---------------

Libro PDF Cuentos para reir, rabiar y enamorarse Karina Ballesteros

Cuentos para reir, rabiar y enamorarse - Karina Ballesteros

Descargar Libro PDF Cuentos para reir, rabiar y enamorarse Karina Ballesteros

CUARENTA AÑOS, MÁS O MENOS
Llegué al bar “El Tranquilo” muy
nerviosa. Había dejado pasar unos lentísimos diez
minutos para asegurarme de que mi cita tuviera
que esperarme a mí y no yo a él. Este desconocido
me había atraído desde el primer instante en que
nos contactamos. La foto que lo identificaba me
recordaba a un atractivo actor norteamericano:
James Whither, Walker o algo así. Allí, mi
cibernético pretendiente lucía bigote y me
observaba sonriente desde un rostro parcialmente
cubierto por un sombrero de cowboy y unos lentes
Ray-Ban. Me había ido conquistando de a poco
con palabras mudas pero cálidas. Su insistencia
por comunicarse conmigo me había hecho sentir
nuevamente deseada, aún cuando la mayoría de las
veces que nos escribíamos yo estaba arropada en
mi abrigadísimo salto de cama rosa y mis infladas
pantuflas de lana, que me hacían ver más como una
abuelita que como una femme-fatal. Hacía poco
tiempo que me había inscrito en Match.com. Una
amiga, que me había visto triste desde que dejara
con mi novio, ocho meses atrás, y que había
conocido a su actual pareja a través de Internet, me
había alentado, una y otra vez, a incursionar en
esta aventura. Yo siempre le decía que no. Sin
embargo, una lluviosa y gélida noche de sábado en
la que el sueño no venía y la T.V. cable se
empeñaba en no conectar, me sumergí curiosa en
ese espacio intangible de currículums
maravillosos.
Luego de buscar por largo rato entre mis
recientes fotos una en la que fuera y no fuera yo,
encontré la que me generó un sinnúmero de
admiradores virtuales. Segura de no poder ser
reconocida en esa imagen y con el falso nombre de
MIA, comencé a filtrar conquistadores. Luego de
una rigurosa selección, quedaron tres. La
coherencia y la educación de James (así me
gustaba llamarlo, aunque en su perfil rezara
Alejandro Magno) hicieron que finalmente me
decidiera únicamente por él. En un acto de
confianza, le di una dirección privada de correo
electrónico y comenzamos a escribirnos. A partir
de allí seguimos haciéndolo por algunas semanas.
Dos meses después de nuestro primer
contacto, resolvimos conocernos personalmente.
Dado el vínculo que se había generado, parecía
que estar frente a frente era el paso siguiente.
Finalmente, nos diríamos nuestros verdaderos
nombres y nos veríamos. No era tan importante,
nuestros ojos con seguridad confirmarían lo que ya
nos decían nuestros corazones.
Ingresé al bar. Recorrí con la mirada todas
las mesas buscando un rostro parecido al de la
foto de James. No lo hallé. Mis ojos de
desconcierto se encontraron de pronto con las
facciones sonrientes de un señor de unos ochenta
años, esmirriado, pelado y de canoso mostacho
que repetía, a modo de mantra, mientras me
guiñaba un ojo: MIA, MIA, MIA. Mi primer
impulso fue salir corriendo. Me sentí estafada.
Sin embargo, como una autómata, me acerqué a su
mesa. Aunque había veinticinco centímetros y
cuarenta años de falsedad, resolví, en una fracción
de segundos, que conversaría con el alma que
había tocado mi esencia durante sesenta días. Dos
cafés después, me invitó a ir a Fun-Fun a escuchar
tangos.
-Hoy no puedo- contesté, sin pretender que
entendiera mi negativa.
-Dame tu teléfono-me dijo-y arreglamos para
otro día.
-Dame el tuyo. Yo te llamo-repliqué,
vengando su mentira con otra.
Alegre me lo dio. Me acompañó hasta mi
coche y nos despedimos con un imperceptible beso
en la mejilla.
En total desconcierto, volví a casa. Apenas
me desplomé en mi cama, rompí en pedacitos el
papel con el número telefónico recibido. Media
hora después, eliminé mi perfil del sitio de
contactos. Cancelé también la dirección de correo
electrónico que hacía de nexo entre James y yo.
Nunca sabré si tenía muy alta autoestima o era
un delirante. De todos modos, nuestro irreal
vínculo, me había hecho volver a la realidad de la
esperanza luego de mi dolorosa ruptura amorosa.
Pocos días después, me presentaron al que hoy es
mi marido.
ALGO USADO… ALGO NUEVO
Por unos segundos mi mirada quedó
enceguecida en el resplandor de los brillantes.
– Tenés que llevar también algo usado – me
había recordado mi amiga Rosario.
El día de mi boda llevaría las caravanas de
mi bisabuela paterna. Las había heredado hacía ya
muchísimo tiempo, al igual que su nombre ante
Dios el día de mi bautismo. Descansaban desde
entonces en el interior de mi necessaire rojo, que
hacía las veces de disimulada caja fuerte, en el
más oscuro rincón del placard de mi dormitorio.
Mi abuela me las había dado varios años atrás.
Recordé que, desde que las había visto por
primera vez, muchos fracasos sentimentales habían
tenido lugar en mi vida. Durante años, había
intentado, infructuosamente, descifrar el enigma de
mis desamores. Tenía que haber alguna razón que
explicara mi condición de imán irresistible de
hombres inmaduros, mujeriegos y poco
trabajadores. Algo debía explicar mi terca
incapacidad para dejarlos ir, cuando en mí
resonaba la necesidad de un vínculo sano con un
hombre de características totalmente opuestas.
Aún sin respuesta, finalmente, parecía que había
encontrado al compañero indicado.
Me llevaba bien con Enrique. Era atento y
amoroso conmigo, había nacido en la Argentina
aunque hacía años que trabajaba en Uruguay. Sus
hijos, fruto de su anterior matrimonio, residían en
La Plata con su madre. Eran niños pequeños, por
eso Enrique los visitaba con asiduidad. Nuestro
intenso y apasionado noviazgo, de apenas siete
meses, hizo que decidiéramos casarnos a pesar de
que hacía tan poco tiempo que nos conocíamos.
*****
Una semana antes de mi casamiento recordé lo
que me había dicho mi amiga sobre llevar algo
viejo, algo nuevo, algo prestado y algo azul. Lo
nuevo sería el vestido y lo prestado una pulsera de
mi madre. En la gastada liga, que guardaba desde
la boda de mi prima, cumplía con lo azul. Lo
usado serían las caravanas de mi bisabuela.
– Ponete las caravanas para ver el efecto que
producen – me sugirió mamá, mientras
compartíamos una de las últimas pruebas de mi
vestido de encaje marfil.
Me las puse. A pesar de su luminosidad,
apenas tocaron mi piel, una extraña melancolía,
aún más profunda de la que sentía desde siempre,
tocó mi alma. Vi con total claridad el rostro dulce
de mi bisabuela ya fallecida: sus ojos de cielo
despejado me miraron desde algún lugar, mientras
mis oídos creyeron escuchar su tímida risita.
Sorprendida por mi extraña visión, me las quité de
inmediato. Algo se recompuso en mí, aunque la
desazón no me abandonó.
Esa noche, invadida por una curiosidad nueva,
llamé a una tía vieja, la única persona más cercana
a mi bisabuela que aún vivía. Necesitaba saber la
historia de amor de mis bisabuelos. Lo único que
conocía era que mi bisabuelo había fallecido el
día antes que yo naciera y que yo me llamaba
Carmen, como mi bisabuela.
*****
– Sí, claro, claro. Te cuento lo que se
rumoreaba cuando yo era pequeña. Carmen y
Julián se casaron en Maracena, España. No sé
bien cómo se conocieron. Él había heredado un
establecimiento de productos porcinos que le daba
buenas ganancias y le servía para mantener sus
vicios de juego y bebida, como también a su
esposa, a sus siete hijas y a su hijo varón. Julián
era también bastante mujeriego y poco afecto al
trabajo. Pasados los primeros tres meses de
casados, volvió a las andadas. Con el correr de
los años, el juego se tragó a todos sus clientes.
Julián tuvo que hipotecar la casa en que vivía con
su familia, así como los demás bienes que poseía.
En una deuda de juego llegó a apostar a su propia
esposa. Perdió. El ganador, confuso e impactado
por su extraño premio, se dirigió a la casa de la
familia Barrancos a cobrarse la deuda. Su
espíritu “timbero”, pero menos ennegrecido que el
de Julián, se conmovió profundamente apenas se
abrió la puerta de entrada de la humilde
residencia. Allí frente a él, sus ojos se
encontraron con la mirada pura de una pequeña
mujer que, rodeada de varios niños y con una beba
en brazos, le obsequiaba una media sonrisa
interrogante. El hombre no pudo articular
palabra. Se dio media vuelta y partió, con paso
lento y sin explicación alguna, compungido por la
situación y tremendamente furioso con su
contrincante. Le perdonó la deuda al infame, no
por él sino por su familia.
*****
– Julián no escarmentó. En busca de dinero
fácil, se fue por unos meses a Nueva York. Con lo
que logró juntar, no sabemos bien cómo, pagó los
pasajes en barco para toda su familia con la que
partió un día rumbo a América. Llegaron a
Uruguay en 1928 en busca de una nueva vida. En
Montevideo, Julián fue guarda de tranvía, mozo,
peón. Su decadencia económica no le hizo perder
las mañas. Ni la misteriosa muerte de María, la
más joven, linda e inteligente de las hijas del
matrimonio, lo hizo madurar a este hombre. Solo
sé que María sufría de crisis nerviosas y que, en
una de las tantas internaciones en un psiquiátrico,
falleció cuando tenía diecinueve años. A los
ochenta y uno, el corazón inquieto de Julián
decidió detenerse. Como bien sabes, muy pocas
horas antes de que el tuyo, que ya latía, irrumpiera
en este mundo.
Quedé muda. No tenía idea de la azarosa vida
de esta generación de ancestros. ¿Mi bisabuela
Carmen, que yo recordaba como una viejita de
ojos bondadosos, habrá querido decirme algo con
sus caravanas? Sin comentarlo con nadie, contraté
un detective.
Dos días antes de la ceremonia, suspendí la
boda. El sabueso, pagado por mí, viajó a la
Argentina. Allí, no le fue muy difícil descubrir
que Enrique mantenía una relación informal con
otra mujer. Bastó seguirlo durante unas horas, en
su última visita a su tierra antes de nuestro
casamiento, para constatar su doble vida.
Creyéndose protegido por la distancia, no
dudó en despedirse con un abrazo y un beso
apasionados de una pelirroja en la puerta del
edificio donde ella residía. Luego supimos que se
trataba de una antigua compañera de trabajo. Me
sentí muy dolida por un tiempo largo.
Poco a poco, la tristeza se fue transformando
en calma. Fue desapareciendo con el correr de los
días la melancolía que llevara conmigo desde
niña. El efecto de la historia oculta de mi
bisabuela sobre mi psiquis parecía por fin haber
desaparecido. Me sentía diferente, como si por
primera vez fuera realmente yo. También
empezaron a aparecer un nuevo tipo de hombres en
mi vida. No creo que fuera una simple
casualidad.
Totalmente repuesta, un día decidí ponerme
nuevamente las caravanas. Con ellas puestas, fui a
comprar el ramo de rosas, las más blancas y las
más lindas que encontré, y las llevé a la iglesia
donde me bautizaron. Las consagré a mi bisabuela
y a mi abuela, que también se llamaba Carmen y
que, como buena hija mayor que tuvo que cuidar
de sus hermanos más pequeños, fue la que más
sufrió las consecuencias de los desmanes de su
padre. Llevé también una rosa roja para Julián, mi
bisabuelo que, en su inconsciencia, había dañado a
las personas que más debía amar. Dejé un
pimpollo color té en memoria de María. Nadie
enloquece porque sí. No sé si fue mi imaginación
o mi intuición, pero algo me hizo percibirla como
otra víctima inocente de este hombre insólito.
Entendí que, además de tanto dolor escondido,
las mujeres de mi familia me habían legado la
esencia del alma femenina: amor, compasión y una
inquebrantable fortaleza. Logré por fin hacer las
paces con la intrincada trama de mi sagrado
linaje. El delicado perfume del capullo rosa
alilado que el florista me había regalado me
volvió al presente. Sin darme cuenta, la bella flor
se había deslizado para descansar al pie de las
otras, mientras cuatro pares de pupilas cómplices
me sonreían, augurándome mi destino siempre
anhelado.
LOS OJOS DEL FUNERAL
Sorprendente la transformación de esas
pupilas. La había seguido hasta el baño. Allí,
bajo una mortecina luz que acompañaba la
atmósfera de la sala velatoria que acababa de
abandonar, fui silencioso testigo de la
metamorfosis de esos ojos jóvenes y femeninos tan
cautivantes. Los que todos habíamos visto como
dos receptáculos de un profuso manantial de
tristezas, se convirtieron, bajo el asombro de mi
imperceptible presencia, en un par de relucientes
monedas de oro. La boca, que en la habitación
contigua se desfigurara de dolor, reflejaba en el
diminuto espejo del baño una sonrisa de
satisfacción que jamás hubiera imaginado unos
segundos antes.
– ¡Por fin se murió este idiota! – la oí decir
entre dientes, mientras la observaba a prudencial
distancia.
Me alejé de allí invisible para esa extraña tan
ensimismada en sus propias emociones. Cuan
zombi, entre la gente y en total desconcierto, me
acerqué al cajón. Observé ese rostro que no tenía
más de cuarenta años. Junto al féretro, un par de
pequeños niños, uno a cada lado de su madre,
intentaban ponerse en puntas de pie para depositar
en el pecho sin vida un par de rosas blancas.
– Digámosle adiós – escuché murmurar a la
señora con una dulzura indescriptible.
Recorrí los tres pares de ojos. Los percibí
transparentes, incrédulos, angustiados. Mi
corazón se retorció lastimado.
El andar sensual, aún en el riguroso luto de la
conocida mujer del baño, me impulsó a caminar
detrás de ella nuevamente.
– Mañana daremos lectura al testamento –
manifestó el atractivo profesional que
hablaba ahora con ella en privado y en
penumbras.
– Por unos meses mantengamos las formas.
Pasado un tiempo, nadie se extrañará al
enterarse de que el escribano y la viuda se
hayan enamorado. Es algo totalmente normal
entre un hombre y una mujer de veinte y
pocos años.
Dolieron más esas palabras que la
puntada del día anterior en el estómago al
ingerir aquel vaso de vino. Yo ya venía
sospechando algo. Esa duda y la culpa
que me acuciaba desde que había dejado a
mi esposa embarazada de mellizos hacia
siete años por mi secretaria me habían
llevado, un mes atrás, a revocar el
testamento. Este último documento,
desconocido para todos salvo para el
viejo escribano de la familia, obligaba a
realizar una rigurosa investigación en caso
de muerte inesperada.
– “Descansa en paz” – alcancé a
escuchar de la boca del Padre
Miguel mientras me alejaba
lentamente a un recinto más
luminoso.
MIS DOS IDENTIDADES
Faltaban apenas diez días para que yo
regresara definitivamente a Uruguay. Hacía poco
más de tres años que vivía en Estados Unidos.
Había estado trabajando allí como secretaria en el
Banco Interamericano de Desarrollo. Mi amiga
brasilera, Georgina, dueña de la casa donde yo me
alojaba, propuso una última salida con Elizabeth.
Esta última, que compartía el “basement” de
Georgina conmigo y era la más trasnochadora del
grupo, decidió nuestro destino. Iríamos al “River
Club”. Allí nos dirigimos mi penúltimo sábado en
Washington, D.C.
Apenas acabábamos de ingresar en el fino
club, se me acercó un hombre alto, de cabello y
ojos oscuros y rasgos angulosos y armónicos.
Tendría unos treinta años.
—Would you like to dance? — me dijo en un
inglés con una pronunciación que me resultó algo
extraña.
—Ok— dije yo encantada con su amplia
sonrisa y, de inmediato, nos dirigimos al centro del
salón. La noche fue avanzando entre bailes y tragos.
A eso de las dos de la mañana y, tal como
habíamos acordado de antemano con mis amigas,
Elizabeth se acercó para decirme que se iba. Ella
debía estar el domingo a las nueve en un
bautismo. A mí me esperaban varias valijas para
llenar y despachar como carga, a primera hora del
lunes. Por lo tanto, me despedí de mi pareja de
baile que resultó ser iraquí. Georgina, que había
intercambiado números de teléfono con un amigo
de mi acompañante, hizo lo propio y nos
retiramos.
Fueron pasando los días. Yo me iba
convirtiendo en un cóctel de emociones y estrés
cada vez más fuerte. Una tarde, cinco antes de mi
partida, Georgina me anunció que tenía en su línea
telefónica un llamado para mí. Atendí. Era
Zaman, el iraquí del baile. Quería saber cómo
estaba e invitarme a tomar algo. ¿Por qué no? me
dije. Sería una forma de distenderme un poco.
Esa misma noche pasó a buscarme a las ocho.
Elizabeth me había prestado una cartera. Ya había
despachado la mayoría de mis cosas y el bolso,
que había reservado para el viaje, no era adecuado
para esta salida.
Mi “cita” propuso caminar a orillas del
Potomac y tomar algo en un pub en Georgetown.
Accedí encantada. Cuando detuvo el auto,
mientras yo desabrochaba mi cinturón de
seguridad, Zaman me aconsejó dejar mi cartera
debajo del asiento del coche. Sería más cómodo
para mí, agregó. Sin pensarlo, consentí.
Inmediatamente saqué mi licencia de conducir, que
hacia las veces cédula de identidad, y un
pañuelito, sin darme cuenta que la blusa de encaje
y la pollera roja que llevaba puestas no tenían
bolsillos. Zaman se ofreció a guardarme ambos en
uno de los bolsillos de su pantalón. Nuevamente
dije sí.
Eran casi las once de la noche cuando le
pedí a Zaman que me llevara a casa. Se estaba
empezando a poner meloso y yo nerviosa. Las
margaritas que había tomado giraban en mi
cabeza. Le dije a Zaman que no me sentía bien.
Aceptó de mala gana. Luego de un recorrido que
me pareció oscuro y eterno, se detuvo en la puerta
de la casa de Georgina. Yo me apresuré a
despedirme con un rápido beso en la mejilla. Al
bajar, tropecé con la cartera, que apenas se
asomaba por debajo del asiento. Me abracé a ella
y bajé sin mirar atrás.
—¿Qué tal te fue anoche? — me preguntó
Elizabeth al otro día.
—Bien, aunque tuve que frenar los avances de
Zaman. Gracias por la cartera, saco las cosas y te
la de…
No había terminado mi frase cuando recordé
que Zaman no me había dado ni mi licencia de
conducir ni mi pañuelo. No tenía forma de
comunicarme con él. Recurrí a Georgina que
conservaba el teléfono de su amigo. Las
innumerables llamadas que le hicimos fueron
infructuosas. Nunca nos atendió.
El vuelo de United que el martes siguiente
aterrizó en Montevideo llevaba una uruguaya triste
y feliz a la vez. A tantos sentimientos mezclados
que experimentaba, se había sumado una
preocupación innecesaria. Antes de partir hice
prometer a Georgina y Elizabeth que no contarían
mi momento de estupidez a nadie. Me convencí de
que la renuncia oficial a mi trabajo en el Banco
garantizaba que la institución cancelaría toda mi
documentación norteamericana apenas dejara el
suelo de Estados Unidos.
En Uruguay, me fueron absorbiendo nuevas
preocupaciones, un nuevo trabajo y un nuevo novio
y aquel asunto quedó prácticamente olvidado.
Dos años pasaron. Mi memoria parecía haber
borrado definitivamente aquel incidente cuando,
con los mismos sentimientos de angustia de tantas
personas alrededor del mundo, observé incrédula
lo que acontecía un once de setiembre en aquel
país que tantos gratos momentos me había
proporcionado. Cuando logré asimilar que lo que
había visto no era una película con extraordinarios
efectos especiales, me vino a la mente el obsesivo
recuerdo del atractivo iraquí que había conocido
de nombre Sarman, Zaman o algo parecido.
De ahí a la paranoia fue solo un paso. No
perdonaba informativo. Veía los que aparecían en
la tele en la mañana, la tarde y la noche.
Consultaba diarios de otros países por internet y
compraba todos los nacionales. Buscaba entre los
terroristas desaparecidos y ya identificados a una
mujer con mi nombre. También la buscaba entre
los supuestos sospechosos aún vivos. En los raros
momentos de calma que tenía, me decía que para
la gente de esas latitudes los atentados eran cosa
de hombres, que en esa cultura la mujer casi no
existía. Con esos pensamientos lograba cierta
tranquilidad que, sin embargo, no duraba mucho.
Sufría mi pánico en secreto. A nadie le había
contado en Uruguay mi noche de tintes islámicos.
Georgina y Elizabeth estaban demasiado
preocupadas con su propia seguridad en
Washington para encima endosarles mis
tribulaciones.
La angustia silenciosa que experimentaba
había modificado mi carácter. Me costaba dormir
y había perdido por completo el apetito, lo que
acrecentaba mi malhumor. Mi novio y mi familia
comenzaban a preocuparse. No entendían qué
diablos me pasaba. Yo seguía encerrada en mi
mutismo. Comenzaba a tener miedo hasta de salir
a la calle cuando la noticia llegó
providencialmente a mis oídos.
Ese día no había ido a trabajar. Un desgano
generalizado me había mantenido en la cama hasta
las once. Me desperté. Desde la cama, sin haber
abierto siquiera los ojos y, como hacía a diario,
encendí el televisor con el control remoto.
—…. Es Carolina Ortiz…. – rezaba una voz
con ese acento castizo, tan característico de las
noticias internacionales.
Entre lagañas vi mi nombre en letras amarillas
enormes al pie de la pantalla. Mis retinas se
inundaron de la imagen de una mujer de extraña
belleza que desfilaba, con paso levemente
ondulante, por una pasarela. A medida que la
chica de brazos torneados se acercaba, la cámara
iba concentrándose cada vez más en la parte
superior de su figura, hasta enfocarse por completo
en su rostro. Pegué un grito. La sonrisa insinuante
que encerraba unos dientes perfectos y
extremadamente blancos, me resultó familiar. En
ese segundo que tardé en ir de la boca a los ojos
renegridos cargados de rímel, mi proyector mental
emitió una instantánea de la cara del iraquí de mis
últimas margaritas de frutilla. Se veía más
delgado y su pelo, de tonalidades artificialmente
rojizas, le llegaba casi a los hombros. Sus rasgos,
sin embargo, me resultaron inconfundibles.
Me desbordé en un ataque de risa que duró
varios minutos cuando la modelo comenzó a tirar
sensuales besos a la pantalla. Luego vino el
llanto, que descargó toda la angustia contenida en
los últimos tiempos. Cuando finalmente me
calmé, sentí unas tremendas ganas de comerme una
milanesa con papas fritas.
— ¡Qué mi yo norteamericano cuide la línea!
— grité en voz alta, mientras la Carolina uruguaya,
finalmente liberada por su terrorista, discaba
entusiasmada el número de teléfono del bar de la
esquina.
ESTA VEZ: ¡NO!
Lo miró fijamente a los ojos. El miedo se
mezcló con el asombro y, mientras le decía no, no,
no con la cabeza sintió que algo o alguien moría en
su interior. La mujer observó con horror al
hombre que intentaba forzarla. En la negrura de
esas pupilas enturbiadas de alcohol creyó ver a un
adolescente graniento y asqueroso. Fue solo un
instante. El cinturón, que había caído sin aviso en
la lucha, quedó enganchado en los cordones de uno
de los zapatos de ese varón furioso, que tropezó y
la trajo a la realidad.
– No, no – gritó ella, mientras se
acomodaba, como podía, la ropa.
Aturdida salió corriendo de la habitación y del
apartamento, mientras él intentaba incorporarse y
desprenderse de su peculiar cadena.
Si bien hacía ya un par de años que lo conocía
dado que ambos trabajaban en la misma empresa,
nunca habían intercambiado más de dos palabras
hasta unos pocos días atrás. Esta era su tercera o
cuarta cita, no podía recordarlo con claridad en
ese momento. Habían ido al cine una vez, otra a
cenar. Parecían entenderse. Eran adultos. Sabía
que aceptar ir un sábado de noche a su casa a
probar esa carne asada con exóticos ingredientes,
que él consideraba su especialidad, sería un
pasaje seguro a un poco más de intimidad.
Imposible imaginar el resto.
El ascensor no llegaba. Confundida aún y con
pasos rápidos bajó por la escalera. Eran varios
pisos. Fue ahí cuando la vio. Estaba arrinconada
en uno de los recodos de ese laberinto que se le
hacía interminable. Era una niña de tan solo cinco
años. No logró divisar con claridad ni su rostro ni
su cuerpo. Apenas percibía los movimientos del
ser que estaba frente a ella, su gesto obsceno, que
la pequeña rechazaba con la cabeza inclinada a un
lado mientras asentía y alargaba su mano. No
podía escabullirse. Ese pantalón a medio camino
del suelo era un obstáculo gigante. La mujer
indignada con la escena estiró los brazos hacia
adelante a modo de violento empujón. El sacudón
hizo desaparecer al hombre. Libre de la prisión de
ese recuerdo que creía olvidado, vomitó aliviada.
¡Esta vez: ¡NO!
EL ASESINO
I
No sabía con exactitud la fecha en que se
había convertido en asesino. Seguro que no fue el
día en que la conoció sino tiempo después. A lo
mejor mucho antes, cuando ni siquiera sabía de su
existencia pero la iba gestando, poco a poco, en
cada recuerdo inconsciente y en cada mujer que
conocía.
El encuentro había sido puramente
casual. El ascensor se había detenido en el cuarto
piso (él venía del noveno) para dejar entrar una
seductora sonrisa con una joven mujer. No hubo
ojos encontrados. Solo una boca estudiadamente
abierta y prometedora. ¡Qué buena que está!,
pensó, mientras devolvía la insinuación con sus
propios labios. Ese, suponía ahora, había sido el
instante de destrucción mutua.
Tres cruces más en el ascensor y una
salida después armaron flor de matete en la cama.
Ella le había contado a grandes rasgos la historia
de su vida. Él supo de su triste infancia, sus
novios desalmados y la pobreza en que vivía. Se
había venido del interior a buscar un mejor futuro
en la capital. Trabajaba de promotora de ventas
en un supermercado. Con eso se pagaba la
pensión y la comida. ¡Pobre chica!, se dijo a sí
mismo. Por suerte me encontró a mí. ¡A pesar de
su edad es toda una mujer! No como esa otra. La
que conocí hace pocos días en aquel boliche y que,
varios cafés y charlas más tarde me ofreció que
nos fuéramos a un motel. Es cierto que me sentí
cómodo hablando con ella y teníamos intereses
comunes, pero una propuesta tan abierto, no sé, me
desanimó, me paralizó. No la quise ver más.
Graciela, sin embargo, me atrajo de otra forma.
Su audacia es diferente. Me parece que más que
nada la mueve la necesidad de afecto y
protección. Esa es, me juego la cabeza, la razón
de su inhibición.
*****
– Papá, Graciela está embarazada y vamos a
casarnos. La mamá de ella dice que la hija jamás
será una madre soltera.
– Alfredo, a lo hecho, pecho. Eso es lo que
hace un hombre. Yo mismo te voy a acompañar al
Registro Civil a hacer los trámites.
– Gracias, papá. Te pido, también, que hables
con mamá. A mí me cuesta. Sé que se va a poner
mal. Graciela me dijo que siente que le hace la
guerra.
– Yo hablo con tu madre.
– Gracias, viejo. Estoy un poco asustado. No
soy un niño. Tengo veintitrés años pero este bebé
no estaba en mis planes.
*****
Tenía doce años recién cumplidos cuando
lo obligaron a hacerse hombre. Era verano y
estaba de vacaciones en casa de los abuelos en
Colonia. Su tío materno, padre de un muchacho un
año mayor que él, decidió, sin consultar a ninguno
de los dos adolescentes, que ya era hora de la
famosa iniciación. Él, que no mucho tiempo atrás
jugaba con soldaditos y autitos de colección, se
encontró una tarde, de cómplices cuarenta grados,
en una habitación semi-oscura de extraños olores,
con una pulposa mujer de unos treinta años. Una
verdadera vieja, pensó. La señora, casi de la edad
de su madre, movió con habilidad los resortes
sensoriales del chico, hasta sorprenderlo con la
reacción de su propio cuerpo, que se estremeció
de placer y una casi imperceptible repugnancia,
más pariente del miedo que del asco.
El niño salió de allí algo mareado y tan niño
como antes. Guardó su secreto durante mucho
tiempo. No había suficiente confianza con papá,
que estaba trabajando en la capital, para compartir
esa vivencia. El tío hizo lo que veinticinco años
antes habían hecho con él.
*****
– ¡Qué los cumplas feliz! ¡Qué los cumplas
feliz! ¡Qué los cumplas, Pablito, qué los cumplas
feliz!
Parecía mentira que Pablito ya estuviera
cumpliendo dos años. Ese regordete y risueño
personaje había cambiado radicalmente su
existencia. Él, que jamás ayudaba a su madre en
las tareas de la casa, era ahora el perfecto amo de
casa. Su actual esposa, que poco después de
conocerlo, había decidido dejar el trabajo para
estar totalmente disponible para él, pasaba todo el
día durmiendo y mirando la tele. A pesar de tener
una gran habilidad para las tareas domésticas y las
manualidades, Graciela aclaraba a todo el mundo
que las tareas de la casa la aburrían y la agotaban.
Decía, además, que se veía obligada a dormir
muchas horas porque se sentía agotada y temía
estar muy enferma. Con la constante amenaza de
un empeoramiento de su salud, su marido asumía
la mayor parte de las responsabilidades dentro y
fuera del hogar. Trabajaba, incluso horas extra, en
el Departamento de Informática de una empresa
para pagar el alquiler, los gastos de la casa y las
estadías periódicas de los familiares de su mujer
en su domicilio. Dejó la facultad y sus cursos de
diseño. Su hijo se convirtió en el único testigo de
su talento con las formas creativas. Elefantitos y
otros muñequitos hacían las delicias de Pablito,
que aleteaba, entre gorjeos, sus piernas y sus
brazos cada vez que Ricardo, su papá, llegaba a
casa.
II
¿Cuándo comenzó a tener miedo de sí mismo?
Estaba convencido de que era un monstruo. Sólo
un ser despiadado y violento, como interiormente
se sentía, podría desear estrangularla, que la tierra
la tragara ya, que desapareciera. Aborrecía sus
propios ataques de ira, que no podía detener.
Explotaba con sus padres, con sus compañeros de
trabajo, con el quiosquero de la esquina. Rara vez
con ella. Acataba las ideas mediocres de su
esposa y, muchas veces, hasta era cómplice de sus
pequeñeces. Sólo mostraba cierta rebeldía
después de cada internación de ella. Mientras
Graciela permanecía internada para que le
realizaran chequeos sin fin que nunca acusaban
nada, él recuperaba algo de cordura. Reconocía
que la relación era enferma, que debía alejarse.
Pero no podía. ¿Cómo iba a quedar Pablito en
manos de semejante loca? Si hubiera sido una
mujer normal y responsable, seguramente ya se
hubiera divorciado. Pero esta débil y pobre
enferma era capaz de cualquier cosa. Yo la
quiero, se repetía a sí mismo, confundiendo
lástima con amor, con esa tonta conmiseración que
la fortalecía a ella y lo destruía a él. Ya no era, ni
siquiera, cuestión de sexo. Como estúpida
venganza, buscaba las mujeres más superficiales
para acostarse. Sabía que ella lo presentía y, al
menos así, él tenía su revancha.
*****
– ¿Dónde estaba usted el jueves a las ocho de
la noche?, preguntó el inspector de policía en tono
adusto.
– Me quedé trabajando en la oficina hasta
tarde. Mi jefe me pidió un informe para primera
hora del viernes y quería terminarlo antes de irme
a casa.
– ¿Hay alguien que pueda atestiguar que
efectivamente fue así?
– No, musitó Ricardo. – A las siete ya no
quedaba nadie.
– ¿Por qué su hijo de cinco años no estaba en
su casa con su madre esa tarde?
– Mi esposa lo dejó en casa de una vecina
porque iba al gimnasio. Hace un par de meses que
va tres o cuatro veces por semana a un lugar cerca
de donde vivimos. Vital, Vida…algo así se llama.
– Señor Jiménez, ¿es usted consciente de que
es el principal sospechoso de la muerte de su
mujer? Algunos vecinos nos han informado de las
escandalosas peleas que tenían. ¿Qué puede
decirnos al respecto? ¿Quién, salvo usted, tendría
motivos para dispararle dos veces con tanta saña?
– No nos llevábamos bien, pero eso
no me convierte en asesino. Yo no la maté. Era la
madre de mi hijo.
– Lamento decirle que lo vamos a
demorar en la Jefatura.
III
El retiro espiritual forzado en aquella
celda estrecha y maloliente no fue precisamente un
acercamiento a Dios. Por primera vez tuvo tiempo
para estar a solas con su matador interno. La fiera
que había tratado de domar con sexo, alcohol y
cigarrillos perdió su contención. Quedó libre en
la jaula. Vio sus facciones aterradoras de
violencia contenida. Golpeó repetidamente sus
puños contra el colchón sucio y vencido del
camastro, hasta quitarle la careta. Descubrió sus
negados miedos, sus inseguridades, el constante
castigo de sí mismo por tener sentimientos
comprensiblemente humanos. Decidió sincerarse
y admitir que, cada vez que tenía deseos de
estrangularla, en realidad quería estrangular su
propia debilidad. Su falta de firmeza para escapar
del desamor que creía era lo único que él merecía.
¡A cagar con la sensación de impotencia! Su
pecado había sido asesinar lentamente su propia
vida y lastimar a otros, por no saber como ser
bueno consigo mismo.
*****
Señora, nos gustaría hacerle algunas preguntas.
– No tengo inconveniente. Diga, usted,
inspector – respondió la cincuentona Gloria.
– ¿Desde cuándo conoce a la familia Jiménez
y, en especial a la fallecida?
– Desde que ellos compraron el apartamento,
poco antes que naciera su hijo

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

---------