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Libro PDF De amigos a amantes Nikki Logan

De amigos a amantes  Nikki Logan

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–Marc, ¿tienes un minuto?
Beth Hughes alcanzó a su mejor amigo entre clases y lo
alejó de la multitud de adolescentes. La roca que había
establecido residencia en su estómago desde que hablara con
su madre parecía no dejar de crecer.
Marc la miró sorprendido. Era comprensible dado el
lento alejamiento de ella durante las últimas semanas. Si se
hubiera negado a acompañarla lo habría entendido. Una
parte débil de Beth deseó que lo hiciera. Eso habría sido
mucho más fácil.
–Tres minutos, Duncannon –dijo la Tasmin Mayor al
pasar al lado, con una sonrisa amigable en su rostro nórdico
mientras señalaba su reloj de pulsera–. La geografía no
espera a nadie.
–Allí estaré –indicó Marc a su espalda mientras seguía a
Beth alrededor de las fuentes.
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Ella pasó entre la pared trasera de la biblioteca y unos
arbustos mal podados hasta salir a un claro lleno de
escombros que nunca antes había visitado. El lugar al que
otros iban a fumar y a mantener conversaciones íntimas.
El emplazamiento atrapó la atención de Marc al instante.
Aminoró la marcha.
–¿Beth?
Los latidos de ella se aceleraron y el nudo en su garganta
le redujo la capacidad de respirar. Se volvió para mirarlo en
la privacidad del espacio pequeño.
–¿Qué estamos haciendo, Beth? –su expresión era de
cautela, reservada–. ¿Sabe tu novio que estamos aquí?
Ella cerró las manos a su espalda.
Lo miró, soltó el aire contenido y odió la inflexión que le
había dado a la palabra «novio».
–Damien está en quinto curso.
–Donde deberíamos estar nosotros. ¿O las clases
significan menos para ti ahora que te juntas con la gente
guapa?
Bajó la vista al suelo y las mejillas se le encendieron.
–Necesitaba verte.
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–Me ves todos los días.
«De pasada».
–Necesitaba hablar contigo –alzó la vista–. En privado.
Él irguió el cuerpo aún más. No por primera vez, Beth
notó los hombros anchos que empezaba a mostrar. Esos
hombros que habían hecho que el capitán del equipo de
natación fuera a buscarlo hacía unos meses. El modo en que
su mandíbula empezaba a asentarse, como si al cumplir los
dieciséis años se hubiera activado un interruptor y un
hombre hubiera empezado a salir del desgarbado
exoesqueleto que conocía como Marc. Quizá había
demorado ese momento demasiado…
Se le contrajo el estómago.
–¿Ahora tienes que esconderte para hablar conmigo?
Podría haber fingido que lo malinterpretaba, pero Marc
la conocía demasiado bien.
–No quiero causar problemas entre Damien y tú.
–Estoy seguro de que McKinley ya sabe que somos
amigos, Beth. Te conozco desde cuarto grado.
–No quiero… Podría percibir algo.
–Entonces, quizá prefieras elegir otro lugar para
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mantener esta conversación. Sabes para qué se usa El
Rincón, ¿no?
Beth trago saliva.
–Simplemente, quería intimidad.
Sonó el segundo timbre y se oyeron pasos urgentes
corriendo hacia las aulas. A su alrededor reinó el silencio.
Marc abrió las piernas y cruzó los brazos.
–La tienes. Todos los demás estudiantes del Instituto
Pyrmont ya están en clase.
–Cambio de cursos –soltó antes de perder el valor–. Me
paso al B.
Marc la miró con las fosas nasales dilatadas.
–¿Dejas las clases que hemos estado tomando todo el
año? ¿Te pasas a las de McKinley?
–No es por Damien…
–Claro.
–Quiero menos ciencia y más humanidades.
–¿Desde cuándo?
–Desde ahora.
–El curso B es flojo, Beth.
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–Tiene Literatura y Filosofía. Son temas necesarios para
la universidad.
–Cambias para evitarme.
La roca en el estómago duplicó su tamaño.
–No.
«Sí».
–¿Por qué?
Sintió una palpitación detrás de los ojos.
–Esto no tiene nada que ver contigo…
–Tonterías. Te has estado alejando de mí desde que
empezó el curso. ¿Qué sucede? ¿No hay sitio para un amigo
en tu nueva agenda social, Miss Popularidad?
–Marc…
–Puede que no sea tan listo como tú, Beth, pero veo en
qué dirección sopla el viento. ¿Está McKinley amenazado
por mí?
Ella movió la cabeza. El campo de visión de Damien era
demasiado estrecho para ver cómo se estaba desarrollando y
creciendo Marc. Tenía demasiadas cosas en su vida y en su
mundo como para preocuparse de lo que podía hacer un
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friqui de la ciencia. Jamás se le había pasado por la cabeza
que ella pudiera ver a Marc como algo más que a un amigo.
El amigo prescindible que tenía hasta que él apareció.
Y en ese momento Damien simplemente esperaba que
cambiara de cursos. Pero como eso coincidía con lo que ella
misma sabía que tenía que hacer…
–De modo que es eso, ¿no? ¿Era lo que querías decirme…
que ibas a cambiar de clases?
Beth luchó por respirar. Él lo hacía parecer tan
insignificante, pero, no obstante, tan feo.
–Significa que sólo vamos a compartir una clase.
–Lo sé. Lo mejor que tiene B es que sólo hace que tenga
que ver a McKinley una vez a la semana –la miró con ojos
centelleantes–. ¿Estás tan desesperada por alejarte de mí?
Nada le gustaría más que tener a Marc Duncannon en su
vida para siempre. Pero eso no iba a funcionar. La
culpabilidad le desgarró las entrañas y de inmediato alzó
unos escudos.
–El mundo gira alrededor del sol, Marc, no de ti.
Él palideció y la culpabilidad renació en el interior de
ella. La verdad era que Marc giraba en torno a su vida y
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siempre lo había hecho. O, más apropiadamente, los dos
giraban en una órbita complicada y conectada entre sí. Algo
que los padres de ambos consideraban malsano.
Para él.
Si sólo lo pensara la adicta al trabajo de la madre de
Marc, Beth no le habría dado más importancia. Pero sus
propios padres coincidían en eso. Y Russell Hughes nunca,
jamás, se equivocaba. Después de una larga y llorosa
conversación, le había dado su palabra de que enfriaría las
cosas con Marc durante un tiempo para ver lo que pasaba. Y
hasta el momento Beth jamás había roto su palabra.
–Si no lo haces para estar más próxima a McKinley ni
para alejarte de mí, ¿por qué lo haces?
–¿Por qué no puedo estar haciéndolo sólo por mí,
porque lo desee?
–Porque tú no tomas decisiones de este tipo, Beth.
Nunca lo has hecho. Tú planeas las cosas. Te comprometes.
–Pues he cambiado de opinión. Eso sucede.
«No contigo», decía con claridad la expresión en la cara
de él. ¿Vería que estaba mintiendo?
–¿Qué me dices de la universidad? ¿Biología?
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Sintió que un puño le atenazaba el corazón y lo maldijo
por no dejar el tema. ¿Por qué insistía y la obligaba a herirlo
más?
–Ése era tu sueño, no el mío.
Él parpadeó y luego la miró fijamente.
–¿Después de todo este tiempo? Has seguido ese
proyecto durante tres años.
Fingió una ambivalencia que en absoluto sentía y se
encogió de hombros.
–En su momento pareció una idea buena.
–¿Hasta que apareció algo mejor? ¿O debería decir
alguien?
–Esto no tiene nada que ver con Damien. Ya te lo he
dicho –se acercó y ella tuvo que retroceder hasta la pared de
la biblioteca. No recordaba que fuera tan grande.
–Sé lo que me dijiste. Lo que pasa es que no lo creo.
Somos amigos desde hace ocho años, Beth. La mitad de
nuestras vidas. ¿Y desapareces en cuando se te acerca un
chico popular? ¿Tan desesperada estás por obtener afecto?
Su espalda quedó pegada a la pared. Sabía que le haría
daño y también que se revolvía cuando eso sucedía. Lo había
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visto responderle a su propia madre.
–La gente cambia, Marc. Todos crecemos. ¿Tal vez al
crecer nos hemos separado?
Mentiras, mentiras…
Él bufó con un sonido desagradable.
–No lo disfraces como algo que acabas de descubrir. Esto
tiene que ver con el guaperas del instituto seduciendo a la
rebelde. Y tú has mordido el anzuelo –apoyó dos manos a los
lados de la cara de ella y se acercó.
Beth se encogió ante su proximidad. «No, es por tu
madre que me pide, que me suplica que te deje volar». Quiso
gritárselo a la cara. Pero no podía. Lo mataría descubrir lo
que su único pariente vivo consideraba lo que valía.
–Puedes llegar a ser lo que te propongas, Marc. No me
necesitas para serlo contigo. Los dos tenemos un mundo
entero que descubrir.
Se acercó más. La tensión en su cuerpo allí donde la
tocaba no se debía al miedo. Marc era la única persona en el
planeta que sabía que jamás le haría daño.
–¿Qué tiene de malo que lo descubramos juntos? –
soltó–. Tenemos una historia en común. Un vínculo. ¿Qué
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tiene McKinley que no tenga yo?
Ningún vínculo. Nadie que la presionara para establecer
distancia entre ellos.
–Sólo estoy pidiendo espacio, Marc. ¿Qué hay de malo
en ello?
Él soltó un juramento.
–Te he estado dando espacio durante dos años, Beth.
Quizá si hubiera hecho esto por entonces, ahora no tendría
que sufrir que mi mejor amiga me dé la patada.
Y de pronto esa boca le aplastó la suya y el cuerpo la pegó
contra la piedra dura de la pared de la biblioteca. Se quedó
atónita mientras él metía las manos en su cabello y le
sujetaba el rostro para saquearla. La mareó su fragancia. El
movimiento desconocido de una boca ardiente y la presión
furiosa de ese cuerpo. Y entonces experimentó una
sensación vertiginosa de los cuerpos al fundirse, de las
manos enormes moviéndose para impedir que su cabeza
chocara contra la piedra mientras la boca se movía y se
suavizaba sobre la suya.
Y de pronto, ella le estaba devolviendo el beso y
adelantando el cuerpo para pegarlo contra el de Marc. De su
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garganta salió un gemido roto cuando él la instó a abrir los
labios con la lengua que se puso a danzar alrededor de la
suya, provocándole una intensidad en el interior que lo
engulló todo. Sus hormonas se encendieron como hojarasca
seca ante un fuego.
Era algo abrumador y desconocido, que nunca se había
permitido soñar. Desear.
Marc.
De repente ella quedó libre y él retrocedió ante la fuerza
del empujón desesperado de Beth. Alzó una mano
temblorosa para impedir que se acercara. La miró con
expresión sombría.
–¿Sabe McKinley que besas así?
¿Cómo iba a saberlo si nunca se habían besado? Hasta
ese día, jamás había besado a nadie.
Se pasó la mano cerrada por los labios.
–No vuelvas… a tocarme jamás –soltó con voz ronca y
casi desconocida. «No vuelvas a hacerme sentir eso otra
vez».
–Beth…
Un mundo de emociones brotó en su interior y buscó
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una salida.
–No vuelvas… a hablarme jamás.
Él frunció el ceño.
–No hablarás…
Lo miró con ojos torturados.
–¿Por qué tiene que ser todo o nada contigo? Sólo quería
un poco de paz, Marc. Espacio para que ambos
descubriéramos quiénes somos. Eso es todo. ¿Es que creías
que podrías mantenerme siempre sólo para ti?
–Yo sé quién soy. Y creía saber quién eras tú. Pero
supongo que me equivoqué –cruzó el pequeño claro en dos
pasos–. ¿Quieres espacio, Elizabeth? Perfecto. Toma el que
necesites. Si estás tan desesperada, que tengas una buena
vida con McKinley.
Y entonces se fue.
Su mejor amigo.
Como una cometa en un viento fuerte, había intentado
darle cuerda, algo de altura, pero a cambio se había soltado y
había quedado completamente libre y terminado por
desaparecer. Con dedos trémulos se tocó los labios
palpitantes y se dejó caer por la pared de la biblioteca hasta
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quedar sentada, carente de lágrimas, de emociones… vacía.
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Capítulo Uno
Diez años después, costa sur, Australia Occidental
¿Quién podía imaginarse que el silencio tenía tantos
matices?
Bajo las estrellas de Australia Occidental, a kilómetros
de alguna parte, reinaba un silencio profundo y negro. Luego
estaba el verde y terroso silencio en el desordenado estudio
que Beth tenía en un almacén que únicamente se veía
quebrado por las pinceladas de color de sus últimas obras de
arte. Y en su cabeza estaba el silencio nuevo, de color beis,
donde las voces y los pensamientos solían clamar pero que
en ese momento habían cesado, convirtiéndose en un
zumbido confortable.
Y estaba ése…
El silencio rojo vibrante de un hombre no especialmente
complacido de verla. No es que hubiera imaginado que
llegaría a estarlo. Era la razón por la que lo había postergado
durante tanto tiempo. Carraspeó.
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–Marc.
Unos brazos musculosos se cruzaron sobre un pecho
ancho mientras seguía mirándola sin decir palabra. Así
como él se había vuelto enorme en esos diez años, ella no
había crecido prácticamente nada desde la última vez que se
vieran. Otra decepción para él.
Aparecer de pronto allí parecía como una idea
espectacularmente mala.
–¿Ni siquiera vas a decir hola?
Él asintió con brusquedad.
–Beth –soltó de forma escueta.
Una palabra pétrea. Más que lo que había tenido de él en
una década. Y un contraste absoluto con el modo en que solía
pronunciar su nombre. Beth. Beth. Bethlehem. Habían
dispuesto de toda su juventud para inventarse estúpidos
apodos el uno para el otro. Sólo en una ocasión la había
llamado Elizabeth. El día que la había besado.
El día que le había arrancado el corazón.
Se tragó el nudo en la garganta. El creciente entusiasmo
de estar allí, con Marc, otra vez.
–¿Cómo estás?
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–Iba a salir.
Se había preparado para no ser bien recibida, pero
seguía siendo extraño procedente de él.
–Sólo necesitaba… Me gustaría que me concedieras un
par de minutos. ¿Por favor?
Él continuó cargando equipo en su todoterreno. Beth se
arriesgó a cerrar el espacio que los separaba. Pero antes de
que pudiera acercarse, él lanzó unas palabras semejantes a
una red para tiburones.
–Puedes quedarte ahí con la boca abierta o puedes
ayudarme a cargar el vehículo.
Aturdida por el regalo de tantas palabras seguidas, fue a
ayudarlo. Aunque no eran amigables, tampoco era un
silencio pesado. Y si pensaba que posiblemente fuera la
única oportunidad que iba a recibir, la aprovechó.
–Fui a tu antigua casa. Tus vecinos me dijeron dónde
estabas –comenzó ella titubeante–. Me enteré de lo de tu
madre. ¿Qué pasó? Los dos estabais tan unidos…
Unos ojos velados la miraron centelleantes. Intensos.
–¿Has venido hasta aquí para preguntar eso?
El corazón le dio un vuelco. Marc jamás había usado el
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sarcasmo siendo jóvenes. Pero al parecer había
perfeccionado ese arte en los años que no se habían visto.
–No. Lo siento…
Se volvió para mirarla y se irguió frustrado.
–¿Para qué, Beth? ¿Para aparecer sin anunciarte o por
desaparecer de la faz de la tierra durante una década?
¿Cómo había podido olvidar lo directo que era? Respiró
hondo.
–Por eso he venido. Quería explicarte…
Él se alejó otra vez.
–Tendrás que hacerlo en alguna otra ocasión. Como te he
dicho, me iba.
Lo observó echar unos artículos más en el polvoriento
todoterreno. Un teléfono por satélite. Un botiquín de
primeros auxilios. Un traje de neopreno. Frunció el ceño.
–¿Adónde vas?
La mirada dura que le lanzó

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