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Libro PDF Déjame amarte – Moruena Estríngana

Déjame amarte - Moruena Estríngana

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9
Aparco y observo lo que tiene el coche, no es mucho porque mi coche es un todoterreno y el de la joven era un familiar pequeño y destartalado, intuyo que el suyo estará peor parado. Cojo mi chaqueta de cuero y me la pongo. Estamos en septiembre y las mañanas ya empiezan a ser frías. Y las noches más largas y oscuras. ¡Cómo odio el invierno! Salgo hacia la empresa de mi padre… o mejor dicho, hacia mi recién estrenada empresa junto a Caleb, no logro a acostumbrarme a todo esto. Saber que ahora soy dueño de esta empresa de publicidad. Yo sólo quiero hacer mi trabajo de detective, de policía, en paz y no tener que lidiar ahora con este negocio. Estoy llegando a la puerta cuando veo a unos metros a una joven enfundada en una falda de tubo azul oscuro inclinada hacia delante cambiándose las zapatillas de deporte por unos de tacón alto en color azul oscuro. La verdad es que tiene un culo de escándalo y sus piernas son torneadas y perfectas, pero, ¡qué diablos!… me fijo en que lleva bajo las medias en los talones tiritas de color rosa de dibujos animados. Es ridículo, pero junto a las deportivas hace que todo encaje. Se alza y echa hacia atrás su larga melena ondulada castaña casi rubia… un momento. Se gira un instante para dejar algo en un coche y reparo que es el coche que ha impactado con el mío y ella la joven que me ha llamado capullo. Me quedo quieto y enfadado por encontrarla deseable. Entra en mi empresa y maldigo. Debe de ser una de las nuevas incorporaciones. Desando mis pasos y busco la entrada trasera, por donde entro cuando no quiero ser visto por nadie y puedo subir directo hasta los despachos de la dirección, en la última planta.
El día no podía haber empezado mejor y, para colmo, ahora tengo que tragarme dos horas de reunión.
Genial, simplemente genial. Y conociéndome, sé que hasta que no me acueste seguiré siendo un maldito gruñón, si es que de por sí no lo soy ya suficiente.
Gwen
Entro hacia la recepción odiando estos altos tacones, andando con ellos lo mejor que sé. Tal vez si no me temblaran tanto las piernas por culpa del pequeño accidente y del idiota que me ha gritado dando por hecho que yo mentía, todo sería más fácil. Qué hombre tan arrogante, no me cabe duda de que sabe que tengo razón y que si se ha enfrentado a mí es porque le cuesta admitir que se ha equivocado, pues no ha puesto el intermitente. No sería tan tonta de seguir hacia delante sin prever que va a girar a la izquierda. Llego a la recepción y doy mi nombre.
—Bienvenida, te estábamos esperando —me dice una joven, más o menos de mi edad.
—Siento el retraso…
—No llega ni a cinco minutos, no lo tendré en cuenta hoy —asiento ante su clara orden—. Yo estaré contigo en estas primeras semanas hasta que te habitúes al puesto. Yo he estado ocupándolo hasta ahora y, por suerte para mí, he ascendido y me han subido a la segunda planta. Este trabajo es algo tedioso —me dice, sincera—. Lo bueno es que pagan bien y sólo trabajas por las mañanas de lunes a viernes —asiento, me tiende una mano—. Soy Alba.
—Encantada Alba, yo soy Gwen.
—Ven, te enseñaré todo y empezamos con el trabajo. No te costará aprender. Eso espero, porque cuanto antes lo aprendas, antes puedo salir de aquí —se ríe y su risa me parece un poco falsa.
10
La sigo por el pequeño tour que me hace por la primera planta. La recepción es amplia y da a unas escaleras y un par de ascensores. El edificio cuenta con diez plantas. Cada una dedicada a una cosa. Es una empresa de publicidad y marketing. Tiene hasta estudio de grabación propio y de fotografía en el sótano y mucho ajetreo de gente.
Me enteré de la oferta de trabajo por causalidad y no dudé en desplazare para hacerla y poder así huir una vez más del lugar donde hasta ahora residía. He perdido la cuenta de las casas que he tenido, de los amigos que he dejado atrás y de las personas que han pasado por mi vida a lo largo de los años. Y de toda esa gente sólo me costó dejar atrás a una persona, mi amiga Emma. Estoy cansada de ir de un lado a otro, el problema es que cuando llevo mucho tiempo en un lugar suelo encontrar algo que me hace querer salir corriendo, que me impulsa una vez más a buscar mi sitio. En esta ocasión, lo que mi impulsó a salir casi corriendo fue mi ex. Alguien a quien no quiero recordar. Por suerte, la preparación y los conocimientos adquiridos me dieron este puesto tan bien pagado y este pueblo tan bonito, que es casi una ciudad de lo grande que es. Me encantó nada más verlo, tal vez porque el mar lo acaricia, velando por él, y porque nunca antes he vivido cerca del mar. No sé, desde que vine a hacer la prueba me esforcé por lograrlo y aquí estoy, empezando de nuevo con dos maletas metidas en el coche y la esperanza de que un día pueda dejar de huir. Estoy cansada de hacerlo.
Alba me dice, de cara a los ascensores, qué hay en cada planta y dónde está la dirección de empresa, lugar al cual no cree que nunca deba ir ya que hasta llegar a los directivos tengo varios superiores. Mejor. Me dice que la cafería está en la quinta planta y que hay una sala para trabajadores en cada planta donde puedes traer comida y calentarla o prepararte café. El problema es que en la nuestra no hay y me aconseja que si quiero café suba a la cafetería.
—Ven, empecemos.
Desde que nos sentamos, no para de explicarme cosas como si lo supiera todo de primera mano. Sé muchas de ellas porque he trabajado de secretaria en otra empresa más pequeña. Anoto lo que creo importante y no le digo que me lo repita, ya que no tardo en darme cuenta que Alba hace esto de mala gana y sólo sonríe falsamente para que la gente que entra no note lo mucho que le molesta tener que hacerme de guía. Trato de callarme lo que pienso cuando me da una lista de clientes influyentes y me dice que los tengo que tratar mejor que a los que tienen menos poder adquisitivo y que a los otros simplemente les sonría pero que no les de mucha conversación. Sólo con ese comentario sé que no nos llevaremos bien. Yo trato a la persona por lo que es, no por lo abultada que sea su billetera.
La mañana se pasa entre rápida, porque no me da tiempo a acordarme de tantas cosas, y lenta, porque se me hace pesado el tener que memorizar tantas conceptos. Trato de dar lo mejor de mí. No para de entrar gente. Hay mucho ajetreo durante toda la mañana y el teléfono no deja de sonar. Y este trabajo es sólo para una persona. No sé cómo podré con todo pero no me pienso quejar. A las dos acaba mi turno y recojo mis cosas para irme, cojo el coche para cambiarlo de sitio ya que el estudio que he mirado está solo tres calles de aquí. Por suerte, en el accidente mi coche no salió muy mal parado pero tiene una pequeña abolladura que antes no estaba y que no tengo dinero para reparar. Aparco cerca del portal, saco mis maletas y todo lo que tengo, es triste que toda mi vida quepa en dos maletas grandes y una pequeña. Hace tiempo que preferí no mirar mi vida por lo que no tenía y empezar a pensar en todo lo que podría conseguir.
11
He llamado al casero del piso que estuve viendo para que me dé las llaves y me espera en la puerta de la que será mi nueva casa. Paso cerca de un restaurante y se me hace la boca agua con el olor de la comida. Pienso en bajar luego para comprarme algo para comer. Toco al telefonillo de la casa que he alquilado y me abre el buen hombre. Cuando el ascensor para en la que será mi casa el casero me espera en la puerta y me ayuda con las maletas.
—Te dejo dos juegos de llaves —me dice, señalando la isleta de la que pequeña cocina que da al salón y a la habitación, porque solo el aseo tiene puerta y el balcón donde se han pasado mis ojos para recordar lo hermoso que era.
—Gracias.
—Seguro que estarás muy a gusto aquí —me dice, con cariño—. Y cualquier cosa que necesites, tienes mi número.
—Gracias por todo —el hombre se despide.
Es el sitio más bonito donde he estado desde que, con doce años, tuve que empezar mi huída. Es un poco más caro de lo que me suelo gastar, mas cuando lo vi no puede resistirme. Por una vez quería vivir en un lugar que no se cayera a trozos. Los muebles no son nuevos pero se ven cuidados y cómodos, sobre todo el sofá de tres plazas y la cama de matrimonio, que está adornada por unos mullidos cojines. Salgo hacia el balcón tras abrir la puerta corredera. Sólo tiene un par de sillas y una mesa de madera. No es muy grande pero es que ahí no reside su encanto. Me apoyo en la barandilla y observo el mar brillando con fuerza bajo este sol de medio día. Si respiras su olor salado inunda tus fosas nasales. Me encanta y me llena de paz, de una paz que hace tiempo que no siento y que ansío sentir algún día. Estoy cansada de esta vida. De esta vida que yo no elegí y en la que me vi metida sin pedirlo para poder sobrevivir.
Estoy cansada de temer que un día me encuentren. Estoy cansada de temer por mi vida. Llevo catorce años temiendo que terminen lo que un día iniciaron. Que un día me terminen matando. Y lo peor es que en todo este tiempo, si cierro los ojos, aún soy capaz de ver su siniestra mirada antes de apretar el gatillo…
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Capítulo 2
Logan
Entro en la pequeña librería de mi madre. Aunque no le hace falta el dinero le tiene tanto cariño a este negocio que nunca ha querido cambiarlo ni dejar de trabajar. La entiendo, yo soy el primero que no soporta la vida ociosa. Este negocio era de unos abuelos que contrataron a mi madre hace muchos años, antes de que se casara con mi padre. Cuando quisieron jubilarse, mi padre se lo compró para su mujer sabiendo lo mucho que le gustaba este lugar. El negocio ha sido reformado debido a lo antiguo que es, pero siempre guardando su belleza clásica. Observo las estanterías de madera labrada. La tienda huele a libros y siempre ha sido mi guarida. Desde niño, cuando no sabía a dónde ir, me refugiaba allí ya que en la parte de arriba tiene una buhardilla llena de libros viejos que eran mis compañeros de viaje cuando no quería estar ni ver a nadie.
Busco a mi madre entre los estantes de libros y no la veo, a quien si veo es a una joven, de espaldas, subida a una escalera, colando libros. Me dijo que iba a contratar a alguien, ya que quería dejarse las tardes libres y que ya tenía a una joven que le había ganado en la primera entrevista que le hizo. No sabía que ya había empezado a trabajar.
—Perdona —le digo, para evitar irme sin más, por si mi madre estuviera dentro.
—Ya voy —esa voz…
Me fijo mejor y veo su pelo castaño recogido en una coleta mal hecha, lleva unos vaqueros y una camiseta azul de media manga que nada tiene que ver con lo arreglada que iba a esta mañana.
—¿Acaso me persigues? —le pregunto cuando está a punto de darse la vuelta.
Me reconoce y su mirada verde se endurece. Ahora apenas lleva maquillaje y eso no mitiga su belleza. Tiene los ojos grandes, rasgados y de un verde intenso que te hace pensar en brillantes esmeraldas. Están adornados de unas pestañas largas y negras y unas cejas delineadas, perfectas. Tiene una naricilla respingona llena de pecas que acarician también sus mejillas y unos labios rojos y jugosos.
—Sólo nos hemos visto una vez y no en muy buenas condiciones. Lo que menos me apetecería sería perseguirte, te lo aseguro —me dice, altiva. De repente, parece recordar en dónde está y cuál es su trabajo—. ¿En qué puedo ayudarte?
La estudio, ya que me sonríe con falsedad, tragándose su orgullo. Este gesto me hace tragarme también el mío.
—Tenías razón y yo tenía razón.
—No te sigo.
—La luz de mi intermitente se ha fundido y por eso no lo viste.
—Ah….entiendo—asiente.
—Entenderé que quieras que te dé los papeles del coche…
—No, ya que creo que ha sido culpa de los dos. No debí ir tan cerca de ti pero llevaba prisa… mejor dejarlo así.
Me sorprende que no se regocije en decirme que me lo dijo y que ella tenía razón. No es algo habitual.
—Dejarlo así entonces —asiente.
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—Y ahora dime qué buscas.
Pienso decirle que busco a mi madre, pero me encuentro cogiendo un libro de la sección de Thriller y señalándoselo.
—Busco un libro de policías, detectives, algo interesante.
—El otro día leí uno muy bueno, aunque no es mi estilo sé reconocer una buena obra y me gusta leer un poco de todo. Creo que estaba por aquí —lo saca y me lo tiende—. Ya me lo he leído. Leer un buen libro es una de mis aficiones. Es muy bueno y me sorprende su elección.
—Lo he leído, y es muy bueno.
—¿En serio? —su mirada se ilumina y parece mucho más joven de lo que es, que si no me equivoco debe rondar los veintiséis años—. ¿Supiste quién era el malo? A mí me costó pillarlo y más de una vez tuve que cerrar el libro por lo detallado de las escenas —sonríe y esta vez la sonrisa si acaricia sus bellos ojos y ¡joder!, es preciosa.
Aparto la mirada porque me siento intrigado e incómodo. No suelo hablar con la gente. Por norma general soy bastante introvertido. No me gusta perder el tiempo con conversaciones que no me llenan o con personas que no me entienden.
—Lo pillé muy rápido —le digo, con voz algo dura, evitando decirle que soy detective de policía y que he sido entrenado para pillar esta serie de cosas. Es por eso que me gustan tanto estos libros porque me gusta poner a prueba mi capacidad de no dejar que se me pase ningún detalle.
—Vaya… —coge otro y me lo tiende—. Este lo leí hace años y es bueno.
Lo he leído también, siento la necesidad de salir de aquí.
—Lo leeré entonces.
—Perfecto —va hacia la caja y ésta no le abre, es muy antigua y mi madre no quiere cambiarla. Me muerdo la lengua para no decirle cómo hacerlo pues no me apetece delatarme ahora.
Tras trastear un poco con ella, se abre.
—Es muy antigua, pero preciosa —dice, acariciándola, y entonces entiendo por qué mi madre la ha contratado. Tiene esa capacidad suya de ver en algo antiguo y viejo algo hermoso. Me dice el precio. Saco mi cartera y le pago. Me cobra y mete mi libro en una bolsa.
—Gracias por su compra.
—Primero te chocas con mi coche, me llamas capullo y ahora me hablas de usted —se sonroja—. Me llamo Logan. Y no, por favor, no me hables de usted, sólo tengo veintinueve años.
—Gwen, y eres un viejo de casi treinta años —bromea.
—Todo el mundo sabe que ahora los treinta son los antiguos veinte. Tú no eres más que una niña —le sigo el juego.
—Vaya, tendré que hacer caso a este pobre viejo —me saca la lengua y, joder, el gesto me parece muy atractivo. Largo de aquí Logan, me digo. Estar sin dormir no me sienta nada bien.
—Nos vemos —le digo, cambiando de pronto de humor. Gwen alza una ceja sin entenderlo, asiente.
Salgo de la librería sin preguntar por mi madre y sin entender a qué ha venido tanta tontería. Sólo es una chica guapa más y nada más.
14
Gwen
Me siento en un taburete de la atestada barra y el camarero me pegunta qué quiero para beber. Me lo sirve y cuando le digo lo que quiero de cena, me dice que aún no me puede tomar nota y mira a su alrededor como diciendo: estamos desbordados. El pequeño local está lleno de gente y si no oliera tan bien y tuviera tanta hambre me iría a otro lugar, pero llevo todo el día con galletas saladas ya que este a medio día me puse a ordenar mis cosas y cuando me quise dar cuenta tenía que irme a mi otro trabajo. Trabajo que me busqué para poder costearme mi piso y ahorrar. Y sí, porque prefiero no tener tiempo libre que me haga dar miles de vueltas a la cabeza.
Le doy un trago a mi refresco de naranja y saco el móvil para mirar internet mientras hago tiempo. El estómago me cruje y es complicado ignorarlo cuando es tan ruidoso.
—Decidido, me persigues —me giro y observo a Logan.
No me puedo creer que por tercera vez en un mismo día coincidamos. Se sienta a mi lado en un taburete que acaban de dejar libre y se quita la chaqueta de cuero negra que lleva. Intento no mirar el pecho torneado que se puede atisbar gracias a su ajustada camiseta negra y no fijarme en cómo lo sientan los vaqueros desgastados. Alzo la mirada y sus ojos azules me observan, divertidos, como si supieran lo que estaba pensando. Aparto todo pensamiento que tenga sobre su atractivo físico y me centro en su cara. Es muy guapo, con ese pelo negro, algo ondulado, que cae libre, pero con gracia, sobre su frente. No parece de los chicos que se pasan horas mirándose en el espejo y su belleza natural y algo basta lo hacen mucho más atractivo. Cuando sonríe de medio lado con esos labios grandes y jugosos parece que pide a gritos un beso… ¡Ya!… El camarero le sirve una cerveza sin alcohol y le da un trago mientras espera que conteste. Recuerdo que antes me ha dicho…
—Tengo cosas mejores que hacer que perseguirte.
—Eso seguro. ¿Has pedio ya? —me dice, cogiendo una carta de bajo de la barra.
—No, sólo me han cogido pedido de la bebida.
—Es el mejor sitio de bocadillos del pueblo, pero por eso mismo tardan mucho en servir. Merece la pena.
—Eso espero, me muero de hambre.
El camarero se acerca a nosotros y Logan le pide algo para picar. Le pone una bolsa de patatas que Logan pone entre los dos.
—No quiero tener que llevarte a rastras al hospital por desmayo.
—Soy dura —le digo, cogiendo una de las patatas.
Entra más gente y me siento algo agobiada por el jaleo que hay y el calor que hace aquí dentro.
—¿Tu padre sigue sin querer meter a nadie que no sea de la familia? —pregunta Logan al camarero.
—Sí, es así de idiota.
—Te he escuchado —dice una voz madura desde dentro. No entiendo cómo lo ha escuchado con este follón—. Y no pienso meter a nadie que no sea de la familia así que búscate una mujer.
—Claro —el camarero atiende las mesas y da pedidos.
—Creo que me voy a ir… este sitio empieza a agobiarme —le digo a Logan, mientras busco dinero en mi monedero para pagar la bebida.
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—Es una lástima, son muy buenos.
—No lo dudo, pero estoy cansada.
—No me extraña, con dos trabajos —lo miro, curiosa, al tiempo que éste saca el móvil y rechaza una llamada.
—¿Cómo lo sabes?
—Te vi esta mañana entrando en las oficinas Montgomery y esta tarde te compré un libro.
—Sí, pues trabajo en los dos sitios —sonrío y le pago al camarero mi bebida.
—¿No quieres cenar? —me pregunta éste.
—La habéis echado, se muere de hambre —apunta Logan.
—Dale algo de comer y que espere —dice el hombre desde dentro—. Joder con estos jóvenes, cuánta impaciencia. Como si los buenos bocadillos se hicieran solos.
De la cocina sale una fuente de patatas fritas que el camarero pone delante de nosotros.
—Intentaré atenderte pronto, que no se diga que espanto a las chicas guapas —me dice el camarero, con todo juguetón.
Asiento y me siento de nuevo.
—Lo mejor es tener pacientica y esperar —saca su móvil y escribe algo—. O tener tiempo. Me tengo que ir —le dice al camarero.
—¿Te tomo nota y lo recoges luego?
—Será lo mejor —le dice Logan, sin levantar la vista del móvil, sea lo que sea lo que está leyendo no parece gustarle, ya que su mirada se endurece por momentos—. ¡Joder! Vendré en dos horas. —Dice, antes de marcharse, sin despedirse, dejándome descolocada por su partida.
No es que esperara que me dijera adiós… o sí. Al menos por educación. Que hombre más raro. El camarero me deja cerca salsas y pongo kétchup y mayonesa. Le hecho un poco de todo.
—Chica lista, pensar en las calorías es una pérdida de tiempo —me dice, mientras sirve a alguien que se sienta en el sitio que ha dejado Logan.
—Es una tontería.
El hombre que está a mi lado, que tiene que rondar los cuarenta, me mira y se acerca. Lo ignoro y sigo con mis patatas.
—Eres nueva por aquí ¿no? —lo ignoro como si no hablara—. ¿Puedo coger? Me muero de hambre —lo sigo ignorando y cuando trata de coger una patata lo miro seria.
—No te he dado permiso…
—Qué voz más bonita. Ya era hora de que llegara al pueblo carne fresca.
Me giro y lo ignoro hasta que vuelve a meter las manos en el plato. Dejo de comer y miro al camarero.
—Me voy ¿Qué te debo de las patatas?
—Nada, lástima que te vayas, pero tal vez sea lo mejor —el camarero observa al hombre, que me come con los ojos.
—No te vayas, mujer. Ahora que te iba hacer compañía…
Tras coger mis cosas, me marcho. Escucho que el camarero llama alguien y veo de reojo que es al hombre que trataba de perseguirme cuando salía. No me altero pues he lidiado muchas veces con babosos así, que no aceptan que pases de ellos o les dé morbo que los rechaces. Agradezco el gesto del camarero de llamarlo para evitar que me persiguiera y
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regreso a mi casa con unas pocas patatas en ni estómago y sin degustar esos bocadillos que tan bien huelen y que me han hecho la boca agua desde que pasé por ese pequeño bar.
No me cuesta mucho hacerme al trabajo de la librería en esta semana que llevo aquí. Enseguida me familiarizo con todo gracias a Esme, que es un amor de mujer. No puedo negar que me he aficionado a sus tés con pastas de vainilla cada vez que llego a trabajar. Me encanta entrar y que me sirva un té en la pequeña salita que tiene en la librería. Es una gran mujer, y cuando no hay clientes, mientras colocamos los libros y lo dejamos todo ordenado, hablamos de literatura. Al igual que a mí, le encantan las novelas románticas. Lo que peor llevo es trabajar en el edificio de la empresa de publicidad Montgomery ya que mi “querida” compañera Alba no para de rectificar todo lo que hago y no lleva bien que trate a todo el mundo por igual. Le encanta recordarme que hay clases y que tengo que marcarlas, ya que las personas que tienen mucho dinero esperan que los trate casi como si fueran reyes. No pienso hacerle caso. Sólo la tengo que soportar unos días más antes de que se vaya a su planta y haré las cosas como quiera.
En eso estoy pensando cuanto entro y la observo mirarme con una extraña sonrisa en los ojos, como de triunfo, me pongo alerta.
—Buenos días —le digo, como si no hubiera notado nada para tantear el terreno.
—Buenos días para mí —trata de poner cara de lástima y me tiende una carta—, para ti tal vez no tanto. Lo siento Gwen pero estabas de prueba, y no la has pasado —lo que me da es una carta de despido—. Mira que te he dicho que me hicieras caso y tú solo querías hacerlo todo a tu manera…
—¿Qué es lo que no ha gustado, que trate a todos por igual y no le lame el culo a los que se creen alguien sólo por tener más dinero que los demás? Si esta es la política de empresa prefiero estar lejos de un sitio con tantos prejuicios. Para mí todo el mundo es igual, independientemente de si tiene dinero o no. El dinero no hace a la persona —Alba se queda pálida al mirar tras de mí.
Me giro y me quedo de piedra al ver a Logan, que aún llega sus gafas de aviador puestas y observa la escena impasible. No lo he visto desde el otro día, raro, teniendo en cuenta que en un mismo día nos encontramos tantas veces, pero así ha sido. No sé qué siento ahora mismo al verlo tan cerca. No puedo negar que estoy evitando mirarlo fijamente y sin admirar lo jodidamente bien que le quedan esas gafas y esa cazadora de cuero que le hace parecer un chico malo. Es muy alto y cuando da un paso hacia mí me siento muy pequeña de golpe pese a mis tacones.
—¿Qué es esto? —pregunta a Alba.
—No ha pasado la prueba —le responde, casi sin voz. Me sorprende que le responda como si a Logan le interesara de verdad.
—¿Estabas a prueba? —me pregunta Logan, que ha cogido la carta, se ha quitado las gafas de sol y la está leyendo.
—Eso parece.
Logan asiente y alza la mirada hacia Alba.
—No es fácil sustituirme —dice ésta, altiva, a Logan.
Logan no dice nada y se va hacia los ascensores. Que tío más raro.
—Alba, sígueme. Gwen, sigue con tu trabajo hasta que baje.
¿Pero qué está pasando? Alba lo sigue pálida y yo le hago caso como si tuviera que hacérselo. ¿Acaso es mi jefe y por eso sabía que trabajaba aquí? No tengo ni idea. He visto
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entrar a varios de mis superiores y todos van vestidos con trajes excepto los de la planta de estudio. Contrariada, guardo mi bolso en un cajón y hago mi trabajo como si nada y cuando entran clientes a las reuniones que tienen los atiendo a todos por igual. A quien no le guste, que no mire. Es tan válido para mí el cliente que tiene un pequeño negocio y querer que prospere con un buen anuncio, como el que tiene una cadena de empresas y sabe que será un éxito haga lo que haga. Sigo con mi trabajo como si no estuviera despedida. Ha pasado casi una hora cuando Logan regresa sin Alba se pone ante el mostrador y me mira detenidamente.
—¿Por qué te ha hecho caso Alba?
—Creo que no te he dicho mi apellido.
—Apenas sé de ti y no sé por qué debería saber más, a menos que eso me explique por qué me has ordenado que me quede aquí. No sé ni por qué te he hecho caso.
—Yo tampoco, pensé que me dirías que no era nadie para darte órdenes y me hace pensar si sabes más de lo que tratas de admitir.
—¿Que se más de qué? He visto como

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