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Libro PDF Crímenes diabólicos – Enrique Laso

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En la oficina del FBI en Dallas el agente especial Liam Anderson acababa de recibir la llamada que llevaba días esperando: por fin le confirmaban que desde Quántico
enviarían a Texas a uno de los mejores perfiladores de asesinos en serie que ahora mismo estaba libre. Podía darse con un canto en los dientes.
Mientras colgaba el teléfono buscó el nombre de aquel tipo en la base de datos y en Google, a ver qué podía descubrir acerca de él. No quería que le colasen a un
cualquiera, porque para eso ya contaba con un equipo formidable allí mismo, a sólo unos pasos de su propio despacho. Ya le había costado bastante tener que pedir
auxilio a los sabiondos de Washington, que jamás pisan el terreno, que se dedican a formular opiniones sentados en un cómodo sillón de piel, mientras el río Potomac
discurre tranquilo a sus espaldas, como para que le endosaran a un donnadie que en lugar de echar una mano se dedicase a enfangar en un caso que ya era lo bastante
turbio como para quitarle el sueño al más duro de los agentes. Él mismo había empezado a tener pesadillas. No era consciente, pero Emma, su esposa, se lo recordaba
mañana sí mañana no. «Otra vez uno de esos sueños horribles. Estuviste agitándote y rechinando los dientes durante media hora. Me da miedo despertarte cuando te
pones así». Pero quién diablos no tendría pesadillas con cuatro crías asesinadas en apenas tres meses en un condado que no llegaba a los 70.000 habitantes.
Pero en realidad Anderson no sufría de ansiedad por aquella ola de crímenes, que ya hubiera sido motivo de sobra; lo que le tenía congojado era la tipología de los
mismos. Sobre su mesa descansaban los informes de las últimas dos autopsias, que no eran otra cosa que la repetición de otras realizadas con anterioridad: hacía falta
que varios forenses contrastasen sus conclusiones. La causa de la muerte de las víctimas estaba clara: fallo cardíaco. Los cuerpos no presentaban más lesiones, obviando
los efectos que un cadáver expuesto a la intemperie sufría. Fallo cardíaco. Soltó una carcajada, la propia de un demente que acaba de ser consciente de su locura. Había
un pequeño detalle, una minucia, que hacía que todo aquello fuera propio de un cuento de terror, de un delirio horripilante carente del mínimo sentido: a las cuatro
jóvenes les faltaba el corazón. No tenían corazón. ¿Cómo se lo habían extirpado? Hasta la fecha ningún forense, ningún especialista, tenía respuesta para ello. Y el
corazón no es precisamente un órgano diminuto que uno pueda sacar de la caja torácica sin liar un desbarajuste en el torso de cualquier ser humano. Pero es que no había
cortes externos en la piel, en ningún lugar del pecho, la espalda o las axilas, y las costillas y el esternón estaban inmaculados. Las venas y arterias que se unían al
corazón presentaban incisiones precisas, propias de las realizadas con un bisturí láser de última generación. Pero, ¿cómo había llegado hasta allí el instrumento?
Siguió revisando lo que encontraba de aquel agente de la Unidad de Análisis de Conducta, al que precedía una fama singular, exaltada por algunos medios de
comunicación. Lo que le faltaba: una joven estrella que se deja agasajar por la prensa. No era su estilo. En realidad no era el estilo del FBI en Texas, mucho más
comedido en su relación con los medios que otras delegaciones, y no digamos ya que la gente de Quántico. No quería un circo de televisiones atestando el condado de
San Patricio. Hasta el momento habían logrado mantener en secreto aquel insólito modus operandi. Pero ya tenían a un cura exorcista de camino desde la capital de
México y a una famosa médium que se había acercado desde Houston. Una auténtica paranoia, pero más real y sólida que la madera de la mesa sobre la que apoyaba su
codo izquierdo. El sheriff del condado así lo había querido, y él tampoco se había sentido con ánimos para montar un numerito por aquellas necedades. Conocía bien
cómo se las gastaban en el sur del estado, de modo que mejor usar el tacto y después trabajar con profesionalidad. Aquellos estafadores siempre terminaban haciendo el
ridículo y la razón y el método científico salían triunfantes. Era cuestión de tiempo.
Resopló y deseó con toda su alma que aquel agente especial de la UAC no fuera un chiflado y que aportase algo que le ayudase a resolver aquel misterio sin pies ni
cabeza. Esperaba que la llegada del agente Ethan Bush trajera un poco de cordura y alguna explicación basada en toneladas de estudio a destajo y experiencia.
Capítulo III
El Aeropuerto Internacional de San Antonio presentaba la agitación propia de las fechas próximas al verano, aunque todavía no estaba tan atestado como en pleno
mes de julio. El detective John Hill esperaba nervioso la llegada del padre Salas. No sólo era una cuestión formal: se jugaba mucho en aquella apuesta un tanto peculiar.
Haber solicitado al sheriff la participación de su buena amiga Alyssa Moore, la famosa médium de Houston, que había colaborado en varias investigaciones por todo el
país, era una cosa; pero haber hecho venir a un cura exorcista desde México DF suponía haber llegado demasiado lejos. Pese a todo le habían terminado dando la
autorización y ahora sólo cabía esperar que el padre Salas demostrarse que era una persona realmente especial, como bien él sabía.
Después de media hora aguardando la figura del mexicano, un hombre alto, fornido, de escaso pelo y rostro agradable, surgió de entre la multitud. Apenas lo vio el
detective se abalanzó sobre él.
—Padre Salas, ¿me recuerda? Soy John Hill. Ha pasado mucho tiempo, pero nos ayudó a resolver aquel caso en Laredo.
—Claro que le recuerdo. Lo que había olvidado es que hablase tan bien el castellano —respondió el cura, sonriente.
El detective había usado el español por cortesía. Y sí era verdad: se había criado, crecido y formado en la frontera, y manejaba bien el idioma. Allí casi todo el mundo
dominaba el inglés y el castellano, más o menos. Pero él apenas tenía acento, algo muy infrecuente.
—Es un honor que se haya molestado en venir. Un hombre tan ocupado…
—Ya no estoy tan atareado. Hace tiempo que no ejerzo. Su jefe, el sheriff, se puso en contacto con la Archidiócesis Primada de México y hasta a ellos les costó
localizarme. Imagine…
John Hill se había fijado en que el mexicano iba vestido de paisano y que no portaba el alzacuello. Pero sus palabras le habían desconcertado todavía más.
—¿Ha dejado el sacerdocio? —inquirió, con preocupación.
—Técnicamente, como se suele decir, no he colgado los hábitos. Pero estoy un poco de retirada. Me voy haciendo mayor y he tenido que enfrentarme a demasiadas
situaciones estresantes a lo largo de mi vida, ¿comprende?
La voz del cura sonaba suave. El detective sentía la paz interior que albergaba aquel hombre y que de forma veloz se contagiaba.
—En tal caso debo estarle doblemente agradecido. No estaba al corriente. Lo siento.
El padre Salas agitó su mano derecha en el aire, restando importancia al asunto.
—No diga tonterías. En cuanto el sheriff me explicó lo de esas chiquillas no me lo pensé dos veces. Aquí estoy, para lo que pueda ser de utilidad.
Hill trató de llevar la única maleta que había traído consigo el mexicano, pero se negó. El cura debería de tener poco más de sesenta años, pero se mantenía en plena
forma. En lugar de un sacerdote parecía un boxeador retirado que todavía imparte clases en algún gimnasio y que es capaz de tumbar de un directo a chavales de veinte
años.—
Tenemos dos horas de viaje. Tiempo suficiente para ponerle al día de lo que sabemos.
—Perfecto. Pero le ruego que me hable en inglés. Lo tengo un poco oxidado y no creo que todo el mundo en San Patricio se maneje tan bien en español.
El detective tomó la interestatal 37 hacia el sur y fue repasando los pormenores del caso. Cuatro víctimas. Niñas de entre 14 y 16 años. Todas pertenecientes a
familias desestructuradas, problemáticas y que pasaban buena parte del día en la calle. Eran secuestradas a las afueras de poblaciones pequeñas, a plena luz del día, y
sus cuerpos sin vida, sin señales de violencia, aparecían pocos días después. Sólo les faltaba una parte del cuerpo: el corazón. Ningún forense hasta la fecha: ni el del
condado, ni uno venido desde San Antonio, ni un equipo llegado desde Houston ni los expertos del FBI en Dallas habían sido capaces de explicar cómo extraían el
órgano de las chiquillas. Algo tan insólito como aterrador.
—¿Había tenido noticia de algún caso semejante en todo el mundo? —preguntó el detective, sabiendo que el padre Salas era uno de los exorcistas más reputados del
planeta y que contaba con una dilatada experiencia.
—Jamás. De extracción del corazón sí, pero de un modo tan sorprendente… nunca.
—Ya, me hago cargo. Nosotros también tenemos en la base de datos decenas de casos de extracción de órganos, incluido el corazón; pero el modus operandi suele
ser mucho más cruento, más salvaje —murmuró el detective, recordando algunas fotografías que había tenido que ver en los archivos y que helaban la sangre. Eran obra
de perturbados que no controlaban sus impulsos más primarios. Nada que ver con lo que estaba sucediendo en su condado.
—En el Vaticano también hay mucha información. Intentaré mover algunos hilos y quizá nos puedan orientar. Nunca se sabe.
Las palabras del sacerdote aliviaron a John Hill. Él era católico practicante y saber que quizá el Vaticano podía colaborar en aquella investigación fue como recibir un
soplo de aire fresco en una tórrida tarde de verano en mitad de la nada.
—De verdad que le estoy muy agradecido.
—Como vuelva a darme las gracias damos media vuelta, me lleva hasta el aeropuerto y regreso al DF de inmediato —musitó medio en broma el cura, dando un leve
golpe con la palma de su mano derecha en el salpicadero del coche de policía.
Tal y como había pronosticado el detective, en apenas dos horas estaban aparcando en la avenida Rachel, frente a las modestas oficinas del sheriff del condado de
San Patricio. Hill llevó al sacerdote hasta el despacho del sheriff, Tom Parker, para presentarle al mexicano.
—Señor, este es el padre Salas —murmuró, con solemnidad.
El sheriff se incorporó de su silla, dejando de lado algunos expedientes que tenía sobre la mesa, y se acercó hasta el cura, estudiándolo con detenimiento.
—Padre, me alegro de que esté aquí para colaborar, que se haya tomado tantas molestias. John ya me ha puesto al tanto de su reputación, y por eso he aceptado que
participe en la investigación. Pero si le soy sincero yo no soy un buen cristiano, ya me entiende, y tampoco es que crea mucho en el Infierno y esas cosas.
—Es un placer poder tratar de ayudar a esclarecer estos crímenes, señor. Y no se preocupe por su fe: yo tampoco soy un buen cristiano y también albergo dudas y
me hago preguntas de manera constante.
Tom Parker se quedó boquiabierto, mientras estrechaba la mano del sacerdote. En toda su vida se hubiera esperado aquella réplica. Desde luego descubrió de
inmediato que no tenía delante a un hombre convencional.
—Perfecto. El detective Hill se encargará de acompañarle en todo momento. Le hemos reservado una habitación en un hotel a las afueras. Sinton es una población
pequeña y no tenemos alojamientos de lujo, pero es un lugar limpio y bien atendido.
—Se lo agradezco. Y no tengo problemas con el lugar en el que descansar. Un colchón siempre me ha bastado para ser feliz.
Después de un rato más de charla, el detective llevó al cura hasta su despacho: una diminuta estancia en la que apenas había espacio para su mesa, un archivador y
dos sillas. En una de ellas se encontraba Alyssa Moore.
—¡Alyssa! ¿Cómo no me has avisado de que te encontrabas aquí? —preguntó Hill, incómodo.
—No te preocupes. He llegado hace poco más de una hora y me dijeron que no tardarías en aparecer, que estabas de camino desde San Antonio. Esta mañana estaba
en Houston desayunando, pensando en esas pobres niñas, y en un arrebato he cogido el coche y he decidido que lo mejor es estar aquí, a vuestro lado en todo momento.
Ya tengo una habitación en el Motel 6, junto a la 77.
—Vaya, van a ser vecinos. Sólo les separará la estación de servicio Shell —manifestó el detective, animoso.
—¿Quién va a ser mi vecino? —preguntó la médium, observando al sacerdote con atención.
—Disculpen. Este es el padre Salas, el exorcista más reputado de toda América. Y esta es mi buena amiga Alyssa Moore, una de las médium, si no la mejor, más
prestigiosas del país. Ya ha participado, con éxito, en algunas investigaciones. Siempre está dispuesta a colaborar.
El mexicano estrechó la mano de la espiritista. De inmediato notó que un calor profundo y penetrante emanaba de la palma de la mujer. Se sintió confundido.
—Es un placer conocerla.
—Para mí también, padre Salas. Conozco su trayectoria. Creo que en mi casa de Houston tengo por ahí archivados algunos de los casos más relevantes en los que ha
participado. Espero que no le moleste mi presencia.
—En absoluto.
—No se enoje, pero ustedes los católicos no se han llevado históricamente bien con mi gremio.
El padre Salas no pudo contener que una amplia sonrisa se dibujara en su rostro.
—Es usted muy comedida en sus apreciaciones. No se preocupe, no tengo problemas con ninguna creencia. No tengo problemas ni tan siquiera con los ateos,
imagine.
—Desde luego emana usted una energía que me era desconocida hasta la fecha. Es alguien muy especial.
—No me halague, si es lo que pretende. También yo he sentido el calor de su mano. En fin, era cuestión de tiempo que Dios cruzase nuestros caminos —dijo el
cura, bromeando.
John Hill decidió que ya estaba bien de perder la mañana y que tenían que ponerse manos a la obra. Sacó varios informes y los desplegó sobre su mesa. De un modo
sucinto repasó el historial de las víctimas, que era bastante similar. La médium y el sacerdote, pese a estar acostumbrados a hechos semejantes e incluso cosas peores,
no pudieron disimular su consternación.
—Es terrible. Son sólo unas criaturas inocentes. ¿Quién sería capaz de semejante cosa? —preguntó la médium, consternada.
—Y lo más relevante, ¿con qué finalidad? —musitó el mexicano.
—Padre, ¿de verdad cree que hay motivos para esto? Es obra de un malnacido que no sabe ni lo que hace —replicó el detective.
—Ojalá fuera tan sencillo. A un demente ya lo hubieran localizado. Aquí hay algo muy profundo, y nos va a costar desvelar las intenciones y los métodos de este
asesino.
—Mañana por la tarde se incorpora un agente especial de la Unidad de Análisis de Conducta del FBI venido desde Quántico. Dicen que es un maestro en su
disciplina. Él arrojará un poco de luz.
—Lo que no tengo tan claro es cómo se va a tomar nuestra presencia en Sinton. ¿Está avisado de lo que se va a encontrar? —inquirió Alyssa.
—Yo no he hablado con él. Apenas lo hago con Liam Anderson, el agente especial responsable de la oficina del FBI en Dallas —respondió Hill, meneando la cabeza
—. Pero no creo que un tipo de Washington sea demasiado espiritual.
—Tener diferentes puntos de vista siempre enriquece el proceso de reflexión. Si es un hombre inteligente, y no tengo la menor duda de que lo es, se adaptará a las
circunstancias —dijo el padre Salas, con esa voz suave que sonaba como el murmullo del viento agitando las copas de los árboles de un frondoso bosque.
—Ojalá tenga usted razón, Padre —replicó el detective, nervioso.
Después de divagar un rato acerca de distintas hipótesis el mexicano se excusó y solicitó que el detective le indicase dónde estaban los aseos. Nada más quedarse a
solas con la médium esta se dirigió a su amigo con apremio.
—¿Lo has notado?
—Notar… Alyssa, no te comprendo. ¿Qué debería haber notado?
—No sé; tú lo has recogido, tú lo habías tratado en persona hace años…
—Será mejor que te expliques, porque me estás volviendo loco. No entiendo nada.
—¿Te ha parecido cambiado?
—No, no mucho. Está casi igual que la última vez que lo vi. Es un sexagenario en magnífica forma. ¿Qué mosca te ha picado?
—John, ese hombre no está vivo. No sé si es así desde siempre o si ha cambiado recientemente. Pero aunque parezca una persona de carne y hueso, lo que tenemos
delante es sólo un espíritu.
Capítulo IV
El agente Liam Anderson observaba incómodo cómo Ethan Bush deshacía su pequeña maleta en la modesta habitación del Best Western de Sinton.
—Lamento que tenga que alojarse aquí, pero es lo mejor en varias millas a la redonda. Imagino que no estará acostumbrado…
—Anderson, relájese, por favor. He estado en sitios peores, se lo garantizo. Este hotel es perfecto. No se me van a caer los anillos.
Pero en realidad el agente de Dallas sí que pensaba que aquel tipo llegado de la capital, con su formidable expediente, su grado en psicología por Stanford y su
acicalada presencia, propia de un actor cotizado de Hollywood, tenía que estar maldiciendo su suerte en algún lugar recóndito de sus entrañas.
—Genial. Espero que se adapte también a las excentricidades de esta zona del país. ¿Había estado en Texas antes?
Ethan Bush dejó su tarea y se quedó mirando fijamente a los ojos de su interlocutor. Notaba que se encontraba algo violento, pero no tenía demasiado claro el
motivo de aquella actitud.
—No, no había pisado este estado en mi vida. Y tampoco tengo la menor idea de a qué rarezas se refiere.
—Bueno… La oficina del sheriff ha pedido la colaboración de una médium y de un cura mexicano que realizaba exorcismos —musitó Anderson, casi avergonzado.
—Vaya, sí que es inaudito. Ya me he topado con alguna espiritista en el pasado, pero jamás había intervenido un sacerdote en una de las investigaciones en las que
me he visto implicado.
El agente de Dallas se acercó hasta la ventana de la habitación y contempló la pequeña piscina, ubicada con poco acierto en mitad del parking. Más allá la circulación
por la autopista 77 era tranquila.
—¿Ha leído los informes que le remitimos?
Bush se mordió el labio inferior. Tenía la odiosa manía de echar sólo un vistazo a los dosieres cuando sabía que le iba a tocar estar sobre el terreno. Creía que podían
contaminar su percepción de los hechos.
—Apenas he tenido tiempo. Todo ha sido muy precipitado y tenía asuntos que dejar bien amarrados antes de tomar el vuelo —mintió.
—Me hago cargo. De todos modos comprenderá que todos estemos un poco perplejos. Yo no apruebo, desde luego, que un sacerdote católico y una charlatana se
impliquen en este asunto, pero entiendo que el sheriff esté desesperado. A esas niñas les extirparon el corazón y todavía nadie ha sido capaz de explicar cómo diablos lo
hicieron.
—Siempre hay una lógica detrás de todo. La cuestión es cuánto tardaremos en dar con ella.
Anderson se apartó de la ventana y regresó junto al agente de la UAC. Ya había terminado de ordenar todo y estaba colocando sobre una mesa un par de libretas
Moleskine de tapas negras y un elegante bolígrafo.
—Sólo deseaba ponerle en antecedentes. Mañana tendremos la primera reunión de todo el equipo de trabajo y estarán presentes esas dos personas. Le ruego que
sepa contenerse.
—Descuide. Lo haré. Eso sí, siempre y cuando no perturben el normal devenir de la investigación.
—No creo que suceda, pero si fuese así yo mismo lo hablaría con el sheriff. En realidad tengo entendido que la idea no partió de él.
—¿No? —inquirió Bush, extrañado.
—Creo que es iniciativa del detective, un tal John Hill. Trabajó durante años en la frontera, es católico y, según su versión, resolvieron un caso en Laredo gracias a la
intervención de este mismo sacerdote.
—Vaya. Estas cosas cuando las lees desde un despacho en Washington te las tomas a broma e incluso haces algún chascarrillo con algún colega. Pero cuando te
topas de frente con ellas…
—Tienes que manejarlas con delicadeza.
—Sabré comportarme.
Mientras hablaban el agente de la UAC había tomado asiento y había comenzado a escribir en uno de los cuadernos. A Anderson le parecía anacrónico ver a aquel
tipo con tan buena reputación usando papel y bolígrafo, pero cada cual tiene sus manías.
—Esperamos mucho de usted. Le soy sincero: era reticente a solicitar la ayuda de Quántico, pero me he visto forzado a ello.
—Trabajaremos en equipo, se lo garantizo.
—¿Tiene una idea del perfil del asesino?
—Es prematuro —respondió Ethan Bush, que apenas había echado un vistazo por encima a los informes y que no deseaba precipitarse.
—Lo sé, pero me gustaría saber si se está formando alguna idea.
—Bueno, no es un chiflado. Es un asesino muy organizado. No actúa por impulso y sabe perfectamente qué es lo que desea. Es muy inteligente. Nos va a costar
bastante cazarlo.
Capítulo V
El anciano regresaba corriendo hasta su pequeña casa, en Tradewinds, una localidad de apenas 200 habitantes, por un camino polvoriento sin asfaltar, flanqueado
por campos de cebollas y lechugas de toda índole, cuando percibió que algo había cambiado en el paisaje. Al principio fue sólo una intuición. Estaba acostumbrado a
recorrer a buen trote aquellos parajes cada tarde, desde hacía casi una década, de modo que hasta el más mínimo detalle, la más insignificante de las variaciones, su
cerebro la detectaba de inmediato.
Detuvo la marcha y se apoyó en las rodillas para recuperar el aliento. Estaba en buena forma, pero los años no pasaban en balde y cada vez le costaba más
completar aquellas 8 millas a buen ritmo. Se irguió y miró en derredor suyo: no había nadie a la vista. Sin embargo estaba claro que algo no marchaba bien; lo sentía,
como un dolor agudo y penetrante en el entrecejo.
Siguió avanzando muy despacio. El sol ya estaba muy bajo y la tenue luz no facilitaba sus pesquisas. Y entonces creyó ver algo a su derecha, a poca distancia de
donde se encontraba, en mitad del campo de cebollas. Era una tela blanca.
«Maldito tarado, cualquier cosa te hace perder el sosiego», se dijo, mientras se acercaba a buscar aquel paño que posiblemente alguno de sus vecinos habría perdido
mientras trabajaba. Pero conforme se aproximaba se percató de que no era un trapo; se trataba de un vestido. Pudo distinguir ya un discreto estampado de flores
silvestres y los bajos rematados con un elaborado bordado. Dudó si era preciso dar un paso más. El miedo le atenazaba, un temor a lo desconocido y, casi seguro, a lo
que pudiera terminar conociendo. Al fin se decidió y llegó hasta aquella prenda que parecía haber sido arrastrada por el viento. Pero no. En realidad vestía el cuerpo de
una chiquilla. Era evidente que estaba muerta. Nadie tiene los ojos abiertos de par en par de esa forma tan singular, tan horrible. Ahogó un grito con sus manos y cayó
de bruces sobre la tierra. Conocía a la niña. Era la pequeña de los Wright, una cría de apenas 15 años. Jade, o Jane… no recordaba bien su nombre. Apretó los puños
sólo de imaginar la reacción de su madre cuando alguien le comunicase la terrible noticia. Desde luego no sería él el encargado de aquella tarea tan dolorosa como ingrata.
Se alejó del cadáver a toda prisa. El agotamiento había desaparecido por completo. Corría como un adolescente. Necesitaba llegar lo antes posible a su casa y
telefonear a la oficina del sheriff del condado. Una nueva víctima que sumar a las cuatro anteriores. Pero esta vez la conocía de cerca. Esta vez él había sido el que la
había hallado y tenía muy claro que aquel suceso le marcaría para lo poco que le restase de vida. Ya no volvería a saber lo que es la paz y la tranquilidad.
Capítulo VI
La sala de reuniones de la austera oficina del sheriff del condado de San Patricio se había quedado pequeña para tanta concurrencia. Tom Parker trataba de poner
orden, aunque él mismo no conseguía disimular el temblor de manos que le acuciaba desde última hora del día anterior, justo cuando le habían comunicado que un vecino
de Tradewinds había hallado a una quinta víctima a las afueras del pueblo. Sin dudarlo se había desplazado hasta el lugar, había acordonado la zona y allí mismo se había
puesto a rezar en silencio para que todo aquello no fuese más que una maldita pesadilla.
—Somos muchos para una estancia tan exigua, pero les ruego que tomen asiento y que nos pongamos a trabajar. No estamos en condiciones de perder ni un
segundo.
Nada más terminar pensó que debería trasladar pronto aquel lugar de encuentro al salón de actos de la escuela de secundaria, un espacio mucho más amplio y
confortable. Pese a todo, le incomodaba la idea de utilizar un edificio destinado a la enseñanza y la educación.
—Tenemos un mapa con los lugares en los que han sido encontrados los cinco cuerpos de esas pobres niñas —dijo el detective John Hill, señalando hacia un enorme
panel de corcho—. Es bastante significativo. Nuestros colegas del FBI en Dallas ya están trabajando intensamente con varios programas de localización, y pronto
tendremos resultados que nos permitirá centrar las pesquisas en poblaciones concretas.
Hill fue repasando las poblaciones en las que los cadáveres habían sido localizados: Edroy, Taft, Odem, Mathis y Tradewinds. El modus operandi era siempre muy
similar: secuestraba a las chicas, las mantenía dos o tres días en algún lugar para extraerles el corazón y después abandonaba sus cuerpos en un descampado cercano a
sus lugares de origen. Sólo en el último caso, el de Jane Wright, el asesino había variado su forma de actuar: la niña había sido vista con vida por última vez a primera
hora de la mañana del día anterior y su cadáver fue hallado al caer la tarde.
—¿Podríamos enfrentarnos a un imitador? —preguntó el sheriff.
—Si le han extraído el corazón del mismo modo, dudo que sea así. La prensa no está al tanto de los detalles, y no creo que en este condado tengamos a dos personas
que casualmente son capaces de semejante proeza quirúrgica.
Parker miró en dirección a Matt Turner, el forense del condado, que estaba sentado al lado de Jacob Baker, otro forense venido desde Houston, que contaba con
mucha más experiencia en aquellos quehaceres, en lo referente a crímenes.
—Mi colega y yo no hemos tenido tiempo de realizar la autopsia todavía, pero sí que hemos podido hacer una ecografía —murmuró Turner, en respuesta al gesto
del sheriff.
—¿Y?
—Le falta el corazón. No deseamos precipitarnos, pero es casi seguro que nos encontremos con lo mismo que en los anteriores casos —contestó Baker,
apesadumbrado.
—Señor Anderson, vamos a necesitar más personal —dijo, contundente, el sheriff.
—Me tiene a mí aquí, tenemos dos agentes echando una mano y hasta hemos logrado que se incorpore un agente de la UAC venido desde Washington. No podemos
destinar más recursos a esta investigación. Pida la colaboración de otros condados —replicó el agente de Dallas.
—Todo está sucediendo dentro de los límites de San Patricio. Es insólito. Pero sí, voy a dirigirme a la gente de Bee y de Nueces para que nos presten algunos
agentes. No somos muchos habitantes, pero este es un condado grande y la gente está muy dispersa, salvo en la zona de la bahía. Y algo me dice que nuestro hombre no
reside allí.
—No lo creo —murmuró Ethan Bush.
—Eso, señor Bush, bienvenido al equipo. Todos esperamos mucho de usted. ¿Qué opina?
—Anoche me quedé trabajando hasta tarde en mi habitación, repasando los informes y los expedientes que me han hecho llegar desde la oficina del FBI en Dallas.
No contaba con esta quinta víctima, y eso aporta nuevos datos, claro…
—Es evidente. Pero ahora mismo necesitamos algo para orientar la labor de nuestros hombres.
—Sólo he podido elaborar un perfil muy preliminar, y no quisiera confundirles —dijo el agente de la UAC, un poco comprometido por las circunstancias.
—No tenemos nada que perder. Quizá salvar la vida de una inocente chiquilla —insistió el sheriff, guiñando un ojo.
—Nuestro hombre es alguien muy bien formado. Inteligente. Solitario. Está obsesionado con el corazón, pero todavía no tengo muy claro el motivo. Es educado y
aunque apenas se relaciona con sus vecinos o con otras personas cuando lo hace no levanta sospechas. Seguramente resida aquí mismo, en Sinton, o en sus
proximidades.
—¡Dios santo! —exclamó el ayudante del sheriff, Pete Sanders, que no daba crédito a la última apreciación del experto de la UAC.
—Por desgracia coincido bastante con esas primeras valoraciones que acaba de hacer mi colega —dijo Anderson, para disipar cualquier duda.
—Tenemos que saber qué tenían en común todas esas chiquillas. El asesino las busca a ellas por un motivo concreto. Cinco víctimas son ya muchas, y nos conceden
datos suficientes como para establecer un patrón muy marcado —sentenció Ethan Bush.
En ese instante la secretaria del sheriff irrumpió en la estancia, sobresaltada y con el rostro lívido. Llevaba un folio en la mano y estaba temblando de la cabeza a los
pies.—
Señor, disculpe, estaba ordenando las fotografías de los rostros de las pequeñas, tal y como me pidió esta mañana, cuando me he topado con esto. Me he dado un
susto de muerte. Si alguien nos quiere gastar una broma creo que tiene muy mal gusto —masculló la asistente, que apenas podía mantenerse erguida.
Tom Parker recogió la hoja impresa que le tendía su secretaria. La mujer estaba fuera de sí y no consideró oportuno recriminarle, mucho menos en público, que
hubiera entrado sin avisar, de un modo tan abrupto. Tenía que haber una razón muy sólida, pues conocía a Samantha desde hacía años y no era su manera habitual de
comportarse. Tras un instante de vacilación, en el que apenas distinguía las imágenes, se fijó bien en aquellos rostros. Ya no eran los de unas adolescentes en la flor de la
vida: alguien había cambiado sus cabezas y en su lugar había colocado las de un animal, algo parecido a un perro o un chacal. La mezcla de la testa de aquellas fieras
integrada en el cuerpo de las víctimas, como si fueran todo uno, resultaba tan repugnante como pavorosa.
Capítulo VII
Había sido una jornada larga y agotadora. Ethan Bush repasaba las notas que había ido tomando a lo largo del día. Había conocido a tres de las familias de las
víctimas, había estado en dos de los lugares en los que fueron localizados sendos cadáveres, había charlado con media docena de agentes locales, con los dos forenses,
con el detective asignado al caso y con alguna que otra persona cuyo testimonio había considerado baladí. Estaba rendido, aturdido y confuso, y pese a todo se calzó las
zapatilla de correr y se dispuso a rodar un rato. Necesitaba estirar las piernas y despejar la mente. Nunca se había enfrentado a un caso similar. Todo le parecía un
auténtico disparate. Según un experto informático no encontraba rastro de manipulación en las fotografías de las cuatro chiquillas, esas en las que aparecían con la
cabeza de un chacal. Habían mandado los archivos a la oficina del FBI en Dallas para que estudiasen los metadatos en profundidad. Esperaba que al día siguiente,
aunque fuera a última hora de la tarde, les llegasen noticias de que efectivamente algún ser inhumano se había atrevido a mancillar la memoria de aquellas jóvenes con una
payasada que no tenía la menor gracia. Ojalá lo descubriesen pronto. Casi tenía ganas de ponerle las manos encima al desgraciado que se había atrevido a cometer
semejante felonía. Al menos las familias no serían informadas del incidente y jamás tendrían acceso a las instantáneas.
Nada más abandonar su habitación del Best Western sintió una ráfaga de aire caliente y seco. Lo sensato era haber dado media vuelta y dejar el entrenamiento para
mejor día, pero ya estaba resuelto a correr, aunque sólo fuera un par de millas. Su cuerpo precisaba realizar algo de ejercicio, romper a sudar y quizá, sólo quizá, dejar
atrás toda la porquería que había tenido que asimilar en unas pocas horas. Terminaría de gastar las pilas y caería roto sobre la cama.
—Usted también ha salido a dar un paseo.
Aquella voz, aunque agradable, le había sobresaltado. Cuando se giró descubrió que era el sacerdote católico que la oficina del sheriff había traído desde la capital de
México.
—Vaya, a usted también lo han alojado aquí, padre…
—Salas.
—En realidad voy a correr un rato. Ha sido un día extenuante, en el plano mental, y quizá rodar un rato sea bueno.
—El ejercicio es sano. Yo antes lo practicaba, pero hace ya muchos años que lo dejé.
—Pues todavía se le ve en buena forma.
—Puras apariencias. Fachada. Soy como uno de esos viejos automóviles a los que arreglan la carrocería pero no le cambian el motor.
—Ya veo que no le falta el sentido del humor.
—He pasado por muchos momentos difíciles. Momentos en los que hay que ponerse muy serio. Para compensar uno tiene que reírse un poco, aunque sea de sí
mismo.
El agente de la UAC se sintió extrañamente cómodo con el cura. De inmediato percibió que era un sujeto que estaba curado de todo espanto y que afrontaba la
realidad, por complicada que fuese, con mucho sosiego.
—Yo, siendo sincero, no soy nada creyente. Pero agradezco que se implique. Según tengo entendido ha ayudado a mucha gente por todo el mundo.
—En realidad yo nunca he hecho nada. Ha sido Dios el que me ha dado fuerzas, el que me ha concedido las herramientas para combatir el mal.
—Imagino que el concepto del mal que tenemos usted y yo dista demasiado.
—¿Cuál es su concepto del mal? —preguntó el padre Salas, mostrando un franco interés.
—Personas que realizan actos terribles. Pero siempre hay detrás una explicación. Mi labor es desentrañar esos motivos para encontrar a los culpables.
—En tal caso pensamos lo mismo.
—Bueno, con todos mis respetos, yo no creo en dios, ni en el infierno, ni en todas esas cosas…
El cura se quedó unos segundos mirando fijamente a los ojos de Ethan Bush, como escarbando más allá de sus pupilas, en el interior de su mente.
—Pero ya ha sido testigo de hechos que no tienen una explicación racional, ¿verdad?
El agente recordó un par de sucesos que no distaban demasiado en el tiempo y que seguían, a día de hoy, sin tener una interpretación lógica.
—Sí, como todo el mundo. Pero no me lanzo en brazos de las supersticiones. Tarde o temprano todo termina por aclararse.
—Yo no soy de ideas férreas, no se confunda. He tenido profundas crisis de fe. Pero lo que es seguro es que pasan cosas extraordinarias. Tanto buenas como malas.
Ethan Bush se rascó la cabeza, meditando, sin desear dar una réplica que el mexicano pudiera interpretar como un ataque o una falta de respeto.
—Será mejor que salga a correr ya. Se está haciendo tarde y mañana nos espera una jornada tan dura como la de hoy.
—Espero que le vaya bien en su entrenamiento por las lindes del cementerio.
—¿Cómo?
—Lo que tenemos a la espalda del hotel es el cementerio de la localidad. No deja de ser curioso.
—No tenía la menor idea.
—¿Le preocupa?
—En absoluto. Los muertos jamás me han dado miedo. Temo a los vivos, que son los que realizan actos criminales.
—¿Cuándo está muerta una persona?
La pregunta del padre Salas había sido formulada en un tono quedo y confidencial, casi personal. Ethan Bush de inmediato pensó en su padre, enterrado en el
cementerio de Mariposa, en California.
—Cuando la olvidamos… —respondió el agente, taciturno.
—Ya ve, la muerte no es un proceso tan radical como uno imagina. Le deseo un buen entrenamiento. Yo me limitaré a rodear la gasolinera caminando y volveré a mi
habitación. Con ganas le acompañaría. Hasta mañana.
El agente de la UAC echó a correr en busca de County Road, la carretera que daba acceso a Sinton desde la autopista 77. Poco después giró a la izquierda, tomando
Cemetery Street. Apenas había completado media milla cuando se topó con la verja del cementerio. La oscuridad ya se había ceñido sobre el condado de San Patricio,
pero a apenas unos pasos de donde se encontraba podía divisar todavía las relucientes lápidas. La cancela que daba paso al interior del cementerio estaba abierta. Tras
ella se extendía un largo camino de tierra, flanqueado por árboles. Guiado por el instinto se internó por aquel sendero, como si una fuerza le impeliera a ir en busca de
algo que hubiera perdido entre las incontables tumbas que lo rodeaban.
«¿Qué narices estás haciendo, Ethan?», se recriminó, deteniendo la marcha, pensando que había llegado demasiado lejos y que tenía que regresar al hotel. Quizá las
últimas palabras del cura mexicano le habían perturbado un poco y de ahí su extraño proceder.
Recordó a su madre, que seguía viviendo en California, de donde él era oriundo, y en lo abandonada que la tenía. De hecho residían cada uno en un extremo opuesto
del país. Ella había sufrido el mazazo de la pérdida de su marido, tanto como él la de su padre. Pero la tenía desamparada, apenas la telefoneaba y mucho menos iba a
visitarla. Estar con ella era como volver a abrir las heridas, como sacar a flote una verdad que él se negaba desde hacía años a aceptar: su padre, su mejor amigo, había
muerto y aquello ya no tenía remedio.
Cuando se giró, cabizbajo, para volver al Best Western, vio a una niña que se encontraba en mitad del camino, a apenas veinte yardas de distancia. Un escalofrío le
erizó la piel. No podía ser, hacía apenas tres minutos que había pasado por aquel mismo lugar, y no había absolutamente nadie. La chiquilla parecía llevar un vestido
fluorescente y le observaba, con el rostro levemente ladeado. Ethan Bush se frotó los ojos, por si el agotamiento le estaba jugando una mala pasada y todo era fruto de
su imaginación. Pero cuando despegó los párpados la pequeña seguía allí, esperándole.
«Deberías haberte quedado a dormir en el hotel. Estás reventado y no sabes ni lo que te haces».
El agente del FBI se armó de valor, pensando que era un estúpido por tener miedo de una chiquilla que con seguridad vivía cerca de allí y se había perdido mientras
jugaba. Sólo tenía que pedirle que le indicara dónde residían sus padres, acompañarla hasta su casa y asunto resuelto. Pero cuando llegó a la altura de la niña comprendió
que no era un ser humano normal; que ni su rostro, ni sus ojos, ni su piel, tenían el aspecto natural de cualquier persona. Lo que terminó de helarle la sangre fue
reconocer, vagamente, la cara de la joven: ¡era una de las víctimas del caso que estaban investigando!
—¿Qué haces aquí sola a estas horas? —preguntó, tartamudeando, sin tener claro si estaba soñando o teniendo alucinaciones.
—No estamos muertas —respondió la niña, serena, en un susurro.
Ethan Bush se quedó atónito. Tenía que salir de aquel atolladero lo antes posible. El cansancio estaba jugando con su cerebro y no le estaba gustando nada aquel
divertimento.
—Disculpa, pequeña, ¿qué quieres decir?
El rostro de la chiquilla cambió bruscamente. Era como si tuviera la capacidad de transformarse. Pareció haberse enojado. La piel se le oscureció como por arte de
magia y sus pupilas se dilataron, hasta ocupar casi toda la órbita de los ojos. Después abrió mucho la boca, como si estuviera gritando con todas sus fuerzas, pero su
voz no sonó hasta unos segundos más tarde.
—¡Que no estamos muertas!
Capítulo VIII
Anderson pasó a recoger en su vehículo al padre Salas y al agente Ethan Bush por el Best Western para llevarlos hasta la escuela de secundaria de Sinton, donde
tendrían lugar a partir de ese momento las reuniones multitudinarias, pues la oficina del sheriff se había quedado pequeña para las decenas de personas implicadas ya en
la investigación.
—Qué les sucede… parece que les ha comido la lengua el gato —comentó, intentando que el breve trayecto sirviese para estrechar lazos y relajar un poco la
evidente tensión.
—Creo que el señor Bush tuvo ayer una especie de revelación, ¿me equivoco? —inquirió el sacerdote, en un tono discreto y cordial.
El agente de la UAC se vio sorprendido por la observación del mexicano. No le había contado a nadie su extraña experiencia de la noche anterior, y de facto estaba
meditando si era necesario hacerlo o por el contrario era mejor mantener la boca cerrada para siempre.
—Salí a correr un rato y sucedió algo incomprensible, es verdad. ¿Cómo lo sabe usted?
—Yo no sé qué ocurrió, pero desde que nos hemos visto esta mañana he notado que estaba meditabundo, aturdido, como presa de incertidumbres. He inferido que
algo sucedió mientras entrenaba cerca del cementerio.
El agente de Dallas aminoró un poco la marcha. Deseaba dejar resuelta aquella cuestión antes de incorporarse a la reunión matutina. No comprendía muy bien qué
estaba sucediendo, pero tenía claro que el cura y el hombre de Washington sí hablaban el mismo lenguaje. O al menos lo intentaban.
—¿Qué pasó?
—Es algo absurdo. No creo que tenga importancia. Estaba agotado, salí a correr y es posible que sufriese una alucinación.
—Yo, al contrario, considero que puede ser vital para la investigación. Ethan, deje a un lado sus prejuicios y cuéntenos lo que sucedió —murmuró el padre Salas,
tuteando al agente Bush y hablando como lo haría el pastor de una iglesia a un feligrés que desea confesar un pecado, pero que no termina de decidirse.
Liam Anderson aparcó el coche en el parking diminuto de una tienda de conveniencia Stripes, junto a una estación de servicio Valero, ubicada en Sinton Street. Justo
enfrente había una enorme tienda de antigüedades y algunos negocios que habían echado la persiana. Un hombre se les quedó mirando, como si jamás hubiera visto en
toda su vida un Infiniti QX70 con las lunas tintadas.
—No podemos entrar así en la escuela de secundaria. No me entero de nada, pero me gustaría saber de qué diablos están hablando. Le ruego, agente Bush, que no se
ande por las ramas y nos cuente qué aconteció ayer, si es que resulta de interés.
Ethan Bush apretó los labios. Le costaba horrores tener que describir lo que sus ojos habían visto, aunque su razón le indicara que todo era una mala pasada de su
imaginación.
—Salí a entrenar. El cementerio está justo detrás del hotel, ya me lo había comentado el padre Salas momentos antes de comenzar. Cuando llegué hasta la entrada del
camposanto la hallé abierta y vi que un camino de tierra se adentraba en él. No me apetecía seguir rodando por asfalto, de modo que pensé que no era mala idea seguir
aquella senda. Al poco noté algo extraño, me giré y vi a una niña en mitad del camino. Había surgido como de la nada, y tenía un aspecto fantasmagórico.
—Vaya, no me extraña que le costase hablar del asunto —manifestó Anderson, sorprendido.
—Por favor, Ethan, continúe —le animó el padre Salas, posando su mano en el hombro del agente.
—Me acerqué hasta la pequeña, pensando que podía tratarse de una vecina del pueblo que se había desorientado y que llamaba mi atención para que le ayudase a
volver a casa. Cuando estaba a su altura me cercioré de que en verdad no era un ente normal, por decirlo de algún modo.
—No le sigo, Bush —musitó Anderson, que no sabía si su colega de Washington le estaba tomando el pelo, si había perdido la cabeza o si hablaba completamente
en serio.
—Su piel, sus ojos, el vestido que llevaba… Todo resplandecía de un modo antinatural, como si fuera fluorescente.
—¿Le habló? —preguntó el mexicano, que no dudaba de que todo lo que le estaba narrando Ethan Bush era absolutamente veraz.
—Sí. Me repitió la misma frase dos veces. La primera lo hizo de un modo dulce, suave. La segunda se enojó y me lo gritó. Su rostro se había transformado, parecía
una bestia, algo inexplicable. Después desapareció. Se esfumó delante de mis ojos.
El agente especial de Dallas no pudo evitar lanzar un suspiro. Cinco víctimas a las que les faltaba el corazón, un sacerdote católico, una médium y ahora un agente de
la UAC, que se suponía venía para poner cordura y orden, decía que hablaba con fantasmas: demasiado para primera hora del día.
—¿Qué le manifestó la pequeña? —inquirió el padre Salas, como si en el interior del vehículo estuvieran a solas él y Ethan Bush.
—Que no están muertas —susurró el agente de la UAC, golpeando son su mano la ventanilla del coche, enfurecido.
—Que no están muertas… ¿Quiénes no están muertas? —preguntó Anderson, recuperando el interés en la conversación.
—Imagino que ellas, las cinco víctimas. No tengo la menor idea.
—Ethan, la niña, ¿se dirigió a usted en primera persona del plural? —interpeló el mexicano.
—Así es. Parece como si hubiera estado allí conmigo.
—No, pero no es la primera vez que me encuentro con una situación parecida. Por eso puede darle la impresión de que voy por delante de sus contestaciones. Sólo
deseo confrontarlas con mi dilatada experiencia.
El agente especial de Dallas no sabía si arrancar bruscamente el coche y buscar auxilio en las personas que les aguardaban en el salón de actos de la escuela secundaria
o si bajarse del vehículo y respirar un poco de aire fresco antes de continuar con aquel despropósito.
—Será mejor dejarlo estar. No comentemos este episodio a nadie más. Quedará entre nosotros. Está claro que sufrió una alucinación debida al estrés, al viaje, al
agotamiento propio de una jornada que se alargó demasiado…
—No entiende nada, señor Anderson. Es muy importante lo que Ethan nos está contando. Muy importante y no debemos perder ni un segundo, si es lo que me
temo.—
Padre, una cosa es que el sheriff haya admitido su colaboración en esta investigación y otra muy diferente que usted vaya a marcarnos la agenda.
—Anderson, la chica que me habló ayer, la que me gritó que no estaban muertas, creo que es la segunda víctima. Debería repasar las fotografías, pero juraría que se
trataba de ella —intervino Bush, alentado por la credibilidad que el mexicano daba a sus palabras.
—Esto no puede ser verdad, no puede serlo… En tal caso, padre Salas, ¿qué es lo que deberíamos hacer según su experiencia?
—Exhumar los cuerpos que se hallen enterrados y hacer pruebas médicas cuanto antes a las cinco víctimas. Es muy posible que todavía estén vivas.
Capítulo IX
La descabellada propuesta del padre Salas despertó un acalorado debate entre todos los congregados en el salón de actos de la escuela secundaria de Sinton. Había
desde posturas radicales en contra, arguyendo que era someter a un innecesario e inútil proceso a las familias de las víctimas, aumentando además su profundo dolor;
hasta algunas más proclives, como las del forense de Houston o la médium. Anderson no dejaba de preguntarse cómo narices había permitido que una cuestión tan
absurda acaparase toda la atención en un proceso de investigación tan complejo. Se le estaban yendo las cosas de las manos, y el sheriff, responsable último de todo,
toleraba con su actitud que así fuera.
—Quizá el padre Salas está en lo cierto. Quizá el mensaje que recibió el agente Bush era una llamada desesperada. No he sido capaz de sentir nada sobre esas
pequeñas, es como si no existiesen. Es algo que suele sucederme con los vivos, pero jamás con los que ya han pasado al otro mundo. Siempre noto alguna fuerza,
aunque no reciba ningún mensaje. Y de esas niñas, pese a mis denodados esfuerzos, no he recibido ninguna señal, ni la más mínima.
—Maravilloso, ahora una espiritista nos explica la diferencia entre la vida y la muerte. Para qué narices necesitamos forenses y aparatos clínicos, ¡las tenemos a
ellas! —exclamó, airado, el agente especial de Dallas.
—Será mejor que nos calmemos. Todo esto, agente Anderson, ha comenzado porque su colega de Washington, que no es ningún devoto, anoche tuvo una…
aparición. No lo olvide —manifestó el sheriff, intentado poner de acuerdo a los dos bandos.
—Yo, si mi colega no tiene inconveniente, me presto voluntario a realizar un examen concienzudo de los tres cuerpos que todavía están en el depósito de cadáveres
—dijo Jacob Baker, que desde el principio no había planteado objeciones a realizar una nueva autopsia.
Matt Turner, el forense del condado, asintió. Sus ojos denotaban cierta perplejidad, pero no pondría obstáculos.
—Pero, por el amor de Dios, ¿de qué clase de examen estamos hablando? ¡Esas chicas no tienen corazón! ¡Están muertas, definitivamente muertas! —exclamó el
agente de Dallas, llevándose las manos a la cabeza, desesperado.
—No perdemos nada por intentarlo —intermedió el detective John Hill, que en lo más hondo de su ser albergaba una peculiar luz de esperanza.
—Está bien. Continuemos. Somos muchas personas aquí reunidas como para perder más tiempo con este asunto. Que los dos forenses hagan su trabajo. No
exhumaremos ningún cuerpo a menos que el examen de los que tenemos en el depósito dé algún resultado anómalo. ¿Estamos todos de acuerdo?
La multitud asintió. Alguno de mala gana, otros enfervorizados, como si intuyesen que la aparición de la que había sido protagonista Ethan Bush cambiaría el
destino de las chiquillas.
—En tal caso, vamos a repasar la lista de principales sospechosos que tenemos ahora mismo —declaró el sheriff, aliviado por haber llegado a un consenso y poder
seguir avanzando. No en balde tenía delante de sí a un puñado de agentes de policía que se habían prestado de forma voluntaria a colaborar en el caso y tenían que estar
alucinando con el espectáculo de aquella mañana.
El ayudante del sheriff, Pete Sanders, usó un cañón para repasar el historial de los tres sospechosos sobre los que se había concentrado la atención de su oficina, lo
que no significaba descartar a nadie. De hecho esa misma mañana una decena de voluntarios repasarían cientos de expedientes, ampliando el radio de acción a otros
condados, aunque en principio se descartase que el asesino fuese alguien que no conociese muy bien la zona, sus vecinos y sus costumbres.
El primero de la lista era Oliver Smith, un pederasta que residía en Sinton, no muy lejos de la escuela secundaria en la que mantenían la reunión. Había cumplido una
condena de seis años en los noventa por abusos e intento de secuestro. Más tarde también había sido enjuiciado por un caso similar en el 2010, aunque salió bien parado
gracias a su abogado y no llegó a poner un pie en la cárcel. Se había mudado a Texas hacía dos años, y aunque parecía haber sentado la cabeza la policía sabía bien que
pocos de estos criminales se reinsertan por completo. Trabajaba en una tienda de antigüedades y según su propietario no daba problemas.
El segundo era Jackson Davies, otro ex-convicto, que tenía una casa a las afueras de Mathis, donde había sido hallado uno de los cadáveres. Se había pasado diez
años en prisión por violación y secuestro y posterior tentativa de homicidio. Tenía un cociente intelectual elevado, aunque presentaba desde niño un comportamiento
disfuncional y una conducta agresiva. Había sufrido maltrato. Llevaba residiendo en la casa que había heredado de sus padres desde hacía cinco años y se dedicaba a
cultivar un pequeño huerto y hacer chapuzas por la zona. Tampoco nadie había advertido en él un comportamiento extraño.
El último se trataba de un cirujano retirado, Caleb Collins. Vivía en una gran casa al norte del condado, en la pequeña población de St. Paul. Había tenido que salir
por patas de un reputado hospital de Houston en el 2012, debido a un escándalo relacionado con abusos a pacientes jóvenes en estado de coma o bajo los efectos de
ansiolíticos. Había llegado a un acuerdo extrajudicial con las víctimas y el hospital también había hecho lo posible por enterrar el asunto y que los medios de
comunicación no se hiciesen eco del escándalo. Ya no podría ejercer nunca más la medicina, pero tenía dinero de sobra para mantener un ritmo de vida holgado. Apenas
se relacionaba con nadie de la comunidad, llevaba una existencia casi monacal y sólo se le conocía una amistad, una mujer de San Antonio propietaria de una cadena de
agencias inmobiliarias repartidas por todo el estado. Su currículum era impresionante y su cociente intelectual estaba por encima de la media.
—¿Nadie más? —preguntó un detective, llegado desde el vecino condado de Nueces.
—El resto de la lista tienen coartadas sólidas para al menos dos o tres de las víctimas. Eso los hace ocupar un lugar secundario en la lista —respondió el ayudante
del sheriff, con decisión.
—Podemos estar ante una banda organizada. Traficantes de órganos, por ejemplo. Por aquí no tenemos muchos casos, pero en México es frecuente. Hay gente
dispuesta a todo con tal de saltarse las listas de espera. A pagar una auténtica fortuna. En el mercado negro puedes comprar un riñón, segmentos de hígado o de pulmón,
pero no corazones. Nadie puede seguir viviendo sin corazón.
—Pero para eso están ustedes aquí, para que volvamos sobre nuestros pasos y encontremos a alguien que quizá se ajuste al perfil. Se nos puede haber escapado
algún detalle. Somos un equipo pequeño, y este asunto se ha vuelto demasiado grande. ¿Cuál es su opinión, señor Bush? —inquirió el sheriff.
El agente de la UAC esperaba la pregunta. Había intentado escuchar con atención las detalladas explicaciones de Sanders, pero seguía conmocionado por lo
acontecido la noche anterior y le costaba concentrarse. Pese a todo, su experiencia le permitía elucubrar hasta en esas penosas circunstancias.
—No creo que se trate de una banda organizada. Esto es fruto de una única persona. Es pronto para emitir un juicio de valor en profundidad, pero el primero y el
segundo no encajan demasiado bien en el perfil preliminar que he esbozado. Sin embargo el doctor, o ex-doctor, Collins, sí que parece un candidato idóneo. Me gustaría
poder mantener una entrevista con él.
—No hay problema. Cuenta con todos los recursos de mi oficina, aunque sean limitados, a su disposición —manifestó Tom Parker, animoso. Estaba deseando
escuchar algo así desde hacía semanas.
Dedicaron la siguiente hora a repartir funciones, y poco a poco todos fueron abandonando la estancia. Finalmente sólo quedaron en el salón de actos Anderson, el
padre Salas, la espiritista y Ethan Bush.
—Lo lamento, pero no me gusta el curso que está tomando la investigación. Al menos en este último tramo de la reunión hemos actuado como personas racionales,
como auténticos profesionales —dijo el encargado de la oficina del FBI en Dallas, mientras se aflojaba la corbata.
—Pero, señor Anderson, ¿de verdad usted considera que nos enfrentamos a un caso convencional? —inquirió el padre Salas, que comprendía al agente especial, pero
que no compartía su punto de vista.
—No, tiene sus particularidades, ¡como todos a los que me enfrento cada día!
—Chicas a las que les falta el corazón, sin que nadie tenga la menor idea de cómo se les extirpó. Apariciones en mitad de un cementerio. ¿Esto es muy frecuente? —
preguntó, irónica, Alyssa Moore.
—Venga, no me fastidie.
—Y usted, señor Bush, está muy callado. Me encantaría conocer su parecer —murmuró, respetuoso, el sacerdote mexicano.
—Estoy confundido. Quiero, al igual que mi colega, poner orden y lógica en nuestra manera de enfocar el caso y en la forma de dirigir a todos los implicados. Deseo
pensar que lo de anoche sólo fue una mala jugada de mi cerebro, así de sencillo. En el desierto personas que se pierden sufren alucinaciones después de un par de días sin
beber ni comer. También gente que consume drogas, que sufren síndrome de abstinencia o que llegan a la extenuación.
—Pero esas no fueron las condiciones en las que usted se hallaba ayer —apuntó la espiritista.
—Estaba un poco cansado, pero nada más… No dejo de darle vueltas a lo ocurrido. Tiene que tener alguna explicación.
—Y la tiene, Ethan, no tenga la menor duda. Confíe en mi experiencia —musitó el padre Salas, con su voz reconfortante y suave.
Anderson intentó apartar a los presentes de aquel debate y centrar la atención sobre los expedientes y sobre algunos informes que le habían remitido desde su
oficina en Dallas. En ellos se apuntaba que la probabilidad de que el asesino residiese en Sinton era muy alta, aunque también podía hacerlo en St. Paul y en alguna otra
población. Eso señalaba con más fuerza en la dirección del cirujano. Tenían que ir a hacerle una visita. El agente de Dallas y Ethan Bush pensaron que era mucho mejor
aparecer en su casa, sin anunciarse, de un modo natural y espontáneo, en lugar de citarlo en la oficina del sheriff. De ese modo podrían calibrar mejor sus reacciones en
caliente.
Siguieron un par de horas más trabajando. El padre Salas y la médium de cuando en cuando emitían alguna opinión, pero en general se limitaban a escuchar a los dos
agentes especiales del FBI. Ya les llegaría su momento.
De súbito, el zumbido del teléfono de Anderson les sobresaltó. Atendió la llamada y conforme la conversación avanzaba su rostro se iba palideciendo poco a poco.
Cuando colgó estaba desencajado.
—¿Quién era? ¿Qué ha sucedido? —preguntó el padre Salas, el único que se atrevió a abrir la boca.
—Era el sheriff. Nos solicita que acudamos a su oficina con urgencia. Ha pasado algo extraordinario.
—Por favor, no nos mantenga en tensión. Le ruego que se explique —dijo Alyssa Moore, nerviosa, intuyendo lo que podía haber ocurrido.
—Los forenses han estudiado a fondo dos de los cuerpos…
—¿Están vivas? —inquirió, algo perturbado Ethan Bush.
Anderson tardó varios segundos en responder a la pregunta. Era como si no la hubiese escuchado. Su mente estaba lejos de allí, en algún lugar remoto y extraño,
donde sólo habita la propia conciencia. Por fin, se decidió a contestar.
—No, no están vivas. Pero tampoco están muertas. El proceso normal y natural de descomposición, de putrefacción, no se ha iniciado. No hay variación en la
temperatura corporal, no hay rigor mortis, no se ha paralizado la ordinaria función del sistema inmune, de tal suerte que tampoco se ha descontrolado, como sería lo
habitual en estos casos, la actividad bacteriana. Necesitan realizar más pruebas, porque tampoco ellos entienden nada. Pero lo único cierto es que esas niñas,
técnicamente, no han fallecido todavía.
Capítulo X
Los siguientes diagnósticos confirmaron la primera hipótesis: las pequeñas no estaban vivas, pero tampoco muertas. Las familias de las dos niñas que habían sido ya
enterradas dieron su consentimiento para la exhumación de los cuerpos y los análisis ratificaron que se encontraban en la misma situación que las tres que se hallaban en
el depósito.
Con la mayor discreción, pues ya se temía que el caso despertase una oleada de conjeturas sin fundamento y la llegada de decenas de medios de comunicación de
todo el país en busca de carnaza, se invitó a un experto de la Universidad de Dallas a participar en la exploración y análisis de los cuerpos. Se conocían casos extraños
en los que la sintomatología era análoga, bajo condiciones extremas de hipotermia. Desde luego no era el clima del condado de San Patricio en unas fechas próximas al
verano. También eran múltiples, a lo largo de la historia, las referencias a ese singular trastorno, la catalepsia, que ha conducido a enterrar en vida a no pocas personas
(muchas de las cuales fallecieron de un modo horrible, asfixiadas y extenuadas después de pasar un tormento inenarrable confinadas en el ínfimo espacio que concede un
ataúd). Pero desde luego no había documentado ninguno en el que se detuviese el proceso de descomposición del cuerpo… en ausencia del órgano vital más importante:
el corazón.
Las niñas no respiraban, y el flujo sanguíneo parecía haber quedado en suspenso, al igual que cualquier actividad cerebral. La piel estaba un poco pálida y las córneas
presentaban un aspecto ligeramente rígido, pero nada fuera de un rango tolerable. Pero la temperatura del cuerpo de todas ellas era de, más o menos, 36°C, y los órganos
internos presentaban un aspecto impecable, como si el tiempo se hubiese detenido desde el momento de la supuesta muerte; como si hubiera quedado una imagen
estática de las pequeñas, sin que pudiesen recuperar el aliento vital pero tampoco avanzasen hacia la putrefacción.
Los padres no fueron informados de la situación real en la que se encontraban sus hijas. Se inventó un pretexto: quizá el asesino había dejado rastros de ADN que
antes no habían sido localizados pero que ahora, mediante nuevas técnicas y el uso de aparatos muy avanzados, estaban siendo analizados. Ninguno se sentía demasiado
satisfecho de dar aquella versión a los familiares, pero asumieron que no cabía otra posibilidad.
Anderson aceptó que quizá el sacerdote y la espiritista podían jugar un papel más relevante en la investigación, y les permitió quedarse a solas en el depósito con
las cinco víctimas. A través de una cámara seguía sus movimientos. Sólo les veía meditar, tocar de vez en cuando la frente de las chiquillas y observarlas con un
detenimiento encomiable. Después de un par de horas el padre Salas abandonó la estancia y fue en busca de los responsables de la investigación: tenía algo que
comunicarles.
El sheriff reunió sólo a Anderson, su ayudante, el detective John Hill, Ethan Bush y el padre Salas en su despacho. Ya habían decretado que la información sería
filtrada con cuentagotas al resto de implicados en la investigación.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó Tom Parker, inquieto, al mexicano.
—Tengo una intuición —respondió el mexicano.
—¿Una intuición?
—Sí, basada en mis conocimientos y en mi experiencia. No crea que sus afamados doctores se mueven en ocasiones por otro motivo que no sea el instinto, el olfato
profesional.
—Está bien. Por favor, le escuchamos.
—El señor Bush es el más indicado para completar el perfil, pero

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