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De Bombay a ti – Altea Morgan

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Resumen y Sinopsis De 

hermano pequeño, darían su brazo a torcer ante las maquinaciones de Lizzy. Sin embargo, Christopher callaba sobre el asunto. ¡Ay de Lizzy si supiera que ya estaba casado! Le
daría un vahído de esos tan femeninos si supiera, además, que había contraído matrimonio con una ramera española que conoció en la India.
Al menos podrías contestar y dejar de mirarla con cara de alelado.
Su hermana le dio un codazo. Iba a rematar la faena con un golpe de abanico cuando él se giró y le sonrió con vehemencia.
No sé a qué te refieres, querida.
Oh, claro que lo sabes, la miras a ella.
Lizzy, siempre tan discreta, levantó un poco la barbilla y señaló con claridad a Kate, que se dirigía hacia la pista de baile del brazo del insulso de Brinton. Se fijó en cómo le sonreía y supo que no le estaba
haciendo ni el más mínimo caso.
¿ Conoces a la duquesa o quieres que te la presente?
Lizzy dibujó una sonrisa satisfecha en su rostro. Él se quedó de piedra.
¿ En qué mundo absurdo y retorcido su Catherine podía ser una duquesa? Sin lugar a dudas, era la reina del engaño.
Una duquesa española, eso sí, pero de la nobleza, al fin y al cabo. Mientras decía eso, su hermana saludó con la cabeza a un conocido. La llaman « la duquesita» . P ensé que sabías que Simon está
pensando seriamente en cortejarla.
¿ Esa es la famosa duquesa española que lleva a todos de cabeza?
La novedad… Ya sabes que la aristocracia tiende a aburrirse mucho.
Chris levantó una ceja e hizo acopio de todas sus fuerzas para no reprocharle eso mismo a su hermana. Era normal pensar que Simon, el mayor de los Shelbrook, quisiera encontrar esposa, sobre todo teniendo en
cuenta que su padre había encadenado un matrimonio tras otro desde sus veintidós años y parecía un adicto al asunto. En la familia, solo Lizzy y Damon se habían casado. Bueno y él, pero ellos no lo sabían. Y le
parecía violento decir algo como: « Familia, esta es mi mujer. Nos odiamos y creo que es la mayor furcia que he conocido nunca. Ah, se queda a cenar» . No, no parecía buena idea.
Y para colmo, el objeto de sus preocupaciones se encontraba a escasos metros, bailando con una gracia sin igual. Sí, de eso nunca le había faltado. Chris se preguntó qué hacer: una mujer en la India que quería
saber tan poco de él como él de ella era un problema etéreo, como un mal sueño.
P ero ahora Kate estaba allí. A cinco yardas.
Si no hubieras estado visitando a Nicholas tanto tiempo, te habrías enterado de todo el asunto dijo Lizzy mientras caminaba con elegancia a su alrededor, sacándolo de sus ensoñaciones.
Acaba de ser tío, y Roger, padre. ¿ Cómo iba a faltar, lady Byford?
Tonterías, tú también vas a ser tío, y no veo a Nicholas por ningún sitio.
Chris sonrió como un granuja y se encogió de hombros. Si había ido a ver a su amigo y vecino de la infancia no era solo por la llegada de un nuevo miembro a la familia, sino porque también tenía otros asuntos
que lo habían retenido casi un mes en el campo.
Miró de nuevo a Kate, que escuchaba a su acompañante con gran paciencia. Era una maldita mala suerte que fuera tan atractiva.
Debería presentártela, ya que no puedes dejar de mirarla. Espero que recuerdes que es de mala educación…
Creo que saldré a tomar el aire, Lizzy. Si me disculpas.
No dejó que ella lo disculpara ni dijera una palabra más. Con paso ligero, se acercó a uno de los grandes balcones de la casa del duque. Sin pensárselo mucho, se apoyó en la baranda y se escondió todo lo que
pudo entre las sombras, no le apetecía hablar con nadie. Encendió un cigarrillo y escuchó cómo las notas de una cuadrilla llegaban a su final.
Catherine Drake, duquesa. No sonaba tan mal. Cuánto pardillo andaba suelto por su mundo, pensó mientras le daba una calada al cigarrillo. Y de todos, él era el rey.
Bombay, 3 de agosto de 1849
Se hacía patente para Christopher que el pueblo indio no tenía muchas ganas de ser gobernado por la Compañía Británica de las Indias Orientales. Aunque desde el plan educativo iniciado por Thomas
Babington, parecía que todo se estaba encaminando a tener más súbditos leales para Su Majestad, si bien Chris no veía que esos esfuerzos estuvieran dando su resultado quince años después. P ero, en definitiva,
aún quedaban otros quince para que la profecía de Babington se cumpliera. Las costumbres eran extrañas, y más de uno no lo miraba con buenos ojos, pero llevar el uniforme militar todavía significaba algo en ese
lugar, así que no le importaban mucho los desplantes y desmanes de la milicia india. Si bien su nombre en Inglaterra era lord Christopher Shelbrook, aquí en la India era conocido como John Hunter, un oficial de
primera. Había tomado el apellido prestado de uno de sus amigos, agentes para la Corona, que pasaba la mayoría del tiempo en el continente, mientras que John era su segundo nombre, con el que alguna vez le
había llamado su abuela paterna en un ataque senil sobre quién era en realidad él, al parecer la viva imagen de su difunto abuelo John.
P ara Chris, lo mejor de esa misión tan lejos de su hogar era la increíble libertad que le proporcionaba saber que no tenía más obligaciones que las propias con el ejército. No había actos sociales tediosos a los
que acudir por su rango, damas o caballeros a los que agasajar, y se podía hablar con casi total libertad. A fin de cuentas, ¿ quién iba a hacer caso a un simple soldado?
Sin embargo, allí estaba, plantado en medio de una sala de baile en la casa donde vivía su capitán, viendo cómo las distinguidas hijas de sus superiores bailaban con ellos y les lanzaban miradas como si fuera
un baile de temporada en Londres. P ero con un calor de mil demonios y con algo más de libertad. Mientras Derek, su compañero, no le quitaba el ojo de encima a todo lo que llevara falda, costumbre que, en la
India, podía resultar incluso peligrosa, Chris bebía y sonreía sin prestar demasiada atención. A él todas las chicas le parecían iguales y todos los bailes le parecían el mismo. No buscaba ese tipo de diversión;
solo intentaba ser consecuente con su trabajo, a la par de poder superar los problemas que había dejado aparcados en Inglaterra. El tiempo, decía su abuela senil, lo curaba todo, y ahora Chris estaba a punto de
comprobar si la buena mujer tenía razón.
En aquella sala había tanta gente que era difícil distinguir a ninguna persona; a pesar de ello, la vio. Era un sueño en color violeta. Llevaba el pelo recogido, pero un gran mechón le caía libre por el escote, no
sabía decir si de forma premeditada o no. Hablaba con el sargento Hyde y sonreía de medio lado, parecía aburrida. Aunque en Inglaterra hubiera sido inadecuado acercarse sin conocerla, en la India todo resultaba
más laxo, así que decidió acudir en su rescate, como el caballero que era en algunas ocasiones.
¿ Vas a donde la española? Derek siempre sabía cómo llamar su atención.
¿ Quién es?
Se llama Catherine Drake, su familia debe de tener dinero, pues está de viaje por la India.
¿ Acompañada de su marido?
No. Sonrió con picardía. Con una amiga viuda, la señora LeCarré, que es justo la que está a su lado mirando a Hyde con cara de pocos amigos.
¿ Española? ¿ Drake? Deben de haberte tomado el pelo.
No, es medio inglesa, hermana del teniente Drake. Me contó toda la historia familiar, pero no le presté mucha atención.
¿ Y te la presentó él? ¿ A ti? Ese pobre hombre ha perdido la cabeza.
No, no. Se rio entre dientes. Fue Hortense, la hija del capitán Miller. Está muy orgullosa de hacer amistades tan buenas y se dedica a alardear de las dos damas. Al parecer se rumorea que son de la alta
sociedad, pero que viajan de placer y sin querer dar publicidad a su título. Son solo comadreos.
Sin lugar a dudas. ¿ Qué noble escondería su rango solo por hacer un viaje de placer?
Derek se rio ante la ocurrencia. Desde que habían abandonado Inglaterra le había cambiado el semblante. P arecía que le venían mucho mejor el calor y el clima extranjero que a él, se dijo Christopher. Se divertía
siempre que podía y no dejaba a ninguna mujer indiferente. P ara toda la sociedad de la India, ellos eran muy buenos amigos y habían servido juntos antes. Todo patrañas que escondían su verdadera identidad de
segundones, ya que Chris era el hijo segundo de un duque, y Derek, de un barón. Y ahora trabajaban para la Corona. Unos días antes de su partida, el hermano de Derek, su superior, les había informado de una
misión secreta en la India, donde buscaban infiltrarse en el ejército buscando indicios de contrabando. P or supuesto, no habría podido obligar a ninguno de los dos, pero Chris necesitaba huir de Inglaterra, y
Derek tendría sus propias razones, pues ambos aceptaron al instante. Era la primera misión encubierta que le encargaban desde que trabajaba para la Corona, de lo que hacía ya casi siete años, y lo cierto era que le
estaba gustando ser otra persona.
P reséntamelas, Derek. Le devolvió la sonrisa. Seré tu viejo amigo John.
No veo ningún punto a mi favor en presentarte a dos bellas mujeres, siempre has sido una competencia voraz.
No puedes con dos a la vez, Derek.
P odríamos apostar…
¡Nada de apuestas! Ahora preséntame a esas dos damas.

Título: De Bombay a ti (HQÑ) (Spanish Edition)
Autores: Morgan, Altea
Formatos: PDF
Orden de autor: Morgan, Altea
Orden de título: De Bombay a ti (HQÑ) (Spanish Edition)
Fecha: 10 sep 2016
uuid: fa926008-3149-4446-a47c-8a00411f0da4
id: 346
Modificado: 10 sep 2016
Tamaño: 1.11MB

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