---------------

Libro PDF Cuando la luz se desvanece – Hilario Gomez

Cuando la luz se desvanece – Hilario Gomez

Libro PDF Cuando la luz se desvanece – Hilario Gomez 

—¿Qué? Daliana volvió a clavar sus ojos verdiazulados en los míos. —¿Por qué dejó el servicio activo? Ese es un dato que no figura en su curriculum. La verdad, no me esperaba aquella pregunta. —Oiga ¿Y eso qué importa? —protesté— Estoy aquí porque necesito un trabajo decente, eso es todo. Lo demás es asunto personal. Daliana esbozó una delicada sonrisa a modo de disculpa y de nuevo sus ojos brillaron de un modo que me escamó. En un remoto rincón de mi cerebro empezó a sonar una alarma. Allí, me decía una vocecilla, había algo que no cuadraba. —Le ruego me disculpe, pero cuánto más sepa sobre usted mejor podré ayudarle a encontrar el empleo más adecuado. Así que me veo obligada a insistir… ¿Por qué pidió la licencia? Resoplé. No consideré oportuno contarle a aquella belleza los detalles más truculentos de las matanzas en Namtar que me llevaron al hartazgo y a la necesidad de cambiar de aires y de oficio. —Pues lo siento mucho, pero le repito que esa es una cuestión estrictamente personal. —No me lo está poniendo fácil, señor Leitner. Su actitud al respecto no le ayuda. Ni a mí tampoco. Le pregunto de nuevo, ¿por qué dejó el servicio? Supongo que lo lógico en ese momento habría sido levantarme, mandar al carajo a la bella Daliana y a sus preguntas indiscretas, largarme con viento fresco e irme a ofrecer mis servicios a cualquier reyezuelo de medio pelo del crimen organizado local. Pero no; me quedé allí sentado como un pasmarote, incapaz de apartar los ojos de la hipnótica mirada de mujer, de su rostro de cutis perfecto, de sus labios delicadamente carnosos, de su cuello grácil, de su espesa melena y de unos senos que se adivinaban firmes bajo su ajustado vestido de brillantes tonos multicolores. Entonces, durante un instante de duda en el que mis ojos tuvieron la osadía de apartarse de aquella Venus rubia, vi aquel adorno en el aparador de caoba y me di cuenta de lo que estaba pasando. No cabía duda alguna. ¿Cómo no me había fijado antes? No era un adorno, claro. Era un pequeño souvenir de Tauria. “Hay que joderse, Carlos”, pensé. “Te ponen una tía buena delante y ya no tienes ojos para otra cosa. Ni que fueras nuevo”. Así que estamos jugando, me dije. Bien, los juegos más divertidos son aquellos donde juegan dos. —Simplemente, me aburría —respondí, encogiéndome de hombros. Daliana hizo una mueca. —¿Se aburría? —Sí. Fuera de las misiones en otros mundos la vida militar, además de mal pagada, puede llegar a ser mortalmente tediosa. Un auténtico peñazo. —Pero en su ficha consta —replicó, mientras la imagen holográfica cambiaba de nuevo ante mí— que usted era un soldado ejemplar, un suboficial respetado y resolutivo. De hecho, en su último control psicológico… —No haga caso de la psicología —interrumpí—. Y menos de la militar. —… se señala que usted se manifestaba —prosiguió Daliana, aparentemente indiferente— muy satisfecho y cómodo con su carrera militar. ¿Quiere que le ponga el vídeo? —No es necesario, gracias —respondí, raudo—. Lo recuerdo perfectamente. Pero, como le decía, no hay que prestar demasiada atención a ese tipo de informes. Hemos sido entrenados para soportar cosas mucho peores. Simplemente, le dije a la doctora lo que ella quería oír. Por primera vez, los ojos de Daliana se mostraron sorprendidos. —¿Lo está diciendo en serio? —Por supuesto. En ese momento me interesaba camelar a la psicóloga y conseguir un informe favorable. —¿Por qué? —Estaba en juego un ascenso y el subsiguiente ingreso en la Escuela de Oficiales. —Pero no hubo suerte. —Digamos más bien que lo que hubo fue un metro setenta y ocho de albina nórdica de cuerpo atlético y ojos azules. Si a eso unimos que encima es una excelente soldado, una suboficial de lo más eficiente y sobrina de un general noruego destacado en el cuartel general de Pekín pues… Mis opciones no eran demasiadas, la verdad. —Y eso le frustró, claro. Me encogí de hombros. —Bah, tampoco especialmente. Ya me lo esperaba y sólo sirvió para terminar de decidirme a dejar el ejército. Además, no tardé en encontrar algo que me proporcionó el consuelo que necesitaba. —¿Y qué fue? —El cálido cuerpo de la psicóloga. De nuevo, Daniana se quedó descolocada. —¿Cómo dice? —Que me la tiré. Y no una, sino varias veces. ¡Qué polvazos! Recuerdo como si hubiese sido anoche la piel tersa y cálida de su cuerpo desnudo, sus pechos tungentes coronados por unos pezones que se erguían entusiasmados al sentir las caricias de mis dedos mientras, con mi otra mano, exploraba las delicias que me esperaban entre sus bronceados muslos. No puede hacerse usted una idea de lo cachonda que se ponía la doctora cuando yo… —¡Oiga, pero…! ¿Cómo se atreve a…? —exclamó Daliana levantándose de un salto con la respiración acelerada, la nariz palpitante y los ojos convertidos en dos brasas turquesas. No pude evitar una carcajada. —¡Cálmese, Daliana… O como quiera que se llame! Deje ya de actuar y quítese ese disfraz de funcionaria social. No sé de qué va toda esta tontería que tiene aquí montada la capitana Lucía Abellán, pero ya me he cansado de jugar y me marcho. Me levanté y me di la vuelta para dirigirme a la puerta. Pero entonces Daliana, que había salido de detrás del escritorio y se había puesto a mis espalda, preguntó: —¿Cómo…, cómo lo ha sabido? Me volví hacia ella; en su agitación me parecía una mujer todavía más hermosa. —Elementar, mein lieber Daliana{2}… La próxima vez que visite la sección de exobiología del Museo de Ciencias Naturales, pregunte por los insectoides de Tauria. En concreto por las gautias y sus crías. Esas criaturas son pequeñas, molestas, coloridas y quedan muy bien metidas dentro de un trozo de plástico transparente y puestas en un anaquel. Daliana me miró sin comprender. No tenía ni idea de lo que le estaba hablando. —Y de paso —proseguí, mirándola con descaro—, la próxima vez que quiera jugar a los interrogatorios y sonsacarle algo de información a un hombre al que encuentre atractivo procure ponerse un vestido más holgado, porque hace un rato que vengo observando que sus pezones tienen vida propia. Cosas de la excitación sexual, ¿verdad? Pero no se preocupe: somos adultos y podemos arreglar esto a mutua satisfacción cuándo y dónde usted quiera. El bofetón que me arreó Daliana en ese instante fue de los que hacen historia, pero mereció la pena aunque sólo fuera por ver en su rostro una expresión mezcla de enojo, furia y deseo. Durante una décima de segundo valoré si lo mejor era dejar que se impusiesen los modales y el sentido común abandonando la estancia como un caballero o si, por el contrario, daba rienda suelta mis instintos y hacía lo que me estaba pidiendo el cuerpo. “¿Un caballero? ¿Yo? ¡A la mierda!”, me dije. Pero antes de que pudiera dar un paso hacia ella, la puerta se abrió de repente a mi espalda y una seca voz femenina, que conocía de sobra, embridó mi testosterona. —¡Joder, Carlos! —exclamó la mujer— ¡No tienes remedio! Anda, deja en paz a la chica y siéntate. Y usted, Carranza, vaya a darse una ducha fría, que buena falta le hace. Me volví como movido por un resorte. Sí, allí estaba. —¡Hola, Lucía! ¿De qué va todo esto? Delante de mí, ataviada con un elegante traje gris ejecutivo hecho a la medida, estaba la mujer que me había auxiliado unos días antes y me había aconsejado acudir a la Asociación de Veteranos. Mi amiga, la capitana Lucía Abellán. —Buenos días, sargento mayor Leitner. Vamos, que tenemos mucho de qué hablar ¿Te apetece un café? El nuevo orden —Bueno, ya estoy sentado… Desembucha. Lucía estaba frente al ventanal, llenando dos enormes tazas de café caliente del dispensador. —Sin leche y sin azúcar, ¿no? —Como siempre. —Así me gusta. Fiel a tus convicciones. —Por supuesto. Lucía y yo nos conocíamos desde hacía años, cuando ella era instructora en Bawiti y yo poco más que un soldado novato. Más tarde, cuando ya me había convertido en sargento y ella en oficial, estuve a sus órdenes en las operaciones de Nandi-2, Tauria y Namtar. Nos salvamos el pellejo mutuamente en varias ocasiones y llegamos a hacernos, más que camaradas, buenos amigos.

Libro PDF Cuando la luz se desvanece – Hilario Gomez 

 

Y sí, sólo amigos porque, pese a que en nuestras misiones habíamos compartido mucho más de lo que cualquier pareja podría estar dispuesta a aceptar, ni ella era mi tipo ni yo el suyo. De hecho, ningún hombre era su tipo, pues sus apetencias se inclinaban más por su propio sexo que por el contrario y por eso nuestra amistad era sincera y sólida. Además, la capitana Abellán era una tiarrona impresionante, un metro ochenta de atlética corpulencia que de un guantazo podía saltarle los dientes al primer imbécil que pusiese la zarpa donde no debía ponerla, espectáculo que pude disfrutar en más de una ocasión cuando, libres de servicio, nos aventurábamos en cantinas y garitos coloniales frecuentados por beodos que no sabían mostrar el debido respeto a una oficial de las divisiones de asalto. Pero que estuviese siempre presta a repartir estopa no significaba que Lucía fuera una perdonavidas con dos puños por cerebro. Todo lo contrario, el servicio a la Federación era lo que daba sentido a su vida y todas sus ambiciones pasaban por ese tamiz. Sí, estaba dispuesta a jugarse el pellejo en cualquier remoto planetucho perdido en la inmensidad del Cosmos, pero era inteligente y ambiciosa y tenía claro que quería llegar todo lo alto que pudiera en el escalafón. Lo último que había sabido de ella antes de encontrármela “casualmente” en las calles de Madrid es que estaba destinada en Moscú, en el cuartel general de las fuerzas del Gobierno General de Eurasia Occidental. Pero de eso hacía más de dos años. —Toma —dijo, tendiéndome la taza humeante. A continuación, se sentó detrás del escritorio y tomó un largo sorbo de la suya. Yo hice lo mismo. Al otro lado del ventanal, el Sol iluminaba la superficie plateada de un enorme aerovehículo de GlobalTrans que sobrevolaba el lago a baja velocidad y a media altura camino de su sin duda lejano destino. —¿Y bien? —insistí. —Lamento toda esta comedia —se disculpó ella—, pero los de arriba se empeñaron en hacerte una de sus absurdas entrevistas presenciales de valoración psicológica. Ya sabes, hay gente que no sabría ni ir a mear si no lo hace conforme al reglamento. Yo les dije que habías sido entrenado en técnicas de interrogatorio, que era una pérdida de tiempo, que habría bastado con una conversación sincera contigo. Al fin y al cabo, has sido un soldado y un suboficial de primera, de los mejores que han servido bajo mi mando en las divisiones de asalto, alguien dispuesto a asumir riesgos y… —¡Alto, alto! —interrumpí—. A ver, para el carro y vuelve al principio, que creo que me he perdido algo. O tal vez estoy empezando a entenderlo todo y no me gusta lo que voy deduciendo. Lucía me miró a través de otro sorbo de café ardiente. Sus grandes ojos marrones no dejaban traslucir emoción alguna, solo aquella mirada de fría determinación que tanto acobardaba a los reclutas y que tanto tranquilizaba a los veteranos. Significaba que tenía las ideas claras, que no había dudas. Que tenía un plan. —¿Y qué es lo que has deducido?—inquirió, mostrando en su rostro coriáceo algo parecido a la emulación de una sonrisa. —Pues… Si tú estás aquí está claro que el ejército reclama mis servicios para algo. Y ese algo no es todo lo legal o legítimo que debería ser, a lo que veo. Si no, ¿para qué tomarse tantas molestias? Si hay algo que abunda en nuestras gloriosas fuerzas armadas planetarias es gente capacitada. ¿A cuento de qué todo este show con androides recepcionistas, rubias cotillas y capitanas mandonas? ¿Qué está pasando aquí? —No es Defensa quien está interesada en contar de nuevo con tus servicios. —¿Ah, no? ¿Acaso tú también has dejado el servicio? Lucía me fulminó con la mirada. —Eso jamás, ya lo sabes —replicó— Yo nací para ser soldado y nada más que soldado. Simplemente ocurre que ahora estoy en otro destino más discreto. —¿Más discreto? Un momento… — dejé mi tazón sobre la mesa e hice memoria— Hace dos años tú estabas en el cuartel general de Moscú y creo recordar que en concreto era en la Oficina de Información e Inteligencia… Vaya, ahora lo estoy entendiendo. Lucía asintió y apuró su taza. —Así es, pero ahora ya no dependo de Moscú ni de ninguna otra instancia del Gobierno General. Y no tendré inconveniente alguno en decirte para quién trabajo si estás dispuesto a unirte a mi equipo. Lo soltó así, sin más. Lucía me estaba pidiendo que la siguiese en lo que fuera que estuviese metida sin hacer preguntas. Por ser ella: mi amiga, mi camarada y mi superior. Y porque sabía que no dudaría ni un instante en seguirla al mismísimo infierno. Así que volví a coger la taza para tomar un último sorbo y asentí con la cabeza. —Estoy a tus órdenes para lo que quieras, capitana. Lucía sonrió, se levantó y me extendió su mano. —Bienvenido entonces al Departamento Dos. —¿Departamento Dos? —repetí, sin terminar de entender. —El Departamento Dos del Servicio de Seguridad Federal. Casi me caí de la silla. Ya habían pasado ciento cincuenta años desde la fulminante victoria de la República China en la casi incruenta Tercera Guerra Mundial. Pero incluso antes de que eso ocurriera, China era la primera potencia económica y militar del mundo, por lo que se limitó a realizar un ataque relámpago cibernético sobre la práctica totalidad de la infraestructura informática del resto del planeta. En un abrir y cerrar de ojos, todos los sistemas de producción y distribución de energía, de gestión financiera, de defensa terrestre y espacial, de investigación y desarrollo, de sanidad pública y privada, de fabricación y distribución de bienes y alimentos, de gestión de tráfico, de las bibliotecas y centros educativos, de depuración de aguas residuales, de telecomunicaciones, de apuestas deportivas… Cualquier cosa que estuviese de una u otra forma interconectado a través del ciberespacio quedó en manos del Imperio del Centro. Ni que decir tiene que no había sido una acción improvisada. De hecho, los primeros planes se habían empezado a pergeñar tras la enésima crisis económica que sacudió al mundo entre 2042 y 2049. Asia, –en especial China y la India– se vio severamente afectada y las desesperadas peticiones de apoyo a Occidente cayeron en saco roto. El bloque euroamericano y sus aliados habían soportado mejor el golpe de la recesión y no veían la necesidad de echar un cable a sus grandes enemigos comerciales. Otros bloques y potencias menores prefirieron también esperar y ver. Y a la pasividad occidental sucedió, como en otras ocasiones, el caos y el desorden. En China y en muchos países de Asia, Oriente Próximo y África la confluencia de la inflación, el desempleo y la desesperación desembocaron en violentas revueltas políticas y brutales conflictos sociales. El viejo y corrupto Partido Comunista Chino vio cómo su poder se derrumbaba mientras en las provincias más alejadas de Pekín se sumergían en el abismo de la guerra civil. Sólo la intervención en última instancia del Ejército, encabezado por un movimiento de jóvenes oficiales que se hicieron con el poder mediante un golpe de Estado, permitió controlar la situación. La República Popular China dejó así paso a la República China, a secas. Y cuando todo parecía empezar a estar más o menos enderezado, otra nueva conmoción derivada de la crisis sacudió al mundo en 2051 en forma de guerra fronteriza entre la India y Pakistán. El conflicto se descontroló enseguida y el planeta asistió atónito y horrorizado al uso de un puñado de armas nucleares que causaron millones de víctimas. Fue la gota que colmó el vaso. Rusia y a China tomaron cartas en el asunto interviniendo militarmente para que aquella guerra atómica regional no se tornase en hecatombe planetaria. Pero fueron los únicos que hicieron algo, pues los occidentales –una vez pasado el susto– se limitaron a mostrar sus condolencias, a aconsejar prudencia, a poner a sus fuerzas en alerta máxima durante unos días por sí acaso y a seguir con sus asuntos. Al fin y al cabo, los chinos y los rusos habían conseguido parar el desastre y con eso les bastaba. Pero China no estaba dispuesta a olvidar. Y si bien tardó una década y media en superar los efectos de la crisis, para 2070 era de nuevo la locomotora del mundo. La primera potencia en casi todo, excepto en una cosa: la tecnología aeroespacial. Era ahí donde europeos y norteamericanos seguían ostentando una insultante primacía. Y eso pese a los enormes esfuerzos de China a lo largo de la primera mitad del siglo XXI, que habían conducido a su mayor éxito espacial, colofón de los fastos del nonagésimo aniversario de la creación de la República Popular: el alunizaje tripulado de 2039, exactamente sesenta años después de la histórica misión de Amstrong, Aldrin y Collins. Muchos orgullosos ciudadanos chinos se convencieron de que el centenario de la República se celebraría con un desembarco tripulado en Marte, pero la crisis echó por los suelos esos sueños de grandeza y la nueva China surgida de aquella conmoción tuvo que dedicar sus energías a la reconstrucción interna. Ello había permitido a europeos, estadounidenses y japoneses recuperar el terreno perdido, clavar sus estandartes en el Planeta Rojo y plantearse objetivos todavía más ambiciosos. Pero la gran campanada la daría Europa o mejor dicho, el CERN (Centro Europeo para la Investigación Nuclear) al ser el primero en lograr, en los años setenta, mantener abierto un microagujero de gusano que conectaba distintos puntos del espacio-tiempo. Una década más tarde, Eurokosmos (el consorcio aeroespacial nacido de la fusión de EADS y del conglomerado aeronáutico ruso) se aprovechó de ese avance para enviar la primera sonda interestelar a través de uno de esos agujeros convenientemente ampliado y estabilizado. Diez años después logró la hazaña de enviar y hacer volver a través de uno de ellos una expedición tripulada a Medea, un planeta gemelo de la Tierra que orbita alrededor de Zeta Tucán, una estrella parecida al Sol a 28 años-luz de distancia.{3} El coste fue descomunal y no volvió a realizarse una misión parecida en mucho tiempo, pero el logro dejó a todos boquiabiertos, incluidos a los gobernantes chinos que comprendieron que, si querían llevar adelante sus planes de dominio mundial, su tecnología no podía quedarse atrás. Y en ese objetivo se empeñaron, invirtiendo fabulosas cantidades de dinero en ciencia y tecnología. El país regresó a la Luna, levantó enormes bases científicas y mineras en nuestro satélite, empezó a procesar helio-3 para sus centrales terrestres de fusión, construyó aceleradores de partículas orbitales alimentados por energía solar que generaban las cantidades de antimateria que precisaban sus naves interplanetarias, estableció asentamientos en Marte y empezó a explotar, primero a pequeña escala y más tarde de forma industrial, los infinitos recursos del cinturón los asteroides. El mundo occidental asistió a aquel despliegue de energía y entusiasmo sin atreverse a imitarlo, pese a todas las presiones de Eurokosmos, que veía peligrar su privilegiada posición. Pero parecía que los gobernantes americanos y europeos no querían más riesgos ni gastos, a su modo de ver innecesarios, y no se mostraban muy proclives a apoyar a Eurokosmos en sus ambiciones. Consideraban que esta empresa ya era demasiado poderosa –sobre todo tras la absorción de su gran competidora, la estadounidense United Aerospace a finales del siglo XXI– e incluso empezaron a oírse voces a ambos lados del Atlántico que hablaban de una dura ley antimonopolios y de trocear el consorcio en varias compañías. Entonces, harta de tanta dilación y de tanta estulticia política, Claire Lockwood, la entonces presidenta de Eurokosmos, se reunió en secreto en Pekín con la máxima dirigente de la República China, Xiaoyan Wang, en la primavera de 2112. Una entrevista que literalmente cambió la historia de la humanidad. Eurokosmos tenía la tecnología y el dinero, hacía tiempo que no confiaba en los “líderes” de Occidente (y eso que a muchos los tenía en nómina desde hacía décadas) y la República China tenía la determinación política y los objetivos. Sólo hacía falta alcanzar un punto de encuentro. No tardaron mucho en lograrlo. Al fin y al cabo, se trataba sólo de repartirse el mundo. Si China quería embarcarse en la hercúlea tarea de unificar el planeta para poner orden en el caos internacional, Eurokosmos estaría encantada de ayudarla con sus formidables recursos a cambio de mantener su absoluta preeminencia –casi un monopolio– en el terreno aeroespacial y de que la nueva autoridad mundial no metiese las narices en sus asuntos más de lo estrictamente necesario. Y dado que la tecnología de Eurokosmos estaba bastantes años por delante de la del resto del mundo, a China le pareció un buen trato. Siempre era más cómodo gobernar con la ayuda de alguien de confianza que hacerlo uno solo. Y así fue como la República China conquistó el mundo en la primavera de 2118, mediante un golpe de mano informático gentileza de Eurokosmos que dejó inermes e indefensas al resto de las grandes potencias y bloques regionales que (des)gobernaban nuestro maltrecho planeta desde un siglo antes. Ni que decir tiene que aquella Blitzkrieg{4} cibernética no fue del todo incruenta. Pasados los primeros horas de desconcierto planetario, surgieron pequeños núcleos de resistencia armada en algunas regiones del globo que no tardaron en ser aplastadas por el ejército chino y sus aliados. Pero, en general, la rapidez con la que Europa, Rusia, América Central y del Sur, Oceanía, la práctica totalidad de Asia y la mayor parte de África aceptaron el nuevo orden y se ofrecieron a colaborar sorprendió a los propios conquistadores. Parecía como si la población del planeta estuviese esperando ansiosa a que alguien diese un golpe sobre la mesa y dijese “Hasta aquí hemos llegado”. Norteamérica y una parte del mundo islámico se resistieron verbalmente unas semanas, pero era poco lo que podían hacer en la práctica así que, una vez que toda la verborrea nacionalista y religiosa se agotó, el sentido común no tardó en imponerse. Al fin y al cabo, a las grandes corporaciones –en las que residía el poder real en Occidente– la nueva situación no les disgustaba. Nada mejor que el orden y la paz para que los negocios prosperen. Y los negocios son los negocios. Pero gobernar un mundo habitado por más de once mil millones de personas de distintos credos, ideologías y culturas no era tarea fácil. Por ello, con buen juicio, el nuevo hiperpoder optó por reorganizar el planeta sobre una base federal, de forma que todo el mundo se sintiese más o menos libre y autónomo. Como gesto conciliador, el Congreso Federal Mundial quedó establecido en Nueva York, en un majestuoso y altísimo edificio construido donde antaño se levantase la sede de las extintas Naciones Unidas; la Asamblea de los Pueblos recayó en Moscú y el Banco Central Federal, como no podía ser de otro modo, en Ginebra. Pero el auténtico poder político, la última instancia de decisión, estaba en Pekín, sede de la Comisión General de Gobierno de la Federación, del Departamento de Defensa Federal y de varias importantes agencias mundiales. Uno de esos organismos, el Ministerio de la Seguridad del Estado (国安部 o “Guojia Anquan Bu”){5}, ni siquiera se molestó en cambiar su nombre y se limitó a ampliar su ámbito de acción y su autoridad a la totalidad del planeta. En pocos años, todas las demás agencias de seguridad se habían convertido en meros tentáculos del “Guanbu”, que era la forma abreviada que los occidentales empleaban para referirse al servicio secreto chino. Comenzó así la oficialmente llamada “Era del equilibrio y la prosperidad” (平衡与繁荣). La idea central era (y sigue siendo) que el mundo, la tecnología y el sistema económico, bien organizados y dirigidos, eran más que capaces de ofrecer a todos los seres humanos una vida cómoda y tranquila de clase media bajo el paraguas de una Federación más o menos democrática y más o menos autoritaria. A cambio, sólo era necesario renunciar a algunas pequeñas cuotas de libertad individual y al afán de la riqueza inmediata. Incluso el principio de la libre competencia empresarial fue revisado de forma que, aunque siguiese existiendo, no diera lugar a problemas económicos y desigualdades excesivas. Uno de los factores clave fue el control de la innovación tecnológica: si esta se hacía de forma ordenada y equilibrada solo traería beneficios, pero si se desbocaba –como había ocurrido en el siglo XXI– podría ser fuente de muchos problemas. Además, la ciencia y la tecnología del siglo XXII habían alcanzado tal nivel que muchos teóricos afirmaban que poco más cabía esperar del avance técnico en tanto en cuanto no cambiasen los paradigmas científicos. Una ciencia regulada y planificada, llevada de la mano del gobierno y de las grandes corporaciones como Eurokosmos, sería una herramienta clave de la estabilidad social. Que nuestra actual tecnología sea sólo un poco más avanzada que la de nuestros abuelos no tiene demasiada importancia. Con el paso del tiempo, la paz y el creciente bienestar hicieron cada vez más difuso el recuerdo de los viejos bloques y estados-nación. En el septuagésimo aniversario del Día de la Unificación se anunció una profunda revisión del sistema de gobierno mundial y la implantación de los Gobiernos Generales, cosa que a casi nadie le preocupó lo más mínimo, pues la mayoría estaba más pendiente de sus asuntos y su bienestar personal que de la política. Por su parte, el Guanbu aprovechó la ocasión para mudar su denominación por la de Servicio Federal de Seguridad (SFS). Internamente, el SFS se componía del Departamento Uno (D1), que se encargaba –junto con otras agencias locales dependientes– de los asuntos de seguridad e inteligencia en la Tierra, y del flamante Departamento Dos (D2), que era el encargado de la seguridad de las infraestructuras espaciales y de

Libro PDF Cuando la luz se desvanece – Hilario Gomez 

 

las colonias de dentro y fuera del Sistema Solar. Ni que decir tiene que la Tierra no se convirtió de la noche a la mañana en un paraíso terrenal habitado por filántropos. La desigualdad y la pobreza, aunque muy mitigadas, continúan existiendo, lo mismo que la delincuencia, la corrupción y la violencia, pero no suponen ya una amenaza para la sociedad. La aplicación masiva de la tecnología a la vigilancia social por parte del SFS y sus filiales permiten mantener las patologías habituales de todas las sociedades bajo control. Y si la cosa se desmanda, como ocurrió en Bujara en 2252-53, siempre se puede llamar a la caballería pesada a que ponga orden. Es lo que tienen los imperios, que no les gustan los alborotos. Y mientras todo eso pasaba en la Tierra, por encima de ella y más allá Eurokosmos ha hecho y deshecho a su antojo manteniendo una estrecha colaboración con las autoridades de Pekín, únicas ante las que responde y únicas a las que presta incondicionalmente sus servicios siempre que le son requeridos. Sí, el imperio es un gran negocio, sobre todo cuando controlas los ritmos de la innovación tecnológica y cuando has barrido a cualquier competidor, expandiendo tus actividades a todos los rincones del Sistema Solar y más allá. Si había que construir una estación espacial, allí está Eurokosmos; si hay que transportar colonos y equipo a una nueva ciudad subterránea en Marte, los de Eurokosmos se encargan. ¿Un ascensor espacial con el que traer a la Tierra las materias primas del Sistema Solar? Eurokosmos se lo construye en menos de una década ¿Laboratorios en Titán? ¿Sondas submarinas en Europa y Encélado? ¿Dirigibles en la alta atmósfera de Venus? ¿Drones recolectores de helio-3 en Júpiter y Saturno? Deje que Eurokosmos se encargue de los detalles y usted siéntese a disfrutar del espectáculo. Eurokosmos es un imperio dentro de otro pero, a diferencia del terrestre, el suyo no conoce límites. Sobre todo desde que hace un siglo y medio sus laboratorios dieron con la llave maestra que permitió a la humanidad lanzarse a la exploración y la colonización de otros sistemas solares: los motores de distorsión espaciotemporal. Esta tecnología, resultado final de más de cien años de investigación, permite a nuestras astronaves cruzar el espacio interestelar dentro de pequeñas burbujas de espacio-tiempo que se desplazan a velocidades superlumínicas comprimiendo el espacio por delante y expandiéndolo por detrás, y gracias a ella los carísimos, gigantescos y endiabladamente complejos generadores de agujeros de gusano que se emplearon para mandar al hombre a las estrellas a finales del siglo XXI pasaron al baúl de la historia de la ciencia. Desde entonces, viajar a otro sistema estelar es tan sencillo como cruzar el Pacífico en un crucero. Pronto las estaciones científicas y los establecimientos coloniales humanos se contaron por decenas en una esfera de mil años luz de radio. Ese es el auténtico imperio del género humano. Ni que decir tiene que las autoridades terrestres consideraron necesario controlar, o al menos supervisar, toda aquella actividad interestelar. Por eso se crearon las divisiones de asalto y por eso se organizó el Departamento Dos del SFS. Y por eso estaba ahora yo allí ahora. —¿Me estás diciendo que eres agente de la seguridad federal? —Sí, y tú lo serás en cosa de tres meses, cuando te hayamos reciclado. Parte del programa ya lo tienes aprobado desde hace tiempo y lo que queda por pulir son detalles. Venga, choca esos cinco. Todavía sin terminar de creérmelo, le estreché la mano. Ya no había vuelta atrás. —Y tú, ¿desde cuándo estás metida en esto? —Desde siempre. —Entonces, ¿todos estos años…? Lucía asintió y se sentó de nuevo. —Fui reclutada antes de que tú ingresaras en el ejército. Por entonces mi misión era sencilla: observar e informar sobre los reclutas más aptos para nuestros intereses, personas que, como tú, destacasen por sus aptitudes, por su inteligencia y determinación. No puedes hacerte una idea de la cantidad de gente a la que hacemos seguimiento, literalmente son millones. Unos alcanzan el grado de agentes de campo, otros acaban de analistas y la mayoría no pasan de colaboradores externos e informadores ocasionales, pero el SFS tiene a su disposición un enorme caladero en el que pescar cuando quiere ampliar el negocio, ocupar nuevos nichos de mercado o reponer el stock. —Nunca se me habría ocurrido comparar a la policía secreta con un centro comercial. —Bueno, eso es cosa mía. Como pronto averiguarás, el SFS trata muy bien a su gente. —Y hablando de gente, ¿qué pasa con Daliana, Carranza o cómo demonios se llame? —Irene Carranza es una joven aunque todavía verde promesa de la D2. Es muy buena en ciencia y tecnología y supongo que pronto la veremos en la Unidad de Inteligencia Científica, pero de momento está haciendo rodaje en Asuntos Generales. Yo misma la recluté hace un año y por eso me las apañé para que fuera la encargada de entrevistarte. Si se le ha pasado el sofoco, ahora mismo deberá estar elaborando su informe sobre ti. Seguro que dice en él que eres un cerdo machista, un obseso sexual y un psicópata en potencia, pero no te preocupes porque el dictamen final es cosa mía. Y tampoco la culpes: la chica se ha limitado a cumplir con el protocolo. —¿Esta oficina es realmente de la Asociación de Veteranos? —¡Oh sí! Pero como cualquier otra dependencia federal está sometida a la conveniencia de los organismos de seguridad. —¿Y la androide de la entrada? La tal Merinda… ¿También es del SFS? —Como otros muchos. Y no todos tienen la piel nacarada. —Bueno, eso es un secreto a voces. Se supone que la Ley de Derechos Generales de 2183 fija los derechos y obligaciones de los androides y de los humanos, y en su día uno de los puntos más polémicos había sido el de la obligación de que aquellos se distinguieran claramente de nosotros mediante el color de la piel. Pero hoy las cosas han cambiado mucho: hay en el mundo, y fuera de él, más de mil millones de androides de distintos modelos y capacidades y no todos cumplen con esa obligación, sobre todo en garitos y lupanares. E incluso en algunas de las colonias exteriores la ley se la pasan por el arco del triunfo. —Por cierto, ¿cómo descubriste a la pobre Carranza? —Fue fácil. ¿Dejaste tú ahí ese viejo pisapapeles con la gautia dentro? —mientras se lo preguntaba, señalé con la mano hacia el aparador de madera. Allí estaba el adorno que se había traído Lucía años atrás de Tauria, durante nuestra breve y relajada misión de asentamiento colonial: un insecto peludo del tamaño de una uva, una cría de gautia –que cuando llega a la fase adulta es tres veces mayor– que había encontrado muerta en una zona boscosa. La había metido en un cilindro relleno de un ámbar transparente local que, una vez seco, se había transformado en un curioso souvenir. Pero un día, al enseñármelo en una cantina, se le cayó al suelo y se melló un borde. Lucía no se había molestado en repararlo y eso me había permitido reconocerlo. Lucía soltó una carcajada. —Supuse que te darías cuenta antes. —Durante un rato estuve más pendiente de las curvas de vuestra chica que de otra cosa. Y si no se hubiese puesto tan pesada con lo de por qué dejé el ejército, a lo peor no me habría caído del guindo. Lucía levantó una ceja. —Bueno, Irene ya no está en peligro de caer en tus zarpas calentorras pero la historia esa de la psicóloga militar a la que se supone que te cepillaste, ¿es cierta? —Qué más hubiera querido —me reí—. Se me ocurrió sobre la marcha para pitorrearme de ella. Aunque he de reconocer que he fantaseado con esa idea más de una vez, pues la doctora estaba realmente buena. —¿Cómo la mujer del preboste ese de la empresa de ingeniería que te buscó la ruina? —preguntó mordaz mientras activaba con la mano un panel en la superficie traslúcida de la mesa. El rostro de la señora Solberg no tardó en aparecer flotando sobre el cristal. Hice una mueca al acordarme de mis cuentas corrientes bloqueadas. —No fue una buena idea. O mejor dicho, sí lo fue hasta que el tío se enteró. —Nuestra mano es larga y llega a todos los sitios, Carlos. —¿Qué quieres decir? —pregunté, aunque empezaba a sospechar la respuesta. Y no me gustaba nada. —Oh, vamos, no me decepciones. No creerás que todo lo que te ha traído hasta aquí no ha sido más que una afortunada cadena de casualidades, ¿verdad? De nuevo, me quedé atónito. —¿Significa eso que…? —Sí, claro. Todo fue cosa nuestra. No podíamos permitir que una mente y un cuerpo como los tuyos estuviesen por ahí, perdiendo el tiempo cubriéndole el culo a famosillos, ricachones y pendones varios. Te queríamos con nosotros y aquí estás. —¡Sois una panda de cabrones! Eso es lo que sois. —Somos, amigo mío, somos. Recuerda que tú ya eres parte del club. Y a propósito, ya lo tienes arreglado. —¿A qué te refieres? —Al acceso a todas tus cuentas y propiedades. Vuelves a ser alguien respetable. Y por las molestias causadas —mientras hablaba hizo aparecer delante de mis narices una imagen de una de mis cuentas bancarias, de nuevo mostrando todo su esplendor crematístico—, hemos incrementado tus fondos con unos cuantas decenas de miles a modo de compensación y de adelanto. Como ya te he dicho, al SFS le gusta cuidar de su gente. —Vamos, que me tenéis pillado. —Del todo. Suspiré y me rendí. Al fin y al cabo, qué demonios, no tenía nada mejor que hacer. Subiendo al cielo La ciudad se empequeñecía conforme el aerovehículo ganaba en altura y velocidad. Madrid y toda su enorme zona conurbana se desplegaba ante mí a vista de pájaro, tan luminosa como siempre. El Mar de Castilla destellaba bajo el Sol y las estelas de las embarcaciones dibujaban caprichosos trazados entre las orillas. La nave había partido de la plataforma aérea cuatro del complejo aeroportuario Reina Isabel, al sur de la ciudad, a la que ha acompañado desde que hace algo más de un siglo tomase el relevo del viejo aeropuerto de Barajas. Todos los días, y a todas horas, cientos de aerovehículos, de aviones y de lanzaderas orbitales surcan los cielos de la más pujante de las capitales económicas de la Península Ibérica. El complejo permite además un enlace rápido con la espesa malla de ferrocarriles y de vías conductoras{6} que conecta entre sí hasta los más remotos rincones del planeta. Una maraña inextricable de la que ya sólo puede escaparse poniendo millones de kilómetros por en medio. Pero nada de eso quita ni un ápice de espectacularidad a la vista; si acaso, la refuerza. Sólo un poco por encima de los grandes rascacielos del distrito financiero, que resplandecían bajo un Sol de justicia, nuestro aerovehículo giró para dirigirse hacia el este. Debajo de nosotros, las grandes masas verdes de los parques desperdigados entre Madrid y sus ciudades satélites se desplegaban tentadoras, con sus prados, estanques y lagos artificiales repletos de ciudadanos ociosos, como correspondía a un largo y soleado fin de semana de principios de otoño. Entre las esbeltas torres del gigantesco Anfiteatro de Arganda grandes hologramas multicolores anunciaban la inauguración, el 7 de octubre de 2271, de los fastos del séptimo centenario de la batalla de Lepanto{7}. Y aunque a los turcos y a otros musulmanes no les hacía ni pizca de gracia –no dejaba de ser una suerte de “represalia” por las celebraciones del octingentésimo aniversario de la “liberación” de Constantinopla{8}–, se preveían espectáculos grandiosos: holoproyecciones de batallas de los Tercios, un parque temático sobre la Europa del siglo XVI, congresos especializados, exposiciones en los principales museos de los maestros de la pintura española y europea, reediciones de las grandes obras del Siglo de Oro… Hasta estaba prevista una espectacular recreación en el lago del famoso enfrentamiento naval entre cristianos y otomanos. Los críos se lo iban a pasar genial y los empresarios del espectáculo iban a ganar mucho dinero. Pero sin duda mayor interés concitará en esas fechas la celebración de las eliminatorias continentales de carreras de hidromotos en el circuito fluvial de Manzanares, cuyas gigantescas instalaciones ocupan buena parte del recorrido urbano del antaño modesto río matritense, al que Quevedo llamase “aprendiz de río” y que ahora no reconocería. Varias líneas de trenes elevados confluyen desde el centro en el complejo deportivo e incluso una de ellas, una esbelta cinta que da la impresión de flotar en el aire, conecta directamente el complejo de la Torre Iberia con el circuito. Ello facilita a los ricachones y a los ejecutivos el rápido traslado a sus localidades VIP, pagadas a precio de oro pero dotadas de todos los lujos, caprichos y servicios imaginables. Los demás tienen que conformarse con los asientos de los graderíos de toda la vida, aunque la inmensa mayoría de los aficionados a uno de los deportes más populares del planeta disfrutará del espectáculo en los proyectores holográficos de sus salones o a través de cualquiera de los infinitos universos virtuales a los que tienes acceso con solo ponerte en la cabeza un casco sensorial. He de decir que, en esto de las hidromotos, yo siempre he sido más un mero espectador ocasional que un aficionado forofo. Algunas veces, siendo un chaval, fui a circuitos en Alemania y en España con mis padres y disfruté de las carreras, los saltos, las cabriolas y los remojones de las motos multicolores y sus indómitos pilotos, pero más tarde tuve todas las emociones que quise en el ejército, así que las carreras son algo que no me quita el sueño. Pero bueno, la plebe es la plebe, qué le vamos a hacer. Recuerdo como si hubiera sido ayer que, sólo un par de horas después de mi entrevista con Lucía, me encontré sentado junto a ella en el interior de un pequeño y anónimo vehículo automático que, tras un largo, aburrido e incómodo vuelo, se acopló a un gran transporte militar aéreo que sobrevolaba el Mediterráneo. No voy a revelar a dónde nos llevaron, pues eso es información reservada y China es muy grande. Tampoco voy a decir nada de las instalaciones secretas del SFS en cierta base militar del centro del país. Y del mismo modo estaría de más que diese detalles sobre la formación, entrenamiento y tratamientos a los que allí fui sometido. ¿Para qué hablaros de los nanobots que han optimizado mis sentidos, mi memoria o mi sistema inmunológico? ¿Acaso os interesa saber algo de la capa biotrónica que creció bajo mi cuero cabelludo y que me permite interactuar con las redes mundiales con tan sólo desearlo? ¿Esperáis que os cuente cosas sobre los tratamientos genéticos a los que fui sometido para aumentar mi resistencia física y mi capacidad regenerativa? ¿De las refinadas técnicas de tortura que aprendí o a las que fui sometido? ¿De los constantes test psicológicos? ¿De los sorprendentes sistemas de comunicación y espionaje basados en la electrónica molecular que aprendí a utilizar? ¿De la criptografía cuántica? No, no creo que nada de eso os interese demasiado. Tan sólo os diré que el agente novato de la D2 que a finales del verano de 2269 regresó a Madrid a la espera de su primera misión oficial era alguien muy distinto al fulano desconcertado que doce semanas antes había acudido a la Asociación de Veteranos a implorar un trabajo. Y las misiones llegaron, incluso antes de lo que yo me esperaba. Mis primeras aventuras como agente secreto fueron de la mano de Lucía y de otros agentes, a modo de “prácticas para el nuevo”. Claro que tampoco eran nada del otro mundo: vigilancia de las actividades extralaborales de personal clave en infraestructuras relacionadas con actividades espaciales; supervisión de planes de seguridad en instalaciones orbitales; atención a las idas y venidas de sindicalistas y desafectos políticos varios en centros de investigación, factorías y estaciones repartidas por el Sistema Solar; análisis de informes sobre la situación interna de colonias extrasolares… Todo bastante rutinario y aburrido. Bien pagado, por supuesto, pero soporífero. La mayoría de los “sospechosos” era gente inofensiva que hablaba más de la cuenta o que tenía toda la razón del mundo en sus protestas y reivindicaciones, por lo que en la mayoría de los casos nuestro trabajo terminaba ahí. Sólo en un par de ocasiones a lo largo de aquellos dos primeros años la información que manejábamos tuvo alguna consecuencia práctica: la detención de un pirado que trabajaba en una colonia minera lunar y que se dedicaba a incordiar con sus anónimas soflamas anti-chinas a la gente que quería pasar un rato de ocio en una tranquila comunidad virtual de intercambios sexuales, y un grupúsculo independentista que ladraba mucho pero mordía poco en la colonia de Medea, el planeta gemelo de la Tierra al que ya me he referido antes. No volvimos a saber de ellos. Más interesante fue el caso de la secta adinkra. Un buen día, Lucía y yo recibimos órdenes directas de la jefatura del D2 en Pekín y en menos que canta un gallo nos vimos montados en un transbordador que salió zumbando hacia el transporte marciano Ze Heng de Eurokosmos que estaba a punto de salir de la órbita terrestre. Una semana más tarde, bajo la falsa identidad de un par de ingenieros de estructuras alemanes, desembarcábamos en el puerto orbital de Fobos y desde allí nos trasladamos a la base ecuatorial de tránsito del Vallis Marineris donde, junto a un centenar de personas, disfrutamos de un placentero viaje en un descomunal aerovehículo de la clase Olympus hasta llegar a Arsia City, una instalación residencial subterránea que da servicio a las muchas las estaciones científicas y técnicas desperdigadas en la región de Tharsis. Resultó que en Arsia City un grupo de trabajadores y técnicos de nivel medio oriundos del África occidental había formado hacía unos años un sindicato al margen de los cauces legales pero, con el tiempo, había degenerado en una especie de secta controlada por un predicador chalado que afirmaba no sé qué estupideces sobre la relación entre Dios, los africanos y Sirio. Resumiendo, que el fulano y sus seguidores sostenían que el Todopoderoso les había dado el derecho a controlar la Tierra, Marte y todas las demás colonias, así que no tardaron en pasarse a la clandestinidad para iniciar una campaña de activismo y sabotaje. Y como de ahí al terrorismo sólo había un paso, nos pusimos manos a la obra para para evitarlo en estrecha colaboración con las fuerzas locales del orden. No fue sencillo: tardamos meses en poner bajo control la situación y en el camino se quedaron unas cuantas docenas de muertos, entre ellos los dirigentes de la organización. Algunos de los supervivientes fueron despachados a la Tierra y otros discretamente liquidados en Marte por el expeditivo método de sacarlos a la superficie marciana a través de las esclusas sin traje de presión. Al fin y al cabo, accidentes mortales similares los hay todos los días en un planeta tan poco acogedor. Como recuerdo de la aventura me llevé a casa un estandarte artesanal que encontramos colgado en una pared en uno de sus escondrijos, una tela roja sobre la que alguien había impreso un conjunto de diez líneas organizadas en dos grupos de cinco, formando un pictograma que recordaba vagamente a dos letras E opuestas. No tardé en enterarme de que ese símbolo era un adinkra, un milenario símbolo africano que representaba los principios de cooperación, apoyo y ayuda mutua. Y de ahí el nombre de la organización.{9} Tras esta misión los meses se sucedieron sin demasiadas emociones hasta que un mensaje codificado del D2 sacudió mi tedio una mañana, pocos días después de mi regreso a Madrid desde las islas Canarias, donde había estado pasando unos días de asueto con mis padres. Hacía ya unos cuantos años que habían decidido que el suave clima tinerfeño era más saludable que el mesetario, así que en cuanto se jubilaron hicieron el petate y se encaminaron a las Afortunadas. Desde allí dirigían unos pequeños pero rentables negocios de consultoría técnica y de contenidos educativos que les permitían complementar las magras pensiones que les habían quedado tras cuarenta años de fieles servicios a GlobalTrans. Ni que decir tiene que no les había informado sobre las peculiaridades de mi nuevo empleo, del mismo modo que tampoco nunca les había puesto al tanto de los detalles más sórdidos de mis aventuras castrenses, ni de mis posteriores andanzas como guardaespaldas. Para ellos, su hijo mayor no era más que un aventurero con suerte que, sin haber llegado demasiado lejos en su carrera militar, ahora se dedicaba a la “asesoría de seguridad” para empresas. No estaba mal, pero tampoco era lo que esperaban del vástago de dos ingenieros. Estoy seguro que, en su fuero interno, me consideran poco más que un gilipollas que había desaprovechado una buena educación, que no les había dado nietos (responsabilidad que había delegado hacía tiempo en mi hermana pequeña) y que no daba señales de vida durante meses. Y si sospechaban, como era probable, que no les estaba siendo del todo sincero al hablarles de mis actividades, aplicaban la vieja máxima de “Aus dem Augen, aus dem Sinn”. Ojos que no ven, corazón que no siente. Total, yo ya era mayorcito y ellos tenían otras cosas más importantes de las que preocuparse. Pero todo eso pertenecía a mi vieja vida. Ahora, en la nueva, estaba a bordo de un aerovehículo Cephir M250 de GlobalTrans que había despegado de Madrid camino de la órbita baja terrestre junto a otras cien personas. Adultos, niños y ancianos, funcionarios y empresarios, operarios y profesores, militares de permiso y desocupados, familias y solitarios, personas de aspecto serio y aseado y gente de escopeta y perro, humanos y androides… Como en cualquier otro medio de transporte masivo, allí había de todo. Y todos disfrutaban por igual de las sensacionales vistas que ofrecen los gigantes del aire, pero en especial los niños, para los que su primer viaje en aerovehículo es una suerte de ceremonia iniciática que marca su entrada en el fascinante mundo de los mayores. Nunca ha dejado de sorprenderme la seducción que estos mastodontes volantes ejercen sobre la mente humana desde hace más de tres siglos. Ni siquiera desastres como el del Hindenburg o el espectacular desarrollo que vivió la aviación comercial y militar a lo largo del siglo XX pudieron acabar con el hechizo de los dirigibles. Una persona podía oír el rugido de un reactor rompiendo la barrera del sonido a mil metros de altura, o embarcar en un gigantesco avión intercontinental para volar durante horas sin prestar mayor atención a ello y sin embargo quedarse hipnotizado y con la boca abierta contemplando las pausadas y suaves evoluciones de un globo gigante sobre un estadio deportivo. Esa atracción, el constante avance tecnológico y las evidentes ventajas que los nuevos dirigibles suponían para las megalópolis de los siglos XXI y XXII se confabularon para ofrecer una segunda oportunidad a estas naves, que poco tenían ya que ver con sus primitivos antepasados del siglo XX. Seguros, cómodos, relativamente rápidos, silenciosos y económicos, a la gente le encantan. Cruceros y líneas aéreas no dejaron de acusar la competencia y cuando se convirtieron también en medios de acceso al espacio, su triunfo fue absoluto. Pero son sobre todo los tamaños que pueden llegar a adquirir estas aeronaves los que nos hacen enmudecer a todos a su paso por los cielos. Los aerovehículos de carga de más de ciento cincuenta metros de largo son habituales en todos los puertos y aeropuertos comerciales, y algunos de los más lujosos y sofisticados hoteles volantes no bajan de los doscientos cincuenta metros. La lista de espera para disfrutar de ellos suele ser de meses. Probando mis capacidades de acceso remoto a las redes informáticas mundiales me tropecé con un artículo de un psicólogo bonaerense que sostenía que la atracción por el gigantismo naval y aéreo está muy relacionado con la fascinación que los dinosaurios ejercen sobre las mentes de los niños, cosa que a su vez no es sino un atávico reflejo de tiempos remotos, en los que pequeñas criaturas destinadas a servir de cena a depredadores pasados de talla optaban por quedarse quietas cuando estos se acercaban con la esperanza de que no tuviesen demasiado apetito y no se fijasen en ellas. No me convenció mucho el argumento, pero quizás me sirviese para poder ligar con alguna azafata que estuviese dispuesta a descubrir que la profundidad de mi intelecto supera con mucho a mi innegable atractivo físico. Quién sabe, me dije, a lo mejor podría intentarlo con la guapa auxiliar de vuelo que en ese momento avanzaba por uno de los pasillos entre las filas de butacas, escoltada por un robot-carrito. —¿Le apetece un refresco? —me ofreció con una sonrisa deslumbrante— ¿Un sándwich o un café? Por supuesto, yo estaba más atento a la espléndida anatomía de la joven que a su insípida oferta gastronómica. Era alta, esbelta, morena y lucía unos preciosos ojos azules, como los de Helga, aunque mi prima se bañaba en agua de rosas y esta parecía preferir la de jazmines. No todo iba a ser perfecto, claro. El caso es que la azafata debió interpretar mi absorto silencio no tanto como un sentido homenaje a su cuerpo escultural sino más bien como un manifiesto desinterés por las viandas y licores del carrito, así que siguió su ronda entre el pasaje. No pude evitar seguir con la mirada el contoneo de unas caderas que parecían modeladas por la mano de un artista libidinoso que había recibido el encargo de encajarlas en un ajustado uniforme de diseño. Suspiré. Hacía demasiado tiempo que no tenía un contacto digamos íntimo con el otro sexo y mis pulsiones empezaban a pasarme factura. En otras circunstancias, en las dos horas que duraría el ascenso hasta los cincuenta kilómetros de altura, trataría de caerle simpático a la auxiliar, pero estaba de servicio. Mis viejos hábitos y vicios tendrían que esperar. El escueto mensaje que el D2 había transmitido a mi interfaz cerebral esa mañana, mientras me afeitaba, fijaba las prioridades del día de forma inapelable: “Tome el vuelo MADS051530 de GlobalTrans de las 15:30 horas y espere instrucciones”. Sin más. Así que allí estaba, esperando. —¡La chavala está buenísima, ¿eh?! ¡Menudo polvo tiene, joder! Sorprendidos, fuimos varios los pasajeros que miramos en la dirección de aquella ronca sarta de groserías. Dos asientos por delante del mío, en el lado izquierdo del pasillo central, un treintañero alto y delgado, de aspecto nórdico y evidentemente pasado de vueltas etílicas, lanzaba todo tipo de procacidades e improperios hacia el personal de cabina con independencia de su sexo. Curiosamente, no estaba haciendo uso del habitual audífono multilengua que casi todo el mundo llevaba en una oreja y que nos permite a los humanos entendernos unos con otros con independencia del idioma materno que hablemos. No, aquél desagradable sujeto estaba haciendo gala de sus profundos conocimientos del español –idioma asombrosamente rico en todo tipo de malsonancias– y lo hacía con un fuerte acento que la cacharrería nanoinformática acoplada a mi cerebro no tardó en identificar como propio del sur de Noruega con una probabilidad del noventa y nueve por ciento. Un par de segundos más tarde, el tiempo que tardé en conectarme a la red de datos de GlobalTrans, ya sabía que el pasajero que ocupaba la plaza 17P era un tal Kjell Paulsen, que a la sazón contaba 34 años de edad y que era oriundo de Drammen, una ciudad al suroeste de Oslo. Y apenas unos instantes después había accedido a la red mundial del SFS para averiguar que, según su ficha –una de los once mil millones de registros de ciudadanos que almacenaban los ordenadores de la agencia y sus instituciones satélites– el amigo Kjell estaba divorciado y no tenía hijos; que trabajaba como técnico de mantenimiento eléctrico de nivel 3 en la Estación de Tránsito Cinco; que su cuenta bancaria tenía más agujeros que un queso de Gruyère y que su historial médico-laboral indicaba que una excesiva dependencia del alcohol que le hacía estar en el punto de mira del departamento de personal. Vamos, lo que se dice un perfecto y prescindible don nadie. Un capullo. Al reparar en la mirada de recriminación y desagrado que le estaba dedicando, el tipo me guiñó un ojo, apuró de un trago una botellita de vino del catering e hizo un gesto obsceno con el dedo corazón hacia la azafata –que estaba regalando golosinas a un grupo de niños en las filas traseras– y le gritó en noruego: —Hore! Pule deg bakfra!{10} Un coro de murmullos y exclamaciones de incredulidad acogió la pornográfica manifestación del cerdo de Paulsen en cuanto los audífonos la tradujeron a media docena de idiomas. Ya estaba considerando levantarme de mi asiento e ir a taparle la boca de un sopapo cuando la imperturbable auxiliar –de nombre Carolina Baglietto; soltera; nacida hacía 28 años en Soresina, distrito de Cremona, Italia; CI de 130, según el chispazo de información que cruzó mi consciencia en ese momento– se dio la vuelta, avanzó con seguridad los escasos metros que le separaban del asiento 17P y, con una sonrisa en los labios y un movimiento felino que pasó desapercibido para la mayoría del pasaje, clavó los en apariencia delicados dedos de su mano izquierda bajo el codo derecho del noruego, en cuyo rostro se dibujó de inmediato una mueca de sorpresa y dolor. Sin dejar de sonreír, Carolina le quitó la botella de la mano y la dejó sobre la bandeja portabebidas del asiento mientras Kjell daba bocanadas como un pez, incapaz de emitir ni un gemido, buscando el aire que un paralizante dolor le negaba. Creo que fui el único que se dio cuenta de que la azafata había hecho presa en el nervio cubital de aquel imbécil y se lo estaba triturando a placer. No creo que eso sea algo que se enseñe en los cursos de formación de auxiliares de vuelo. Al cabo de lo que para el electricista debieron ser quince interminables segundos de dolor infinito, la joven le soltó el brazo y, acto seguido, se llevó un dedo a los labios en un gesto inequívoco de silencio. Kjell asintió, se hundió en su asiento y no dijo ni pío. Después, la auxiliar de cabina Baglietto regaló al universo otra de sus maravillosas sonrisas y prosiguió su camino como si nada, en dirección al elevador que comunicaba la cubierta de pasajeros con la zona de cafetería y tiendas del nivel superior, seguida de cerca por su fiel robot-carrito. Y yo también la habría seguido de no haber recibido en ese momento un mensaje del D2: “Baje a la cubierta de observación Promenade de inmediato. Allí recibirá instrucciones de FWN”. Maldiciendo por lo bajo lo inoportuno del mensaje, me levanté preguntándome quién o qué demonios sería FWN y me dirigí al ascensor. Cuando pasé a la altura del dolorido y encorvado noruego no pude evitar darle una sonora colleja que fue acogida con sonrisas por algunos pasajeros y por un clamoroso silencio por el afectado. El Cephir M250 es, como todos los de su categoría, un vehículo enorme, aunque no tan grande como alguno de sus paquidérmicos parientes del presente y del pasado. Conozco bien este modelo de nave ya que mis padres trabajaron en su diseño, fabricación y pruebas. Su cuerpo cilíndrico central –con forma cónica en la proa– de noventa metros de largo y catorce de ancho, construido íntegramente con metamateriales, aloja los depósitos de gas, el sistema de propulsión de reacción, el centro de control y pilotaje automático y el soporte del módulo de pasajeros orbital. Si le sumamos las dos góndolas auxiliares, que tienen unas dimensiones de aproximadamente la mitad del cuerpo central, la envergadura total alcanza los cuarenta metros. Este cachalote del aire es elevado hasta los cincuenta kilómetros de altura por ciento cincuenta mil metros cúbicos de helio sintético. Ahí el aerovehículo se mantiene el tiempo necesario para que el módulo orbital de pasajeros se desacople y, propulsado por su motor de antipartículas, se lance hacia una de las Estaciones de Tránsito que orbitan la Tierra a mil kilómetros de altura mientras el Cephir inicia un tranquilo viaje de regreso a Tierra, donde se preparará para una nueva misión, ya se trate del transporte de mercancías o materiales a cualquier rincón remoto del globo, ya de otro lanzamiento espacial o, simplemente, de subir a un montón de escolares ruidosos a medio centenar de kilómetros de altura para que contemplen excitados el curvado horizonte azulado del planeta que los ha visto nacer sobre un cielo negro tachonado de estrellas. La cubierta de observación Promenade no es sino un amplio corredor que se extiende a lo largo de una veintena de metros en la panza del Cephir. Grandes ventanales y mullidas butacas a ambos lados permiten disfrutar de una vista sin parangón tanto de la Tierra como del espacio durante todo el trayecto, y es el lugar preferido de las parejas de enamorados y de los niños. Yo mismo, en mis años mozos, pasé muchas horas en estos miradores, absorto en el sensacional panorama, durante algunos de los vuelos de certificación en los que acompañé a mis padres. Allí, con el rostro pegado al ventanal e iluminado por la luz del Sol que alumbraba el planeta, me sentía como un dios griego que desde su particular Olimpo se solazaba contemplando el mundo de los mortales. Cuando la puerta del ascensor se abrió, me sorprendió ver poca gente en la cubierta de observación, si bien es cierto que el Cephir todavía no había alcanzado su altura máxima. Apenas una docena de adultos y varios críos se repartían a su antojo los miradores, sacando fotos y vídeos. Tratando de averiguar si FNW era alguno de ellos, eché un vistazo rápido a las fichas de los presentes, pero resultaron ser gente normal y corriente: un padre de familia sometido a una inspección fiscal; una abuela a la que un par de semanas atrás le habían regenerado un riñón; una universitaria que estaba a punto de terminar sus estudios de climatología… Nada fuera de lo común. Fijé entonces mi atención en una pareja de cincuentones sentada en un rincón, cerca del extremo más lejano del ventanal. El hombre, no muy alto, moreno y bien vestido, miraba con indiferencia el azulado mar Mediterráneo que se extendía bajo nosotros. Menos caso prestaba todavía al panorama la mujer –estatura media, pelo negro rizado, delgada, no del todo mal parecida, vestida con un elegante traje ejecutivo azul celeste hecho a medida–. Todo lo contrario, sus ojos no se apartaban de las amarillentas páginas de un viejo libro impreso cuyas hojas pasaba con sumo cuidado. Uno de los niños que iban y venían de un ventanal a otro reparó en el libro que sostenía la mujer y se detuvo un instante a contemplar con curiosidad infantil un objeto más propio de museos y viejas bibliotecas que del mundo digital y holográfico que le estaba viendo crecer. Cada cierto tiempo renace el interés por ese viejo y perecedero soporte de información y vuelve la moda de regalar en ocasiones especiales ediciones facsímiles de obras de grandes autores del pasado, de Horacio a Einstein, de Cervantes a Julio Verne, de Suetonio a Dostoievski, de Dumas a Vargas-Llosa, de Shakespeare a Goldstein… Ni siquiera yo soy ajeno a esa pulsión bibliófila, pero la atención del chavalín no tardó en ser atraída por las voces de sus hermanos y se quitó de en medio para centrar su atención en el pequeño catdriode{11} siamés que descansaba en brazos de una de las niñas. Una rápida comprobación de datos me aclaró que la pareja en cuestión estaba formada por Elisa y Donald Fraser, un matrimonio de anticuarios de Bellshill, localidad situada a dieciséis kilómetros al sureste de Glasgow, Escocia, y actualmente de vacaciones por la

Web del Autor

Clic Aqui Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker] [popfly]

Descargar 

Leer en online [/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------