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Delicias y secretos en Manhattan – Olivia Ardey

Delicias y secretos en Manhattan - Olivia Ardey

Delicias y secretos en Manhattan – Olivia Ardey 

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Laura atravesó las puertas del club sin demasiado entusiasmo. Su idea de pasarlo bien difería bastante
de la de su hermana mayor y, justo esa noche, seguir sus pasos para colarse en una fiesta privada no la
seducía lo más mínimo.

El tono de voz denotaba que estaba muy impresionada. Era extraño, Laura a menudo se
preguntaba si existía algo en el mundo capaz de alterar el temple de acero de su hermana.
—Un hombre me llevó hasta una especie de cinematógrafo privado —confesó por fin.
—¿Viste una de esas películas prohibidas? —susurró.
—¿Y tú cómo lo sabes? ¿Qué husmeabas tú en esa parte del club? —exigió Helen con los brazos
en jarras.
El perrito enderezó las orejas y, cuando Helen levantó la voz, debió de intuir que el ambiente se
caldeaba porque reculó en su escondite hasta dar con la pared.
—Lo mismo que tú —respondió Laura sin acobardarse.
—No, no es lo mismo —rebatió. A fin de cuentas ella era viuda y cuatro años mayor que ella—.
De todos modos, salí corriendo de allí al ver aquella indecencia.
—Yo tampoco vi nada —se excusó azorada—. Sólo un segundo y de reojo.
Sus miradas se cruzaron y al unísono ambas desviaron la vista, turbadas; era más la curiosidad
morbosa que las reconcomía por dentro que la vergüenza por haber presenciado sin querer un
espectáculo tan obsceno.
—Eso no es lo peor —añadió Helen sacando su abrigo del armario—. Pude distinguir a dos
hombres con una mujer. Los tres juntos retozaban en una cama haciendo toda clase de cosas
innombrables, ya sabes —observó a su hermana que la miraba con cara de pasmo—. Lo terrible es que
a ella la reconocí.
Se dio cuenta que Helen se arrepentía de sus palabras tan pronto éstas salieron de su boca, pero
ya estaba dicho. Sin embargo, sabía que por nada del mundo le revelaría la identidad de esa mujer. Su
hermana pensaba que a ella había que mantenerla al margen; de los negocios que tenía entre manos y
de otras muchas cosas.
—¿La reconociste? —insistió a pesar de todo, tapándose la boca con la mano.
Helen pareció titubear antes de responder. Sin embargo, daba la sensación de que tenía muy
vividas las imágenes de aquellos cuerpos desnudos en blanco y negro.
—Olvídalo, no la conoces.
—¡Helen!
Con el abrigo colgado del brazo, le lanzó al aire un beso de despedida. Cuando quiso
corresponder con el mismo gesto, su hermana ya había cerrado la puerta.
*****
Media hora después, sentada en el vestíbulo del hotel, Laura repasaba la nota con la dirección del
restaurante donde debía verse con su primo Greg. Recorrió con el dedo el itinerario sobre el mapa de
Manhattan que había adquirido el día anterior en una librería cercana. Dado que no conocía bien la
ciudad, el plano se hacía imprescindible para aventurarse ella sola por sus calles. Lo guardó en el
bolso y agitó la mano al pasar ante los recepcionistas.
—Señorita McKerrigan —llamó su atención uno de ellos—. Si se pierde, no lo dude: llame un
taxi y la traerá de vuelta.
Ella asintió obediente, estaba claro que su padre había dado instrucciones precisas para que
todos en el hotel Dream cuidaran de su hija menor.
—Ah, y no se preocupe por su perro —añadió un pelirrojo mozo de equipajes—; está en buenas
manos.
Laura agradeció el detalle con una sonrisa. Bajo la marquesina entoldada, saludó al portero y,
superando el bochorno que le provocaba exhibirse con gorro de lana por las calles, se lo caló hasta las
orejas. Ni ella ni Helen solían usar sombreros. Habían heredado de su abuela paterna, nacida en tierras
del sur de España, la piel ligeramente tostada y unos bucles oscuros que constituía su mayor atractivo;
cubrir sus llamativos cabellos suponía una afrenta a la naturaleza que tan generosa se había mostrado
con ellas.
A Laura le gustaba lucir ropas elegantes, como las de la noche anterior, pero cuando la ocasi ón
lo requería se decantaba por lo más práctico. No como Helen, coqueta entre las coquetas, que se
entregaba a cualquier sacrificio en pro de la belleza. Esa mañana Laura iba bien preparada para
soportar la ola de frío canadiense que azotaba Nueva York: un viejo abrigo de pa ño escocés y botas de
media caña , éstas últimas un recuerdo de su servicio voluntario en el ejército. Su hermana se
avergonzaría de ella si pudiera verla, ya que Helen se moría por los zapatos a la moda, con tacones
altos de carrete y correítas con hebilla de plata con los que imprimía a cada paso su característico
taconeo, similar a un redoble marcial.
Pese a todo, lucía el sol. Y Laura, sola y lejos de casa, se sintió libre.
Bajó por Broadway en dirección a la calle Cincuenta. La ciudad constituía un espectáculo en sí
misma, sólo era necesario detenerse a observar. En el teatro Guild se anunciaba el vodevil preferido de
su madre. Su recuerdo la llenó de melancolía a pesar de que hacía ya tres años de su muerte. Respiró
hondo obligándose a sonreír, no quería ensombrecer el día con recuerdos tristes.
A su alrededor, la gente caminaba con un ritmo frenético. Nueva York era enorme. Sorprendente
y acogedora con el recién llegado que se adentraba en aquella tierra de promesas con la esperanza de
ver cumplido su sueño de hallar una vida mejor. Una ciudad que no hacía preguntas sobre el pasado.
Todo el mundo tenía cabida en sus calles, cualquiera que fuese su origen, su lengua o su color.
No le costó dar con el restaurante. A través de los cristales saludó a Greg, que la esperaba en una
mesa para cuatro. Entró despojándose del gorro. Se trataba de un sitio informal atestado de oficinistas.
Mucha gente trabajaba en Manhattan, pero la mayor parte residía fuera de la isla; por eso empezaban a
florecer locales donde se podía comer por poco dinero. Su primo le presentó a su amigo Satur, con
quien simpatizó de inmediato. Mientras se despojaba del abrigo, pidieron a la camarera bistec a la
mostaza con patatas horneadas para los tres.

Greg le agradeció el comentario con una mirada torva.
—Está bien, no es necesario que te precipites —decidió—. Puedes quedarte en mi apartamento,
pero sólo un par de días. Mi casera no admite realquilados ni huéspedes.
Dicho esto, se pasó la servilleta por los labios y dio su almuerzo por concluido. Laura lo estudió
de reojo a la vez que desplazaba una miguita de pan sobre el mantel.
—Bob también se queda —le espetó de corrido.
—¿Por qué lo has traído a Nueva York? —protestó Greg con el ceño fruncido.
Laura le respondió con una mirada retadora. Por supuesto que había venido con ella, de ningún
modo pensaba permanecer separada de él durante tanto tiempo.
—¿Quién es Bob? —preguntó Satur, mirando de reojo la cara de enfado de Greg.
—Mi perrito.
El joven rumió por lo bajo sobre lo ridículo que resultaba semejante nombre para un perro.
Claro que él ocultaba el suyo como un secreto de estado. Nadie imaginaba que Satur era el diminutivo
de un patronímico que odiaba con toda su alma.
—Lo que faltaba, mi casera nos echará a patadas a los tres —vaticinó Greg desesperado,
pasándose la mano por el cabello.
—A mí me encantan los perros —intervino Satur—. Puedes quedarte en mi apartamento todo el
tiempo que quieras. A veces me siento muy solo, ¿sabes?
La sugerencia sonaba muy amable, pero su sonrisa sibilina delató intenciones ocultas que iban
más allá de la mera hospitalidad.
—¡Eh! Deja a mi prima —amenazó Greg, acercándose a una pulgada de su cara—. Ni se te
ocurra intentarlo.
Satur alzó las manos en son de paz.
Laura se echó a reír; en ocasiones se apoderaba de Greg el cuarto de sangre gitana heredado de
la abuela Sara. De todos modos, la advertencia sobraba, porque aunque Satur resultaba un chico
encantador, con su escasa estatura y aquel cuerpo esquelético no era precisamente el tipo de hombre
por el que una mujer perdería los papeles.
Laura y Greg comentaron las órdenes de su padre. El debía enseñarle a supervisar el
funcionamiento del hotel Dream. Greg restó importancia a esas inspecciones, asegurando que bastaría
con trasladarle un resumen por teléfono cada dos semanas, que es lo que él acostumbraba a hacer
desde que vivía en Nueva York. No supon ía un gran esfuerzo y su tío se contentaba con saber que todo
funcionaba según su gusto.
—En fin —pensó Laura cambiando de tema—, espero que me acepten en el Taormina, porque el
sueldo me vendrá como anillo al dedo.
—Ya verás como sí —dijo Satur cruzando los dedos.
Laura le sonrió agradecida.
Greg pagó la cuenta y a la salida del restaurante, ella se colgó del brazo de su primo mientras
Satur caminaba a su lado con las manos en los bolsillos.
—Qué bien que estamos juntos —comentó Laura con cariño—. En Boston te echaba mucho de
menos —hizo una pausa antes de atreverse a continuar—. Greg, ¿tú crees en los milagros?
Él la miró con una expresión inquisitiva y adivinó a qué venía aquella pregunta. Desde niños
existía entre ellos una confianza que los unía más que a muchos hermanos de sangre.
—Anoche volví a verlo —confesó Laura.
Greg paró en seco y, agarrándola por los hombros, la obligó a mirarlo a los ojos.
—¿Otra vez? ¿Cómo tengo que decirte que no hables con desconocidos?
Laura se zafó y, muy digna, continuó caminando. Satur y Greg aceleraron el paso colocándose
uno a cada lado, con instinto protector.

Kenneth le rodeó los hombros con un brazo y la atrajo hacia él para dejar paso a tres chicos
negros que los rebasaron bromeando entre ellos y avanzaron calle abajo improvisando, entre resbalón
y resbalón, unos cuantos pasos de claqué.
—No, no estoy en absoluto satisfecho. No persigo fantasías y los únicos sueños que conozco son
los que tengo por las noches —murmuró atrayéndola más—, y esos se esfuman en cuanto sale el sol.
Laura no le dio el empujón que la situación exigía y se odió a sí misma por ser tan vulnerable.
Esos ojos grises conseguían despojarla hasta de su propio orgullo.
—¿Yo aparezco en alguno de esos sueños? —se escuchó decir en voz alta, y se maldijo por ello.
—Tú apareces hasta en mis pesadillas —aseguró con un matiz sensualmente burlón—. Desde
que te vi aquel día en las cocinas sólo pienso en retomar lo nuestro donde lo dejamos. Y lo has
complicado todo. Tengo una regla, y es que no intimo jamás con las empleadas.
Laura se apartó indignada.
—¿Cómo puedes ser tan arrogante? —farfulló—. ¿Qué te hace suponer que estoy dispuesta a
tener una aventura contigo?
—Tú misma. ¿O crees que en mis sueños nos limitamos a dedicarnos miradas lánguidas a una
distancia prudencial?
El insulto que Laura borbotó no podía ser más expresivo.
—¡Oh, cuánta dignidad! —replicó alzando la comisura de la boca—. Hace dos meses no te
importó que otro hombre te esperara a la puerta de aquella fiesta mientras gemías entre mis brazos. Y
en Long Island tampoco te hiciste de rogar.
—No eres quién para juzgarme. Lo que haga o deje de hacer con mi vida es asunto mío.
¿Retomar lo nuestro? —repitió con los puños apretados—. Es usted idiota, señor Callahan. Sólo
fueron cuatro besos.
Kenneth rió entre dientes al oír que volvía a tratarlo de usted.

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