero que yo sospecho es que su
nombre es Arturo—, lleva pendientes… —anótese que es plural—, dos, uno en cada oreja. Táchame de clásica, pero prefiero a los hombres sin agujeros, a los extras me
refiero, los que te da la naturaleza no es que me gusten, pero los acepto.
Disto solos dos pasos de mi primera cita. Suspiro y me concentro para integrarme en mi estrategia. Se supone que hemos sido citados por la Agencia Wonderful Love.
A Arthur le han avisado de que había una nueva clienta que cubría sus expectativas y que coincidía con él en muchos ámbitos de su vida. Por supuesto, no le han
expuesto la verdad: que soy policía, que no encajo en nada con él y que lo que realmente quiero es esclarecer el asesinato de Rebeca Sanz: una mujer de treinta años, con
toda la vida por delante, que se citó con él hace tres meses por el mismo método.
Este caso me está volviendo loca, tanto como para pasar por este trance; pero siento que Rebeca me pide que detenga a su asesino, y así haré. Desde hace quince días,
cuando vi la escena del crimen y leí los antecedentes de Rebeca, establecí una conexión con ella. Una mujer de mi edad, soltera, con toda su carrera profesional por
delante; ella era Doctora en química y trabajaba dando clases en la universidad, yo soy inspectora de homicidios y licenciada en criminología. No ha sido nada fácil, me
imagino que al igual que ella, por eso mi vida social es meramente anecdótica: cenas de trabajo en Navidad, cumpleaños de mis sobrinos… y ya. A Rebeca le arrebataron
su vida en la tranquilad de su casa. Vivía sola, igual que yo. Como me veía tan reflejada, a los días de empezar la investigación me encontré con una gatita en la puerta de
su hogar y decidí adoptarla y llamarla Queca. La nombré así en su honor. No parece que sirva de mucho, lo sé, fue un impulso, pero es tan mona…
De la escena del crimen, lo primero que descartamos fue el robo, aunque el asesino intentó simularlo. No basta con tirar cajones al suelo y abrir puertas de armarios para
reproducir una escena de hurto. Los ladrones siempre miran en los mismos sitios, que se supone que son donde la gente estratégicamente esconde su dinero: cajas de
cereales, calcetines, cojines, macetas, cuadros, los más ingeniosos hasta en falsos techos… Cuando un asesino finge un hurto nunca desordena estos lugares, y nuestro
asesino no lo hizo.
Rebeca yacía en el pasillo. El informe preliminar del forense dictó que no murió en el acto, pero todavía estamos esperando el informe final. La víctima recibió dos
heridas de bala, una en hombro derecho y otra en abdomen. La encontramos, de espaldas, en un charco de sangre en la entrada de su habitación. Como escena primaria
—el lugar donde le dispararon—, definimos el salón. Por las manchas de salpicaduras de sangre en paredes y muebles, dedujimos que allí recibió los dos disparos y cayó
al suelo. La víctima se fue arrastrando por un pequeño pasillo hasta su cuarto y en la entrada falleció.
Pero a Rebeca, una mujer práctica e inteligente, le dio tiempo a proporcionarnos una pista; una que el asesino no se ocupó de borrar. Todo apunta a que no la advirtió y
por eso no encontramos ninguna huella en el pasillo. Si alguien hubiera pisado por allí, hubiera manchado de sangre sus suelas y podría habernos ofrecido una marca de
su zapato. Pero no, no se acercó. Supondría que tras dos disparaos certeros la breve agonía de Rebeca no le permitiría actuar. Gracias a su sobreestima, no contempló lo
que ella nos dejó escrito en el suelo con su propia sangre:
A … y su palma de la mano.
Parece obvio que ella escribió algo más, pero hubo de desmayarse o fallecer justo en ese momento y sin pretenderlo, su mano inerte emborronó el mensaje. Lo único que
hemos podido descifrar es la A. Es indescriptible la rabia que me corroe cada vez que pienso que nos lo quiso dejar apuntado, que poseyó el coraje de trazar el nombre
de su asesino en sus últimos momentos, probablemente frente a él, pero la mala suerte, o paradójicamente la buena estrella del homicida, lo borró. Le he dado tres mil
vueltas a esa letra, pero por el momento no esclarece prácticamente nada.
Para redactar el informe criminal pregunté a los vecinos, aunque no saqué nada en claro, porque apenas tenía. Al vivir en un chalet escasea la información que solemos
conseguir de los vecinos de rellano; es uno de los inconvenientes de tener una casa aislada. Interrogué a sus amigos, tampoco es que tuviera muchos: un peluquero,
Nacho, y una compañera de la universidad, Ruth. Su familia, más reducida imposible: huérfana hace unos años e hija única.
Tildada por sus conocidos de personalidad hermética, Rebeca no compartía su vida con prácticamente nadie. Trabajaba, salía a correr todos los días, hacía la compra en
un supermercado de comida orgánica y chim pun. Los fines de semana los ocupaba en limpiar su casa y de vez en cuando, en salir con su amigo Nacho. Al redactar su
perfil la clasifiqué como mujer metódica, inteligente, organizada en todos los ámbitos de su vida, introvertida, preocupada por la salud y la alimentación sana, con escasa
vida social y sin historias de romances en su haber. ¡Rebeca era aún peor que yo! Pero si a mí me pasara algo similar —Dios no lo quiera—, me gustaría que investigaran
a conciencia mi asesinato. El que no ostentes el título de la persona más querida de esta ciudad, no quita que alguien te haya arrebatado la vida. Me siento en deuda con
Rebeca, y si alguna vez he querido atrapar a un criminal, es en este caso. Porque ella era soltera, como yo, y porque las mujeres debemos ayudarnos entre nosotras.
¡Uff!, me hago pis. Siempre que estoy nerviosa, me hago pis, no falla. Dudo si antes de presentarme a Arthur, pasar primero por el baño. Mi primera cita se revuelve en
su silla y atiende el reloj. Llevo quince minutos de retraso. Soy consciente, lo he hecho adrede para ponerle nervioso. Yo nunca llegaría tarde. Mis tacones impacientes
avanzan otro paso acercándose al respaldo. ¡Ayss! Ya puedo oler su perfume… ¿Se ha pasado un poco, no? ¡Qué olor más fuerte! Parece que me estoy comiendo su
aroma. Toso. ¡Nooo! Arthur se gira. Nuestros rostros se encuentran. Creo que sonrío, creo. Veo que se levanta.
—¿Aridane?
¡Quiero desaparecer, evaporarme, desintegrarme! ¡Lo que sea! ¡No me salen las palabras! ¡Ni una! ¡Mamita, donde quiera que estés, échame un cable!
—¿Eres Aridane? —me pregunta Arthur dubitativo.
«Eres capaz, eres capaz, vamos Ari», oigo la voz de mi madre alentarme…
—Sí, soy yo —sonrío—, ¿Arthur, verdad? —Le tiendo una mano. Mi cita, que ya se estaba lanzando a darme dos besos, ha frenado rápido al ver mi brazo extendido…
¡Vaya corte que le he dado!, ¡pobre! ¡Soy un desastre!
«No es una cita de negocios, Ari. Has quedado para ligar, ¡dale dos besos ahora mismo al chico!» Vale, mamá.
Hago caso a mi madre y cuando nuestras palmas chocan, me acerco un poco más y con una risita estúpida intento arreglar este desaliño y adelanto mi cara para besarle.
Espero que él capte el movimiento. ¡Sí! Nuestros mofletes se han saludado ¡Menos mal!
¿Se le habrá caído el bote de perfume encima? ¡Qué olor más fuerte, por Dios!
—Encantado de conocerte, Aridane. Ven, siéntate.
—Igual… igualadamente, jijiji… —¿He dicho igualadamente? «¡Ari, relájate!». Me siento. Intento respirar, pero no puedo, ya no por nervios, es que creo que su aroma
se pelea con el oxigeno ambiental y no me está entrando ni gota. Verás tú, que me pongo a estornudar y no paro en toda la cita; cierto es que tengo un picorcillo irritante
en mi mucosa nasal… Estaría bien, le digo que soy alérgica, que en cinco minutos puede ponérseme la glotis como un balón y parto de esta situación tan, tan incómoda.
—Tienes un nombre muy chulo, ¿de dónde viene? —Su voz suena varonil. Todo en él es varonil (excepto las mechas y los pendientes). Quizás haya querido
contrarrestar con estos accesorios su severa mandíbula, su intensa mirada oscura y su fuerte y abufalado cuello. Para mi gusto, pelín pasado de cachas. Busco sus
manos, siempre me fijo en las manos de los hombres; es mi fetiche. Nunca podría enamorarme de un hombre con manos feas ¡Arjj! Como sospechaba resultan acordes
con su cuerpo: grandes y gruesas…, varoniles. Definitivamente Arthur es un macho, remacho.
—¿Eh? ¡Ah, mi nombre! —Me había perdido—. De la isla de la Palma, de Los Llanos de Aridane.
—¡Ah! No lo conozco, ¿eres de allí? —Sonríe. Su sonrisa también le suaviza los rasgos. Me mira atentamente, amable. Ya nos hemos hecho el repaso mutuo y no ha
salido escopetado. Eso es bueno. Mi autoestima se anima.
—No. —Procedo a relatarle la historia de siempre. Mi madre no pensó en las explicaciones que iba a tener que dar cuando eligió mi nombre.
El camarero se presenta inmediatamente y nos tiende las cartas. Me escondo detrás de ella y procedo al auto-chequeo: corazón que late a un ritmo compatible con la
vida, respiración regular, mucosa nasal mejorada, no me hago pis… Ya ha pasado lo peor, el primer momento. Ahora tengo que empezar a mostrarme interesada en él,
debo cautivarle para que se anime a que tengamos más citas y así poder conocerle mejor.
¿Pero eso, cómo se hace?
CAPÍTULO 3
—Jajajaja —su estruendosa risa resuena en todo el local—. Nunca me imaginé saliendo con alguien como tú…
—Gracias, Arthur —bromeo.
—No, no lo digo a malas —corrige sincero—. Me refiero a que nunca me había planteado salir con una vigilante de seguridad. —Sí, le he dicho que trabajo de vigilante,
es la estrategia, conozco ese mundo. Yo no he currado en ninguna otra cosa que en la policía, y en cierta manera se pueden parecer. De esta forma, ante posibles
cuestiones sobre mi ficticia profesión, lograré salir airosa. No me veía yo interpretando el papel de profesora, administrativa o taxista, como quería Rubén.
La cena está resultando divertida. Arthur es extrovertido y se muestra muy interesado en mí. Atesora varios clubs nocturnos por Madrid y se le aprecia acostumbrado a
tratar con todo tipo de gente. Por paradójico que parezca, me encuentro a gusto con él, mi débil auto-concepto perjuraba que iba a estar más que incómoda.
—¿Y sabes disparar? —pregunta con asombro.
—¿Tú qué crees? —Me burlo—. Si no supiera disparar mal iba…
—¡Vaya! —suspira. Desde mi lado de la mesa veo sus elucubraciones. A los tíos les pone lo de imaginarnos con un arma, y Arthur ni se molesta en disimularlo.
Después de unos segundos de ensoñaciones, prosigue —: Es sexy.
—Sabía que lo ibas a decir —asevero. He de mostrarme como una mujer segura.
—¿Sí? —pregunta juguetón—. ¿Tan transparente soy? —dice más juguetón aún.
—No. Pero no olvides que trabajo con hombres, conozco a la perfección cómo funciona vuestra psique.
—¡Ah! Entiendo… ¿Eres de las que crees que todos somos iguales? —Arthur me contempla embobado. Apoya su cara en un codo. Debe de ser su técnica de ligue:
mirar a las mujeres como si no hubiera ninguna más en el mundo.
—No, bueno un poco. —He perdido mi sagacidad. Sus ojos atentos me están provocando un rubor preocupante. Desde ya, digo, que conmigo no funciona tanta
miradita ensayada.
—¿Has tenido muchas relaciones? —me pregunta a bocajarro.
He decidido responder con la verdad, así, me será más fácil no liarme.
—No. Largas, ninguna. Si obviamos a Manu, mi novio de la infancia.
—¡Ninguna! ¿De verdad? —se asombra. Me siento un poco avergonzada—. ¡Eres todo un caso! Desde que te he visto me he dado cuenta de que eras especial.
¡Oh Dios! ¿No se estará pensando que soy virgen? No, ¿no? Lo aclaro.
—Pero sí que… —No sé cómo seguir.
—Ya, ya… No has salido de un convento, ¡vaya! —me interrumpe.
—Eso, eso. He tenido, pseudo-relaciones, por llamarlas de alguna forma, pero nunca he sentido la necesidad de emparejarme, me gusta estar sola —le confío.
—Y entonces, ¿qué haces aquí? —cuestiona con una mueca pícara.
—Hasta ahora… —corrijo—. Quiero sentar cabeza. Me ha costado tomar la decisión de apuntarme a la agencia, pero ahora que estoy aquí, me alegro.
—Pues yo me alegro más, por la parte que me toca. —Arthur me vuelve a clavar su sonrisa y acerca una mano a la mía, que andaba entretenida jugando con la copa. A
puntito he estado de retirarla del susto, pero mi espíritu policíaco ha vencido. Nos miramos. Él no deja de sonreírme.
—¿Te puedo preguntar una cosa? —resuelvo empezar con el interrogatorio encubierto.
—Sí, claro. Conmigo no te cortes, puedes hablar de lo que quieras, Ari. —¡Ala! Ya me ha reducido el nombre.
—¿Has tenido muchas citas con chicas de la agencia? —le pregunto.
—No, solo una.
—¡Ah! —Es la verdad. Según su ficha Arthur solo ha salido con Rebeca. Pongo cara de intriga para que me cuente más.
—No salió bien… —Carraspea—. No era mi tipo.
—Lo dices con pena. —¡Así se hace, Aridane! Aquí hemos venido a lo que hemos venido.
—Bueno, es que es una historia un tanto extraña. —Carraspea de nuevo. Advierto su incomodidad.
—Cuéntamela, anda…
—Mejor no, otro día, si eso. Siempre que quieras que haya otro día.
—Sí, me encantaría —le digo, intentando sonar sincera.
—Y a mí. Me lo he pasado muy bien. Lástima que tengas que irte tan pronto.
—Ya, el próximo día dejaré mucha más comida a Queca. Te lo juro. —Antes le he contado que me tenía que ir al terminar de cenar, usando como excusa a la gata.
El camarero trae la cuenta. Arthur no me deja ni acercarme a verla. Mientras paga con tarjeta, hago un resumen mental. Parece buen tipo. Trabaja en la noche y dice estar
harto de ese ambiente, por eso se apuntó a la agencia. Tiene una mirada clara y siempre conecta con los ojos, igual un poco de más, pero eso no le resta sinceridad, a
pesar de que a mí me sume agobio y fatiga. Respecto a la pregunta sobre las citas, me ha respondido con la verdad. Arthur suena franco, no creo que… bueno todavía es
pronto.
Nos levantamos cuando el camarero nos indica que ha llegado mi taxi.
Salimos a la noche. Son las doce. Otra vez me meo. El aprovechado de Arthur lleva apoyando su mano en el escote de mi espalda desde que nos hemos incorporado.
Parece un gesto protector, pero yo estoy acostumbrada a protegerme sola y únicamente puedo pensar en su enorme mano apoyada en mi piel desnuda. El próximo
vestido de cuello alto, o de neopreno…
—Bueno, lo he pasado muy bien. Muchas gracias por invitarme, Arthur.
—Me tomaría una copa. Es una lástima. Prométeme que la próxima vez me dejarás que te muestre uno de mis clubs.
—Sí, de verdad.
El taxista pita ansioso. Arthur le hace una mueca con la mano pidiéndole un minuto; mano que inmediatamente después apoya al otro lado de mi espalda. Me acerca a
él. Intento parecer una mujer serena. Si la situación lo precisara no me asquearía que me besara; siempre y cuando no oliera a pachuli. Pero es que encima, tengo a Rubén
vigilándome y estoy segura de que mañana lo sabrá hasta el mismísimo ministro de Justicia. Arthur sube sus zarpas a mi cuello y me da un ligero beso muy cerca de la
comisura. Se separa veloz.
—Espero conocerte mejor. Eres una mujer muy interesante, Ari.
¡Y dale con Ari! ¿Pero quién le ha dado tantas confianzas? Me joroba que sin permiso acorten mi nombre. El nombre es propio y que se tomen la ligereza de
modificarlo, nada más conocerme, me espanta. Opino que quien hace eso, al poco tiempo, pretenderá cambiarme a mí.
—Gracias, Arthur. —Me dirijo al taxi dudando de si mis piernas subidas a estos tacones serán capaces de llegar. Mi atento acompañante se adelanta y abre la puerta.
Antes de introducirme, le escucho:
—¿Puedo pedirte una cosa, Ari?
—Sí, dime.
—No quedes con nadie más de la agencia. Dame una oportunidad. Lo digo en serio. ¿Aceptas?
—Sí —miento—. ¿Y yo puedo pedirte otra?
—Por supuesto. —Sonríe de medio lado. Que se cree este que le voy a pedir lo mismo, ¡ja!
—Llámame Aridane. —¡Si no lo digo, reviento!
Me volteo y me siento en el coche. El taxista arranca impaciente.
Es majo. A pesar de todo Arthur es majo… Ojalá no haya sido él.
CAPÍTULO 4
«So wake me up when it’s all over… lalalala lalalalalala…». Llevo toda la mañana tarareando la canción de Avicii, ya ha pasado de moda, pero a mí me encanta. La elegí
de tono de llamada del móvil, y aunque mis compañeros, en concreto Rubén, me digan que soy una carca, paso de ellos. Me proclamo fiel a mis canciones favoritas, con
deciros que vacilé durante toda una semana para pulsar el botón de aceptar y suplir a mi anterior tema: Cry cry de Oceana. Para mí la fidelidad es algo muy valioso, por
eso cuando otra canción me gusta y me apetece sustituirla en mi teléfono, lo paso realmente mal. Siento como si desterrara a la antigua al cajón del olvido musical, donde
ya nadie nunca la escuchará y me odio por ser tan Judas. Luego, cuando en otro sitio la oigo me da como un latiguillo de culpabilidad en el corazón acompañado de una
vocecilla rencorosa que me instiga «mira, aquí sí que me valoran y tú no, tú pasaste de mí, ¡que te zurzan, traidora!». A ver, cada uno se toma las cosas a su manera,
acepto que en este sentido podría parecer que estoy «para que me ingresen»… en algún otro tema también, pero como la media nacional, tampoco voy a preocuparme
en demasía.
Es sábado, en principio, día libre, hasta la noche, que tengo de nuevo cita.
El día de ayer aconteció cual pesadilla en la comisaría. Rubén exageró, hasta la saciedad, lo sucedido en la puerta del restaurante, y para sumarle más morbo, poseía fotos
del momento… y las enseñó. Como era de esperar, se fijaron más en mi atuendo que en el sospechoso y me vi obligada a escuchar un montón de absurdos comentarios.
«¡Joer, Ari! ¡Sí que estás buena!».
«¡Podías venir así a trabajar!».
«¡A ver qué te pones el próximo día!».
No les hice ni caso. Sabía que poco a poco se les pasaría y el ambiente volvería a la normalidad. Pero cuando a media tarde se apareció un chico trayendo un ramo de
flores para mí, el jaleo fue de boda gitana. Les faltó subirme en hombros o hacerme la ola… ¿O sí me la hicieron?
A través de la agencia, Arthur me hizo llegar un ramo con tarjeta incluida. No me atreví a abrirla delante de tanto ser insensible y me escondí en el baño. Mi rincón de
paz; donde me aíslo de todos ellos cuando me ponen la cabeza como un bote.
Espero que te hayas acordado de mí en algún momento. Me gustaría verte pronto. La próxima vez te regalaré un saco de comida de gatos para que no te
aleje de mí tan pronto…Besos.
Arthur
Sin quererlo —anótese: sin quererlo—, una sonrisa se dibujó en mi cara. Hacía tanto tiempo que nadie me halagaba, que inevitablemente me gustó. Me miré en el espejo.
Mis mejillas se veían sonrosadas por el rato de vergüenza ante mis neandertales compañeros. Hasta que no se me pasó el rubor permanecí allí, no podía tolerar otro rato
de chistes a mi costa.
Cual meticulosa detective, investigué de qué floristería procedía el ramo y cuando obtuve la dirección, me acerqué para averiguar si ese cliente había mandado flores hace
tres meses a Rebeca. Negativo. Era un nuevo cliente.
Hoy todavía me dura el subidón post-ramo. Y me alegro porque me he limpiado la casa con mucha más energía que otros sábados. Entiendo que no es profesional, que
no debería afectarme, pero nunca me habían regalado flores, ¡joe! Además, no hay peligro. Jamás me enamoraría de Arthur, principalmente porque es sospechoso de
asesinato y después porque no es mi tipo, demasiado macho.
Antes de irme a casa de mi hermana a comer, termino de redactar el informe que detalla todas las conversaciones que mantuve con Arthur. Después, vuelvo a ver fotos
de la escena del crimen. Me las voy a aprender de memoria, pero verlas me concentra, mi mente se pone en acción. Es un caso difícil, no hay huellas, ni testigos, ni
motivo… bueno, en mi cabeza se empieza a formar una teoría, pero hasta que no conozca a los tres sospechosos, no la quiero formular. Soy muy precavida, si me
centro en un móvil, puedo saltarme pistas.
—Tita Ari, llegas 37 segundos tarde. —Mi sobrina Nerea vive obsesionada con los relojes. Sabe qué hora es en Nueva York, en Nueva Guinea y en cualquier uso
horario del planeta. ¡Con tan solo cinco años! Va para controladora aérea. Me agacho para besar su preciosa carita. Aparto de su frente unos de sus maravillosos
tirabuzones rubios, posee una melena de anuncio y unos coloretes que te pasarías el día pellizcando.
—Hola enana. Dale un arrumaco de oso amoroso ahora mismo a tu tía.
—No puedo tita, has llegado tarde. —Es más estricta que la señora Rotenmeyer.
—¡Ay, peque! ¿No sabes lo que me ha pasado? He tenido que frenar para ayudar a una abuelita a cruzar, si no habría llegado en punto… —Interpreto una mueca
suplicante. No me cree, más lista que la hambruna nos ha salido la crieja.
—Pues tita, otro día sal antes. —Se larga y me quedo de cuclillas, sin beso ni abrazo. ¡Caray, qué seca es la piojosa! ¿A quién se parecerá?
Entro en el chalet de mi hermana. Es una casa espaciosa, llena de luz, de vida, de voces y de juguetes. Tienes que mirar por dónde pisas para no romper nada.
—¡Ari, ya era hora! ¡Ven a ayudarme, estoy en la cocina! —La voz de mi hermana Cristina suena desesperada, como casi siempre. La encuentro con el bebé en brazos y
entre bandejas de embutidos, quesos, ensalada y al lado de una gran paellera. Huele fenomenal. No, no lo ha cocinado ella. Cristina tira del mágico teléfono ese, al que tú
llamas y al rato te aparece un banquete. Diría que mi hermana es su clienta honorífica, con lo que gasta al mes les da para traer la comida en helicóptero y no en motillos
ruidosas.
—Sujétame a Simón, Ari. Mi esposo no encuentra el abridor. Lleva el mismo tiempo que yo viviendo aquí y no encuentra el abridor… bueno de qué me extraño, ni el
abridor, ni las servilletas, ni la licuadora, ni los malditos pañales. Lo que sí sabe es dónde están la cerveza y los panchitos, eso sí. Tú no le preguntes por dónde está la
crema para el eccema de Simón, ni el inhalador de Lidia, ni el antihistamínico de Izan, pero la cerveza, ya verás como sí.
—Relaja Cristina, relaja —hablo con tono suave y comprensivo mientras estrujo a Simón, el más pequeño, entre mis brazos. Me invade el olor a bebé. Mi hermana se
pasa el día quejándose, su mayor hobby. Es cierto que nunca tiene tiempo para ella, que ni sabe lo que es eso, pero no se puede ir a todos los sitios estresada. Siempre
camina como si alguien la fuera siguiendo y de tanta prisa se le olvida respirar.
—Ya, perdona, Ari. Pensarás que soy una pesada, pero te juro que llevo una semana…
—No, tonta. Pero venga, vamos a disfrutar del día. Tú vete al salón. Yo organizo todo.
—No, no, que allí están mis suegros y los peques. Prefiero quedarme contigo aquí.
—¿Y papá? —le pregunto. Desde que Nerea habla no se permite llegar tarde, me extraña que no haya llegado ya.
—Le he llamado. Dice que ahora viene. Parecía un poco misterioso.
—¿Papá? ¿Misterioso? —dudo.
—Sí, te lo juro Ari. Fíate de mí. Bueno y tú ¿qué tal con la cita del jueves?
—No era una cita, Cris, era trabajo.
—Bueno, ya ¿pero qué tal? ¿Era mono, al menos?
Le relato todo a Cris. Mi vida se convierte en emocionante cuando hablo con ella. Al terminar observo su cara. Advierto cómo analiza mi resumen y cómo lo mete en su
disco duro cerebral. Es mil veces más inteligente que yo, además de más guapa. Comparte la melenaza de Nerea y unos ojos azules que han deleitado al barrio entero.
Piel perfecta. Figura extra delgada. Sin embargo yo soy castaña, con pelo lamido y ojos a juego con mi pelo. Eso sí, yo mido metro ochenta y ella uno con setenta y
siete. Me siento orgullosa de esos tres centímetros de más. Y ahora luzco yo más flaca, pero la alegría me durará poco. Se recupera de los partos como las famosas. En
resumen, Cris es clavada a mi madre y yo a mi padre, me falta el bigote.
Definitivamente, mi padre llega tardísimo. Nerea se prepara para echarle una bronca a lo Mourinho. Le aguardamos los demás en el salón. He saludado a Iván, mi
cuñado, y a sus padres, los añadidos, como les apoda mi hermana. Son un matrimonio con una filosofía diferente a los de su generación, que generalmente dan todo por
los hijos. Sin embargo, en ellos prima una doctrina más divertida: disfruta de la vida y juega al bingo hasta que te embarguen la casa y puedas vivir de tu hijo. Encima, se
creen que ayudan a la familia numerosa de su vástago y que se han mudado por el bien de él y sus nietos. Ni se plantean que estorben, o al menos, eso aparentan. Llevan
ya cerca de un año con ellos y Cris vive resignada. Yo no los aguanto. Mi trato es cordial, pero no soporto a la gente tan irresponsable y tan cara dura. No se lo digo a
mi hermana para no calentarla más, pero si por mí fuera, les ponía de patitas en la calle.
Por fin, suena el timbre. Nerea sale disparada a abrir la puerta. Cris y yo sonreímos cómplices, la enana es todo un caso.
—Buahhh, buahhh, buahhh. —Nerea irrumpe llorando y temblando en el salón y va directa a abrazar a su mamá. Si no la hubiera visto antes pensaría que está
padeciendo una crisis epiléptica. Me incorporo asustada para ir hacia la puerta. No entiendo qué le ha podido decir mi padre. ¿A que se ha vuelto a disfrazar con la
careta del malo de Saw? Sí, esa rara con círculos rojos en las mejillas que hace temblar «al más pintao». Desde luego, es para matarle.
—¡Pero Nerea, no te pongas así! —Mi padre aparece en el salón sonriente y sin careta. Todos le miramos intrigados. La pequeña continúa con su berrinche.
—¿Puedo pasar? —Oigo una voz por detrás de mi padre.
Nerea se desgañita.
—Sí, cariño, pasa. —¡Ehh! ¿Mi padre ha dicho «cariño»?
Ante nosotros se aparecen unos pechos enormes y después su propietaria, una cuaren-cincuentona con más maquillaje que en un concurso de misses. Mi padre le agarra
de una mano y tira de ella para situarla frente a nosotros.
—Familia, esta es Karina, mi novia.
«Pum pum pum pum pum». ¿Me están disparando? No puedo respirar, ni moverme, solo puedo mirar a ese engendro de choni de vete a saber cuántas décadas.
Los añadidos se levantan para saludar a la feliz pareja y después, Iván. Nerea sigue llorando conmocionada y mi hermana me está estrujando una mano. Nuestra cara de
susto debe de ser similar.
—Hijas, venid a saludar. No seáis maleducadas. —Empiezo a creer que mi padre se ha tomado un tripi, o le han abducido. No puede ser él.
—Hola Karina —dice mi hermana—, si eso, te saludo luego. —Simula un gesto de que debe consolar a su pequeña.
—Hola… a mí me duele un pie… mucho, ¡qué dolor! —No pasará a la historia como mi mejor interpretación, pero no valgo para improvisar cuando me extenúo. Mi
progenitor me lanza una mirada cabreada.
—Sentaos. Iván, pon un cubierto más. —Le ordena mi hermana a su marido.
Iván se levanta, pero antes de desaparecer por la puerta se gira.
—Cariño, ¿dónde está…?
—¡Lo buscas, Iván, maldita sea! —le interrumpe Cris.
CAPÍTULO 5
Con la excusa de buscarme un vestido para esta noche, llevamos ya más de una hora encerradas en el cuarto de Cris. Y va para largo. No por el atuendo que usaré hoy,
sino porque estamos analizando a conciencia la actitud de mi padre. A mi hermana hasta se le ha caído una lagrimita, yo estoy reteniendo la ira. Es inconcebible. Las dos
nos consideramos mujeres con mente abierta, y podríamos entender que mi padre rehiciese su vida, pero ¿de una semana para otra? ¿Con ese ejemplar? Porque si fuese
con Concha Velasco, Teresa Campos…, no sé, con mujeres ¡de su edad! que están de buen ver. Pero Karina parece mínimo veinte años más joven que mi padre, y eso
no es lo malo, lo peor es que es escandalosa, bruta, hace ruido comiendo y habla con la boca llena. Todo lo contrario a mi madre, que era sabia, prudente, y elegante…
¿Qué ve mi padre en ella? ¿Su enorme delantera? Bueno, eso por descontado, incluso en varias ocasiones me he pillado a mí misma embelesada en tales montañas.
—¡Chicas! Bajad a despedirnos, nos vamos al cine —grita mi padre por la escalera.
Cris y yo damos un respingo al oír su voz. Resignadas, salimos e intentamos mostrar nuestra mejor cara para despedirnos. Mi padre nos mira con el ceño fruncido.
Karina nos endiña dos sonoros besos a cada una, mientras felicita a Cris por sus hijos y a mí me desea mucha suerte para esta noche. Al cerrar la puerta, los ojos de mi
hermana se inundan y yo meto una patada a un peluche de Izan que descansaba por el suelo. Inoportunamente, el oso ha ido enfilado hacia un castillo de naipes que
estaban construyendo «los añadidos» con los peques y ha destrozado el castillo y perdido un ojo tras el impacto. Total: berrinche generalizado de los niños, charco de
pis en el suelo de Lidia, padre de las criaturas que obvia todo el escándalo y se escapa escurridizo a su partido de fútbol con los colegas, y suegros que al ver el percal,
se marchan casi a la par que su hijo. ¡Vamos, que nos quedamos nosotras dos con los cuatro enanos llorones y el peluche maltrecho!
Busco en mi bolso un ibuprofeno, mi gran aliado para aguantar las jornadas de sobrinos, aunque hoy creo que ni con un blíster entero. Y encima luego tengo cita, ¡no
puedo! Otra vez a ser sexy y maja, cuando después de la tardecita que estoy pasando, le torturaría sin reparos para que confesara. Es que este me da mala espina, no me
gusta…
Camino, sin tacones, hacia mi segunda cita: Álvaro, un informático. Por lo que describe en su ficha, no le gustan las mujeres despampanantes, ni excesivamente
arregladas, las prefiere naturales ¡Bien por él! Así que he optado por un vaquero ajustado, una blusa semitransparente con cuello bebé y unas sandalias negras —las más
planas que tenía mi hermana—. Con este look me siento mucho más yo que el otro día.
Álvaro, por las fotos de la ficha, es el más corriente de los tres sospechosos, por eso no me da buena espina, me fío menos de la gente aparentemente normal que de la
rarita. También posee un alto poder adquisitivo, como todos los de la Agencia Wonderful Love, calificada de pijus standing.
Hemos quedado en un mesón castellano. El sitio lo ha elegido él y me debo de estar haciendo a esto de las citas a ciegas, porque me encuentro menos nerviosa. Quizá la
tarde en casa de mi hermana y la sorpresa de conocer a Karina han sobrepasado mi cupo de nervios por día.
El Peugeot 307 está aguardándome en la acera de enfrente. Busco el móvil para leer el correspondiente mensaje de Rubén.
Sospechoso en mesa. Estás muy guapa. Es un tirillas.
Lanzo una sonrisa al coche. Rubén y yo llevamos más de un año siendo compañeros, y ya le voy conociendo. Él, carne de gimnasio, tacha de tirillas, flojo o panceta con
patas a cualquiera que no esté a su altura muscular. Me cae bien y nos compenetramos a la perfección; si no fuera por «lo bocas» que es, podría concederle el título al
mejor compañero que he tenido nunca. Las eternas vigilancias se hacen mil veces más divertidas con él, que se pasa el día piando, gastando bromas y picándome para
que entre en debates. Con Rubén es difícil callar, tiene un don para sacar conversaciones y adelantar las horas; el tiempo se me pasa volando a su lado.
¡Allá voy! Me adentro en el restaurante y en seguida un tipo —que nada tiene que ver con el de la foto— me hace una seña. ¡Qué callo! Me aproximo y él
inmediatamente se incorpora… ¡Es un tapón! ¡Le saco una cabeza! ¿Cómo pudo quedar Rebeca con él?
—Aridane, ¿verdad? —Me impresiona su voz, la más ronca que jamás haya escuchado. No le pega, es como si usara un distorsionador… ¿De dónde le saldrá a un
cuerpo tan pequeño esa gravedad?
—Sí, soy yo —contesto intimidada por la profundidad de su tono.
—Estaba deseando conocerte. —Álvaro retira mi silla y me pide que me siente. Huele bien, mucho más fresco que Arthur… (¿Desde cuándo comparo a los hombres?).
—Gracias.
—Eres muy alta. —Sonríe. Tiene una dentadura anárquica, cada pieza dental a su bola; no me gusta. La mirada es calentita, ojos verdes escondidos tras unas gafas de
pasta pasadas de moda, pero desde luego es lo mejor de él. Es muy delgado, rozando el raquitismo. Si mi padre le pillara, le inflaba a filetes (o al menos el que yo creía
que era mi padre).
—Gracias —me reitero.
—Y muy guapa.
—Gracias. —Solo falta que me aplauda.
—Y tienes un nombre muy original.
Sonrío, me niego a repetirme más.
—Por cierto ¿de dónde es?
—¿Mi nombre? De La Palma, de Los Llanos de Aridane, lo eligió mi madre.
—Pues muy bonito, gran elección.
—Gracias. —Esto se empieza a hacer aburrido. He de preguntar algo yo.
—¿Eres informático, no?
—Sí…
—¿Y tú?
—Vigilante de seguridad.
—¡¿Vigilante de seguridad?!
—Sí. —¡No avanzamos! ¡Qué dos!
—No sabía que fueras vigilante. Es curioso. Yo nunca podría serlo.
—¿Por?
—¿Estás de broma? Por mi altura, mi constitución, ningún ladrón me tomaría en serio.
Me río. Ha tenido gracia como lo ha dicho.
—Bueno, tienes una voz muy grave, les podrías dar miedo.
—Siempre que no me viesen, sí.
Nos reímos. Seguimos con la guasa durante un rato. Después yo le cuento que soy una negada con los ordenadores. Álvaro promete ayudarme con un virus que cree que
tengo en el ordenador —ni en broma va a tocar mi portátil; y no soy ninguna negada, es estrategia—.
Terminamos la cena y me doy cuenta de que apenas he hablado. Álvaro me ha detallado, sin abreviar, lo difícil que fue su infancia por su debilidad física. Odiaba la
gimnasia. Refiere sufrir algo parecido a la fibromialgia, que le imposibilita llevar a cabo grandes esfuerzos. No sé cómo alguien te puede contar eso en una cena en la que
se supone que tienes que encontrar al hombre de tu vida, el que te hará el amor de mil maneras posibles, sin temor a que le duela el cuello, la pelvis o le atice el lumbago,
digo yo… Y a todo este sinfín de desgracias hay que añadirle que ha pedido revuelto de morcilla, choricitos al fuego y queso de cabrales… ¡Sexy, muy sexy! Por no
hablar de sus manos, pequeñas y rugosas, ¡buajj!
Para cambiar de tema, le pregunto si ha tenido otras citas en la agencia y me confirma que sí, pero aunque intento indagar, no me da más datos. Advierto, por
contradictorio que parezca, que Álvaro es reservado y que la conversación únicamente va por dónde él quiere. Parece que la tuviera ensayada. Respecto a él, es
caballeroso y mira a los ojos confiriéndole sinceridad a lo que dice. No creo que sea el asesino; fíjate que yo de primeras apostaba por él. Lo siento por el tercer
candidato, pero está reuniendo todas las papeletas.
Le cuento la misma monserga del gato que a mi anterior cita y así voy dando por finiquitada la cena. Álvaro también paga la cuenta —que debe rondar los veinte euros
máximo, el lugar es espantoso—. Nos despedimos con la promesa de volver a quedar. Simulo que tengo que llamar por teléfono y me quedo en la puerta del local viendo
alejarse al pseudo-maromo. Cuando tuerce la esquina, me dirijo al Peugeot. Rubén le quita el cierre de seguridad y me deja entrar.
Me encuentro con sus hoyuelos divertidos y sus largas pestañas. Su aroma invade el coche. Rubén huele muy bien.
—¡Vaya pieza! A este tú le pones una cadenita y le llevas de llavero.
—Jajajaja… —río mientras le golpeo en el hombro.
—¿Qué te ha parecido?
—Inocente, muy inocente.
—Ya, y a mí… ¿Nos tomamos una copa?
—¡Rubén! —le regaño.
—¡Es sábado, Ari! ¡Venga, anímate! —Pone morritos.
—Llévame a casa, porfa.
—Vale, nos la tomamos ahí.
—¡Rubén! —No quiero entrar en mi casa con un compañero.
—Mira, Ari. Por este condenado caso he tenido que estarme dos horas metido en un coche viendo cómo cenas. Ahora mismo vamos a ir a tu casa, me vas a poner algo
de picar y nos vamos a tomar un tequila que he traído. Y no hay más que hablar.
—Vale, pero ni se te ocurra tocarme. —Con mis compañeros me gusta ser clara.
—Pues claro que se me ocurrirá tocarte… pero no lo voy a hacer. Prometo contenerme, ¡sosa!
Acepto. Rubén es divertido y me fío de él… ¡Leche! ¿Por qué seré tan recatada? Con lo que envidio yo a las tipas abiertas de mente que se acuestan con hombres sin
compromisos —es que se me ha olvidado mentar que Rubén tiene el título de adonis de la comisaría, ¡vamos que está para que te dé un repaso!
CAPÍTULO 6
Como siga con este ritmo de vida voy a engordar como los famosos cuando van a los centros de desintoxicación, que sanarán su organismo, pero salen todos rodando.
Me duele la cabeza. Anoche Rubén y yo nos pasamos con el tequila. Me vienen flashes de la fiesta, ¿hicimos que mi pobre gatita Queca diera un mitin sujetándola de
las patitas? Va a ser que sí. Creo que me tronché de la risa, las agujetas en mi tripa lo corroboran.
Rubén se quedó a dormir —en el sillón—, pero sin ningún indicio de peligro; somos unos profesionales. Esta mañana cuando he amanecido estaba roncando en el salón.
Es extraño no estar sola en mi casa, pero me ha gustado. Hemos desayunado juntos y como hoy me toca la tercera y última cita, me ha ayudado, con un aplomo digno
de mencionar, a decidir qué ponerme entre mi escaso ropaje, que es menos sexy que el de cualquier «Sor». Decidido el look, hemos partido a la acción. Llevo un vestido
de tirantes fresquito para una mañana de domingo de septiembre calurosa, y el pelo recién lavado y suelto.
Me bajo del coche a dos calles del restaurante. Adrián, el tercero, no puede verme llegar con mi compañero. Voy a pasear un poco para despejarme y ponerme en
situación. He quedado en un mexicano. Esta vez lo he elegido yo. Adrián, al contario del noventa y nueve coma nueve por ciento de los españoles, es rico. Pertenece a
una de las familias más acaudaladas de nuestro país. De hecho, hace años fue famoso porque salió con una actriz, aunque lleva mucho tiempo sin aparecer en la prensa
rosa. Lo he sabido ahora, cuando le he investigado, si no, ni idea. Yo voy a simular que no le conozco de nada. Me encuentro algo más nerviosa que ayer; de los tres,
Adrián es el más diferente a mí y es probable que nada más verme me deteste. Cuando una se estanca en la clase media por mucho que se arregle, se le nota. Yo opino
que el aire que tienen los «de alta cuna» es imposible de imitar. Rubén me ha estado halagando toda la mañana para subirme la autoestima, pero ni con esas…
Me suena el teléfono. Es mi hermana. Descuelgo.
—Hola Cris.
—Hola Ari. He dormido fatal. No puedo parar de pensar en papá con esa foca monje.
—Ya, y yo… es horrible.
—¿Y tú? ¿Qué tal ayer?
—¿Con el segundo? Bueno, pues un tipo bastante feo y bajito. Un pelín friki y no creo que sea culpable.
—¿Por?
—Porque está muy delgado, mucho, y tiene algo como fibromialgia. No creo que vaya matando por ahí.
—Lo mismo sí. Para disparar no hace falta ser Hércules, ¿no?
—Sí… oye ¿sabes algo de papá?
—No, esperemos que no se haya casado.
—¡Cris! No exageres.
—¡A la velocidad que va! Que no te extrañe que no ande ahora en las Vegas.
—Anda, calla, pava. ¿Qué tal los peques?
—Les oigo gritar desde aquí, supongo que están vivos.
—Te dejo que voy a llegar a la tercera cita.
—Ten cuidado hermanita. Llámame luego.
—Ok. Chao.
Vislumbro el restaurante. Veinte minutos tarde, cinco más que los otros, se lo merece por niño rico. ¡Oh, no! Comienza la taquicardia, y eso que todavía no he entrado.
El coche de Rubén está… ¿eh? No lo veo. Busco una explicación en mi móvil.
Sospechoso en mesa. Yo dentro del restaurante. No te pienso dejar a solas con

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