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Beach Kiss – Cristina Selva

Beach Kiss – Cristina Selva

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Resumen y Sinopsis De 

Beach Kiss – Cristina Selva

–No me llame muchacho –contestó él serio pero sin alterarse– le puedo dar la llave pero no puedo acercarme a la casa hasta las cinco.
–No necesito que te acerques, solo quiero que me des la maldita llave.
–Aguarde un momento –se marchó al interior del bar.
–¿Y tú de qué te ríes? –preguntó Íñigo a su hija.
–Te has enfadado mucho, tampoco era para tanto.
–¿Tú lo has visto? Menudo descarado arrogante, me desespera la gente así.
–Para un tío de mi edad que hay en este maldito lugar ya no me lo puedo ligar –sonrió con picardía.
–Como ligues con ese cabestro nos quedamos a vivir en este maldito lugar, como tú lo llamas. No te acerques a ese descarado ni a veinte
metros. Declaro ahora mismo la orden de alejamiento.
Azucena rio con ganas y su padre se contagió un poco.
–Vaya, ahora ni al chiringuito me voy a poder acercar.
–Veinte metros, ya lo sabes. A ese no lo quiero ver ni en pintura.
El camarero volvía por fuera de la barra. Llevaba una camiseta blanca sobre unos vaqueros rotos por encima de las rodillas y unas sandalias
marrones muy usadas. Era de piel muy morena que resaltaba por el contraste con la camiseta. Sus ojos marrón oscuro, casi negros, se posaron en
Azucena y su mirada se dulcificó para, acto seguido, dirigirla a su padre y volver a endurecerse.
–Sígame –le dijo a Íñigo al pasar a su lado.
Se montó en una moto de motocross de ruedas grandes y dentadas que arrancó con un molesto ruido mucoso. No esperó a que Íñigo
arrancara el coche para coger el camino hacia el pueblo. Desde la estrecha carretera de tierra que bordeaba la playa, Azucena pudo ver lo bonita
que era la costa.
–Este niñato va demasiado rápido. Será tonto, ya lo hemos perdido.
–Papá –dijo Azucena intentando calmarlo–, la carretera no tiene pérdida, aunque lo hayas perdido lo encontrarás al final.
–Lo está haciendo a caso hecho, no sé qué problema tiene. Será así de carácter… O estará estreñido.
–Conmigo ha estado muy simpático.
Íñigo miró a su hija un instante con cara mitad de asombro, mitad de enfado.
–Veinte metros –le recordó.
Efectivamente, al final del camino, justo a la entrada del poblado, el muchacho esperaba con la moto en marcha. Tal y como era el
entorno –desértico, de matorrales bajos, pajizo y polvoriento–, a Azucena su figura impertérrita y estirada sobre la moto se le semejó a la de los
vaqueros del viejo y lejano Oeste que aguardan sobre sus caballos. Se sonrió, el vaquerito era mono e insólito.
No se equivocaba mucho, la aldea no eran más que cuatro calles cruzadas entre sí con no más de treinta viviendas, la mayoría cerradas,
encaladas, con las ventanas y las puertas de madera pintadas de azul verdoso. A Azucena le pareció pintoresco sin llegar a ser bonito. Solo el mar
dotaba de hermosura a aquellas cuatro casas apiñadas. Al final del pueblo se distinguía un grupo de edificios modernos, de unas siete u ocho
plantas, también blancos, que parecían un pegote antinatural en el entorno. Era la urbanización de los veraneantes, como la llamaban por allí, y
aún se veía vacía, pues era la segunda semana de junio y todavía no habían llegado sus inquilinos. Aunque le pareció fea, sabía que aquellos
edificios serían su salvación del verano, seguro que en julio y agosto llegaba gente de fuera, veraneantes normales, quizás de su edad, con los que
podría, al menos, tomar unas cañas por las noches.
Después de callejear un poco, el camarero detuvo su moto junto a una de las casas en primera línea de costa. Delante de la casa estaba
la calle y veinte metros después una playa de roca y el mar abierto, encrespado, de pequeñas olas blancas que rompían suaves en la orilla. Azucena
bajó del coche y se quedó mirando el océano algo aturdida, en su mente resonó un guauuuu exclamativo, pero se lo guardó. El viento le acarició
el pelo con un potente olor a salitre. Cerró los ojos y respiró hondo la brisa marina, repleta de humedad y olores vegetales, minerales y animales,
totalmente desconocidos para ella. Sin duda, aunque era el mismo mar, no se parecía en nada al de Marbella.
Cuando volvió el rostro hacia la que habría de ser su vivienda durante sus largas vacaciones, el blancor de la pared le disparó tal luminosidad
sobre los ojos que tuvo que cerrarlos de inmediato. Los entreabrió un poco y siguió a su padre y al camarero que acababan de entrar en la casa.
Era oscura y fresca, olía a humedad y a sal, a cueva ventilada y a madera mojada.
–En la primera planta está la salita de estar, la cocina y el baño grande –comenzó a explicar el muchacho con un acento muy marcado del
Sur, de vocales anchas y raras terminaciones–. Arriba hay dos dormitorios, un baño pequeño y un desván donde podrán guardar alguna cosa si es
que traen muchos trastos. Antiguamente se almacenaban allí los aparejos de pesca y las redes.

Pages : 92

Autor : Cristina Selva

Comprimido: no

Format :True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

Beach Kiss – Cristina Selva

–Pero a esta cocina le faltan algunos de los electrodomésticos de los que había hablado con la agencia –comentó Íñigo.
–Eso no va conmigo –contestó de nuevo soberbio el muchacho–; tendrá que hablarlo con mi padre

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