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Libro PDF La brigada de Anne Capestan – Sophie Henaff

La brigada de Anne Capestan – Sophie Henaff

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pie delante de la ventana de la cocina, Anne Capestan esperaba que clarease el día. Vació de un trago la taza de porcelana y la dejó encima del hule de vichy verde.
Acababa de beberse su último café de poli. Quizá.
La brillantísima comisaria Capestan, estrella de su generación, campeona de todas las categorías de ascensos fulgurantes, había disparado una bala de más. Desde
entonces, había comparecido ante la comisión disciplinaria y le habían caído varias amonestaciones y seis meses de suspensión de empleo. Y luego, silencio de radio,
hasta el telefonazo de Buron. Su mentor, y ahora mandamás en el 36 del muelle de Les Orfèvres, por fin había roto su mutismo. Había citado a Capestan. Un 9 de
agosto. Le pegaba mucho. Era una forma sutil de indicarle que no estaba de vacaciones sino suspendida de empleo. Saldría de aquella entrevista siendo poli o parada, en
París o en provincias, pero al menos lo haría con una certeza. Cualquier cosa era mejor que andar flotando entre dos aguas, en esa especie de ambigüedad que le impedía
seguir adelante. La comisaria enjuagó la taza en la pila, prometiéndose que la metería en el lavavajillas más tarde. Tenía que irse ya.
Cruzó el salón donde, como tantas veces, resonaban Brassens y sus pom-pom-pom de poeta. Era un piso amplio y cómodo. Capestan no escatimaba en mantas
escocesas ni en luces indirectas. El gato, dichoso y ronroneante, parecía aprobar sus gustos. Pero el vacío había sembrado de huellas aquel entorno acogedor, como
placas de escarcha en un césped primaveral. Inmediatamente después de que la suspendieran, Capestan vio que su marido se iba, llevándose consigo la mitad de los
muebles del piso. Fue uno de esos momentos en los que la vida te arrea un buen sopapo en los morros. Pero Capestan no abusaba de la autocompasión, se había ganado
a pulso todo lo que le estaba pasando.
Un aspirador, una tele, un sofá y una cama: en menos de tres días había sustituido lo esencial. Sin embargo, las marcas redondas en la moqueta seguían señalando
dónde habían estado los sillones en su vida anterior. En el papel pintado, las zonas más claras hablaban por sí solas: aquí, la sombra de un cuadro, una estantería
fantasma, una cómoda añorada. Capestan habría preferido mudarse, pero su situación profesional, con el trasero entre dos sillas, la tenía atrapada. Después de aquella
cita, por fin sabría a qué vida iba a lanzarse.
Con la goma que llevaba en la muñeca se recogió el pelo. Como todos los veranos, se le había aclarado, pero pronto el castaño más oscuro volvería por sus fueros.
Capestan se alisó el vestido con gesto maquinal y se calzó unas sandalias sin que el gato alzara el hocico de su reposabrazos. El pabellón de la oreja felina fue lo único
que se movió en dirección a la entrada para ir siguiendo los preparativos de la partida. Capestan se colgó del hombro el asa del amplio bolso de cuero en el que metió La
hoguera de las vanidades, un libro de Tom Wolfe que Buron le había dejado. Novecientas veinte paginas. «Así tendrá con qué entretenerse mien tras tanto, en lo que la
llamo», le había asegurado. Mientras tanto. Había tenido tiempo de sobra para enlazar con los trece tomos de Fortune de France y las obras completas de Marie-Ange
Guillaume. Por no hablar de las pilas de novelas policíacas. Buron y sus frases sin fecha ni promesas. Capestan cerró la puerta con dos vueltas de llave y se engolfó en
las escaleras.
La calle de la Verrerie estaba desierta bajo un sol que aún resultaba agradable. En el mes de agosto, tan de mañana. Era como si París hubiera vuelto a la naturaleza y se
hubiese quedado sin vecindario, como si le hubiera caído una bomba de neutrones. A lo lejos, la luz giratoria de una camioneta de limpieza lanzaba destellos anaranjados.
Capestan bordeó los escaparates del Bazar de l’Hôtel de Ville antes de atravesar la plaza de L’Hôtel-de-Ville. Cruzó el Sena y luego la isla de La Cité para llegar al pie
del número 36 del muelle de Les Orfèvres.
Entró por la inmensa puerta cochera y giró a la derecha en el patio adoquinado. Fijó brevemente la mirada en el letrero desvaído: «Escalera A, Dirección de la Policía
Judicial». Al tomar posesión de sus nuevas funciones, Buron se había instalado en un despacho del tercer piso, la planta en sordina de quienes toman las decisiones, el
pasillo donde ni siquiera los vaqueros llevan encima la artillería.
Capestan empujó la puerta de doble hoja. Se le encogió el estómago al pensar que podían revocarla. Siempre había sido de la pasma y se negaba a contemplar
cualquier otra posibilidad. No hay quien pueda volver a estudiar a los treinta y siete años. Aquellos seis meses de inactividad ya le habían hecho mella. Había andado
mucho. Se había recorrido por la superficie todas las líneas del metro parisino, metódicamente, de la 1 a la 14, de principio a fin. Tenía la esperanza de que la
reintegrasen al servicio okm activo antes de empezar con los trenes de cercanías. A veces se imaginaba corriendo a lo largo de las vías del TGV para tener donde ir.
Cuando estuvo delante de la flamante placa de cobre grabada con el nombre del director regional de la policía judicial, se irguió y llamó tres veces. La voz grave y
timbrada de OKM Buron le rogó que entrase.
2.
Buron se puso en pie para recibirla. El pelo y la barba grises, cortados al estilo militar, enmarcaban un rostro de basset artesiano. Recorría permanentemente con
mirada afable, casi triste, el mundo que lo rodeaba. A Capestan, que ya era bastante alta, le sacaba una cabeza. Y a lo ancho le sacaba una barriga. A pesar de ese aspecto
bonachón, de Buron emanaba una autoridad que nadie se tomaba a broma. Capestan le sonrió y le alargó el libro de Wolfe. Se le habían doblado las esquinas de la tapa y
en el rostro del director apareció fugazmente una mueca de disgusto. Capestan, que no concebía que se les pudiera dar tanta importancia a los objetos, le dijo que lo
sentía mucho. Él, sin ninguna convicción, contestó que no era para tanto, mujer.
Detrás de Buron, sentados en amplios sillones, Capestan reconoció a Fomenko, el antiguo jefazo de los estupas, que ahora era director adjunto, y a Valincourt, que
había cambiado la dirección de la Criminal por la de las Brigadas Centrales. Se preguntó qué estarían esperando allí esos peces gordos. En vista de su reciente hoja de
servicio, no parecía muy probable que fueran a reclutarla. Con expresión amable, se acomodó frente al triunvirato de dueños y señores de la policía y aguardó el
veredicto.
—Tengo una buena noticia —le espetó Buron—. Asuntos Internos ha cerrado la investigación, ya no está usted suspendida y puede volver al servicio activo. El
percance no se incluirá en el expediente.
Capestan sintió que un inmenso alivio la liberaba, la alegría le corría por las venas y la impulsaba a salir por ahí a celebrarlo. Pero hizo un esfuerzo para concentrarse
en lo que Buron seguía diciendo:
—Se incorporará a su nuevo destino en septiembre, la hemos puesto al mando de una brigada.
Capestan acusó el golpe. Que la dejaran reincorporarse ya era algo inesperado, pero que le asignaran un cargo de responsabilidad resultaba sospechoso. Había algo en
las palabras de Buron que sonaba como el chasquido de las falanges de quien va a darte un bofetón.
—¿A mí? ¿Una brigada?
—Se trata de un programa especial —explicó Buron mirando al vacío—. Como parte de una reestructuración de la policía cuya finalidad es optimizar el rendimiento
de los distintos servicios, se ha creado una brigada anexa. Estará directamente bajo mis órdenes y agrupará a los funcionarios menos ortodoxos.
Mientras Buron peroraba, sus acólitos se aburrían soberanamente. Fomenko examinaba sin ningún entusiasmo la colección de medallas antiguas que Buron guardaba
en una vitrina. De vez en cuando se pasaba la mano por el pelo blanco, se estiraba el chaleco del terno o se miraba la punta de las camperas. La camisa arremangada
dejaba al descubierto unos antebrazos velludos cuya robustez era un recordatorio de que Fomenko podía desencajarle a cualquiera la mandíbula de un revés. Por su
parte, Valincourt manoseaba el reloj de pulsera plateado con el deseo ostensible de adelantarlo. Era de silueta enjuta, rasgos angulosos y tez oscura. Tras el perfil de jefe
indio parecía ocultarse un alma que se había reencarnado miles de veces. No sonreía nunca ni cambiaba aquella cara de vinagre que daba la sensación de que alguien había
importunado a Su Majestad. Seguramente reservaba su atención a consideraciones más elevadas, a una vida más destacada. Los simples mortales no osaban molestarlo.
Capestan decidió abreviar el padecimiento de todos ellos.
—¿Y para ser exactos?
Su tono resuelto desagradó a Valincourt. Como un ave de presa, giró sobre el eje del cuello, mostrando una nariz aquilina y afilada. Le dirigió a Buron una mirada
interrogativa, pero hacía falta mucho más para impresionar al director. Buron se dignó incluso sonreír mientras se arrellanaba en la silla.
—Está bien, Capestan, voy a resumirle el asunto: estamos haciendo limpieza en la policía para pulimentar las estadísticas. A los borrachos, los tarados, los depres,
los vagos y otros cuantos, a todos los que son un estorbo para nuestros servicios, pero que no podemos echar, los vamos a juntar en una brigada para luego dejarla
olvidada en un rincón. Y estará bajo su mando. Desde septiembre.
Capestan se guardó de manifestar ninguna reacción. Volvió el rostro hacia la ventana y examinó durante un momento el juego de reflejos azules en los cristales dobles.
Después pasó a las delicadas olitas del Sena que espejeaban bajo el cielo sin nubes, mientras su cerebro destilaba la esencia de aquel discurso jerárquico.
La mandaban al aparcadero. Así de fácil. Al vertedero, más bien. Una unidad de repudiados, la morralla vergonzante del departamento, todos juntos en un contenedor
de desechos. Y ella era la guinda del pastel que hundía al camello, la jefa.
—¿Por qué me da a mí el mando?
—Porque es la única que tiene el grado de comisaria —dijo Buron—. Se supone que, normalmente, hay que declarar si se tiene alguna patología antes del concurso de
oposición.
Capestan estaba dispuesta a apostar a que aquella brigada había sido idea de Buron. Ni Valincourt ni Fomenko parecían aprobar el programa. El uno por desprecio y
el otro por indiferencia. Ambos tenían otras cosas que hacer y ese asunto los estaba retrasando.
—¿Quién estará en el equipo? —preguntó Capestan.
Buron asintió con la barbilla y se inclinó para abrir un cajón del escritorio. Extrajo una abultada carpeta que dejó caer sobre el vade de tafilete verde botella. No había
nada escrito en la cubierta de la carpeta. Brigada anónima. El director abrió el expediente y, de entre los diferentes pares de gafas que se alineaban bajo la lámpara, eligió
las de montura de concha. Según la impresión que quisiera causar, afable, moderno o severo, Buron cambiaba de anteojos. Empezó a leer.
—Agente Santi, lleva cuatro años de baja por enfermedad; capitán Merlot, alcohólico…
—¿Alcohólico? Pues sí que va a haber gente en la brigada esa…
Buron cerró el expediente y se lo alargó.
—Quédese con él. Así podrá estudiárselo con calma.
Capestan lo sopesó, no tenía nada que envidiarle a la guía telefónica de París.
—¿Cuántos somos? Esa limpieza suya va a afectar a medio cuerpo, ¿no?
El director regional se hundió en el asiento y, bajo su peso, el cuero pardo crujió lastimeramente.
—Oficialmente, unos cuarenta.
—Eso no es una brigada, es un batallón —apuntó Fomenko en tono jocoso.
Cuarenta. Maderos que habían tenido que aguantar que les metieran una bala en el cuerpo, horas de plantón, kilos de más y divorcios por el bien de la Casa antes de
acabar varados en esa vía muerta. El puesto que les asignaban para que renunciasen de una vez. Capestan los compadecía. Curiosamente, ella no se veía en el mismo
lote. Buron suspiró y se quitó las gafas.
—Capestan. La mayoría lleva varios años fuera de circulación. Es muy improbable que llegue a verlos, y no hablemos ya de ponerlos a currar. Para la policía ya no
existen, son nombres, solo eso. Si alguno se pasa por las oficinas, será para mangar bolis. No se haga ilusiones.
—¿Hay oficiales?
—Sí. Dax y Évrard son tenientes; Merlot y Orsini, capitanes.
Buron hizo una pausa y centró toda su atención en la patilla de las gafas que estaba haciendo girar entre las manos.
—José Torrez también es teniente.
Torrez. Alias Malfario. El gafe, el gato negro. Por fin le habían encontrado un destino. No bastaba con aislarlo, había que ir más allá. Capestan conocía a Torrez por
su reputación. Toda la pasma del país conocía la reputación de Torrez y se santiguaba al verlo pasar.
La historia empezó con un simple accidente: a su compañero lo hirieron de un navajazo durante una detención. Algo rutinario. Al madero que lo sustituyó durante la
convalecencia también lo hirieron. Gajes del oficio. El siguiente se chapó una bala y tres días en coma. El último había muerto al caer desde lo alto de un edificio. En
todas las ocasiones se descartó que Torrez fuera culpable. No se le podía atribuir responsabilidad alguna, ni siquiera por omisión. Pero desde entonces tenía un aura
negra como la pez. Atraía la mala suerte. Nadie formaba ya equipo con Torrez. Nadie tocaba a Torrez y muy pocos le seguían mirando a los ojos. Exceptuando a
Capestan, que pasaba mucho de males de ojo.
—No soy supersticiosa.
—Pues ya lo será —afirmó Valincourt con tono sepulcral.
Fomenko asintió y contuvo un escalofrío que estremeció al dragón tatuado que le trepaba por el cuello, un recuerdo de su juventud en el ejército. En la actualidad,
Fomenko lucía un bigotazo blanco que se abría en forma de abanico, como una mariposa enmarañada. Curiosamente, el bigote no desentonaba demasiado con el dragón.
Como cada vez que se nombraba a Torrez, la habitación quedó en silencio unos instantes. Fue Buron quien lo rompió.
—Y por último está el comandante Louis-Baptiste Lebreton.
Esta vez Capestan se irguió en la silla.
—¿El de Asuntos Internos?
—El mismo —dijo Buron separando las manos, fatalista—. No se lo puso a usted fácil, lo sé.
—Pues no. No es que fuera el más flexible. ¿Y qué pinta ahí ese adalid de las nobles causas? Asuntos Internos no forma parte de la judicial.
—Alguien que presentó una queja, incompatibilidad de caracteres, en fin, cosas de ellos, asuntos internos contra asuntos internos, ya ni siquiera nos necesitan.
—Pero ¿por qué presentaron la queja?
Aquel Lebreton era un monstruo de intransigencia, pero no podía caber sospecha de que cometiese alguna irregularidad. El director inclinó la cabeza y se encogió de
hombros fingiendo no estar al tanto. Los otros dos se enfrascaron en un examen detallado de las molduras del techo con sonrisa socarrona, y Capestan comprendió que
tendría que conformarse con aquello.
—Dicho lo cual —añadió Valincourt fríamente—, no es que sea usted la más indicada para tirarles la primera piedra a los belicosos.
Capestan se tragó el sapo sin decir esta boca es mía, no era la más indicada para tirarle ni una chinita a nadie, lo sabía de sobra. Un rayo de sol cruzó por la habitación
y el eco lejano de un martillo eléctrico lo siguió. Un equipo nuevo. Le quedaba por saber cuál sería su misión.
—¿Tendremos casos en los que trabajar?
—A cientos.
Anne Capestan notó que a Buron le estaba empezando a gustar cada vez más aquel asunto. Era su bromita para inaugurar el curso, su juguetito de toma de posesión.
«Con quince años de carrera que tengo ya —se dijo— y me sale con una novatada».
—La prefectura, el SRPJ[1] y las Brigadas Centrales han accedido a que herede usted todas las investigaciones sin resolver de todas las comisarías y brigadas de la
región. Hemos aligerado los archivos de todos los asuntos cojos y de todos los casos archivados. Se le enviarán directamente.
Buron les dirigió una mirada satisfecha a sus colegas antes de seguir adelante:
—A grandes rasgos, la policía de Île-de-France va a estar muy cerca de resolver el cien por cien de los casos, y usted, el cero por ciento. Solo una unidad de
incompetentes en toda la zona. Como ya le digo, se trata de acotar.
—Ya veo.
—Recibirá las cajas con los archivos en el momento en que se instale —dijo Fomenko mientras se rascaba el dragón—. En septiembre, cuando le asignen unas
oficinas. Aquí, en el 36, estamos a tope, le buscaremos un huequecito en algún otro sitio.
Valincourt, sin mover el cuerpo, como de costumbre, la previno:
—Si tiene la sensación de haber salido bien parada, se equivoca. Pero piense que, por lo menos, nadie espera que obtenga ningún resultado.
Buron, con gesto elocuente, señaló la puerta. Capestan salió. A pesar de las últimas palabras desalentadoras, sonrió. A partir de ahora tenía un objetivo y un plazo de
vencimiento.
Sentados en la terraza del café Les Deux-Palais, Valincourt y Fomenko se estaban tomando una cerveza. Fomenko cogió un puñado de cacahuetes del cuenco y se los
metió en la boca resueltamente. Los hizo crujir entre los dientes antes de preguntar:
—¿Qué te ha parecido la protegida de Buron, Capestan?
Con el índice, Valincourt empujó un solo cacahuete a lo largo del posavasos.
—No lo sé. Guapa, supongo.
Fomenko se echó a reír y luego se atusó el bigote:
—¡Sí, así no te arriesgas a equivocarte! No, me refiero profesionalmente. Con franqueza, ¿qué opinas de la brigada esa?
—Una tomadura de pelo —contestó Valincourt sin pensárselo ni un momento.
3.
París, 3 de septiembre de 2012
Vaqueros, bailarinas, jersey fino y trinchera. Anne Capestan se había puesto el atuendo de poli y llevaba apretadas en la mano las llaves de su nueva comisaría. De
cuarenta personas, se había marcado un cupo de veinte. Si al menos un poli de cada dos mostraba interés por aquella brigada, sí que merecería la pena ponerla en marcha.
Impaciente y, por qué no decirlo, henchida de esperanza, Capestan desembocó a paso ligero en la plaza donde borboteaba la fuente de Les Innocents. Un vendedor de
ropa deportiva estaba levantando el cierre metálico de la tienda, cubierto de grafitis. El olor a fritanga de los restaurantes de comida rápida empezaba a notarse en el aire,
que aún era fresco. Capestan se volvió hacia el número 3 de la calle de Les Innocents. No se trataba ni de una comisaría ni de unas dependencias policiales. Era un
edificio sin más. Y no sabía cuál era el código de la puerta. Suspiró y se metió en el café de la esquina para preguntárselo al dueño. B8498. La comisaria lo transformó en
Barco-Vaucluse-Campeones del mundo para memorizarlo[2].
En la etiqueta sobada del llavero, un 5 garabateado indicaba el piso. Capestan llamó al ascensor y subió hasta el último. No les habían hecho el favor de asignarles una
planta baja oficial con su cristalera, sus luces de neón y sus transeúntes. Los habían arrinconado allí arriba, sin más placa en el portal ni más interfono. La puerta del
rellano se abrió dando paso a un pisazo viejísimo, pero luminoso. Ya que no eran dignas, al menos aquellas oficinas eran cálidas.
El día anterior, después de que se fueran los electricistas y los empleados de la compañía telefónica, los de la mudanza habían ido a amueblarlo. Buron había dicho que
no había de qué preocuparse, que la Casa se encargaba de todo, que no tenía que hacer nada.
Desde la entrada, Capestan alcanzó a ver un escritorio de zinc cubierto de arañazos oxidados. Justo enfrente, una mesa de formica verde agua se escoraba a pesar de
los posavasos con los que le habían calzado la pata rota. Los dos últimos escritorios estaban hechos con un tablero de melamina negra colocado encima de dos caballetes
bamboleantes. Ya que se libraban de los polis, habían aprovechado para librarse también de los muebles. Nadie podría decir que aquel programa no era coherente.
Aunque el parqué estaba salpicado de agujeros de tamaños varios y las paredes más ahumadas que los pulmones de un fumador, la habitación era espaciosa, con
amplias ventanas que daban a la plaza y ofrecían una vista panorámica hasta la iglesia de Saint-Eustache, pasando por los antiguos jardines de Les Halles y las grúas de
unas obras que seguramente no se acabarían jamás.
Al rodear un sillón desfondado, Capestan se fijó en una chimenea que no estaba cegada y parecía que funcionaba. Algo es algo. La comisaria se disponía a continuar la
visita cuando oyó que se abría el ascensor. Le echó un vistazo al reloj de pulsera: las ocho en punto.
Mientras se limpiaba los zapatos de marcha en el felpudo, el hombre llamó a la puerta entreabierta. El pelo negro y abundante obedecía a un orden propio y, a pesar
de ser aún temprano, en las mejillas se le insinuaba ya una barba entrecana. Se adentró en el salón y se presentó, con las manos metidas en los bolsillos de la pelliza.
—Buenos días. Teniente Torrez.
Torrez. De modo que el gafe era el primero en llegar. No parecía tener intención de sacar la mano del bolsillo y Capestan se preguntó si sería por miedo a que ella no
quisiera estrechársela o porque, sencillamente, no tenía modales. Ante la duda, y para evitar el problema, decidió no tenderle la suya, pero le dedicó una sonrisa cargada
de intenciones pacíficas, enarbolando su esmalte dental como si fuera una bandera blanca para parlamentar.
—Buenos días, teniente, soy la comisaria Anne Capestan, al mando de la brigada.
—Sí. Hola. ¿Dónde está mi despacho? —preguntó él como si antes hubiera sido cortés.
—Donde usted quiera. El primero que llega elige…
—Entonces, ¿puedo echar un vistazo?
—Faltaría más.
Capestan miró cómo se dirigía directamente a las habitaciones del fondo.
Torrez medía como un metro setenta y era puro mús culo. Más que un gato negro, era un puma. Compacto y corpulento. Antes de aterrizar allí, prestaba servicio en
la 3.ª BT, la Brigada Territorial del 2.º distrito. Quizá se conociera los restaurantes de la zona. Desde lejos, lo vio abrir la última puerta al final del pasillo; asintió con la
cabeza y se dio la vuelta, alzando la voz para que lo oyera.
—Me quedo con este.
Entró y cerró la puerta tras de sí, sin más formalidades.
Daba igual.
Ya eran dos.
Empezó a sonar un teléfono y Capestan lo buscó por la habitación entre una multitud de modelos tan poco conjuntados como el mobiliario. Descolgó un aparato gris,
colocado directamente en el suelo, junto a la ventana. La voz de Buron la saludó al otro lado del cable.
—Capestan, buenos días. La llamo solo para comunicarle que tiene una incorporación más. Ya la reconocerá, no quiero estropearle la sorpresa.
El director parecía satisfecho de sí mismo. Al menos alguien se estaba divirtiendo. Después de colgar, Anne cambió el aparato gris por una antigüedad de baquelita. La
colocó encima del escritorio de zinc, que podría valerle después de limpiarlo bien con una toallita húmeda. Capestan también se apropió de una lámpara grande con
pantalla color crema y pie de cerezo rayado que andaba rodando junto a la fotocopiadora, y sacó del bolso un paquete de toallitas y una torre Eiffel dorada de quince
centímetros. Era un regalo que se había hecho a sí misma en una tienda de recuerdos el día en que la destinaron por primera vez a la capital. Les sumó la abultada agenda
de cuero rojo, un bolígrafo Bic negro, y listo, ese era su escritorio. En diagonal, entre la ventana y la chimenea. Con cuarenta polis en el piso iban a estar algo apretados,
pero ya se acostumbrarían.
Capestan fue a la cocina a servirse un vaso de agua. Era una habitación espaciosa con una nevera coja, una cocina de gas vieja y un mueble de pino bajo, de los que
suelen usarse en las cocinitas americanas de los chalets de montaña. El mueble estaba vacío, no había vasos. Capestan pensó que a lo mejor tampoco había agua. Se
dirigió hacia la puerta acristalada, que daba a una terraza donde una hiedra amarillenta trepaba por una espaldera de plástico, agrietando las piedras del edificio. En un
rincón había una imponente tinaja de gres ocre llena de mantillo reseco, sin ningún rastro de planta. Se veía el cielo azul y Capestan se quedó allí un momento,
escuchando el trajín de París, más abajo.
Cuando volvió al salón, Lebreton, el excomandante de Asuntos Internos, ya había llegado y le había dado tiempo de acomodarse detrás del escritorio de melamina
negra. Con aquel cuerpo suyo tan largo hecho un cuatro, estaba intentando abrir una de las cajas de cartón llenas de expedientes con una navaja Opinel. Maniobraba con
calma, según su costumbre. Lebreton era tan imperturbable en su indolencia como en sus opiniones. Capestan aún se acordaba del rigor implacable de sus
interrogatorios. Si la comisión disciplinaria se hubiese atenido a sus conclusiones, ella nunca se habría reincorporado al servicio. Lebreton la tenía por una mala bestia.
Capestan lo tenía a él por un psicorrígido. Qué contentos estaban ambos de volver a verse. Él apenas alzó la cabeza:
—Buenos días, comisaria —dijo antes de volver a centrar toda su atención en la caja.
—Buenos días, comandante —contestó Capestan.
Y la habitación se sumió en un silencio monumental.
Ya eran tres.
Capestan fue a buscarse otra caja.
*
Cada uno con una pila de cajas, Capestan y Lebreton llevaban dos horas largas desempolvando expedientes. Atracos al por mayor, timos de cajero automático, robos
en coches aparcados o estafas con identidades falsas: aquellas cajas eran paquetes sin sorpresa y Capestan empezaba a tener serias dudas sobre la finalidad de su
misión.
Una voz estentórea interrumpió la lectura. Se quedaron quietos, con el lápiz en el aire. Una mujer curvilínea de unos cincuenta años apareció en la puerta. A su móvil,
cuajado de strass, le estaba cayendo una buena bronca.
—… ¡Que te vayas a la mierda, capullo! —bramó—. ¡Escribo lo que me da la gana! ¿Quieres que te diga por qué? Porque no pienso dejar que un retaco trajeado y
encorbatado como tú me diga dónde puedo mear.
Capestan y Lebreton se quedaron mirándola, hipnotizados.
La tarasca les dedicó una sonrisa cordial y se volvió a medias antes de soltar:
—¡Me la pela que el tío ese sea juez o que deje de serlo! ¿Que quiere quitarme de en medio? Pues muy bien. Yo no tengo ya nada que perder, y, por si le interesa mi
opinión, esta vez la ha cagado a base de bien. Así que esa mierdecilla de sustituto suyo, si quiero que se pille unas almorranas en el próximo episodio, pues le planto
unas almorranas en el próximo episodio. Y el muy memo, que tenga la pomada a mano.
Colgó con gesto seco.
—Buenos días, soy la capitán Eva Rosière —dijo tendiendo la mano.
—Buenos días, y yo la comisaria Anne Capestan —respondió esta, aún con los ojos como platos, estrechándosela.
Eva Rosière, la sorpresa de Buron seguramente. Estuvo varios años trabajando en el estado mayor del muelle de Les Orfèvres antes de descubrir que tenía vocación de
escritora. Para sorpresa de todos, en menos de cinco años sus novelas policíacas habían vendido millones de ejemplares y las habían traducido a una decena de idiomas.
Como todo poli digno de tal nombre, respetaba a los jueces más bien poco y no dudaba en mofarse de ellos, sacando descaradamente a sus personajes del crisol del
Palacio de Justicia de París. No se molestaba demasiado en camuflar las identidades y ridiculizaba a los que le caían mal. Al principio, los jueces aguantaron el tipo en
silencio: reconocerse habría significado delatarse, y era mejor mantener una actitud discreta que montar un escándalo. Luego, cuando una productora se puso en contacto
con ella, Rosière pidió una excedencia de la policía para probar suerte en la gran aventura de las sagas televisivas en horario de máxima audiencia. Desde entonces, Laura
Flammes, policía judicial triunfaba todos los jueves en la primera cadena francesa y en otras treinta del mundo entero.
En el número 36, aquel éxito repentino hizo más bien gracia. Que Olivier Marchal o Franck Mancuso alcancen la fama, pase. Pero que una mujer, de Saint-Étienne
para más inri, gozara de un cerebro privilegiado y de una buena pluma era algo que a los parisinos les costaba digerir. Y, sin embargo, ese era el caso de Rosière.
Curiosamente, después de hacer fortuna, solicitó reincorporarse al servicio en el cuerpo, sin por ello dejar de ejercer como guionista. Y a la policía no le quedó más
remedio que aceptar.
Pero lo que se podía tolerar en las novelas no resultaba tan aceptable en pantalla, con un público mucho más amplio. Sin contar con que, en el propio seno de la
policía judicial, la ostentación que Rosière hacía de sus millones delante de unos colegas que preferían no saberlo había terminado por hartar a la jerarquía. Las bromas
que al principio parecían inocentes empezaban a levantar ampollas: tendemos a perdonar menos a quienes envidiamos.
Así las cosas, aquel inicio de temporada, memorable, había dado pie a una auténtica conspiración y la administración había actuado para amordazar a la artista. Así
era como Rosière había dado hoy con sus huesos aquí y la administración había ganado, pues, aquella mano. Por su parte, Capestan era una seguidora asidua de la serie,
que le parecía muy divertida y, a pesar de los pesares, inofensiva.
Rosière sonrió a Capestan y paseó por Lebreton una mirada de gourmet. Complexión atlética, ojos claros, rasgos finos pero viriles: para ser del género mineral, había
que reconocer que estaba bastante logrado. Lo único que deslucía aquel físico hollywoodiense era la arruga profunda que le cruzaba la mejilla derecha, como una marca
de la almohada. Acostumbrado a aquellas inspecciones minuciosas, Lebreton se inclinó cortésmente y le devolvió a Rosière el apretón de manos. Esta última se dirigió a
Capestan:
—Tengo abajo a dos transportistas esperando con un escritorio Imperio. ¿Dónde puedo ponerlo?
—Pues…
Rosière giró sobre sí misma para estudiar el terreno.
—¿Qué tal donde está la birria esa? —dijo la capitán señalando el tablero y los caballetes situados en la esquina del salón.
—De acuerdo.
*
A las seis de la tarde, Capestan estaba de pie en el umbral del piso, como una anfitriona a cuya velada no ha acudido nadie. Se había quemado las pestañas
aprendiéndose de memoria unos cuarenta currículos y al final no tenía más que a tres polis que, casi seguro, no volverían al día siguiente. En cualquier caso, no pensaba
obligarlos. Para todos ellos, acabar en aquella brigada era un castigo, sin duda el final del recorrido.
Como un eco de aquel momento de bajón de la comisaria, Torrez cruzó el salón sin ni siquiera mirar a sus compañeros. A su paso, Rosière y Lebreton sintieron un
escalofrío de sorpresa y de superstición. Con la pelliza por los hombros y las manos metidas en los bolsillos de los pantalones de pana, Torrez se disponía a irse.
Capestan vaciló, y finalmente se decidió a hablar con franqueza y a sondear los ánimos.
—Yo estaré aquí mañana, pero no se sienta obligado a nada —le dijo al teniente.
En todo caso de poco servía un equipo tan reducido.
Torrez, imperturbable, meneó la cabezota tozuda.
—Me pagan por venir de ocho a doce y de dos a seis.
Tamborileó con el índice sobre el reloj de muñeca y añadió:
—Hasta mañana.
Y salió cerrando la puerta tras de sí. Capestan se volvió hacia Rosière y Lebreton para ver cómo reaccionaban.
—El agujero este es cuestión de unos meses —empezó a decir Rosière—. No voy a quemarme tontamente con un abandono de servicio.
Con la yema de los dedos, se alisó la cadena y ordenó todos los colgantes que reposaban sobre la pechuga prominente, medallas de santos en su mayoría.
—De todas formas, Torrez tiene su propio despacho, ¿no es así?
Capestan asintió con la cabeza y le echó una mirada a Lebreton, que comunicó escuetamente cuáles eran sus intenciones antes de sumergirse de nuevo en la caja de
expedientes:
—Tiene que haber necesariamente un caso que merezca la pena. Lo estoy buscando.
Empezarían siendo cuatro. En lugar de los veinte previstos. No estaba tan mal, al fin y al cabo, y Capestan se dio por satisfecha.
4.
Al día siguiente pasaron varias horas escarbando. Haciendo calas al azar en la pared de cajas que bordeaba el pasillo, rebuscando en los expedientes con la esperanza
de descubrir algún caso que mereciera una investigación más a fondo. Rosière fue la primera en decir lo harta que estaba:
—Comisaria, ¿en serio nos vamos a chupar todos los robos de móviles hasta el día del juicio final por la tarde?
—Pues hay muchas posibilidades, capitán. No nos han mandado aquí para atrapar a Jacques Mesrine[3]. Pero nunca se sabe, hay que seguir insistiendo.
Sin mucha convicción, Rosière se plantó delante de la pared.
—Bueno, a ver. Pluf, pluf. Hala, pues a la mierda, me voy de compras.
Capestan la vio coger la chaqueta con un amplio gesto de lo más teatral. En general, Rosière no era una mujer a quien le asustara llamar la atención, con ese pelo como
llamas anaranjadas, esos labios rojo brillante y esa chaqueta azul irisado. Ninguna combinación de beige o de gris habría arriesgado ni un solo hilo en el estilismo de
aquella capitán deslumbrante.
—Esperen —intervino Lebreton en voz baja.
Acababa de abrir un expediente encima de su mesa. Capestan y Rosière se acercaron.
—Un asesinato. Estaba en la parte de arriba de esta —dijo señalando una caja con el rótulo «Orfèvres»—. Es un caso de 1993 sobre un hombre, Yann Guénan.
Muerto de un disparo. Lo sacaron del Sena los de la Fluvial, estaba atrapado en una hélice.
Los tres polis contemplaban su tesoro. Esbozando una sonrisa, dejaron transcurrir unos segundos de silencio respetuoso. El botín era para quien lo había descubierto.
—¿Quiere hacerse usted cargo? —le propuso Capestan a Lebreton.
—Desde luego.
A ver si al paladín de los asuntos internos se le daba igual de bien chapotear entre los cadáveres que suben a la superficie del Sena. Capestan había anticipado los
emparejamientos en caso de que abrieran alguna investigación: ella no quería estar con Lebreton y nadie quería a Torrez. Con cuatro polis, las cuentas salían rápido. La
comisaria se dirigió a Rosière.
—Capitán, formará equipo con él.
—Estupendo —contestó frotándose las manos regordetas cubiertas de sortijas multicolores—. Bueno, ¿qué nos cuenta el fiambre ese?
5.
—Venga, cásate conmigo.
Aunque hablaba sin levantar la voz e intentaba ser discreto, Gabriel no podía impedir que sus palabras retumbaran en la piscina de Pontoise. El agua trasladó su
petición, que rebotó en los azulejos color índigo y regresó para acechar la respuesta de Manon.
Era media tarde y la piscina estaba casi vacía, solo unos cuantos usuarios habituales empalmaban largos en pos de un destino desconocido. Mientras Gabriel y
Manon no invadiesen su calle, poco les importaban el ruido, las conversaciones y las salpicaduras. Manon nadaba a braza con un estilo impecable, a pesar de los
movimientos desordenados que hacía Gabriel para seguir su ritmo. Sonrió a través del agua que le chorreaba por la cara.
—Aún somos muy jóvenes, Gab…
Gabriel intentaba pillar el segundo en que Manon sacaba la cabeza del agua para empezar las frases.
—Hombre, somos mayores de edad.
—En tu caso, desde hace bien poco.
—¿Quieres que te demuestre lo adulto que soy? —dijo él, aún muy satisfecho de sus retozos de la víspera.
Se hundió un poco y tuvo que patalear para subir. Manon había avanzado dos metros y la alcanzó.
—Si no quieres casarte conmigo, ¿nos unimos en matrimonio entonces? ¿Nos hacemos pareja de hecho? ¿Un pacto de sangre con una navaja oxidada?
—No piensas dejar el tema, ¿eh? Ya lo hemos hablado montones de veces…
Adelantaron a una abuelita con un gorro de baño cubierto de flores de goma. Estaba tan concentrada en su objetivo que no les dedicó ni una mirada. Gabriel también
tenía un objetivo del que no pensaba desviarse.
—Si quieres, me pongo de rodillas. Aunque estemos en la piscina, me puedo poner de rodillas. Tragaré varios litros de agua, pero te haré la escena cumbre. ¿Eso es lo
que quieres, una escena cumbre? ¿Con anillo dentro de un pastel y fresas con champán?
—Que pares ya, que me voy a acabar ahogando con tus desvaríos.
Manon era maravillosa. Incluso sumergida en litros de cloro, seguía oliendo igual de bien. Gabriel estaba loco por ella. Bromeaba, le lanzaba gotitas de agua para
parecer un romántico de película americana, el enamorado tímido de corazón tierno. Pero, en realidad, tenía todos los átomos de la piel pendientes de la respuesta de
Manon y lo estaba pasando mal. Tenía que casarse con él. No podía dejarla marchar, alzar el vuelo, desaparecer. Doblar la esquina de la calle. Tenía que quedarse con él
siempre y no dejarlo jamás. Si existía un documento que se lo garantizase mínimamente, Gabriel quería firmarlo a toda costa.
—Venga, Manon. Te quiero. Y es mi programa para los próximos cincuenta años —añadió.
—Pero es que aún tenemos tanto tiempo…
Gabriel se sacudió el agua del pelo como un perro. Los mechones de color castaño rojizo se le pegaban a la frente.
—Sí. Cincuenta años. Empezamos a contar cuando tú quieras.
Manon apoyó la mano en el borde de la piscina para recuperar el aliento y examinarlo un instante. En sus ojos, cuyos matices más leves se sabía de memoria, Gabriel
adivinó que iba a decir que sí. Aguzó todos los sentidos y puso en marcha la memoria. Tenía que grabar aquel minuto, se había olvidado en la vida de tantos minutos
cruciales, que habían desaparecido sin esperanza alguna de volver, que aquel tenía que grabárselo hasta en las capas más profundas del córtex.
—De acuerdo. Vamos allá.
Se tomó su tiempo antes de añadir:
—Sí.
*
Gabriel volvió a casa brincando, literalmente. Iba a darle la noticia a su padre. Estaba llegando al bulevar de Beaumarchais, unos metros más y estaría en casa. Gabriel
seguía brincando, pero con cada salto notaba una canica de plomo que le golpeaba el estómago. Cuanto más se acercaba, mayor era la canica. Era un malestar, una
arenilla, un hipido, ya se le pasaría, no sabía por qué estaba ahí, pero se le pasaría.
La canica se transformó en bola de petanca. Apretó el timbre brevemente antes de abrir con las llaves. Vio a su padre, cómodamente sentado en su sillón Voltaire,
girar la cabeza y levantarse para recibirlo. Alto, fuerte, hierático. Como una catedral, así era su padre. Se quitó las gafas y estaba a punto de preguntarle cómo le había
ido el día, como todas las noches.
Gabriel se lo soltó sin más preámbulos:
—¡Papá! Manon ha aceptado casarse conmigo.
Aunque parecía que estaba a punto de sonreír, no acababa de reaccionar. Gabriel lo notaba algo aturdido, lo había pillado por sorpresa. Sin duda su padre pensaba que
era aún demasiado joven, que no daba la talla.
—Queremos que sea en primavera, si fuera posible, voy a necesitar el libro de familia.
Su padre retrocedió imperceptiblemente y se puso rígido de pronto. Gabriel vio que una sombra le velaba los ojos y se le quedaba allí.
6.
Al entrar en lo que no le quedaba más remedio que llamar su comisaría, Capestan se cruzó con un hombre calvo de traje azul, con la hechura de un metro cúbico. Se
había dejado sin afeitar una esquinita debajo de la barbilla y llevaba la corbata manchada. Con varios restos que no eran ni de la misma comida ni del mismo día. Prendida
en la solapa de la chaqueta, una insignia del Lion’s Club con ínfulas de Legión de Honor. Con un vasito en la mano, el hombre inclinó la cabeza cortésmente.
—Capitán Merlot, para servirla. ¿Con quién tengo el honor?
Un intenso olor a tintorro impregnó el aire mientras Capestan intentaba contestar respirando lo menos posible:
—Soy la comisaria Capestan. Buenos días, capitán.
Jovial y ni pizca de incomodado por la mención jerárquica, Merlot prosiguió:
—Encantado, mi querida amiga. Tengo una cita del todo ineludible y no puedo demorarme más, pero espero tener en breve la ocasión de conocerla más a fondo,
pues…
Merlot estuvo varios minutos pontificando sobre lo importante que era esa cita y lo mucho que valoraba a sus amigos; luego dejó el vasito encima de una pila de cajas
que había en la entrada y prometió volver en cuanto sus quehaceres se lo permitieran. Capestan asintió como si aquella presencia a la carta fuera de lo más natural y
entró en el piso haciéndose la promesa de ventilarlo. Repasó mentalmente las fichas del personal para localizar a Merlot. Capitán, un «caimán de boli», que era como
llamaban a los policías de campo entrados en años destinados a redactar atestados. Después de treinta años en Antivicio, ahora lo habían mandado al banquillo.
Notoriamente alcohólico y charlatán incorregible, se pasaba casi todo el tiempo ganduleando, aunque tenía un don de gentes innegable. Capestan abrigaba la esperanza
de que volviera a engrosar las filas después de acudir a la famosa cita y tomarse unas cuantas aspirinas. Mientras tanto, debía poner en marcha aquel equipo de cuatro y,
sobre todo, convencer a Torrez para investigar en tándem.
El día anterior, en una caja de la Criminal, Capestan había desenterrado un caso interesante, el de una anciana a la que habían estrangulado durante un robo
domiciliario. No habían encontrado al culpable. El caso databa de 2005, pero merecía que lo reabrieran.
Antes de irse a casa, Capestan había dejado una copia del expediente encima de la mesa de Torrez para ir preparando el terreno. Si, como estaba previsto, él había
llegado a las ocho para parapetarse al fondo del pasillo, debería estar estudiándoselo. Lo cual no significaba que ya lo tuviera ganado para la causa.
Capestan saludó escuetamente a Louis-Baptiste Lebreton, que se había instalado un ordenador y forcejeaba con un montón de cables para conectarlo a Internet. Dejó
el bolso y la trinchera en la silla que había junto a su mesa y, maquinalmente, se llevó la mano al cinturón para sacar la Smith & Wesson Bodyguard de la pistolera.
Aquella arma compacta y ligera que disparaba cinco balas del 38 Special se la había regalado Buron, por entonces jefe de la Brigada del Crimen Organizado, para celebrar
que iban a trabajar juntos. Pero el revólver ya no estaba en su sitio. Capestan ya no tenía autorización para llevar armas. Para rematar el gesto sin hacer mucho el
ridículo, fingió que se colocaba el cinturón y luego encendió la lámpara del escritorio.
A continuación se dirigió a la cocina con un bolsón rojo que había traído consigo. Sacó una cafetera eléctrica, una caja con seis tacitas y platillos a juego, cuatro tazas
altas, vasos, cucharas, tres paquetes de café molido, azúcar, jabón para lavavajillas, una esponja y un paño con un estampado de «Quesos de Francia». Con la boca chica
le ofreció un café a Lebreton, que no lo aceptó. La próxima vez ni se molestaría.
Con la taza en la mano, se sentó, pues, a su mesa para estudiar el asesinato de Marie Sauzelle, de setenta y seis años, a quien alguien había matado en junio de 2005
en su casa unifamiliar de la calle Marceau, número 30, en Issy-les-Moulineaux. Capestan abrió el expediente. La primera foto bastó para desconectarla del mundo.
*
La anciana se hallaba sentada dignamente en el sofá. Estaba azul. Tenía los ojos y los pómulos salpicados de manchas rojas, entre los labios le asomaba un trozo de
lengua y el rostro congestionado conservaba una expresión de pánico. Pero estaba bien peinada y con las manos colocadas modosamente una sobre otra. El pasador de
concha que le sujetaba el pelo estaba prendido del revés.
En torno a aquella víctima tan primorosa, el salón, en cambio, parecía haber explotado. Los adornitos habían salido disparados de las estanterías. El suelo estaba
sembrado de añicos de animales de porcelana. En el primer plano de la foto, los cristales color de rosa de un caniche barómetro anunciaban buen tiempo. Un ramo de
tulipanes de madera estaba esparcido por la alfombra. Encima de la mesita, otro ramo, de flores frescas esta vez, se burlaba de él, a remojo en el agua milagrosamente
intacta.
La foto siguiente mostraba el salón desde otro ángulo. Discos compactos y libros de todos los formatos yacían al pie de la estantería de roble. Enfrente del sofá, la
tele, un modelo de tubo catódico con pantalla prominente, estaba encendida en la cadena Planète. A Capestan le llamó la atención un detalle y rebuscó en su bolso una
lupa plegable. Sacó el instrumento de la funda y centró el soporte de acero pulido en la pantalla. En la esquina inferior derecha se distinguía un símbolo, el de un altavoz
tachado. La tele tenía el sonido silenciado.
Capestan apartó la lupa y extendió las distintas fotos encima del escritorio para tener una visión de conjunto. Solo habían revuelto el salón y el dormitorio principal.
El cuarto de baño, la cocina y el cuarto de invitados estaban intactos. La comisaria ojeó rápidamente los informes de síntesis: alguien había forzado la cerradura.
Capestan tomó un sorbo de café y se quedó pensando.
Un robo domiciliario. Si la tele tenía el sonido silenciado, es que Marie Sauzelle la estaba viendo. Nadie se acuesta dejando el aparato encendido. Oye un ruido y quita
el sonido para cerciorarse. El salón comunica con el vestíbulo, así que por fuerza tiene que sorprender al ladrón según entra. Pero, en lugar de huir como cualquier ladrón,
este la mata. Luego la sienta y, a juzgar por el pelo arreglado y el pasador del revés, la peina. Después arrasa el salón, sin duda buscando dinero, y el dormitorio, de
donde han desaparecido las joyas.
Capestan le dio vueltas a la lupa entre las manos. Aquel ladrón le parecía muy inestable y poco lógico. Nervioso, sin duda. Yonqui o novato quizá, lo que siempre
complica las investigaciones. La comisaria se enfrascó en la lectura del informe del forense y de los atestados de confirmación.
Marie Sauzelle murió estrangulada. Habían tardado mucho en encontrar el cuerpo, probablemente quince días después de que muriera. El forense no había podido
precisar la hora ni el día del fallecimiento. Había constatado la presencia de un moratón en el antebrazo derecho, probablemente una marca defensiva, pero no había
encontrado ningún fragmento de piel debajo de las uñas.
Por su parte, el servicio de identificación judicial no había tomado ninguna muestra de ADN ni ninguna huella digital in situ, aparte de las de la víctima y las de su
asistenta, que en el momento del crimen se encontraba en Lavandou, pasada por agua, porque «hay gente con mala pata», según precisó pensando en los chaparrones y
no en el asesinato.
Aunque el equipo de la Criminal se había decantado enseguida por un robo domiciliario que se salió de madre, también investigó otras pistas. Las listas de llamadas
telefónicas mostraban conversaciones familiares, más bien cortas, números de la administración, de algunas amigas, nada fascinante. Tampoco había nada que destacar en
los movimientos bancarios, pero la cuenta corriente estaba muy bien provista.
El testimonio de una de las amigas de Marie Sauzelle aludía a la animada vida social que llevaba esta, y en especial a su pasión por el tango: «Me acompañó a una
clase hace un año y eso le cambió la vida. Marie asistía a varias horas de clase semanales y todos los jueves íbamos juntas a la pista de baile del salón de té Balajo. Se
compraba unos vestidos increíbles, con falda de raja y corpiño escotado. A su edad, aún tenía buena presencia… Sí, se le daba bien, y además era tan alegre… Incluso
cuando bailaba, no podía dejar de tararear: tan tan tarán, tarararán, tan tan tan tarán… Aunque es cierto que a sus parejas les irritaba un poco». En efecto, los pasos
latinos debían de quedar algo deslucidos y Capestan sonrió al imaginarse la expresión desconcertada de los abueletes engominados.
Fue el vecino, Serge Naulin, de cincuenta y seis años, quien avisó a las autoridades. El hermano de la víctima, André Sauzelle, de sesenta y ocho años, residente en
Marsac, en la región de Creuse, empezó a preocuparse porque sus mensajes no obtenían respuesta y le pidió que fuera a comprobar que todo estaba en orden. Naulin
estuvo llamando a la puerta en vano, y como «un olor nauseabundo parecía salir del interior» llamó a los bomberos, que a su vez dieron aviso a la policía.
El atestado de la declaración del hermano solo ocupaba dos páginas, pero un anexo del informe describía a un hombre colérico, brutal, y con antecedentes por
violencia doméstica. El retrato perfecto de un sospechoso. Sin embargo, lo habían descartado como culpable: no había elemento de cargo ni móvil, y existía un
alejamiento geográfico sin ningún movimiento bancario que indicase algún desplazamiento. La Criminal se había vuelto a centrar en los ladrones de pisos en activo por
entonces. Sin obtener ningún resultado.
Había que volver a empezar desde cero, visitar el escenario e interrogar a los vecinos. Al cabo de siete años, quizá alguien se acordara de algo. Un asesinato en la casa
de al lado no se olvida fácilmente.
*
Al levantarse para ir al despacho de Torrez, Capestan descubrió una cabeza que se estremecía de curiosidad en la entrada. Su propietario era un joven desgarbado, de
pelo ralo y rubio. Echó una ojeada desde el umbral, saludó con la mano y se fue como había llegado. La comisaria identificó a Lewitz, un brigada trasladado desde el
SRPJ de Nanterre, donde su celo había machacado tres coches en tres meses. Era el segundo, en aquella mañana ya mediada, que aparecía y desaparecía así. Si añadía la
visita de Merlot, puede que tuviera que hacerse a la idea de que la brigada iba a ampliarse, llenándose de petardos mojados.
Iban a ser siete.
Por su parte, Lebreton estaba apuntando cosas en el expediente de Yann Guénan, mientras esperaba a que Rosière se dignase hacer acto de su abundante presencia.
Antes de pasar de página, tamborileaba con el bolígrafo encima del escritorio, como un tic de percusionista. Sin embargo, no desprendía ninguna onda de nerviosismo,
nunca. Antes de entrar en Asuntos Internos, había pasado diez años como negociador en el RAID [4], no era fácil alterarlo. Aquel tipo tenía una impasibilidad hierática,
que a veces quebraba un arranque de arrogancia. Cuando Capestan le pasó por delante, no le hizo ni caso.
A través de la puerta, a la comisaria le llegó la voz de Daniel Guichard cantándole Mon vieux a su padre. Llamó y fueron necesarios tres segundos antes de que
retumbase un «Sí» que significaba: «Pero quién viene a molestarme y para qué». Abrió, decidida a encarnar a quien molestaba, para trabajar, qué caramba. Torrez estaba
tumbado en un sofá de terciopelo marrón que no se encontraba allí la víspera. Cómo lo habría subido era un misterio. En la pared, unas chinchetas sujetaban un dibujo
infantil que representaba un sol y un perro, o un gato, puede que un caballo. Por cómo se encontraba el expediente en las rodillas del teniente, este estaba casi
terminando de leerlo.
—Me voy a Issy —le anunció Capestan—. ¿Me acompaña?
—No voy a ninguna parte, con nadie. Sin ánimo de ofender —contestó él, con la mirada clavada en la página que estaba leyendo.
Encima del escritorio de ese policía tenebroso, Capestan se fijó en un portalápices forrado de papel de aluminio. En el centro, una flor grabada y coloreada con laca de
uñas rezaba: «Felicidades, papá». Con tono amable pero sin sonreír, Capestan zanjó la discusión:
—Va a ser que sí. De hecho, de ocho a doce de la mañana y de dos a seis de la tarde, si quiere usted investigar tendrá que venir conmigo, su comisaria.
A Capestan no le gustaban mucho los pulsos, pero necesitaba un compañero para trabajar como es debido y Torrez era el único disponible. Así que, le gustara o no,
tendría que hacerse a la idea.
Torrez estuvo un momento mirándola de arriba abajo. Se le pintó en la cara una expresión fatalista. Se puso en marcha cansinamente y cogió la pelliza. Al pasar por
delante de Capestan, le advirtió con voz huraña:
—Nunca soy yo quien acaba en el hospital, ¿sabe usted?
Dirigiéndose a la espalda del teniente, ella replicó en el mismo tono:
—Si cuando termine la semana estoy muerta, dirán que hice mal.
Isla de Cayo Hueso, sur de Florida, Estados Unidos, 18 de enero de 1991
Alexandre bebía a sorbitos un ron atiborrado de hielo en la terraza de madera de su casita colonial, una edificación blanca y recargada. Con el vaho, el vaso se le
escurría entre los dedos. A su lado, Rosa, embarazada de ocho me ses, bebía una limonada. Ambos saboreaban el ritmo regular del banco balancín, el suave golpeteo de la
puerta mosquitera y el aroma de la buganvilla trepadora. Pero Rosa, que normalmente era muy activa, empezaba a aburrirse soberanamente sentada en aquel cojín
guateado, quería ir a dar una vuelta, aunque fuera corta, aunque fuera cerca.
Acababan de abrir un museo nuevo, pensaba que sería divertido ir a echar un vistazo. La «Treasure Exhibit» exponía una modesta parte del botín que el famoso Mel
Fisher había subido de los pecios de dos galeones españoles. Alexandre también era submarinista, y eso de pagar para ir a ver cómo un fulano se complacía el ego
exhibiendo una muestra de sus gloriosos cuatrocientos millones de dólares no le tentaba lo más mínimo, pero Rosa, el más esplendoroso de sus tesoros, insistía.
Alexandre nunca se cansaba de contemplarla. Rosa la cubana, convertida en hija de Florida como miles de refugiados castristas. No era su belleza propiamente dicha la
que deslumbraba, sino más bien un toque infinitesimal en la fluidez de los movimientos, en la curva de los gestos. Cuando los veía, a Alexandre se le hacía un nudo en el
estómago al identificar que respondían perfectamente a sus propios movimientos, a sus propios gestos. Rosa miraba con una intensidad, mezcla de autoridad y
melancolía, que lo descolocaba. Y estaba esperando un hijo suyo. De modo que, si Rosa quería atravesar las hordas de turistas desaliñados y sudorosos para llegar al
atrapabobos de Mel Fisher, pues que así fuera, allá iría él.
7.
—Puñetero bolso de mierda —refunfuñó Rosière mientras buscaba el móvil.
Dejó el Vuitton con monograma en los peldaños de la entrada y achicó rabiosamente lo que contenía. Por fin encontró el teléfono y fue pasando contactos hasta llegar
al número de Lebreton.
—Sí, soy Eva. Voy a llegar más tarde de lo previsto. No, es que a mi perro le ha dado por putearme y llevo media hora paseándolo pero no quiere mear. Qué va, ni
veterinario ni leches, ya lo conozco y está estupendamente, solo lo hace para jorobarme, no quiere que me vaya. ¿Verdad, Pilú? —añadió dirigiéndose al perro—. ¿No
creerás que mami te va a pasear hasta el Mont-Saint-Michel, por casualidad?
Con su carota satisfecha y las patazas listas para seguir andando, Piloto —Pilú para los amigos— parecía estar convencido de que sí, de que mami podía llevarlo
hasta Normandía porque no tenía nada mejor que hacer.
Al otro lado del teléfono, Lebreton anunció:
—He estado investigando sobre el marino.
—¿Y qué?
Rosière avanzaba meneando ligeramente la correa para animar a Pilú, pero ni por esas, mucho olisquear aquí y allá y nada más.
—Oye, Louis-Baptiste, ¿te importaría mucho que nos reuniésemos aquí en lugar de en comisaría? Así sigo cargando con este déspota un rato más y tú me cuentas lo
del marino en casa, delante de un café…
—¿Dónde estás?
—En la calle de Seine, en el 27.
—De acuerdo. Llegaré dentro de un cuarto de hora.
Y como no podía resistirse, Rosière añadió:
—Desde fuera parece un edificio pequeñito, pero en realidad es una sola casa. Solo tienes que llamar y listo.
La tarde anterior, Eva Rosière se había pasado por el plató donde se rodaba Laura Flammes. No tenía por qué ir, lo sabía, pero no podía evitarlo. Le quedaba un
puntito de fatuidad herida. Siempre que iba era con la esperanza de que la recibieran como a una celebridad, rodeada de cámaras. Seguía fantaseando con actores
agradecidísimos por tantas réplicas impactantes, dedicándole sonrisas llenas de dientes facetados; con el director, feliz de trabajar con escenas de acción tan inventivas,
palmoteándole los dedos ceremoniosamente. Pero no, para nada. Al cabo

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